¡Holi a todos ustedes! ovó
Y pues como cada viernes, aquí vengo yo a dejarles un capítulo más de esta historia, que me da gusto saber que les parece como va hasta ahora uvu. Ajajaja, y ya sé qué ahorita siguen viendo a Aomine como un cabrón, pero pues, así se le ama, no desesperen xD.
Espero disfruten del capítulo, con todo el drama que tiene, jaja. Y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
El lugar estaba en completo silencio, Satsuki estaba en medio de Kise y Kuroko, viendo como el pelirrojo enfrentaba con la mirada a Aomine, quien tenía una expresión bastante amenazante también.
—Kagami-kun, no es necesario que hagas esto por nosotros —dijo Kuroko, viendo a su amigo.
—Confía en mí, Kuroko —espetó Kagami con la mirada fiera y determinada.
—Bien, basta de charlas y empecemos de una vez —Aomine agarró el balón que estaba olvidado en la cancha y empezó a rebotarla—. Para hacer esto más divertido, juguemos el mismo tiempo que en un partido, pero sin descanso, ¿o temes perder, Kagami? —retó sin culpa alguna.
—No tengo ningún problema con eso —aceptó Kagami e inhaló con profundidad.
—Kagamicchi —masculló Kise, viendo a su amigo con preocupación.
—Vamos, Kise-kun, ahora solo debemos creer en Kagami-kun —repuso Kuroko y sujetó de la mano a su novio.
Momoi se sentía angustiada y miró a sus dos amigos en la cancha y luego siguió a la pareja, de cierta forma, tenían razón.
—Cuarenta minutos corridos entonces —dijo Kagami, preparándose para defender—. ¡Kuroko! Toma el tiempo —pidió.
El nombrado chico simplemente asintió y miró la hora en su celular.
—Diviérteme, Kagami —Aomine casi ordenó, mientras empezó a driblar con su característica velocidad, porque estaba más encendido que antes. No se había dado cuenta por completo de lo mucho que esa apuesta le gustó, sabiendo lo que ganaría.
Fue fácil dejar al pelirrojo atrás durante los primero diez minutos, pues Aomine estaba desatado completamente, parecía como un animal salvaje; una pantera corriendo en la selva. Y el marcador en esos momentos era de veinte a diez, todos en favor del peliazul.
Sin embargo, Kagami no se daba por vencido; su motivación ya no se trataba de sí mismo, también lo hacía por sus amigos. Y en el segundo tiempo, parte de lo que suprimía debido a que no podía separar sus emociones del juego como en un principio, empezó a salir poco a poco, causando en los espectadores que eran sus amigos, sorpresa; el dribleo que siempre hacía Aomine y del que aún no podía parar gracias a que era más rápido de lo que era en un principio, esta vez fue detenido en más de una ocasión, añadido también que ahora el pelirrojo tapaba el mayor número de tiros ajenos. Kagami poco a poco estaba desconectando su cerebro de cosas ajenas al juego. Así que en el segundo tiempo, terminaron con un veinticinco a diecisiete, con la ventaja para el moreno.
Aomine estaba emocionado, ya no solo por la apuesta y de saber lo que ganaría, porque obviamente iba a ganar, sino porque sentía al pelirrojo completamente diferente a todas las veces, era la primera vez que veía ese instinto animal en él. Sin embargo, eso no sería suficiente para detenerlo. Todavía tenía sus tiros sin forma y los cambios de velocidad que aún seguían creciendo.
—Vas bien, Kagami, sigue divirtiéndome así —dijo Aomine con una ligera sonrisa a la vez que driblaba, pero ya no parecía tan altanera.
—No estoy aquí para divertirte —repuso Kagami con fiereza y lo bloqueó por completo, arrebatándole el balón de las manos, moviéndose rápidamente para tirar y encestar lo que vendría siendo para el tercer tiempo.
