¡Hello a todos! ouo/ ¿Cómo están? Yo espero que bien, sdsadas.

Lamento que me haya tardado un poco, es algo tarde, pero igual vengo a actualizar. Y es que ando enferma, por eso no vine antes uvu.

Bueno, ¡gracias por sus comentarios, hijos del rebaño del señor! *-* Aunque sean pocos, realmente valoro cada palabra que me dejan y me hacen feliz.

Se viene el drama, pero espero disfruten del capítulo y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.


/Sábado 6 de Julio del 2013/

La matinal luz del casi ya verano, entró por las ventanas del departamento de Kise, iluminándolo a él, que dormía abrazado de su adorado peliceleste; ambos desnudos y bien acomodados.

Los dos chicos habían pasado la noche juntos el día de ayer, pues sería la última vez que se verían hasta que Kuroko terminara sus exámenes de la Universidad que empezaban el día lunes y no es que él fuera realmente alguien "matado" en los estudios, incluso podría darse una media hora para ver a su novio cada tercer día o diario. Pero el problema irradiaba en el rubio también, que al acercarse el verano, tenía un montón de trabajo para modelar la nueva ropa de diferentes centros comerciales para empezar la publicidad tanto en revistas como en comerciales de televisión. Así que a los dos les esperaban dos semanas estresantes en las que solo se podrían comunicar mediante mensajes de texto, whatsapp y video llamadas. Kuroko no se quejaba, mas Kise sí. Aunque eso no significaba que los dos no se extrañarían de la misma manera.

—Buenos días, Kise-kun —saludó Kuroko a la vez que se tallaba ligeramente uno de sus ojos y veía al más alto.

Ante tal imagen tierna por parte de su novio, Kise se emocionó y lo estrujó con ganas.

—Moo, Kurokocchi, eres tan hermoso —y le besó la sien repetidas veces con una sonrisa—. Ya quisiera despertar así todos los días de mi vida —suspiró.

El peliceleste simplemente sonrió y se dejó hacer, acariciándole los brazos a su novio.

—Pero si ese fuera el caso, estoy seguro me dejarías sin poder caminar —puntualizó Kuroko con ese tono tan característico de él.

Kise sonrió orgulloso y coqueto.

—No pasaría ningún día sin darte todo mi amor, Kurokocchi —aceptó, acariciando el abdomen ajeno, deteniéndose en el ombligo de este para jugar ahí, como pensando en continuar bajando otro poco.

El más bajo se estremeció ligeramente, pues ese tipo de caricias le quemaban la piel de tal modo, que no podía definirla con palabras, porque el rubio tenía algo que encendía todo en él, algo frenético que no detenía su avance hasta que el otro lo poseía con ese amor que solo entre ellos se daban. Entrecerró ligeramente los ojos y sujetó la mano traviesa ajena para entrelazar sus dedos, porque estaba seguro que si Kise seguía, no saldrían de la cama en todo el día, ya que ni el peliceleste se podía controlar para siempre.

—El cumpleaños de Kagami-kun se acerca —comentó Kuroko todo normalito y viendo al otro chico.

—Lo sé, tengo planeado organizarle una fiesta sorpresa con todos nosotros —confesó Kise todavía con su radiante sonrisa.

— ¿Invitarás a Aomine-kun? —quiso saber Kuroko con inocencia.

Y el rubio se sintió morir por esa mirada.

—Pues sí, después de todo, aunque se comporte como un idiota sin corazón, a Kagamicchi le gustaría que fuera.

—Eso es verdad y estoy seguro que Aomine-kun irá —Kuroko sonó firme.

—Ojalá la situación de esos dos mejore —Ryota suspiró.

Tetsuya no dijo nada más y simplemente sujetó del rostro a su novio, para empezar a besarlo a un ritmo lento, pero amoroso.

Si bien ambos se preocupaban por sus amigos siempre, por este fin de semana, sería mejor concentrarse nada más que en ellos o así lo consideraba el peliceleste, porque estaría dos semanas sin sentir esta cercanía con su rubio. Iba a aprovechar todo este fin de semana, ya después pensaría en algo para ayudar al cabezota de su amigo peliazul del mismo modo que al pelirrojo.

