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¡Semana ArgChi!
Día 5
Platos típicos
De completos y locro
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A Manuel no le gustaba tanto Santiago de Chile, su capital tendía a ser muy ruidosa y acelerada como todas las capitales. Obviamente prefería más el campo, o la región Metropolitana no más ayudaba a aligerar sus tensiones. Si no fuera porque Martín le pidió que por favor fuera su guía turístico, ni siquiera se habría molestado en memorar los lugares que, sin dudas, tenía que enmarcar como apreciables.
Santiago de Chile tenía sus partes lindas.
Y ya después de una mañana y una tarde a las corridas, un completo de uno de los carritos de la calle, en un banquito en la plaza de las flores, era lo ideal.
—¿Y qué tiene el completo?
—El italiano tiene palta, tomate y mayo.
—¿El pancho tiene palta?
—Aish, a veces me pregunto qué weá te vi pa' quererte de pololo, Martín.
—Si soy lo más, flaquito, no me vengas con esa.
Manuel sacudió la cabeza, parando en el puestito y pidiendo su completo.
Cuando llegó el turno de Martín, él ya le había dado su primer bocado y estaba deleitándose y agradeciendo a los dioses por tal creación…
—Sin palta, por favor.
PAREN TODO.
El puestero se quedó con el ingrediente a medio camino, mirando al rubio casi sin creérsela. Algunas personas que pasaron dejaron entrever la sorpresa que les dio escuchar eso, por casualidad.
Cotillas, pero tenían razón.
Y es que el argentino gustaba de la palta, pero no para los panchos, y no podían decirle nada...
A Manuel se le subieron los colores a la cara.
Martín, en plena y completa indiferencia de las miradas de todos o lo que pudieran juzgar (como era él en toda su gloria), recibió el completo sin palta, y se giró.
Miró hacia un lado, hacia el otro. Ni rastros de Manuel.
Allá iba el chileno, reconoció al ver mejor, por la esquina, caminando entre apurado y nervioso.
—¡Manu, no me dejés!
—¡Yo no te conozco, weón!
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Manuel debía admitir que, pese a ser un tanto diferentes a la hora de la comida, Martín nunca le había puesto en frente algo extraño y que lo hiciera querer apartar cosas del plato, o hacer que se viera como una nena de paladar delicado (ayudaba que no fuera para nada delicado).
Visitarlo para sus fechas patrias siempre suponía comer en grande, porque en la casa del vecino siempre se comía harto en tales circunstancias (así como en la suya, pero más exagerado). Solo que visitarlo el 25 de mayo y que Martín no tuviera amigos con él, nunca había ocurrido.
Lo primero que comieron fue una picada simple, como a las cuatro de la tarde Martín lo sentó en la mesa, dejando un plato hondo al frente con algo que olía extraño y visiblemente parecía un revuelto de cosas sin mucho sentido.
Carraspeó.
—¿Y qué es?
—Locro, flaquito, locro —señaló Martín, sentándose en la mesa, suspirando y dándole el primer bocado a la especie de guisado de ingredientes múltiples.
Se veía espeso, entre colorado y marrón, el maíz y el chorizo encremados entre todo. Olía raro, como a un guiso con grasa exagerada. Y le provocó un revuelo de náuseas por un instante.
—Oye, weón, no voy a comer esto.
—¿Eh? ¿Por qué?
Martín lo miró a él y miró el plato, dándose cuenta los motivos.
—Te re aseguro que tiene mejor sabor de lo que parece.
—¿Y qué sabí tú? Si no comes completo con palta dudo de tu gusto.
Martín sonrió con arrogancia.
—Me gustas vos, ¿no?
—… soy la excepción.
Qué lindo el chileno sintiéndose especial.
—Dale, en serio. Yo al final probé igual el pancho con palta, eh.
—Pero esta weá parece pa' los perros.
Martín se llevó una mano al corazón, exagerando el dolor. En parte comprendía al chileno, porque él la primera vez tampoco vio aquella comida con mucha confianza. Si no fuera que tuvo que adaptarse por fuerza mayor (precisamente la de no morirse de hambre), quizá no la hubiera probado tampoco.
—No es para los perros, Manu —Sonó ofendido, haciendo que el chileno arrugara el entrecejo molesto. Movió entonces su plato al lado del de Manuel, pasándose a la silla de junto igualmente—. Dale, te re juro que está riquísimo. Lo hizo doña Olga, no vayas a romperle el corazón a doña Olga.
Doña Olga limpiaba la casa de Martín los lunes, miércoles y viernes, se veía bacán y buena onda la señora…
Manuel probó el locro.
Hizo una mueca, masticó con idea.
—¿Y? —Martín seguía los movimientos casi tan ansioso como un nene.
—Pasa.
El argentino dejó caer los hombros, desanimado.
—¿Pasa?
—Sí, pasa noma' —Manuel siguió comiendo con más confianza.
—Sí, pasa. Como el pancho con palta.
Martín sintió un codazo en las costillas, que le hizo hacer una mueca y reírse divertido después.
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Estaban comiendo los pastelitos caseros, rellenos de dulce de batata, mirando por el balcón las calles de la capital de Argentina, todas pintadas de banderas celestes y blancas, con unos mates para el argentino y un café para Manuel, cuando el mayor sonrió con picardía y malicia, ganándose la atención del menor.
—¿Sabés lo único de todas mis comidas que vi que no le hiciste asco?
Manuel levantó una ceja. No se acordaba de haber sido tan asqueroso con la comida ajena, era la primera vez que realmente dudaba de probar alguna.
—Si no soy delica'o, weón.
—No, pero siempre me preguntaste primero hasta el más mínimo detalle antes de comer, menos con dos cosas.
—… ¿cuáles?
Supo que no debió preguntar cuando la expresión del argentino se acrecentó.
—Uno, mis pastelitos caseros —señaló al que tenía a medio comer en su mano, el chileno asintió—. Dos, mi pico dulce.
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Y Martín esa noche durmió en el sillón.
