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"Christmas Tales"

Por:

Kay CherryBlossom

5. Muérdago

(Serena)

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Serena Tsukino no era una chica que odiara. No era buena en eso. No era rencorosa ni envidiosa. Más bien era demasiado querendona. Amaba a su familia, a sus amigos... a su gata y... bueno, amaba demasiado en general, probablemente.

Entre eso estaba el color rosado y la joyería brillante, los días despejados y las monerías en forma de conejos. Le encantaba dormir (aunque a soñar despierta tampoco le hacía el feo), y comer toda clase de dulces. Entre más empalagosas, mejor. ¡Ah! También adoraba los videojuegos de RPG y reírse hasta que le dolieran las costillas con sus mangas. Amaba los paseos, la ropa linda y femenina, y las confidencias románticas. Pero de toda ésa interminable lista, la primer cosa que más adoraba Serena y sólo ocurría una vez al año, eran las vacaciones navideñas.

Era incluso mejor que el verano, porque aunque eran menos días, en invierno no les hacían acudir al instituto para reponer clases o presentar exámenes (lo que ocurría a menudo), porque todo el personal administrativo estaba de asueto. Además, solía recibir visitas de fuera de la ciudad, veía a sus primos o tíos, y todo el ambiente era acogedor, animado y divertido. Además, el clima tentaba a comer más, beber más, charlar más, y haraganear más... que era, por cierto, su pasatiempo favorito. Recibía regalos y visitaba las tiendas saturadas de cosas que hacía que le brillaran los ojos de emoción. Su mamá cocinaba su tradicional estofado y hacía ponche y pastas de mantequilla, y todos andaban de buen humor. Todo era ideal. Una vida llena de dulces, de achuchones y celebraciones.

Sin escuela, sin obligaciones... sin madrugar. ¡Felicidad absoluta!

Muy fantasioso, pero en muchos aspectos era una niña; aunque eso no la hacía menos atractiva a ojos de quien la conociera. Más bien, era su encanto particular.

El último día de clases regulares, Serena contó, segundo a segundo en el reloj que estaba en la pared del salón, los últimos instantes antes de ser libre y feliz. Estaba preparada mentalmente para los días dichosos que le esperaban. Comenzó a pensar en si le vendría bien a Lita un mandil nuevo o a Mina una peineta para el pelo como obsequio, y también en qué clase de actividad podrían organizar este año. Religiosamente, desde que se conocían, las cinco chicas armaban una velada juntas en Nochebuena, comían y la pasaban estupendo hasta la medianoche. En Navidad caminaban por la plaza y acudían al desfile de carros alegóricos o prendían luces de bengala. Se preguntó qué clase de cosa podrían hacer este año aunque no estuvieran todas (Amy estaba fuera del país en un intercambio de estudios). No importa, podrían pasársela igual de bien, estaba segura.

Apenas el segundero tocó el número doce marcando las cuatro en punto, el timbre sonó y todos los estudiantes sacaron sonidos de felicidad y guardaron sus cosas ansiosamente. Serena se levantó como un resorte, se puso el abrigo y casi se ahorca con su propia bufanda, y con una sonrisa estampada en la cara, se dirigió hacia la salida rechinando sus zapatos contra el suelo.

¡Y ya casi podía ver la luz al final del túnel (bueno, de la puerta) y aspirar el olor a pino y sentir la magia de Santa Claus y...!

—Señorita Tsukino.

La voz que la distrajo le hizo frenar, casi yéndose de boca contra el suelo. Una mujer vestida de traje sastre y cruzada de brazos le miraba con reprobación. Era la señorita Amayani. La orientadora escolar.

De inmediato, a Serena le recorrió un escalofrío por toda la espina dorsal.

—B-buenas tardes —murmuró con un hilo de voz.

—Acompáñeme a mi oficina, por favor.

