Y ya vine otra vez :3.
Esta vez no me tardé tanto, gracias a las vacaciones de "Semana Santa", pese a que solo tengo una mísera semana –cries in spanish- pero algo es algo, así que bueh xD.
Me alegra mucho notar que leer un 'Aomine uke' fuera de su agrado, con eso de que hay mucho estereotipo con éste hombre, sobre que solo debe ser activo(?)… En fin, ¡gracias por sus comentarios! Siempre me encanta recibirlos, son un amor uvu.
Sin decir más, les dejo el capítulo.
/Martes 10 de Septiembre del 2013/
La alarma de la habitación de Aomine empezó a sonar estrepitosamente, pero solo duró algunos segundos gracias a que el chico se despertó más rápido que de costumbre y eso debido al ligero dolor en su cadera.
Frunció el ceño y refunfuñó cuando vio a Kagami dormido cómodamente sobre su pecho, que le abrazaba con fuerza.
Aomine suspiró y fue inevitable que por su mente todos los recuerdos de lo sucedido la noche anterior, llegaran tan claros como el agua. Cosa que hizo que el peliazul se sonrojara ligeramente y frunció más fuerte el ceño.
Si lo pensaba bien, el pelirrojo en ese momento no parecía el chico inexperto de siempre, parecía como si ya hubiera hecho eso anteriormente y la verdad es que lo aceptara o no, le gustó. Y por supuesto que se la devolvería en la próxima.
Al sentir nuevamente el dolor en su cadera, Daiki se irritó y resopló. Ser el "pasivo" no era lo suyo y aunque lo disfrutó—más de lo que pensó, por tratarse de Kagami— no creía eso se volviera a repetir… claro, mientras estuviera consciente y el placer no le ganara como ayer.
—Hey, Bakagami, despiértate ya o llegarás tarde al trabajo —habló Aomine.
El pelirrojo se removió y bostezó, ya estaba medio despierto desde que la alarma sonó, pero quiso quedarse respirando el perfume de la piel morena de su pareja.
En ese momento, sintió un dolor terrible en el hombro y se sentó de golpe, llevando su mano a esa zona.
— ¡¿Pero qué…?! ¡Ahomine estúpido, casi me arrancas un pedazo de carne! —reclamó Kagami, frunciendo el ceño al sentir la semejante mordida que tenía en el hombro.
— ¡No te hagas el digno que así me dejas las espalda con tus arañazos! —replicó Aomine con una sonrisa irritada.
Kagami le miró unos momentos y luego sonrió algo victorioso.
— ¿Por qué mierda haces esa cara de idiota? —gruñó Aomine y luego se arrepintió de preguntar.
—Si hiciste lo mismo que yo hago, eso significa que tú de verdad… —la mirada de Kagami brilló divertido.
— ¡Ya cállate y levántate, idiota! —Aomine le apretó su almohada en la cara con fuerza y un chispazo de vergüenza que duró lo que un suspiro, le atacó.
De verdad que con tener a Kagami de pareja le traía muchas cosas en la vida de Aomine.
Y aunque no llegara a decirlas en palabras, sí que las disfrutaba.
/Viernes 13 de Septiembre del 2013/
Algo estaba mal. Kagami lo sentía, al menos en lo que su madre se refería.
Desde que no llegó a dormir el lunes a casa y no le avisó, nuevamente le regresó las jornadas de tiempo completo en el trabajo e incluso le dejaba trabajos extra que lo mantenían completamente ocupado que ni siquiera podía escaparse para jugar con Aomine o el resto de sus amigos.
Llevaba tres días así y de verdad esto comenzaba a irritarle.
Su madre ni siquiera discutió con él como se esperó, simplemente le ordenó los cambios que volvería a haber al trabajo y ya. No sacó el tema nuevamente y cada que Kagami lo hacía, su madre se ponía realmente histérica y amenazaba con alguna cosa de no dejarle salir porque fuera mayor de edad o no, seguía viviendo con ella.