Kise comprendió perfectamente el mensaje y gustoso correspondió al beso, deslizando sus manos en la cintura delgada ajena, apretándola con cariño, para después acariciar la espalda de este como si fuera el mejor tesoro del universo, aunque para él sí lo era. El sonido de ambos al besarse sonaba suavemente en la habitación, endulzando los oídos de ambos como la perfecta musa.
Kuroko por otra parte, enredaba ligeramente sus dedos en las hebras doradas de su novio, apegándose más a este sin importarle que el oxígeno empezara a faltarle y las lenguas de ambos empezaron una danza profunda, apasionada y lenta.
Las manos del rubio aprovecharon para acariciar las piernas del peliceleste, hasta situar una encima de su propia cadera, causando un ligero roce en las pelvis de ambos, lo que provocó que jadearan.

—Kurokocchi, creo que tomaré el desayuno en la cama —susurró Kise contra el cuello del ajeno, con la respiración agitada.

Y aunque el mencionado chico no fuera de los que se pasarían todo el día haciendo el amor (al menos no mientras las vacaciones no estuvieran cerca), esta vez, aceptó.

—Entonces, hazlo, Kise-kun —musitó Kuroko, viendo fijamente a los ojos de su novio.

No fue necesario decir más, pues las palabras sobraban entre dos personas que se amaban; el único idioma era el de los besos y las caricias.


Aomine iba caminando despreocupado por las calles de la ciudad de Tokyo con su mejor amiga pegada a él.

—Dai-chan, ¿por qué has decidido de pronto comprarte un par de tenis? —preguntó Momoi con un tono agudo de desconcierto.

—Los que tengo ya se están desgastando —respondió Aomine con un tono aburrido, mientras veía cual sería la primera tienda en que entrarían.

—Pero si tienes más pares —Momoi frunció el ceño, sin comprender todavía. Aunque tampoco es que le molestara salir con su mejor amigo.

—…Esos no me gustan —Aomine hizo una mueca y frunció el ceño, desviando la mirada a una tienda de manera conveniente.

Pero la pelirosa no era tonta, pues el gesto evasivo de su amigo le hizo recordar algo bastante importante.

—Es cierto, el cumpleaños de Kagamin se acerca.

— ¿En serio? No es como si me importara —Aomine estaba arrepintiéndose de haberle pedido a la chica que lo acompañara.

La muchacha sonrió y se tapó los labios ligeramente; algo similar había hecho el año pasado el moreno cuando se acercaba el cumpleaños del pelirrojo y alardeando de que necesitaba comprarse ropa nueva, le terminó regalando varios short de deporte. Así que estaba segura, esta salida era para lo mismo, pese a que según sabía los dos chicos no se habían vuelto a ver luego de la inteligente acción de Aomine hace ya dos semanas.
Pero tal parecía que eso a él no le importaba, porque fiel y anticipado a la fecha, ahí estaba, dispuesto a comprar un buen regalo.

—Pues entonces, pasemos a ver en las zapaterías —animó Momoi, jalando del brazo al chico.

Qué bueno que Aomine calzaba lo mismo que el pelirrojo.

Y sí, era cierto que como había dicho a su amigo peliceleste, no sería él quién buscara a Kagami, para nada; no por pena ni culpa, ni nada por el estilo, ni que tuviera que ver con esa actitud tan jodida de hace dos semanas. Simplemente por orgullo y seguridad propia, pero eso no significaba que no lo extrañara.
Porque sí, lo estaba empezando a hacer desde hace una semana más o menos. Era solo un poco, una sensación diferente que le indicaba que Taiga no estaba ahí, disponible para él como siempre lo estuvo. Lo peor era que se aburría también, no había nadie más que le hiciera justicia como su rival y estar solo encestando no era lo suyo; aceptaba que a veces jugar con Kise era emocionante, pero no era lo mismo. Además, era el único que sí jugaba con él.

