¡Hola nuevamente! Sé que no ha pasado ni tres días que actualicé :v, pero no importa; quiero recompensar de alguna forma todo el tiempo de espera al que han estado xD. Además también me siento muy emocionada porque el rumbo de la historia va muy bien, ya saben, drama a full uwu.
Sé que a muchas les partió el corazón la ruptura entre Aomine y Kagami, sin embargo, ya saben el carácter del moreno y además el modo en que se enteró de las cosas :c
Bueno, esto continúa en lo mejor(?), así que les dejo leer xD.
—Hah… —Kagami tenía la expresión crispada y terminó reclinándose en un árbol, donde se deslizó.
Si antes creía que la estaba pasando mal, ahora estaba mucho peor.
Ni siquiera era capaz de moverse, solo tenía apretado los dientes con fuerza, porque su pecho le dolía. No, mejor dicho, utilizar la palabra "dolor" no le hacía justicia al pesar que estaba sintiendo en estos momentos, bajo la lluvia que le bañaba el rostro como si estuviera llorando.
Que amara también a Himuro no le quitaba el dolor agonizante que sentía por esto, porque acababa de romper con Aomine, con él, que era como el sol de su cielo. Sintió frío y se estremeció, ya no sentía esa calidez de siempre, ahora que el moreno se había alejado caminando, ya no sentía una parte esencial de su persona.
Era como si tuviera un agujero donde antes estuvo ese sol que siempre le brindó vida, que siempre le dio calor, le dio esa intensa pasión.
Kagami bajó la cabeza con un nudo en la garganta, la cual le ardía. El cabello le cubrió los ojos y sentía que estaba al borde del barranco. No podía, no podía con esto, estaba completamente destrozado. Todo su cuerpo hormigueaba dolorosamente, incluso su estómago estaba acalambrado, como si tuviera un nido de avispas ahí y le picaran sin compasión. Y era un dolor que no le permitía moverse, que le heló la sangre.
Su mente solo tenía el sufrimiento de lo que acaba de terminar ahora, no le dejaba pensar en nada más, no le daba oportunidad hacer nada más. Y en sus oídos retumbaban las últimas palabras que Aomine le dijo, ¿cómo es que le había terminado tan fácil? ¿Así cómo así? ¿De verdad era tan incapaz de escucharlo?
Apretó los dientes y los ojos azules prepotentes de Aomine aparecieron en su cabeza; no iba a poder olvidar la forma en lo vio antes de irse. ¿Era tan difícil de entender su situación actual? ¿De verdad creía el peliazul que con romper haría que todo lo que habían vivido desapareciera de su mente como si fuera amnesia?
No había pasado ni una hora y ya sentía el peso de la ausencia de Aomine en todo su ser.
Aunque parte de él también sabía que este desenlace era lo más justo, ya lo sabía, ¡pero igual le dolía, maldita sea! Y es que no solo se trataba de eso, ahora ya no estaba cargando con el dolor de perder a la persona que tanto amaba, no; estaba la confusión que lo atacaba y que le nublaba todo. Y eso, combinado con el dolor, hacía que viera el mundo como si tratara de ver a través de un lago con agua turbia.
Estaba cayendo a un precipicio sin fondo y oscuro, no podía ver nada, no podía ver lo mismo que antes.
¿Qué es lo que estaba haciendo? ¿Por qué no pudo evitar que esto pasara? ¿Por qué las cosas tenían que ser así?
Sin embargo, lejos de echarle la culpa al moreno, se culpaba a sí mismo por esto. No quería causarle daño a Aomine, pero era obvio que eso sería inevitable. Y por eso, es que parte de él se detuvo a querer impedirle que se fuera, en insistirle por lo menos para que pudiera escucharlo como él quería.
Kagami golpeó el suelo con un puñetazo que le lastimó la mano y con la otra mano se tapó los ojos, con la lluvia todavía mojándole el rostro con saña y apretó los labios con fuerza, que palidecieron por la acción.
Cualquier pensaría estaba llorando, pero la lluvia les brindaba el don de la duda.
Aomine no se sentía diferente al pelirrojo.
Solo fue capaz de avanzar una cuadra, porque de ahí se quedó reclinado en una pared de una tienda que a estas horas de la madrugada ya estaba cerrada. Ni siquiera tuvo tiempo de llegar a casa para derrumbarse, por más que se estaba haciendo el fuerte con su egocéntrismo.