Eso causó bastante enojo en el pelirrojo, pero prefirió no seguir confrontando a Mika por mera salud entre ambos.
Pero la verdad es que si estaba cansándose de no tener tiempo libre para hacer otras cosas que también le gustaban. Y eso que solo llevaba tres días así, no creía aguantar más tanto encierro. De verdad que necesitaba ver a Aomine, abrazarlo, besarlo y hacer el amor con él de todas las maneras posibles, por más vergonzoso que se sintiera al pensarlo. Pero esos eran sus deseos, añadido el hecho de que ansiaba volver a jugar también; extrañaba el rebote del balón, el chillar de sus zapatillas de deporte y los golpes en cada canasta.
Y también, algo más que el pelirrojo extrañaba, era ver a Himuro. Quería verlo igualmente a él y no del mismo modo en que le gustaría volver a ver a Alex. Era un extrañar diferente a como con sus amigos, mas tampoco se asemejaba con Aomine. Así que eso tenía a Kagami también algo raro, todavía no lo comprendía del todo.
Se mantuvo en contacto todos los días desde el lunes, con Himuro, mediante el whasapp. No del mismo modo que con Aomine, porque entre ellos no era lo suyo hablarse tanto así.
Era extraño. Pero el pelirrojo prefería creer que era la misma unión de hermandad que antes llegó a juntarlos.
Y lo mejor de todo, es que ya no había vuelto a soñar nada extraño como hace casi dos semanas. Eso no significaba que su mente estuviera tranquila o su cuerpo, porque sin la presencia del peliazul, había algo que se movía en su interior, era una pequeña inquietud que solo aparecía durante unos segundos en algún momento del día y luego se perdía en el olvido.
—Cariño, ¿podemos hablar un momento? —preguntó Mika con suavidad, entrando a la cocina en el momento de descanso de su hijo.
—Hm, claro, mamá, ¿qué sucede? —Kagami estaba terminando de comer, justamente, así que centró su atención en su progenitora.
Mika suspiró y sonrió.
—Sé que has de estar molesto por los cambios en tu trabajo y todo, pero quiero que sepas que lo hago por tu bien, cariño, Taiga. Es para que seas mejor —explicó, como si fuera obvio.
—Lo sé, mamá —Kagami sonrió débilmente. Era obvio que no estaba conforme, por ello añadió: —Pero también necesito mis tiempos libres, también amo el basquetbol y no me agrada que no me lo permitas.
Su madre le miró, como si tuviera un conflicto interno. Y la verdad así lo era, estaba tomando medidas drásticas para no dejarle tiempo libre a su hijo; tiempo donde podría pasear por la ciudad y accidentalmente encontrarse con aquel chico pelinegro. Al menos tenía la ventaja de que su hijo no recordaba nada de esa mala relación y no debía exagerar tanto, porque también sabía que entre más quisiera alejarlo de Himuro con estos cuidados, con más razón pasarían las cosas.
—Bueno, tienes el fin de semana para pasarlo con tus amigos —animó Mika con calma y una sonrisa cariñosa, acariciando el cabello de su hijo.
—Pues sí, tienes razón —asintió Kagami serio.
—Taiga, ¿y no has conocido a nadie más ahora que juegas más seguido? —preguntó Mika, como quien no quiere la cosa.
— ¿Alguien más? —Kagami frunció el ceño, confundido por unos segundos. Luego recordó a su entrenadora rubia y al hijo de esta del mismo modo que sintió eso no era algo que debía decirle a su madre— No, a nadie —contestó.
No estaba mintiendo precisamente, porque Himuro y Alex no eran desconocidos, solo que todavía no tenía todos sus recuerdos con ellos, o mejor dicho, con el primero.
Mika omitió un suspiro y se sintió aliviada por un momento. Pero con ese gesto, Kagami se dio cuenta que su madre ocultaba algo.
