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"Christmas Tales"

Por:

Kay CherryBlossom

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4. Nieve

(Mina)

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La mañana del veinticuatro de diciembre fue justo como ella había planeado. Se había ido a dormir temprano (muy raro en ella) y por tanto, se despertó temprano (doblemente raro en ella), todo para poder aprovechar el sol que ya era muy escaso en ésos días, así como ser mucho más productiva en las horas previas a su tan esperada noche. Mina estaba que no se la acababa de contenta. Se hizo un licuado energético, se puso una ropa cómoda y comenzó a asear su casa.

Sus padres no estaban en la ciudad. Su madre, una ejecutiva perteneciente a una firma de abogados, se había ganado un viaje en crucero en una rifa de su trabajo; y como sólo eran dos entradas, Mina fue una hija muy comprensiva y les dio su bendición para que se marcharan sin ella. Su madre no pudo evitar preguntar si aquél angelito era su escandaloso y acaparador retoño, porque Mina era el tipo de chica que hasta donde se acordaban, haría una tragedia griega por dejara sola en casa en días de fiesta.

Pero Mina astutamente les dijo que ya era grande como para estar pegada a su familia en Navidad. Los villancicos, los juegos y las galletas glaseadas eran niñerías. Los jóvenes enamorados en Japón festejaban en una velada romántica y privada. Pero éso último no lo dijo, por supuesto. Sólo lo pensó.

Lo pensó y lo planeó. Apenas el taxi dio la vuelta en la esquina de su calle mientras ella se despedía con la mano, Mina corrió dentro y se puso a dar brincos por toda su casa como un canguro loco. Luego, hizo todo lo que se supone que no podía hacer, pero ahora, con la libertad adquirida, no perdería la oportunidad de hacerlo. Se dio un baño de burbujas en la tina enorme de la recámara principal (y se aseguró de estar ahí hasta que los nudillos se le arrugaron), puso música a todo volumen, se comió la mitad del pay de rompope que su mamá había cocinado (cuando normalmente sólo le permitía una ración), y cuando se le bajó el mareo por el licor, usó el perfume francés de su mamá. Miró televisión todo el día y nunca se sacó el pijama. Era probablemente la única huérfana feliz del planeta.

Pero éso era temporal. Una vez pasada la euforia de la libertad, al día siguiente, Mina se puso a planificar como sí quería que fuera su Navidad, y claro que eso no incluía nada de lo que ya había disfrutado. Algunas cosas son divertidas la primera vez, pero después pierden el chiste. Sobornó a Artemis con una lata de salmón ahumado para que le brindara la privacidad que necesitaba ésa noche, y luego fue a la tienda a comprar algunas cosas. No compró regalos, porque ya los tenía todos. Se topó a Lita en el supermercado, y la vio con aire taciturno como contemplaba los víveres. ¿Qué le ocurría? Iba a llamar su atención con la mano, pero el lugar tenía tanta gente que la perdió entre la multitud cuando ella cambió de pasillo.

Espagueti, salsa casera de una tiendita italiana que nadie conocía (¡y alcanzado llegar antes que cerraran temprano!) y unas cuantas especias serían su salvación. No había más que hervir, calentar y servir. Tres pasos sencillos, así como en prescolar. Uno, dos y tres. Estaba completamente segura que podía lograr que salieran comestibles sin ocasionar que vinieran los de control de enfermedades. Si cometía alguna estupidez como echar sal de más o algo así, llevaba espaguetis y salsa extra y lo volvería a hacer. Todo estaba fríamente calculado.

Puso su estación de radio favorita y se puso a ordenar la cocina.

Se espera una tormenta de nieve para ésta noche, así procuren no salir tan tarde y que cúbranse bien, que éste año tendremos una blanca Navidad...

Mina dio saltitos de emoción mientras cantaba Jingle Bells. ¡Nieve, amaba la nieve! Ah, ¿no podía aquello ser más maravilloso?