La mitad del tercer tiempo llegó hasta que faltaban solo tres minutos para terminarlo y Kagami no lograba alcanzar los puntos del peliazul, sin importar el instinto salvaje con el que jugaba ahora, pues era diferente a que si estuvieran en un partido normal con un equipo. Mas no perdía la motivación, no iba a defraudar a sus amigos; lo cuales seguían mirando y mirando sin perder detalle.
Todos se quedaron impresionados, cuando en el siguiente turno, Aomine fue como una estrella fugaz al pasar al pelirrojo, dejándolo sin aire, ¿en qué momento se hizo más rápido? ¿Cómo fue posible que hiciera eso?
Y sin problemas, Daiki encestó y en sus ojos parecía como si salieran chispas de emoción que encajaban con su sonrisa.
—Aomine-kun ha entrado a ella —masculló Kuroko, sin despegar los ojos de la cancha.
Satsuki se mostró más preocupada aún y apretó los labios. Estaba de más decir que todos ahí, hasta Midorima, querían que el pelirrojo ganara, mas eran realistas y sabían que cuando Aomine entraba a la zona que todo prodigio tiene permitido pasar, era invencible.
—Pero, yo confío en Kagami-kun —volvió a decir Kuroko y sonrió, alentando a todos ahí.
—Nunca serás capaz de ganarme, Kagami —aseguró Aomine, ajeno a lo que sus amigos decían.
—Eso ya lo veremos.
Los dos chicos se enzarzaron en ese tipo de comentarios mientras Kagami hacía varios intentos fallidos para quitarle la pelota o bloquearlo por completo, sin embargo, el tiempo pasaba y la brecha de los puntos cada vez se iba haciendo más grande para desgracia de todos, hasta que los puntos totales de Aomine eran treinta y cinco y Kagami tenía solo veinte.
Este último empezó a sentir coraje por ser tan débil todavía, ¿qué tanto más necesitaba para ganarle? Y no con afán arrogante, ¡por qué él iba a demostrarle que estaba equivocado! Ahora iba a ganarle también por sus amigos, ya no solo por él.
—Te lo dije, Kagami, solo yo puedo vencerme —habló Aomine con gesto superior y sombrío.
¡No voy a dejar que esto se acabe aquí, maldita sea! Si no lo detengo ahora, si no le demuestro ahora, ¿entonces cuándo? ¡Mis palabras no fueron dichas en vano! ¡Esto es también por mis amigos! ¡No puedo permitirme el perder aquí!
Fue entonces, cuando la mente de Kagami se despejó completamente y no quedó nada más que el deporte; su profundo amor al baloncesto. Y sus brillaron con intensidad, como si soltara chispas eléctricas de estos.
— ¡Kagami-kun! —exclamó Kuroko cuando se dio cuenta del estado al que entró su amigo y como raramente se podía ver en su rostro, se mostró impresionado.
Los demás chicos ahí, se quedaron del mismo modo. Hasta ahora, era la segunda persona que veían alcanzar ese nivel que solo el peliazul había podido dominar.
Y justo cuando Aomine había rebasado otra vez al pelirrojo, la mano de este último le arrebató el balón de uno y corrió para agarrarla; rebotó y encestó. Ciertamente, eso causó profunda sorpresa en el peliazul, que hizo que una sensación nueva le embriagara el cuerpo, ¿emoción al darse cuenta que en efecto Kagami era su auténtico rival de juego? ¿Emoción de que al fin se estaba divirtiendo al jugar y no se aburría como antes? ¿Emoción de que el amor por el baloncesto estuviera regresando como antes?
—Cambio de opinión, Kagami, eres el mejor —murmuró sin pensar, con una sonrisa fascinada, una que por fin solo mostró la más sincera diversión en su rostro, sin malicia ni nada por el estilo.
—Dai-chan… —musitó Momoi, sin apartar su mirada de su amigo.
