¡HOLA! Omg, ¡ha pasado tanto tiempo desde que actualicé! ;w;

No tengo ninguna excusa realmente; que aparte del tiempo nulo, me quede sin internet y estuve pendiente de otros fanfics x'D. Sin embargo, ya estoy de regreso por aquí nuevamente, eh, no crean que iba a dejar abandonada esta historia; sobre todo, porque ya tengo el final escrito, y lo único que debo hacer, es editar los capítulos, yeey.

No pretendo entretenerlos por aquí ahora, así que, ¡disfruten la lectura!


/Lunes 21 de Octubre del 2013/

De no ser porque las paredes de aquellos departamentos eran bastante gruesas, los vecinos del departamento de Kagami se hubieran despertado por el alboroto que este armó en su habitación cuando aventó su reloj de mesa contra la pared. Y no es que él hiciera eso todas las madrugadas por deporte, no. Lo había hecho porque una profunda desesperación le había llegado de la nada mientras dormía, tanto así, que incluso entre sueños sintió que se ahogaba… era como si su cuerpo estuviera siendo absorbido por el abismo del profundo mar y sus gritos no se escucharan, pero lo curioso de ese sueño, era más bien como si se estuviera viendo a sí mismo estarse hundiendo en esa oscuridad; como si su alma estuviera observando a su cuerpo morir y sin embargo, tampoco podía ver su cara, aunque era claro que era una parte de él y eso había sido suficiente para ponerle la piel de gallina, haciendo experimentar el miedo, despertando de forma brusca y sin encontrar como detener esa sensación.

El cuerpo de Taiga estaba bañado en sudor y el sueño se había ido por completo de su cuerpo. Si despertarse a eso de las cuatro y media de la mañana le hubiese pasado otro día y de otra manera, pensaría que era porque tenía hambre y sin duda alguna se preparía algunos sándwiches u otra cosa que comer. Pero esto era diferente, no tenía hambre, solo sed y un tremendo frío. Pensó en llamar a Himuro o Aomine o incluso a Alex, mas consideró que solo era una exageración y quizá solo era el estrés, además, tampoco podía despertarlos a estas horas de la madrugada.

No obstante, era la primera vez que le pasaba algo como esto y eso era lo que lo tenía inquieto.

Luego, decidió darse otra ducha más con agua tibia y bebió un poco de leche caliente, ya en la comodidad de su cama y solo así, sintió que se calmó lo suficiente. Pero, ya no podía volver a dormir, porque ya eran las seis, la hora en que se despertaba para irse a trabajar, de modo que solo permaneció sentado en su cama, ahí unos minutos más para después levantarse a prepararse el desayuno.


El oscilante viento despeinaba el cabello morado de aquel chico gigante, quien parecía ajeno a eso, encontrándose muy entretenido comiendo un maibu de mango. Iba caminando, pero aquello no era impedimento para que siguiera saboreando sus dulces, al contrario, lo motivaban; eran como el combustible que sirve para poner en marcha a una enorme camioneta.

Pero si se tenía en cuenta que Murasakibara iba caminando hacía el departamento de Himuro, sobraba decir que no necesitaba dulces para sentirse motivado, él mismo lo sabía, mas prefería hacer caso omiso de ese hecho.

La semana pasada había compartido su compañía con el pelinegro casi todos los días, a diferencia de la ante pasada, que solo fue el miércoles y jueves por su cumpleaños.

El sábado y domingo estuvieron en contacto mediante el WhatsApp, con pláticas tan cortas, pero que lograban distraer a ambos, llenándoles el día de una mística emoción e ignorando por completo ese hecho. Y entre las palabras que lograron intercambiar, Himuro terminó invitando al pelimorado a su departamento, y eso que su madre no había tenido nada que ver. Pero parecía que su amistad iba solidificándose poco a poco; lento y seguro. Un ritmo muy adecuado, teniendo en cuenta la holgazanería de uno y la desconfianza del otro.

Era una ganancia que ahora mismo Atsushi hubiese cruzado una de las tantas paredes que Tatsuya tenía, de hecho, el primero sabía que no era una hazaña precisamente fácil. Seguramente si el pelinegro no tuviese ese "algo"—como cuando ve un dulce que sí o sí se tiene que comer— hubiese decidido no gastar sus energías en alguien que podía darse cuenta, era muy complicado. Y es que, aunque el pelimorado pareciera alguien simple, sencillo, sabía prestar atención a las cosas necesarias. Lo que significaba que pese a que Himuro no se estaba abriendo a él ni la mitad de lo que se abría con sus amigos, Murasakibara sentía que era porque algo estaba mal. Y él quería cambiar eso. ¿De dónde había obtenido esa idea? Fácil, probar los labios del chico del lunar le había regalado al gigante una bonita decisión.

Y aunque sabía lo que podía estar buscando, para el pelimorado era más fácil desenvolverse creyendo que no era así. Con ello, se evitaba fatigas innecesarias.

