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"Christmas Tales"

Por:

Kay CherryBlossom

3. Ángel

(Ami)

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A ella siempre le había gustado investigar y conocer sobre otras culturas. Devoraba con avidez montones de libros y revistas de expediciones, así como documentales sobre las costumbres de otras naciones. Particularmente, estaba obsesionada con la cultura clásica de occidente.

Por eso en cuanto tuvo la oportunidad, aplicó para un intercambio de estudios en Europa. Su asesor le había dado muchas opciones, una mejor que la anterior, hasta que finalmente se decidió por Alemania. Un país no demasiado grande en territorio, pero el mejor en lo que a ella le interesaba: la medicina.

Berlín era conocida por ser una potencia en conocimientos de la ciencia médica, e irónicamente había estado a punto de abordar un avión para allá justo hace tres años. Al final, su corazón de niña y su deber como scout pudieron más que su sentido de la aventura, así que se quedó en Japón. Y no se arrepintió... por un tiempo.

Pero una vez que todo se normalizó, no hubo más enemigos y todas volvieron a sus rutinas monótonas, Ami, tras no pensarlo demasiado, se decidió finalmente por marcharse de Japón unos meses para un seminario introductorio en aspirantes a medicina. Si aprobaba, obtendría excelentes recomendaciones para ingresar a la universidad, y la competencia era ruda, así que le beneficiaría muchísimo, aunque todo mundo le dijo que igual se quedaría en la institución que quisiera. Cualquier universidad querría a la brillante Ami Mizuno entre sus ingresados.

No hubo mucho drama en las despedidas, sólo compartieron una cenita modesta en casa de Rei. Era algo temporal. Siempre había sido una muchacha insegura y le daba miedo desapegarse de sus amigas, las únicas que tenía, pero también era muy madura para su edad, así que lo enfrentó. Quiso por una vez soltar el miedo a la soledad y asumir un pequeño riesgo. Aunque todas las chicas la apoyaron, no estaban rozagantes con la idea de no verla en seis meses y se fuera a un país tan lejano y diferente.

Aún así, un día se halló en un aeropuerto enorme, con una maleta en la mano y un diccionario en el bolsillo, emocionada por lo que le esperaría allá.

Después de pasar por varios problemas propios de ser extranjera y una chica sola, Ami trató de estabilizarse en unas cuantas semanas para irse acostumbrando. Vivía en un apartamento diminuto cercano a las calles centrales de Berlín, y la única persona japonesa que conocía en el edificio resultó ser bastante antipática, así que se enfocó en sus estudios. Pasaba día tras día concentrada en el seminario y por las noches estudiaba. Los fines de semana acudía a un negocio cercano a tomar té y paseaba por los museos. Cada fin de semana recibía cuatro e-mails de sus amigas y uno adicional de otra persona. Lita le contaba de sus manualidades, Rei sobre sus deberes en el templo, Serena lloriqueaba lo mal que le había ido últimamente sin su ayuda en los deberes y Mina le tenía al tanto de sus audiciones y su vida amorosa. Ella leía siempre con una sonrisa cada línea, las repasaba una y otra vez, y en tanto y tanto cerraba los ojos, imaginando sus voces y sus ademanes; pensando que estaban frente a ellas y no en otro continente. Luego, con una cosquillita en el estómago, abría los e-mails de Taiki.

Él era muy reservado y la mayor parte del tiempo demasiado cordial, pero Ami había aprendido a leer entre líneas sus textos. Había cosas que podía compartir con él y los demás no entendían. Detallaba cada cosa con cuidado y empeño, ponía notas personales y además hasta parecía que le leía el pensamiento. No le sorprendía, él era buenísimo para la escritura, ya había tenido la oportunidad de leer algo de su trabajo, aunque él siempre le decía que estudiaría para físico astronómico o algo así. Había algo en las palabras de Taiki que le hacía sentir demasiada nostalgia, pues a diferencia de las anécdotas de sus amigas, las de él se basaban en el pasado. En cosas que les pasaron, que vivieron juntos. Decía cosas como «Te escribo porque no deja de llover, y sé cuánto te gusta ver la lluvia por la ventana. Huele a tierra mojada y te imagino que usarías tus botas azules de lona. ¿Te acuerdas del día que se canceló el festival de las sakuras? Tú eras la única que estaba feliz, porque te gusta más la lluvia que las celebraciones. Bueno, más que cualquier cosa...»

