Aquí llego otra vez, como he prometido uvu.
Asdadadadafdgdasda, ¡muchísimas gracias a las personitas que siempre comentan! Igualmente a quiénes leen entre las sombras, sin decir nada, pero créanme que es mejor cuando se hacen notar.
Sin decir nada más, salvo que disfruten el capítulo, espero disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.
/Sábado 31 de Agosto del 2013/
— ¡Dai-chan, feliz cumpleaños! —gritó Momoi a eso de las ocho de la mañana, entrando de golpe a la habitación de su amigo y abriendo las cortinas.
— ¡Déjame dormir entonces, Satsuki! —gruñó Aomine y tapándose con las sábanas hasta la cabeza, cerrando los ojos con fuerza.
—Pero, Dai-chan, ¡hoy vendrán a verte todos! Debemos arreglar la casa un poco y hacer algo de comida —detalló Momoi, contando con sus dedos.
—Para empezar, tú no sabes cocinar, Satsuki —recordó Aomine sin tacto alguno, recibiendo un zapatazo como respuesta.
— ¡Dai-chan, yo solo quiero que celebres bien tu cumpleaños! —se quejó Momoi con un mohín— Además, Kagamin también vendrá, ¿de verdad quieres que la casa este un desastre?
—Agh, bien, bien. Pero solo si dejas que Kagami sea quién cocine o compramos algo en un restaurante —negoció Aomine, sentándose en la cama y bostezando.
Parecía un sexy vagabundo.
La pelirosa suspiró y dio una palmada, animando el ambiente, aceptando lo que su amigo dijo.
Aomine había dejado en claro mucho antes que no quería ninguna jodida celebración como le hicieron a Kagami, para nada él lo toleraría, prefería pasarse todo el día durmiendo o jugando basquetbol con el anterior mencionado. Pero sabía bien como era Kise y que este terminaría haciendo algo después de todo por su cumpleaños.
Suponía le daría lo mismo, porque para ser sinceros, su mente estaba con el pelirrojo. Como no, era imposible sacárselo de la cabeza quisiera o no, se pusiera hacer lo que fuera, ahí estaba Kagami atrapándolo. Jamás se llegó a imaginar en una relación "normal", siendo que él era más de aventuras—las cuales canceló desde que aceptó sus sentimientos por su ahora pareja— y si se lo hubieran preguntado hace dos meses, se hubiera reído.
Pero no, ahora aquí estaba hundido hasta la cabeza de emociones y sensaciones propias de un enamorado y el causante era aquel tigre pelirrojo.
Desde la vez que la madre de Kagami le había hecho esos convenientes comentarios, el chico le dijo que prefería irlo a ver a su casa o encontrarse en las canchas, para así evitar ese tipo de frases por parte de su madre. Aunque a Aomine le daba lo mismo, ninguno de ellos necesitaba el permiso para estar juntos y ni miedo le tenía a la señora esa. Pero igual entendió los motivos de Kagami, porque luego cuando estaban ahí y llegaba su mamá, todo se volvía incómodo.
Así que simplemente se la pasaban en la cancha, pero no todos los días, puesto el pelirrojo había regresado a su trabajo en el restaurante de ahora tiempo completo para mala suerte de los dos y como el peliazul también estudiaba, su tiempo se vio reducido.
Su celular sonó ante la llegada de un WhatsApp a lo que Aomine terminó de desesperezarse para leerlo.
"Hey, Ahomine, nos vemos en la cancha en una hora".
Era nada más que el mismísimo Kagami y el mensaje le hizo sonreír.
—Ese idiota —bufó.
Tampoco es como si se fuera a negar a la invitación del otro.
Kagami estaba vestido deportivamente, sin embargo, llevaba una mochila donde tenía otro cambio de ropa, suficiente agua y algunas toallas tanto para el sudor como para la próxima ducha que se fuera a dar en la casa del peliazul.
Cuando salió de la casa, su madre le había visto con incomodidad, porque cada vez era más obvio que ella empezaba a sospechar cosas, pero no se las decía, además de que notaba como su mirada se molestaba al salir el nombre de Aomine en alguna conversación ocasional.
