Resumen: Bastones de caramelos. O la historia de cómo este desagradable dulce fue el responsable de brindarle el mejor regalo de Navidad posible. DRARRY.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rowling y Warner Bro.
Notas de autora: ¡Hola! ¡Muy feliz año nuevo! Sí, aquí estoy nuevamente, y quiero pedirles un fuerte aplauso para mi musa que se ha puesto la capa de superhéroe y nos ha traído el POV de Harry.
Antes de dejarlos leer, quiero agradecer infinitamente a todos aquellos que comentaron, añadieron a sus favoritos y alerta, o simplemente leyeron. Como siempre les digo, es un placer saber que, en algún lugar del mundo, hay alguien que está leyendo las locuras que se me ocurren.
Ahora sí, ¡espero que lo disfruten!
Candy Cane Lane
23 de diciembre de 2005
Al fin. Al fin había llegado esa bendita época del año que tanta felicidad traía. Y no, no me estoy refiriendo al hecho de que el mundo entero entraba en una especie de festivo trance, volviéndose más tolerante y alegre de lo habitual; tampoco se debía al hecho de que todo parecía relucir con una mágica luminosidad gracias a los miles y miles de luces y brillantes adornos que recubrían cada rama de los árboles navideños. No, mi felicidad provenía de algo mucho más simple, y hasta podría decirse, común. Sin embargo, era justamente esto lo que conseguía alegrarme el día.
Sonrío para mis adentros ante el recuerdo de ese varonil y afilado rostro expresando ese tipo de perfectas reacciones, y no puedo hacer más que felicitarme por la grandiosa idea que durante tantos años me ha hecho llamar su atención de una peculiar manera. Sí, lo reconozco, era muy peculiar, pero sin duda llevaba a cabo su cometido a la perfección.
Cierro los ojos y dejo que mi mente divague un rato, después de todo, aún es temprano para poner en práctica mi plan. Y aunque lo intento, no puedo evitar que una embobada sonrisa se apodere de mi rostro al recordar la forma en que esos fríos ojos grises taladran mi ser cada vez que entran en su campo visual. Decir que mi cuerpo se estremece es prácticamente una verdad a medias, porque jamás podré expresar con palabras lo que una simple mirada de ese sexy Slytherin consigue provocarme.
Mi oficina eleva su temperatura considerablemente. ¿O soy yo quien lo está haciendo? No lo sé, pero lo único que tengo claro es que, de seguir así, mis mejillas empezarán a arder, y esa no es la idea en lo absoluto. No, no lo es, porque debo ser yo quien provoque estas reacciones en el hombre que se cuela en todos y cada uno de mis sueños.
Es casi increíble la forma en que he caído absolutamente perdido por Draco. Después de todo nuestro nefasto pasado, de todas las discusiones y peleas, cualquiera podría pensar que lo que menos querría es acercarme a él. Sin embargo, y como si de un imán se tratase, no puedo hacer más que sentir una fuerte atracción por ese egocéntrico y narcisista Slytherin.
No me resulta difícil descubrir el origen de este enamoramiento. ¡Vamos! Incluso alguien tan despistado como yo podría comprender que toda esa obsesión por saber qué está haciendo tu "némesis" a cada instante del día es un claro indicativo de lo mucho que esa persona te interesa; y aún si esto no hubiera sido suficiente, la obvia frustración sexual que en la escuela emanaba entre ambos terminaba de convencer al mundo entero de lo que sentíamos.
Entonces, si es más que claro que entre los dos siempre existió una reprimida atracción, ¿por qué no estábamos juntos? La guerra había terminado hace mucho tiempo, ¿no debería ser sumamente sencillo para ambos dar ese último paso y confesarnos? Sí, debería, pero no era eso lo que ocurría en la realidad. Por el contrario, y para mi gran pesar, cada día que pasa siento poco a poco morir una pequeña parte de mi esperanza. ¿Por qué? Porque mientras estoy sentado en mi amplia oficina, Draco se halla en otro piso del Ministerio bromeando con el imbécil de Zabini.
El sólo recuerdo de ese petulante, pero atractivo Slytherin (si es que te gustan altos, de tez morena y muy musculosos, claro está, lo cual no es mi caso), sólo consigue que una desagradable sensación se instale en mis entrañas, reemplazando de inmediato el cálido sentimiento que logra hacerme percibir Draco.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que estar con Draco? ¿Qué ha hecho él para merecer la completa atención de mi rubia obsesión? Pero más importante aún, ¿por qué Draco no podía ver que podría hacerlo inmensamente feliz? Todas estas preguntas no tienen solución alguna, y quizás sea mejor que no las tengan, porque inconscientemente creo que no me agradarían sus respuestas.
Desordeno mis indomables cabellos con un pase de mis manos, intentando despejar de mí cualquier rastro de pesar que comienza a formarse. No servirá de nada que me deprima por algo que aún no está del todo perdido. ¡Y por supuesto que no lo está! Las reacciones que consigo arrancar de Draco son indicativo más que suficiente para no bajar los brazos y seguir intentándolo. Después de todo, sé que, si deseo que algo ocurra, debo ser quien se encargue de hacer lo que sea para obtenerlo. Y si eso se traduce en perder un poco la vergüenza frente al resto y realizar obscenos espectáculos con mi lengua, entonces bienvenido sea.
