¡Buenas noches, pequeños saltamontes! Me he tardado un poco hoy, ya que usualmente subo los caps en la tarde, pero pues estuve haciendo algunas cosas de la Universidad..., y en fin, cosa que no vienen al caso xD.
De nueva cuenta, agradezco a las personitas que se toman su tiempo para comentar, dejándome su valiosa opinión, y marcando la diferencia entre los demás. ¡Pero!, también gracias a todos quiénes me leen en silencio(?), por sus follows y favs uvu.
Espero disfruten del capítulo y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
/Sábado 17 de Agosto del 2013/
La habitación donde se encontraba, estaba pintada de color celeste pastel, algo muy tenue e impedía que los rayos del sol brillaran ahí, por eso siempre amaba dormir ahí.
Eso no era lo mejor, lo mejor era despertar ahí.
El olor que llenaba su nariz era relajado, fresco. Esa presencia le llenaba de tremenda tranquilidad, lo hacía sentir tan bien.
Besó ese cuerpo terso más de una vez.
—Taiga… —una voz que nunca antes había escuchado, pero que sabía conocía, sonó.
Kagami abrió los ojos de golpe y con la respiración agitada, se sentó en su cama, viendo todo a su alrededor, encontrando solo la calma de esta y que no era la que soñó.
¿Qué había sido ese sueño tan… raro, pero tan tranquilo?
En estas dos semanas, era la primera vez que le pasaba, ya que usualmente cuando dormía no soñaba nada o bien no lo recordaba, solo cuando esos sueños eran parte de su memoria es que podía verlos con claridad aún después de despertar. Por ende, solo había una explicación para esto.
Pero le parecía increíble que eso fuera un recuerdo como tal. Sabía que ahí, donde se soñó estaba alguien más, alguien que no tenía idea de quién era.
Su corazón estaba acelerado por eso mismo, todavía podía respirar ese bonito perfume que soñó y sentía una sensación familiar por eso, ¿qué era? ¿Qué significaba?
Y luego estaba esa voz tan calmada que despertó sus instintos de un modo diferente a cuando estaba con Aomine.
Suspiró. Mejor se levantaría antes de pensar de más y desesperarse por algo que no tenía claro. Además, ya tenía mucho con el cambio que tuvo su madre desde hace dos semanas, el cual no tenía explicación alguna, solo que de la nada, parecía menos calmada, ya no se veía tan relajada como siempre. Pero suponía todo era por el trabajo, ¿no? O quizá porque su padre no pudo venir después de todo como le había dicho en un principio, aunque tampoco es como eso le lastimara de algún modo, ya sabía que su papá estaba ocupado y ya no era un niño en ese aspecto.
Su madre le había dicho que pasó un contratiempo en el trabajo de su padre, por eso pospuso su fecha de llegada y no sabía para cuándo estaría libre. O eso le había dicho hace dos sábados pasados, cuando llegó de su fiesta.
Y desde ese día, Kagami notaba a su madre diferente, cosa que le preguntó, pero no obtuvo nada certero más que un "no es nada, cariño, solo estrés del trabajo" y optó por aceptar dicha respuesta. Sin embargo, su instinto le decía que algo más había ahí, donde estaba seguro si preguntaba no tendría la verdad.
Mejor pensar en las cosas buenas, como el hecho de que su amistad con Aomine se iba recuperando poco a poco desde su cumpleaños también.
Eso era algo que lo tenía con los ánimos subidos todo el día, de tal modo que incluso dejó de darle importancia al hecho del origen de su anillo, pese a que seguía sin conocer exactamente esas palabras grabadas de este, porque después de todo, solo era un objeto y seguramente cuando lo compró así estaba, ¿no? O era más fácil creer eso, puesto cuando recuperara por completo todos sus recuerdos, sabría la verdad, no debía complicarse ahora que estaba mucho mejor esa relación que nunca quería perder con el peliazul.
Incluso había vuelto a ir a casa de Aomine para cocinarle cuando este se lo pedía de buena manera o lo apostaba al jugar algún uno a uno, donde el pelirrojo aún seguía perdiendo, pero no de la misma manera. Además, no es como si fuera un esfuerzo para él estar yendo a casa del moreno a cocinarle, al contrario, era algo que había extrañado y que tampoco le diría para evitar momentos incómodos.