Daba gracias internamente que Mika todavía no le hubiera hecho un interrogatorio directo, de esos tipos madre e hijo, sobre temas de sexualidad y esas cosas. Seguramente ella aún no le había dicho nada, porque Kagami también notaba que estaba preocupada por algo más, cosa que tampoco le había sido aclarada.
Hizo caso omiso de eso, no era tan importante para él tampoco. Estaba seguro además que tenía que ver con el hecho de que su padre no había venido a verlo como había dicho y la verdad tampoco es como si eso le afectara, ya era un adulto y entendía las responsabilidades de su progenitor, ya vendría cuando pudiera.
Estaba bien en estas dos semanas que ya llevaba saliendo con Aomine. La verdad es que nunca se pensó que este le llegara a corresponder como tal y tampoco que las cosas se dieran así, pero si se sentía bien. Le gustaba porque no parecían una típica pareja enamorada, le gustaba porque nada era monótono con el moreno, aunque hicieran casi las mismas cosas, cada uno convertía cada momento en uno diferente. Eran cosas nuevas para los dos.
Siempre era genial cuando se quedaban hasta tarde jugando y mientras se refrescaban Aomine se ponía a hacer ese tipo de cosas vergonzosas para él en público, como morderle el cuello o partes de su anatomía libres de ropa, dándole besos, caricias que encendían el clima entre los dos. Kagami también se las devolvía, sin quedarse atrás, pero lentamente. Los dos parecían la pasión misma con solo ver la conexión que los unía. Tampoco es como si solo se tratara de sexo, puesto ni siquiera lo habían hecho, simplemente sus sentimientos se mostraban realmente intensos incluso sin necesidad de tocarse. Sus miradas no se podían comparar con nada.
Incluso Kise más de una vez pensó que la forma en Aomine y Kagami se veían no la había visto nunca, ni siquiera con él ni con el peliceleste. Ellos parecían inevitables.
—Llegas tarde, Bakagami —dijo Aomine, quien estaba sentado en la orilla de la cancha, vistiendo un short deportivo y una playera sin mangas, así como calzando su par de tenis. Sonreía como todo un casanova.
—Estoy llegando justo a la hora acordada, Ahomine, tú llegaste antes —replicó Kagami con desdén y dándose un deleite con la visión del moreno.
Aomine acentuó su sonrisa al darse cuenta que el pelirrojo llevaba el par de tenis que le regaló en su cumpleaños, era la primera vez que veía que los usaba, cosa que le agradó en demasía, por supuesto.
—Como sea, ven a jugar ya —él era quien llevaba el balón, por lo que se lo lanzó al otro chico con fuerza.
Y Kagami lo atrapó sin problemas, sonriendo también.
Así que empezaron el uno contra uno a eso de las nueve y media, con el calor de la mañana, mientras en sus rostros una sonrisa de diversión y desafío se extendía. Si antes a los dos les encantaba jugar, ahora que su lazo estaba más firme que nunca, todo era mejor.
Si bien ambos se concentraban plenamente en el juego, también lo hacían entre ellos; Aomine no se perdía la forma en que las piernas impropias se doblaban y relucían en cada salto que el pelirrojo daba, dejando a la vista ese formidable trasero, así como cuando el sudor cubría la piel de este de forma casi erótica, como su cuerpo se movía para defender o driblar, que parecía un tigre salvaje. A su vez, Kagami se daba el lujo de ver la figura morena del peliazul, que cada cuando hacia sus cambios de velocidad y llegaba a pasarlo, la ráfaga de viento le llevaba el aroma masculino y relajante que tenía, como su cuerpo parecía perfecto con cada forma que elegía para hacer sus típicos tiros sin forma.
Entre ellos se conocían muy bien, eran capaces de leer sus expresiones, aunque llegaran a ser impredecibles en ciertas ocasiones.