Con renovadas energías, me levanto de mi asiento y dirijo mis pasos hacia la sala de reunión en la que, una vez más, podré ejecutar mi perfecto plan. Camino relajado por los pasillos del Ministerio, dando algún que otro saludo a los colegas que me cruzo, hasta que alcanzo la amplia y casi vacía sala. Como siempre, Draco no me defrauda, y haciendo honor a sus modales sangre pura, es el único que se encuentra sentado exactamente a la hora acordada. Y como es de esperar, el resto de convocados brilla por su ausencia. Perfecto. Esto me dará la posibilidad de poner en práctica el plan sin que haya estorbos delante.
─Malfoy. ─Lo saludo con un cordial movimiento de cabeza, mientras lo observo mirar impaciente hacia la puerta.
─Potter.
Sin perder tiempo, tomo asiento frente a él, para que así pueda verme con claridad lo que estoy a punto de hacer, y por qué no también para deleitarme con sus expresiones. Una vez que me acomodo de manera descuidada en el asiento, despego la vista de esos plateados iris en los que podría perderme por horas y observo triunfante el pequeño plato de dulces sobre la mesa. Silenciosamente, extiendo el brazo y tomo un largo y delgado bastón de caramelo.
Inmediatamente, las afiladas reacciones de Draco cambian y en ellas se vislumbra algo de incomodidad. Lo sabe. Sabe lo que estoy a punto de hacer. Y no me siento para nada arrepentido. Quiero reír, gritar de emoción por el absurdo de la situación, pero me contengo y me dispongo a seguir con el plan.
Lentamente, abro la boca y propino una larga y cadenciosa lamida a todo el largo del dulce, todo esto sin despegar ni por un segundo la vista del objeto de mis deseos. Su reacción es inmediata, los ojos de Draco se tornan más oscuros de lo normal y su barbilla se tensa en un rictus que a leguas expresa lo mucho que le afecta mi accionar. Sonrío internamente y vuelvo a realizar el mismo movimiento, pero esta vez agrego un notorio sonido de succión. No demasiado excesivo para parecer vulgar, sólo lo suficientemente alto como para forzarlo a no apartar la vista de mí.
Y funciona. Claro que funciona. No por nada los pocos hombres con los que he estado han dicho que jamás han visto a alguien dar una mamada de forma tan sensual. Aprovechando mi natural talento, vuelvo a prodigar una fuerte succión a un sector del pequeño bastoncito, originando que un muy tenue rubor comience a notarse en el pálido cuello de Draco.
Sólo un poco más. Estoy seguro de que sólo falta un poco más y finalmente lograré quebrarlo. Una última larga lamida alrededor del bastón y no quedan dudas que Draco saltará sobre mí. Desafortunadamente, mis ilusiones se arruinan al instante cuando se escucha el sonido de una puerta al abrirse.
El enfado que me recorre por haber sido interrumpido en este preciso momento, ahora que estaba tan cerca de obtener lo que con tanto esfuerzo he conseguido, no se compara con el peligroso fulgor en los ojos de Draco. Durante unos segundos, me pregunto hacia quién está dirigido tal enfado, pero no pasa mucho hasta que lo veo. A él. A él que se ha vuelto mi más acérrimo rival.
─Llegas tarde. Otra vez. ─El disgusto en Draco es tangible y me lleva de vuelta a una época en la que ese tono estaba reservado constantemente hacia mi persona.
─Lo siento. Me entretuve con otras… cosas. ─Responde evasivo y con una ladina sonrisa bailando en su moreno rostro que hace a mis entrañas retorcerse. Realmente lo detesto. ─En verdad lo lamento, no volveré a hacerlo. ¡Lo prometo!
El característico ceño fruncido y ese brillo en la mirada de Draco expresa visiblemente que no le cree una sola palabra de lo que ha dicho. Ahora que Zabini se encuentra en el centro de la tormenta, aprovecho a ser quien capte la atención de mi rubia obsesión. No obstante, Draco coloca sus manos en los bolsillos y evita adrede, no sólo al imbécil de Zabini, sino a mí también.
─Ya te dije que lo siento. No fue mi intención.
Zabini vuelve a intentar captar su atención, pero Draco parece determinado a ignorarnos a ambos, sin importar lo que hagamos. Sin embargo, el ladino moreno no parece rendirse tan fácilmente y coloca una de sus grandes manos en el blanco cuello de Draco, mientras la otra la utiliza para acariciar las finas hebras rubias. Y este hecho es más que suficiente para que olvide por completo al tonto bastón de caramelo y lo que pretendía con él.
─¡Oh, vamos, Draco! Ya cambia esa cara. Sabes que odio que hagas eso.
─¿Hacer qué? ─Pregunta Draco con indiferencia, pero puedo ver con claridad que sabe qué es lo que intenta hacer Zabini.
─Sabes muy bien a lo que me refiero. No intentes jugar al distraído conmigo. ─Draco suelta un fastidiado bufido y aparta a Zabini de un manotazo de su cabello. Hecho que, sin lugar a dudas me pone exultante. Aunque Zabini no parece perturbarse por ello y simplemente continúa explicándose. ─Y sólo para que lo sepas, deberías estar más que agradecido de que haya llegado tarde.
─¿Si? ¿Y por qué? ¿Cuál es tu tan increíble explicación?
El marcado sarcasmo que se percibe en las palabras de Draco generan emociones encontradas en mí. Por un lado, me trae amargos recuerdos de las veces en las que utilizaba ese mismo tono para molestarme, pero por el otro no consigo evitar que un excitante escalofrío me recorra el cuerpo entero por lo seductor que encuentro ese arrastre de palabras.