El mal presentimiento se intensificó conforme se alejó más de la salida y se internó en el edificio. Las oficinas cerradas y el ambiente de profesorado le hizo corroborarlo. Estaba segura que no estaba ahí porque hubiera ganado alguna beca, ni porque fueran a nombrarla presidenta del consejo estudiantil. Oh, no. Ella lo sabía. Y es que Serena era ingenua, pero no era idiota. Era perfectamente consciente de los hechos que se habían desarrollado durante todo el curso, y estar ahí, junto con la mirada rara de la maestra, no auguraba nada bueno.

Se sentó y fijó los ojos en el escritorio de la mujer de mediana edad que acababa de citarla. Estaba rodeada de exámenes con notas en color rojo (el rojo nunca era bueno para ningún estudiante) y sintió pánico, así que desvió la mirada hacia uno de ésos adornos de domos de nieve en miniatura. También había un frasco de chocolates. Quería tomar uno, y también ver como caía la diamantina sobre la pequeña villa, pero se contuvo. No era buen momento para eso, ¿verdad?

—Muy bien, señorita Tsukino... —anunció la profesora tomando un registro. Oh no, números. Los números nunca le ayudaban tampoco—. Ha reprobado algunos de los parciales del último periodo: Cálculo, Química y también... Lengua. ¡Educación Física! ¿Cómo es eso?¿cómo puede uno reprobar Educación Física?

Serena se puso colorada y miró sus manos, que estaban entrelazadas en su regazo.

—Me caigo mucho.

—Ya lo creo —espetó irónica, acomodándose los anteojos —. Bueno, con ésa última ya se sumaría un promedio que está por abajo de lo aceptable si quiere pasar de año. ¿Entiende la gravedad de la situación?

Serena se puso colorada y miró sus manos, que estaban entrelazadas en su regazo.

—Yo...

—¿Piensa usted asistir a la universidad?

—Pues...

—¿Sabe que tiene únicamente un cuatrimestre para salvar su diploma?

Ella levantó la cara muy asustada, perdiendo el color.

—No, yo...

—¿Qué va a hacer con su futuro, señorita Tsukino? Nunca ha sobresalido en sus notas, ¡pero al menos trataba de aprobar en los extraordinarios! Quiero recordarle que esta vez no hay segundas oportunidades. Las universidades no la esperarán. ¿Cómo va a aplicar a alguna institución si es tan irresponsable?

Serena se mordió la mejilla interior, mientras sentía como el llanto se le acumulaba en los ojos.

Ella lloraba hasta porque volaba la mosca, así que no fue automático al recibir aquella horrible noticia.

Vale, sabía que no le había ido muy bien en las últimas pruebas, pero no pensó que sería tan terrible. No imaginó que ésos errores le costarían el diploma, mucho menos su ingreso a la escuela superior. Claro, ¿cómo pudo ser tan torpe? Amy ya no estaba ahí para darle clases de regularización. Por otro lado, no pensó en eso, sólo pensaba en las luces de bengala y los regalos... tonta, tonta, tonta.

—Mire, no todo está perdido —le dijo la consejera, ablandándose un poco. Cualquiera con un poco de corazón sucumbiría a ésos enormes ojos llorosos y esa boca hinchada y temblorosa —. Quiero que se lo tome con seriedad, señorita Tsukino. Si no se despabila, se va a arrepentir cuando en un año esté limpiando mesas en un McDonald's. ¿Quiere eso?

—¡No! —chilló.

La futura neo reina... limpiando ketchup y baños. ¿Podía ser eso más humillante?

—Me alegra oírlo.

—¿Y qué puedo hacer? —dijo sonándose la nariz, luego de reponerse.

—Necesito que en el cuatrimestre entrante obtenga por lo menos un promedio de ocho, eso significa que deberá ser... bueno, lo que nunca ha sido en sus cuatro años de preparatoria —Serena reanudó su llanto, y la maestra parpadeó descolocada —. Lo lamento.

