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"Christmas Tales"

Por:

Kay CherryBlossom

2. Regalos

(Rei)

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Cualquiera que hubiera conocido a Rei Hino, sabría que el destino le tenía reservado el papel de heroína de una historia. Su carácter determinante, su belleza y fortaleza, favorecían todas las suposiciones. Desde que entró en la adolescencia y comenzó a volverse mujer, se volvió objeto de admiración de quien la conocía. A la gente le gustaba lo diferente, lo especial. Lo raro. Y no es que Rei fuera una chica anormal, pero para el prototipo de estudiante común sí lo era. No era habitual conocer a una chica tan colmada de aptitudes, que irradiara ésa aura de misterio y algo de oscuridad, y que además los rumores aseguraban, tenía poderes extrasensoriales. Una prodigio.

Esto era una ambivalencia para quien la conociera. Por un lado, tenía bastantes pretendientes, pero por el otro... parecía que a muchos les costaba hablarle. En más de una ocasión vieron los ojos oscuros de ésa doncella resplandecer con advertencia, y también como sus palabras solían ser duras y directas, había hecho llorar a más de una chica e intimidar a más de un chico. Como se dijo, nada común en lo que se esperaba en un prototipo de chica común. Rei era especial.

Y por eso, Rei tenía admiradores, pero no salía con nadie. Eso a ella no le molestaba, muy dentro sabía que encontraría a su complemento tarde que temprano, pero después, cuando terminara la universidad o fuera alguien realizada... Mientras, aunque ella no lo sabía, seguía siendo un ejemplo a seguir. La doncella no tenía mucho tiempo para ésas cosas del romance, estaba entregada en cuerpo y alma a sus deberes de sacerdotisa y quería estudiar finanzas y ser muy exitosa. Muchos planes, y muy poco tiempo para realizarlos.

Como siempre fue una mujer versátil y enteramente espiritual, ése año Rei tomó una decisión, igual de tajante como solía acostumbrar a ser. No celebraría la Navidad.

Todas sus amigas tuvieron reacciones diferentes, unas más dramáticas que otras. Lita le preguntó si estaba enferma, Serena se horrorizó como si le hubieran dicho que se acababa el mundo, y Mina le dijo que era una aburrida de lo peor. En fin. Conocía a sus amigas, y no le dio importancia a sus opiniones porque la decisión estaba tomada.

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Recientemente se sentía desconectada del mundo que la rodeaba, y quería encontrar un eje, pensar, meditar en cosas más profundas, crecer como persona. Ya tenía dieciocho años, y era momento de madurar un poco. Aprender. Y definitivamente no iba a lograrlo con ésas celebraciones superfluas. Encontraría la paz y el sentido de las fiestas de otro modo.

Básicamente, pretendía hacer un especie de rito de sanación. Necesitaba alejarse del caos de la mercadotecnia, y nutrirse el espíritu con la meditación. Había cosas horribles en el mundo, el hambre, las guerras, la enfermedad... no quería otro año de compras y comida desmedidas. Sólo ella, sus oraciones, y el silencio.

Quizá Mina tenía razón, sí sonaba algo aburrido. Pero ella se divertiría, ¡a su manera!

A pesar de que vivía supuestamente en un templo sagrado, a veces parecía más bien un carnaval o un manicomio. La personalidad dicharachera de su abuelo era algo con lo que siempre había tenido que cargar como maldición, le hacía pasar las peores vergüenzas y sobre todo, alteraba toda la paz que necesitaba. Por eso, Rei hizo alarde de su carácter explosivo y amenazó tajantemente a su querido abuelo con que se mantuviera lejos de ella. No quería que la convenciera para hacer ninguna celebración ni mucho menos se atreviera a interrumpirla durante su retiro, que duraría unos diez días más o menos. Si no lo respetaba, le retiraría la palabra o se marcharía a hacerlo a otro sitio.