─Porque encontré el movimiento del que te he estado hablando. ─Deja salir Zabini con una astuta sonrisa, consiguiendo con ello la completa atención de Draco. ─¿Y adivina qué? Estoy libre esta noche. Podemos ponerlo en práctica, si quieres.
¿Movimiento? ¿Qué movimiento? Merlín, no permitas que sea lo que creo que es. Por lo que más quieras, bríndame una señal de que mis sospechas están equivocadas. Y aunque sí recibo una señal, no es la que esperaba, porque la derrotada mirada de Draco expresa que Zabini ha conseguido su cometido. Con unas simples promesas de poner en práctica un nuevo movimiento en la cama, Draco lo ha perdonado.
¿Acaso mi calvario no ha sido suficiente con todo lo que he tenido que pasar a través de estos años? ¿Es qué nunca podré ser feliz? Aparentemente, no. Mi jodido destino no parece dispuesto a querer mejorar, sin importar cuánto haga para cambiarlo. Y no es justo. En verdad no es justo, porque creo merecerme al menos un resquicio de felicidad por todo lo que he hecho para devolverle la paz a este mundo.
─Te odio. ─Suelta Draco con irritación; pero lo conozco, lo conozco más de lo que se conoce a sí mismo y sé que estas palabras no están dirigidas al imbécil de Zabini, sino a sí mismo.
─No lo haces.
─Sí lo hago.
─No es cierto. Utilizas esa gruñona máscara para evitar dejar en claro que, en realidad, me amas.
¿Lo ama? ¿En verdad lo ama? No lo sé, y tampoco deseo conocer la verdad. Sin embargo, el suspiro de Draco es más significativo que una melosa declaración de amor. Una vez más, percibo una dolorosa punzada en mi pecho y prácticamente puedo ver como otro fragmento de mi esperanza se quiebra ante esto. Estoy enfadado. Muy enfadado. En verdad no es justo. Nada de lo que está ocurriendo es justo. Zabini no se merece a alguien como Draco, y Draco se merece a alguien mucho mejor que ese idiota sin cerebro. Así que me dedico a taladrarlo con la más letal de mis miradas. Quizás, y si soy lo suficientemente afortunado, logre hacerlo desaparecer. Pero él no desaparece, y Draco aún continúa ignorándome.
─¡Genial, bastones de caramelo!
¡No! ¡Eso sí que no! Este maldito imbécil no puede ensuciar con sus pérfidas manos lo único que continúa encendiendo una leve luz de esperanza en mi ser. Sin embargo, no puedo hacer nada para prohibirle tocar uno de los olvidados dulces. Con absoluta ira veo cómo mi rival toma uno de los bastones y comienza a masticarlo como el gran glotón que es. Aunque, si debo ser completamente honesto, agradezco a cualquier deidad que haya escuchado mis plegarias porque Zabini no imitara mis accionares con el pequeño dulce. Realmente no podría soportar ver a Draco babeando por él.
─No sé cómo pueden gustarte estas cosas, Blaise. ─Deja salir Draco con un disgustado gesto, a la vez que toma uno de los bastones con una de sus impolutas manos. ─Son asquerosas.
─No, Draco. Soy yo quien no comprende por qué no te agradan los bastones de caramelo. ¿Acaso eres como ese ogro verde que detestaba la Navidad? ¿Cómo era su nombre? ¿Grunch? ¿Granch?
Quiero reír ante la ignorancia del ladino moreno, pero logro contenerme a tiempo. Draco proviene de una de las familias sangre pura más prejuiciosas del mundo mágico, es muy probable que él también desconozca el nombre del Grinch de la Navidad. Sin embargo, Draco me demuestra lo prejuicioso de mi pensar al decir correctamente el nombre.
─Grinch. Y no, no detesto la Navidad. Simplemente no me gusta el sabor de los bastones de caramelo.
Que Draco tenga conocimiento de la historia del Grinch de la Navidad no es lo que más logra sorprenderme. Por el contrario, aquello que llama poderosamente mi atención es el hecho de que no le agrade el sabor de los bastones de caramelo, no porque sea algo sumamente extraño, hay mucha gente a la que no le agrada ese característico sabor a menta, pero lo que sí me confunde es lo tajante de su aseveración. Cualquiera diría que, viendo la manera en la que se me queda observando comer uno de estos dulces, no le desagradan en lo absoluto.
Aunque, pensándolo un poco mejor, quizás no esté mintiendo y sí le desagraden, pero el motivo por el que se me queda viendo no es precisamente por el bastón de caramelo. Las esperanzas que había perdido minutos atrás vuelven a incrementarse al instante, dejándome una agradable sensación en mi ser. ¡En tu cara, Zabini! ¿Qué se siente que tu novio se vea atraído por la manera en que "succiono" un bastón de caramelo?
Lamentablemente no puedo regodearme en mi interior mucho más, porque al instante la puerta se abre y por ella ingresan los magos restantes. Hermione toma asiento a mi lado, y yo no puedo hacer más que desear que no lo haga. En verdad no quiero oírla discutir con Smith por la estupidez más grande del día.
La reunión da comienzo, y como siempre, Hermione y Smith son los primeros en intentar exponer ante el Ministro sus "grandiosas" ideas, hecho que, como es habitual en estas reuniones, origina un tenso intercambio de palabras. Rápidamente, hecho un vistazo hacia los lados y descubro que Draco y Zabini son los únicos que no parecen mostrar al menos un ápice de interés en la acalorada disputa que se está llevando a cabo.