—Y... —gimoteó Serena aún más — ¿Qué hay de la clase de deportes? En serio tengo dos pies izquierdos, no lo hago a propósito.

La maestra levantó las cejas con perplejidad, considerando sus opciones.

—¿Tal vez un amigo que le ayude?

—No tengo ninguno —repuso con desaliento, aunque ella sabía que no era cierto. Era un truco para saber si la maestra podía echarle una mano.

La señorita Amayani se encogió de hombros, sin saber qué más decir. Luego le dijo que se marchara a su casa. Serena se levantó, completamente deprimida. ¡Tan contenta que estaba hace un rato! Nada podía ser peor.

—Oh, y casi se me olvida —le dijo antes de que ella atravesara la puerta. Deslizó una hoja peligrosamente sobre el escritorio y exigió —. Necesito que ésta carta de notificación la firmen sus padres.

Ahora sí nada podría ser peor.

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La maldita hoja parecía que le pesaba una tonelada en la mochila. Aún cuando la recibió su mamá con una sonrisa y preguntando como le había ido, Serena no dejó de mirarla con mortificación. Sabía que no podía aguardar mucho para mostrarla. Sabía también, que si la ocultaba las cosas serían peor para ella. Pues lo único que podía hacer enfadar a su madre más que tener una hija perezosa, era tener una deshonesta. Además, era pésima para mentir. Su madre no en balde era su madre (su papá era mucho más despistado) y apenas llegó a casa, se las olió que algo andaba muy mal, y la interrogó. Al final, Serena se rindió y confesó sus delitos, pero no hubo menos absolución por su valentía. Sintió todo el peso de la ley sobre ella, con gritos, manoteos y acusaciones por igual.

Durante la reprimenda Serena llegó a temer seriamente por su vida, preguntándose si su mamá iba a comérsela, porque casi le salían colmillos y fuego por la boca, asemejándose a los extraños enemigos que había enfrentado cuando era Sailor Moon.

De igual modo, Serena se disculpó, lloró, pataleó, se humilló, y le rogó a su mamá que no la castigara en los días de descanso, jurando que resolvería su situación académica en enero. Su papá prefirió no interferir, le tenía más miedo a su esposa que a su jefe. Sammy se rió de ella y desapareció para irse a jugar con sus amigos. Nadie intercedió por ella.

Como nada daba resultado, terminó abrazándose a la pierna de su progenitora haciendo que la arrastrara de aquí para allá, hasta que Ikuko, muy enojada, le atizó un golpe con una cuchara de madera en su rubia cabeza, y le dijo:

—¡Suficiente! Tienes que madurar, te hemos malcriado mucho. ¡Y definitivamente te quedarás en casa todas las vacaciones estudiando y poniéndote al corriente hasta que inicien las clases! ¡Y si no lo haces, señorita, no habrá regalos para ti este año, te lo juro, no me tientes! ¡Ahora, vete a tu cuarto y esta noche te irás a la cama sin cenar! ¡Fuera de mi vista!

—Ya, ya —le consolaba Luna, poniendo una patita sobre el chichón, mientras Serena se deshidrataba en lágrimas y mocos, tendida boca abajo en su cama —. No es para tanto... mira, todo se va a arreglar. Al menos te va a permitir probar la cena en Nochebuena, aunque sin postre, claro...

Serena levantó la cara, descompuesta por el llanto, y luego siguió berreando con más ganas. ¿Que era una cena sin postre? ¿Una Navidad sin regalos? Nada de lo que Luna dijera valdría para confortarla. Estaría dos largas y agonizantes semanas enclaustrada, leyendo o haciendo ejercicios de cosas que ni entendía, sin más ayuda que los libros ni más distracción que mirar por la ventana. Tampoco saldría a ver el Cascanueces con Lita ni iría a pedir la fortuna de año nuevo al templo de Rei. No iría de compras con Mina... ¡Adiós felices vacaciones, adiós!

