¡Holaaa! Creo que está vez no tardé tanto, aunque ya he regresado a la universidad y puede que más o menos actualice cada quince días, pero no es nada seguro.
Agradezco mucho a cada uno de ustedes, que se toman la molestia de leer y hasta de comentar :3 3.
No voy a llenar mucho aquí, es mejor que lean evé.
Quien tomó la iniciativa, fue Kazunari, que se inclinó un poco para poder quitarle la playera al peliverde y así acariciarle su torso y espalda, quemándolo con su tacto de forma electrizante. Midorima no tardó en hacer lo mismo tras quitarle la playera al chico y aunque para él era un poquito más difícil dejarse llevar del mismo modo que el pelinegro, tan pronto sus pieles se besaron del mismo modo que sus bocas, mandó al demonio todo y sujetó con fuerza la cadera del ojiazul, apretando la entrepierna ajena con su rodilla y el gemido que soltó Takao, lo hizo enloquecer y vibrar de excitación.
Cuando el peliverde empezó a besarle el cuello a Kazunari, dejando marcas, este empezó a desabrocharle el pantalón, para luego bajárselo lenta y sensualmente con su pie, jadeando repetidamente al sentir los dientes de su pareja morderle su piel, los cuales continuaban bajando hasta su pecho y luego a sus pezones que empezaron a ser atendidos.
Midorima soltó un gruñido bajo al sentir la presión en su entrepierna gracias a los masajes que la rodilla del pelinegro también le estaba dando, mientras se dedicaba a comer esos botones que parecían de chocolate. El cuerpo de Takao empezó a moverse para poder friccionarse más contra la erección de su novio una vez también fue liberado del pantalón y ropa interior.
Ahora los dos estaban desnudos por completo y cuando sus pieles se rozaban con tantas caricias mientras que sus lenguas combatían eróticamente en varios besos y las manos de cada uno empezando a memorizar el cuerpo desnudo del otro.
Se miraron a los ojos, rozando sus narices y golpeándose con sus respiraciones, así como sus rostros acalorados indicaban que estaban acelerados por completo, que la adrenalina en sus venas expresaba muchas cosas; no solo la lujuria o perversión del momento. Sino también el amor que se profesaban.
Takao empujó el peliverde sin despegar sus ojos azules de los verdes.
— ¿Qué estás…?
—Yo también quiero hacerte sentir bien, Shin-chan —Takao sonrió. Su rol no evitaba que tomara el control.
Por ello, se sentó en las piernas ajenas para así poder rozar sus erecciones con fuerza y Midorima ante la visión, se sonrojó de golpe y gimió roncamente. No pudo más, jaló al pelinegro de la nuca y volvió a besarlo con insistencia y frenesí, siendo correspondido de la misma manera. Y con ambas manos, Kazunari empezó a masturbar ambos miembros, como si estos se besaran del mismo modo que ellos. Continuaron así un rato hasta que los dos sintieron como el pre seminal empezaba a salir a la vez que Takao se permitió dejarle marcas de besos y mordidas también al cuello de su pareja.
Luego, prosiguió a deslizarse y por inercia corporal, Midorima se sentó en la cama, porque era así; sus movimientos se acoplaban perfectamente al pelinegro, ambos se leían a la perfección. Pero eso no evitó que soltara un jadeo y gemido de sorpresa y placer, cuando la boca de Kazunari se metió el pene del peliverde, empezando a succionarlo lentamente. Sus ojos hervían con esos ojos azules plateados que no se despegaban de los orbes esmeraldas de Shintaro. De verdad que ese revoltoso pelinegro lo estaba volviendo loco.
—Agh…, Takao… —gimió nuevamente Midorima y de un tirón se quitó las vendas que aún tenía en sus dedos, para así poder acariciar el rostro de su pareja mientras recibía esa maravillosa felación y luego le sujetó de sus cabellos como si fuera el tesoro más grande del mundo, aunque la verdad, así lo consideraba. Y con su otra mano apretó las sábanas, jadeando intensamente por la calidez de la boca de su novio, si así se sentía estar en ese lugar, no se imaginaba como sería estar dentro de él como se debe.