Pero el pelirrojo no respondió al comentario de este, simplemente lo miró y la verdadera batalla comenzó.
Eran como tigre y pantera enfrentándose por la dominación del territorio, solo que el tigre estaba más agresivo y la pantera se divertía por completo, encantado. Los dos tenían movimientos feroces, veloces que casi ni se distinguían para los demás, corrían con desgarbo y se arrebataban el balón; todos estaban encantados de ver al fin a alguien que hiciera frente a frente, como tal a Daiki.
Y por eso, cuando Kagami lo rebasó luego de estar en el medio tiempo del cuarto turno, la adrenalina les encendió el cuerpo a todos.
— ¡Es increíble! ¡Kagamicchi es más rápido que Aominecchi! —exclamó Kise con los ojos abiertos como platos.
—No es eso, Kise-kun, es límite de tiempo en la zona —aclaró Kuroko con un aire emocionado, pero sereno—. Aomine-kun entró mucho antes que Kagami-kun.
— ¿Esos monstruos son tus amigos, Shin-chan? —Takao estaba del mismo modo, impactado por tan energética lucha.
Pero Midorima no respondió. Su rostro estaba serio, pero estaba admirando completamente a ese par mientras jugaban.
Aomine apretó los dientes y dejó su actitud relajada cuando se percató que ya no podía seguir como tal el ritmo del pelirrojo, gracias a la principal emoción del juego, entró a la zona más rápido de lo que pensó o mejor dicho, no pensó que Kagami pudiera entrar también.
El marcador de los dos ahora era de cuarenta y cinco a cuarenta y cuatro, quedando solo casi un minuto del juego.
Sin embargo, aunque el peliazul ya estuviera dejando la zona, sus reflejos seguían siendo rápidos, pero no lo suficientes, mas Kagami también estaba llegando a su límite.
— ¡Tú no ganarás! —exclamó Aomine, saltando lo más que podía— ¡Los retos no sirven de nada si al final no gano!
Kagami entrecerró ligeramente los ojos al sentir la presión en todo su cuerpo. Solo necesitaba hacer un tiro más y lo había logrado. ¡Por favor, dame hasta la última gota!, pensó y con un rugido tal, terminó haciendo un clavado con tal potencia, que el peliazul terminó cayendo sentado al cemento de la cancha.
— ¡El tiempo acabó! —avisó Kuroko— Aomine-kun tu diste cuarenta y cinco y Kagami-kun cuarenta y seis.
—Kagamin ganó —masculló Momoi con un aire de sorpresa y cuando vio el rostro perplejo de su amigo, suavizándose en lo que se podría decir "docilidad", sintió ganas de llorar. Hacía mucho no veía ese tipo de expresión casi humilde del moreno.
—Kagamicchi, ¡felicidades! —masculló Kise con una sonrisa asombrada, por supuesto que tampoco el terminaba de creérsela, pero eso no significaba que no apoyara esa victoria.
El mencionado chico estaba jadeando con fuerza y estaba ligeramente encorvado, sujetándose de las rodillas con el sudor empapándole completamente el rostro, que hasta caía al suelo.
Por otro lado, Aomine estaba como en shock. Todavía no se levantaba del suelo y veía a Kagami como si fuera un ciego viendo por primera vez al sol.
—Perdí… —susurró y sintió un pinchazo en su pecho cuando esos ojos rojos le vieron. Se quedó atónito, porque pese a que el pelirrojo le había ganado, su mirada no demostraba arrogancia ni nada, solo el orgullo de un león, pero que no pisoteaba a nadie.
Y esa era porque Kagami no jugó solo para él esta vez, como las otras.
—Espero de verdad cumplas con la apuesta, porque yo si cumpliré con ella —fue lo único que dijo para luego desviar su atención, porque sabía aquello que había dicho, sería lo que más le costaría en su vida, pues dejar de amar a alguien no era nada sencillo, nada.