Así habían sido sus dos semanas. Y hoy seguramente tendría algo más interesante, ya que esta vez, Kise y Kuroko también estarían ahí para jugar un rato con el peliazul y Kagami e incluso quizá algunos de sus conocidos con los que solía jugar de vez en cuando, que estuvieron presentes en el torneo de basquetbol callejero.
Qué bueno que estaba de vacaciones. Así que sin más, se metió a duchar para despertar por completo, se vistió con algo sencillo y típico para el deporte—un short, una playera sin mangas, su par de tenis— sin perder su cadena.
Estaba desayunando, cuando su madre se sentó a su lado. Ella ya había desayunado antes, porque se levantó temprano.
— ¿Irás a jugar otra vez con Aomine-kun? —preguntó Mika, con serenidad, acomodando sus brazos sobre la mesa.
—Sí, pasaré el resto del día con él y los demás chicos, tal vez incluso vaya a su casa —respondió Kagami, con la boca llena de comida, todavía sin acostumbrarse a la seriedad con que ahora se veía su madre.
De lo que no se estaba dando cuenta, era de que Mika estaba más perspicaz que de costumbre, estaba alerta gracias a la llamada de su padre que recibió aquel sábado. Y por eso, cosa de su pánico o no, tenía que confirmar algo o entonces, todo lo que había hecho hasta ahora, no serviría de nada.
—Taiga, cariño, ¿puedes decirme cuál es tu relación con Aomine-kun?
Al pelirrojo casi se le sale el agua que tomaba por la nariz por esa pregunta que le tomó con la guardia completamente baja. ¡¿Su madre se habría dado cuenta de que estaba enamorado del peliazul?! Pero no se adelantó a los hechos y prefirió hacer como si su corazón no se aceleró por eso.
—Es mi amigo y rival, mamá, ¿por qué? —Kagami frunció el ceño, con fuerza, como si esa suposición le molestara, porque tampoco era tan despistado como para no notar el desagrado que su madre tenía por ese tipo de relaciones y lo menos que quería ahora, eran complicaciones cuando ya las cosas parecían estar tranquilas.
Mika suspiró aliviada. Pero todavía se sentía inquieta, aunque no desconfió de su hijo, tal vez si estaba demasiado paranoica y sería mejor calmarse o las cosas se saldrían de control.
—Simple curiosidad, pues como en un momento me pareció ver que dejaste de frecuentarlo y desde hace algunos días volviste a hacerlo —explicó con una pequeña sonrisa.
—Eso fue porque me pusiste a trabajar tiempo completo, por eso. Además, Aomine empezó a salir con algunas amigas —aclaró Kagami. No era mentira lo que dijo, pero no era eso el verdadero motivo.
—Sí, tienes razón —Mika amplió su sonrisa, tranquilizándose.
—Me iré yendo ya, mamá. Te avisaré cuando regrese —repuso Kagami una vez se terminó el desayuno y se incorporó.
—Vete con cuidado, cariño —Mika se incorporó para abrazarlo y acariciarle el cabello con cariño, causando que el otro se enfurruñara por los mimos.
El pelirrojo se despidió y salió del departamento con una sonrisa, porque iría nuevamente a ver al chico de quién estaba enamorado.
Deben ser solo imaginaciones mías, pensó Mika al notar la sonrisa de su hijo, la historia no se puede repetir otra vez, se animó, logrando calmarse.
Como cada sábado, Midorima estaba en la biblioteca de la ciudad para buscar libros en los que entretenerse, era una rutina muy conocida para su familia y amigos o cualquiera que lo conociera.
Hacía un par de días que no sabía nada de Takao, pensó que este le mandaría algún mensaje por lo sucedido de aquel día, disculpándose quizá, aunque no estaba seguro de que el pelinegro tuviera realmente la culpa de lo que pasó. Sin embargo, el peliverde tampoco lo iba a buscar, su tsunderismo y orgullo se lo impedían.
Cosa que no era nada bueno, pero se dijo a sí mismo que no importaba.
Aun cuando Oha Asa avisó que escorpio estaba en el último lugar del racking de la suerte y cáncer en el tercero.
Estaba actuando bastante egoísta. Mas no se daba cuenta que lo estaba haciendo para frenar la ansiedad que tenía desde que pasó la pelea con Kazunari y que aumentó desde que despertó. Se decía a sí mismo que solo era por la predicción de Oha Asa, pero no creía fuera algo realmente malo.