Por algún motivo, este último parece entretenido observando algo en su entrepierna. Y si el movimiento de sus ojos es indicativo alguno, me atrevería a decir que está leyendo algo sobre su regazo, quizás alguna revista de Quidditch. En cambio, Draco parece encontrarse en la misma situación de aburrimiento que yo, lo cual me brinda una excelente oportunidad para volver a captar su atención ahora que todos parecen estar entretenidos en algo más.
Silenciosamente, tomo el olvidado bastón en mis manos y vuelvo a darle un lento y seductor lametazo a todo el largo del dulce, asegurándome de entrecerrar mis ojos en un gesto que grita obscenidad a los cuatro vientos. Y esto parece ser lo único que necesito para quebrarlo, finalmente y de una vez por todas.
─¡OH, YA BASTA!
El grito parece sorprender no sólo al resto de ocupantes de la sala, sino también a él mismo. Y yo no puedo hacer más que sonreír por haber obtenido una reacción tan clara de Draco. Porque sí, ese grito no fue provocado por el hartazgo que siente debido a las eternas discusiones entre Hermione y Smith. No, ese grito está dirigido única y exclusivamente a mí, o, mejor dicho, a lo que mi impúdico accionar le genera.
Enmascaro como puedo la infinita felicidad que me genera saber que no le soy indiferente en una inocente sonrisa, pero sé que Draco tiene pleno conocimiento de mi interno regodeo. Hasta este punto nos conocemos, que no necesitamos más que una mirada para saber en qué está pensando el otro. Y este pensar sólo consigue que esa cálida sensación vuelva a instaurarse en mi pecho.
─¿Acaso todas las reuniones serán iguales? ¿Nos sentaremos aquí a escuchar cómo ustedes dos discuten por si debemos colocar o no adornos de color rojo en el árbol de Navidad, mientras el resto de nosotros nos morimos del aburrimiento? ¿Qué no pueden ver que a ninguno de nosotros nos importan sus infantiles riñas? ¡Merlín! Potter y yo, con todo nuestro historial detrás, estamos sentados en la misma habitación, ¿y acaso nos ven haciendo un gran escándalo por ello? ¡Absolutamente no! ¡Nos comportamos como los adultos que somos! Entonces, ¿qué esperan ustedes dos para seguir nuestro ejemplo?
Al escuchar de sus labios mi nombre, en especial cuando está utilizándonos para darles un ejemplo al resto, sólo incrementa aún más, de ser posible, la agradable sensación. Un fuerte aplauso no tarda en resonar por toda la habitación ante las acertadas palabras, y yo no puedo evitar sumarme a esto. Por dentro, me pregunto si besar a Draco frente a todos podría pasar desapercibido, o quizás tomado como una espontánea reacción ante el frenesí de la situación. Sin embargo, Kingsley dice algunas palabras sobre evitar este tipo de inútiles discusiones e impide que lleve a cabo una locura.
Cuando el Ministro termina de hablar, Draco se apresura a salir de la habitación sin siquiera esperar por Zabini, quien aún se encuentra recogiendo del suelo la revista que se le había caído por obra del grito del rubio Slytherin. Rápidamente, tomo el bendito bastón de caramelo que tanta felicidad me ha traído y trato de alcanzar al veloz heredero de los Malfoy. Desafortunadamente, Hermione sale furibunda de la sala y se une a mí, comenzando lo que de seguro será otra de sus aburridas peroratas en contra del pedante Hufflepuff.
─¡Puedes creerlo! El muy… impertinente se atrevió a cuestionar mi idea sobre…
─Hermione… ─Me detengo de inmediato y la tomo por los hombros, para hacer que me vea a los ojos. ─¿Acaso no escuchaste una sola palabra de lo que dijo Draco? Tus continuas peleas con Smith ya se han vuelto aburridas para todos nosotros.
Esto último lo digo despacio, remarcando cada palabra con insistencia para que queden grabadas en la mente de mi mejor amiga. Sin embargo, Hermione no parece ni remotamente avergonzada por mi reprimenda. Por el contrario, quita de un manotazo mis manos de sus hombros y me espeta:
─¡Oh! Y sin duda lo que tu adorado Draco diga es palabra santa, ¿verdad? ─Deja salir con marcado sarcasmo, poco propio en ella. ─Ustedes dos son los menos indicados para cuestionar nada, se la han pasado siete años de su vida peleando y discutiendo por las cosas más tontas del mundo, y todo por no ser lo suficientemente valientes como para admitir sus sentimientos. ¡Así que no te atrevas a darme un sermón!
La observo alejarse furibunda por el pasillo que conduce a su oficina, con su abultada cabellera ondeando al compás de sus pasos. Cuando se pierde por el corredor, suelto un fuerte bufido y realizo una nota mental de evitar visitar su oficina por lo que resta del día. Sin duda alguna no deseo enfrentarme a una alterada Hermione.
Al instante, recuerdo el motivo de mi prisa y emprendo un rápido andar hacia el comedor del Ministerio, donde de seguro hallaré a Draco. Y no me equivoco, mi rubia obsesión está tomando asiento en una apartada mesa. Con rapidez, me coloco en un lugar donde Draco pueda verme sin problema alguno. Una vez que estoy sentado, espero a que cargue su tenedor con una porción de estofado, y cuando el mismo queda a unos centímetros de la boca del sexy Slytherin, vuelvo a realizar el movimiento con mi lengua que minutos atrás logró quebrarlo.