En ese momento, ligeras gotas de agua empezaron a caer de manera lenta y pausadadel cielo, que con forme iban pasando los segundos, la presión y velocidad con que caían aumentó considerablemente. Aomine alzó la vista al firmamento, porque el agua que ahora caía en su cuerpo, le hizo estremecer.
Kagami deseaba irse, pero al ver al peliazul así, sin reaccionar del todo, no pudo. Después de todo, era la persona de quién estaba enamorado, así que en un gesto desinteresado y noble, extendió su mano hacía él para ayudar a que se incorporara.
Pero Aomine lo rechazó y se levantó con lentitud. El pesar le llegó a su corazón como nunca antes le había llegado; hacía tanto tiempo que no experimentaba el sabor de la derrota y sentía que le dolía más de lo que debería dolerle, ¿o acaso tenía que ver con las últimas palabras del pelirrojo lo que causaba esa sensación de vacío en su pecho? ¿Era por qué no quería que Kagami se olvidara de él?
Apenas y podía procesar bien esas palabras, y cuando lo hizo, entonces de verdad se sintió un completo perdedor y vio como Kagami le daba la espalda.
—Necesito irme —dijo sin más, acomodando sus cosas mientras todo pasaba de ser una llovizna a un completo aguacero—. Aomine, no actúes como si fuera el final de todo.
—…
Pero Aomine no podía decir nada, sentía un maldito nudo en la garganta, porque sentía que Kagami se estaba alejando completamente y no porque estuviera por irse, sino por las palabras que dijo, por el hecho de que el daría todo su esfuerzo por dejarlo de amar.
No comprendía porque le estaba afectando tanto la derrota. Sí, era cierto que ya no recordaba el sabor de perder y con eso no significaba que quisiera hacerlo, pero esta vez sabía, algo le decía que la derrota no era solo lo que lo tenía así, pero, ¿entonces que era? ¿Por qué quería decirle a Kagami que no se fuera? ¿Por qué de pronto sintió un dolor completamente diferente a lo que se siente al perder un juego? Este dolor era distinto, como si lo que estuviera perdiendo era algo mucho más importante.
Kagami, no…, pensó Aomine sin poder poner las palabras en su lengua. Se sintió estúpido, se sintió completamente mal por todo.
—Kagamin, es peligroso que te vayas solo —dijo Satsuki, como leyendo el pensamiento de su amigo y quizá así era, podían llamarlo intuición femenina.
—Mi casa está a cuatro cuadras de aquí, no me pasará nada —objetó Kagami, viendo por última vez a sus amigos. En otra ocasión se hubiera sorprendido de ver a cierto peliverde ahí también, pero esta vez no era así.
Al contrario, al pelirrojo también el embargó un dolor corporal que no solo tenía que ver con el juego de hoy, era como si su cuerpo estuviera negando el hecho de que él había decidido empezar o intentar olvidar a Aomine. Le dolía solo pensarlo, era eso, pero era lo que había apostado y lo cumpliría, tenía que hacerlo.
—Ya nos veremos después —Kagami se despidió con la diestra y se retiró del lugar con prisa.
Por otro lado, Kuroko se había acercado a su amigo peliazul.
— ¿Aomine-kun?
—… Lo siento —susurró Aomine, tan bajo que por el sonido de la lluvia, casi no se escuchó. Quizá no era el momento para decir eso, pero una apuesta era una apuesta.
—Qué dices, Aominecchi, ya no pasa nada. Todo estará bien —dijo Kise, acercándose con una mirada comprensiva.
El moreno simplemente bajó la mirada y sonrió con algo de amargura.
Si algo tenía claro en estos momentos, es que no solo había perdido el partido.
—Vámonos, Takao, ya no tenemos nada que hacer aquí —dijo Midorima, dándose la vuelta a sabiendas que su amigo le seguiría.
—Pero, Shin-chan, espera, ¿no le dirás nada a tu amigo? —inquirió Takao, sin comprender todo aún.