En respuesta, el pelinegro aumentó los vaivenes en ese miembro erecto y palpitante dentro de su boca, apretándolo con su lengua y dejando que su saliva escurriera junto con el pre seminal para así poder masajear los testículos de su novio devotamente. Estaba encantado con la expresión de placer que tenía Midorima, se veían tan bien en su rostro mayormente serio.
Sin embargo el peliverde no se iba a quedar quieto, no ahora que su cascarón se había roto por completo, así que ahora empujó sin brusquedad a Takao para situarse encima de él y devorarle los labios con saña, sintiendo el propio sabor de su pre seminal, pero no le importó. El pelinegro gimió audiblemente cuando la mano ajena empezó a masturbarle con insistencia y se estremeció fuertemente.
—Shin-chan… —gruñó ahogadamente cuando ahora fue su turno de sentir como la boca de su peliverde empezaba a atender no solo su miembro, también a repartir lamidas en su recto de forma lenta sin por ello detener las masturbaciones que le hacía.
Shintaro lamió aquel pequeño agujero que empezó a sonrosarse hasta que consideró prudente introducir su lengua ahí y empezar a moverla con suavidad para que ese interior se acostumbrara. Se sintió complacido al escuchar los gemidos que soltó el pelinegro por esa acción. Y aunque Takao se sintió incómodo no solo por la invasión, tan pronto su entrada se acostumbró, se dejó llevar nuevamente y bajó la vista para ver las acciones de su pareja.
Una vez el peliverde se entretuvo jugando con su lengua en aquel lugar que poco a poco empezó a ablandarse, introdujo un dedo previamente humedecido con el pre seminal de ambos y su saliva. Takao soltó un sonido extraño entre gemido y gruñido, pero no detuvo sus acciones, al contrario, su mirada febril indicaba que quería que siguiera. Y Midorima así lo hizo.
Así que, uno a uno, tres dedos se encontraron dentro del ojiazul, moviéndose con insistencia cuando al fin encontraron ese punto especial ajeno, causándole jadear más desesperadamente.
—Me quiero correr… contigo dentro, Shin… Agh —Takao apretó las sábanas con fuerza y su pecho resplandecía del sudor con sus caderas moviéndose ligeramente, en busca de más, porque ahora eso ya no era suficiente.
Esa frase hizo palpitar con más fuerza la erección del peliverde, quien estaba jadeando de igual modo. Ciertamente, él también ya no podía esperar, de verdad sentir a su adorado Takao, quería hacerlo suyo ya, quería marcarlo, dejar en claro que solo le pertenecía y borrar así todo mal recuerdo del pasado. Demostrarle cuanto le quería.
Por ende, Midorima sacó los dedos y se acomodó mejor entre las piernas ajenas, gruñó cuando la mano de Takao le sujetó su pene para empezar a introducirlo.
—Esp-… —intentó decir Shintaro, pero fue callado por un beso apasionado y febril por parte del ojiazul, al ser jalado de un brazo.
La mano de Takao soltó el miembro ajeno cuando el fin este estuvo dentro de su cuerpo.
Y en el momento que la calidez y estreches maravillosamente perfecta rodeó y abrigó el pene de Midorima como lo mejor del mundo, así como cuando Takao sintió el miembro ajeno de su pareja llenarle no solo físicamente, los dos supieron que fueron hechos para estar juntos.
El audible gemido que dieron, secundó eso.
Pese al sentimiento febril que les quemaba la piel y el alma como una bomba, una paz les inundó por completo, se sintieron plenos, perfectos.
Era una inevitable atracción de esas que ni el mismo destino podría separar sin importar qué, de esas que dejan sin aliento, que consumen, que hacen ya no estar atado a la gravedad de la tierra, sino a una persona en sí.
Así era su relación, por más piezas diferentes que fueran Midorima y Takao, encajaban perfectamente, porque los dos se conocían pese a tantas diferencias y aun así, cada uno era capaz de romper las barreras ajenas y regresarlos a la realidad, así como algo completamente surreal.
Cada uno era como un espejo donde se reflejaba todo de ellos.
Las embestidas empezaron a golpear el interior de Takao, causándole dolor, pero también placer, pero no le importó, porque era lo que quería y estaba siendo genial. Se abrazó con fuerza al peliverde y ladeó la cabeza cuando Midorima empezó a besarle el cuello con hambre y deseo insano. No tardó mucho para que las manos del peliverde sujetaran la parte trasera de las rodillas para flexionar las piernas de su novio hacía delante y así elevar más esas caderas para permitirse embestir de mejor manera, escuchando como el chapoteo de sus cuerpos era la musa que los acompañaba esa noche de verano.