¡Ay, él tenía tanta razón! Aunque sólo en parte. Parecía entenderla más que nadie, pero no tenía razón en éso de que lo que más le gustaba era la lluvia...

Lo que más le gustaba era hablar con él. O pasear con él. O leer al lado de él. O...

¿Él?

¡Y casi estaba arrepentida de haberse ido a Alemania en un momento como ése! Taiki era un chico altamente asediado por las mujeres. Incluso a veces más que Seiya y Yaten. Y no porque éstos no fueran apuestos, al contrario, si no porque ambos estaban tan enamorados de otras chicas que automáticamente repelían cualquier contacto femenino adicional al de las dueñas de sus corazones. Taiki era excesivamente amable, comprensivo y responsable con su papel de cantante, y le era imposible rechazar un autógrafo, una foto... un cumplido.

Y ella tenía mucho de culpa, debía reconocerlo.

Volviendo a hechos actuales, su estadía en Europa había sido muy provechosa, muy interesante y por demás está agregar, muy necesaria. Sus notas eran las más altas del grupo de internos, y si pasaba todas las pruebas, para el treinta de marzo ya estaría nuevamente en Japón, con los suyos.

Como quisiera tener una máquina del tiempo y que funcionara ya, porque no soportaba más.

Se dijo que todo había sido muy provechoso, pero no por eso fue lindo. Los alemanes eran gente fría, seca y muy distante. Apenas la miraban para darle indicaciones de dónde tomar el tren o cómo llegar algún sitio. No sonreían, y hablaban de modo golpeado, como si estuvieran siempre discutiendo. No conocía a nadie en la escuela y se sentía tan sola, que sentía que se ahogaba. Ya había olvidado lo dura que era la soledad, justo se había sentido así antes de conocer a Serena, cuando todos murmuraban lo presuntuosa que era sólo por ser la más sobresaliente de su curso.

Serena y las demás le habían enseñado lo que es la amistad. La camaradería y la confianza entre chicas. Siempre que tenía un problema, ella podía correr con Rei y sus sabios consejos, o reír con las tonteras de Mina, o degustar algo delicioso que le cocinara Lita. O podía, sencillamente, recibir una sonrisa generosa de Serena y otra vez su mundo volvía a girar con normalidad.

Ahora no tenía a nadie. Y es que los correos de sus amigas se hicieron cada vez más esporádicos, más breves... probablemente estaban ocupadas. Su ausencia pasó de ser un vacío doloroso a una normalidad, algo cotidiano. No es que no la extrañaran, simplemente se habían acostumbrado a estar sin ella, aunque ella no se había acostumbrado en absoluto.

Todos los días almorzaba en el mismo restaurante, y miraba a su alrededor. Había grupos de chicas riendo, parejas charlando, y le dolía el corazón. Se le cerraba la garganta y la vista se le empañaba de modo molesto, y entonces tenía que irse a la cama otra vez marcando un día más en el calendario y simplemente prometiéndose que todo iría bien. No debía decir nada, ni a sus padres ni a ellas. Sería algo muy infantil.

Ya se sabía los lugares turísticos de memoria, así que eventualmente dejó de salir los fines de semana. Se quedaba en casa leyendo a Brontë (su favorita) y actualizaba una y otra vez su bandeja de correos, normalmente sin ningún mensaje nuevo. Aún así seguía manteniendo la PC encendida.

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La entrada de diciembre fueron malas noticias para Ami. Para la tercera semana se anunciaron catorce días de descanso por las fiestas y estaría estancada en el ocio absoluto, más allá de lo poco que pudiera hacer en su apartamento, como lavar la ropa o sacudir el polvo. No fueron vacaciones, fueron la pesadilla de su existencia.

No había suficiente que hacer, de modo que pasaba incontables horas esperando y esperando, simplemente. ¿Estaría Taiki tan agobiado, en fiestas de las disqueras o colegas famosos como para enviarle aunque sea un inofensivo mensaje de texto?

—¿Qué estarán haciendo las chicas? ¿Y qué estará haciendo él? —preguntó al techo, una mañana del veintidós de diciembre.

Para el medio día ya estaba como un gato atrapado en una jaula pequeña, así que dejó de darle vueltas al asunto y telefoneó. Sólo recibió respuesta de Serena, y su voz no se oyó muy animosa cuando respondió.