Se le ocurrió una idea fantástica para acompañar el pan con ajo, así que Mina abrió la cava pequeña que su papá guardaba muy al fondo de la alacena. ¿Se enfadaría si tomaba algún vinito de ahí? Probablemente sí, pero ya había hecho un montón de cosas prohibidas todo el día de ayer, una más no haría diferencia. Sacó la lengua y miró alrededor, como si realmente alguien estuviera viéndola, y escogió un tinto que no era caro. Así si la reprendían, no se gastaría toda su mesada en reponerlo.

Fue ahí, al mover la botella de su sitio polvoso, que comenzó su catástrofe navideña.

—¡AAAAAHHHHHH!

Una enorme, gorda y peluda araña salió de alguna parte en la oscuridad, y comenzó a correr en dirección a ella. Mina se fue de espaldas y saltó a una de las sillas de la barra de la cocina. Sólo le tenía verdadero miedo a tres cosas en el mundo: los ejercicios matemáticos en el pizarrón, los castigos de su mamá, y a las arañas. Y esta era tan fea, que ahora automáticamente pasaba al primer lugar.

—¡Artemiiiiiis! —gritó Mina desesperada. No hubo respuesta —. ¡Artemis, con un demonio, dónde estás! ¡¿De qué sirve tener un gato si no está cuando lo necesitas?! —berreó.

Parpadeando con lagrimitas en los ojos, cayó en la cuenta que justamente ella le había dicho a Artemis que se fuera a casa de Serena, con Luna, para que ella pudiera tener su cena romántica. Qué mala suerte. Mina trató de tranquilizarse, mientras ella y la araña permanecían quietas, como si se retaran en silencio. La muy desgraciada permanecía ahí, en el piso de la cocina como si nada, y ella estaba a punto de que le diera un infarto.

—Tranquilízate, Mina. Esto no es gran cosa... no es nada para la sailor más linda y fuerte de todo el sistema solar —luego reflexionó, percatándose de lo fanfarrona que estaba siendo y miró al cielo, como pidiendo perdón —. Bueno, no soy la más fuerte quizá, pero sí la más linda... no me castigues, ¿sí? ¡Yo sólo quería una Navidad perfecta!

La araña se movió rápidamente unos centímetros.

—¡AAAAAGGHHHR!

Y casi involuntariamente como si la oyera, se detuvo. Mina permaneció jadeando y con los ojos cerrados. Era una cobarde. ¿Cómo podía enfrentarse a enemigos letales y ser intimidada por un arácnido insignificante? No sabía que hacer. El horrendo bicho estaba justo bloqueando la única salida que tenía, y no podía correr a ninguna parte. ¿Y si la saltaba, como hacía en las competencias de atletismo? No, no quería pasar por ahí y estaba tan nerviosa que era capaz de romperse la cara en el proceso. Además, una vez leyó en una revista que ésas cosas a veces saltaban también. ¿Y si se le subía una pierna? No, si le pasaba eso iba a desmayarse, estaba segura... Tampoco tenía cerca su teléfono y no podía llamar a nadie. Sólo le quedaba permanecer ahí, trepada en la silla y esperando que mágicamente, esa miserable decidiera salir voluntariamente al jardín. Cosa que obviamente no iba a ocurrir.

Como pasaron varios minutos y no se le ocurría nada, Mina pasó del pánico a la ansiedad, y luego a la furia. El tiempo corría, se le seguían acumulando los deberes y ni siquiera se había bañado, ni había planchado el bonito vestido que quería ponerse en la noche. Tampoco se había arreglado el pelo. Y por supuesto ¡ni siquiera tenía la cena preparada!

—Insolente y asquerosa alimaña —murmuró Mina mirándola con odio —. ¿Por qué quieres estropear mi cita? ¡Lárgate de aquí!

Y le lanzó un vaso de plástico, que ni siquiera cayó cerca. La mugrosa ni se movió.

—¡Que te vayas, te digo! —le lanzó una cuchara sopera. Tampoco ocurrió nada. Tenía muy mala puntería.

Después de un par de tazas rotas, una charola voladora, varias latas de guisantes y finalmente una olla de presión, Mina explotó igual que si fuera la olla.

—¡No me vas a arruinar mi día, no te dejaré...y agggghhhh noooo, no te muevaaas!

