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¡Semana ArgChi!
Día 3
Mitos y leyendas
La Solapa
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Mapuche sujetó de las orejas a Athn Mapú y a Kalen, estirándoselas hacia arriba y mirándolos a ambos con severidad. Ambos niños se frotaron el lugar afectado cuando fueron liberados y miraron a la mayor con lagrimitas en los ojos.
Lagrimitas de cocodrilo.
¡JA!
Como si ella no las conociera.
—¡¿Y ahora qué hacen jugando afuera?! ¡Es hora de la siesta!
—¡Fue Mapú!
—¡Calla, mentiroso!
—¡Me dijiste narizón!
—¡Me dijiste…!
—¡BASTA!
Ambos se quedaron quietitos, mirándose de reojo con rabia y empezando automáticamente con los empujones entre ellos.
Tehuelche apareció justo en ese momento, mirando a ambos niños con una ceja alzada y a Mapuche por igual.
—Es hora de la siesta, ¿qué hacen despiertos?
—¡Yo pregunto lo mismo!
—¡No me chilles así, mujer! —alegó Tehuelche—. Hace mucho que no logro que Kalen duerma a esta hora…
—No te pongas débil frente a él, te va a pasar por encima —gruñó la mapuche, poniéndose firme y mirando a los niños… que ya no estaban.
Allá iban rodando entre ellos por plena región patagónica, tirándose los pelos, mordiéndose y empujándose, riéndose a carcajadas cuando llegaban al final de la colina breve y volviendo a subir solo para bajar igual.
Masoquistas lo cabros.
—Ya ni caso… —Se lamentó la mujer.
Tehuelche sacudió la cabeza.
Iba viendo rodar a su nieto colina abajo cuando pensó en Guaraní. Su hermana le había dicho que no tenía esos problemas con Angatupyrý, mismo que le comentó haber enseñado la técnica a su hermana Tupí y a su "hermoso" y gruñón vecino Charrúa, que por eso Tabaeretá y Bilué no traían problemas tampoco…
—Si me permites, podría llevar a ambos con mi hermana, dijo tener una técnica buena para mantener silenciados a los niños a la hora del descanso.
La siesta era importante para todos ellos, demasiados ires y venires, demasiadas preocupaciones con que todos sus hijos coman y se mantengan en pie como para tener que, además, suprimir el descanso extra luego de las comidas importantes del día…
Mapuche aceptó.
Allá fue Tehuelche con el par de mocosos peleoneros hasta la región húmeda del litoral del continente.
Allá la vieron a Guaraní, a Tupí y a Charrúa, con sus respectivos niños.
Kalen encontró que gustaba de hacer sufrir más a Tabaeretá, con quien desde el principio instauraron competencia, mientras que Mapú simplemente prefería alejarse de los dientitos de Bilué, que buscaba morderle el pelo y a veces los hombros.
Los primos de Kalen eran todos un desastre, quizá Tabaeretá era más simpático y tranquilo, pero se juntaba mucho con ellos, por lo que solo era tranquilo en… demasiadas pocas circunstancias.
Los primeros tres días no vio mejoras, incluso Kelen y Mapú tenían tendencias más homicidas por tener árboles muy altos con lianas y enredaderas por las cuales treparse (y en la patagonia no había lianas ni enredaderas, por favor, eso era de tropical). Además, parecía que por la falta de frío los mocosos se cargaban de más energías y no paraban un segundo.
Claro, ellos eran inquietos con la sangre congeladas en sus venas, les pegaba un poco de calor y… uff.
—Qué tremendos están.
—Ya no sé qué hacer, hermana…
—No te preocupes, yo les hablo un rato esta tarde y van a ponerse tranquilos~ —Guaraní se acomodó sus rulos, sus collares y allá fue.
Los niños se cohibieron al principio con ella, si bien entendían cómo era una mujer y las diferencias, nunca habían visto a Mapuche precisamente desnuda…
Y Guaraní llevaba el pecho al aire libre, de suerte cubriendo sus otras gracias con lo necesario. Mapú era más cohibido, simplemente había mirado para otro lado, Kalen había preguntado que qué tenía al frente la señora. Ya pasado el primer shock, y como el resto de los niños ignoraban olímpicamente la falta de vestimenta, ellos también pasaron a hacerlo.
No entendía Tehuelche por qué dejar pasar tantos días para que los niños se conozcan, a fin de cuentas, a la hora de dormir era él el único que se quedaba despierto porque los suyos seguían dando vueltas e intentando ahogarse en los ríos.
Pero bueno, esa misma tarde después del almuerzo, Guaraní metió a todos en la tienda.
—Es hora de dormir la siesta~ —canturreó, arropando bien a todos y retirándose un minuto después.
Kalen y Mapú se acurrucaron también, uno junto al otro, y no pasó mucho para que empezaran a pelearse porque sin querer se habían tironeado del pelo o porque el otro le robaba espacio.
Tampoco pasó mucho para que los otros tres se revolucionaran también, y se ganaran todos a su vez un golpe de la mayor cuando los vio fuera de la tienda, haciendo bullicio.
—¡Se duermen o viene la Solapa!