Los pasos de Murasakibara se detuvieron cuando un pedazo de su maibu se cayó. Algo completamente imposible, pues la consistencia de estos no era tan frágil, menos cuando sus grandes manos lo sujetaban. No era algo normal y por eso frunció el ceño. Como le disgustaba cuando sus preciados dulces se desperdiciaban de esa manera.

Para una persona más activa, algo tan atípico como esto, hubiera llamado su atención.

Sin embargo, se trataba de Murasakibara Atsushi. Y este luego de hacer una ligera rabieta mental, continuó su camino tras haber levantado el pedazo de maibu y limpiarlo lo mejor que pudo, porque no lo iba a dejar ahí tirado.

Alrededor de cinco minutos más, llegó al enorme edificio donde se ubicaba el departamento de Himuro y se adentró a éste, dando un suspiro. Solo porque se trata de Muro-chin…, pensó con un mohín en los labios, dando pasos lentos, pero largos con esas enormes piernas que se cargaba y así meterse al elevador, porque para nada iría por las escaleras.

Y para cuando llegó frente a al puerta con el número que el pelinegro le dictó, está misma se abrió y una rubia con orbes turquesa le miró.

Incluso para alguien que parecía indiferente con la mayoría de las cosas, como Murasakibara, podría notar que aquella mujer era muy hermosa, aún con la expresión de preocupación en su semblante.

— ¡Ah!, ¡Tú debes ser el amigo de Tatsuya! —saludó Alex y miró por todos lados, con un brillo de ligera esperanza, como buscando a alguien, mientras el pelimorado asintió. Pero se mordió el labio cuando no pareció complacida.

—Muro-chin dijo que… —empezó a decir Murasakibara, pero fue interrumpido.

— ¡Por favor, dime que mi hijo estuvo contigo toda la noche! —exclamó Alex y miró con firmeza los ojos morados impropios.

Como pocas veces ocurría, los ojos de Atsushi prestaron atención de verdad a su entorno. No le gustaba el aura que la rubia estaba emanando y además, se suponía que Himuro había dicho no saldría para esperarlo y por lo poco que empezaba a conocer de él, sabía no era de los que no cumplían lo que decían —a excepción de aquella vez.

—No he visto a Muro-chin desde el viernes.

— ¡¿Pero cuándo te comunicaste con él?! ¡¿No te dijo nada?!

—Ayer, cuando acordamos que vendría —Murasakibara frunció el ceño. No se había percatado que incluso dejó de comer sus dulces.

Eso ya era mala señal. Una muy mala.

—Esto no puede ser posible… —Alex hacía lo que podía para no alterarse de más, pero le estaba costando bastante y sus nervios se notaban cada vez más— Debo llamar a Taiga… —masculló.

Había una ligera esperanza que Himuro estuviera con él, después de todo, no se habían visto en casi dos semanas y no parecían dispuestos a renunciar el uno del otro todavía. Además, su hijo igualmente ya era un adulto como para que estuviera siguiéndole los pasos… Pero como su madre que era, Alexandra sabía perfectamente la manera de ser de su hijo, por lo que si él no iba a llegar a dormir, un mensaje le mandaba, al menos, cuando ambos se encontraban viviendo en la misma casa por simple respeto y así evitar preocupaciones innecesarias.

Y es que no solo eso. Tenía un sentimiento de ahogo; un miedo aplastante y sensaciones que no podía describir, pero que tampoco eran muy agradables, para nada. Era como cuando ese sexto sentido que las madres poseen, se activa.


El celular de Kagami sonó justo cuando estaba saliendo de su trabajo, aunque su turno ya había acabado hace algunas horas antes, pero por invitación de su jefe, se quedó a comer con el resto de los demás empleados. Así que serían eso de las seis de la tarde cuando por fin quedó libre.

De hecho, solo porque se trataba de comida y por educación, aceptó aquella invitación, pues no quería hacer esperar a Aomine por si se le ocurría venir otra vez para ir a jugar. Y ciertamente, hoy más que nada deseaba que el peliazul llegara a verlo como hizo la mayoría de las tardes anteriormente. Solo así, aceptaría que esa tonta sensación en su pecho se trataba de simple estrés emocional por lo que estaba viviendo.

Pero Daiki no estaba ahí y tampoco pareció haberlo estado esperando—de ser así, él hubiera entrado al local para ver porque Kagami no salía. Eso solo hizo que el anterior mencionado se pusiera inquieto. Cálmate, seguro por cosas de su escuela hoy no tuvo tiempo, pensó, tratando de convencerse, sí, sí, debe ser eso.

Su celular volvió a timbrar, pues por estar pendiente de si Aomine estaba, se le olvidó responder a la llamada, mas alcanzó a ver que se trataba de Alex. No obstante, aunque ahora sí quiso responder, cuando la cabellera rosada de cierta muchacha se apareció justo enfrente de él, mientras esta portaba una expresión bastante preocupada, su mente no lo dejó pensar en nada más, cuando parte de su paranoia empezó a salir. Porque sí Satsuki se acercaba hasta su trabajo con esa cara, solo indicaba una cosa; solo había alguien capaz de poner así a la chica. Alguien que también tenía efectos en Taiga.

— ¿M-Momoi?

