La tribu.
Al principio no los querían aceptar, "¿Para qué queremos un par de críos tan jóvenes?, ¿de qué nos van a servir?, sólo causarán molestias e inconvenientes" habían opinado muchos, Pero ella les había echado un primer vistazo y de inmediato lo tuvo bastante claro; haría un intercambio con la aldea, pero no uno cualquiera, tendrían que aceptar sus condiciones.
Cuando los bandidos llegaron, todos pensaron que habría un nuevo combate, creían que sería como siempre, lucharían como pudieran, perderían y les robarían todo cuanto estuviera en sus manos, aparte de dejar a muchos de los suyos heridos, o muertos… pero esa vez no fue así; les habían ofrecido una recompensa a cambio de que abandonaran la aldea pacíficamente. El trato sería que podían llevarse a dos de los suyos, como "ayudantes" habituales, para que les sirvieran en toda aquella tarea que se les pidiera. Les habían dicho que eran muy jóvenes, pero que por ese mismo motivo tenían mucho más valor, ya que eran por completo maleables a voluntad de sus nuevos amos.
Cuando Aster supo la edad que tenían rió a carcajadas, no podía ser verdad que le estuvieran ofreciendo llevarse a un par de mocosos de 4 años, a cambio de abandonar el propósito de hacerse con un sustancioso botín. Sin embargo en cuanto los vio, aceptó llevarse a los niños, pero sería bajo sus condiciones; aceptaban no dañar a nadie, no causar disturbios y no llevarse absolutamente todo aquello que fuera de valor. ¿Qué significaba eso?, pues que no se lo llevaban todo, pero sí gran parte del ganado, las cosechas y el Dust. El resto se lo podían quedar. Lógicamente, los aldeanos no aceptaron su trato y se negaron a entregarles nada, incluidos los niños, a quienes pensaron que sería mejor, intercambiarlos en una aldea vecina.
Aster se molestó con aquel cambio de actitud y con el hecho de que no aceptaran sus condiciones, lo que ocasionó que ordenara un ataque a gran escala. La batalla no duró mucho, como solía ocurrir, los bandidos estaban muy bien entrenados, tenían muchas más opciones de ganar que los pocos luchadores y cazadores de la pequeña aldea. Finalmente ya derrotados, no les quedó otro remedio que rendirse. Como de costumbre, arrasaron con todo, se llevaron todo el Dust que tuvieron a la vista, todo aquello que había de valor y todo aquello que les sirviera de alimento. Cogieron a los niños, y desaparecieron por el camino polvoriento. Lo curioso, es que muchos agradecieron haberse librado de ellos, pues existía la creencia de que desde su llegada, sólo habían ocurrido desgracias. Nadie lamentó su partida, nadie los despidió ni volvió la cara para verlos marchar. Y así fue como dejaron en lo más recóndito del olvido, la etapa más pura de su infancia.
Los primeros años habían sido los más difíciles, siempre de un lado para otro, asentando el campamento y levantándolo al poco tiempo, siempre con incertidumbres y prisas, siempre alertas. No estaban habituados al nomadismo, aquello hacía que les costara más adaptarse a unas nuevas circunstancias completamente distintas, a lo que habían visto hasta ese momento. La vida en el campamento no era nada fácil, ni para pusilánimes, ni para enfermizos, ni para quienes ansiaban grandezas. En general, formaban un grupo de personas fuertes y curtidas por las dificultades del día a día que llevaban. Sus tiendas eran rudimentarias e improvisadas, confeccionadas con los materiales que pudieran obtener por el camino, o con aquello que hubieran podido robar de alguno de sus asaltos. La comida era básica, poco elaborada y en muchas ocasiones escaseaba, excepto cuando se tomaba la decisión de atacar alguna zona habitada. No tenían médicos, pero la mayoría sabía coser un corte profundo, desinfectar una herida y entablillar algún hueso roto. No se enfermaban a menudo, y todos procuraban no hacerlo, ya que los pocos que tenían ese percance se quedaban atrás, o morían.
Aún así estaban bien acostumbrados a sobrevivir a la interperie en cualquier época del año, incluso estando rodeados de nieve helada. Dormían poco y se turnaban por pequeños grupos para hacer guardias. No habían muchos niños en La Tribu, en realidad, las mujeres hacían todo cuanto estaba en sus manos para no quedarse embarazadas, y si por cualquier motivo los métodos fallaban, no se pensaban mucho el interrumpir el embarazo. No eran muy dados a entregar a los escasos niños que nacían en el clan, a esos pocos los criaban educados bajo sus reglas y bien aleccionados por una ideología bastante particular.
El trato hacia ellos no se caracterizaba por ser especialmente cariñoso o protector. No habían mimos ni halagos, no se les consentía ni se les dejaba pasar un solo mal comportamiento, o si llegaban a desobedecer alguna orden o a romper alguna regla, eran duramente reprendidos. El castigo físico estaba a la orden del día, cualquier adulto que perteneciera al clan, si lo veía conveniente, propinaba un buen golpe a cualquier chiquillo que no hubiera mostrado el respeto debido, o que no hubiera hecho bien, la labor que se le hubiera requerido. Los regalos y recompensas no estaban bien vistos, y eran motivo de burlas y mofas hacia los progenitores, por parte del resto de los miembros del clan, sobre todo si se hacían sin un buen motivo aparente.