Daiki estaba completamente entretenido con el juego, porque la verdad era que el pelirrojo iba mejorando cada vez más rápido que antes. Quizá ya habrían pasado una hora jugando, puesto sus respiraciones estaban más aceleradas y por eso, como quién no quiere la cosa, aprovechando que marcaba al pelirrojo, con su diestra le apretó con muchas ganas un glúteo.
— ¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO, MALDITO AHOMINE?! —gruñó Kagami, sobresaltándose y soltando el balón de golpe a la vez que su cara se ponía tan roja como su cabello.
—Tienes un trasero tan redondo que lo confundí con el balón, nada más —respondió Aomine con suficiencia, sonriendo engreído y disfrutando por demás el sonrojo ajeno.
— ¡IDIOTA! —Kagami tenía el corazón acelerado por eso, es decir, no era la primera vez que le agarraban atrás por el peliazul, pero estaban en público y el pudor le pegó. Se enfurruñó y fulminó al moreno con bastantes ganas.
—Oh, vamos, no te enojes. Yo sé que te gustó —dijo Aomine con una sonrisa coqueta, acercándose al otro.
Inconscientemente, Taiga dio un paso hacia atrás y cuando se dio cuenta, se detuvo con firmeza, retando al otro con la mirada, pese a su cara sonrojada.
—Claro que no, estúpido engreído —contestó Kagami apretando los dientes, con la vergüenza y rebeldía pintadas en su expresión.
— ¿No? —Aomine enarcó una ceja y jaló el cuerpo ajeno al sujetarle de la cadera.
Kagami frunció el ceño e hizo un mohín, empujando al otro del pecho, pero luego de una pelea inútil con la mirada, terminó jalándolo de la playera para besarlo con fiereza, haciendo que el peliazul ahogara un jadeo placentero por esa acción.
Si hubo gente que pasó por ahí y los vio besarse, no lo supieron y tampoco les importó realmente. Después de todo, también tenían la sombra de algunos árboles no muy grandes y estaban en su burbuja felina.
La lengua de Aomine delineó los labios del pelirrojo y este entrecerró los ojos, inclinándose hacia delante. Los labios de los dos sabían ligeramente a salado por el sudor, pero tampoco les importó.
Probablemente hubieran seguido besándose ahí un buen rato, de no ser porque el celular del primero empezó a sonar, rompiendo el momento. Al romper el ósculo, sus labios hicieron un chasquido inconforme.
— ¿Qué quieres, Satsuki? —contestó Aomine con un bufido— Ah, de acuerdo, de acuerdo. Vale, de todos modos ya íbamos para haya —y colgó, viendo como el pelirrojo enarcó una ceja—. Ella irá a comprar las cosas para que puedas cocinar, así que ya no tenemos que ir al supermercado y podremos refrescarnos en casa —explicó ahora.
—De acuerdo, entonces vámonos —Kagami asintió y está vez empujó al moreno para liberarse.
Aomine sonrió victorioso.
El transcurso a la casa del moreno duró como media hora, aunque no lo sintieron exactamente gracias a que iban ensimismados en una charla bastante personal; cosas como el tema de su madre, lo que harían si ella lo supiera, el hecho de que no les importaba tampoco el qué dirán. Los dos ya eran bastante mayorcitos para tomar decisiones en su vida, luego para cambiar de tema, el peliazul empezó a hacerle comentarios insinuantes al pelirrojo, divirtiéndose con el sonrojo de este.
Cuando llegaron a la casa donde Aomine y Momoi viven, tiraron sus cosas en la sala y se sentaron un buen rato para recuperar su respiración en un cómodo silencio mientras se veían.
— ¿Puedo usar el baño? Necesito ducharme —habló Kagami, viendo al otro mientras se hacía para atrás su cabello rojo, dándole un aspecto sexy.
Dato que no pasó desapercibido para Aomine, quien sonrió de forma torcida.
— ¿Y por qué no juntos? —inquirió socarrón.
Taiga frunció ligeramente el ceño y desvió la mirada unos segundos.
—No, me baño más rápido yo solo —repuso y se incorporó.
—Más te vale no tardar, Bakagami —advirtió Aomine con un tono bastante seductor que logró hacer estremecer al pelirrojo.