—Kagamin… —ella apretó los labios y sus ojos se abrieron un poco más, cuando la esperanza que llegó a buscar en el pelirrojo se quebró. Por lo tanto, lo que llegó a decir, fue completamente diferente a lo que tenía planeado— Dai-chan no llegó a dormir y en la universidad nadie lo ha visto.

— ¡…! —el pulso de Taiga aceleró, que sintió se le hundió hasta el estómago. Quiso decir algo, pero simplemente las palabras no salían, porque en su mente apareció ese sueño, solo que está vez, la persona que se hundía en ese abismo lleno de oscuridad tenía el rostro del peliazul— ¡No!, ¡no! Él seguramente debe estar con… —intentó decir, preso del temor, no queriendo aceptar lo que parecía ser obvio.

Momoi negó con la cabeza y sus ojos se cristalizaron poco a poco.

—Ya le hablé a Ki-chan y Tetsu-kun, incluso a Midorin, pero nadie lo ha visto. Y pensé que estaba contigo, por eso no le avisé a Akashi-kun antes.

— ¡Pero yo no he visto a Aomine desde ayer en la noche! Él estaba dispuesto a irse a su casa —aclaró Kagami con un terrible nudo en la garganta.

Antes de que los dos tuvieran una pronta solución a las cosas, el celular del pelirrojo volvió a sonar. Esta vez era un simple mensaje de texto.

De: Ahomine.
Sms: Frente al hotel "Inugami" en media hora. Te necesito ahí, Kagami, y solo a ti.

Kagami no supo si sentirse aliviado por ese mensaje o mucho peor. Sí, se trataba del número del moreno, pero el texto, la manera de redactar… no le dieron ni una pizca de confianza, pese a que con un simple mensaje era difícil dudar del propietario.

— ¿Qué es, Kagamin? ¿Es Dai-chan? —Momoi se acercó para sujetarle el brazo al chico.

—No estoy seguro… —pero tampoco se iba a dar el lugar lujo de no ir. Se trataba del peliazul y Kagami no tenía opción. Frunció el ceño con decisión y guardó su celular— Yo lo buscaré por mi cuenta, Momoi, tú ve con ese amigo policía tuyo.

Y sin más, Taiga se echó a correr, con todo y su mochila donde guardaba las cosas que llevaba para su trabajo.

— ¡Pero, Kagamin…! —el intento de Momoi por querer detenerlo fue en vano.

No fue nada confortante para ella que todo esto le trajo los recuerdos de aquella vez en que quien estaba en problemas era el pelirrojo y Daiki fue en su búsqueda. Lo único que ella podía pedir, es que no se tratara de Haizaki otra vez.


—Parece que el cielo está triste —musitó cierto pelinegro con gafas, que parecía tener los ojos cerrados, aunque su sonrisa ligeramente maliciosa, le daba un buen aspecto.

—No deberías estar afuera, puede que llueva —dijo cierto chico, que por la manera que tuvo para dirigirse a él, se notaba era su amigo.

—Nada de eso, Wakamatsu —el pelinegro abrió ligeramente los ojos y acentuó una mirada perspicaz al cielo—. Las nubes solo están ocultando el sol y en cambio, la luna se percibe más.

—Hah… Imayoshi-san, creo que no deberías leer tantos libros de filosofía —Wakamatsu frunció el ceño—. Mejor regresemos dentro, es hora de merendar.

—Sí, sí, como digas —Imayoshi dio un último vistazo al cielo, aunque ahora con cierto aire serio. Estaba preocupado por aquel impertinente chico que amaba y de quién sabía lo que probablemente estaría haciendo ahora.

Suspiró cuando Wakamatsu se posición detrás de él para empujar la silla de ruedas y así ambos ingresar a la casa.


Su instinto se lo dijo, sus sentidos se lo advirtieron cuando recibió el mensaje.

Es más, todo su ser sabía que ese mensaje no fue escrito por Aomine y que él no estaría en ese hotel, fuera o no. Pero Kagami no se iba a dar por vencido así cómo así, incluso aunque fuera algo absurdo, parte de su persona también quería creer que el peliazul podía estar ahí, y que todo había sido un mal entendido. Que estaba bien.

Pero aunque Taiga fuese alguien positivo con las adversidades, también era realista.

Aun sabiendo que todo podía ser una trampa, terminó llegando frente al hotel, o mejor dicho, "Motel Inugami" —dato que fue una característica para que el pelirrojo comprendiera que de verdad, Aomine no estaría ahí—, y se paró frente a la puerta. No había nadie, es más, ese lugar estaba cerrado y por si no fuera poco, estaba bastante retirado de la ciudad, lo que hacía todo más sospechoso. No obstante, Kagami no se movió de ahí, porque de algo sí estaba seguro; sea lo que fuera todo esto, y aunque no le dijera donde estaba Aomine, era un camino para llegar a él.

El chico de ojos rubíes estaba alerta, muy alerta; su sistema simpático estaba a todo lo que podía dar. No sabía que estaba esperando, solo estaba preparado. Sin embargo, todo eso no fue suficiente cuando una voz familiar apareció ahí.