/Sábado 14 de Septiembre del 2013/
Las nueve personas que estaban en la cancha luego de algunos minutos, prefirieron ignorar el ambiente realmente tenso que se originaba entre cierto peliazul con cierto pelinegro; solo que uno lo disimulaba mejor con su expresión calmada y el otro parecía que de verdad le arrancaría la cabeza pese a que se mostrara desinteresado.
—Sigo sin entender porque debías invitarlos a ellos —comentó Aomine sin educación alguna.
—Porque a ellos también les gusta el basquetbol y son muy buenos jugando —respondió Kagami, haciendo caso omiso de la aparente molestia del peliazul y mirando al rubio y al pelinegro con una sonrisa.
—Heh, ¿en serio? —murmuró Aomine con sarcasmo.
—Por supuesto, todo lo que Taiga sabe yo se lo enseñé —agregó Alex con una sonrisa orgullosa—, aunque al principio Tatsuya era quién jugaba con él —al decirlo, palmeó el hombro de su hijo.
—De verdad quiero saber cuánto has mejorado, Taiga —Himuro miró al pelirrojo y sonrió.
Todavía le costaba mantenerse calmado, pero siempre fue bueno para controlar sus emociones, sino probablemente ni siquiera hubiera aceptado ir a jugar con los amigos del pelirrojo.
—Verás que no te decepcionaras, Himuro —asintió Kagami con una gran sonrisa.
Y la mirada que intercambiaron tanto Himuro y Kagami hizo a todos desviar la vista, porque fue algo extrañamente íntimo, cosa que aumentó la molestia de Aomine.
— ¡Bien! Entonces, vamos a formar los equipos —dijo Momoi con una sonrisa y unas bolitas de papel para rifarlos y que todo fuera al azar.
Los equipos quedaron de manera conveniente; Aomine, Takao, Alex con Kuroko y Kagami, Himuro, Kise con Midorima.
El peliazul miró como si estuviera aburrido a todos y lanzó el balón a su amiga pelirosa, que sería el árbitro nuevamente para que diera comienzo el juego. Para nada, para nada estaba feliz con esos equipos.
Sobre todo, cuando notó la manera en que Kagami, su Kagami se coordinaba con Himuro. ¿Por qué rayos parecía se veían así?; el primero se movía tan salvajemente y el segundo demasiado elegante al jugar, no entendía como podían hacer un dúo tan bueno al jugar.
Aomine se estaba muriendo de los celos, porque además de Kuroko y él mismo, el pelirrojo no se acoplaba jugando así de bien con nadie más.
Y es que aunque Kagami no recordara nada, su cuerpo parecía que si sabía lo que era jugar con Himuro en un equipo, lo sabía y lo hacía muy bien. Todos lo notaron. Aunque fueran completamente opuestos, sabían hacerlo.
Parecían tigre y gacela.
Aunque no por ello el juego fue más fácil, porque también Aomine con Kuroko se combinaban bien, además de que tenían la genial vista de halcón de Takao y para este fue bastante divertido jugar contra Midorima, pero le costó. No era tan fácil ver a la persona que amas como tu rival, mas al final pudo hacerlo.
Los amigos de Kagami también quedaron impresionados con el estilo de juego de Alex que era similar a la del pelirrojo y Aomine, solo que más delicado. Después de todo, ella era una profesional o lo fue en su juventud—aunque no es que fuera realmente "vieja" ahora—, debido a una enfermedad visual.
Mismo partido casi duró dos horas con todo y todo, ya que los chicos de verdad se ensimismaron como si fuera un juego oficial, pero lo más importante, se estaban divirtiendo.
En el final, luego de toda la "guerra", ambo equipos quedaron empatados.
Y entre risas y comentarios sarcásticos, decidieron descansar.
— ¡Uf! De verdad extrañaba jugar contigo, Taiga —expresó Himuro calmadamente, sentándose al lado del mencionado chico con su botella de agua.