Sacudió la cabeza al estar sentado en una de las mesas de la biblioteca y se incorporó para buscar otro libro, dejando su mochila con su celular ahí dentro para adentrarse en los estantes, ignorando la presencia de cierto tipo ahí.
Aomine estaba rebotando el balón con una expresión seria en lo que esperaba al pelirrojo, mientras Kuroko y Kise estaban platicando con Satsuki de quién sabe qué.
Ahora que ya tenía reconocido sus sentimientos por Kagami, de alguna manera sentía que se desenvolvía mejor al estar con él, se sentía él mismo, sentía que sus "pero" desaparecían en cuando la presencia fuerte del chico estaba ahí a su lado.
Era como si fueran la cara de una misma moneda, cada uno similar, pero con algo completamente diferente, causantes de fuertes emociones y sensaciones en su ser.
Ya estaba seguro de lo que sentía, pero todavía no quería decir nada. No por miedo o algo, sino porque estaba seguro Kagami creería que estaría jugando con él, dadas las circunstancias del principio que reconocía, y el mismo Daiki se buscó, aunque tampoco creía poder aguantar mucho.
Mas había otra cosa que lo detenía y esa era una pequeña advertencia que sentía en su subconsciente.
Quería y no quería que el mundo supiera que Kagami era suyo, pero lo segundo no era porque le diera vergüenza el que los demás se enteraran de que gustaba de un hombre, no.
Sino por otro asunto más que por más que quisiera creer ya estaba cerrado desde hace tiempo, algo le decía que no era así, por eso mismo, todavía no se sentía con la libertad de hacer público sus sentimientos, porque quisiera o no, podrían ser un pequeña desventaja.
Aunque si lo pensaba mejor, él era bastante apto para defenderse y defender, claro está.
Quizá solo era que estaba poniendo pretextos todavía, porque todo esto sería muy pronto.
Prefería creer eso.
—Estoy aquí —anunció Kagami, que llegaba directo a saludar a los demás, pero que primero le dirigió una mirada al peliazul.
Motivo por el cual, Aomine sonrió.
—Al fin llegas, Bakagami, me aburría de esperarte —le saludó.
—Ni te quejes, Ahomine, porque tú eres más impuntual —le replicó Kagami con el ceño fruncido y algo de burla.
—Bueno, ser perfecto en todo cansa —dijo Aomine, con aires de arrogancia.
—Idiota —resopló Kagami y atrapó el balón que el otro le lanzó.
—Ya, ¿viniste a hablar de lo genial que soy yo a jugar? Aunque si haces las dos cosas, no me importaría —espetó Aomine con una expresión cínica y divertida.
—Ahí vamos otra vez —dijeron Kise y Momoi en un suspiro de resignación, con una gotita de sudor resbalándose.
—Genial mis cojones —gruñó Kagami con fuerza—. ¡Te voy aplastar ese ego que tienes!
Acto seguido, ya estaba en la cancha, driblando, esquivando lo mejor que podía, la defensa del peliazul, mientras este sonreía con ganas. Como disfrutaba esas pequeñas e infantiles peleas.
Kagami también lo hacía, por eso luego de estar ceñudo y serio, terminó teniendo una expresión relajada, disfrutando el juego con esa grata compañía.
—Es tan lindo ver lo bien que se llevan, pero Kurokocchi y yo también queremos jugar —exclamó Kise, metiéndose a la cancha y robándole el balón al pelirrojo al copiar uno de los movimientos del peliazul gracias a su habilidad.
Kagami sonrió con emoción y asintió.
—De acuerdo, entonces. ¿Quién irá con quién?
—Yo con Aomine-kun, desde hace tiempo tengo curiosidad de saber cómo es jugar con él ahora —respondió Kuroko con una pequeña sonrisa, porque sí, estaba seguro el modo de jugar del peliazul cambió gracias a la derrota que sufrió para bien.
Los demás se sobresaltaron ligeramente al oírle hablar de pronto, no importaba cuanto, todavía no se acostumbraban por completo a su poca presencia.
— ¡Genial, Kagamicchi, haremos equipo! —Kise saltó encima del pelirrojo para abrazarlo, mientras el otro movía sus brazos para sacárselo de encima.
—Bien, bien, deja de perder el tiempo, Kise y empecemos —amonestó Aomine de mala manera, para nada contento de ver la cercanía del rubio con su pelirrojo, de nuevo pensando posesivamente.