La respuesta es inmediata. Draco queda petrificado en el acto, con el cargado tenedor a milímetros de su boca entreabierta, pero lo que más delata lo mucho que lo afecta mi accionar es ese hambriento brillo en su mirada, que nada tiene que ver con el olvidado almuerzo en su plato.
Esta vez lo conseguiré. Draco no podrá soportar mucho tiempo más la extrema tensión sexual que le genera mi bendita lengua. Sin embargo, nada es sencillo en mi vida, y como si se tratase de una gran y horrible montaña, Zabini se coloca silenciosamente frente a Draco y dice algo que, por la distancia en la que me encuentro, es imposible que capte. Lo que sea que ese imbécil le haya dicho es más que suficiente para romper el hipnotismo en el que Draco ha caído, provocando que su cargado tenedor escape de su pálida mano y se desperdigue por la mesa.
Con fastidio, tiro el bastón de caramelo sobre la mesa y me dispongo a realizar lo que ha pasado a ser mi segundo pasatiempo favorito del día, fulminar con la mirada a Zabini. De más está decir que mi principal pasatiempo es observar y escuchar a Draco. Por desgracia, Zabini está sentado de manera tal de darme la espalda, y como si esto no fuera suficiente, su amplia espalda bloquea por completo a Draco. Sin embargo, eso no me evita ver cómo el imbécil moreno se lleva a su boca alimentos del plato de Draco.
Lo que vuelve desgarradora la imagen no es el hecho de que Zabini se haya apropiado del almuerzo de Draco. Lo que provoca que mi corazón continúe fragmentándose es el hecho de que Draco le permita hacerlo. ¿A este punto de confianza han llegado en su relación? La respuesta es un rotundo y doloroso sí.
Ambos continúan en silencio o hablando de todo. No lo sé. No puedo ver más que la espalda de Zabini tambalearse hacia atrás y hacia adelante entre cada bocado que da. Y por muy malvado que sea, no puedo evitar desear que el maldito se ahogue con una zanahoria. Pero él no se ahoga, y lo único que percibo es un leve sonido a una silla corriéndose. El ruido podría haber pasado desapercibido para cualquier otra persona, sin embargo, mis sentidos están mucho más agudizados. Una habilidad que he incrementado gracias a mi trabajo como Auror.
Poso la vista al frente y descubro que Draco ha movido unas milésimas su asiento. Desde aquí puedo ver parte de su sedosa cabellera rubia sin dificultad alguna. ¿Por qué lo habrá hecho? ¿Acaso la compañía de Zabini lo ha aburrido y desea entretenerse con algo más? ¿O quizás Zabini se ha percatado de mis intenciones y se lo ha hecho notar a Draco?
Ante esta posible explicación frunzo, de ser posible, aún más el ceño y le envío una mortífera mirada al moreno Slytherin. Sin embargo, Zabini no cae muerto sobre la mesa. Por el contrario, suelta una fuerte carcajada por algo que Draco le ha dicho. La misma, logra captar la atención de varios de los presentes en el comedor. Algunos de los otros comensales simplemente sonríen y continúan prestándole atención a sus platos, pero otros se le quedan viendo con diversión.
Nadie lo dice, pero no es necesario expresar en palabras la imagen que ambos representan. Y duele. ¡Merlín, que lo hace! Porque daría lo que fuera por ser quien esté en esa relajada situación con Draco. Por desgracia, eso sólo parece estar reservado para Zabini. Aquello que he temido durante tanto tiempo, finalmente se hace realidad. La pesadilla se torna realidad y mis esperanzas de algún día significar algo para Draco mueren, porque no hay forma de que pueda ocupar el lugar que Zabini posee en el corazón de Draco.
Totalmente derrotado, me levanto apresurado de la mesa y dirijo mis pasos hacia el elevador con la única idea de irme a casa. Es más que claro que no podré concentrarme en el trabajo por lo que resta del día. Además, no quiero darle la satisfacción al idiota de Zabini de verme así de derrotado. Antes de lo pensado, llego hasta un ascensor y oprimo el botón para que las puertas se abran. Una vez que ingreso, aguardo a que éstas se cierren, pero una pálida mano la detiene a tiempo. Cuando las puertas vuelven a abrirse, veo al hombre que tanta alegría y pesar me provoca.
─Potter.
─Malfoy.
Y sólo eso puedo hacer, responder su saludo, porque inmediatamente me paralizo y no encuentro la forma de hacer que mis cuerdas vocales funcionen. Aunque, ¿qué podría decirle? ¿Acaso soy capaz de rogarle porque me dé una oportunidad? No, no lo soy. Jamás se me ha dado bien eso de rogar. Y sé que, aunque pudiera hacerlo, tampoco lo haría, porque la poca dignidad que me queda no me lo permitiría.
Afortunadamente, llegamos al atrio más rápido de lo pensado, y sin despedirme de él, emprendo un apresurado caminar hacia las chimeneas del Ministerio. No obstante, escucho detrás de mí unas rápidas zancadas, y antes de que mi mente siquiera pueda interpretar qué es lo que está ocurriendo, siento un largo y fuerte brazo tomarme por el codo y girarme. Y lo único en lo que puedo pensar es que he muerto. He muerto y despertado en el edén, porque no hay otra explicación al hecho de que Draco me esté besando como si la vida se le fuera en ello.