— ¿Siempre jugábamos juntos, no? —inquirió Kagami, tratando de que no sentirse mal por no recordarlo.
—No siempre, pero la mayoría de las veces sí —la expresión de Himuro se mostró ligeramente sombría, como si estuviera recordando algo.
—Estoy seguro que lo recordaré pronto —susurró Kagami con la voz profunda y una toalla en su cabeza.
Aomine fue capaz de escuchar eso, porque también estaba al lado de su pareja, solo que un poco más alejado y apretó los labios, dato que no pasó desapercibido para Kuroko. Cuando el peliceleste llevó su vista hacía su amigo pelirrojo y el pelinegro, se quedó impresionado.
Por alguna razón, ahora esa invisible conexión entre Kagami y Himuro, parecía tan notoria. Era capaz de sentirse, de percibirse.
—Hah, no te apures. No tienes por qué sentirte mal, no es tu culpa —sonrió Himuro y palmeó la cabeza del pelirrojo como si fuera a secarle su cabello con esa toalla. Pero en su mirada se percibió el anhelo.
—Himuro… —Kagami le miró fijamente y fue como si en su cabeza empezaran a martillear sin sonido, solo con presión.
Pero eso se detuvo, cuando el brazo de Aomine pasó por sus hombros.
—Bakagami, hoy debes cocinarnos a todos luego de este partido. Ya sabes que Satsuki no puede —dijo como si nada, interrumpiendo, así como dirigiéndole una mirada de advertencia y una sonrisa burlona al pelinegro.
Y Himuro le devolvió la mirada.
—Nos encantaría volver a probar la comida de Taiga, pero nosotros ya debemos irnos —habló Alex, llegando hasta el par de chicos y jalando a su hijo con fuerza.
—Oh, pero, ¿por qué? —Kagami pareció desilusionado.
—Bueno, no queremos causar molestias —respondió Himuro—. Pero seguramente, en la próxima no rechazaremos comer lo que prepares, Taiga.
—Sí es así, entonces está bien —Kagami se incorporó y sonrió al chico.
—Nos veremos pronto —se despidió Himuro con una sonrisa.
Se iba a dar la vuelta, pero la mano de Kagami lo detuvo, sujetándole de la muñeca con la vista de Aomine en ellos.
— ¿Y tú anillo? —preguntó y fue imposible que una ligera ansiedad apareciera en su voz.
Tatsuya le miró impresionado y luego con cariño.
—Lo guardé, así no corre el riesgo al jugar. ¿Por qué no lo guardaste tú, Taiga?
—Ah… eso es porque… —Kagami se rascó la nuca— No me gusta, es mejor cuando lo tengo —desvió ligeramente la mirada al anillo.
La sonrisa en el rostro de Himuro fue realmente llena de felicidad y sus impulsos estaban apareciendo; en ese momento quiso abrazar al pelirrojo, besarlo y decirle cuando lo amaba.
Discretamente, Kise y Kuroko intercambiaron una mirada.
—Kagamicchi, me muero de hambre, ¿cocinas en mi departamento o en la casa de Aominecchi?
El pelirrojo dirigió su mirada al rubio, desconcentrándose del otro tema y Himuro suspiró.
—En tu departamento.
La noche ya había llegado, tampoco era tan tarde, pero Kagami para evitarse más problemas con su madre ahora que parecía bastante susceptible a enojarse, decidió dejar su noche con Aomine para mañana. Por eso mismo, el peliazul le acompañó a casa para pasar otro rato más con él.
En el camino platicaron de varias cosas, mientras que Aomine le tenía abrazado de los hombros; en el departamento de Kise se besaron mucho en el balcón cuando los demás estaban viendo una película de terror, que fue bien aprovechada en cierto modo—sobre todo para Kise y Takao—.
—Entonces, te veré mañana —se despidió Aomine con una sonrisa segura y le acarició la nuca a su pareja.