—Mooo —masculló Kise con una sonrisa divertida al percibir los claros celos de su amigo, dándole un apretón más al pelirrojo para después separarse.
Así que, con Momoi de árbitro, empezaron a jugar.
La mañana se les pasó jugando, puesto no seguían el tiempo límite de un partido de basquetbol, sino que era hasta que su resistencia aguantara, cosa que con Kuroko eso fue buena idea, siendo el primero en cansarse y ya no poder ni siquiera hacer sus pases "especiales" a Aomine, quién se puso a maldecir un rato, para luego alegar que el solo podía contra Kise y Kagami, cosa que hizo bien en gran parte, hasta que de igual forma, el primero terminó cansadísimo, yéndose a acurrucar con su novio peliceleste, dejando al pelirrojo y al peliazul. Ciertamente, parecían bestias con esa tremenda resistencia o quizá era que ninguno quería dejar de jugar para evitar dejar de prestarle atención al otro con ese pretexto, ya que incluso Momoi terminó cansadísima siendo que no jugó y ahora ella veía el dúo de chicos en compañía de sus otros dos amigos.
Cuando Kagami y Aomine ya no pudieron más, los dos quedando empatados, se sentaron en la cancha para beber de sus botellas de agua como coyotes en el desierto, completamente exhaustos. De verdad que era increíble ver semejante resistencia en los dos, pero estaban tan emocionados que no notaron el hambre que ahora tenían, sobre todo el pelirrojo.
—Vaya que son unos monstruos, Dai-chan —suspiró Momoi con una sonrisa ligeramente maliciosa.
—Es verdad, aguantaron dos horas luego de que yo me retirara —argumentó Kuroko, bebiendo también de su agua.
Eran alrededor de las dos de la tarde y se habían pasado jugando tres horas y media jugando.
—Por su culpa me estoy muriendo de hambre —puchereó Kise y recibió un toallazo por parte del peliazul.
—Podemos ir a nuestro departamento para que Kagamin cocine —sugirió Momoi, incorporándose y viendo a los chicos.
—Suena bien. Buena idea, Satsuki —Aomine pareció muy conforme con la idea.
—Yo no tengo ningún problema en cocinarles, ya lo saben —dijo Kagami para luego inhalar con profundidad y así regularizar mejor su respiración.
Los chicos se quedaron un rato más sentados en la orilla de la cancha, con el tremendo sol golpeándoles sus caras, sin permitir que su cuerpo dejara de sudar, perlándose.
Aunque siendo deportistas, se veían demasiado sensuales con esos cuerpos musculosos bañados en sudor, brillando y causando que su ropa se pegara ligeramente en la piel; eso causaba que las mujeres que pasaban por ahí cerca, los vieran encantadas.
Los hombres también veían hacía allá, pero no por los chicos, sino porque Satsuki también se veía sexy con su cuerpo acalorado, pues decidió quedarse con una simple blusa y su short de mezclilla, acentuando perfectamente las curvas de su cuerpo, resaltando su busto grande y con el cabello recogido en una coleta alta.
Todos parecían salidos de algún comercial de televisión, tenían un encanto que les hacía ver como celebridades, aunque pocos notaban a Kuroko gracias a la poca presencia de este, pero quiénes si lo vieron, pensaban lo mismo.
—Vámonos ya de aquí, hay demasiados idiotas —inquirió Aomine con el ceño fuertemente fruncido, ya que no le gustaba para nada esas miraditas que le daban al pelirrojo y a su amiga; a esta última porque la quería y cuidaba como a una hermana menor, aunque no lo dijera.
—Concuerdo contigo, Aominecchi —secundó Kise, pasando un brazo por los hombros del peliceleste de manera ligeramente posesiva; él también notó que más de uno le echó una ojeada a su novio, por más pocos que fueran.
—Bueno, bueno —Momoi se mordió el labio para no reír—. Entonces, vamos, chicos.
Los mencionados muchachos deportistas le hicieron caso.
Agradecieron que Kise llevara su automóvil, pues estaban tremendamente cansados como para caminar hasta la casa del peliazul y la pelirosa, de modo que se dirigieron a esta en el transporte ajeno. El rubio fue bastante inteligente al escoger un atajo, para así librarse del tráfico seguro gracias a las vacaciones. Puso el aire acondicionado y así emprendieron marcha.
Midorima iba de camino a casa con varios libros que prestó de la biblioteca, todavía inconforme.