Y lo beso. Claro que lo hago. Después de salir de mi asombro, entreabro mi boca para intensificar el violento ataque a la vez que siento a Draco arrastrarnos hacia la chimenea. Entre jadeos y entrecortados besos, lo oigo gruñir lo que parece ser una dirección antes de que unas esmeraldas llamas nos consuman. En menos de unos segundos, aterrizamos en una amplia y lujosa sala, mas no soy capaz de prestar demasiada atención a los detalles, porque inmediatamente Draco nos lleva hasta el amplio sofá que corona la estancia.
Una vez que se sienta, me atrae hacia sí y con toda la agilidad que mi pequeño cuerpo posee, me coloco a horcajadas de él, todo esto sin dejar de besarlo. Sin perder tiempo, tomo con fuerza la costosa túnica de Draco y ejerzo un fuerte tirón, capaz de rasgarla por completo en mi desesperación por desvestirlo. He esperado mucho tiempo por esto. Demasiado. Es por ello que no puedo contenerme, deseo sentir su piel en este preciso momento.
No pienso. En verdad no lo hago. De hacerlo, quizás hubiera reconsiderado romper tan fina prenda. ¿A quién quiero engañar? La hubiera destrozado de cualquier manera. Después de todo, tengo más dinero del que puedo contar y puedo reponerla sin problemas. Y si eso no es suficiente para aplacar el enfado de Draco, la mano que cuelo entre sus pantalones lo hará.
Con mucha parsimonia, comienzo un cadencioso vaivén sobre su erecto miembro, mientras me deleito en los sensuales sonidos que arranco desde lo más profundo de su garganta. Sin embargo, Draco no es alguien que se deje dominar y rápidamente muerde mi labio inferior para detenerme.
─¿Y bien? ¿No piensas demostrarme la gran habilidad que posee esa lengua? ─Pregunta elevando con gracia una ceja, a la vez que refriega su entrepierna contra la mía. ─A menos que prefieras uno de esos condenados bastones de caramelo, porque si es así, creo recordar que aún quedan algunos en la sala de reunión. ¡Oh, mierda!
No le doy tiempo a que continúe con sus interminables regaños y simplemente me deslizo con sigilo de su regazo. Sin pestañear, termino de abrir sus pantalones, y siguiendo su consejo, pongo en práctica uno de mis grandes talentos. El primer contacto de mi lengua con su firme erección es sublime e inigualable, y presiento que podría correrme solamente con esto. Pero no lo hago, fuerzo a mi mente a concentrarse en brindarle la mejor mamada de la vida a Draco. Y por los jadeos que oigo, estoy haciendo un excelente trabajo.
Delicioso. Eso es lo que es. Doy otro largo lametazo, igual al que le prodigué al bastón de caramelo, consiguiendo que un necesitado gemido escape de Draco. Lo siento cerca del éxtasis, pero él no parece querer que esto termine tan rápido y, si soy honesto, tampoco deseo que esto acabe aquí. No hasta poder sentirlo dentro de mí.
Lo siento jalarme con fuerza del cabello y traerme hasta su boca. Obedientemente, cumplo su deseo y vuelvo a dejar que asalte mi boca a gusto. Descuidadamente, rebusca entre sus prendas por algo que mi embotada mente no reconoce, hasta que percibo un frío aire recorrer mi desnudo cuerpo. Su varita, eso era. Con un pase de ella, Draco nos ha desnudado a ambos. Ahora que nada se interpone entre los dos, vuelvo a colocarme a horcajadas de él, mientras percibo mi sensible erección chocar contra su firme abdomen.
La excitación de ambos es abrumadora, por lo que Draco se apresura a realizar un último hechizo contra mi latente entrada. Inmediatamente, una fría y húmeda sensación extiende las paredes internas de mi parte trasera, preparándome para la gloriosa actividad que está por ocurrir. Sin embargo, un rastro de duda vislumbra por la brillante mirada de Draco. Para despejar cualquier rastro de vacilación de sí, me acerco hasta su boca y lo beso con fiereza, demostrándole lo mucho que lo necesito dentro mío.
Al instante, Draco toma su imponente erección entre sus manos y la dirige hacia mi lubricada entrada. Me incorporo lo suficiente para facilitarle el proceso, y una vez que lo siento rozarme, me dejo caer hasta sentirlo completamente dentro de mí.
Y gimo. Gimo como nunca antes lo hice. Las emociones me abruman y desbordan, por lo que cierro los ojos con fuerza y me dedico a disfrutar de la perfecta sensación de sentirlo dentro mío. ¿Cuántas veces soñé con esto? Demasiadas, pero ninguno de mis patéticos sueños puede compararse a la realidad. Nada ni nadie puede igualar lo que Draco es capaz de hacerme sentir.
Lo siento tomarme con firmeza de las caderas e impulsarme hacia arriba para comenzar un letárgico vaivén. No me opongo en lo absoluto, por el contrario, hago como dice. Ante esto, no puedo evitar pensar que soy una especie de títere a merced del titiritero más hermoso del mundo. Y no podría importarme menos, con gusto lo dejaré a cargo de las cuerdas si promete continuar brindándome este infinito placer.
Coloco mis manos sobre sus pálidos hombros para darme mayor impulso y es cuando lo siento. Lo siento rozar esa parte dentro de mi cuerpo que me hace ronronear en éxtasis. Los ataques a mi próstata se vuelven erráticos, claro indicativo de que ninguno de los dos podrá soportar este ritmo por mucho tiempo. Y fiel a mis sospechas, me escucho gritar con fuerza ante el mejor orgasmo de mi vida.
