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¡Semana ArgChi!

Día 4

Tribus urbanas

Todo pasa

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Llovía.

Era un día tan grisáceo y horrible como cualquier otro.

Manuel se acomodó el flequillo, tapando el ojo moreteado y el corte en el pómulo, prácticamente los únicos motivos por los que se había dejado crecer el pelo. Se calzó las botas negras y el suéter del mismo color. Llevaba de luto sin saber realmente por qué.

O quizá sí sabía, pero lo mejor era no ahogarse mucho en eso.

Salió de la casa, se subió al auto que lo esperaba y marchó.

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Gritó hasta que la garganta se le quebró y los pulmones se quedaron sin aire. Agarró lo primero que encontró y lo azotó contra el suelo. Era de vidrio, no vio qué. Le siguió tumbando y pateando las sillas, los sillones, la mesa ratona en medio de todo.

Y un par de brazos rodeándolo por detrás, más fuertes, más grandes. El mentón sobre su cabeza y una retención firme.

Pataleó, se removió y gritó con más ganas, histérico.

—¡Suéltame, Martín!

—No, Manuel.

Y se echó hacia atrás, hacia adelante. Pegó con su cabeza el cuerpo que lo mantenía sujeto por detrás.

Y lloró tanto, hasta que las lágrimas simplemente se le secaron en la cara.

Hasta que el rubio pasó sus manos por su pelo castaño, que se enhebraba en sus anillos y desenredaba, abrazándolo aún contra sí, tarareando algo tranquilo y posiblemente sin sentido.

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Las piedras hacían que el suelo fuera todo menos uniforme, la lluvia le había pegado el pelo a la cara y le cargaban la ropa, se la hacían más pesada. Arrastraba tierra y algunas piedritas mismas con las zapatillas, que se ensuciaban y marcaban sin cuidados. Cuando se acercaron al tumulto de gente, le soltaron el brazo del que lo habían llevado hasta ahí.

"Mi más sentido pésame."

"Lo lamento tanto."

"No sé qué decir…"

"Entiendo tus sentimientos, cómo lo siento."

Una sonrisa escéptica, asentir mecánicamente y mirar al piso.

Más allá de sus pies, no era tan patético, pero el piso a fin de cuentas.

Si levantaba la vista…

Tarde.

Los cementerios le parecían horripilantemente curiosos.

Estaban todos ahí, desde los vivos hasta los muertos, desde el aire cargado de angustia o miseria y soledad, hasta las lágrimas y las palabras sin sentidos fijos. Le daba curiosidad la presencia que la sola palabra provocaba. Cementerio. Y que le dieran escalofríos y que le trajeran un revuelo estomacal a la garganta.

Y al mismo tiempo lo odiaba por todo ello.

La lápida estaba fría y tenía grabado el nombre de su abuelo, que más que abuelo fue padre, que más que padre fue toda su familia. No tenía idea de quiénes fueron toda la panda de extraños que lo saludaron, a saber ellos.

Se secó las gotas de lluvia que le bajaban por el mentón, que le simulaban lágrimas y a la vez se mezclaban con las mismas.

Todo pasa, pasa, pasa —Tarareó con la voz ronca, moviendo un poco la cabeza, sin despegar la mirada verde y fija del nombre en el concreto.

¿Dónde iría su mundo ahora…?

Siempre pasa, pasa, pasa…

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Metió las manos entre su pelo, jadeando con fuerza, la compresión en su pecho le provocaba un dolor y una desesperación agónicos. No poder hacer que el aire le pase a los pulmones era un buen punto para tomar en cuenta.

Mierda, cómo dolía.

La gente lo miraba, el bullicio a su alrededor se quedó mudo y solo se concentró en el pitido en sus oídos, en la presión que estaba asesinándolo lento y tortuoso desde su pecho y pulmones, en los latidos de su corazón cercando la arritmia…

—Shh…

—No puedo.

—Escucha el tren, concéntrate…

Y el traqueteo volvió a su campo sensorial, a oírse a través de todo, justo después de la voz en sus orejas. Y una mano enredándose entre sus cabellos rubios, atrayéndolo hacia el cuerpo delgado del muchacho que se encontraba a su lado, sin saber en qué momento había llegado.

Y estaban en el subte, dentro de la máquina, compartiendo vagón con un grupo de cuatro mocosos más jóvenes que ellos, más al fondo. Manuel tiene un pie sobre la barra de entrada al vagón, lo rodea con sus brazos, él lo abraza por la cintura...

Las manos de Manuel están tibias y tienen paciencia.

La paciencia de Martín está perdida desde hace meses.

Y llora como un nene en su pecho, en silencio, sin escuchar a nadie y sin importarle nadie.