Ese agujero en el pecho que estaba dando inicios de aparecer hace unos momentos, al fin había hecho acto de presencia, ahogándolo con frenesí, dejándolo sin aire, robándole su vitalidad, quisiera o no. Parecía como si sus pulmones fueran apretados por manos invisibles, del mismo modo que su corazón, intentando arrancárselos por mero placer.
Sabía bien que lo que había hecho era lo mejor, o eso le pareció en ese momento que estaba cegado por su orgullo herido y sus celos, porque no era capaz de aceptar que el corazón de Kagami le pertenecía a alguien más, no aceptaba que Kagami no lo amara solo a él, no lo aceptaba y no creía hacerlo. Sería una maldita mentira si se hubiera mostrado compresivo con eso, mas, ¿quién sería capaz de hacerlo? ¿Habría alguien capaz de tomarse todo esto con calma? Porque no era cualquier cosa, se trataba de que la persona que amaba, también amara a otra persona. Mas jodido su primero amor no podía estar, porque se viera donde se viera, una relación así, terminaría por ser completamente destructiva.
Esos pensamientos, junto con los demás, fueron lo que le impulsaron a tomar la decisión que tomó, pero ahora…
Ahora solo quería dar media vuelta e ir a donde Kagami estaba, decirle que no, que lo único que tenía era miedo, temor de que no lo eligiera a él, ¡temor de perderlo!, porque no podría seguir como si nada si ya no estaba a su lado, porque era parte esencial en su vida, porque lo amaba más que a sí mismo. Porque era como un ángel para él, siempre lo había sido. Desde que lo conoció, incluso aunque se hubo tardado en aceptar sus sentimientos hacía él, siempre lo quiso, pese a lo malo que se había portado tras saber lo que Kagami sentía por él en un principio.
Aomine no era de los que se arrepentían de algo, su ego era bastante grande, sin embargo ahora, con el corazón deshecho y la idea de que probablemente perdería a Taiga luego de esto, fue inevitable que el arrepentimiento por su inicial actitud con él no se hiciera presente.
Por cómo estaba ahora, hasta estaba empezando a creer que eso mismo estaba jugando en su contra con los sentimientos que el pelirrojo tenía por él. Y es que se estaba dando cuenta, de que si hubiera aceptado sus sentimientos desde un principio, esto se pudo haber evitado o por lo menos, sus momentos con Kagami hubieran sido más, hubiera disfrutado más de estar con él; de sentirlo bajo su cuerpo, de besarlo, de demostrarle cuanto lo amaba con sus gestos y acciones, de disfrutar sus sonrojos, de molestarlo…
Lo amaba más que el basquetbol. Lo amaba más que todo lo que conocía. Lo amaba más que la vida misma, porque el pelirrojo causaba en él esa clase de sentimiento que se puede comparar con una erupción volcánica; una explosión hermosa y febril, que va dejando gran huella en los caminos de cemento, derritiéndolos y que es imposible hacer que donde pasó, no quede como estaba antes.
Y por eso ya no se sentía igual, su persona sentía que algo le faltaba, Aomine sintió que dejó parte de sí con el pelirrojo cuando se fue.
Si tan solo no hubiera jugado con eso en un principio… porque incluso, en más de una ocasión, llegó a desear que Kagami dejara de amarlo, ya que haría todo más complicado.
Si no hubiera jugado, si lo hubiera enfrentado como debió ser, estaba seguro que hubiera sido capaz de hacer que Kagami dejara atrás ese amor por aquel pelinegro que olvidó con la amnesia, aunque llegara a recordar, ya ni eso fuera capaz de separarlos.
Pero no era así.
Incluso se había aprovechado de decir que Taiga nunca sería capaz de dejar de amarlo y he aquí ahora la situación en que estaba metido, sufriendo el maldito agujero negro en su pecho, que lo hacía casi jadear y estremecerse, por el hecho de estar perdiéndolo.
Ya no podía ver a su sol, porque eso era Kagami en su vida. Nunca se lo había dicho en palabras, porque sonaría demasiado cursi, sin embargo él era la luz que le devolvió el gusto por jugar basquetbol, le regresó la diversión y le demostró ser alguien digno. Por él había incluso aprendido algo de humildad—aunque no hiciera uso de esta siempre—, por él había vuelto a ser como siempre, por él había dejado atrás la amargura, que no supo cuando se fijó en él. Y por él, había aprendido a amar. A amar con locura, con frenesí, por él había aprendido lo que era hacer el amor, dándose cuenta que eso era un millón de veces mejor que el simple sexo.