No tenía intención alguna de disculparse, claro que no. Sí estaba comprando esos tenis era porque quería y ya o al menos eso se decía a sí mismo.

Les llevó al par de chicos casi toda la tarde en encontrar al fin un par de tenis de su talla, que eran negros con algunas franjas rojas y por ese detalle es que Satsuki confirmó que en efecto, ese sería un regalo para Kagami, porque si hubieran sido para el moreno, como este dijo, los tenis serían de color negro con azul. Y no fue así.

—Ow, Dai-chan, de verdad que eres estúpido.

— ¡¿Eh?! ¿A qué viene eso ahora, Satsuki? —gruñó Aomine, viendo mal a su amiga.

Ella solo soltó una risita.

—No, no. No es nada —Momoi le sonrió dulcemente y le sujetó del brazo—. Ne, Dai-chan, invítame a cenar.

— ¿Por qué debería hacerlo? Paga tu propia comida —repuso Aomine con flojera.

— ¡Dai-chan, no seas malo! —exclamó Momi, agitándole de su brazo— Dijiste que lo harías si te acompañaba de compras hoy —recordó.

Aomine suspiró, no le quedaba de otra.

—Bien, bien. Vamos.

Eligieron comer en un local bastante cómodo, era una tienda de batidos donde también vendían hamburguesas y demás comidas rápidas. De hecho, era la misma tienda donde a veces comía en compañía de cierto pelirrojo.

Grande fue su sorpresa cuando se encontraron al llegar a Midorima, acompañado de un guapo pelinegro.

— ¡Midorin! —saludó Momoi desde la entrada con una gran sonrisa.

— ¿Ella dijo "Midorin"? —inquirió Takao entre risas nada discretas, alzando una ceja.

—Cállate, Bakao —Midorima frunció el ceño y solo vio a la chica que lo saludó, así como al peliazul.

La pelirosa se acercó hasta los otros dos muchachos a la vez que jalaba a Aomine, pues este no quería ir hacía allá.

—Oh, ¿tú eres amigo de Midorin? —preguntó Momoi al pelinegro, una vez llegó hasta ellos y sin permiso se sentó al lado de este.

—Ahaha, que gracioso suena eso… —Takao, todavía entre risas, respondió— Y sí, soy amigo de Shin-chan, soy Takao Kazunari.

—Momoi Satsuki —se presentó también ella.

—Aomine, no esperaba verte por aquí —dijo Midorima secamente.

—Ah, puedo decir lo mismo —repuso Aomine con desinterés—. Veo que ustedes llegaron hace poco también.

—De hecho, Takao estaba por ir a pedir la comida —Midorima miró a su amigo con seriedad.

—Entonces, yo acompaño a Takao-kun —se ofreció Momoi con amabilidad.

Como los dos estaban sentados en el mismo lugar, no hubo problema en que salieran ambos de ahí, dejando a los otros dos solos y si el pelinegro no protestó, fue porque ya tenía hambre como para perder el tiempo peleando.

—Vaya, pareces muy cercano a ese chico —comentó Aomine solo por tener que más decir—, aunque tampoco es que me importe.

—Podría decirte lo mismo de ti con Kagami, pero sé que no hace falta —le respondió Midorima, acomodándose los lentes. En su mano izquierda descansaba un pato de hule amarillo.

—No digas estupideces —Aomine le miró con advertencia—. Lo que él sienta no tiene nada que ver conmigo, yo no le dije que lo sintiera.

El peliverde le estudio con la mirada, frunciendo solo un poco el ceño.

—Deberías tener cuidado, Aomine —fue lo único que dijo Midorima, tampoco se iba a meter en un tema tan complicado como era el amor, pero tampoco era idiota como para no notar ciertas cosas ahí.

—No, Midorima, tú deberías tener cuidado —recordó Aomine—. No deberías dejar tener tan cerca a alguien tan importante, sabes a lo que me refiero.

Shitaro frunció el ceño con brusquedad y le miró con gesto grave.

—Tú eres él único que pienso que él va a regresar.