Pese a que se pasó todo el mañana metido en ese lugar, leyendo y leyendo, no lográndose sacar de la cabeza a cierto pelinegro.
Estaba ansioso sí. Tampoco dejaba de pensar en el hecho de qué Oha Asa predicó mala suerte para los escorpio en la mañana, ya no podía seguir haciéndole caso omiso a eso como al principio, pues se había vuelto un hábito para él llevarle el amuleto de la suerte a Takao cuando se decía era mala suerte para su signo y hoy era la excepción. Pero, ¿de verdad solo por eso estaba tan ansioso? Es decir, claro que le tenía muy afectado la pelea que tuvo con su amigo, más de lo que se atrevería a reconocer, sin embargo, tenía una maldita sensación extraña en su pecho. No era solo el malestar y tristeza por los términos en que quedó su amistad, no, era algo más que no sabía interpretar, algo que si le daba más importancia, se estremecía de pies a cabeza.
—Debo dejar de pensar en cosas innecesarias —dijo para sí, Midorima y suspiró.
Iba a ver la hora, de modo que buscó su celular en su pantalón, pero no lo tenía, solo estaba ahí su amuleto de la suerte; eso le extrañó y buscó en su mochila, pero tampoco estaba. ¿Lo habría dejado en la biblioteca? Era lo más probable. Y no es que dependiera exactamente de la tecnología telefónica como la mayoría de adolescentes, pero ahí estaba Oha Asa y no podía dejarla.
Así que corrió las dos cuadras que avanzó hasta que llegó a la biblioteca, donde lo encontró, en la mesa y apagado, cosa que se le hizo aún más sospechosa, pero supuso no era nada grave.
Lo encendió y de modo automático, la voz de Oha Asa apareció, como tenía programado.
—"En el rancking de los signos, tenemos en primer lugar a… —empezó a decir cada signo con esa animada voz— En el último lugar tenemos a escorpio; hoy definitivamente no es tu día, por eso procura no salir de casa para no ser la presa".
Midorima apagó la aplicación cuando le mandaron a guardar silencio y frunció el ceño. Esa jodida frasecita de "para no ser la presa" no le gustó nada, nada, nada. Y siendo supersticioso como era, no podía ignorar más el deseo de ir a ver a Takao, usando eso de pretexto, porque tampoco sabía que cara le pondría por como quedaron peleados aquella vez y le gustara admitirlo o no, el peliverde también tenía la culpa por eso.
Suspiró. Ya estaba decidido, le compraría su amuleto de la suerte a Kazunari y se lo iría a dejar a su casa.
Se guardó el celular y salió de la biblioteca con esa cara tan seria de siempre, sin notar que a lo lejos un par de ojos maliciosos lo veían.
Una vez llegaron al departamento que era de Aomine y Momoi, los chicos se despilfarraron en los sofás con lo que podría considerarse como educación, mientras que la pelirosa abrió todas las ventanas para que el aire fresco los bañara del tremendo calor que hacía, del mismo modo que encendió el aire acondicionado.
Estuvieron un rato escuchando el parloteo de Kise, descansando. Luego Kagami se incorporó para empezar a hacer la comida, pidiéndole un delantal a la muchacha, bajo la penetrante mirada de cierto peliazul, que se incorporó ignorando la plática del rubio, dejando a su amiga sentada, diciendo que él le enseñaría eso que quería el pelirrojo.
Así lo hizo, se lo dio como si nada, pero en lugar de irse, se sentó en el comedor que estaba en la cocina, pues el departamento no era tan grande, dispuesto a observar todo el rato al pelirrojo.
— ¿Por qué diablos no te vas con los demás? —refunfuñó Kagami, dándole la espalda mientras empezaba a preparar los ingredientes de la comida que haría.
De ninguna manera se giraría a ver al moreno o su pequeña ansiedad quedaría al descubierto, pues sentía la fuerte y profunda mirada de Aomine acariciar su cuerpo como si un fuego frío se tratase, uno que lo estaba haciendo estremecerse más de lo que quisiera. Y si estaba así, no podría concentrarse completamente.
—Porque quiero verte, ¿qué no puedo? —replicó Aomine como un macho alfa.
El pelirrojo resopló. ¿Estaba otra vez tratando de jugar con él? ¿Acaso todo fue demasiado bueno al principio y Aomine pretendía llegar a lo mismo de nuevo? Porque si era así, Kagami le pondría un alto definitivamente, no quería perder su amistad por tonterías como esta. Pues era solo problema suyo que estuviera enamorado del moreno.