El aguacero bañaba el rostro de Aomine, haciéndole sentir frío. Y se sintió solo, de pronto sintió lo que era la maldita soledad en su corazón ahora.
Kagami había dejado una buena huella en él, una de la que estaba seguro no podría borrar, incluso aunque lograra avanzar de este maldito estupor.
Y pese a la frialdad de la lluvia, el dolor ardiente lo abrasaba sin ninguna compasión. Nunca en su vida había experimentado algo como esto, porque nunca antes había estado enamorado y su corazón latía tristemente, enviando chispas de dolor en todo su cuerpo, como un corto circuito. Uno que en lugar de dar luz, daba oscuridad.
Y no sabía cómo iba a salir de ella esta vez.
Odiaba sentirse tan vulnerable, odiaba esto. ¿Quién le había dado el derecho a Kagami de hacerlo sufrir así? Aunque sabía que era lo que se arriesgaba al darle sus sentimientos, no podía arrepentirse, ni siquiera con este dolor tan grande era capaz de encontrar un arrepentimiento por el hecho de amarlo. Se arrepentía de varias cosas, pero no de eso.
Aunque la voz del inconsciente le susurró que tal vez era el karma de todo lo que él le hizo pasar en un principio. Y cuando Aomine logró escuchar eso, mandó al diablo a esa maldita voz interior.
Mierda, porque ahora la verdad era que no quiso terminar con él, se estaba dando cuenta que eso no era lo que quería realmente, el dolor y agonía se lo estaban dando a entender, ¿qué haría ahora con su vida? ¿Regresar a la misma monotonía de siempre? Que no es como si su orgullo le permitiera depender de alguien más para ser feliz, mas se trataba de Kagami…
¡Y Kagami destruía todas sus estúpidas barreras!, ¿cómo poder luchar contra eso?, ¿cómo? Y darse cuenta que todo lo que habían vivido era como una maldita fantasía, lo ponía peor. No pensaba de forma positiva, al menos no ahora.
—Esto es… —masculló cuando de pronto las dos gotas que cayeron por sus mejillas junto con la lluvia, no eran frías como el resto y no provenían del cielo, sino de sus ojos— Ah, no me jodan ahora… —Aomine sonrió afiladamente, por el dolor, pero solo cerró los ojos, alzando el rostro para que la lluvia lo mojara mejor.
Lo que más le dolía, era que Kagami no hizo ademán de detenerlo, no le insistió tan pronto le dijo que romperían. Y darse cuenta de eso, fue como si pusieran veneno en su corazón.
El cuerpo de Kagami estaba completamente agarrotado, aunque tampoco tenía prisa por levantarse e irse, no. Estaba dejando que la lluvia siguiera mojándolo. No le importaba si se resfriaba, si le daba hipotermia estar ahí afuera en plena madrugada con ese aguacero que solo le hacía sentirse más solo.
Su mirada estaba perdida y su rostro inexpresivo, aparentemente, porque sus ojos todavía reflejaban ese sufrimiento que lo ahogaba y le nublaba la mente como en un inicio. Nada había mejorado desde entonces, todo seguía igual y le mundo para él ahora no existía.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí sentado bajo el árbol? Ni siquiera le dio importancia al hecho de que era peligroso estar ahí cuando llovía por los truenos, pero sinceramente eso no le interesaba ahora. Que no es como si se fuera a matar o algo similar, aunque todo lo existente en la ciudad no era visto por él.
No había nada que lo sacara del trance de ahora, quizá incluso ahí se quedaría el resto de la madrugada; ya no temía nada ahora. Su peor temor se había hecho realidad cuando Aomine le dejó y no sabía cómo le haría para reponerse de esto, porque no era el fin del mundo, pero sí de su mundo. De su relación. Y eso era todavía peor, pues para Kagami, el universo completo podía desaparecer, no obstante, si Aomine y él estaban bien, nada importaba, mas, si Aomine no estaba y perecía, el mismo mundo, no importa que tan hermoso fuera a convertirse, sería un completo desconocido para él.
Eso era algo que nadie cambiaría, sin importar qué.