—Es lo lógico, porque personas como él no aprenden a la primera ni a la segunda. Y todavía le falta recibir la tercera, por eso es peligroso que te permitas disfrutar el lujo de compañía de ese tipo —explicó Aomine.

—Detén tus estúpidas hipótesis, Aomine —Midorima le miró fijamente—. En primer lugar; estás confundiendo las cosas, cuando mi única relación con Takao es la amistad y en segundo lugar; está de más creer que él volverá y que intentará irse contra nosotros por algo tan banal que pasó hace tiempo.

El peliazul se recargó en el respaldo cómodamente.

—Tú, siendo el verdaderamente supersticioso es él que debería tomar más medidas, ¿no crees? Yo solo digo lo obvio.

—Entonces, ¿es por eso que haces lo que haces con Kagami para qué se mantenga lejos? —objetó Midorima con perspicacia.

La expresión de Aomine se descompuso durante unos segundos y frunció el ceño con fuerza.

— ¡De ninguna manera! ¿De qué mierda te guías para decir semejante idiotez?

—No es un secreto ver que juegas con los sentimientos de Kagami y a este paso, Aomine, déjame decirte que terminarás logrando que él te odie —Midorima se ajustó los lentes, con un toque de arrogancia—. ¿De verdad quieres eso?

Aomine iba a responder de manera impulsiva y abusiva por tan estúpida oración—que no por eso dejaba de ser cierta—, de no ser porque en ese preciso momento, Satsuki y Takao venían con la cena para los cuatro.


Y ya estaba, por fin Kagami ya se sentía normal, como siempre era. Luego de otra semana más en la que solo se concentró en el deporte y cocinar, ya podía decir que el segundo rechazo había quedado superado, así que ya no habría problema en si veía a Aomine otra vez.
Sin embargo, todavía no estaba seguro de la manera más eficaz de librarse de otro juego o insinuación por parte de este que no fuera golpeándolo, porque de alguna manera, haría que el peliazul respetara sus sentimientos; no iba a permitir que jugara con él de esa forma.

Aprovechando que su madre salió otra vez para trabajar, decidió irse a la canchar a desestrezarse del trabajo jugando. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero su mamá había estado rara desde que le dijo que se quería ir de vacaciones a América y por más que le preguntó si estaba bien, no logró averiguar nada referente al tema. Y por más que Mika le dijera que no tenía nada que ver con eso, no le creía. Ya que incluso se comportaba más atenta con él y hace unos días la descubrió llevándose su collar del anillo, el cual obviamente defendió con uñas y dientes, porque no importaba que demonios tenía su madre, por ningún motivo le iba a entregar ese objeto.

La tarde estaba un poco nublada, pero de igual manera, Kagami ya estaba jugando ahí en solitario con dribles y tiros sin prestar atención a lo demás, que sin darse cuenta, la noche había llegado.

Estaba por irse, cuando una voz que reconocería en cualquier lugar, apareció.

—Bakagami, qué bueno que te veo, así me desaburres un rato.

Sí, Aomine había llegado a la cancha, pero no solo. El pelirrojo también bien con Momoi ahí, que sostenía una bolsa de quién sabe qué.

—Dai-chan, no creo que debas quedarte, ya es muy tarde —comentó Satsuki con gesto de preocupación, pero no porque fuera peligroso, sino que había algo en la expresión de su amigo peliazul que le indicaba que no era buen momento para que se enfrentara con el pelirrojo.

—No te metas, Satsuki, esto no tiene nada que ver contigo —contestó Aomine de manera tosca.

La chica no sabía que había pasado exactamente cuando estuvieron con Midorima, pues cuando llegaron con las órdenes de comida, notó el ambiente muy tenso y la mirada de su amigo reflejaba furia, como si quisiera golpear al peliverde. Y por más que en el camino le preguntó al moreno, este no le dijo nada más.

Y es que Aomine no le dejaba de dar vueltas a esas últimas palabras que el peliverde le dijo; "No es un secreto ver que juegas con los sentimientos de Kagami y a este paso, Aomine, déjame decirte que terminarás logrando que él te odie", ahí estaban otra vez, sonando con más fuerza ahora que veía al pelirrojo frente a él.