Shintaro había tenido razón a que su imaginación no le había hecho justicia cuando pensó como sería estar dentro del pelinegro. Sentía que era consumido placenteramente por como esos músculos internos lo engullían. Porque sus cuerpos encajaban perfectamente, habían sido hechos para volverse uno en algún momento de su vida.
— ¡Shin… ngh! —Takao no pudo reprimir ese casi grito cuando el pene ajeno golpeó justamente su punto especial y en consecuencia, apretó más sus músculos alrededor de la virilidad ajena.
— ¡Agh…Kazu…nari…! —gimió Midorima de forma ronca el nombre de su pareja con el ceño fruncido por el placer descomunal que empezaba a enviar descargas eléctricas desde su columna hasta su pene. Con esa estrechez de ahora, no duraría tanto tiempo.
El pelinegro se sintió completamente dichoso al oír su nombre salir de los labios y voz del peliverde, por ellos sus caderas empezaron a moverse también, en busca de querer sentir más ese palpitante y rojo pene en su ser. Takao gemía sin pudor y veía a los ojos a su pareja durante unos momentos, porque luego volvieron a besarse. E inconscientemente, Midorima le mordió el labio inferior con fuerza, porque sentía malditamente esos movimientos de cadera de su chico.
Su ronca voz emitió otro gemido ahogado en la boca del pelinegro cuando por fin todas esas descargas eléctricas le hicieron estremecer de golpe y liberó su esencia ahí dentro. Takao al sentir ese caliente líquido golpear su próstata, perdió el completo control y su cuerpo dio fuertes sacudidas, enterrando sus uñas en los brazos ajenos justo en el momento del orgasmo que le hizo echar la cabeza hacía atrás, rompiendo el beso y con la mirada dilatada por semejante placer, gimió.
Realmente esto había sido lo mejor. Ahora cada uno estaba marcado por el otro, hermosamente marcado en la piel y su alma.
De nueva cuenta, el celular de Kagami volvió a sonar, rompiendo ese momento cercano, haciéndolo chasquear la lengua.
—Es Aomine-kun —avisó Himuro, quien agarró el celular ajeno, porque ese sonido solo le estaba impacientando.
—… Contesta, estamos saliendo de la ciudad, así por lo menos debemos dejar pista —Kagami lo decidió de momento, quizá si solo él fuera quien estaba en problemas, no hubiera contestado para evitar preocupaciones innecesarias, pero en esto no solo dependía su seguridad, sino la del pelinegro—. Ponlo en alta voz.
Himuro así lo hizo. El pelirrojo suspiró al oír los gritos del moreno, sobre porque otro respondía su celular.
—Joder —gruñó Kagami, cuando el otro automóvil volvió a golpearlos por detrás.
— ¡Digan qué demonios está pasando! —exclamó Aomine en una orden, ahora ya no solo estaba molesto, sonó ansioso, porque fue capaz de escuchar el estruendo de los autos al chocar.
—Estamos en problemas, Aomine-kun —ese fue Himuro quien respondió—. Taiga no puede contestar porque está intentado perder a unos sujetos que nos vienen persiguiendo desde hace media hora.
— ¡¿AH?! ¡¿Dónde están ahora?! —resonó la gruesa voz de Aomine— ¡Kagami, idiota, ¿dónde estás?!
El pelirrojo apretó los dientes y maniobró, haciendo girar el automóvil en círculos con los chillidos de las llantas en el pavimento que levantó una nube de polvo ligera.
— ¡KAGAMI! —repitió la voz de Aomine al no recibir respuesta y es que el pelinegro tampoco pudo contestar por la presión y movimiento del auto, además que se sujetó del asiento.
— ¡Estamos en el kilómetro cincuenta y dos! —contestó Kagami al fin, alterándose al darse cuenta que los otros automóviles volvían a casi alcanzarlos, hasta que recibieron otro empujón.
— ¡¿Cómo son los autos que le siguen?! —volvió a preguntar Aomine. Mediante el altavoz se escuchó un tiradero de cosas.