—Eso es obvio —Kagami frunció el ceño, pues esa caricia le hizo estremecerse. De verdad que quería pasar otra vez la noche con su novio.
Una semana era demasiado para los dos.
El peliazul introdujo su dedo índice en el anillo ajeno y de ahí jaló al pelirrojo para plantarle un beso suave en los labios, que seguramente se hubiera vuelto uno profundo e intenso, de no ser porque la puerta del departamento donde vivía Kagami, se abrió de golpe y el grito de su madre les interrumpió.
— ¡¿QUÉ DEMONIOS SIGNIFICA ESTO?! —Mika los veía con ojos llenos de ira, impresión y… una expresión bastante homofóbica.
—Mamá…, espera, yo… —intentó decir Kagami. Por alguna razón, sintió que ya había vivido algo como esto.
— ¡Cállate, Taiga! —regañó Mika y enfrentó con los ojos al peliazul, que tenía la expresión grave— ¡Tú, mocoso…! ¡Te dije bien que no permitiría que mancharan la vida de mi hijo con estas asquerosas cosas! ¡No te quiero ver cerca de él!
—Lo siento, señora, su hijo es mí… —si Aomine no pudo completar la frase, fue por la progenitora del pelirrojo le dio una bofetada.
— ¡Ya es suficiente, mamá! —exclamó Kagami, ahora molesto y se interpuso entre el peliazul y su madre.
Aomine, por otro lado, estaba furioso. Y si se estaba tratando de controlar era por el pelirrojo y porque tampoco era tan hijo de puta como para regresarle el golpe a una mujer, que además era mayor.
— ¡Taiga, ¿por qué?! —Mika tenía la mirada desorbitada. ¡No era posible para ella que la historia se volviera a repetir! Justamente lo que estaba tratando de evitar con desesperación, terminó por hacerse realidad.
— ¡Mamá, déjame que te explique! ¡Escúchame! —Kagami le enfrentó con la mirada.
— ¡No, cállate! ¡No voy a dejar que tuerzas tu camino otra vez! —Mika, llena de ira, jaló del brazo a su hijo para apartarlo del peliazul— ¡No te quiero cerca de mi hijo!
—No me alejaré de Kagami, señora, le guste o no —los ojos de Aomine hervían de furia y miró a la mujer con una expresión bastante sádica.
— ¡Si te vas podrir, hazlo solo y no metas a mi hijo en esto! —gritó nuevamente Mika.
—Hah, usted, señora… —esto era el colmo para Aomine, de ninguna manera se iba a dejar, no era un jodido niño como para que ahora vinieran a enseñarle de valores.
— ¡Ya, maldita sea! —se metió nuevamente Kagami y miró al peliazul— Por favor, déjame arreglar esto, Aomine.
—Kagami, no…
— ¡Vete, maldito enfermo! —Mika empujó el cuerpo del moreno con la ira tallada en su mirada.
—Tsk, ¡no vuelva a tocarme, señora! —rugió Aomine, ahora sí, mostrándose como una pantera furiosa en medio de la noche. Adiós a la delicadeza.
Mika se estremeció, porque ese gesto en el moreno sí era intimidante.
—Ya, joder —Kagami jaló a su madre hacía dentro y volvió a ver al peliazul—. Yo hablaré con ella, por favor. Te llamaré luego, Aomine.
—Pero, Kagami… —Aomine no quería dejarlo solo con esto y menos como se veía su madre era. Pero el pelirrojo no le dio oportunidad a nada más, pues la puerta se cerró— ¡Agh, mierda! —gruñó y pateó la pared. No le quedaba de otra.
Por otro lado, cuando Taiga ya estaba dentro de la casa, su madre no paraba de gritar, alterada.
— ¡Cálmate, mamá! ¡Déjame explicarte! —intentó decir Kagami, sin alzar la voz.