Las sensaciones son tantas y tan arrolladoras, que me siento colapsar contra el firme pecho de Draco. Por su parte, él propina unas pocas y erráticas estocadas más y alcanza el clímax. Amortiguo un ronroneo al notar la humedad que me llena, mientras percibo los acelerados latidos de su corazón.
Nos quedamos así por lo que parece ser una eternidad, simplemente acompasando nuestras respiraciones. Algo adormilado, siento a Draco utilizar uno de sus dedos como un pincel para dibujar abstractos dibujos sobre mi espalda. Y en verdad lo haría. En verdad podría quedarme así para siempre, suspirando entre sus brazos.
Desafortunadamente, sus caricias sobre mi espalda traen a colación otra completamente diferente a la mía y que tantos disgustos me ha dado el día de hoy. Sólo en ese momento recuerdo que esto no es un sueño y que, en realidad, Draco ya tiene a alguien. Lo odio, realmente odio a Zabini, pero eso no implica que esté bien lo que acabo de hacer. Jamás me hubiera metido en los pantalones de alguien ocupado, es un límite que me prometí en la vida cruzar. Entonces, ¿cómo pude permitir que ocurriera? ¿Y por qué no me arrepiento en lo absoluto?
Porque es Draco. Simplemente por eso. Cualquier estúpida regla que me haya autoimpuesto pierde significado y sentido con él. Sin embargo, la parte sensata de mi mente me obliga a arriesgar el pequeño resquicio de felicidad que he probado, sólo para poner sobre la mesa un tema que de seguro me alejará del hombre por el que he perdido la cabeza.
Me aparto un poco de su cuerpo y lo observo con intensidad, tratando de grabar a fuego en mi mente cada ínfima parte de ese hermoso rostro que me quita el aliento. Para darme ánimos por lo que estoy a punto de hacer, lo beso con delicadeza, pero impregnando en este todo lo que siento por él. El beso me sabe agridulce, y quizás así lo sea, porque esto puede significar una despedida.
─Draco.
La sorpresa en su rostro es notoria al oírme llamarlo por su nombre. Quiero sonreír por la ternura que me provoca, pero el conocimiento de lo que está a punto pasar evita que la comisura de mis labios se mueva.
─Harry.
Mi nombre en sus labios me sabe a gloria. Me siento sonreír como nunca antes lo he hecho, pero después de unos segundos, la realidad vuelve a golpear la puerta de mi conciencia y me dice que ya he retrasado esto más de lo que debería. Algo de pesar debe haber traspasado mis facciones, porque de inmediato lo oigo emitir con una ronca voz una interrogante.
─¿Ocurre algo? ─El recelo en su tono es notorio, mas no me atrevo a decir nada aún. ─¿Acaso ya te has arrepentido de esto?
¿Arrepentirme? ¿Acaso se había vuelto loco? ¿Cómo podría arrepentirme de lo mejor que me ha ocurrido en la vida? No, sin duda no soy yo quien se arrepiente. La verdadera pregunta aquí es si Draco no se arrepiente de haber engañado a Zabini conmigo.
─¡No! ¡Merlín, no! ─Lo beso, porque quiero dejarle completamente en claro que jamás podría arrepentirme de lo que acaba de ocurrir entre nosotros. ¿Cómo podría, si he soñado con esto por un largo tiempo? ─No es eso.
─Entonces, ¿qué es?
Por unos segundos, no digo nada y simplemente muerdo mi labio inferior con nerviosismo. ¿En verdad voy a hacerlo? ¿Realmente voy a arruinar este momento con la desagradable realidad? Al parecer, así lo haré, porque mi boca suelta sin pudor alguno aquello que tanto temo.
─No quiero ser sólo una aventura pasajera para ti.
─¿Y quién ha dicho que lo serías? ─Pregunta con genuino desconcierto, pero eso no consigue aplacar mis dudas.
─No juegues conmigo, Draco.
─¡No estoy jugando! ─Ejerce mayor vehemencia a sus palabras, y en verdad desearía poder creerle, pero la parte sensata de mí me recuerda que sólo un necio podría negar la existencia de Zabini en la vida de Draco.
─¿En verdad vas a negarlo?
─¿Negar, qué?
─¡Que aún estás saliendo con Zabini!
Risa. Una divertida risa. Eso es lo único que sale de la boca de Draco ante mis palabras, y es todo lo que necesito para que, nuevamente, mi corazón se haga añicos. La parte sensata de mi ser tenía razón, sólo fui una aventura pasajera para él.
Me levanto de manera brusca de su regazo, totalmente molesto conmigo mismo por haberme permitido esperanzarme con un imposible. Aunque Draco no parece estar de acuerdo con mi accionar y me atrae hacia su cuerpo. Sin darme tiempo a replicar algo, me besa con dominante fiereza, como si con ello intentara despejar cualquier rastro de duda de mi mente. Y quizás, sólo quizás, esté dando resultado.
No sé cuánto tiempo pasamos así, besándonos como si el mundo se fuera a acabar, pero de lo que sí estoy seguro es de no poder quitarme de la cabeza esta sensación de no ser correcto lo que le estamos haciendo al idiota de Zabini.
─No estoy saliendo con él.
Sus palabras resuenan en mis oídos como un cañonazo, dejándome completamente atónito y cien por ciento confundido. ¿Ellos no estaban saliendo? ¿De verdad esperaba que creyera eso después de lo que presencié hoy?
─Pero él…
─Él es para mí lo que la comadreja es para ti. ─Lo siento acariciar con suavidad mi pecho, pero no soy capaz de quitar de mi cabeza el hecho de que Ron no significa para mí lo que Zabini es para Draco. Aunque Draco no parece percatarse de mi incredulidad y continúa con su explicación. ─Sólo es el hermano que nunca tuve.