—Las palabras de consuelo solo le harán sentir peor —respondió Midorima seriamente—. Lo que Aomine necesita es otra cosa, pero si sigue así, nunca la tendrá.
Takao le miró, confundiéndose más por esas palabras y suspiró, empezando a seguir a su amigo.
—Espera, Midorin —Satsuki los alcanzó tras correr—. ¿Qué le dijiste a Dai-chan antes? —le miró con fijeza, porque era obvio que por esas palabras su amigo se había puesto más agresivo.
—No le dije nada que Aomine no supiera, solo que es más fácil para él hacerse oídos sordos —contestó Midorima sin vacilación.
—Pero, fue por eso que Dai-chan…
—No, Momoi, eso no da excusa ni es pretexto para tratar así a alguien —Midorima frunció un poco el ceño y se acomodó los lentes—. Guárdate tus palabras y enfócalas en Aomine ahora.
El peliverde se dio la vuelta nuevamente para continuar su camino, mientras que Takao le seguía con firmeza.
El hospital general de Los Ángeles estaba bastante movido el día de hoy, pero la rubia que estaba ahí sentada en la sala de espera, ya se había acostumbrado a todo el ajetreo del edificio, después de todo, llevaba visitando ese lugar desde hace casi dos años. Pero no es como si quisiera seguir acostumbrándose.
La misma mujer rubia de ojos verdes tenía un café en sus manos, del cual bebía con calma, hasta que la presencia de un hombre alto de cabello castaño oscuro y con las cejas particularmente partidas hasta la mitad, apareció.
—Alexandra —saludó como si viejos amigos se tratase, aunque la verdad eran ex pareja.
—Si vienes a intentar persuadirme otra vez, déjame decirte que estás perdiendo tu tiempo, Yuu —Alexandra lo miró con incomodidad y continuó bebiendo de su café.
—Lo único que tienes que hacer es no decirle detalles a tu hijo, no es la gran cosa, Alexandra y puedo darte lo que pidas para eso —ofreció Raphael. Había estado contactándola vía celular desde hace más de dos semanas, pero la mujer ignoraba perfectamente sus llamadas, de modo qué había logrado tener espacio en su atareada agenda para poder ir a verla al fin.
—Tú no entiendes, ¿verdad? ¿Por qué clase de madre me tomas? —ella frunció el ceño y se incorporó, sin alzar la voz.
—Alex, por favor, sabes bien que esto lo hago por el bien de…
—Preferiría que no me llamarás así —interrumpió Alex con seriedad. Luego miró al castaño con notorio gesto molesto—. No, Yuu, lo que tú y Mika hacen es arrancarles la felicidad a ellos que no hacen más que quererse.
—No me vengas con lo mismo, Alex, porque eso no se le puede llamar amor —replicó Yuu ahora portándose serio—. La mayoría de especialistas catalogan eso como una enfermedad, es una locura.
—Yuu, el amor es una locura sagrada —repuso Alex y luego suspiró. Ese tipo de pláticas eran pérdidas—. De todos modos, ya sabes mi respuesta a tu petición, así que no necesitas seguir aquí.
—Piénsalo, Alex, con o sin tu ayuda, no dejaré que mi hijo caiga en lo mismo —dijo Yuu—. Y definitivamente, con tu ayuda tu hijo no saldría perjudicado, claro, más de lo que ya está.
— ¡Cuida tus palabras, Yuu! —exclamó Alex, con la mirada hirviendo de ira, apretando con fuerza la taza de café, como deteniéndose a pensar si debería lanzársela o no.
—Sí cambias de opinión, ya sabes dónde contactarme, Alexandra. Nos vemos —se despidió Yuu educadamente y salió de ahí.
La rubia apretó los labios y cuando el doctor se apareció ya por la sala, preguntó:
— ¿Ya puedo ir a ver a mi hijo?