Y así pasó toda la noche. Llorando por su mala suerte y agarrándose el estómago por el dolor del hambre.

Como le fue confiscado su teléfono, tuvo que avisarle por medio de Luna a las demás la su situación. A ninguna le extrañó aquel incidente, y sólo recomendaron que aguantara, pero nada más. Estaba algo ofendida con sus amigas, ¿por qué ninguna venía a abogar por ella con su madre? Claro, estaban muy campantes, porque ellas sí tenían planes románticos o divertidos para Navidad, y ¡a la porra con ella! Después de todo no era nadie, más que su amiga, su líder, su princesa...¡Bonita lealtad le guardaban ésas ingratas!

Pero como se dijo antes, Serena no era una muchacha rencorosa. Para el tercer día de confinamiento ya se le había apaciguado el ardor con su madre, y empezaba a resignarse. Recordó uno de los consejos de Amy que nunca siguió: "empezar por lo básico". Así que se levantaba temprano (obvio no antes de las diez) y comenzaba a estudiar sus apuntes mal hechos. Hacía los ejercicios y se frustraba, le pegaba a la mesita con un puño y luego borraba todo otra vez. Sin la asesoría de nadie estaba echa bolas, no sabía donde identificar un error ni donde estaba bien, así que tuvo que encomendarse a la buena voluntad de Dios y hacer el esfuerzo así. Leyó todos los temas de Lengua pero pasó de Cálculo, no había poder tan divino que cumpliera semejante milagro navideño como para que dominara las ecuaciones de segundo grado en dos semanas.

Sólo bajaba para comer y luego regresaba a su prisión, cual Rapunzel en la torre. El dragón-madre la iba a visitar de vez en cuando, para verificar que no estaba dormida o dibujando tonterías. Todo el tiempo fantaseaba con la idea de que un príncipe la liberaría de sus grilletes... pero eso no ocurrió pronto. Así pasó una semana completita. Hasta que el día veintidós en la noche, mientras miraba el cielo estrellado, una luz recorrió el manto oscuro del cielo de lado a lado.

¡Era una estrella fugaz!

De inmediato junto sus manos y pidió con fervor:

—¡Deseo poder festejar la Navidad, deseo poder festejar la Navidad, por favor, por favoooor...!

A Luna le salió una gotita en la cabeza.

—Oye, ¿no estás exagerando?

—¡Cállate, Luna! —le gritó con una venita saliendo de la sien. Luna hizo las orejas hacia atrás, mientras Serena seguía "rezándole" a las estrellas. A lo mejor era algo tonto, pero ella se tomaba su fe muy en serio.

Después de licuarse el cerebro otro día más, por fin se dio un pequeño descanso. Tomó un baño en la tina y trató de relajarse... luego peinó su larguísima cabellera y se fue a dormir. Apenas apagó la luz, a los dos segundos comenzó a escucharse un ruido extraño en la ventana. Levantó la cabeza, ¿sería Luna? No había rastro de ella. Asustada, se tapó con el edredón hasta la nariz. ¿Qué era eso? Un golpecito más, otro más... ¿eran piedritas que estaban arrojando?

Su intriga pudo más que el miedo, así que finalmente se asomó, confusa, y refrenó el grito que iba a proferir al mirar la silueta sombría que estaba justo debajo de su balcón, y que emitió una voz que conocía muy bien.

—Bombón —bisbiseó —,ábreme. Voy a subir.

—¿Qué haces? —abrió la ventana, mientras en la escasa luminosidad, el muchacho trepó por uno de los tubos del desagüe, y más tarde por parte de la fachada de su casa con un chirrido crispante —¡Vas a romperte el cuello, tonto!