—Un Chevrolet azul y el otro un negro. No podemos ver a los conductores, porque ya estamos fuera de la ciudad, pero no podemos perderlos —dijo Himuro.
— ¡Mierda! —Kagami dio otra voltereta, pero esta vez no pudo moverse con la misma libertad, porque el auto azul lo interceptó, golpeando la parte delantera de su auto— Oh, no se los voy a permitir —rugió cual tigre y volvió a seguir su camino.
— ¡¿Qué está pasando ahora, Kagami?! —exclamó Aomine nuevamente.
— ¡Taiga, cuidado ahí! ¡Hay otro más ahora! —gritó Himuro con la expresión descompuesta.
— ¡Maldita sea!
Pero Kagami no pudo hacer nada para evitarlo, porque justamente un auto rojo venía para golpearlos justo de frente y no podía girar hacía sus costados porque tenía pegados a los otros dos, de modo que lo único que hizo fue salir del camino de la carretera, que por fortuna solo era terracería y no ningún barranco. Sin embargo, eso no impidió que terminaran estampándose en un árbol con tremenda fuerza. Afortunadamente, las bolsas de aire se activaron y los golpes no fueron peor.
Mas los dos chicos habían quedado inconscientes y el celular de Kagami había salido volando, rompiéndose al caer por el impacto.
— ¡KAGAMI, MALDITA SEA! —exclamó Aomine, completamente alterado cuando la llamada se cortó.
— ¡Dai-chan! ¡Tenemos que avisar a la policía ya, y a los demás! —dijo Momoi, preocupada, puesto gracias a que el moreno también puso el celular en el altavoz, se enteró de todo.
—Avísales tú, yo no me quedaré a esperar de brazos cruzados —espetó Aomine, yéndose a buscar quien sabe qué a su habitación con prisa.
— ¡Pero, Dai-chan, no debes actuar imprudentemente!
El peliazul miró a su amiga fijamente.
—No soy tan imbécil como para no darme una idea de quienes podrían ser los tipos que perseguían a Kagami, ¿acaso no recuerdas, Satsuki?
La aludida se quedó impactada unos segundos. Y cuando por fin entendió todo e intentó volver a detener a su amigo, este ya se había ido en su motocicleta.
Porque definitivamente no iba a esperar la tardada búsqueda de la jodida policía, él mismo encontraría a Kagami, costará lo que costara y de una vez se encargaría de zanjar ese maldito asunto del pasado con el imbécil ese de Haizaki. Ya que ahora al fin comenzó a unir los cabos sueltos de las cosas y era obvio que todo eso se trataba por ese tipo.
Aomine condujo como loco, que de no haber sido por su experiencia y excelencia con las motos, hasta se hubiera accidentado. Pero no, su mente estaba solo concentrada en encontrar y rescatar al pelirrojo, sobre todo porque estaba seguro que Haizaki no hacía eso para atraerlo precisamente, sino para vengarse de él por lo sucedido con cierto rubio.
La noche se sentía bastante fúnebre y callada, pese a ser verano. Daiki ignoró eso cuando llegó justamente al kilómetro cincuenta y dos, donde a lo lejos pudo ver perfectamente un carro estrellado contra un árbol. Apretó los dientes y se tensó, frunciendo el ceño. No dudó y se acercó hasta la zona, donde pudo distinguir marca de otros neumáticos.
Estando a las afueras de la ciudad, era imposible tratar de adivinar donde demonios estarían ahora, además que la zona era completamente diferente la de hace cuatro años. Sin embargo, Aomine sabía bien los gustos del bastardo ese y su instinto de algún modo le ayudaba, porque sí, él realmente estaba conectado con Kagami.
Resultó que Kuroko terminó citando a Momoi a la estación de policías cuando esta se comunicó con él nuevamente. Ahí la chica se llevó la enorme sorpresa al encontrarse a sus dos viejos amigos de la preparatoria.
— ¡Muk-kun! ¡Akashi-kun! —exclamó Momoi con un gesto de sorpresa y luego se acercó a saludarles con un abrazo suave— Pensé que vendrían hasta las vacaciones de otoño luego de estos dos años que ni venían.