—¿Cómo estás? —le preguntó Ami una vez que ella se desesperezó.

Dormida, creo... —dijo ella —. Es la una y media de la mañana aquí, Ami.

Enrojeció.

—¡Perdóname! Es que se me olvidó el asunto de los horarios —compuso rápido. Serena sólo murmuró algo inteligible —. Sólo quería saber como estaban.

Tras bostezar, Serena pareció hacer un esfuerzo por hablar.

Todo está normal. Te echamos mucho de menos... pero qué se le va a hacer.

Ami se quedó muy quieta, con el auricular aferrado al tímpano.

—Pues... no me han llamado ni una vez —sugirió, y no pudo evitar sonar rencorosa.

Amiga, llamar a Europa cuesta una fortuna. Por eso acordamos escribirnos e-mails...

Ami se mordió el labio inferior. Tampoco es que hubiera recibido una docena cada semana, a decir verdad.

—Tienes razón —dijo, sin embargo —. Cuéntame ¿qué harán en Navidad...?

Todas tenemos planes por separado, no sabría decirte de las chicas...

Eso la sorprendió. ¿Y el karaoke que solían hacer cada año? ¿y los intercambios de regalos?

—¿Por qué?

Ya sabes —se disculpó ella, aunque no se le notaba convencida —. Las cosas cambian. Este año parece que cada quién tiene sus compromisos...

Y volvió a bostezar.

—Entiendo —cortó ella, antes que su amiga se quedara dormida y ella se echara a llorar como en un funeral —. Te dejo para que descanses, entonces.

Sí, cuídate mucho... come... papas con salchichas, o lo que sea que coman allá.

Rió un poco, aunque no le salió muy sincero.

—No, creo que se come ganso. Pero gracias, Sere. Feliz Navidad... espero que la pasen muy bien aunque no esté este año con ustedes.

Su voz sonó terriblemente falsa, y empeoró hasta que terminó farfullando.

Feliz...

Y colgó. O se quedó dormida. Quién sabe.

Miró la pantalla hasta que el teléfono se bloqueó en automático. Pensó que se sentiría mejor si escuchaba la voz de Serena, como siempre, pero al parecer la distancia había enfriado su amistad mucho más que el propio invierno. ¿Y si cuando volvía ellas ya no la necesitaban? ¿Sería capaz de ser sólo una tutora de clases para ella o Mina con tal de que no la ignoraran? Parte de ella pensaba que se merecía ésta indiferencia. Había sido bastante egoísta, se había marchado a Alemania únicamente por el deseo de un día convertirse en una buena doctora. Pero Serena siempre le había apoyado sus sueños, todas lo hacían. Si fuera Mina quien viajara a Hollywood para ser artista, o Rei a China para volverse una líder espiritual o Lita a Francia para ser una experta en repostería, ¡ella estaría de acuerdo! No las olvidaría por eso... nunca...

Quizá estaba siendo demasiado dramática. Quizá sólo era la temporada y ella atribuía todos ésos pequeños detalles a desplantes intencionados. No podía ser así.

Para el día siguiente, ya en víspera de Nochebuena, se aseguró de hacer bien los cálculos de la diferencia de horario, y llamó a Mina a su casa. Nadie respondió, y no le interesaba más que desearle felices fiestas, así que no dejó mensaje en el contestador. Lo mismo ocurrió con Rei y con Lita. ¿Dónde estarían? Por ahí deberían ser alrededor de las seis o siete de la tarde. Quizá habían salido de la ciudad o algo así.

Usualmente era demasiado tímida para tomar iniciativas, pero esta era una situación de emergencia. Tras pensarlo mucho y echarse para atrás unas cinco veces, finalmente le llamó.

No tuvo que soportar con muchas ansias varios tonos, porque de inmediato, el teléfono de Taiki se fue directo al buzón de mensajes.

—Qué extraño —murmuró. Taiki siempre le respondía de inmediato. Bueno, antes. Cuando charlaban... cuando vivía en Tokio y todavía el primer mes que se fue también.

Tecleó el número del apartamento que compartían los Kou y aguardó sin muchas esperanzas.

¿Hola?

Reconoció la voz displicente de Yaten al responder. Normalmente era Seiya quien corría a pelearse por el teléfono, así que la pilló algo desprevenida.