Chantajista como siempre, el sacerdote del templo lagrimeó y se quejó de lo mala nieta que era por dejarlo a su suerte, pero Rei ya estaba acostumbrada a eso y lo ignoró sin remordimientos. Todo sería perfecto: podría relajarse en soledad, tomar baños de sales y meditar tranquilamente. Quizá por la noche, leería un buen libro o tomaría un té de hierbas para limpiarse por dentro. No había nadie que pudiera arruinar sus planes, y eso lo sabía porque una vez de haberse deshecho del indeseable número dos, todo iría bien.

Ah, sí. El indeseable número uno no era su abuelo, si no Nicholas. Aquél alumno que ya llevaba varios años en "entrenamiento" en el templo y parecía aferrado a querer envejecer ahí. Rei no lo entendía, Nicholas era un chico rico, ¿por qué insistía en quedar como ayudante de segunda, barriendo el patio o haciendo de mozo de su abuelo pudiendo llevar una vida envidiable? ¿Hacer grandes cosas? No, nunca lo había entendido. Era un mediocre. Pero lo que menos entendía, era lo terco que podía llegar a ser con ella. Era más molesto que un grano en el culo, siempre la perseguía y trataba de ser "útil" para ella, aunque no le pidiese jamás ayuda. Era generoso y bueno, lo admitía, y eso hablaba bien de él como persona, pero a Rei mayoritariamente le resultaba fastidioso y estorboso. Por eso agradeció a todas las divinidades que aquel invierno, Nicholas fuera requerido por sus padres para ir a visitarlos. Rei estaba que no cabía en sí de gozo cuando le dieron la noticia y trató de disimular, pero no pudo evitar decirle sutilmente que llevara suficiente equipaje para que no regresara hasta la primavera si podía.

Nicholas no quería ir, obviamente. Puso varios pretextos alegando que tenía trabajo en el templo, pero Rei lo despachó fácilmente diciendo que, en la ausencia de su abuelo, ella era la patrona y le ordenaba que la dejara sola, y por ningún motivo se le ocurriera regresar antes de año nuevo. Nicholas no dijo nada, pero toda ésa semana previa a Nochebuena estuvo muy callado y caminaba con los hombros caídos y arrastrando los pies. Rei pensaba que era patético entristecerse por pasar unos días estupendos en un chalet lujoso en vez de quedarse a remover la hiedra del tejado o limpiar las duelas del templo. Por eso, ni siquiera se despidió de él cuando avisó (varias veces) que se marchaba, se hizo la ocupada y lo ignoró también.

Cuando al fin quedó en la dicha de la soledad y el silencio, se puso su traje tradicional y a puerta cerrada, en la luz tenue del enorme salón donde encendía su gran hoguera, cerró los ojos, concentrándose en su respiración y mantener la mente en blanco...

A los cinco minutos ya había alguien tocando a su puerta. Ella abrió los ojos y gritó echa una fiera:

—¡¿QUÉ?!

La puerta se corrió dejando entrever una sombra bajita y sigilosa. Rei rodó la vista hacia arriba.

—¿Qué quieres, abuelo? Creí haber sido clara, no quiero que me molesten —farfulló.

—No te enfades, querida mía... es que pensé que podrías tener hambre tantos días con ése ayuno y quería dejarte algo de dinero antes de retirarme.

—Mentiroso, lo que quieres es convencerme de que vaya contigo.

—¡Bueno, pues no pierdo nada con intentarlo! —admitió.

Sus ojos, aunque eran tan rasgados que parecían permanentemente cerrados, les colgaban un par de lagrimitas de ellos.

—No quiero ir a Osaka con el tío Jun. Por millonésima vez, de-ja-me so-la.

—Pero es que es tan triste que te quedes así, abandonada incluso por ése bueno para nada de Nicholas...