Y es que, desde hace algunos días, los momentos a solas entre Kagami y el moreno habían sido pocos, por no contar que tampoco habían disfrutado de los besos y caricias como era debido por el mismo motivo. Así que ahora que los dos estaban solos por quién sabe cuánto tiempo, eso los tenía con un ligero vuelco en el estómago por la emoción.
Porque todo podía pasar ahora. Y lo aceptaran o no, por algún motivo se sentían ansiosos.
El chico de piel bronceada agarró su mochila y se dirigió al baño, en donde se desvistió con prisa y en unos segundos más, abrió el grifo haciendo que el agua cayera de la regadera.
No estaba demorando mucho, ya incluso se había lavado el cabello y ahora se tallaba el cuerpo con firmeza con su jabón corporal en barra, sintiendo el agua caer por cada parte de su piel como si de caricias fueran. El agua estaba bastante refrescante y eso hizo que Kagami se quedará mojándose un rato más.
Claro, hasta que sintió un par de manos calientes atrapar su cintura, haciéndolo sobresaltar con fuerza.
— ¡AHOMINE, ¿QUÉ…?!
—Ni te quejes, porque te dije que no te tardaras tanto, Bakagami —recordó Aomine con una sonrisa y dejando un beso en el hombro ajeno.
—S-sí… ¡Pero no, salte! —exclamó Kagami, dándose cuenta que ambos estaban desnudos, cosa que le hizo sonrojarse cual tomate por unos momentos.
—Es mi cumpleaños, merezco un buen trato —Aomine estampó sin delicadeza alguna al pelirrojo contra la pared, dándole la vuelta y le devoró con la mirada cada parte de ese cuerpo desnudo, que sostenía de las muñecas a la vez que el dueño de éste le veía con el ceño fruncido, pero colorado; era una visión digna, joder. Sobre todo, porque el agua se veía tan bien en el cuerpo bronceado de su chico.
—Idiota, salte del baño —gruñó Kagami, viéndolo fulminante, pero todavía tenía la ligera vergüenza que pintaba sus pómulos.
Al ser casi de la misma altura, ambos chicos se veían fijamente en los ojos.
—Báñame, Kagami —ordenó Aomine con ese tonito que siempre lo caracterizaba, con ese gesto altanero.
—No sabía que fueras un inútil hasta para eso —se burló Kagami con una sonrisa. Sin embargo, no se iba a negar pese a que le molestaba que le dieran órdenes; por hoy haría una excepción al ser el cumpleaños del peliazul, mas tampoco lo diría.
—Te estoy dando un privilegio —espetó Aomine con tono engreído.
El pelirrojo puso los ojos en blanco y con el jabón en mano, ya con el sonrojo a un lado, le empezó a tallar el pecho, aunque todavía tenía cierta vergüenza; los dos estaban desnudos y a leguas se sentía el ambiente completamente íntimo que había entre ambos. Y pese a lo orgulloso y dominante que Kagami podía ser, el hecho de que era inexperto en esto—en sus memorias recuperadas no se vio nunca con otro chico o chica, hasta ahora— no le ayudaba mucho, pero no por eso se dejaba intimidar. Su mirada le recordó a Aomine a un tigre salvaje, que está preparándose para atacar en un lugar que no era su territorio, cosa que era otra ventaja para él, además de que este sí tenía buena experiencia en estos temas. Aunque, ciertamente, era algo completamente diferente, pues esta vez había amor de por medio.
Ahora fue Kagami quién estampó con brusquedad al peliazul contra la pared de mosaicos del baño para lavarlo mejor, viendo la sonrisa altiva tipo "no importa lo que hagas, aquí mando yo" del moreno, que hizo enfurruñar al primero.
Aomine suspiró cuando las manos nada delicadas de su novio tallaron cada parte de su cuerpo; brazos, pecho, abdomen, espalda y piernas. Se mordió el labio y rio por lo bajo al ver como el pelirrojo se salteó su entrepierna y luego empezó a lavarle el cabello. Por ahora no dijo nada y cerró los ojos cuando su cabello azul empezó a ser enjugado.