─En el hipotético caso de que te creyera, ¿cómo explicas lo que dijo hoy?
─¿A qué te refieres? ─Pregunta con gran confusión, como si realmente no supiera de qué estoy hablándole.
─A lo que dijo sobre "practicar un nuevo movimiento".
El rencor con el que suelto estas palabras me deja un amargo sabor en la boca, el cual no se quitará ni con uno de esos deliciosos bastones de caramelos.
─¡Ah, eso! ─Draco realiza una pausa, como si estuviera conteniéndose de soltar otra carcajada. Y realmente juro que, si lo hace, le lanzaré un desagradable hechizo en sus partes íntimas, por mucho que me gusten. Pero él no se ríe y reanuda su explicación. ─Con Blaise solemos practicar piruetas poco comunes en los partidos de Quidditch interdepartamentales que realiza el Ministerio, porque es la forma más efectiva de sorprender a algunos equipos. A eso se refería cuando habló del nuevo movimiento, jodido malpensado.
Decir que mi cara se colorea es una absoluta mentira. Siento mis mejillas arder más que un fuego maligno ante la vergüenza que me provoca haber, como muy bien lo ha dicho Draco, malpensado todo. No estoy seguro de si en estos precisos momentos deseo esconderme en un lugar donde nadie me vea (al menos hasta que pueda recuperar algo de dignidad), o simplemente gritar de euforia al comprender, finalmente y después de todos mis infundados miedos, que Draco no está saliendo con Zabini.
Afortunadamente, Draco me saca de mis contradictorios pensares al tomarme del cuello y unir, una vez más, nuestras bocas con desenfrenada pasión. Cuando nos separamos para recuperar el aliento, me observa con diversión y dice:
─Eres perverso.
─¿Por qué? ─Pregunto distraído, mientras comienzo a mordisquear el apetecible cuello que tan cerca tengo.
─Porque has hecho que, a partir de ahora, no pueda ver un bastón de caramelo sin recordar la forma en que me provocabas con éstos.
Ahogo una risita contra el blanco cuello de Draco al recordar la forma en que he conseguido llamar su atención, mientras lo siento tomar con posesividad mi trasero. Y al recordar lo que fui capaz de obtener sólo con un simple bastón de caramelo, no puedo evitar preguntarme qué otras cosas seré capaz de obtener con algo más sofisticado. Aunque eso es algo que Draco no tiene por qué saber. Siempre es bueno tener un as debajo de la manga, ¿verdad?
─Vele el lado positivo… siempre y cuando tengas uno cerca, te será muy sencillo obtener lo que quieras de mí. ─Dejo salir con un seductor murmullo contra sus labios, teniendo pleno conocimiento de lo que mi tono le provoca. ─Soy capaz de hacer lo que sea por un bastón de caramelo.
─¿Lo que sea?
─Lo que sea. ─Murmuro estas palabras como un suave ronroneo para distraerlo de la mano que vuelvo a colar entre los dos, todo con el único propósito de tomar esa gran erección de la que me he vuelto adicto.
─Entonces, creo que es una fortuna que la familia Malfoy sea dueña de una empresa muggle que fabrica bastones de caramelo. ─Draco suelta esta aseveración con una seductora ceja en alto, sabiendo lo que su especie de pregunta genera en mí. ─¿No crees?
Y lo beso, porque es lo único que puedo hacer en estos momentos. Solamente cerrar mis ojos y entregarme al infinito placer que Draco está dispuesto a brindarme. A pesar de que sus últimas palabras parecen ser una simple broma hacia lo mucho que me gustan los bastones de caramelo, estoy convencido de que significan mucho más. Y aunque no lo dice, sé que ésa es su forma de decir "juntos por siempre". Después de todo, nunca antes se ha visto quebrar una empresa de la familia Malfoy. Y estoy totalmente seguro de que la de bastones de caramelo no será la excepción.
oOoOoOo
Respuesta a guest reviews:
An chan: Un placer saber que te ha gustado. Como ves, aquí tenemos el POV de Harry. Espero que éste también te gustara. ¡Muchas gracias por comentar! Besito y que tengas un gran año.
Maleh: primero que nada, me siento honrada por saber que todas mis historias te han gustado. No puedo hacer más que agradecerte por tomarte el trabajo de leer y comentar.
Finalmente mi musa se apiadó y nos regaló el POV de Harry. Espero que éste también haya sido de tu agrado.
¡Ah! Un Harry celoso es simplemente adorable, ¿verdad? Y en esta parte hemos tenido mucho de estos ataques.
Sí, la forma en la que Harry manipuló las emociones de Draco es muy Slytherin, eso sólo reafirma lo que el canon dice: "Harry lo hubiera hecho muy bien en Slytherin". ;)
¡Millones de gracias por tus bellas palabras! Besito y que tengas un gran año.
Notas finales: ¿Cuántos de ustedes están mirando el árbol de Navidad repleto de bastones de caramelos de una forma completamente distinta ahora? ¡Porque yo sí lo hago!
Ya hablando en serio, si llegaron hasta acá, les agradezco infinitamente que se hayan tomado el trabajo de leer. Espero que este POV de Harry les haya gustado tanto (o más) que el de Draco.
Les deseo a todos un feliz año nuevo. Ojalá que este 2018 nos traiga mucho amor, felicidad y paz.
Besito enorme y nos leeremos en otra historia.