—Ya te lo dije abuelo, no es abandono cuando lo decides voluntariamente —respondió Rei con toda la paciencia que pudo juntar. Después de todo, no era muy coherente de su parte practicar meditación y querer estrangular a todo aquél que le interrumpiera o le sacara el tema que más le sacaba ronchas, que era su supuesto romance con Nicholas.

—Pero todo el mundo está de fiesta, y tú aquí, tan triste... me preocupa que te vuelvas una ermitaña llena de gatos como tu tía Bety...

Rei rechinó los dientes mientras una vena se le salía de la sien. Otra vez con lo mismo... qué afán de la gente de no entenderla. Era una mujer independiente, conforme con estatus social y sentimental. ¡No estábamos en el medioevo! Está bien que su abuelo fuera chapado a la antigua (de ahí que asistiera a un instituto religioso) pero esto era pasarse de la raya. ¡Sólo tenía dieciocho, no era una cabra para andársela ofreciendo por pan a todo el mundo! Y mucho menos, para pensar que Nicholas era poco galante siendo que a ella no le interesaba en lo más mínimo si la trataba bien o mal. Era ella quien lo rechazaba a él y de hecho, ansiaba que pronto se buscara una novia para que la dejara en paz de una vez por todas.

El hobbie favorito que ejercía su abuelo después de ser el encargado del templo, era de casamentero, y particularmente, le encantaba andarla emparejando con todo mundo para arruinarle la vida. No había muchacho, cliente o invitado, que no hubiera sido interrogado por él, preguntándole con descaro si le parecía guapa su nieta o si era soltero o cuanto ganaba en su trabajo al mes. ¡Todo era como una pesadilla interminable! Rei ya no sabía que hacer. Si no se había mudado con Lita (la única de ellas que vivía sola) era porque adoraba sus manzanos y sus cuervos, y no podría conservarlos ni cuidar de ellos.

—¡Abuelo, no me importa la tía Bety, ni sus gatos ni tú, ni mucho menos la Navidad de acuerdo! Sólo quiero que me dejes tranquila, ¡adiós!

Y le cerró la puerta dejándolo gimoteando, hasta que su silueta se perdió por el pasillo. Rei suspiró largamente. Todo sería más fácil para ella si respetaran sus deseos, pero no, todos parecían querer imponerle ésos clichés ridículos que a ella no le gustaban. No es que no se la haya pasado bien con sus amigas las fiestas pasadas, de hecho siempre se divertía mucho, pero como ya se dijo, este año no pretendía hacer eso. Quería enfocarse en otras cosas, evolucionar... Y sobre todo no quería dar regalos, aún si eso implicaba no recibirlos.

De acuerdo, sonaba un poco radical y... ¿amargada?¿asocial? Bueno, eso era una de tantas perspectivas. Ella prefería llamarle conciencia y resistencia ante lo frívolo. Ejem... después de todo, las fechas decembrinas deberían enfocarse en eso, en ser mejor persona, pensar en el prójimo... no en jugar Twister borracho o preocuparse por si el chico que te gusta se te declarará ése día...

Nimiedades. Tonterías.

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Todo su plan estaba saliendo a la perfección. Sin reloj, sin estar pendiente de un teléfono ni de nadie. Sólo concentrándose en lo que le interesaba, sentada frente al ventanal y admirando los jardines que rodeaban al templo. Todo estaba desierto y comenzaba a difuminarse una neblina, como un paisaje de cristal. Incluso el estanque ya tenía una fina cubierta de hielo.

Se refugió en el fuego, sentada con las piernas entrecruzadas y siguió a lo suyo. No prestó atención a nada más aunque la garganta le picaba de modo molesto y estornudó. Afuera, sólo el viento sacudía las ramas de los árboles y hacía crujir sus follajes. Se avecinaba una tormenta. Lo presentía.

Sonrió aún con los ojos cerrados, disfrutando de la soledad durante varias horas más, hasta que...

Estornudó otra vez.