—Kise estuvo hablando conmigo todo el tiempo —explicó Akashi con una sonrisa ligera—. Siempre me mantuvo al tanto de todo lo que hacían y fue por ese hecho que algo me llamó la atención y decidí visitarlos de una vez. Además de que comprobé algo en mi estadía en Kyoto —su rostro volvió a tornarse serio tras decir eso.
—Eh, ¿dónde están Mido-chin y Mine-chin? —preguntó Murasakibara, quien comía quitado de la pena otra caja de pocky.
—Estuve intentando llamar a Midorima-kun, pero tiene su celular apagado —respondió Kuroko con serenidad.
—Y Dai-chan… —Momoi suspiró con resignación y desaprobación— No quiso venir, dijo que el haría las cosas por su cuenta y no pude detenerlo.
—Si ha hecho eso, adivino que él ya se ha dado cuenta de las cosas. Aunque, aclárame algo, Momoi —los ojos rojos del menor de estatura, la miraron con atención—. Aomine no actuó así simplemente por Kise, ¿verdad? —pese a la pregunta implícita, eso sonó firme, como si ya lo supiera.
La pelirrosa sonrió cortamente. De verdad que el chico no había cambiado en nada.
—Así es. El novio de Dai-chan es quién también está en problemas.
—Ah, sí, Kagami Taiga —Akashi asintió.
—Tal vez debería avisarle a la madre de Kagami-kun y la de Himuro-san —masculló Kuroko, mirando su celular.
—Todavía no, Kuroko. Sería ponerlas bajo presión, mejor hacerlo cuando tengamos ya los buenos resultados —la voz de Akashi sonó segura, dejando en claro que no fallaría.
—Pero, ¿cómo? —Momoi la miró perpleja y preocupada.
—Normalmente Kise me hablaba desde su celular en varias aplicaciones y desde esas conversaciones, lo ubicaremos con su chip —explicó Akashi de forma calculadora y fría—. Y estoy absolutamente seguro de que donde él este, estarán Kagami-kun y su amigo.
—Tú padre… —Kuroko frunció ligeramente el ceño.
—Él está en otra misión ahora y después de todo, yo ahora soy el subjefe de la policía en Japón —Akashi sonrió con suficiencia, dándole confianza a los otros chicos, que no dudaban para nada de él.
Los ojos de Kagami se abrieron de golpe cuando recobró el sentido y lo único que vio fue una maldita oscuridad, parecía que estaban debajo de la tierra, porque a lo lejos se percibía algo de música, cosa que parecía raro. Y solo una pequeña lamparilla frente a la puerta le brindó algo de luz al colarse.
— ¡¿Himuro?! —llamó, de pronto, con la voz ansiosa y sentándose como pudo, pues sus manos estaban atadas por detrás con un lazo. Aprovechó que al parecer estaba solo, para empezar a forcejear, intentando aflojar el maldito nudo, lastimándose la piel.
—Taiga, estoy aquí. Cálmate —musitó la voz de Himuro, siempre tranquila, pero esta vez tenía un tinte perturbado. Él también estaba atado de manos tras su espalda—. ¿Puedes seguir mi voz? Tengo una pequeña navaja que simula ser mi llavero, está en la bolsa de mi pantalón.
—Entonces, sígueme hablando.
Y así lo hicieron. Tal parecía que los sujetos que les tenían ahí capturados, estaban ocupados en otra cosa. Por lo que de forma rítmica, Himuro repetía y repetía el nombre del pelirrojo para guiarlo con su voz, cosa que causó el último chico se sintiera extraño, con una tranquilidad en el ambiente, pese a su situación. Poco a poco, los ojos de ambos, se iban acostumbrado a la oscuridad, además de que la luz de afuera iluminaba solo un poco, por ello Kagami logró llegar hasta el pelinegro, quien suspiró aliviado.
La parte difícil vino, cuando Taiga se tuvo que agachar para sacar con su boca el famoso llavero del bolsillo delantero ajeno, eso causó que los dos chicos se sonrojaran un poco por eso, sintiendo un cosquilleo en la piel. Cálmate, cálmate, es solo para desatarte, pensó Kagami, acelerado. Se le hizo eterno al estar intentando sacar las jodidas llaves, hasta que al fin pudo.