—Sí, pase, pero déjeme decirle que los avances son nulos. Todavía no tenemos señas de que él... —empezó a explicar el doctor, pero con un gesto de mano, la rubia le pidió que no continuara.
Todo esto de por sí ya era bastante doloroso para ella.
Hacía tiempo ya había dejado de reprocharse por no haber estado ahí ese día, de no haber sido ella la que los condujera al lugar. Muchas cosas se pudieron evitar si ella hubiera estado presente, pero ahora ya de nada servía arrepentirse, porque el presente ya estaba hecho.
Taiga, solo espero que estés bien y que pronto te volvamos a ver. Algo como lo de ustedes no puede quedarse truncado así, pensó Alex con esperanza.
El departamento estaba completamente a oscuras, lo que indicaba que su madre no había llegado a casa, ¡mucho mejor para Kagami! Porque bastaba con solo verle la cara para saber que no estaba bien y estaba seguro que si su madre lo veía así, no se podría librar de ella y para nada quería terminar contándole la verdad, y tampoco tenía cabeza para inventarse algo.
Tanto tiempo que esperó poder estar a la par con Aomine, tanto tiempo que esperó por fin ser capaz de ganarle en un uno contra uno, tanto tiempo que esperó todo su esfuerzo diera fruto en un juego para poder sentirse orgulloso de sí mismo y sentir la victoria sanamente. Y ahora que por fin lo había logrado, no podía sentirse feliz, no se sentía completo; aunque se sintió bien por sus amigos, porque también por ellos logró avanzar y ser lo que ahora es, solo fue momentáneo. No se arrepentía de la apuesta en el juego, no lo hacía, pero ahora que lo pensaba le dolía.
Era como si su cuerpo y corazón se negaran a aceptar lo que había dicho sobre comenzar a olvidar a Aomine Daiki, como si cada célula de su cuerpo le doliera de solo pensar el hecho de dejarlo de amar.
Pero sencillamente, Kagami no podía seguir así, ya no. Las condiciones de todo esto se volvieron demasiado frías y crueles como para siquiera intentar algo más. Él también tenía dignidad y tampoco se iba a dejar pisotear por nadie, eso no iba con él. Mas eso no quitaba el sufrimiento que se aprensaba en su alma con su nueva "promesa", además de que no sabía cómo empezar. Y definitivamente, evitando a Aomine no iba ser una opción, porque eso sería huir no otra cosa.
O quizá no debería pensarlo tanto y su mismo cuerpo le mostraría la respuesta a esto y comenzaría a superar ese amor no correspondido sin que se diera cuenta.
Todavía sabiendo eso, el pelirrojo no podía sacarse de su mente la última expresión de Aomine, porque esa fue la faceta más sincera que había visto del peliazul, porque fue como si este hubiera bajado todas sus barreras. Solo que fue tan rápido que ni el mismo Kagami o el moreno tuvieron tiempo de reaccionar para ver que era verdad en ese momento. Y de todos modos, si se hubiera fijado más en eso, probablemente ahora no sería capaz de estar pensando en cómo hacer para olvidarlo, sino en algo completamente diferente.
Kagami suspiró dolorosamente mientras se quitaba la ropa empapada por la lluvia y se metió a bañar, agradeciendo que siempre hubiera agua caliente en casa o pescaría una pulmonía.
Su cuerpo agarrotando agradeció infinitamente el contacto con el agua tibia y soltó un sonido similar a un ronroneo, pues sus músculos se relajaron poco a poco. Así que comenzó a higienizarse, pero tan perdido estaba en sus propios pensamientos, que no fue hasta que se terminó de enjuagar todo el cuerpo que notó no se había quitado su cadena que cuidaba como su tesoro más preciado.
El anillo brilló y el pelirrojo lo sujetó entre sus dedos.