— ¡¿Cómo quieres que me calmé, Taiga?! ¡Tú te estabas besando con otro hombre! —gritoneó Mika— ¡¿Y qué se supone que me vas a explicar?! ¡Eso no es normal! ¡Yo no dejaré que mi hijo sea un anormal!
Kagami apretó los labios con fuerza. El rechazo que estaba mostrando su madre le dolió, por supuesto, ¿qué acaso era tan malo que estuviera enamorado de otro chico?, sin embargo, de alguna manera supo cómo recibirlo. Era como si lo estuviera viviendo otra vez.
Por eso no se derrumbó.
—Ya cállate, madre.
Los ojos de Mika se abrieron como platos. Esa frase, esa frase era la misma que el pelirrojo le dijo aquella vez, donde por primera vez supo la relación entre su hijo y Himuro. No pudo hablar.
—Si lo consideras bien o mal, no es mi problema, madre —Kagami le miró—. No necesito tu permiso para amar a quien yo quiera, no voy a depender de eso. Hubiera deseado que te enteraras de otra manera, pero creo que el resultado sería el mismo, ¿no?
— ¡Taiga! ¡Yo no puedo permitirte eso! Todavía eres demasiado joven para saber lo que quieres en tu vida, ¡no tuerzas tu camino otra vez! —repitió Mika.
— ¡Yo ya no soy un niño! —replicó Kagami con el ceño fruncido, molesto.
— ¡Pero mientras vivas y estés conmigo yo no permitiré hagas la estupidez que quieras! ¡Porque está mal! —rugió Mika agudamente, viendo a su hijo como una madre que regaña a su bebé.
Kagami frunció los labios y se quedó en silencio por casi un minuto.
—Muy bien entonces, mamá —asintió y caminó directo a su habitación, cerrando la puerta con fuerza.
Mika le miró, ¿acaso lo estaba entendiendo? Casi y siente alivio, hasta que luego de casi diez minutos, el pelirrojo salió con una maleta y una mochila.
— ¿Taiga, qué…?
—Ya soy un adulto, mamá y no voy a depender en nada de ti ahora, así que tú no tienes por qué meterte de más —explicó Kagami con el gesto serio.
— ¡No actúes como un niño caprichoso, Taiga!
—Eres tú la que actúa así al no permitirme explicarte las cosas o intentar verlas de manera diferente y yo no voy a dejar que arruines mi vida por eso.
— ¡No puedes dejarlo todo por un simple arranque! —Mika sintió pánico. Esto era tan similar a aquella vez.
—No es un simple arranque ni un capricho, mamá —Kagami comenzó a caminar hasta la puerta, con su progenitora pisándole los talones—. Yo estoy enamorado de Aomine y eso nadie lo cambiará, ni siquiera tú —añadió, viéndola a los ojos. Esa frase ni en sueños hubiera sido dicha con palabras por su parte, pero esta vez la situación lo amerito y no hubo duda en su expresión.
Pese a que Mika notó eso era verdadero, su mente cerrada se negó a aceptarlo.
— ¡Taiga, no puedes hacerme esto!
—Lo siento, mamá. Pero eres tú quien no me da otra salida —recordó Kagami—. Adiós.
Dicho eso, cerró la puerta, cargando sus cosas y no miró atrás.
Toda esta situación le dolía. Obviamente, no era fácil decidir dejar a tu madre y en esos términos realmente malos, pero el pelirrojo también era bastante impulsivo y tampoco se iba a permitir ser separado de Aomine. Y lo más importante, ya no era un niño, era completamente un adulto de veinte años.
Y aunque parte de él tuviera la esperanza de que quizá su madre cambiara de parecer, en el fondo de su corazón, sabía que no sería así. Algo se lo decía.
De repente, Kagami se sintió realmente mal y la cabeza le empezó a doler horrores, que no fue capaz de seguir caminando luego de avanzar una cuadra.