Y otra... y otra. Y ya no era coincidencia ni provocado por algún polvo o una alergia. Se tronó el cuello intentando volver a lo suyo, pero la nariz le picaba demasiado y los ojos le lloraban desmesuradamente.

Para las siguientes dos horas ya podía admitir que estaba resfriada, y tuvo que dejar de orar y realizar sus ejercicios. El cuerpo le dolía como si llevara en la espalda una piedra y comenzaba a sentirse afiebrada. Bueno, un té de tomillo podría aliviarle, no era para ahogarse en un vaso con agua. Era una mujer empoderada y autosuficiente, no necesitaba nada ni de nadie. Iba a manejarlo bien. Dormiría una siesta y cuando despertara, estaría como nueva para continuar con su plan.

Dicen que cae primero un hablador que un cojo, y Rei entendió claramente de dónde venía aquél refrán ése día. Luego de darse un baño caliente y acostarse un rato, despertó peor de como llegó a la cama. La cabeza le latía a martillazos y se sentía realmente mal. Lo peor es que no pudo encontrar ningún analgésico porque ella estaba en contra de la medicina alópata, sólo tomaba infusiones o cosas así.

Mientras estaba tendida en su cama, no supo si empezó a soñar, a delirar o simplemente a dejar vagar su mente, pero empezó a pensar en varias cosas de las cuales se arrepentía actualmente.

Apenas pocos días atrás, había tenido una pequeña riña con sus amigas sobre el tema de la Navidad. No sólo se había rehusado a pasarla con ellas, si no que tachó a Serena de inmadura por querer hacer una pequeña fiesta, y a Mina de cursi por querer hacer una cena romántica a alguien especial. ¡Y ni hablar de Lita! Era la peor de todas, sola se había inventado toda una telenovela en la cabeza con un chico que no le daba ni la hora. No sabía cual de las tres estaba peor. Sin Amy para que le pusiera la voz de la conciencia al grupo, se sentía una maestra regañona a cargo de una guardería de aficionadas al amor y ésas payasadas.

El caso que sin querer, Rei se portó un poco dura con ellas. Serena exageró como siempre por supuesto, le miró con ojos de corderito degollado y le dijo que ¡era como el Grinch verde de la película! ¡Ella, la inteligente, fuerte y gran Rei Hino, un Grinch! Como las otras también le apoyaron, Rei se levantó del restaurante muy ofendida, y les dijo que ni se les ocurriera molestarla durante todas las vacaciones. Si era un Grinch, pues lo sería con todas sus letras y no recibirían regalos de su parte ése año. Todas la miraron pálidas como fantasmas, pero ella no cedió y se marchó sin voltear a verlas.

Pero ahora, desde este punto de vista... pensaba que se le había ido un poco la mano. Al fin y al cabo, sus amigas siempre habían sido así. Mina al parecer estaba enamorada, Lita ansiaba enamorarse más que nada y Serena era el vivo retrato del amor en persona. No podía ser de otro modo. Quizá ella debió explicar mejor las cosas... quizá estaba algo equivocada, porque así como se estaba, con el techo dándole vueltas y sintiéndose fatal, las extrañaba y las necesitaba. No debió hablarles así.

Sabía que de las rubias sólo obtendría calamidades, pero seguro también le animarían con sus ocurrencias, y qué bien le caería una sopa de pollo de Lita o los cuidados de su abuelo, que siempre había velado por ella aunque fuese algo reticente a sus cariños. ¡Bueno, hasta el inútil de Nicholas sería útil para variar, porque podría mandarlo a la farmacia por un jarabe!