—Ahomine, deja tus juegos ya. Necesito concentrarme para hacer la comida —esta vez, se giró para verlo con el ceño fruncido y molesto.
El peliazul puso los ojos en blanco.
—No estoy jugando a nada, Bakagami, ten en mente eso —Aomine le miró atentamente a los ojos, dejando en claro la sinceridad de sus palabras—. Te veo porque quiero hacerlo.
Fue imposible para Kagami el controlar la vergüenza que sintió por esas palabras tan directas que le tomaron por sorpresa, haciendo que se sonrojara como pocas veces le pasaba y enfurruñándose, porque su corazón latió desbocado al darse cuenta que, en efecto, el peliazul no estaba jugando. Pero entonces, ¿por qué lo hacía?
El pelirrojo no era presuntuoso como para llegar a la conclusión él solo.
—Pero yo no quiero que me veas, idiota. Largo de la cocina —repuso Kagami con brusquedad.
—Está es mi casa, te recuerdo —le contestó Aomine con desdén.
—Pero yo soy quién te hará de comer, así que largo —gruñó Kagami, fulminándolo con la mirada, ocultando así la vergüenza que sintió.
No es que no quisiera que el moreno no le viera, pero no era bueno para su pulso cardiaco, porque no quería parecer una bendita colegiala enamorada.
—No quiero —repitió Aomine con una sonrisa toca cojones.
Kagami pensó con madurez y en lugar de meterse en una pelea tonta, farfulló insultos hacia el otro un rato y mejor puso todo su empeño en empezar a cocinar, sintiendo la mirada ajena sobre su cuerpo.
Y por unos momentos, lo consiguió. Logró concentrarse solo en la comida que prepararía, la cual no sería ni tan elaborada ni tan sencilla, algo digno para sus amigos, con el estilo americano que recordaba. Pero por alguna razón que no comprendía, sentía un extraño sentimiento de deja vu y no porque antes ya hubiera cocinado en esta casa, no. Era por algo más.
Mientras tanto, Aomine estaba de brazos cruzados, sin perderse detalle alguno de los movimientos corporales y faciales del pelirrojo al cocinar, pues hasta donde sabía, eso era algo que el chico disfrutaba tanto como jugar. Desde hacía tiempo se preguntó cómo se vería Kagami al cocinar, no haciéndolo porque le pareció ridículo y ahora se arrepentía por no haberlo hecho.
Es que, ver esa mirada concentrada y motivada era algo digno de admirar, del mismo modo que ver como el delantal le daba un aire diferente a Kagami, no le quitaba masculinidad, al contrario, se veía sexy, porque la atadura le apretaba bien la cadera, notándose ese formidable trasero.
Daiki frunció un poco el ceño por la descarga eléctrica que sintió en todo su cuerpo. En verdad que ese estúpido pelirrojo lo estaba volviendo loco.
Suspiró profundamente.
—Te ves bien con eso —dijo sin pensar.
— ¿Eh? —Kagami paró en seco lo que estaba haciendo, girando a verlo desconcertado.
—El delantal ese, te luce bien —repitió Aomine sin tapujos.
— ¡D-deja de jugar otra vez con lo mismo, idiota! —exclamó Kagami ceñudo, pero se ruborizó solo un poco; maldito peliazul que lo dejaba fuera de combate con esas tontas palabras, pues se desconcentró mientras estaba picando las verduras, cortándose el dedo— ¡Ay! —maldijo y se llevó el dedo a la boca para chuparlo por inercia— ¡Esto es por tu culpa, Ahomine!
Hey, hey, no es justo que hagas eso delante de mí, pensó el peliazul, viéndolo atónito como se chupaba el dedo. Sabía que era porque se cortó, pero la imagen se le antojó demasiado sexy.
—No es mi culpa que seas idiota —dijo Aomine y se incorporó para acercarse al pelirrojo—. Y ya te dije que no estoy jugando contigo, entiéndelo —recordó, jalando de la muñeca al chico, atrayéndolo a su cuerpo para examinar la cortada del dedo ajeno.
Kagami abrió los ojos como platos por ese gesto y no pudo decir nada, más que ver fijamente el rostro moreno y atractivo de su amigo. Tragó saliva y el pulso se le aceleró al sentir ese contacto que era como vivas llamaradas en su alma.