Tomó la escoba, y comenzó a pegarle, pero la araña escapó. Desafortunadamente, en el proceso de la mortal persecución, Mina se cargó varias piezas de la vajilla de su mamá, el tostador, un cuadro de unos girasoles, el vaso de la licuadora y otras cosas más que no vale la pena mencionar. Parecía que le había dado en algún momento, pero su enemiga era muy ágil y se escondía muy fácilmente, dificultándole acabar con ella sin hacer un desastre.

Tras largos minutos de lucha, Mina quedó despeinada y exhausta, pero satisfecha. No había rastro visible de la araña, pero estaba segura que la había aplastado y estaba bajo la mesa.

Se agachó para recoger el cadáver (ew) y... ¡Ahí estaba! Vivita y coleando, y ahora trepando por una pared.

—¡¿Por qué?! —gritó Mina enfurecida, mientras el bicho se dirigía a donde estaban los enchufes de luz —. ¿¡Por qué no sólo te cae un maldito rayo y te...?! Un momento.

Un rayo.

¡Eso es!

No lo pensó dos veces, metió la mano en el bolsillo y tras transformarse, apuntó gritando:

—¡RAYO CRECIENTE!

Toda la habitación se iluminó con un brillo dorado y cegador, y el impacto fue fulminante. Su objetivo voló por los aires y cayó achicharrado y muerto en el suelo, patas arriba.

Pero no fue lo único. El ataque de Venus también dio directo en el transformador de luz, que comenzó emitir chispas y ruidos eléctricos agonizantes, hasta que finalmente, explotó también. Mina tuvo que saltar con agilidad detrás de la barra de la cocina, mientras todo el lugar quedaba cubierto de humo y oliendo a carbón.

Cuando terminó de toser, asomó la cabeza de su escondite y evaluó los daños, no pudo evitar sollozar de frustración. No sólo había jodido toda la instalación eléctrica, había roto los frascos de salsa de la pasta, y por si no fuera poco, toda la cocina estaba cubierta de negrura y había muchas cosas rotas. Todo era una desgracia, la tienda de la señora italiana ya estaba cerrada, y seguramente se le iría toda la tarde limpiando... y ni hablar de su casa. Sin calefacción, no duraría viva ni dos horas. Estaban a dos grados y no eran ni las cinco de la tarde, y si nevaba, para mañana sería una bonita estatua de hielo.

¿Dónde iba a dormir?

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—¡Ja, ja, ja, ja! —Serena se estaba desbaratando de la risa, mientras toda la gente del café donde estaban les miraba molesta de tanto alboroto—. ¡Yo no creí que... que alguien fuera más torpe que yo, pero... pero tú... ja, ja, ja! ¡Te llevas la medalla de oro!

Lita tampoco había podido evitar reírse bastante, aunque se le notaba más bien resignada.

—Ya estuvo bien, Serena —le dijo Mina con malas pulgas. Les había contado todo hace ya veinte minutos, y su amiga aún no podía parar de burlarse —. Si hubieras estado ahí, ¿qué habrías hecho en mi lugar?

—No sé, pero seguro no habría volado la cocina de mi mamá con el cristal de plata... ¡Ja, ja, ja! —siguió agarrándose la panza, claramente le dolía de tanto reír —. Ay, Mina... estás loca de remate. No sé cómo harás para que tus padres te perdonen. A mí me meterían a un convento después de eso.

—No creo —dijo Lita haciendo un ademán y bebiendo su té. Luego lo pensó mejor al recordar como era la madre de Serena—. Aunque a un colegio militar tal vez sí, ¿eh?

Mina sacudió la cabeza.

—Tengo unos días antes de que vuelvan. Puedo arreglarlo, aunque me costará todos mis ahorros, seguro —gimió.

—Pero hoy no hay trabajadores —le recordó Lita —. Es festivo, ¿cómo te quedarás ahí? Sin luz y... sería horrible.

—Ese es el punto... —comenzó Mina y de inmediato, abrió sus ojos desmesuradamente, hizo un puchero infantil y las miró implorando misericordia —. Por eso las llamé. ¿Puedo quedarme con alguna de ustedes?