— ¡Vete, Kagami idiota! ¡No te preocupes por mí! —sin duda alguna era Aomine y parecía estar tan cerca…

Mas cuando el pelirrojo se dio la vuelta, se encontró con un arma apuntándole la frente. No podía saber quién era el sujeto, porque estaba enmascarado y sostenía un celular —objetó de dónde provenía la voz del moreno—, el cual seguía reproduciendo esas palabras.

— ¡Maldito! —gritó Kagami con furia y amenaza— ¡¿Dónde está Aomine?! —no tenía miedo si salía herido, por lo que su cuerpo optó una posición de lucha, pero el otro simplemente siguió apuntándole con la pistola.

—Tal vez no es él único de quién deberías preocuparte ahora, pelirrojo —dijo siniestramente aquel chico encapuchado.

— ¡Dime dónde está, maldita sea! —Kagami rugió y sin importarle la pistola, se lanzó contra el otro.

Tal vez si el chico de ojos rojos hubiese peleado un uno a uno con el enmascarado hubiese podido lograr algo, pero en ese tipo de cosas, los delincuentes no estaban solos. Y por esa razón, es que Kagami no vio venir el golpe que le fue dado en la frente con otra pistola más y que lo dejó inconsciente.


El olor que picaba la nariz de cierto pelinegro, era a húmedad y suciedad. No sabía donde estaba, pero sí se guiaba por aquel detalle que su sentido del olfato le daba, diría que era algún sotano el lugar de ahora. Lastimosamente, sus ojos estaban vendados y sus manos atadas con cadenas detrás de su espalda —demasiado fuerte, la piel de sus muñecas la ardían bastante y seguramente estaría toda rojo—, por lo que solo tenía movilidad en sus piernas, pero estaba acostado en el frío piso.

Himuro había estado inconsciente por quien sabe cuánto tiempo; lo único que había hecho fue salir a comprar ingredientes para preparar un delicioso postre, pues al día siguiente, Murasakibara llegaría a su casa. Y la combinación que hizo el sentimiento de emoción—por la visita que tendría del pelimorado— con el de enojo y sorpresa —cuando fue interceptado y tal parece raptado—, fue de muy mal gusto e irónico.

¿Acaso la vida no quería que ese vínculo con Atsushi siguiera creciendo? Aunque tampoco es que Tatsuya estuviera muy consciente de cómo esa relación poco a poco seguía fortaleciéndose más, de forma lenta, pero segura. Porque todavía seguía negándose a sí mismo otra oportunidad para que sus ojos miraran a alguien más que no fuera Taiga.

Sin embargo, el ir en contra de la inevitable corriente, no era algo que el pelinegro pudiera seguir haciendo. Quizá era porque su ser buscaba desesperadamente calmar el dolor que sentía su corazón con toda ésta maldita situación que continuaba viviendo, tal vez solo quería escapar… O tal vez de verdad la vida le estaba presentando otra oportunidad para enamorarse. Lo que sí era cierto y eso ni él mismo podía negarlo, era que Murasakibara estaba empezando a tomar un papel importante en su vida.

Aunque solo fuera su amistad lo que Himuro estaba dispuesto a darle. Pese a que ninguno de los dos abordó el tema, mas para alguien como el anterior mencionado, ese tipo de detalles no pasaban desapercibidos.

Pero dándole la importancia que le estaba dando, podía decir mucho más.

—Debo salir de aquí… —siseó en voz baja, con la cara del pelirrojo y el pelimorado en mente, mientras se sentaba en el suelo.

—Solo si pretendes convertirte en una rata para salir por la alcantarilla —respondió otra voz, con un tono amargo.

Himuro casi abre la boca por la impresión que se llevó al reconocer la voz de Aomine en ese lugar. Y con solo eso, tuvo un muy mal, pero muy mal presentimiento. De todos modos, su faceta fría e inexpresiva se mantuvo.

—Ya lo intenté y esa maldita puerta no se abre con nada —gruñó Aomine.

Los pasos que el moreno daba, se escuchaban en esa silenciosa habitación; por lo menos había conseguido ponerse de pie, aunque Tatsuya no sabía si el ajeno se encontraba en la misma situación que él —amarrado y vendado.

Ciertamente, Daiki estaba igualmente con las manos atadas y detrás de su espalda, pero había conseguido quitarse el maldito pañuelo de los ojos e incluso pateó y empujó la puerta con su cuerpo, mas no había conseguido nada. Y la preocupación que sentía estaba rebasando su propio límite, sobre todo, cuando él mismo llegó a una conclusión demasiado peligrosa, cuando miró al pelinegro también en ese lugar. Porque quisiera o no, los dos compartían una cosa…

Kagami, más te vale estár bien, joder, pensó Aomine.

—Tal vez se necesiten dos personas para derribar esa puerta —comentó Tatsuya.

—Ja, tu estado es peor que el mío, no ayudarías en nada —se mofó Daiki.