Seiya bufó al no encontrar nada gracioso el comentario. Se balanceó para incrementar el vuelo, y se impulsó, llegando sin dificultad hasta ella en un salto sordo. Serena se quedó estupefacta, al ver como ni siquiera se había despeinado en el proceso. Cuando se enderezó y le sonrió, su sonrisa le resultó balsámica.

—Hola —saludó como si nada.

—Esto... no quiero ser descortés pero ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó extrañada. Él frunció el entrecejo, molesto por sus palabras.

—Ya veo que no me echaste ni un poquito de menos.

Serena se revolvió en su lugar. No era eso. Pero era medianoche, estaba en pijama, y acumulaba un humor de perros desde hace días. No iba a tener un letrero de «¡Bienvenido, Seiya!» en las manos precisamente. Aún así, le dejó entrar a su cuarto, aunque sin encender las luces. Lo único que iluminaba el lugar era la luz de la luna. Seiya volvió a sonreír, y Serena gruñó.

—Odio lo feliz que eres.

Seiya rió bajito.

—Me imagino —comentó Seiya, y hurgó en el bolsillo de su chaqueta. Luego le extendió una hojita doblada por la mitad. Ella la desdobló y entornó los ojos para leer en la penumbra. Era una invitación.

—¿Baile del Muérdago? ¿Qué es esto?

—Una estupidez a la que tengo que ir mañana de la disquera. Una fiesta. Y tú, mi querida bombona, vendrás conmigo. Así te despejas un poco.

Serena arqueó una ceja, procesando sus palabras. Por un instante, la emoción se encendió dentro de su pecho, pero se apegó casi de inmediato.

—Estoy castigada, ¿no te dijeron?

Él puso los ojos en blanco.

—Tú déjamelo a mí. Tú solo asegúrate de estar lista a las ocho.

—¡Hoeee! ¿Qué te hace pensar que quiero ir contigo a ésa fiesta? —repuso con desprecio volteando la cara —, además tengo mucho que estudiar.

—Mentirosa, te mueres por ir.

Todo hubiera sido distinto de no tratarse de Seiya, y sí de otra persona. Pero lo conocía (y para males él más a ella) y sabía cuan hábil era para tratar con las personas, y lo persistente que podía ser para conseguir lo que se proponía. Era un fresco y un presumido, sin duda, pero también era un chico increíble. Aunque ellos sólo fueran técnicamente amigos, Serena sentía una inexplicable conexión con él que aún no podía entender, y no la sentía con nadie más. Por ejemplo, siempre que lo necesitaba él...

—Oye —le dijo Serena, cuando Seiya se puso de pie para marcharse a hurtadillas —. ¿Tú... puedes escuchar voces?

Seiya le miró de modo raro.

—¿Cómo... del tipo esquizofrénico?

—¡No! Como... algo mágico, especial, no sé... ¡olvídalo! —explicó con torpeza. Estuvo a punto de revelar lo de la estrella, pero él puso una caja de tamaño grande en sus manos. ¿De dónde la había sacado? Seiya era una caja de monerías, literalmente.

—¿Y ésto?

—Es para que te lo pongas mañana.

—¡Todavía no he dicho que sí!

—¡Ssshh! —le chistó él, poniendo un dedo sobre sus labios. Serena se puso roja como tomate —. Vas a despertar a tus padres. Bueno, también es un regalo de Navidad. Si no lo quieres devuélvemelo, aunque dicen que todo apunta a que no recibirás más regalos —le dijo con crueldad. Serena le propinó un buen golpe en las costillas, pero él ni se movió. Era como pegarle a una pared.

Luego el muchacho se inclinó y, para aumentar la sorpresa, le plantó un rápido beso en la mejilla.

—Mañana, nena —dijo a modo de promesa tácita y seductora. Luego guiñó uno de sus ojos zafiro, y desapareció como un torbellino, dejando a Serena molesta, emocionada y confundida.