Ambas chicas no pudieron evitar compararla con el gato de Shrek, pero no tenían buenas noticias.

—Yo... lo siento, pero tengo una cita —confesó Lita queriendo parecer culpable, pero se le veía feliz.

—¿Qué? ¿Con quién? —gritó Serena impresionada.

Alguien las calló de la mesa continua. Lita junto sus manos y recitó:

—Con mi vecino sexy. Mi futuro novio.

—¿El que ni te miraba?

—¡Ya me mira! —se defendió Lita sonrojada y volvió a su posición ilusionada —. A veces hablamos del clima, y ayer me llevó unas cartas que por error metieron en su buzón. ¡Y sentí una onda tan evidente! Esta la noche pasaremos juntos.

Serena y Mina se miraron confusas. Ésta última, fue la que preguntó:

—¿Pero ya te lo pidió?

—¡Sí, es casi lo mismo!

Mina no tenía ni ánimos de refutar los inventos fantasiosos de su amiga. Miró a Serena, pero ella negó con la cabeza, deprimida.

—Lo siento. Aún estoy castigada y debo... cumplir mi condena.

—¿En Nochebuena?

—Lo sé, apesta —se quejó de mal humor —. De hecho ya voy tarde, me escapé porque se supone que vine a la tienda a comprar un encargo, pero tengo que regresar ahora o les juro que no me verán hasta la primavera.

—¡Pero no pueden dejarme así! Amy no está en la ciudad, y Rei no atiende el teléfono. ¿Dónde voy a pasar la noche?

—¿Por qué no se lo pides a Yaten? No creo que tenga problema en recibirte —le dijo Lita naturalmente. Serena asintió de modo obvio.

—¿Por qué a él? —replicó muy colorada.

—Er... ¿porque es tu novio? —dijo Serena arqueando una ceja, sin entender la resistencia de Mina —. Y ya habías dicho que se verían hoy. Simplemente cambia los planes y cenen en su casa y te quedas ahí. ¡No te compliques la vida!

—Una cosa es cenar, y otra muy diferente dormir en su casa —rebatió ella de modo nervioso —. No tenía pensado nada de éso...

—Pero...

—No es necesario, ya se me ocurrirá algo —dijo terca, y tomó su bolso para salir rápidamente —. ¡Nos vemos!

El termómetro cayó en picada, tal como el pronóstico lo advirtió. Las calles, en un inicio llenas y bulliciosas, se vaciaron. Una bruma espesa cubría el ambiente, y Mina, sentada en una banca del parque No. 10, no tenía a dónde ir. Dejó sacar el aire formando una gran nube de vaho frente a ella y contemplaba las luces decorativas de los árboles. Ya sentía el trasero entumido y las manos tiesas del frío, pese a traer guantes y gorrito. Todas sus opciones se habían agotado. ¿Qué haría?

Divisó una figura que venía hacia ella, hasta que reconoció a Yaten. Llevaba un elegante abrigo en azul índigo, y mientras hacía contacto visual, su sonrisa se fue ensanchando con mofa, hasta que terminó riendo suavemente.

—Adelante, búrlate —le espetó Mina rodando los ojos —. Eres el único que falta.

—¿Puedes culparnos?

—¡Bah!

—Dicen las malas lenguas que hoy dormirás en el albergue de indigentes —le bromeó sentándose a su lado. Mina gruñó. Ése Seiya chismoso —. ¿O te quedarás en ésta banca? No parece tan incómoda. ¿Exactamente cuánto llevas aquí?

—No tanto como parece —le respondió seca. Yaten no pudo evitar seguir riendo —. ¡Bueno, ya basta! —le reclamó con un codazo.

—Sólo tengo una pregunta muy importante —Mina le miró mal, pero ésos ojos verdes que estaban rebosantes de humor la doblegaron, así que lo dejó hablar —. ¿Por qué no simplemente... usaste el insecticida?

Mina soltó una palabrota entre dientes.

—No hubiera funcionado. Era enorme, ¡mutante! —definió con exageración.

—Claro. Y sobre lo otro, ¿por qué no me llamaste?