Aunque solo ellos estaban en esa habitación, eran capaces de sentir ese ambiento tenso entre ambos; la rivalidad no era algo que fuera a dejar que su orgullo cediera para que trabajaran como un equipo y salir de ese lugar. Ninguno estaba muy dispuesto a eso, sinceramente. Sin embargo, sabían que si no eran capaces de hacerlo, era muy probable que terminaran arrastrando a cierto pelirrojo a ese lugar y eso era algo que no querían, para nada.

Como pudo, Himuro se incorporó, pegando su espalda a la pared —sin importar que se lastimara un poco las manos—, pero seguía estando a ciegas y así no podía hacer mucho realmente. Estaba por frotarse la cabeza en la misma pared, a ver si lograba mover el pañuelo de la zona de sus ojos, cuando un escalofrío recorrió su espalda al momento en que el eco de una voz muy familiar tanto para él, como para Aomine, recorrió la estancia.

— ¡Ustedes no se van a salir con la suya, desgraciados!

El mundo del peliazul cayó en mil pedazos y el pánico se acuñó en su sistema ferozmente al saber que Kagami había sido traído a ese lugar. ¡Por la vil mierda! ¡¿Qué es lo que pretendían esos bastardos ahora?! ¿Acaso vengarían a su líder porque ahora estaba en prisión? Porque sabía que esos tipos eran trabajadores de Haizaki y dado que el moreno no era alguien que viera las noticias, seguía creyendo que aquel bastardo estaba en una prisión. Y después de todo, esa nota informativa no estuvo en vivo mucho tiempo, dado que Akashi no deseaba se supiera como tal por el caos que causaría en todos los medios, por el hecho de que el famoso modelo Kise Ryota estaba implicado.

Aunque el mismo rubio ya se había enterado de eso, así como Kuroko y Midorima, no dijeron nada porque Seijuro se los pidió, pese a que cierto peliceleste no estaba de acuerdo con esa idea.

— ¡Maldición! —raras veces Himuro salía de su faceta fríamente calmada, pero su interior se movió como un huracán cuando escuchó la voz del pelirrojo. De su amado chico de ojos rojos. De modo que le valió un comino se se lastimaba o algo, frotó su cabeza contra la pared lo más rápido que pudo, lográndose quitar aquel pañuelo que le impedía usar su sentido visual.

Ignoró el ligero dolor de cabeza que eso le provocó, simplemente se puso a la defensiva, mientras escuchaba como la voz de Taiga se acercaba cada vez más.

—Sea lo que sea, aunque seas alguien a quién detesto —empezó a decir Aomine con una expresión fiera, pero que no disimulaba su preocupación—, sabemos que lo que importa ahora es cuidar a Kagami.

—No necesitas decir algo que yo sé de sobra —contestó Himuro—. Me pondré a espaldas a ti e intentaré desatar…

—Mis muñecas están atadas también con cadenas, necesitas algo más que simple fuerza —repuso Aomine con seriedad.

—Hazlo tú con las mías, no importa si me fracturo o algo —reacomodó Himuro, no estaba dispuesto a darse por vencido y lo dejó muy en claro. Aunque yo quede en pedazos, no dejaré que Taiga salga lastimado, pensó.

Daiki intentó no mirarlo con enojo, porque no le gustó para nada que el otro le estuviera insinuando que estaba dispuesto a dar más que él para salvar al pelirrojo, cuando no era así. No pudo replicar nada, como hubiese sido lógico de su parte, por dos razones: no lograrían trabajar en "equipo" si se ponían a pelear como idiotas y porque... la puerta se abrió de golpe y las luces fueron encendidas.

Una cosa era que tuvieran a Aomine secuestrado, de hecho, eso ya estaba por matar de la preocupación a Kagami. Pero darse cuenta que Himuro también estaba ahí, formando parte del cuadro de terror, aumento sus emociones negativas de un modo atroz, porque las dos personas más importantes de su vida corrían el mismo peligro de desaparecer y aunque pudiera lograr sobrevivir sin una, si perdía a ambos… nada bueno lo esperaría. ¿Qué se supone que significaba todo esto, joder?

— ¡Tatsuya! —exclamó, pese a que primero sus ojos miraron al moreno. No se esperó, en lo más mínimo encontrar ahí al pelinegro. Sentía como un retortijón lo atacaba desde su pecho hasta su abdomen, como si le estuvieran retorciendo las vísceras.

No nombró al peliazul, porque luego sus ojos se encontraron y se miraron con fuerza, con ansiedad.

El pelirrojo estaba atado también de las manos, solo que en vez de cadenas, era una soga muy resistente. Hizo el ademan de correr, mas cuando las armas apuntaron hacía los otros dos muchachos, se quedó helado por completo; inmóvil, con la sangre enfriándose del temor.

—Sería divertido ver hacía quién correrías primero, porque no puedes elegir a los dos, ¿verdad? —la voz de Haizaki sonó desde las escaleras que venían desde arriba, mientras que sus otros cinco trabajadores estaban ahí en el cuarto subterráneo.

— ¡Tú…! —ladró Aomine con la impresión e ira fundiendo su cerebro al mirar como la silueta del chico de las rastas aparecía. Esto no era lo que esperaba, no era lo que sabía.