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Y los latidos, de ese otro corazón torturado, lo calman…

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Martín toca la guitarra.

Martín se la pasa en conciertos de su rock nacional.

Martín tiene piercings en las orejas y a veces se pone uno en la ceja derecha, mismo que otro en la nariz. Usa anillos. Usa remeras y pantalones negros estampados. Y todo es rock. Todo es rock.

Sus canciones y las que toca, todo es rock.

Todo es una vibra y letras intensas, melodías pasivas y estremecedoras.

Todo lo envuelve y lo quema en comprensión que no quiere tener.

Manuel se cubre la cara por los golpes que le regalan en la escuela, por el desprecio y la discriminación que recibe en una casa que no es suya. Los puños de la ropa hasta los nudillos, las ojeras marcadas y vívidas. Todo oscuro, todo horrible, todo flaco y deshilachado e invisible.

La primera vez que Martín le dijo que era hermoso, se rió.

Y ya reírse era un logro y un cambio inmensos.

Todo lo que es Martín, todo lo que es su vibra, su música, su pasión, lo hace olvidar.

Y todo lo que es Manuel, con su pertenecer al lado oscuro del humor, al lado sarcástico, al lado inestable y dramáticamente gris, le hace dar un motivo hermoso...

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"No es mi papá, es mi padrastro. Mi mamá se murió hace unos cuantos meses, ¿cachai…?"

"Cacho…"

"Y me trajo de Chile a Argentina, y todos aquí me dicen que soy un emo, que quiero hacerme el especial, que por eso no hablo y ando escondido…"

"Si es por eso, soy un rockero desmedido y sin otro interés más que el mío."

"Erí un weón que se hace el rockero."

La risa de Martín es un canto, es una diferencia, es como una luz.

"Y vos sos un único y especial que se hace el emo."

Le revuelve el pelo y él se deja abrazar, se deja aplastar en el sillón de la casa de Martín, mientras éste se acomoda en su pecho como de costumbre y se queda en su momento de paz.

"Yo estaba tan solo…"

El silencio que recibe es inmune a los desprecios, es cómodo. Sabe que lo escuchan por las caricias en el pelo rubio, por la nariz de Manuel escondiéndose en ellos, seguido del mentón del castaño sobre los mismos.

"No tenía a nadie más. Pero nadie. Ni una tía cerca o que quisiera preocuparse un poco. No tenía un solito motivo…"

Frota la cara contra el polerón negro, haciéndole un poco de cosquillas y rompiendo la tensión poca y breve que se forma.

"Yo me quería morir todos los días, Manu…"

Y Manuel lo entiende tanto…

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Prácticamente se siente uno con el agua de la lluvia, uno con el barro del suelo, otro con la imagen de la lápida gris en frente.

Ya está mohosa y tiene marcas de raíces creciendo.

Se limpia los ojos, para no quedarse enteramente ciego por el agua. Y llueve y llueve sin parar, y las ideas no dejan de parecer un abismo horrible al que no le queda otra que saltar.

Todo tan gris…

Y ya no hay gente con murmullos, ya no hay nadie que le dé importancia a nada de lo que hace. Está solo y está haciéndose tarde, en cualquier momento vendrían a invitarlo a irse.

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Los sentidos se le apagan, se le oprime el pecho y las lágrimas se acumulan sin causas en sus ojos. Y los cierra con ganas de borrarlas, logrando no más que se deslicen y pierdan por su cuello. Le sudan las manos, se le altera el corazón, el aire comienza a faltar, como si la lluvia hubiese llenado todo y comenzara a ahogarlo.

La desesperación de no saber dónde poner un pie al segundo siguiente se lo come vivo.

El sonido constante y aturdidor en su oreja hicieron que llevara ambas manos a cubrirlos, desesperándose porque se vaya, sacándose los auriculares entre temblores e impaciencia.

Las piedras se mueven, o las pisan más bien. Hay un sonido que amortigua el silencio y el constante repiqueteo de las gotas en el suelo y sobre él.

Gira la cabeza, enervado y boqueando por aire.

La figura estaba a unos tres metros, oscura y borrosa, pero estaba.

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Manuel ve color por primera vez en días o meses. Y es el color verde de los ojos de Martín, el pelo rubio y aplacado por el agua.

Martín ve a alguien por primera vez en agonizantes horas de tortura y pesadumbre.

Y apenas se ven por primera vez.

No saben por lo que pasarán, pero saben desde ese momento, principalmente desde el mismo en que Martín logra ponerse en pie, entre tambaleos, y Manuel saca el paraguas que tenía en la mochila, acercándose a cubrirlo cuando lo nota realmente mal, que ahí se encuentran.

Y que ahí se tienen.

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