Sus entrañas se contrajeron y expandieron ante la expectación de su promesa. La sensación era tan bonita... iba a ir a una fiesta con él. Y sin importar que renegara, sabía que le gustaría asistir y que de alguna forma lo conseguiría. ¿Por qué? ¿era porque confiaba en Seiya más que en nadie más?

Se sentó en la cama doblando las piernas, y encendió la luz. Sus dedos recorrieron la tapa de la caja y las letras impresas y doradas. Cuando leyó «Versace», no pudo evitar que se le desencajara la mandíbula cuando lo abrió.

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Una alfombra verde oscuro se extendía sobre el césped que conducía hasta el interior de aquél salón. Seiya la llevaba a su costado, apoyando una mano en su espalda con un ademán protector. Dentro estaba la elite más granada de Japón del mundo del espectáculo, todos con sus mejores galas. Un par de fotógrafos andaban por ahí, pidiendo a los invitados que posaran para ellos. Serena trataba de caminar derecha, mirando a veces hacia abajo para que no se le enredaran los pies con el vestido. Como si leyera su pensamiento, Seiya la sujetó del brazo.

No pudo más que abrir los ojos como platos cuando admiró todo cuanto tenía enfrente: adornos en plata y dorado, resplandecientes coronas y guirnaldas, figuras de copos de nieve hechas de hielo de verdad... Un escenario al fondo parecía dispuesto para una gran banda y delante, una pista en mosaicos blanco y negro, como un tablero de ajedrez. La música (en ese momento un simple cuarteto de cuerdas) tocaba una melodía hechizante y etérea que le hacía sentirse dentro de un sueño. Cuando pasó por una pared de espejos, se volvió a asombrar de su aspecto. La joven que se reflejaba en él parecía que iba a una alfombra roja. Su vestido de satén en palo de rosa, sin tirantes y largo hasta los pies, era sencillamente espectacular. Maquillaje mínimo, ni siquiera necesitaba rubor en las mejillas, porque estaba tan feliz y nerviosa que irradiaba color por sí misma. El pelo lo llevaba como siempre, eso no cambiaría jamás.

Serena se giró a su acompañante, que también estaba impresionante. Llevaba un traje negro de dos piezas, y una camisa de seda en azul índigo en vez de un esmoquin. Todas las chicas modelos, cantantes, actrices y mortales en general lo miraban con la boca abierta.

No se separó de ella en ningún momento, y vaya que lo agradeció. Primero sintió que había entrado a nadar a una alberca de tiburones, pero junto a Seiya las cosas siempre eran muy fáciles. Siempre sabía qué decir para no incomodarla, o cometer algún error a propósito con las reglas de etiqueta para pasar desapercibidos los suyos. Incluso su sonrisa era contagiosa, y enseguida pudo pasar los nervios iniciales y comenzar a divertirse de verdad.

Un espectáculo de arlequines y bailarines salió a animar el escenario, y mientras los invitados aplaudían, Serena miró a Seiya, preguntándose qué habría de especial en ése chico para que siempre la pusiera tan feliz. Lo escaneó sin reparos mientras él estaba distraído, y sí, era muy guapo. Debería estar prohibido ser tan guapo.

Aún así, su sentir no iba ligado a lo físico.

Los señores Tsukino se quedaron de piedra cuando vieron a aquél que salía en la televisión tocar a su puerta en Nochebuena. Luego se dio una conversación que Serena no pudo escuchar porque la habían enviado a la tienda a comprar pan, lo siguiente que supo es que tras quince minutos después que el coche de Seiya arrancara de la entrada, su madre entró a su cuarto fingiendo una cara de satisfacción absoluta tras una máscara de benevolencia, y le dijo que estaba orgullosa de su esfuerzo hasta ahora y le levantaba el castigo si prometía no reprobar más. Serena se arrojó a sus brazos y luego brincó sobre el colchón. Nunca supo de qué mañas se había valido Seiya para convencerla, pero estaba segura que tenía que ver con el comentario que le oyó a su mamá mientras lavaba los platos: "¿Entonces, tú crees que parezco tu hermana mayor?"