Tal vez era su imaginación, pero la presencia de ese anillo siempre parecía diferente cuando estaba pasando malos momentos y le ayudaba más de lo que hubiera imaginado, porque Kagami no era supersticioso.
Así que mientras lo veía, tuvo el deseo de probárselo en el dedo anular de la diestra y fue en ese momento, que una una gota de agua de la regadera se deslizó de uno de sus ojos, como si fuese una lágrima, trasmitiéndole una sensación extraña. No se comparaba con el dolor que Aomine le causó, ni con el pesar de saber que empezaría a dejarle de amar, no.
Esa sensación era mucho más poderosa, diferente, pero logró que sus latidos se aceleraran por completo y sintiera la necesidad de ir hacía un lugar que ni el mismo sabía. Como un magnetismo.
Un magnetismo prohibido que se estaba abriendo paso desde lo más hondo de su ser, pero que todavía no podía salir.
Kagami supo que era uno de sus tantos recuerdos olvidados y la frustración apareció cuando al final de cuentas, no pudo recordar nada más.
Lo peor de todo, es que sí sabía, sí era consciente que era algo sumamente importante. Sobre todo porque por aquela curiosa gota que se resbaló de su ojo—misma que atribuyó a una simple gota de agua al estar bañándose— dado que con Aomine se negó a soltar las lágrimas que pelearon por salir, perdiendo después. Y aunque no fuese solo una simple gota, era obvio que el motivo no era el mismo que cuando estaba en la cancha esta tarde, porque salió sin esfuerzo, natural.
Sabía a nostalgia y una necesidad de… de algo que pedía a gritos su corazón.
Kagami cerró la llave de la regadera y empezó a secarse, antes de terminar desesperándose por completo con su falta de memoria, saliendo del baño varios minutos después ya vestido con un short de franela y el torso descubierto para aplicarse esa loción relajante e hidratante masculina.
Iba a entrar a su cuarto, cuando la voz de su madre le hizo detenerse; no escuchó a qué hora llegó y la verdad bien pudo hacer caso omiso para terminar de vestirse, pero la curiosa plática que ella tenía, le llamó la atención.
—Con que eso te dijo Alexandra —Mika se oía molesta y afligida—. ¡Esa mujer no sabe nada, está loca igual que su hijo!... De cualquier modo, eso es lo que menos me preocupa, no creo que su hijito de verdad mejore… —se mordió el labio, escuchando lo que fuera que decía la otra línea, que era el padre del pelirrojo— Yuu, no es eso a lo que me refiero, sino qué… Taiga me dijo que quería ir a América…. ¡Sí, por supuesto que se lo negué! —esta vez, Mika suspiró— Por ahora puedo seguir diciéndole eso, pero, ¿qué pasará cuando sus recuerdos se vuelvan más claros? —ahora sonó preocupada— Tú y yo sabemos que no es un niño y si es pasa es probable que… Ya sé que no debo pensar de más, pero soy su madre y esto me preocupa. Además, tú mejor que nadie sabe que Taiga no se da por vencido hasta lograr lo que quiere, prueba de eso es… —la voz de la mujer aminoró y el pelirrojo no pudo escuchar claramenteo lo que sea que su progenitora digo, luego se quedó callada un rato—. De hecho, pero recuerda que debes venir para su cumpleaños, Yuu—en ese momento, la llamada fue cortada por Mika.
Tal parece que su mamá quedó completamente frustrada, por lo que ni notó que el pelirrojo estaba en el pasillo escuchando. Así que Kagami aprovechó y en silencio se metió a su habitación.
Alexandra. Alexandra. Alexandra, Alexandra, pensó Kagami mientras buscaba una camiseta para dormir, ese nombre, ese nombre, ¿dónde lo he oído antes?
Alexandra. Alexandra. Alexandra, el pelirrojo entrecerró los ojos y frunció el ceño, Alexandra… ¡Alex!