Mina se revolvió, aunque no pudo hacerlo mucho. Seguía entumida y congelada.

—No quería molestarte.

—Siempre me molestas y no parece importarte —soltó sin tapujos. Mina le miró indignada —. Ah, ¿quieres que empiece por orden alfabético? ¿o mejor por fecha?

—Vale, vale. Pues... —Mina improvisó de modo fingidamente formal —. No creo que sea... pues... adecuado que me quede contigo. Ya sabes, no es bien visto que una señorita duerma en un apartamento con tres hombres.

Yaten le miró con expresión inescrutable.

—Seiya no creo que pase la noche en casa, y Taiki está de viaje —luego le sonrió y le dijo en un tono falsamente coqueto —. Seremos sólo tú y yo.

Aún así, el corazón le empezó a bombear, frenético y aterrado.

—No, gracias —declinó, aunque su voz estaba llena de inseguridad.

Yaten se encogió de hombros.

—En mi casa tengo calefacción, palomitas de microondas, un televisor de sesenta pulgadas... ah, y también de ésos bomboncitos rellenos —enlistó, y ella se relamió sin querer. Adoraba ésos bombones. Yaten echó un vistazo alrededor—. Pero no te obligaré si no quieres. Es más, puedo traerte una campana y un botecito para las monedas.

Mina le dio un manotazo ligero, pero luego se recargó en su hombro, sonriendo y pegándose a él, enredando su brazo con el suyo. Yaten imitó el gesto con su cabeza sobre ella.

—Eres el mejor.

No hubo ropas elegantes ni una mesita con velas y comida casera, fue exactamente lo opuesto. Sólo ellos dos, vistiendo algo cómodo y charlando, cenando pizza comercial, lo único disponible en ésa fecha y a ésas horas. Como un fin de semana ordinario, pero no por eso fue malo. Excepto por la nieve. En verdad habría querido ver nevar junto con él, quien decía que no la conocía pues en su planeta no existía.

Lo único que marcó un diferenciador es que Mina sí llevó la botella de vino, y resultó delicioso, así que le dieron fin en un santiamén y terminaron riendo como tontos de cualquier cosa que decían.

Sin embargo, sus inquietudes no se habían disipado todavía. La razón por la que ella no quisiera estar solas con Yaten era vergonzosa y también inmadura, y por eso no se había atrevido a decírselo a Serena y Lita. Menos a él. Llevaban varios meses saliendo, y las cosas marchaban sobre ruedas. Mina estaba ridículamente enamorada de él y además era una chica de dieciocho años rebosante de hormonas; y su simple presencia y contacto bastaban para despertar en ella ésa hambre de deseo urgente. Y entonces, si las cosas iban más allá de lo que podían expresar en público, el mismo deseo se volvía oscuro y se apoderaba de ella un ardor que la aturdía. Y tenía miedo, porque aunque estaba segura que él era el indicado y su sueño más grande era estar con él en todo sentido, no quería que ése día fuera hoy. No estaba preparada.

La noche ya estaba muy entrada cuando alguien la sacudió suavemente. Mina abrió los ojos y se talló los ojos frente al televisor. Casi se había quedado dormida sobre el hombro de Yaten, mientras miraban una película con la única luz adicional que el gran árbol navideño de la estancia.

—Anda, vamos a dormir —le susurró.

Su cuerpo se tensó de la cintura para arriba, y se despertó de golpe.

—Esto... yo quiero quedarme un rato más —mintió y miró la pantalla —. Está muy interesante él... la... bueno, ésto.

Yaten arqueó una ceja. Eran comerciales.

—Estás durmiéndote, y yo también estoy cansado. ¿A qué esperamos?

—Estaré bien aquí, sólo necesito una manta.

—No seas ridícula, Mina.

Yaten la dirigió hasta la puerta de su cuarto, y Mina pasó saliva ruidosamente al traspasar el marco, como si fuera a entrar a una jaula llena de leones. De acuerdo, había estado ahí algunas veces, pero nunca en ésa situación. Mientras Yaten entraba al cuarto de baño, Mina se quedó mirando la cama con incomodidad, miedo y para qué mentir, excitación.