No se sentía como el Grinch, pero sí como Ebenezer Scrooge, el protagonista de un «Un Cuento de Navidad». Ése señor soberbio y avaro que, hasta que no estuvo solo, enfermo y aislado, no entendió la importancia de tener a alguien al lado con quien compartir, sin importar qué. Estaba arrepentida de lo mala que había sido con todos, aunque no lo había hecho a posta. Ella sólo quería hacer su voluntad, sus cosas por su cuenta, no quería hacer sentir mal a nadie. Y sin embargo, estaba segura que lo había hecho. Había mandado solo al abuelo a visitar sus tíos para que no la molestase, y ni siquiera había mirado a Nicholas cuando se despidió de ella, porque no quería intercambios de diálogos ni intentos de su parte por otra vez intentar pasar Navidad con ella. Y lo dejó irse así, descorazonado, una vez más...

El timbre de la puerta sonó, y Rei temió lo peor. Oh no, nuevamente como en el cuento. Se le aparecerían los fantasmas del pasado, presente y futuro. Vendrían a reprocharle lo mala que era, y tomarían cartas en el asunto... ¿o se lo imaginó? Ya no estaba segura. Daba igual, no se sentía con fuerzas de levantarse.

Psicosomático, psicosomático...

Tuvo varias pesadillas de las cuales ya no recordaba bien, pero entre ellas estaba atrapada en un lugar muy caliente y sofocante, también soñó con los fantasmas que arrastraban las cadenas y le decían que iba a morirse sola. En la visión, las chicas celebraban la Navidad y hablaban mal de ella, alegrándose de no haber invitado a semejante chica tan grosera. Ella, desde fuera en una ventana, les gritaba pero no la oían. Todo era horrible y desesperante.

Para cuando abrió los ojos, sentía un frescor agradable el rostro. Poco a poco, se orientó y entendió que seguía tumbada en su cama, pero ya no se sentía mareada ni acalorada. De inmediato, sus habilidades le hicieron captar un aura cálida y conocida que estaba a su lado, y viró el rostro en ésa dirección.

—¿Nicholas? —preguntó desorientada.

—Ya despertaste —le dijo él muy sonriente. Estaba justo al lado de su cama y mojaba un paño en un cuenco de agua —, ¿qué tal te sientes?

—Mejor de lo que merezco —dijo enderezándose —. ¿Qué rayos haces acá?

—Oh, no te levantes. Apenas te bajó la fiebre, no es recomendable.

Rei parpadeó, desconcertada por el tono serio y firme del chico. No se sentía con ganas de hacerse la valentona, (aunque lo era) así que obedeció por única ocasión y se recostó de nuevo.

—Bebe esto —le indicó. Era un especie de extracto de hierbas pero olía asqueroso, como agua de pantano. Rei hizo un gesto de asco —. Si lo tomas te sentirás mejor casi de inmediato. Comprobado.

—¿Comprobado por quién? —preguntó Rei irónicamente —. ¿Por tu laboratorio personal?

Nicholas suspiró cansino. Rei era muy reacia.

—Sólo bébelo, por favor.

Como no estaba en posición de darle la contraria ni pelearse con él, así lo hizo. Se tapó la nariz y tomó el contenido verdoso y espeso de un golpe. En efecto, sabía peor de lo que parecía, pero así lo hizo.

Una vez pasado el mal trago (literalmente), Rei procedió con el interrogatorio, y se sentó en la cama. Se sentía invadida en su espacio personal y un poco irritada de que estuviera en su cuarto, muy acomodado y dándole consejos, como si fuera su pariente, o peor, su novio. Pensar en eso le hizo enfadarse.

—Sigo sin saber qué haces aquí. ¿No deberías estar esquiando con gente rica y comiendo venado o algo así? ¿además cómo entraste? ¡No me digas que me estabas espiando! ¡Nicholas, respóndeme! —reclamó.

Debajo del abundante pelo color marrón, Nicholas le dedicó una mirada dolida.