—Bien, Taiga, pero ahora… —Himuro apretó sus labios y desvió la mirada por lo que iba a decir, esto no lo hacía a propósito, pero de todos modos no evitaba que sus latidos estuvieran frenéticos— Debes poner la base del llavero en mi boca para que así yo pueda cortar la soga.
—…V-vale… —Kagami se sonrojó fuertemente, agradeciendo la oscuridad del cuarto. Su pulso se volvió a acelerar. Y guiándose por el sonido de la respiración del pelinegro, empezó a inclinarse como si fuera a besarlo, pero obviamente no iba a hacer eso. Se empezó a poner nervioso, mas trató ignorar ese hecho, él era como su hermano, no debí importarle, ¿cierto?
Y cuando le entregó el llavero a Himuro desde su boca a la ajena, los labios de ambos se rozaron un poco, causando que los dos chicos se estremecieran con fuerza y jadearan.
— ¡L-lo siento, Himuro! —masculló Kagami, completamente avergonzado, Dios mío, ¿qué era esa sensación tan pacífica que le inundó el pecho y mente? Una emoción completamente familiar le sacudió el cuerpo con violencia. ¡Contrólate, joder, contrólate!
Aún con eso, recordó cuando fue la primera vez que besó al peliazul y solo así pudo calmarse de estas sensaciones sin sentido alguno.
Himuro simplemente negó y omitió un suspiro.
A lo lejos, se escucharon unos pasos, por lo que rápidamente Kagami se puso de espaldas y el pelinegro se inclinó hacia delante al estar sentado, para con cuidado apretar con los dientes el botón suave que liberó la pequeña navaja y así, con mayor exactitud y cuidado, empezó a cortar la soga.
Pero no logró hacerlo por completo, pues la puerta se abrió de una patada y gracias a que estaban a oscuras, es que Himuro aventó la navaja a un rincón para que no la vieran y se metieran en un lío.
Kagami solo se embrocó en el piso.
—Heh, parece que ya despertaron las princesas —dijo una voz burlona y se escuchó el lametón de algo—. Miren, les traigo compañía.
La luz de la habitación que olía a húmedo, se encendió y en ese momento, Kise fue empujado hacía el suelo, junto a donde estaba el pelirrojo embrocado.
— ¡Kise! —exclamó Kagami, mortalmente sorprendido y preocupado al notar el estado cansado del rubio, al que parecía que estuvieron golpeando un buen rato. Además de que tenía el labio roto y su cabeza sangraba— ¡¿QUÉ DEMONIOS LE HICIERON, BASTARDOS?! —rugió, sentándose como pudo y asesinándolos con la mirada.
—Tú no estás en posición para exigir respuestas, imbécil —le respondió el chico que parecía tener todo su cabello con pequeñas y delgadas trencillas.
—Kagamicchi, no lo confrontes. Shogo es un tipo peligroso —jadeó Kise, abriendo sus ojos un poco, para ver a su amigo.
Pero el pelirrojo no estaba dispuesto a escuchar algo como que debería mantenerse tranquilo, no cuando vio en el estado que dejaron a uno de sus amigos, no cuando Himuro corría peligro también. De ninguna manera iba a permitir que les dañaran, aunque fuera bajo su propia salud.
—Tú, maldito bastardo, me las pagarás —siseó Kagami, furioso. Su mirada hervía de ira y se percibía en este un aura completamente amenazante.
Haizaki solo se rió.
—No puedes hacer nada así, idiota —se lamió su dedo pulgar y sonrió con malicia, comenzando a acercarse al pelirrojo.
El pelirrojo estaba preparado para cualquier cosa, mas no se esperó la velocidad y precisión con la Shogo se movió, dándole semejante patada en la cabeza.
— ¡Taiga!
— ¡Kagamicchi!
—Bah, el desgraciado de Daiki no se busca a gente fuerte, que aburrido será cobrármelas con este inútil.
— ¡Déjalos a ellos, Shogo! ¡Se supone que desde un principio me querías a mí, aquí me tienes! —Kise le miró serio, frío. En su mirada no había nada del chico amable y carismático que se mostraba siempre con sus amigos.
—En todo este tiempo, Ryota, perdí el interés completo en ti —Haizaki lo miró de forma superior—. Todavía tengo ganas de follar tu perfecto cuerpo, pero no quiero tenerte con vida ya.