Él se asomó con el cepillo de dientes aún dentro de su boca, y le soltó:

—Por cierto, yo duermo desnudo. Dicen que es muy saludable, espero no te importe.

Mina se puso más blanca que un muerto y luego roja como una flor de nochebuena, y Yaten enseguida echó a reír. Desapareció para escupir la pasta, y volvió oliendo a hierbabuena fresca.

—Joder, Mina. Tu cara es un poema...

—Eres malvado.

—Y tú una ingenua.

—Y te odio —replicó dándose la vuelta para hurgar en su pequeña maleta.

Yaten no respondió, sabía que todo era un juego entre ellos, como siempre. Sólo se colocó frente a ella de modo cercano y serio. Su mano voló a su cintura, y Mina, aunque se contrajo un poco, no se apartó.

—Oye —le llamó, y se miraron fijamente a los ojos —. Nuestra primera vez no va a ser algo improvisado, y mucho menos algo rápido. Todo está bien, ¿de acuerdo?

Mina abrió la boca, pero no pudo decir nada, sólo se mordió el labio. No pudo evitar soltar una risita tonta, histérica, y aliviada desde lo más profundo de su ser. ¿Cómo podía conocerla tan bien, sin ella decir nada? Y luego de gastarle una broma maliciosa, ¿decir algo tan tierno...? No daba crédito.

La atmósfera entre los dos cambió de modo notorio, liviana y más relajante. Mina subió las manos hasta sus hombros y los recorrió. Luego lo atrajo hacia ella, colocando ambas manos sobre los omóplatos, y le abrazó.

Aún con el aclarado de por medio, no pudo evitar sentirse nerviosa, así que se dio una ducha rápida, sintiéndose una intrusa en aquél baño moderno y bien ordenado, que casi podía pasar por el de un hotel. Aunque fisgoneó el gel de baño con ése aroma exótico y varonil, usó su propio champú, su favorito. Luego se secó el pelo y salió de ahí, con la pijama más neutral que pudo encontrar en su armario. Asegurándose que era lo necesariamente pudorosa, pero también lo suficientemente adulta. Un simple conjunto de pantalón púrpura entallado a cuadros y camiseta de mangas largas.

Casi lamentó no ver a Yaten desnudo ahí, tumbado en el colchón. Y decimos casi, porque la imagen de él, vestido con ése pantalón de chándal gris y camiseta blanca que se ajustaba perfectamente a su torso, no fue menos alentadora.

Se metió a las mantas de un salto cubriéndose hasta la nariz. Estaba helando.

—¿Cómoda? —preguntó, dejando su pequeño libro a en la mesa del velador.

—Sí, me gusta mucho. Además todo huele a ti.

—Y ahora va a oler a... —olisqueó su pelo y rodó los ojos —. Chicle de tutti-frutti o no sé qué diablos... genial.

Mina le dio un pequeño pellizco.

—¡Son frambuesas silvestres!

—Sí, sí... buenas noches.

Y apagó la lámpara.

La tenue luz de la mañana invernal se filtraba por las orillas de las cortinas. Mina, tras abrir sus ojos pesados, miró al chico que tenía a su lado y que aún dormido, la sujetaba firmemente entre sus brazos. Ella tenía la cabeza apoyada en su pecho, el brazo sobre su abdomen y la pierna desfachatadamente entrelazada con la suya. Levantó un poquito la cabeza, temerosa de despertarlo. Parecía tan relajado, con su respiración yendo y viniendo, acompasada... Mina alargó la mano y le acarició muy por encima del mentón, y luego por la clavícula. Qué tonta había sido, ¿cómo había pensado que había una mejor manera de pasar la Navidad que ésta? Yaten gimió bajito, pero no se despertó. Luego, sonriendo, se pegó aún más y lo besó apenas en el pómulo, y él abrió los ojos.

—Hola —balbuceó sonriendo y entornó los ojos hacia ella—. Oye, ¿cómo es qué luces tan guapa si te acabas de despertar?

Se rió.