—No está tan lastimado, solo lávate bien —habló Aomine otra vez, regresando la mano ajena. Solo en ese momento, se dio cuenta de lo cerca que estaban y sus ojos se perdieron en los rojos del otro chico. Su pulso de igual forma se aceleró, dejándose llevar y sin decir nada, con una mirada de depredador que el pelirrojo le regresó, se llevó el dedo ajeno a su boca para chuparlo y limpiarlo de la sangre.
Era un momento plenamente íntimo entre ambos; habían dejado de pensar y solo se veían a los ojos.
Sin embargo, eso no fue impedimento para que un punzante dolor atacara la cabeza de Kagami, haciendo que este jadeara y se llevara una mano a esta misma con la expresión molesta.
— ¿Qué sucede? —Aomine por supuesto que se dio cuenta y dejó lo que hacía para ver con atención al pelirrojo.
—… Me duele la cabeza —siseó Kagami con el ceño fruncido, sintiendo como sus oídos zumbaban con fuerza y el dolor se intensificaba. Se apartó bruscamente del peliazul y se reclinó en la pared, tirando algunos trastos a su paso—. Mierda…
—Hey, Kagami, ¡Kagami! —la voz de Aomine se alarmó al ver como el pelirrojo palidecía.
—Él, él… —por la mente de Kagami pasaron varias imágenes irreconocibles, donde se veía a sí mismo en una cocina, donde igual se cortó y de igual forma le lamían el dedo, pero no era el peliazul quien hacía eso. Sino alguien más, de quién no podía distinguir, era como tratar de ver en agua turbia y por eso su cabeza parecía como si fuera a explotar.
— ¡Kagami!
Y la voz de Aomine quedó atrás, para dar paso a la oscuridad en su mente.
Y ahí estaba Midorima, de pie frente a la puerta del pelinegro.
Ya le había comprado el famoso amuleto para que su día no estuviera tan mal, como había sugerido Oha Asa y eligió la más bonita caja de chocolates por eso, porque sí, ese era el amuleto para escorpio. Algo casualmente romántico.
Llevaba de pie más de diez minutos frente a la casa ajena, tratando de dejar a un lado ese bendito orgullo y pensando en que le diría a su amigo. No iba a admitir que se estaba sintiendo un poco nervioso.
Suspiró y tocó tres veces mientras disimuló lo mejor que puso su pulso acelerado.
— ¿Midorima-kun? —la voz de Kotomi se tornó asombrada al ver al peliverde ahí cuando abrió la puerta.
—Buenas tardes, ¿está Takao? —preguntó Midorima con su gesto serio de siempre.
La expresión de su hermana se mostró confundida un rato, mirando atenta al chico, pero segundos después, se mostró horrorizada para desconcierto del ojiverde.
—Pero, ¿qué no estaba contigo? —inquirió Kotomi, abriendo más la puerta.
El rostro del peliverde se descompuso por completo al saber eso y una vocecita lo alertó.
—No, yo no le he visto desde hace varios días —cálmate, cálmate, añadió en su fuero interno.
— ¡Dios mío! Pero Takao salió hace rato diciendo que iba a verte —exclamó Kotomi con la voz tornándose completamente preocupada.
Midorima iba a decir algo más, mostrando la impresión en su rostro que siempre se mantenía serio. Pero en ese momento, su celular sonó. Era un mensaje:
De: Takao.
Sms: Shin-chan, ya estoy frente a donde dijiste, ¿dónde estás?
Tan pronto el peliverde terminó de leer el mensaje, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo; él era alguien difícil de asustar, pero por primera vez, Midorima tuvo miedo, mientras que por su mente se repetía la bendita frase de Oha Asa.
"…Hoy definitivamente no es tu día, por eso procura no salir de casa para no ser la presa".
...
Bueno, como bien mencioné antes, también les daría su espacio a Midorima y Takao, justo como pudieron notar... No me odien(?), porque después de la tormenta viene la calma, recuérdenlo en el próximo capítulo igualmente x'DDD.
Uy, uy, uy... ¿Qué se maquinan con los recuerdos de Kagami? Tal vez es fácil de adivinar o quizá no...
¡Me encantaría que se animaran a comentarme qué les pareció éste capítulo y lo que esperan en el siguiente! Que yo soy muy feliz de recibir cada una de sus opiniones :3.