—Esto... ¡Hola, Yaten! Es Ami.

Qué tal —saludó sin agregar mucha emoción al asunto.

—Me preguntaba si estaría Taiki por allí... —dijo fingiendo poco interés. Yaten tardó unos segundos en responder, que se le hicieron interminables.

Lo siento, Ami. No está.

Ami necesitó un segundo para asimilarlo.

—¿Ah, no? ¿y a dónde fue?

Me pareció oírle decir que tenía una cita —repuso. Se le oía distraído, como si estuviera viendo la televisión o algo así —. Dijo que no lo esperáramos...

Ami necesitó un segundo para asimilarlo. Quizá Yaten notó su mutismo prolongado, porque preguntó:

¿Necesitabas algo en particular?

—No, en realidad no.

Bueno, le diré que llamaste —prometió —. Adiós, Ami.

—Adiós —contestó, pero ya había colgado.

Permaneció un buen rato con el teléfono en la mano. Taiki había quedado con ella en su último e mail de que charlarían aunque fuera un rato en Nochebuena. Pero en vez de eso se había ido a una cita... ¿de trabajo? Eso esperaba. Y en cambio, ella estaba sentada en casa, añorándolo a cada hora que pasaba. Agregado a lo sola y aburrida que se sentía, ahora estaba preocupada, herida... y también desolada al comprender que el tiempo que habían estado separados no tenía el mismo efecto sobre él.

Notó que la sangre huía de su rostro. ¿Y si estaba con otra chica? Después de todo era Nochebuena... nadie trabajaba en ésos días. Taiki debió haber cambiado de idea, tal como ella temía hace tiempo. Y como había dicho antes, toda la culpa la tenía ella.

Desde que lo conoció, sintió una bonita compatibilidad con él. No era cosa de los estudios, aunque eso le gustaba también. No. Era que con Taiki siempre se sentía calmada y segura, y cada cosa que a ella le inquietaba, él le hallaba una explicación que más allá de ser sensata, era reconfortante. Su personalidad, aunque a muchos les pareciera demasiado adulta, ella le admiraba. Taiki sabía mucho de otros planetas, de cosas que ella no sabía ni entendía, y era muy bueno para dilucidar a las personas. Y cuando ella hacía las cosas en modo inconsciente a veces, él ya sabía incluso que decir para que se sintiera mejor.

Ami quería pensar que posiblemente, sólo posiblemente, él también gustara de ella. Pero nunca se lo había hecho saber. No lo creyó necesario, y aunque recibió muchos empujones de sus amigas para decir algo, ella prefirió conformarse con lo que tenía. No le tenía miedo al rechazo. Lo que temía era que Taiki, tras saber sus verdaderos sentimientos, cambiara con ella...y se perdiera ése lazo tan especial que tenía con él.

No quería volverse una admiradora más. Quería ser cercana, su amiga... aunque fuera lo único que obtuviera de él.

Craso error, porque ahora posiblemente no tendría ninguna de las dos cosas.

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Ella no sabía, pero cada año, el gran invernadero del palacio de Charlottenburgo era la sede de una celebración del adviento y la Navidad. Tocaba una orquesta hasta medianoche y también luego se presentaban otros cantantes de moda, después de una selección de composiciones de villancicos. No era lo mismo escucharlos en alemán, por supuesto, pero sentía que necesitaba desesperadamente algo de música para animarse.

No pudo evitar sonreír al mirar lo bonita que lucía la plaza. Había muchas familias completas. En aquella parte del mundo se acostumbra celebrar más con allegados que con un novio o novia, y el contexto era un poco diferente. Aún así las luces y los adornos estaban igualmente presentes y distintivos.

Bueno, al menos daba gusto saber que la vida feliz continuaba existiendo todavía al otro lado de su puerta cerrada.

Fotografió varias de las presentaciones, porque si no, no tendría nada para mostrarle a su mamá cuando le preguntara como le había ido en las fiestas. Entonces tendría que decir la verdad, y eso la preocuparía... y ella nunca quería ser una carga para nadie, así que se dispuso a tomar la evidencia, aunque no fuera muy fidedigna que digamos.

Varios fuegos artificiales estallaron en el cielo y formaron un gran copo de nieve simétrico. Cogió la cámara y enfocó. Iba a disparar el flash cuando un grupo de hombres la empujó, haciéndola caer de rodillas en el suelo dolorosamente.