—¿Todo lo que tienes que decirme después de que te cuidé por horas es eso? ¡Vaya, sí que debo ser un grandísimo tonto! Regresé porque... ¡me preocupaba que te quedases sola tantos días! —reveló, sonrojado y furioso —. Y no me equivoqué, te encontré ardiendo en fiebre, así que lo único que hice fue refrescarte hasta que pudiera encontrar un doctor, no hay muchos a mano por ser Nochebuena. ¡Pero ya veo que tienes suficiente energía de sobra como para despacharme, así que será mejor que me vaya!

Oh, vaya... Rei se estremeció al pensar que quizá había hablado demasiado.

En los años que llevaba de conocer a Nicholas, jamás había actuado así. Con tanta decisión y valor, con orgullo... además de verse seriamente molesto con ella. Molesto de verdad. No parecía el chico patético que siempre la perseguía o buscaba un pretexto para estar cerca de ella. Parecía un hombre fuerte y... determinante. Y eso, la verdad, era atractivo.

Muy atractivo, aunque no se lo reconocería jamás.

Rei guardó silencio un poco más y fijó los ojos en su edredón. Nicholas se puso de pie.

—Te dejaré un poco más del remedio aquí. Ya no tienes fiebre, así que no tiene caso esperar al doctor.

Algo dentro de ella se sacudió. Le molestaba la idea de que se quedara, pero le molestaba más la idea de que se fuera, y peor, que por sus arranques egoístas no volviera a verlo. Era un poco doloroso planteárselo, y sorpresivo, a decir verdad. Quedarse sin Nicholas ahora, era tan enriquecedor emocionalmente como nutritivo el algodón de azúcar.

No entendía por qué nunca se había planteado dejarlo intentar algo más, él siempre le había guardado las espaldas incluso sin tener poderes en las batallas. Tenía detalles inimaginables y siempre estaba pendiente suyo. Además, Nicholas era muy sincero. Sus sentimientos eran transparentes, nobles, todo como él mismo. Y él había renunciado a muchas cosas por ella, como alejarse de su familia para vivir en el templo o contar con pocos amigos con tal de que ella no pensara que no era su prioridad. Incluso muchas chicas venían a verlo y él siempre le daba sobradas explicaciones de que no eran nada suyo, aunque ella no se lo cuestionara. Era muy tierno verlo excusándose, pues sabía cualquier detalle mal interpretado podría arruinar todas sus posibilidades con ella, eso quería decir que seguía esperándola.

Además de que aunque renegara de ello, no le parecía desagradable la vista. Ya le había agradecido su ayuda con dos besos en el pasado, y sí, besos inocentes en la mejilla... pero para una doncella y para como era ella, significaban un mundo. ¿Por qué no se había dado cuenta?

¿Sería capaz de encontrar a alguien tan entregado e incondicional?

¿Por qué se empeñaba en permanecer sola? Ser fuerte no significaba cerrar su corazón, y ella tenía mucho para dar. ¿A qué estaba esperando? ¿A que otro universitario interesante con aires de conocedor de mundo le conquistara? ¿Un tipo con un coche bonito? En el fondo ella no quería eso, o ya lo había buscado... ¿qué más necesitaba? ¿un rótulo luminoso en la frente que dijera: "Despierta, soy el indicado"?

Tras ésa fachada impenetrable y mandona, reconocía que en su interior había un deseo profundamente arraigado de ser amada y protegida.

—¡Aguarda!

Nicholas se giró para mirarla, pero no se acercó.

—¿Necesitas algo más? —cuestionó con frialdad.

"A ti" dijo la niña cursi que vivía en su subconsciente.

—Yo... no tienes que irte —le compuso. De ninguna manera diría algo así ¡primero muerta! —. Sólo... me sorprendiste, es todo.

—¿Te sorprendiste? —repitió Nicholas con una sonrisa amarga —. ¿De qué te sorprendiste exactamente, Rei? No he hecho nada que no haya intentado antes. Sólo quiero lo mejor para ti, aunque... es obvio que siempre termino molestándote y...

No completó la frase, sólo sacudió la cabeza, como contrariado.