—Todavía te faltó una parte, Bakagami —susurró Aomine, abrazando al pelirrojo y mordiéndole el lóbulo de la oreja.
Esa acción tomó desprevenido al mencionado chico que jadeó, sintiendo un estremecimiento electrizante.
—Lávatelo tú —resopló Kagami, frunciendo fuertemente el ceño e intentando apartarse.
—Termina lo que empezaste, ¿o no puedes? —desafió Aomine, provocándolo con una sonrisa altanera.
Kagami chasqueó la lengua y lo empujó contra la pared otra vez, mirándolo con el reto en los ojos, pero inesperadamente, sonrió. Poco a poco el pudor y la vergüenza estaban empezando a desaparecer, pues ese instinto animal estaba queriéndose adueñar del terreno.
De modo qué, ya con las manos empapadas de la espuma jabonosa, talló los muslos del peliazul, haciéndolo suspirar.
—Más te vale solo lavar —gruñó Aomine. Ahora se dio cuenta que esto podía poner en peligro su diploma de "macho alfa".
—Solo haré lo que pediste —Kagami todavía sonriendo, empezó la tarea de limpieza en el miembro laxo de su novio sin ninguna acción aparente.
—Qué gatito tan obediente eres —dijo Aomine con toda la intensión del mundo y antes de que el otro chico replicara, lo jaló del cabello para besarlo de forma demandante.
Kagami correspondió, sujetándose con una mano en la pared, mientras con la otra todavía "lavaba" el miembro ajeno que estaba empezando a endurecerse. Gracias a que el agua seguía cayendo, esa zona terminó enjuagándose, pero de todos modos, la mano del primero seguía estimulándolo, haciendo que Aomine se estremeciera de a poco y soltara uno que otro jadeo con esa voz gruesa y sensual que se cargaba.
La pareja de chicos todavía seguían besándose con ansiedad y pese a que el agua fría todavía lo estaba bañando, el calor del momento no era apagado para nada.
El pene de Daiki al fin estaba completamente duro entre las manos del pelirrojo. Este último casi da un gemido cuando las manos del primero le apretaron los glúteos para abrirlos, dejando expuesta su entrada que fue rozada con un dedo.
Quizá por el mero hecho de que Taiga quería darle un excepcional e inolvidable regalo al peliazul, dejaría que lo hiciera suyo. Y la verdad no es como si le molestara la idea, pero eso no significaba que se la fuera a dejar fácil y que él no intentaría hacerlo suyo a él después. Porque si iba a recibir, él también daría.
Y eso lo dejó en claro cuando le mordió el labio inferior a Aomine a la vez que con su mano libre le apretó también un glúteo.
Los dos gruñeron y se separaron del ferviente beso que compartían. Se miraron a los ojos que hervían en deseo, pero también de otro sentimiento completamente indescriptible, pero que les calaba el alma. Por primera vez, no hubo la chispa del desafío en sus miradas, probablemente porque no se trataba de simple sexo lo que los envolvía ahora y ambos los sabían con solo verse.
Kagami empezó a repartir una serie de besos en el pecho del moreno, deslizándose hasta quedarse hincado en el suelo, cerrando a su paso la molesta agua que seguía cayéndoles. Su rostro quedó a escasos milímetros del pene de Aomine, quien lo miraba fijamente y ante la vista tan erótica para él, su miembro se endureció por completo y se relamió los labios de forma inconsciente al mismo tiempo que el pelirrojo.
Entonces, este último chupó el glande ajeno con lentitud, arrancando un gruñido a Daiki, como si fuera un ronroneo. Eso dio luz verde a Taiga y ahora con confianza y envuelto en el sentimiento, así como el momento, se llevó todo ese pedazo de carne a la boca—o lo que entró de este— y succionó con fuerza a la vez que con una mano masajeó la base y con la otra apretó suavemente los testículos ajenos.
—Agh, maldición, Kagami… —Aomine gimió roncamente y por inercia llevó ambas manos a sujetar los pelirrojos cabellos del chico con fuerza.
Los zafiros y los rubíes todavía seguían viéndose con intensidad.