Ja, él no podría odiarme, para nada, se dijo a sí mismo, con una sonrisa altiva, pero más que nada, parecía como si se estuviera convenciendo más que otra cosa.

—Yo no soy un monito de circo, Ahomine —repuso Kagami con el gesto serio—. Yo juego porque me gusta, no para divertirte a ti.

— ¿En serio? —Aomine le miró con cierto sadismo— La vez pasada parecía justo lo contrario, siempre te has movido para mí.

—Dai-chan, deja de decir… —intentó intervenir Momoi, pero el peliazul la calló con una mirada.

Ciertamente, Aomine seguía furioso por las mismas palabras del peliverde, porque una parte de su cuerpo reconocía que tenía razón y misma molestia y furia, así como la incertidumbre de porque es que le molestaba eso, era lo que le estaba cegando en estos momentos al hablar con el pelirrojo. Ya que, probablemente si se hubieran encontrado mucho antes, las cosas no se hubieran dado de la misma manera.

—Deja de creerte la gran cosa, solo porque ahora sabes de mis sentimientos —replicó Kagami con el ceño fruncido y la mirada encendida. Oh, no, esta vez sí que no se iba a dejar.

—Yo no me creo nada, Bakagami, simplemente soy el mejor —Aomine relució una gran sonrisa.

Esto está mal, si no se detienen esto terminará peor para ellos después, pensó Momoi alarmada y su intuición de le decía que no debía dejar que esos dos se confrontasen así. De modo qué, no perdiendo más tiempo, mandó un whatsapp grupal a sus amigos, al menos los que estaban en el rango de Tokyo.

—Tú solo sirves para el basquetbol, idiota —dijo Kagami toscamente.

— ¿Entonces por qué te enamoraste de mí, eh? —el gesto de Aomine se volvió superior y sediento. Luego, se adentró a la cancha para ver más de cerca al otro.

Esa pregunta fue realmente tan directa para Kagami, que no se lo esperaba y su rostro mostró perplejidad unos momentos, pero después encaró al moreno.

— ¡Eso no significa que tu no seas un imbécil y estúpido! ¡Por qué es lo que eres!

El peliazul se rio por lo bajo un momento y caminó hacía el otro.

—No, Kagami, pero incluso así, tú no puedes alejarte de mí —dijo Aomine con un tono de sabelotodo, como sí él fuera el que controlara al pelirrojo.

Y eso hizo enojar en demasía al nombrado chico, que apretó sus dientes y le fulminó con la mirada.

— ¡No estés tan seguro, idiota! —Kagami casi le gritó, empuñando sus manos para no responder con golpes o algo similar. Porque como odiaba que el peliazul se creyera el dueño del mundo— ¡Por qué estoy seguro que en lo menos que te imaginas yo dejaré de quererte!

Ahora fue el turno de Aomine de quedarse sin palabras y descomponer su expresión, pues esa oración tan firme, le trajo nuevamente lo que Midorima le dijo.

".. Terminarás logrando que él te odie".

Algo se movió en el corazón del peliazul. Y como no respondió rápidamente, Kagami volvió a hablar.

— ¡Es más! ¡Desde hoy me propongo que dejaré de quererte!

Porque si todos los encuentros que tenía con el peliazul iban a ser de este tipo, entonces, Kagami no se daría el lujo de permitirlo, si todas las veces iban a ser así, entonces era mejor empezar a intentar deshacerse de esos sentimientos. Lastimosamente, decirlo a hacerlo, era algo completamente diferente y eso no sucedería de la noche a la mañana.

¡No, no puedo permitir que deje de hacerlo!, fue lo que pensó Aomine de manera fugaz, tan pronto terminó de escuchar las palabras del pelirrojo. Ni siquiera se detuvo a reconocer sí de verdad él, un aventurero gustoso de los placeres que le daban las mujeres, de verdad había pensado algo como eso. Como sea, porque él también era alguien impulsivo. Solo que más frío y calculador.
Por eso, no se detuvo a pensar en sus acciones, aun cuando la voz de Satsuki le pidió que no lo hiciera, aun cuando algo le dijo en su interior que lo que haría estaba mal.