—Será mejor que me vaya —concluyó, y Rei comenzó a sentir ansiedad —. Feliz Navidad.

—¡UN MOMENTO, NICHOLAS!

Rei usó el mismo tono de sargento de caballería que funcionaba en cualquier situación de emergencia. Cuando Serena y Mina la sacaban de sus casillas, cuando un visitante pesado la molestaba, o cuando no querían cambiarle unos zapatos en el centro comercial. Solía dejar helados a sus receptores, y afortunadamente, con su disque indignación y todo, Nicholas no fue la excepción.

Se quedó quieto, como si lo hubieran congelado.

Rei carraspeó.

—Ven aquí —le indicó más tranquila, cerrando los ojos en una postura de suficiencia. Él avanzó a pasos graciosos, como robóticos —. Siéntate.

Iba a sentarse en la silla de antes, pero ella le indicó con la mano que se sentara en su cama. Nicholas se puso más rojo y se encendió, igual que una farolilla navideña.

—Pero...

—¡No me hagas repetirlo!

—De acuerdo.

Así lo hizo. Rei se acomodó un poco el pelo y tomó su mano.

—Sí eres un tonto —le dijo en tono dulcificado. Nicholas, aunque no se le veían las cejas, estaba segura que las había fruncido —, pero yo lo soy más. Lo siento. Gracias por venir.

Anonadado, él abrió la boca. Rei acababa de pedirle una disculpa, y no sabía si pellizcarse para comprobar que soñaba o hacer fiesta nacional.

—Pero...

Ella levantó una mano, suplicando que se callara.

—Y... sé lo altanera que puedo llegar a ser. No era mi intención hacerte sentir menos, pero cuando pierdo control me asusto, y cuando me asusto me defiendo. Espero que me entiendas —finalizó, ruborizada, y no por la fiebre, porque tal como Nicholas predijo, ya se sentía como nueva.

—¿Sientes miedo de mí? —preguntó él con voz taciturna.

Rei sacó el aire con pesadumbre. Era muy raro para ella hablar desde el corazón, no estaba acostumbrada.

—No, tengo miedo de dejar de rechazarte. Porque eso significaría que tengo que arriesgarme a aceptarte... y... —Se miraron un instante. Nerviosa, ella soltó —y que me lastimes. Así que prefiero mantenerte lejos. Es más sencillo para mí.

Y fue consciente de cuan decepcionada sonaba por eso.

—Rei... —murmuró él. Cierto afecto subyació bajo sus palabras, se le suavizaba la voz y le chispearon los ojos al pronunciar su nombre —. No podemos evitar que nos lastimen. Pero sí podemos elegir a la persona que lo haga. A mí no me importa que me rompas el corazón, ¿sabes? ¡Es más, sería un honor que lo hicieras!

Rei abrió mucho sus ojos oscuros. No sabía si reírse, salir corriendo o darle las gracias.

—No digas éso, Nicholas. El mal de amores no debe ser una experiencia bonita —respondió evasiva.

—Pues lo prefiero —aseguró él fervientemente —. Lo prefiero mil veces a seguir sólo mirándote de lejos.

Su mirada caoba era tan intensa, que Rei pensó que empezaría a sudar sólo con recibirla, así que suspiró hondo.

—Sólo pido una oportunidad, es todo —siguió sonriente —. Si no funciona o te enamoras de otro no pasa nada, de verdad, lo aceptaré. Pero te juro que no te voy a lastimar, nunca lo he hecho. ¿No te parezco suficiente garantía?

La idea la serenó, y sin saber muy bien cómo, ya lo veía con otros ojos. Sintiéndose culpable por su arrebato de dudas. Sus intenciones siempre habían sido buenas, desacertadas quizá para ella, pero con un fondo bueno.

Rei le regaló una pequeña sonrisa.