No se fijó quien fue. Probablemente iban algo ebrios y ella era diminuta para ésos mastodontes de más de uno ochenta y tantos de altura. Se levantó cojeando un poco y se sentó cerca de una fuente. Las medias térmicas se le habían roto y sentía un hilillo de sangre escurrirle hasta el tobillo.

Sin darse cuenta, un par de lágrimas calientes ya le caían por el rostro helado.

Ami, como buena aspirante a médico, no le tenía miedo a la sangre. De hecho, había diseccionado más seres vivos que cualquier persona de su edad, y tampoco le molestaba el dolor, era bastante resistente a él. No le dolía eso. Le dolía no estar en casa, riendo con sus amigas o comiendo sus sándwiches favoritos. Lo que más le dolía era no poderse sujetar del brazo de Taiki, como siempre hacía cuando caminaban por la calle, incluso la ponía del lado opuesto de la acera para evitar que quedara expuesta a algún peligro, justo como ahora...

Apretó los ojos para evitar sollozar y así se quedo un buen rato. Todo lo que había guardado estos meses se le vino encima de sopetón.

Un cosquilleo le subió por la pierna, pero lo ignoró. Sólo quería devolverse a casa. La sensación siguió y entonces abrió los ojos confundida. Eso no era un cosquilleo por el golpe, era su teléfono que no dejaba de vibrar, y entre el escándalo no escuchó el tono.

—¿Hola?

Feliz Navidad —saludó la gentil voz de Taiki al otro lado. Enseguida Ami sonrió, como si todo volviera a estar bien otra vez.

—¡Taiki!

¿Qué tal la estás pasando?

—¡Muy mal! —dijo con voz estrangulada.

Él hizo una pausa considerable antes de preguntar cautelosamente:

¿Qué ocurre?

—¡Todo es horrible! —se quejó por fin —. Hace tanto frío que no sé como no he perdido los dedos de los pies, la comida es tan pesada y sólo la venden con cerveza... y ¡todos son malos conmigo!

¿Malos?

Se dio cuenta de la clase de cosas que estaba diciendo, así que se contuvo un poco.

—Sólo... quisiera tanto que estuvieras aquí.

Dicen que puedes percibir cuando una persona sonríe al otro lado de la línea. Pues bueno, ella supo que él había sonreído también. Estaba segura.

Lo estoy. Es Navidad después de todo.

—¡No, no en un sentido metafórico! —protestó. Sintió sonrojarse, pero no se detuvo, no esta vez —. Quisiera que estuvieras aquí de verdad, para hablar... para... ¡te necesito!

Lo sé, Ami —dijo él, casi tan bajo que ella casi no lo escuchaba. Un sonido fuerte se oía de fondo y distorsionaba su voz —, pero lo estoy de verdad. Ya no te preocupes por eso.

La música retumbaba frente a ella, y también a través del teléfono. Como un eco.

¿Por qué?

—Taiki... —repitió, atónita. Aquello no tenía sentido.

Aquí estoy. Mírame...

—¿Q-qué?

Sólo date la vuelta... y mírame.

Así lo hizo, y lo identificó al instante.

Sus piernas se empujaron a pasos vacilantes, y se refugió en su pecho. Su aroma le recordaba a casa, y también a un lugar con olor a almizcle, a una noche iluminada por la luna en algún lugar de oriente. No lloró, estaba demasiado contenta para eso. Pasado el mal trago, se llenó de centelleante alegría en un segundo, y le habló con prisa y avidez:

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? —le bombardeó con preguntas.

Él le miró implacablemente a los ojos, y dijo:

—Ya no podía estar un minuto más en Tokio.

—¿Por qué...?

Él resopló.

—Eres muy brillante, pero no deduces las cosas obvias...

Ami bajó los ojos al suelo, y luego prefirió desviar la conversación. No estaba acostumbrada a hablar de cosas tan íntimas con Taiki.

—Yo... llamé varias veces, pero no pude localizarte.

—Claro que no, estaba trepado en un avión —respondió racional, pero sin perder la sonrisa.

—Y luego me dijeron que te fuiste a una cita...

—No te mintieron. Es decir, lo estoy. Aquí.

Ella se ruborizó aún más.

—Oh...

Como el ruido era de locos, él chico de ojos violetas se aproximó más, para que pudiera escucharla sin hablar a los gritos.