Aomine prácticamente tiró a Kagami al suelo, sentándose en las piernas de este para sujetarle de las manos con fuerza contra el duro cemento y evitar que se levantara. Si el segundo no pudo reaccionar rápido, fue porque el primero se aprovechó de su velocidad en juego, usándola aquí y ahora.

—No, Kagami, tú estás muy mal —susurró Aomine, acercando su rostro demasiado al del pelirrojo que lo miraba con rabia y forcejeaba con ganas.

Para mala suerte de Kagami, su corazón no dejaba de latir estrepitosamente por esa cercanía y estaba luchando para no dejarse llevar ni mostrar debilidad.

— ¡Deja de hacer esto! ¡Deja de jugar conmigo así! ¡Imbécil, eres un...!

Pero la voz del pelirrojo se fue a la mierda cuando Aomine casi junto sus labios a los ajenos, apenas era un roce, pero era casi como un beso y habló entre casi los labios del ojirojo.

— ¿Ves que no es así de fácil? —su voz sonó burlona y superior— Kagami, tú no me olvidarás, nunca podrás dejar de quererme y lo sabes; tú cuerpo me lo está diciendo en estos momentos —sonrió de forma cínica, mientras los ojos del otro chico se abrían completamente y su respiración se agitaba del mismo modo que se removía con más fuerza, intentando liberarse—. No importa cuanto lo intentes, ambos sabemos que solo me querrás a mí, no importa lo que yo haga —incluso se permitió morderle ligeramente el labio, logrando que el ojirojo se quedara quieto—, no importa cuando te rechace.

Y Kagami, Kagami se sentía humillado. Porque joder, ¡¿por qué justamente cuando ya había superado lo otro, ahora venía a pasarle esto?!
Lo peor de todo, es que si el peliazul seguía así de cerca, en cualquier momento su corazón y sus sentimientos no podrían más y terminaría cavando su propia tumba al terminar besándolo. Y la fuerza que necesitaba ahora para empujarlo y liberarse era casi nula, porque esas palabras de verdad le habían herido.

— ¡Aomine-kun, es suficiente!

— ¡Aominecchi, detente!

Gritaron Kuruko y Kise, quienes jalaban al peliazul para que se separara de Kagami, mientras que Momoi se tapaba la boca con los ojos cristalizados ante tal escena.

Kagami se removió con brusquedad y rapidez para que de una vez el peliazul se quitara de encima y se sentó en el suelo de la cancha, apoyándose con sus manos, pero sin levantarse aún, mirando sus manos.

Esta vez se le estaba haciendo más difícil contener sus lágrimas. ¡Maldición!, pensó, empuñando las manos y el ceño fruncido, así como los labios apretados; sentía que toda la boca del estómago le ardía, pero era por las lágrimas que estaba conteniendo. Lágrimas más de coraje que otra cosa.
No importaba que se sintiera humillado, no importaba que esto le doliera como si le arrancaran el corazón del pecho y sin anestesia, no importaba lo mucho que ahora estaba sufriendo, ¡no iba a llorar! Aunque sus ojos estuvieran cristalizados por la furia de que la situación se salió así de control y por la maldita tristeza en su corazón. No iba a derramar esas lágrimas que sus ojos reflejaban podían caer en cualquier momento.

— ¡¿EN QUÉ ES LO QUE ESTÁS PENSANDO, AOMINECCHI?! —exclamó Kise, notablemente furioso, viendo mal al peliazul— ¡¿Cómo es posible que seas así de insensible?!

—Aomine-kun, está bien que no te gusten los hombres, pero deberías dejar de jugar con los sentimientos de Kagami-kun —espetó Kuroko, ahora sí, frunciendo el ceño de tal modo que se notaba lo enojado que estaba en su siempre inexpresivo rostro.

No necesito que me defiendan, no soy débil, pensó Kagami, es lo que quería decir, pero sentía que si lo hacía o que si se movía de más, las lágrimas caerían. Y no, primero debería deshacerse de esa sensación de escozor en sus ojos antes de levantarse.