—No lo hago, creo que tú sigues medio dormido. ¡Wow! —exclamó enderezándose, y corrió a la ventana —. ¡Nieva, está nevando de verdad! ¡Mira, Yaten!

Él se recargó sobre sus codos y se talló los ojos para ver fuera. Todas las casas y árboles estaban cubiertos de espeso blanco, parecía una postal europea. Mina abrió la ventana y tomó un puñado de ella, y la acercó a su cara para deshacerle entre sus manos con escalofríos, fascinada. Volvió a cerrar y corrió nuevamente al colchón, cayendo también en parte sobre él.

—Vamos fuera a verla, ¿sí?

—Ni en sueños —repuso él con el ceño fruncido —. Está muy bonito, pero nada me hará moverme de aquí.

—¡No seas haragán! Andaaa — y le jaló de la mano hacia afuera. Yaten opuso resistencia.

—¿No quieres desayunar? —ella negó con la cabeza, feliz —¿ni siquiera para abrir tus regalos? —lo dudó seriamente ¿tenía regalos? Volvió a negar, y luego comenzó a juguetear con él—¡Ey, no, no! Aléjate, no me gustan las... ¡Minako, no!

Mina comenzó a hacerle cosquillas, y aunque Yaten se esforzó mucho por no terminar riendo, no lo logró y luego se dispuso a hacerle lo mismo en represalia. No fue una gran batalla, ciertamente. Mina la ganó quedando a horcajadas sobre él cuando se rindió, viendo como jadeaba y sonreía, con las mejillas rosadas y sus ojos color oliva brillando intensamente.

—Parece que perdiste —le dijo ella con una sonrisa de victoria, apoyando las manos en su pecho.

—Y tú pareces el Tío Cosa.

—Así que ya no soy guapa, ¿eh? —le dijo con advertencia, y comenzó a torturarlo con más cosquillas.

Cuando al fin lo soltó y se recuperaron de las risas, se miraron unos instantes en silencio. Algo entre ellos hizo clic, y entonces no pudieron evitar irse a los besos desenfrenados. La misma química brotó, ardorosa y contundente, creciendo con cada toque de sus lenguas y sus manos, retorciéndose entre las sábanas y haciendo un desastre con ellas. Cuando se les acabó el aire, a Mina se le antojó trazar un camino de besos esporádicos por su cuello, el lóbulo de su oreja, y más allá... no quería acabar tan pronto.

—Esto... yo creo que deberíamos salir de de la cama —dijo Yaten vacilante, y la sujetó por el hombro para apartarla. Mina ahora, desde abajo, le sonrió pícara y salaz.

—Sí —coincidió haciendo morritos, y le metió las manos debajo de su camiseta. Él se estremeció. Estaba helada de haber cogido la nieve —, deberíamos...

Y se relamió los labios sugerente.

—O...—claudicó Yaten sin mucho esfuerzo —, ¿podríamos improvisar sólo un poquito?

Ella sonrió de modo cómplice, asintiendo. Yaten se echó la frazada sobre la cabeza mientras se lanzaba a por ella y Mina soltaba un gritito sorpresivo.

Los copos de nieve, afuera, seguían cayendo a montones...

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Canción: "I Lay My Love on You" by Westlife.


Notas:

Ay, éstos muchachitos siempre rompiendo las reglas de la sociedad. XD, Mina como siempre, tan mal pensada... aunque tenía ciertos motivos para mal pensar. La verdad me reí mucho (sí, me rio de lo que escribo, por favor no me juzguen) en la escena de la cocina y la araña asesina. Siendo como es, era de esperarse que acarrearía algún desastre a su paso... y bueno, al igual que las chicas anteriores, Mina fue rescatada por su héroe aunque de un modo más... ejem, sutil. Yaten es muy práctico, así que no esperaba menos de él.

La canción es her-mo-sa *u* (viejita, como todo lo hermoso), y trata de haber estado mucho tiempo buscando el amor y al fin haberlo encontrado.

Les mando mis mejores deseos para esta Navidad para ustedes, queridos lectores, que nos leeremos hasta año nuevo con el cierre de esta saga navideña. :)

X-Mas Kisses,

Kay