— ¡Se supone que tú estabas encerrado! —dijo ahora Himuro, frunciendo el ceño, ya sin controlar tanto su aparente faceta calmada del rostro.

Después de todo, era una situación demasiado complicada ahora.

—Seijuro no es tan absoluto como a veces se le ocurre decir —contestó Haizaki entre risas altaneras y se relamió el pulgar—. Pero no estoy aquí para contarles la fabulosa azaña de aplastar el trasero del hijo del jefe de policía.

— ¡No importa lo que hagas aquí, eso no te librará de pudrirte en el infierno! —siseó Kagami, mirándolo con un fuego destructivo e intimidante, pese a que seguía sin ser capaz de moverse.

—Pareces muy valiente, eh, maricón bastardo —Haizaki le miró amenazador, digno de un depredador y sacó su arma para disparar justo en medio de los otros dos chicos.

— ¡No! —los ojos de Kagami se desorbitaron y temió lo peor cuando escuchó el balazo. Parte de su alma se le escapó en aquel grito y quiso correr, pero, ¿hacía quién lo haría?

Fue un alivio que esa bala no llegara a nadie, simplemente quedara en medio.

—Maldito bastardo, ¡si tocas a Kagami…! —Aomine no completó la amenaza, porque ahora otra arma apuntó al pelirrojo y fue su turno de sentirse en medio del abismo de terror.

— ¡Taiga! ¡Aléjate de Taiga! —la siempre ligera voz de Himuro se alzó más, con un tono oscuro y amenazante. Tenía miedo, por supuesto, pero su ojo visible destilaba tantos deseos asesinos. tan temibles, que si éste fuera un delincuente, sería el más temido.

La mirada de Shogo chocó con la del otro pelinegro y las dos bestias asesinas de sus ojos se enfrentaron. No había notado que pese a que ese chico tenía aspecto "frágil" y delicado, podía ser una amenaza tan potente como lo era él; ni siquiera con Daiki notó eso.

—No quieran pasarse de listos, solo pequeños centímetros separan a su preciado Rojito de la muerte —ahora miró al peliazul al decirlo, sonriendo de forma cruel—. Voy a arrastrarlos al infierno de una u otra manera.

Aomine iba a decir algo, pero Tatsuya volvió a adelantarse y dio un paso ligero hacía enfrente.

—Aunque lo hagas, yo regresaré y serás tú el que probará el infierno en toda tu miserable vida —no lo aparentaba, sin embargo, pese a toda esa frialdad e inexpresión que podía tener, estaba un animal sádico dispuesto a hacer las cosas más viles con tal de proteger aquello que le importaba.

Un lado que Kagami conocía, pero que no había visto de forma tan clara. No se asustó, simplemente lo miró fijamente.

Este maldito, pensó Aomine con las facciones endurecidas.

— ¡No importa lo que hagas, Haizaki, no te librarás! —rugió.

No obstante, las palabras que más llegaron al aludido secuestrador, fueron las de Himuro. Es decir, esas le enfurecieron mucho y odiaba tanto a los tipos que creían podían hacerle daño, como si fueron mejor que él. Ja.

— ¡Demuéstrame si de verdad puedes regresar, puto marica! —y apuntó con el arma al pelinegro, cargándola completamente dispuesto a dispararle.

Pero solo a segundos antes de que sucediera la inevitable desgracia, nuevamente la voz de Taiga sonó.

— ¡Ya es suficiente, joder! ¡Si quieres matar a alguien, que te baste conmigo! —rugió como un tigre, valiéndole todo y poniéndose entre la pistola y el chico del lunar.

Los orbes de Himuro y Daiki se alarmaron por completo.

Y de pronto, Shogo tuvo una idea. Una terrible e irónica idea.

— ¿Saben? Sino fuera porque tu querida madre —enarcó una ceja, sin quitar sus ojos de encima del cuerpo del muchacho de cabello rojo, notaron como la expresión de éste volvía a cambiar por las palabras que decía— me pagó demasiado dinero para que me deshiciera de esos dos maricones —ahora señaló con su pistola al peliazul y al pelinegro—, no estarías pasando por tan mala racha —se burló con una maldad impresionante.

— ¿Qué estás… diciendo? —los ojos de Kagami se abrieron como platos al oír aquello y parpadeó— ¡De ninguna manera pienso creerte, desgraciado! ¡Mi madre no haría ningún trato con una basura de mierda como tú!

—Yo si lo creo… —musitaron Aomine y Himuro en voz muy baja, que solo ellos se escucharon y hasta compartieron una mirada de solo un segundo. Eso daba sentido a que precisamente solo ellos dos estuvieran en éste lío.

— ¡Calla tu puta boca! —Haizaki había perdido la paciencia y le dio un golpe en la quijada al ajeno con la pistola, tan fuerte que lo hizo caer al suelo y le rompió el labio.