—Un par de débiles como ustedes no tienen por qué venir a decirme como hacer las cosas —resopló Aomine, liberándose del agarre de sus amigos con fuerza.

—Sí te basas en el basquetbol para decir eso, Aomine-kun, déjame decirte qué…

—No, Tetsu, ustedes son débiles por depender de los sentimientos de los demás —interrumpió Aomine con un gesto egocéntrico—. Cosas como amar a alguien solo los hace débiles y sobre todo esa clase de amor entre ustedes dos no es algo que vaya a…

— ¡Ya es suficiente, Dai-chan! —exclamó Momoi, dándole una cachetada al peliazul con tal fuerza, que dejó impresionados a todos los chicos— No sé qué fue lo que pasó entre Midorin y tú para dejarte así, ¡pero Kagamin no tiene la culpa y mucho menos Tetsu-kun y Ki-chan!

Aomine no dijo nada, no supo cómo responder cuando vio los ojos llorosos y furiosos de su amiga.

Eso le había dado la fuerza suficiente a Kagami para controlarse, usando toda su fuerza de voluntad y se incorporó. De sus ojos era como si salieran llamas al ver al moreno, porque una cosa era que lo estuviera humillando a él, que le estuviera faltando el respeto a él, que se estuviera burlando de él, pero otra cosa muy distinta era que se estuviera metiendo con sus amigos. La cosa no tenía nada que ver con Kuroko o Kise y para nada permitiría que menospreciaran a sus amigos, ni siquiera por otro de ellos. Ni por Aomine, de quién no entendía como mierda se decía su amigo y les trató así.

—Dices que él amor o cualquier sentimiento te hace débil, ¿eh, idiota?

—… —Aomine solo se le quedó mirando, porque la expresión del otro había cambiado por completo, se veía totalmente decidido.

—Déjame demostrarte lo equivocado que estás en un partido; un uno a uno —rugió Kagami—. ¡Te voy a demostrar lo equivocado que estás!

—Kagamicchi, no creo que sea lo mejor…

—Y apostaremos, Aomine —añadió Kagami, con la mirada de todos sobre sí—. Sí yo pierdo, me usarás como tú quieras.

—Suena bien, no te quejes después… —Aomine sonrió sin pizca de arrepentimiento, una vez se recuperó de las palabras de su amiga, además, para él ya era un juego ganado.

—Pero si yo gano, le pedirás disculpas a Kuroko y Kise por lo que dijiste y empezaré a olvidarte —sentenció finalmente Kagami, con la expresión salvaje, que daba la impresión de tener a un tigre ahí en medio de la cancha.

Incluso Midorima, que estaba a unos cuantos metros de ahí, tuvo esa impresión.

—Shin-chan, ¿seguro que debimos de venir a ver esto? Parece ajeno a nosotros… —masculló Takao con el ceño fruncido, estaba bien que fuera un bromista de primera y todo, pero ese tipo de cosas… Bueno, él sí tenía respeto hacía ese tipo de situaciones.

—Takao, créeme que este será un juego que hasta tú disfrutarás de ver —repuso Midorima, viendo al pelirrojo y ajustándose sus lentes.

Estaba seguro que hizo bien en no ignorar el mensaje de Momoi, porque era más que obvio que el resultado de este "uno contra uno" dejaría una gran marca en todos.


Ya sé qué tengo a Aomine como un vivo cabrón aquí, pero es que, saldkjdsalas, es inevitable, jajaja. No lo odien mucho al negro uvu.

¿Qué les pareció?, ¿mucho drama? x'DDD. Espero que no, porque aún vienen muchaaaaaas cosas más, jajajaja. Y puede que la conversación con Midorima sea alguna clave o simple coincidencia, lol, ¿qué creen ustedes? ovo

En fin, dejo las teorías para ustedes, pero me encantaría mucho que me dejaran sus comentarios, nenes uvu. ¡De verdad que valoro sus reviews!

Nos vemos el próximo viernes.