Empero eso no significaba que su elección ya estuviera tomada, porque estaba lejos de siquiera imaginar lo que se vendría ahora.
Pese a lo tarde que era en la ciudad de Tokyo, una hermosa mujer de cabello color caoba estaba vestida con un abrigo de piel que le llegaba hasta la rodilla y usaba unos lentes negros, así como un pantalón de mezclilla mientras estaba sentada en aquella oficina silenciosa, ignorando que había más de una persona en esa casa. Cualquier mujer en su sano juicio, consideraría ese lugar realmente peligroso.
Pero Mika no era mujer cualquiera, ella era firme y recta. Y estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de "salvar" a su hijo, porque siempre conseguía todo lo que se proponía; siempre fue así.
Cuando quiso conquistar a Yuu, su ex esposo, lo logró, sin haberle importado el hecho que él ya estaba comprometido con una de sus amigas y sin importar el hecho de que la situación social de ella fuera inferior. Y del mismo modo hizo cuando quiso el divorcio luego de que haberse hartado de ser tan paciente con las salidas de Yuu por su trabajo, así como del mismo modo en que logró que él se quedara con la custodia de Taiga en el tiempo en que Mika regresaba a su país natal para hacer prosperar su negocio.
Claro que de haber sabido que eso causaría que su hijo empezara a seguir a un enfermo homosexual, se lo hubiera pensado dos veces y no hubiera dudado de llevárselo a Japón en ese momento. De hecho, Mika ni siquiera estuvo de acuerdo cuando Yuu le dijo que se casaría otra vez y de no ser porque en ese momento su negocio estaba justo donde quería, hubiera regresado a América y hubiera hecho hasta lo imposible para que el padre de Taiga no le diera una madrastra.
Una madrastra que ella detestaba. Porque nunca consideró a Alex propia para cuidar de su hijo y eso se reafirmó cuando descubrió esa enferma relación con ese tal Himuro.
Si por ella fuera, los desaparecería de la tierra más rápido de lo que se imaginaban, con tal de evitar que su Taiga cayera en ese camino.
No obstante, ella no era una asesina y no se mancharía las manos por personas insanas como esos dos, para eso, contaba con poder recurrir a otras personas igual de "enfermas" para que hicieran ese trabajo.
Había tenido tanta suerte que esa misma oportunidad se le hubiera ofrecido tan de forma conveniente.
Y es que en la mañana, justo cuando estaba por irse a trabajar, un extraño muchacho de cejas pobladas del inicio que iban adelgazándose hasta el final, se acercó a ella.
Sabía perfectamente que eso fue demasiada coincidencia, pero no se iba a detener con tal de proteger a su hijo, del mismo modo en que no se detuvo al cuidar a su madre luego de que cayera enferma cuando su padre le fue infiel con otro hombre y huyó.
Mika suspiró impaciente y tamborileó sobre la mesa de madera, mientras estaba cruzada de piernas.
—Sea paciente, señora —musitó la voz de aquel joven que había encontrado en la mañana.
—Me tienen esperando desde hace una hora, esa es suficiente paciencia, jovencito —replicó Mika con una mirada desaprobatoria.
—Vaya, vaya. Así que esta señora es la madre de ese pelirrojo, ajaja —una nueva voz apareció en la sala.
La madre de Taiga buscó con la mirada al dueño de aquella voz y se sorprendió un poco al ver al muchacho de cabello negro con rastas; tenía el rostro bastante lastimado y aun así sonreía prepotente mientras se limpiaba la sangre de la boca.
—Te tomó mucho tiempo escapar, Haizaki.
—Ese no hubiera sido el caso, si tu maldita ayuda hubiera llegado antes, Makoto —respondió Haizaki de forma violenta, pateando una silla y sentándose frente a la mujer.
— ¿Qué clase de confianza pretendes darme con ese aspecto tan lastimero? —inquirió Mika, enarcando una ceja y cruzándose de brazos.
—Hoh, eso es culpa de su maldito hijo, tsk —Haizaki escupió en el piso más sangre. Aunque en el camino sus colegas le venían limpiando como podían la sangre mientras huían, no fue suficiente.
Y es que estaban escapando de Akashi, aunque no fuera él precisamente quién los estuviera siguiendo en la patrulla, pero sabía que a partir de ahora, debía ser mucho más cuidadoso, porque por supuesto que se iba a vengar.