Esta vez, Taiga continuó succionando con lentitud, pero fuerza, haciendo presión con su lengua y dientes sin lastimar, tragando. Repitió esa acción por casi un minuto tortuoso para el peliazul, pero luego de ello, empezó a moverse dando inicio a los vaivenes sin despegar su mirada de la ajena.
Daiki tenía una expresión de placer en su rostro y los labios entreabiertos por donde salían gruñidos y jadeos de excitación, fascinado con aquella felación que la estaba considerando la mejor de toda su jodida vida.
El pelirrojo cerró unos segundos los ojos en los que degustó perfectamente el sabor del miembro ajeno y cuando los abrió devolviéndole la mirada, Aomine vio como ese par de rubíes llameaban como si de vil y real fuego se tratase, haciéndolo estremecer y subiendo su excitación todavía más.
Kagami se sacó el pene del peliazul y respiró sobre este de forma agitada; lo sujetó con firmeza de la base y luego empezó a lamerlo y succionarlo de un lado, restregando sus labios por toda la extensión de esa virilidad.
Con eso, Daiki se sintió morir, con un vuelvo en el estómago, la adrenalina se abrió paso por todas sus venas y gruñó, porque sentía que llegaría al orgasmo más rápido de lo que quería. ¿Pero cómo mierda contenerse con esa imagen tan sensual y erótica que el pelirrojo le regalaba, comiéndose su pene como si fuera chocolate?
Fue por eso que jaló los cabellos ajenos para hacer que se incorporara y ahora lo arrinconó contra la pared para besarlo profundamente, chocando sus cuerpos que se buscaban y acariciaban con plena necesidad. En ese momento, el peliazul sintió chocar su erección con la impropia y sonrió entre el beso.
—Increíble, te has puesto duro con solo chupármela —murmuró entre el beso y viéndose ambos a los ojos.
—Cállate —pese a que Kagami ya no estaba con el pudor en su sistema, esa frase logró hacerlo sonrojar. Era diferente que le dijeran sus acciones sexuales a la cara a simplemente hacerlas.
Aomine rozó ambas erecciones con fuerza, gimiendo a coro con el pelirrojo solo unos momentos, porque luego Kagami empezó a jalarlo fuera del baño.
Era obvio lo que le estaba dando a entender. Así que el peliazul lo siguió sin chistar.
Y en el camino hacia la habitación del moreno, los dos se besaban con fuerza, entre jadeos y con el pulso completamente acelerado, como si la vida se les fuera en ese ósculo que les tenía al límite; era una deliciosa mezcla de placer, excitación y… amor. Ni demasiado lujurioso, ni demasiado cursi.
Era la viva pasión que solo nace de amar a alguien, que les quemaba el alma como si mil soles fueran.
Como pudieron, llegaron a la habitación y Daiki empujó al pelirrojo a la cama, encimándose sin perder el tiempo y valiéndole pepino que los dos estuvieran mojando sus sábanas por sus cuerpos húmedos ya no solo por el agua del baño.
Sin permiso, se acomodó entre las piernas de Taiga y se miraron a los ojos, en estos momentos, las palabras no eran necesarias, en este momento no era una competencia de juego, no, para nada.
En este momento simplemente iban a hacer el amor.
Kagami jaló del cuello para volver a besar al peliazul ahora con lentitud, pero de forma ferviente a la vez que este último aprovechó la humedad de sus dedos gracias a la ducha y empezó a introducir el dedo índice en la cerrada entrada del primero. El pelirrojo se tensó por eso, pero cuando su erección fue atendida por la mano ajena en una placentera presión que le hizo gemir, logró relajarse mejor. Además, todavía seguían besándose pausadamente.
Un dedo más se unió a la tarea de abrir el camino interior del ojirojo y aunque para Aomine era la primera vez que hacía algo como esto, su instinto lo estaba llevando al camino correcto. Prosiguió a besarle el cuello a su chico bronceado para succionar esa piel deliciosa, mordiéndola también y moviendo los dos dedos, causando que Kagami le enterrara las uñas en los hombros en expresión de placer. Por supuesto que todavía se sentía ligeramente incómodo, pero entre más pasaba el tiempo entre besos, mordidas y caricias, más se estaba dejando llevar.