— ¡Pues entonces solo mátame y deja a mis amigos! —exclamó Kise, furioso.
—Él me servirá para joder a Daiki y a ti no dejaré en las puertas de la muerte tan fácil —en ese momento, Haizaki sacó un arma y disparó dos veces, que pasaron rozando las piernas del rubio.
Kise ahogó un alarido de dolor y cayó al suelo, embrocado.
—Heh, espera, Ryota, ahora me desharé del inútil este y su amiguito para seguir jugando contigo —repuso Haizaki entre risas.
Himuro, que se había quedado sin ser capaz de moverse al ver como dejaron inconsciente al pelirrojo, reaccionó cuando escuchó el gatillo activarse. ¡No voy a dejar que le arrebaten la vida a Taiga, de ninguna manera!
Y aunque Haizaki disparó, el golpe que recibió justo en un costado, siendo este una patada, le hizo fallar, así que la famosa bala, solo rozó la mejilla de Himuro.
—Tú no estás en posición de intentar dañarles —la voz profunda de Aomine apareció en la habitación. Tenía un bate de madera en las manos.
Haizaki lo miró sorprendido por unos segundos, la verdad no pensó que el peliazul entrara tan fácil, porque tenía a varios de sus chicos cuidando todo el lugar. Pero tal parecía que Aomine los había vencido.
—Hah, Daiki, bastardo —sonrió, tosiendo un poco por la patada en su costado que a penas y logró esquivar para que no lo mandara a volar contra la pared—. Mira, y yo pensaba que no me iba a divertir —se rió entre dientes, lamiéndose su dedo pulgar—. Pero, le diré lo mismo que a tu noviecito: no estás en posición de creerte capaz de vencerme, Daiki —su expresión se tornó amenazante y una sonrisa cruel apareció en sus labios cuando con la pistola apuntando al pelirrojo.
— ¡…! —Aomine sintió la ansiedad apoderarse de él, porque su pareja no estaba consciente, más bien estaba sangrando de la cabeza.
—Nos vas a hacerle daño —dijo la voz seria de Himuro, sus ojos hervían como nunca antes. Ya no parecía la gacela siendo cazada, parecía como si fuese un dragón, el cual estaba dispuesto a proteger su tesoro más grande. Interpuso como pudo su cuerpo para quitar de la puntería al pelirrojo.
—Bueno, te mato y ya —se carcajeó Haizaki, cambiando de objetivo.
En ese preciso instante, la cabeza de Kagami empezó a retumbar con fuerza y cuando escuchó el gatillo activándose, a su mente llegaron un millón de escenas perdidas, justo como si fuera un televisor acabado de encender en el momento de una programación. Eran como vídeos adelantados en su mente, cosas que serían imposibles comprender si se vieran desde el ojo humano, pero aquí no solo el cerebro del pelirrojo las leía y observaba, sino también su corazón. Por eso esta vez, pudo entenderlo y saber todo.
Y de un movimiento rápido, tan rápido que quizá no existió, jaló sus manos, liberándose de la maldita soga que había quedado vulnerable gracias al corte de hace unos momentos. Por eso fue capaz de jalar a Himuro y ponerlo contra el suelo, mientras lo cubría con su cuerpo.
Su cadena con el anillo tintineó y cuando sus ojos vieron a Haizaki, todos notaron la diferencia de este Kagami.
—Bajo ninguna circunstancia te dejaré dañar a Tatsuya.
Los ojos del pelinegro se abrieron como platos y sintió como su respiración se detuvo, porque desde que estuvo en Japón, era la primera vez que Kagami decía su nombre, estando consciente de ello.
—Taiga, ¿tú…? ¿Tú acaso…? —tartamudeó Himuro, con una expresión difícil de interpretar.
—… Sí, Tatsuya, me acuerdo de ti. Me acuerdo de todo.
JEHEHEHE.
Al fin estalló la bomba.
Así que si antes creyeron que había drama, pues déjenme decirles que mejor prepárense ahora, porque de verdad conocerán esa vena del drama que me cargo(?). Aunque quizá para muchos no sea tan fuerte… creo xD. De todos advierto, jaja.
Espero que por lo menos la probada de MidoTaka les haya aliviado.
¡Anímense a dejarme sus comentarios, por favors!
Los adoro a todos ustedes :3.