Aomine y Himuro volvieron a alterarse y pronunciaron el nombre del chico, mas eso fue lo de menos por ahora, porque Shogo sacó un papel doblado de la bolsa trasera de su pantalón de mezclilla, lo desenvolvió y lo puso en la cara de Kagami —quién no se defendió del golpe tanto porque seguía atado de manos y sabía que si hacía algo más, cabía la posibilidad que atacaran a Aomine o Himuro—, señalando justo el lugar donde estaba el nombre de su progenitora y su firma.

— ¡…! —el habla se fue de su garganta cuando leyó y reconoció, por supuesto, la letra de Mika y su firma de autorización, así como lo que ese contrato decía y la cantidad que otorgó para ello— No puede… ser… —el dolor que Taiga sintió ahora en su pecho era diferente. ¿Cómo era posible que su madre hiciera algo como eso? Es decir, una cosa era que no entendiera ni aceptara su orientación sexual, ¡¿pero llegar a dañar así a personas?! Por más que no le agradaran esos dos… ¿Qué clase de persona tenía por madre, joder?

La impotencia que sintió Aomine ante la cara de decepción y tristeza que el pelirrojo puso fue inmensa. Ese dolor era como si él mismo lo estuviese pasando. Maldita sea, tenía fuertes deseos de abrazarlo y de protegerlo, hasta sus brazos se estremecieron por la misma necesidad.

Y Himuro frunció los labios por la misma razón, solo que en su caso, su cerebro estaba trabajando con una inteligencia sorprendente, pese a la situación en que andaban ahora; si la madre de Taiga había sido capaz de esto, ¿qué garantizaba que Mika no hubiese tenido nada que ver en el accidente de hace dos años? Sin embargo, hacer ese tipo de acusación era tremendamente grave y no iba a expresarlo a palabras, sería causarle más daño al ojirojo. Pero normalmente, su instinto no fallaba, aunque deseaba de verdad ese hecho que pensó, fuera mentira.

El chico de rastas se sintió complacido al mirar desde arriba a Kagami con lo que le mostró y volvió a guardar el papel. Ciertamente, no pensaba cumplir al pie de la letra el trato con Mika, porque quería deshacerse de esos tres ahora que tenía la oportunidad —aunque Himuro realmente no tuviera mucho que ver en sus deseos de venganza con Aomine—, pero estaba dispuesto a poner más sabor a su juego.

—Vamos a hacer algo más divertido —Haizaki miró a cada uno de los chicos ahí secuestrados y jugó con su arma en mano, como si fuera una pelota que pudiera tirar hacia arriba y atrapar con suma facilidad.

Con la punta de su pie levantó de la cara del pelirrojo, al posicionarlo en su quijada, aprovechándose del impacto que causó la noticia en éste. Sin embargo, los ojos del susodicho le miraron con firmeza, frunciendo el ceño; no podía mostrarse rebelde por las mismas razones anteriores, mas eso no evitaba que lo enfrentara con la mirada.

—Makoto, dame tu arma —ordenó.

El chico de cejas pobladas, que no parecía disfrutar de la crueldad del asunto, hizo una mueca de molestia que no pasó desapercibida para cierto peliazul. Hanamiya no dijo nada y le lanzó su arma sin cuidado alguno por si se escapaba alguna bala pérdida.

Y Haizaki apuntó a Daiki y Himuro con ambas armas, usando sus dos manos.

—Tú dirás quién será el que morirá —primero añadió en su fuero interno con esa sonrisa suya que lo caracterizaba como el delicuente que era—; si tus piernas se mueven más rápido que mi boca al contar hasta cinco, solo dejaré a uno con vida —explicó.

Fue tan irónico que la decisión que de por sí tenía que tomar Kagami se tornara tan literal. Por ello, volteó a ver rápidamente a los chicos a sus espaldas al momento en que Hanamiya lo levantaba a jalones del suelo y lo empujó hacia delante.

—Haizaki, tú, maldito… —Aomine hervía en ira e indignación. Definitivamente no confiaba en esas palabras que ese pelinegro con rastas decía, para nada; así no era como hacía las cosas— Kagami, no creas nada de lo que Haizaki dice, solo preocupate por ti, pase lo que pase.

—O quizá solo temas que no te elija a ti —Shogo pronunció esas palabras con doble intención, como si supiera aquel lío sentimental que ataba al pelirrojo.

—Taiga, solo céntrate en ti —musitó Himuro, optando un gesto más suave al observar al chico. Tampoco confiaba en las palabras del pelinegro, pero eso no significaba que no agrandó más el conflicto que de por sí ya tenía el mencionado muchacho de orbes rojos.

—Sea verdad o no, crean en mis palabras o no, es un hecho que mataré al que ese Rojito no elija —Haizaki se relamió los labios, sin dejar de apuntar a los otros con sus armas y su mirada tenía un brillo oscuro.

Kagami sintió un vacío en su estómago al escuchar eso. Sabía que tenía que tomar una decisión en cuanto a sus sentimientos —misma que quizá siempre estuvo en sí, pero no había tenido el valor de reconocerla por el mismo amor que guardaba del pasado—, porque no podía tener a los dos ya que si trataba de hacer eso, definitivamente quedaría como el perro de las dos tortas.