Y por su mente, apareció una mujer de cabellos rubios, bastante alta y una sonrisa cariñosa; lo que indicaba que entonces si conocía a esa chica también, sin embargo, la mente de Kagami solo le mostró eso, porque seguía sin recordar quién era y qué papel representó en su vida.
Sin embargo, con la plática que escuchó de su madre, fue suficiente para confirmarle que en efecto, algo le faltaba por terminar de recordar, algo sumamente importante y estaba seguro que tenía que ver con esa aflicción, con esa necesidad que ni el comprendía y que sabía sus padres jamás les aclararían.
Estaba seguro que tenía que ver con su anillo.
/Domingo 14 de Julio del 2013/
Aomine estaba acostado en su cama, soñoliento y desganado, pero no era como las veces que siempre se mostraba desinteresado del mundo que no tenía nada que ver con un "rey" como él.
Era solo que de su mente no se sacaba ese último juego de hace una semana, ni su cuerpo había abandonado esa tonta sensación que nada tenía que ver con la derrota.
No lo entendía y se enfurecía porque era algo que se le salía de las manos. Tanto así, que ni pudo tener sexo en estos días por tan abrumador sentir y es que tampoco dejaba de ver a Kagami cuando estaba en la zona, justo cuando cerraba sus ojos para intentar dormir; eso también era algo que le tenía incómodo y molesto.
Aun así, su actitud había mejorado bastante. Se notaba, sus expresiones ya no eran tan duras ni burlonas, ya no eran del tipo "soy el mejor de todos", al contrario, ya no se veían tan marcadas y un poco tranquilas. Era como si regresara parte de ese chico de secundaria que disfrutaba de sus amigos y jugar lo que más ama en la vida, sin embargo, todavía se sentía incompleto.
Había algo que le molestaba de todo esto.
Y eso era esa maldita apuesta. ¿Tantos eran los deseos de Kagami de dejar estar enamorado de él?, ¿y por qué eso lo tenía tan inconforme? De hecho, debería sentirse mejor, así esos innecesarios sentimientos de amor se interponían en su rivalidad, porque de ninguna manera cambiaría a Taiga por otro tipejo. Él era el único capaz de llegar hasta donde llegó y de hacerlo a él llegar hasta donde ahora.
—Mierda… Estúpido Kagami —gruñó Aomine, mientras se pasaba la diestra por el rostro con una expresión de fastidio.
Aunque si lo pensaba bien, todo era culpa de Midorima y sus palabras de sabelotodo cuando le dijo que haría que Kagami lo terminara odiando si se seguía comportando así.
Y le molestara aceptarlo o no, lo que menos quería Aomine era hacer que el pelirrojo lo odiara. Si era cierto que siempre gustó de molestarlo y no supo cuando esas inocentes peleas pasaron a teñirse de esta manera.
Sin embargo, el verdadero tema de discordia que tenía ocupada la mente de Daiki no era eso y por más repetido que estuviera, pues no podía pensar en nada más; ¿por qué le importaba tanto si Kagami dejaba de quererlo? ¿Por qué de pronto deseó haber ganado ese bendito juego para impedir que Kagami cumpliera eso?
Eran muchas preguntas que giraban en torno a lo mismo, pero Aomine todavía no quería ver la respuesta que poco a poco comenzaba a aparecerse frente a su cara.
Tal vez necesitaba que alguien se la estampara en la nariz.
Es tan cierto aquella frase de "no hay peor ciego que el que no quiere ver", ¿a poco no?, porque Aomine tal parece nos da una muestra de eso, ¿o ustedes que creen? xDDD.
Bueno, como parece obvio, en este capítulo me base un poco de la trama original del manga/anime al tratarse del partido entre Aomine y Kagami, asdasdsdasd, espero de igual modo les haya gustado y puedan compartirme su opinión. Ya saben que yo leo y respondo todo lo que ustedes me dicen :3.
¡Nos vemos el próximo viernes, besos!