—Siento mucho haber desaparecido, Ami. De verdad. Pero sentía que si mantenía demasiada comunicación contigo interferiría en tus estudios y eso te perjudicaría, y estabas tan ilusionada el día que te fuiste que... preferí hacerme a un lado. No quería que nada te hiciera volver y luego arrepentirte por hacerlo. No era justo.

Ami le devolvió la sonrisa, aunque un poquito frustrada.

—Tan brillante y no deduces las cosas obvias —le devolvió —. Supongo que los no-correos de las chicas tampoco son coincidencia, ¿verdad?

—No nos pusimos de acuerdo si es lo que insinúas, pero sé que pensaron lo mismo que yo. No querían que te preocuparas por ellas.

—¡Pero necesitaba saber de ustedes! ¡De ti!

—Bueno, pudiste simplemente decirlo...

Hasta entonces, ella se calló, mordiéndose la lengua. Asintió dándole la razón a Taiki, con un tinte divertido. Estaba tan feliz. Sus amigas no la habían olvidado, sólo pensaron lo mismo, una no quería ser una molestia para la otra. Todas eran unas cabezotas, sin duda.

—Serena dijo que lamentaba mucho haberse perdido su última conversación —siguió Taiki de buen humor —, así que entre ella y las chicas te mandan ésto.

Ami tomó el paquete. Estaba mal envuelto y la letra de la tarjeta "Para Ami, con amor" estaba un poco chueca. No podía ser de otra más que de Serena. Era una libreta artesanal con pasta gruesa en azul celeste, y en la cubierta había una fotografía reciente de ellas cuatro, en poses extrañas y haciendo muecas graciosas.

Los ojos se le nublaron de lágrimas.

—Chicas...

—Dicen que así te acordarás de ellas cada que estudies, y que te esfuerces mucho... ellas estarán esperándote cuando regreses. Mientras, te aguantas y tendrás que conformarte conmigo.

Hasta entonces, Ami levantó la vista.

—Sí... tú viniste...¿por qué?

Taiki se rió de modo misterioso.

—Digamos que yo no soy tan paciente.

—¿Eh?

—¡Hey, estás herida! —señaló asombrado Taiki. Ami parpadeó y siguió sus ojos. Se le había olvidado la pierna. La movió un poco e hizo un gesto de incomodidad.

—Oh... sí, me caí. No es nada.

—¡Vaya, te descuido un minuto y ya te estás rompiendo! —repuso él —. ¿Dónde queda tu apartamento?

—Cerca... como a unas veinte manzanas.

Él bufó.

—Es diferente a casa, ¿eh? Vamos, iremos a la farmacia a curar ésa rodilla y luego iremos a cenar ése ganso que dicen que es estupendo. La comida del avión es asquerosa.

—Sí, pero ¡oye! ¿qué haces? —se revolvió ella, cuando Taiki la levantó en brazos sin ninguna dificultad. Ella estaba muerta de vergüenza —. Por favor bájame, no soporto llamar la atención.

—Tarde —le dijo él sin ponerle mucha importancia al asunto. Como no iba a ponerse a patalear y gritar que estaban secuestrándola, Ami enterró la cara en el cuello del muchacho —. Qué ciudad más pintoresca, vas a tener que mostrármela —dijo junto a su rostro —¡Oh, y la arquitectura es muy interesante! ¿Barroco? No, me parece que es más antigua. ¿Ami? ¿Es barroca o...? ¿Ami?

Ami dibujó una sonrisita reprimida, mientras se pegaba un poco más a él y dijo, con su voz impregnada de afecto:

—Te eché de menos...

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Canción: "Only You" by Selena Gómez


Notas:

Uno más... :D ¿qué tal? Supongo que quedaron disipadas las dudas de dónde andaba Ami, pues ya vieron. Pobrecilla, la verdad es que escribiendo su shot si me dio cierta nostalgia y por un momento pensé en mandarla a Japón a ver a su amorcito y sus amigas pero ¿dónde está la diversión en eso? Ña...Saben, esta pareja usualmente me da un poco "equis", pero en esta historia los disfruté muchísimo y de hecho quedó entre mis favoritos de los cinco. Espero que ustedes también. Si es así, anden, díganmelo con un review... :P Faltan las rubias consentidas, paciencia.

X-Mas Kisses,

Kay