Disclaimer: los personajes de Martín Hernández y José Manuel González Rodríguez pertenecen a Rowein, comunidad LiveJournal. Yo solamente escribí este Fanfic.

Pareja (para ser más obvios): Argentina (Martín) x Chile (Manuel).

#Hastage(?)ArgChiWeek2017

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¡Semana ArgChi!

Día 2

Baile típico

De paisanas y chinas

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Manuel no estaba seguro para nada de la invitación que había recibido por parte de su queridísimo vecino a Mendoza.

Se suponía que debían discutir entre el gobernador de dicha provincia y alguno de sus jefes algo con respecto al paso Los libertadores. Incluso se suponía que no iba a ir, pero ya que Martín sí asistía con los de su lado, entonces él también debía. Comenzó a dudar con rapidez de que fuera solo por algo tan trivial.

En serio, ¿quién hace una especie de celebración de bienvenida al país que supuestamente invita a charlar de temas menores? A él no podían bromearle así, sabía que había algo de trasfondo que seguro más tarde revisaría mejor...

El salón estaba lindo, con banderitas argentinas y chilenas por acá y por allá. Lo que le gustaba de los mendocinos era que hablaban con una mezcla increíble de dialectos. No era como hablaba él ni como hablaba Martín, era como si entre ambos hubiesen enseñado al mismo tiempo y entonces surgiera el acento mendocino.

"Pura tontera que pansai, weón."

Sacudió la cabeza.

La comida estuvo bien, la música de trasfondo entretenida. Ya pensaba que se iba.

Y hubiera estado genial eso, porque ni siquiera había tenido que soportar a la representación del lado vecino en toda la noche (a saber entonces por qué le dijeron que sí iría).

Cuando empezaron a correr las mesas y las sillas del centro, comenzó a preocuparse.

"¿Qué weá…?"

Un hombre salió de detrás de lo que sería el escritorio de recepción, que ahora tenía un par de parlantes a cada lado y una computadora encima. Tenía una sonrisa contenta y enchufaba un micrófono a uno de los amplificadores.

—¡Buenas noches, gente!

—Mierda…

—¿Les parece que nos vayamos adentrando a la pista para empezar a fraternizar como se debe? —Y se le notaba la sugerencia de acá a la China, como a todo argentino, aunque éste hablase diferente.

Se clavó a la silla casi por inercia, arrugando el entrecejo y cruzándose de brazos de mala gana. Su rapidez para amargarse era sublime.

Lo peor es que todos se levantaron y en seguida siguieron el ritmo de las canciones que comenzaban a sonar. Era prácticamente el único sentado (si no contaba al viejito de como noventa años al fondo del salón, que de todas formas movía la cabeza y zapateaba al ritmo de la música).

—Vamos buscando pareja, gente, que iniciamos un juego —dijo el DJ, y Manuel echó la cabeza hacia atrás, exasperado.

No iba a irse más.

—Vamos a ir poniendo canciones de distintos bailes de ambos lados —continuó explicando el tipo, sí, el tipo, ya no se merecía su respeto. Y le sorprendió que se refiriera a ambos países como "ambos lados". Ni que fueran una sopaipilla—. Intentemos mezclar argentinos con chilenos, gente, así aprendemos todos cómo se baila qué cosa.

Empezaron las canciones chilenas, que después de unos vítores por parte de los suyos no hicieron más que comenzar a bailarse con ganas. Iban y venían entre pisotones por la rapidez de los cambios, por la ignorancia de los pasos y riéndose con ganas por los papelones que iban pasando.

El argentino se reía, el chileno lo hacía ante la risa de éste.

Tan normal.

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Las luces se apagaron y volvieron a encenderse con un tipo de música que no reconoció en lo absoluto, obviamente.

Y mierda que se asustó cuando lo agarraron del brazo y lo echaron a la pista sin preverlo.

—¡Conshetumadre!

—¡Manu!

"Puta, el weón fantasma."

—¡Suelta, Martín, ¿qué hací?!

—Bailo chamamé, flaquito.

Y sí, el rubio había salido de la nada porque había llegado tarde (mala suya con el tráfico).

Tenía su frente pegada a la del chileno, una mano en la espalda y la otra en su cintura, mientras se movía de un lado al otro y lo hacía girar sobre sí mismo en una vuelta ligera.

Manuel atinó en seguida a soltarse. Muy cerca. Muy extraño.

No quería saber nada.

Martín lo agarró con más firmeza de la mano.

—No nos hagás hacer un papelón por irte, dale —Prácticamente pidió.

Lo fulminó con la mirada, más que nada porque tenía razón. La mayoría los miraba, como revisando que se llevaran bien. Manuel se imaginó que todos estaban como se debía porque ellos lo estaban, no quiso ni pensar en cómo se separarían en caso de que el mismísimo Chile se alejara del mismo Argentina.

Maldita sea la influencia.

Cuando empezó el tango Martín se tragó sus buenos pisotones y cabezazos por ponerse "weón". Las manos arriba de la cintura, y que no se le ocurriera arrimarse o le iban a "sacar la mierda".

La chacarera la gustó más, principalmente porque le recordó a la cueca, a la distancia y sin tocar. Y ver a Martín zapateando y mirándolo, con las manos en la espalda y sonriendo de una manera que no sabía explicar del todo (porque no se acostumbraba), trantando de "conquistarlo". Le parecía una escena tan vista y desgastada entre ambos…

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Se preguntó cuándo las cosas habían cambiado, antes de darse cuenta de que nunca lo habían hecho.

Siempre la tensión, siempre las bromas, siempre las peleas, siempre todo. Lo que no se esperaba era que se tratara de tensión sexual, de bromas insinuantes, de peleas bromistas. Y que al final ese todo terminara en nada de lo que pensó y en todo lo que no imaginó.

Martín estaba en un lugar y en otro. Martín era soberanamente insistente… y ya no le importaba que lo fuera.

Ya estaba bien con él rondando y mostrándose. Ya le gustaba.

Por eso no pudo evitar la decepción cuando el rubio dejó de aparecer.

El tema con la chacarera era tan simple como con la cueca. Era como en el mundo animal y las aves. Era el hombre mostrándose ante la pareja que buscaba, en este caso el paisano a la paisana. Él zapateaba, ella respondía (por lo que veía) con el bamboleo de las faldas y dándole vueltitas cerca.

Le pareció que Martín había hecho ambas cosas por mucho tiempo.

Había zapateado y había bamboleado las polleras siempre. Y siempre sin una respuesta por su parte.

Cuando comenzó la cueca, suspiró. Y ya no le importó nada. Ya había sido paisana por mucho tiempo.

Ahora era su turno de ponerse los pantalones y bailarle a su china argentina.

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—No te la puedo creer.

—Martín…

—No, no, no, no —Lo paró, pasándole la jarra de cerveza que acababa de robarle (ya que la suya estaba vacía)—. Me encanta cuando le ponés onda, siempre me dejás helado.

—Martín…

—¡Pero posta, boludo! Además nunca te vi bailar tan copado como ahí —Y volvió a robarle la cerveza y a darle un trago, antes de volver a devolvérsela—. Te adoro, flaquito, sos lo más.

—… Martín —Se calló lo primero que intentó decir, a sabiendas de que seguirían interrumpiéndolo—. Erí weno de china.

—¡Y vos sos una paisa re sexy, Manu!

El chileno se rió, moviendo los hombros suave y sacudiendo la cabeza.

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Ya había elegido a su pareja, no le quedaba más que comenzar a soportarla, y a disfrutarla.