Y por eso, el tercer dedo no tardo más en ser introducido justo cuando el peliazul se agachó por completo para atrapar el glande ajeno y chuparlo, trayendo como consecuencia que Taiga ahogara un gemido al morderse el labio para no soltar un sonido tan fuerte, porque mierda, jamás pensó que la sensación de esas dos acciones en su cuerpo fuera tan fuerte. Se apoyó en los codos un momento, teniendo la visión de cómo Daiki le succionaba la mitad de su pene con fuerza, con salvajismo, mientras que esos tres dedos se movían con más libertad por su recto y que cuando tocaron ese punto especial, le enviaron mil corrientes eléctricas por todo su sistema corporal, que hizo esa vez no pudiera contener el casi rugido de placer, cayendo a la cama, jadeando y sujetando el cabello azul con la diestra fuertemente, marcando inconscientemente el paso.
Aomine chupó una vez más y luego dejó ese miembro hinchado para succionar los testículos del pelirrojo con hambruna, moviendo sus dedos en ese mismo lugar que notó hizo estallar al otro.
Él era un hombre de poca paciencia y la verdad, ya había aguardado bastante tiempo y el ansia, así como necesidad de hacer suyo el cuerpo del chico que tanto amaba, le hicieron saber que ya era el momento.
—Kagami… —le miró a los ojos, mientras apoyaba las manos a cada lado de la cabeza ajena.
Estaban serios y feroces.
El pelirrojo jadeaba con fuera y estaba colorado por todas las acciones de hace un momento. Se inclinó hacia delante para succionar el labio inferior del peliazul de manera lenta y provocativa.
Daiki empezó a introducir su pene con precisión en aquella ya lubricada entrada, pero entonces, las piernas de Taiga se enrollaron en su cintura y le empujaron para que entrara de una jodida vez.
Y entonces, fue como si dos meteoritos llenos de fuego chocaran e hicieran explosión en el universo lleno de estrellas.
Kagami y Aomine gimieron; el primero porque le dolió del mismo modo que le causó una sensación plena así como satisfactoria y el segundo porque esos músculos internos le apretaron como si lo ahogaran de forma deliciosa y caliente. Se sintieron completos, se sintieron como si eso fuera lo mejor que les hubiera pasado en la vida. Fue como si las dos piezas de un rompecabezas encajaran por completo.
Los dos buscaron besarse, como si en sus labios la sed de su alma fuera apagada, porque eran justamente lo que ambos estaban buscando. El pelirrojo sujetó del rostro al moreno con fuerza, como si nunca deseara se apartara a la vez que las embestidas empezaron a golpear su interior; no de forma delicada ni lenta, porque ninguno lo quería así.
Ellos buscaban llenarse por completo, sin restricciones ni momentos tardíos.
Por eso, Aomine empujaba con fuerza su pene hinchado y palpitante en ese cálido interior a la vez que sujetó con fuerza las caderas impropias, enterrando sus uñas, apegándose más al pelirrojo, como si quisiera fundirse por completo en ese cuerpo tan caliente como el suyo.
Su lengua parecía seguir el movimiento de sus embestidas, porque invadía la boca ajena sin pena, con el recibimiento de Kagami de la misma forma.
Ese ósculo pasó a ser un completamente húmedo y apasionado, el cual hacía eco con el intenso chapoteo del pre-seminal del peliazul ante cada firme y fuerte embestida que le daba al pelirrojo.
Aunque la posición en que estaban era cómoda para ambos chicos, Taiga no tardó en cambiarlas, porque el hecho de que fuera quien recibiera en esta ocasión, no lo haría depender de todas las acciones del peliazul para complacer a ambos, quisiera o no, ese instinto dominante seguía ahí. No era por orgullo, porque realmente el resto de sentimientos que no fueran pasión desbordante, así como el amor intenso de ambos, estaban fuera de lugar, estaban olvidados por ahora.