—Oye Seiya —le dijo secretamente, mientras los danzantes continuaban encantando a todo el mundo con una versión rítmica de Silent Night —. Gracias por rescatarme hoy.

—No hay por qué, Bombón —repuso encogiendo los hombros.

Dubitativa, se animó a tomar su mano.

—En serio —insistió, y Seiya le miró sorprendido, incapaz de disimular su regocijo —. Tú siempre me estás cuidando... y yo... no te merezco. No merezco tener a tan gran amigo.

Los ojos de Seiya se apagaron, pero se limitó a decir:

—No me pesa hacerlo.

Serena también borró su sonrisa. Sabía sobre sus sentimientos, pero no había podido corresponderlos. Aún así, ahí estaba, llevándola a ésa fiesta divina cuando podía estar con cualquier chica hermosa, una que le diera lo que se merecía. ¿Por qué? ¿Acaso seguía esperándola?

Sus pensamientos preocupados fueron interrumpidos por él, que se puso de pie y le tendió la mano. Serena se aferró al respaldo de la silla, aterrada.

—No, por favor. Bailo pésimo. Es más, ni sé bailar...

Seiya arqueó una ceja.

—¿Me estás tomando el pelo? ¡Esto es un baile, Bombón!

Presionada y sin mucho más qué decir a su favor, Serena se dejó conducir hacia la pista de baile, mientras la banda entonaba una pieza de Frank Sinatra. La tomó en brazos y comenzó a moverse como pez en el agua. Serena no daba crédito a lo que veía, era muy fácil seguirlo. Se sonrieron mutuamente como tontos, mientras giraban alrededor de la pista.

—¿Ves? —le sonrió provocador —. No es que no supieras bailar, es sólo que no habías bailado con la persona adecuada.

Serena rió bajito.

—Contigo todo es tan fácil... —murmuró sin pensar.

—Al parecer no todo.

Se miraron un instante. Enseguida ella se mordió el labio inferior. Parecía que había puesto el dedo en la llaga sin darse cuenta.

—Yo...

Una voz en el micrófono rompió con el momento de tensión. El maestro de ceremonias de la fiesta habló cuando la melodía había terminado.

—¡Es casi medianoche, y ya saben cuál es la tradición! —anunció —. Si ven una ramita sobre sus cabezas, ¡les deseo mucha felicidad a todas las parejas! ¡Feliz Navidad!

La multitud exclamó sonidos de admiración y chocaron sus copas o aplaudieron. La música se retomó en una balada lenta, y Serena y Seiya instintivamente miraron hacia arriba. Un par de ramilletes de muérdago, unidos con un listón de terciopelo rojo y cascabeles pendían inocentemente, como si no tuvieran la culpa de nada.

El estómago de Serena dio un vuelco, como si bajara una montaña rusa en descenso, y una sensación de rubor la invadió de la cabeza a los pies. La costumbre iba así: si un hombre y una mujer estaban por casualidad debajo del muérdago, tenían que besarse. Así estarían siempre juntos. ¿Qué iba a hacer ahora? Serena soltó una carcajada catártica. Muchas parejas comenzaron a acercarse a bailar mejilla con mejilla, a decirse palabras amorosas al oído y cosas por el estilo. Los dos se quedaron simplemente bailando, entre frustrados e inseguros.

—No te preocupes —le dijo Seiya sonriendo afectuosamente, y la giró para continuar bailando —. No tienes que hacerlo. Ha sido una velada increíble. Gracias, Bombón.