— ¡Cuida tu maldita boca, mocoso, no hables así de mi niño! —exclamó Mika, mostrando un carácter bastante molesto. Fue entonces que lo comprendió todo; era una mujer bastante inteligente, eso sí— Tú… ¡¿Tú eres el desgraciado que dañó a mi Taiga?! —se incorporó de la silla y miró de forma furiosa al chico de rastas.
—Ajaja, no es nada personal, señora —Haizaki arrastró las palabras al hablar, como si estuviera burlándose de la reacción ajena—. No tenía nada contra su hijo, pero la situación lo requería.
— ¿Sabes que puedo salir y denunciarte? —amenazó Mika, sin temor, pese que al estar ahí dentro, quien estaba en desventaja era ella.
—Pero no lo harás…, señora —una sonrisa ciertamente macabra se formó en los labios de Haizaki—, ¿sabe por qué? No solo porque ni te dejaría salir viva de aquí, sino porque no encontrarías a alguien tan eficaz como yo al matar gente, porque eso es lo que quieres, ¿o me equivoco?
—Hay más asesinos en la ciudad, tú solo eres un niñato y esos golpes lo confirman. Eres débil y yo no quiero a alguien débil —expresó Mika, sin sentarse todavía.
— ¿Si sabes lo temido que es el apellido Akashi hasta para los Yakuza? —Haizaki no borró su sonrisa— Sería interesante que encuentre a alguien que quiera lastimar a los amigos de un Akashi sin que sienta temor. Le dejaría que intentara buscar suerte en otro lado, pero no soy paciente.
— ¿Por qué tu interés en todo esto? ¿De verdad piensas que le pagaré al tipo que dañó a mi hijo?
—A Taiga lo utilicé para vengarme del bastardo de Daiki, estoy seguro que lo conoce —Haizaki frunció el ceño y se lamió el dedo pulgar—. Sin embargo puedo hacer la excepción de dejar limpiecito a su hijo. Contacté con usted, porque tal parece que tenemos los mismos intereses.
— ¿Qué me asegura que puedo confiar en ti? —Mika lo estaba considerando, porque debía admitir que ese chico tenía razón al decirle que difícilmente alguien aceptaría hacer lo que ella quería al tratarse de los amigos del hijo del jefe de la policía.
—El dinero, por supuesto.
—No es un problema entonces —Mika suspiró y volvió a sentarse, clavando sus ojos en el muchacho—. No quiero que arrases con todo, a me importa poco lo que tengas que hacer con tal de desaparecer a Aomine y Himuro, pero no quiero que mi hijo salga metido en esto, ¿entendiste?
Haizaki simplemente sonrió con desdén y se relamió el pulgar. Parecía que ese trato había terminado de quitarle el humor de perros que tenía cuando entró a su escondite, luego de haber huido de la maldita persecución policiaca y el dolor de la golpiza que Kagami le dio.
El reloj marcaba las tres y media de la madrugada. Había parado de llover hace una hora y el frío que hacía era todavía más intenso, no solo por el otoño, sino por la sensación del agua que quedó mojando cada lugar de la ciudad. Los charcos soltaban vapor frío e invisible, que incluso los perros callejeros se habían resguardado en algún lugar, para mantenerse calientes.
Las estrellas no volvieron a salir, el cielo se quedó nublado y el viento de vez en cuando pasaba moviendo las nubes para permitir que la Luna soltara su brillo, dando algo de luz en la noche oscura.
Sin embargo, esa luz no le llegó a Kagami en lo más mínimo.
Él estaba en el mismo lugar, no se había movido ni un maldito centímetro. Porque era como si no sintiera nada en su cuerpo, más que esa simple agonía. Nunca hubiera imaginado que Aomine tendría ese impacto en su persona, porque este dolor era completamente diferente a cuando su amor no era correspondido, era peor que las veces en las que el peliazul se había burlado de él por lo que sentía.
No obstante, pese a que no era capaz de sentir nada del mundo exterior, sus oídos si fueron capaces de reconocer y hacerlo reaccionar cuando la voz de Himuro se hizo presente.
— ¡Taiga! —se oía completamente preocupado y ansioso, porque lo estaba.