Por ello, ahora Aomine estaba acostado y Kagami encima de él, cabalgando de forma descarada con el sonido de sus gruñidos y gemidos saliendo de su boca con continuidad, porque no era algo que pudiera controlar, porque el tener esa virilidad golpeando su interior y moviéndose con fuerza, lo enloquecía. Por supuesto que lo hacía y aunque más adelante no lo admitiría tan abiertamente, ahora lo estaba disfrutando.
El peliazul llevó dos dedos a la boca impropia, donde fueron bien recibidos, siendo chupados como un dulce.
Los dos chicos se veían con los ojos cargados de sentimientos.
—Así te ves tan bien… —Aomine dijo eso en un tono completamente seducido y cautivado por la belleza masculina que era su novio.
Kagami simplemente lo vio y le mordió esos dedos, para luego hacer una expresión de completo placer, entrecerrando los ojos y gemir sonoro por las auto-embestidas que se daba.
Daiki no resistió más aquello y se sentó, abrazando al pelirrojo y cazando sus labios, empezando a masturbarlo con la fricción entre ambos cuerpos al juntarse.
El placer en el cuerpo del pelirrojo estaba a mucho más de lo que este pudiera soportar, porque pese a todas las atenciones que recibió al principio, esto era mucho mejor, lo que se imaginó no le hacía justicia a este momento. Sentía los sentimientos de Aomine hacerse uno, estaban desbordando como si fueran una cascada de agua clara.
Justamente era eso, los dos no solo estaban desnudos físicamente, también su alma estaba ahí, transparente para cada uno.
La cadera de Aomine también se movía con fuerza para ser él ahora quién seguía embistiendo a Kagami de forma más profunda, gimiendo roncamente, pues sabía que no tardaría más tiempo, siendo que estaba en la viva gloria. Atrapó los pezones del pelirrojo y los chupó con brusquedad, mordiéndolos como si los quisiera arrancar y recibió como respuesta las uñas de Taiga rasguñándole la espalda sin piedad más de una vez.
Ambos se dejaban marcas de propiedad, porque era así, se pertenecían el uno al otro.
—Ao… Daiki… agh —gimió Kagami, haciendo que el cuerpo entero del moreno se estremeciera de un sentimiento pleno de felicidad.
Y joder que Aomine nunca fue más feliz de que alguien le llamara por su nombre, lo demostró en la manera en que volvió a besar al pelirrojo; deteniéndose a acariciarle la espalda y los glúteos, para finalmente soltar una suave nalgada ahí, provocando que Kagami ahora un gemido entre el ósculo perfecto y volviera a rasguñarlo con fuerza.
Ambos estaban llegando al límite. Por eso, en las nuevas y ahora sí, bruscas embestidas con la que Daiki arremetió en el interior de Taiga, golpeó ese punto especial más de una vez que hizo imposible que este último dejara de gemir, para finalmente casi rugir cuando a su cuerpo lo sacudió un estremecimiento y le hizo experimentar el mejor orgasmo de su vida.
Como consecuencia, sus paredes se apretaron más, como si quisieran arrancarle el miembro al peliazul, haciéndolo jadear dolorosa y placenteramente, para de igual modo, sentir la corriente eléctrica en su cuerpo que lo llevó de igual forma a un exquisito orgasmo que no se comparó con ningún otro y el ronco gruñido que dejó salir lo dejó en claro.
Asdadlajdklaskdaslsd, ¡al fin el momento en que Aomine y Kagami se consumieron mutuamente!(?)
¿Qué les pareció?, ¿muy cursi o algo así? :'v Jajaja, ciertamente, sorry, but… yo soy de las que escriben el sexo como una poesía erótica(?) :B.
No hubo más cosas relevantes en el capítulo, lo sé… Cofcofcofpreparénsecofcof x'DDD, pero espero igual lo hayan disfrutado y puedan dejarme algún comentario, aunque sea chiquito, de qué les pareció :3. Porque no hay nada mejor para un ficker, que sus autores se hagan notar.
¡Gracias por leer, nos vemos!