Serena levantó la vista, fascinada por su voz dulce y triste a la vez. Es cierto, no estaba obligada a nada, y él acababa caballerosamente de recordárselo. ¿Pero no quería? Todos ésos momentos que compartieron juntos, desde que se conocieron, no eran echados en saco roto. Seiya descifraba cosas en ella que los demás no podían. A simple vista, parecía un chico atrevido que la enredaba con sus juegos, pero no era así. Cuando la retaron por reprobar, sólo quería correr a contárselo a él. Incluso ése estúpido deseo a la estrella, cuando Seiya apareció en su balcón, ¡creyó que su deseo se había cumplido, que él la había oído! ¿Cómo uno piensa algo tan maravilloso de un simple compañero de cursos que se sentaba detrás de ella? Y sentía injusto que hubiera esperado tanto por ella, y ella, en cambio, no había tenido que esperar nada por encontrarlo. Aún así, en el fondo de su corazón sabía que su renuencia no era otra cosa que el miedo que podía significar estar enamorada de su mejor amigo.

—No —refutó, ella decidida —. Quiero que lo hagas. Seiya... quiero que me beses.

Él entornó los ojos, confundido al mirar su rostro y escuchar pronunciar ésas palabras tan prometedoras.

—¿Estás bromeando?

—¿Te estás acobardando? —le devolvió ella como juego, de modo pícaro. Seiya sonrió complacido.

—Bien jugado chica, bien jugado...

Así que ahí, en un mar de luces doradas y música, Seiya se acercó poco a poco, hasta que sus labios dieron con los suyos con un apetito evidente. El beso de alguien que lleva mucho tiempo ansiándolo, vertiendo todo el amor que sentía en ésa acción. A Serena su beso le supo al almíbar, a magia y familiaridad, como si estuviera acostumbrada a hacerlo todo el tiempo.

—Bombón —musitó con voz ronca, al separarse—. Te quiero... no tienes idea de cuánto. Pero...

—Yo tambi... Espera, ¿pero?

—Mañana comenzamos nuestro entrenamiento para que pases Educación Física.

—¡Hoeee, no es justo, Seiya! ¡Mañana es Navidad y además hace tanto frío! —se quejó, volviendo a su rutina amistosa.

—Lo siento, pero hice una promesa con mi futura suegra y debo cumplirla —decretó él muy serio—, aunque si me convences podemos negociar.

Serena se puso más roja que el traje de Santa Claus y giró el rostro.

—¡Eres imposible!

—No Bombón, yo creía que ésto era imposible —le dijo Seiya, y se aferró a ella como si fiera el aire que necesitaba para respirar.

Serena sonrió disimuladamente sobre su hombro. Ella también lo creyó, pero no se lo diría aún. Tal vez después. La noche era joven.

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Canción: "Versace on the Floor" Bruno Mars.


Notas:

¡Tan tán! *inserte créditos*... Bueno, mis estimados y estimadas, esta serie de historias cortas llegó a su fin. Pensaba subirla hasta año nuevo, pero ¡qué diablos! ¿para qué esperar? Además seguro ese día andaré desvelada, o ebria, o cruda, o quién sabe... y se me puede olvidar. XD Ay, éste se me hizo el shot más romántico... no sé, siento que Seiya siempre es así. Tan detallista, es como un príncipe pero con más onda que el otro que conocemos :P. Ya me dirán que les pareció. Desde que escuché la primera vez ésta canción de Bruno, me los imaginé a ellos, y no podía dejar de inspirarme en ella para escribir y dedicárselas.

Gracias a Elenita del Ángel por la imagen editada que me regaló, y que ahora adorna este fic. Y también gracias para los que votaron por éste shot en el concurso navideño del grupo Rebeldes Kou de Facebook. :)

Tenkius a quienes llegaron hasta aquí, que leyeron, dieron favorite o follow y quienes me regalaron un bonito review. ¿Les gustaron las canciones? ¿al menos las oyeron? ¬¬ jeje...Espero que el siguiente año esté lleno de bendiciones y éxito para todos uds. que todos sus deseos se cumplan y nos leemos en la próxima publicación, que espero no sea tan lejana.

Besos adelantados del 2018 de:

Kay