No podía elegir como quisiera, aunque la banda del maldito de Haizaki lo estuviera ahorcando sin tocarlo, solo con la simple amenaza y presión psicológica que logró ejercer en su mente. Sus ojos rojos como el rubí no pudieron esconder el terror que empezó a carcomer su corazón hasta llegar a su alma; era como sentir que sus órganos eran sacados a la fuerza de su área abdominal —quería vomitar— y eso provocaba que el vacío que ya sentía, se intensificara. Tomará la decisión que tomara, sabía que una parte de él quedaría sepultada para siempre.

¿En verdad era necesario todo esto para que tomara esa decisión que Aomine y Himuro habían estado esperando? De verdad que todo esto no podía ser así de literal como ahora.

Pero eso no significaba que la decisión sería más sencilla si no estuviera en ésta situación. Sobre todo poque las emociones de las que creyó tendría antes, ahora lo invadían más. Era un completo mar de sentimientos y el tiempo seguía corriendo y por más que buscara en su garganta, las palabras no le salían de la boca, es más, ahora parecía que su mente no estaba funcionando, evitando de forma inconsciente —o quizá no— que pensara la respuesta. En serio, ¿la sabía al menos siquiera?

—El tiempo se acaba, pelirrojo —rió Haizaki por lo bajo y escupió en el suelo, sonriendo—. Porque si no elijes nada, los mataré a ambos y al mismo tiempo.

No, no, no, no… ¡No, no, rotundamente no quiero perder a ninguno! ¡No!

La aflicción del muchacho no era difícil de notar, mucho menos para Himuro y Aomine, que habían cerrado la boca de un momento a otro cuando esos rubíes iban de uno a otro, mirándoles. El chico del lunar deseó no haber regresado, así estaría evitándose al pelirrojo la necesidad de elegir, no estaría poniéndolo en éste embrollo tan horrible, pero es que simplemente no pudo quedarse sin hacer nada, sin buscarlo, porque lo seguía amando.

Y Aomine sencillamente se sintió culpable por no haber actuado antes, por no aportar toda la seguridad a su relación, a su amor como para que ya no hubiera espacio para alguien más. O por lo menos sino tuvo el coraje de luchar con más fuerza, que hubiese sido capaz de hacerse a un lado, sin embargo, sencillamente no podía hacer eso. No pudo darse por vencido con él. Y, en éste momento, fuera cual fuera la decisión, la aceptaría de un modo u otro.

—Kagami, tú no tienes la culpa de nada —masculló.

Definitivamente, el peliazul estaba sudando frío cuando Haizaki empezó a contar.

—Está bien, Taiga, no tienes que elegir por compromiso —los labios de Himuro se movieron, sin emitir sonido alguno, pero cuando los orbes rojos ajenos le miraron, su oración sin voz fue entendida y captada por el aludido joven.

Kagami sintió que se moría en ese mismo momento, por lo que negó velozmente, preso del horror.
Sin embargo, tardó unos segundos más en percatarse, que para los ojos de Shogo, esa fue su respuesta.

—Mala suerte, Daiki —dijo de forma cruel y apuntó la pistola en dirección al pecho del moreno.

Todo pasó tan rápido, que resultaba sorprendente que los ojos de Kagami pudieran notar las cosas, ¿o era por la adrenalina en su cuerpo? Porque si antes se sintió morir, de solo mirar aquella acción, fue como si su alma pereciera por completo.

— ¡AOMINE! —gritó con el más puro pánico, de ese que era capaz de quemar las células corporales en una persona como un ácido que corroe los huesos. Quiso moverse, pero aquel terror lo mantuvo clavado en el suelo; su cuerpo le pesaba como si estuviera sedado.

El mencionado muchacho solo tuvo tiempo de mirarlo con un amor tan sincero; su alma fue tan transparente en ese mismo momento para Taiga e incluso pese a que su dolor fue casi tan tangible como el viento, por la aparente elección ajena, aceptó el presente. Hubiese querido encontrar las palabras adecuadas para decirle, pero sentía que si hablaba, se quebraría de una manera u otra, y no deseaba dejarlo con culpa por lo que fuera a pasarle ahora. No era así como quería irse.

Kagami quiso gritar como un niño, que esa no era su respuesta. No obstante, las balas no le esperaron. Y el sonido de los disparos se escuchó por la habitación.


¡Aaaaaaains! T^T Así es como hemos llegado al final de éste capítulo, asdljkasldas /3. Y, debo confesar, que cuando lo escribí, realmente me dolió tanto, y eso que éste no es el más emotivo que leerán antes del final.

¿Qué les pareció la decisión tan literal que Kagami tenía que tomar? Yo no sabía cómo platearle el escenario al pelirrojo para que pudiera saber a quién elegir, y gracias a mi vena del drama, sucedió esto x'D. Sinceramente, se me hizo más apropiado, teniendo en cuenta todo lo que ha estado sucediendo antes.

La aparición de Imayoshi es un punto clave y no porque vaya a hacer aparición otra vez, se los dejo de tarea(?).

¡Muchas gracias por toda su paciencia y comentarios! Estaré esperando sus reacciones y opiniones uvu.

¡Nos vemos pronto!