—Me pareces una pequeña garantía —dijo, aunque ambos sabían que era más que eso —. Está bien, saldremos... pero sólo porque es Navidad y hay que... ¡dar y recibir o como se diga!—agregó recelosa.

De pronto, Nicholas la tomó y la estrechó contra su cuerpo. Con una mano reteniéndola en su espalda y con la otra sobre su pelo.

Se quedaron así por largos segundos, y no pareció sentirse incómoda. Era curioso haberle rehuido a ése chico durante tanto tiempo e irónicamente sentirse bien a su lado. Su coraza se había roto, y no se arrepentía, porque la sensación era mil veces mejor que estar por encima de sus emociones. Le gustaba. Cerró los ojos aunque él no podía verlo, y disfrutó el momento. Un momento único y especial que nada podía desbaratar...

Un crujido extraño resonó en todo el cuarto. Como si alguien hubiera pisado madera vieja.

Enseguida Rei se separó, muerta de vergüenza.

—Uau, ¿ése fue tu...?

—¡No lo digas! —le gritó Rei, cerrando los ojos y roja como un pimiento —. He pasado más de un día sin comer por el estúpido ritual de depuración... y ¡sí, me muero de hambre! ¿Ya?

Él soltó una carcajada sonora, aunque sin malicia. Aún así la mano de Rei voló a su nuca.

—¡Muy gracioso!

—Me alegra entonces haber pasado al KFC. ¡Iré por unos platos!

Antes de darle tiempo para responder, ya tenía todo un picnic improvisado en la alfombra de su cuarto. El pollo y el puré de patatas olía de maravilla aunque estuviera recalentado, y su estómago volvió a protestar y se le hizo la boca agua. Por fortuna, esta vez no se escuchó como si estuviera conectado al aparato de música.

—No puedo creer que consiguieras un pedido hoy —comentó —. ¡La fila siempre es larguísima!

—Lo que sea por mi chica —repuso Nicholas con orgullo, mordisqueando una alita.

Rei arqueó una ceja, escéptica.

—Por cierto, aunque seamos novios no quiero que me llames «mi chica» ni «cariño», ni «pastelito», ni nada de eso. No quiero cosas empalagosas ni absurdas. ¿Está claro?

Nicholas no se desanimó ni pizca, e hizo un gesto militar muy cómico. Las palabras «ser novios» era lo único que había retenido su cerebro y se grabaron a fuego dejándolo alucinado.

—¿Tampoco regalos? —preguntó después.

—No hay porqué caer en los extremos, Nicholas —le dijo ella fingiendo seriedad absoluta —. A ver, ¿dónde están? Como me hayas comprado algo rosa, te vas a enterar...

Él ni siquiera preguntó si iba a recibir algo a cambio, y sabía por qué. Porque lo que más deseaba recibir lo había obtenido ya. Eso le hizo reafirmar que no había tomado la decisión equivocada. Ah, y a las chicas y el abuelo, ya les compraría algo mañana para compensarlas. Después de todo, ya tenía con quien ir de compras.

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Canción: "One Moment More" by Mindy Smith.


Notas:

¡Hola queridines! Me lo crean o no, en Japón comer pollo KFC es toda una tradición. Tiene su historia y motivo, pero no investigué demasiado al respecto. Sólo sé que la gente reserva sus paquetes con mucha anticipación y hasta lo venden con champaña o pasteles finos. Es muy distinto a occidente, donde se estila casi siempre preparar algo casero y con otros contextos más religiosos.

¿Qué tal le fue a Rei? A veces siento que es bastante gruñona, creo que necesitaba un momento de debilidad para aclarar un poco sus sentimientos y siento que Nicholas lo merece, es buen chico. Espero que les haya agradado, que hayan disfrutado la lectura mientras ya están arrancando motores para sus preparativos navideños. :) Escuchen la canción que es lindísima y por supuesto.. ¡nos leemos en el siguiente!

X-Mas Kisses,

Kay