Tabaeretá, Angatupyrý y Bilué desaparecieron dentro de la tienda, lanzando miradas desconfiadas desde adentro hacia afuera, Kalen y Mapú levantaron una ceja.
—¿Y qué es la Solapa?
Guaraní sonrió con picardía y malicia, arrodillándose frente a ellos e inclinándose, casi como si contara un secreto.
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"Cuentan que es una vieja muy fea que en las tardes de mucho calor, cuando el sol abraza y en los campos nadie sale, se pone al acecho de gurises que osen salir de sus casas.
Cuando encuentra uno de ellos a esas horas, lo encanta haciéndolo caminar para alejarlos y lo atrapa, envolviéndolo en los quince volados que tiene su vestido blanco y se los lleva.
Algunos dicen que vuela y lanza los chicos desde las alturas, otros que se adentra en el monte y deja a los niños abandonados a la merced de animales feroces y alimañas.
Es muy alta y fea y los niños que atrapa jamás la olvidan y sufren de por vida con terribles pesadillas que no se pueden curar."
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Ambos niños la miraron, incrédulos.
—¡No te creo, tía!
—¡Pero es verdad, Kalen! Prueba y quédate afuera entonces.
Obviamente, los mayores entraron, Mapú miró de un lado a otro con dudas y entró también, Kalen detrás. Porque si no tenía con quién pelear, no valía quedarse afuera.
Pasaron diez minutos nada más cuando se aburrieron, y la falta de costumbre de dormir en ese horario no les dejó de otra.
—¿Crees que sea real? —murmuró el morenito.
—No le creo nada.
—Entonces yo tampoco —Mapú arrugó el entrecejo, cruzándose de brazos.
Primero su madre lo dejaba con Tehuelche, después le sacaban el poncho porque hacía calor, ahora tenía que andar con apenas los trapos mínimos y había conocido el sudor sin correr y, sumando, le querían hacer creer en un bicho raro que robaba niños.
—¿Vamos afuera? —preguntó Kalen, codeándolo un poquito y entre murmullos.
—¡Sí!
Los niños salieron a hurtadillas, comenzando en seguida a reírse y jugar entre empujones y a las carreras.
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Llegaron a la zona de sembrado.
Mapú se detuvo de golpe.
Kalen lo miró sin entender, hasta que se giró.
Había una brisa silenciosa y rica que calmaba el calor pesado del húmedo lugar, silenciosa porque no había nadie por ningún lado, solo ellos y su propia risa infantil y chillona.
Entre un par de árboles se notaba una blancura iluminada por el sol, entre la cual notaron algo moviéndose por causa de la brisa, como retazos de ropa, como tentáculos de vestido que los abrazaría y los llevaría.
Y escucharon una voz cantarina sonando alto en una canción.
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No les dieron los pies para darse la vuelta y volver corriendo donde estaban, casi sintiendo que les pisaban los talones.
Se metieron de cabeza a la tienda familiera.
—¡Es la Solapa!
—¡Estaba la Solapa!
Tehuelche se despertó por los sacudones de su nieto, mirándolo sin entender nada. Guaraní, al otro lado de los niños, también se irguió un poquito, al igual que todos ellos.
—¡¿La vieron?! —Angatupyrý abrió los ojos grandes.
Los otros dos asintieron eufóricos.
—¿A quién vieron y dónde? —preguntó el mayor, bufando por verse su siesta interrumpida.
—¡A la Solapa! ¡En la huerta de zapallos! —cantaron al mismo tiempo.
—Yo les dije, yo les dije —alegó Guaraní, en tono de advertencia y amenaza—. A ver si salen otra vez así.
Pobres las hojas de los zapallos grandes, que las confundieron con tal cosa.
A menos que...
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—¡¿Qué le hiciste a mi hijo?! —bramó Mapuche, llegando con todo su vozarrón de mujer autoritaria.
—¡¿Por qué?! ¡Yo no le hice nada! —Tehuelche se cubrió la cabeza por las dudas, pero la aludida no le asestó golpe alguno. Lo tomó de los hombros, plantándole un beso bien sonoro en cada mejilla y atinando a uno sobre sus labios.
—¡Se duerme todas las tardes como tronco o se encierra y no molesta en lo absoluto! ¡Algo tuviste que hacer!
—Yo no fui… —aseguró él—. ¿No ves que Kalen tampoco molesta? ¡Mi hermana es una genia!
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Athn Mapú y Kalen miraban desconfiados la salida de la tienda, a las dos de la tarde, antes de darse la vuelta y echarse en sus respectivos lugares, como cada vez que se juntaban entre su abuelo y madre respectivos.
—¿Decís que es de verdad?
—Yo voy a decir que no es de verdad —masculló el menor, enojado, pero ojeando igual y dudoso la salida. No queriendo hablar más, se giró y se acostó a dormir finalmente.
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Desde un lugar bien oculto, donde ni los adultos podían apreciarlo, había algo. Cuya ropa andrajosa movía el viento y cuya sonrisa inmensa estaba completamente borrada por la circunstancia.
Se acomodó el vuelo de los harapos del vestido blanco, suspirando.
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Se le habían escapado…