Y es que estuvo llamando a Kagami desde hace dos horas y su celular continuaba enviándolo al buzón de voz, sin saber nada más de él, y eso que le mandó un montón de mensajes también, mismos que tampoco recibieron respuestas. Por eso, Himuro no dudó ni un segundo en salir a buscarlo junto con Alex en el automóvil de esta última, luego de las dos horas que se la pasaron intentando contactarlo. Y si antes no lo hicieron, fue porque la misma Alex le dijo que probablemente no era buen momento para ir a buscarlo, pues era lógico estaría hablando con Aomine.
Pero por el aspecto del pelirrojo, Tatsuya se dio cuenta que el chico llevaba en esa misma posición y lugar desde hace bastante tiempo y eso, le hizo sentir una tremenda rabia hacía el peliazul. ¿Cómo se atrevía a dejar en ese estado a Taiga? A su Taiga, porque para el pelinegro, no le importaba si ahora Kagami amaba a alguien más, él seguía siendo suyo y no solo los anillos lo dejaban en claro, sino esos sentimientos que seguían ahí pese a los dos años que estuvieron separados y en los que el pelirrojo no recordaba nada.
—Dios mío, Taiga, estás todo empapado. Te hará mal —Himuro se puso de cuclillas, sujetándole de hombros para moverlo un poco y así indicarle que se incorporara.
Su corazón se estrujó dolorosamente cuando los ojos apagados del aludido chico le vieron. Y sintió un terrible nudo en su estómago, nunca en su vida había visto el dolor tallado de esa forma en la mirada de Kagami. ¿Qué demonios era lo que había pasado? ¿Qué era lo que el idiota de Aomine la había hecho? ¿Cómo se había atrevido a lastimarlo? Porque era más que obvio saber que el causante de sufrir del otro chico era el moreno y nadie más que él.
Himuro lo hacía responsable y tenía las ganas terribles de partirle la cara, podría ser una persona calmada, fría y calculadora, no obstante se estaban metiendo con la persona que más amaba en la vida y su instinto protector salía a flote con ganas.
—Vamos, Taiga, levántate. Te llevaré con Alex —volvió a hablar, manteniendo un tono de voz sereno, haciendo un esfuerzo para que su voz no se quebrara mientras decía las palabras, del mismo modo que trataba de no alterar su expresión. Incluso sonrió un poco.
Kagami solo lo miró. Lo miró sin decir una sola palabra y le sujetó de las muñecas, dado que el pelinegro le tenía sujeto de los hombros todavía, invitándolo a levantarse.
—Taiga… —ahora sí, Himuro mostró un poco de la preocupación que sentía en sus ojos, durante unos segundos— Vamos, Taiga, hace frío.
El chico le miró un rato más en silencio, como si estuviera examinándolo. ¿Cómo era posible que pese al dolor que ceñía su alma, con tan solo ver al pelinegro bastaba para recordarle su amor por él? Porque, que estuviera prácticamente deshecho por la ruptura con Aomine, no significaba que iba a olvidar los sentimientos de amor por Himuro.
—T-Tatsuya… —masculló Kagami. Si bien se sentía incompleto ahora, no estaba completamente apagado, porque la parte de él que amaba al pelinegro, estaba más viva que nunca.
Era lo único a lo que podía aferrarse ahora.
Y así lo hizo, no porque fuera a depender de Himuro, simplemente porque lo necesitaba, simplemente porque… también lo amaba.
Por ello, Taiga se inclinó y lo abrazó. Lo abrazó como si las fuerzas se le fueran en ello, hundiendo su rostro en el pecho ajeno. Si bien Tatsuya se sorprendió por ese hecho, que casi lo demostró al abrir bastante los ojos, sus brazos rodearon la espalda del pelirrojo y le acariciaron el cabello, mientras se hincaba en el suelo para comodidad del abrazo. Con esas acciones físicas, era tan capaz de sentir ese dolor; como odiaba verlo sufrir.
El nudo en su garganta seguía ahí y tuvo que fruncir los labios para ocultarlo al hablar.
—No estás solo, Taiga, no te dejaré solo nunca —le prometió.
Y así lo haría Himuro, no le importaba si era destruido en el proceso; la vida no era justa después de todo o al menos, él no esperaba que lo fuera. Era bastante realista.
A él también le dolía de muchas maneras todo esto; le dolía por ver sufrir a Taiga, por verlo así, él daría todo porque su chico estuviera sonriendo otra vez, irradiando energía y buenas vibras como desde que era niño, pero también le dolía el ver que ese mismo sufrimiento del pelirrojo era porque justamente estaba enamorado de alguien más. Y darse cuenta del impacto que Aomine tenía en Kagami, fue como si miles de baldes de agua helada le cayeran encima, golpeándolo con fuerza.