Y varias imágenes llegaron a su mente de manera rápida, como si fuera un licuado; de tan rápido que giraban en su cabeza, no podía distinguirlas, solo escuchaba un chirrido de voces que discutían, pero no las entendía tampoco. Solo se veía así mismo y a su madre, discutiendo como hace unos momentos, pero en un escenario diferente.
Seguramente todo se hubiera intensificado, de no ser porque un par de brazos morenos le sujetaron con fuerza.
—Kagami, joder, ¿qué pasó? —era justamente Aomine, quién preguntó, rotundamente ansioso de ver el estado de su pareja.
—Llévame, Aomine —Kagami alzó su mirada con algo de súplica. Todo le dolía, ya no solo la cabeza con esos recuerdos fugaces, además de que no entendía nada—. Llévame contigo, maldita sea y hazme olvidar todo —le sujetó del rostro con fuerza y lo besó desesperadamente.
Y aunque Aomine no entendía por completo, así lo haría.
El pequeño, discreto y acogedor café al que Himuro llegó, estaba bastante tranquilo. Serían las nueve de la noche, pero aun así no rechazó la invitación de aquel chico peliceleste por tratarse de uno de los amigos de Taiga, además de que por alguna razón, le caía bien. Quizá por compartir similares personalidades.
—Himuro-san —saludó Kuroko con su serenidad de siempre, mirando al pelinegro.
—Hey, Kuroko-kun —asintió Himuro con el mismo gesto calmado, tomando asiento—. Aunque me doy una idea del por qué me pediste vernos, me gustaría más que me lo dijeras tú.
El peliceleste le miró atento.
—Me gustaría que me dijeras, ¿cuál es tu verdadera relación con Kagami-kun?
Himuro sonrió cortamente y se cruzó de brazos cómodamente.
— ¿Aomine-kun te pidió lo hicieras?
—No. Hago esto por mi propia voluntad —aclaró Kuroko—. Puedo darte mi palabra de que no se lo diré a nadie.
—Pero entonces, ¿para qué tan interesado en saberlo? —Himuro regresó a su expresión serena— Debo tener un buen motivo para decirle todo a, prácticamente, un desconocido.
—Si no me lo quieres decir, yo entiendo Himuro-san, porque siento es algo bastante delicado —explicó Kuroko y bebió de su batido frío unos segundos—. Me gustaría saberlo, porque me preocupa Kagami-kun y en el momento decisivo, podría ayudarlo mejor.
El pelinegro le estudió con la mirada. No vio dudas en esos orbes celestes y de alguna manera, se sintió bien de saber que Taiga tenía tan buenos amigos.
—Si lo dices de ese modo, supongo que no tengo opción. Realmente no me gustaría ver mal a Taiga cuando todo se sepa… —Himuro frunció el ceño unos momentos y suspiró.
—Entonces, ¿podrás contarme? —insistió Kuroko— De antemano, te repito que no pretendo decírselo a nadie —prometió. Porque era cierto, más que nada estaba preocupado por su amigo pelirrojo, no es que quisiera estar de chismoso o metiéndose en cosas que no le incumben. Y además, tampoco creía que la conexión de esos dos chicos fuera algo tan… ¿problemático?
O mejor dicho, no se esperó las siguientes palabras de Himuro.
—Taiga y yo estamos comprometidos. Hace dos años, nos íbamos a casar.
Uh.
Seh, les solté el drama de una manera tan sutil(?). Sorry, no sé ni cómo me terminó saliendo así éste capítulo, jaja x'D.
Pero bueno, ahora saben la verdadera relación que Kagami tiene con Himuro; o sea, era obvio el hecho que antes eran pareja, sin embargo, no sé si se imaginaban el grado de compromiso entre ambos ;u; Asdljkasljklsa.
Ya no digo más, creo que ya tuvieron suficiente xD.
Sería muy feliz que me dejaran sus comentarios, a ver que les causó todo el drama del capítulo uvu.
¡Nos vemoooos! Y no olviden que los adoro.