A los mellizos Branwen los habían tratado exactamente del mismo modo, que se trataba al resto de los niños del clan. Ni mejor ni peor, exactamente igual, no los habían acogido con afecto ni alegría, pero tampoco los menospreciaron en ningún momento. Tenían la desventaja de no tener padres, por lo que sus dificultades sería dobles. Aster había ordenado que se les enseñara de inmediato, a levantar una tienda que pudieran manejar a su corta edad y estatura. Por fortuna, eran unos críos inteligentes y aprendían todo muy rápido. A pesar de eso, les costó un tiempo coger práctica, se les caía todo el rato o se les colaba la brisa, o no eran capaces de acomodar correctamente las pieles. Algunos con poca paciencia, sólo estaban dispuestos a ayudarlos una vez, otros los ignoraban, ya que tenían sus propios asuntos que resolver, pero siempre había alguien en el clan, que les echaba una mano.
Cuando supieron que dormirían solos en la tienda, sin la vigilancia ni la protección de algún adulto, se asustaron mucho, pero el campamento estaba plagado de tiendas por todas partes, estaban rodeados de ellas, por lo que el susto les duró poco. Se sentían solos, aunque no era una sensación nueva. Siempre lo habían estado, siempre se habían sentido así, solo que en ese entonces, la soledad llegaba acompañada de un nuevo y extraño sentimiento. Una certeza, algo que los hacía sentirse de muchas maneras diferentes, una extraña mezcla entre miedo, libertad, expectativa, y la duda. Algo llamado responsabilidad. De todas formas, se había ordenado que alguien les echara un vistazo de vez en cuando, y así de esa manera, supieron que si tenían algún inconveniente, se lo podrían contar a alguien.
Sus tareas habían venido a ser muy parecidas a las de los otros niños con edades similares, pese a ser los más jóvenes, ya a sus 4 años se les asignaban labores diarias y se les enseñaba todo tipo de prácticas que necesitarían para su supervivencia, y el beneficio de La Tribu. Cada día buscaban leña y paja seca, piedras que sus pequeñas manos y su poca fuerza, les permitiera acarrear. Ayudaban a transportar el agua, aprendían a manejar afilados cuchillos, para limpiar los peces recién sacados del río, o para curtir las pieles de los animales cazados. Fabricaban canastas y mochilas que servirían a todo el clan. Pasaban los cortos ratos libres que les quedaba en la tarde, viendo a los chicos más mayores en sus entrenamientos de combate, y observando las diferentes estrategias de asalto, para llevar a cavo en los siguientes saqueos. Al ponerse el sol, toda La Tribu se reunía para hacer la comida común. Cenaban todos juntos, rodeando una hoguera. Escuchaban con mucha atención cada historia que se contaba, observaban todo a su alrededor y aprendían al mismo tiempo. Y como todos los demás, guardaban silencio y mostraban respeto a la llegada de Aster, la líder, quien con un solo gesto, daba por hecho el comienzo de la cena. Pero a pesar de no haber sido recibidos con disgusto, ni con muestras de desprecio, los niños habían tardado bastante en hacerse a aquel ambiente. El miedo siempre había sido el sentimiento dominante; miedo a ser rechazados, miedo a sentirse diferentes, miedo a no tener padres, miedo a equivocarse y ser golpeados... miedo a no ser aceptados. El maldito miedo... y sin embargo para La Tribu, en el mismo instante en que Aster ordenó cogerlos, se les había considerado un par de miembros más.
Como todos los niños, lo que más les gustaba era estar al aire libre y jugar, cosa que podían hacer en muy pocas ocasiones, los días que tenían algo de tiempo. Las veces que habían dejado alguna labor inconclusa o mal hecha a causa de las prisas por irse a jugar, habían recibido una cachetada y todo el día sin comer. Siempre les decían lo mismo, "Si os portáis mal, recibiréis golpes y castigos", "si os portáis bien, recordad que es vuestra obligación, no estaréis haciendo ningún mérito, así que no esperéis nada a cambio". Ellos habían notado que se recompensaba a los niños, que aún a riesgo de ponerse en peligro, habían hecho alguna acción que beneficiara a toda La Tribu. A esos niños se les daba reconocimiento por parte de todos los miembros, y se les comenzaba a incluir en las asambleas.
Pronto entendieron el funcionamiento de aquel clan. Y pronto comenzaron recibir la educación que los convertiría en Bandidos. Pero de todos aquellos años en La Tribu, Qrow recordaba viva y claramente una conversación, la recordaba de tal manera que le resonaba en la mente como un doloroso martilleo, y lo peor de aquello era que tenía que ver con su propia hermana. Nunca podría quitarse de encima la sombra de Raven...