Taiga dio un respingo.
—Lo siento…
Himuro parpadeó ligeramente por eso. Ah, cierto, del mismo modo que él percibía el sufrir del pelirrojo, este lo hacía con él, aunque tomando a base las acciones físicas de cada uno.
—…No, no digas nada, Taiga, no te culpes más.
Pero Kagami no respondió. ¿Cómo no culparse a sí mismo? Todo este maldito lío que pasaba era porque terminó olvidándose de su amor por Himuro y hasta eso, todo empezó desde que no supo protegerlo aquella vez cuando estaban viajando hacía Las Vegas para casarse. Ahí fue donde todo empezó y el causante fue él por no cuidarlo como se debía, siendo que era la persona más importante del mundo.
Deseó haber sido él quién se hubiera quedado en coma esos dos años, deseaba ser él único quién estuviera sufriendo en todo esto, hubiese preferido que Himuro se hubiera enamorado de otra persona si Kagami hubiera tomado su lugar en el coma. Así evitaría que él estuviera sufriendo así ahora, porque era perfectamente capaz de notarlo, el cuerpo del pelinegro se lo trasmitía de forma nebulosa en el abrazo. Pese a que el contacto le llenó de calma, con esa calidez fresca que siempre destilaba Tatsuya para él desde que eran pequeños.
Sin embargo, en sus desvaríos en los que pensó que hubiese sido mejor que él fuera quien sufría el coma, su mente también rechazó la idea, porque no se arrepentía de estar enamorado de Aomine, pese al dolor que estaba sintiendo en esos momentos por su causa también. No se arrepentía de amarlo con cada célula de su cuerpo.
Y tampoco se imaginaba su vida sin el amor que le tenía, era imposible que hiciera eso, también le fue imposible no pensar: ¿lo hubiera conocido si no se hubiera accidentado? ¿Se hubiera enamorado de Aomine aún si no tenía amnesia? No lo sabía a ciencia cierta, pero si algo era seguro, era que no cambiaría por nada del mundo todo los momentos que vivió con él antes de que todo esto empezara.
La nostalgia también golpeaba a Himuro, porque así como Kagami quería mover cielo, mar y tierra para evitar este sufrimiento a las personas que amaba, así estaba él.
Tatsuya estaba dispuesto a dar todo, con tal de que su vida volviera a ser como antes; cuando eran los jóvenes enamorados que se habían aventurado al matrimonio, cuando siempre terminaban complementándose pese a lo opuestos que eran. Las veces cuando hacían el amor, sin importarles nada más, como cuando Kagami cocinaba para él, jugaban basquetbol o se decían sus sueños futuros.
Quería volver a ver a ese Taiga soñador de siempre, a ese que no estaba manchado por el dolor de ahora, no solo porque fuera egoísta, no. Sino porque más que nada, quería verlo feliz y le daba una impotencia tremenda no encontrar algo con qué confortarlo; ya que quería besarlo, decirle cuanto lo amaba y que nunca dejó de pensar en él, que incluso en el coma, siempre lo soñó.
Pero decir eso no era apropiado, al menos no ahora, estaba seguro Kagami se sentiría más culpable y lo que quería era hacerlo sentir mejor, no peor.
Por eso es que seguía abrazándolo, sin importar el hecho de que hacía frío y estaban en un lugar público en la madrugada, porque si esa era la única manera en la que podía apoyarlo ahora, lo seguiría haciendo sin importar qué.
Himuro lo cuidaría, no lo abandonaría, fuera cual fuera la elección de Kagami.
Asdjksdalasjlsda, ni yo sé qué decir. (?)
Creo que antes advertí que iba a ser medio angst esta cosa, así que espero no me linchen(?).
Well, no sé, ¿qué piensan ustedes de todo ésto? ¿Cómo consideran que es la verdadera situación de Kagami? ¿Aomine de verdad hizo lo correcto? ¿Cuál sería la mejor solución?(?) Ok, ya xD. Resumido, yo deseo saber que piensan ustedes de todo el dramón que se armó, jajaja.
Me queda solo una semana de vacaciones, así que trataré de volver en estos días para darles más capítulos xD.
¡Espero sus comentarios, eh, los adoro!
