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¡Semana ArgChi!

Día 6

Flor Nacional

Anahí

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—Tu primo nos invitó a su casa.

Martín se giró en la cama, pasándole un brazo y una pierna por encima. Le notó la nariz en su cuello y un murmullo entre dientes, medio adormecido.

La chica dejó el celular en la mesa de noche y se giró, quedando boca arriba y haciendo que el rubio pasara de su brazo a dejar su mano justo sobre su vientre.

El muchacho acarició con cautela y cuidado la panza redondeada, cuya camisa para dormir no alcanzaba a cubrir del todo. Tenía la tendencia de dejar los últimos botones desprendidos para mejor comodidad. Era una de las camisas de Martín, una de las viejitas que ya no usaba.

—¿Y vos querés ir?

—Sí, po. Dijimos de ir hace un tiempo y nunca cumplimos.

—Pero estás panzona —renegó Martín, metiendo con sutileza los dedos entre los botones de la camisa para acariciar otra vez el vientre hinchado—. ¿Y si pasa algo?

—¿No hay hospitales de camino a Paraguay, weón?

El argentino sonrió, desperezándose un poco para levantarse y robarle un beso a la castaña.

—Bueno, Manu, me convenciste.

—Ja-vi-e-ra —corrigió ella—. Llevo casada contigo tres años y seguí con el Manu.

—Si te llamás Manu…

—Pero primero Javiera.

—Javiera Manuela González Rodríguez de Hernández. El nombre te hiciste, flaca. ¿O tengo que decirte gorda?

Recibió un almohadonazo.

Los siete meses, casi ocho, se marcaban en la representante de Chile con toda la furia. Tan flaquita que era le daba pie a notarse demasiado panzona al cargar un bebé.

Una bebé.

Una beba.

La que no esperaban tener en lo absoluto.

Tenían entendido que entre países la reproducción era soberanamente complicada. Todos les explicaron que si eran "padres" o eran "hijos" sería por medio de una especie de adopción, porque algún caso en particular le designara encontrar (o conquistar, ejem) un niño perdido en sus u otras tierras y tuvieran o decidieran cuidarlo.

Nadie nunca les había comentado que igual podía darse un embarazo si realmente caían condiciones justas...

Países vecinos, mucha gente mezcla de ambos, un hombre, una mujer, relaciones físicas de por medio. Tierras que podían ser representadas sanamente por alguien que, si no estaba aún, podía nacer. Algún tipo de relación que los involucrara cada vez con más fuerza, sin presiones...

Javiera quedó embarazada al tercer año de casarse con Martín.

Ya tenían a Carlitos como el propio hijo adoptivo de ambos, desde antes. Tierra del Fuego era una isla, era distinto, ya se encontraba ahí.

Aunque tuvieran entre ambos que enseñarle y vigilarlo, no había tenido que abrir las piernas y pujar para sacarlo. E incluso había períodos de tiempo donde no necesitaban tenerle el ojo encima.

Sí, no es como si la chilena estuviera realmente entusiasmada con el embarazo cuando apenas se enteró.

Ninguno, en realidad. Porque Martín tampoco esperaba que alguna vez ocurriera…

Pero…

—¿Ya decidiste nombre? —Javiera se alisó el pelo y acomodó la camisa larga y grande que hizo caer sobre sus hombros. Era prácticamente la única ropa que utilizaba, ya que era la única que alcanzaba a cubrirle el vientre (y hacía frío para dejarlo al aire, por favor).

No tenía mucha ilusión con nombres, todas sus ideas eran malas, ella misma lo aceptaba, por lo que en medio de una rabieta entre ambos, quedó decidido que Martín eligiría, así como ella había decidido llamar Carlos a Carlitos cuando apenas lo encontraron.

—Mm… ¿Olivia?

—No me gusta.

—¿Rebeca?

—No.

—¿Camila?

—Mejor piensa un poco más, Tincho.

Martín suspiró. Ni él estaba seguro de ellos.

—¡Weón, mírame la guata!

Javiera se levantó la camisa a la velocidad de la luz. Y Martín tuvo un ataque de impresión.

Claramente se vio pasar un pie a través de la panza de la mujer, que miraba intermitente de la misma a su esposo.

No supo en qué momento, pero la chilena sonreía y le sujetaba la mano para plantarla sobre la superficie. Y Martín tuvo el corazón martillándole en las orejas con insistencia por la sonrisa de la chica y las patadas de su hija. Envolvió todo lo que pudo del vientre entre sus manos, acariciando con suavidad y cautela. Se agachó un poco, también.

—Hola, bebota —dijo, apoyando la mejilla sobre la panza, en lo que Javiera le revolvía el cabello con sutileza y cariño.

… pero ¿cómo no encariñarse rápido de algo así?

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Daniel los había invitado hacía varios meses, justo antes de que Javiera resultara embarazada y Martín decidiera que lo mejor sería quedarse quietitos en Neuquén, donde vivían desde su casamiento. La chilena emperrada con el asunto, ya que la idea antes de todo aquel dilema había sido conocer Argentina de pies a cabeza (y no la representación, la tierra en sí).

Martín se había concentrado tres años en conocer su patria, pero ella tuvo que resguardarse lo poco que tenía del país de su esposo por esa causa mayor. ¿Y qué mejor que una invitación a Paraguay para recorrer un tramo de provincias argentinas de por medio?

Una vez estuvieron las maletas, salieron de viaje.

Y cruzaron por Mendoza, Córdoba, Santa Fe…

Pararon todo lo necesario para que ella estirara las piernas y que no se agobiara por las horas sentada en el auto. Demorándose sin prisas, conociendo todo lo que se le antojaba a la susodicha mimada.

Porque claro, desde que dijo "Si no fuera un país, pensaría que estoy embarazada", Martín la cuidó y malcrió tanto como le dieron las manos.

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En cinco días estuvieron en Entre Ríos.

—¿Paramos en Chaharí?

—Sí, po. Ahí están las termas.

—No, Manu. Ya te dije que no.

—Pero…

—¡No podés meterte al agua, flaca, te puede hacer mal!

—Puta el weón pesa'o. Quiero verlas no ma'. Aparte dice que tiene piletas de agua fría. ¡Y es Ja-vi-e-ra!

Martín miró de reojo la temperatura, que dictaba 34 grados, miró a la chilena que se abanicaba con el mapa, pese al aire acondicionado.

Había tocado día de calor en pleno otoño. Bufó, regresando la vista a la ruta.

—Vamos a las termas.

Una risita de contentura le llegó a sus oídos.

Cuando quería podía ser bien maldita.

—Erí un amor, Tincho~ —canturreó.

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Lo primero que le llamó la atención a Martín, fue cuando salieron de la piscina olímpica de agua natural. Javiera se veía preciosa de perfil, panzona, con la bikini que simulaba una falda cortita inferiormente y un sostén rojos. Se notaba visiblemente relajada, al punto que se echó en la hamaca paraguaya que había frente a la cabaña (alquilada dentro del mismo complejo termal) y se quedó dormida.

Le sacó tantas fotos como pudo.

Y ahí fue; vio el ceibo de fondo.

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"Mi nombre es… Martín" dijo, dudoso.

"¿Entonces sos uno de ellos?" Sonó a desconfianza.

"¡No! Yo antes me llamaba distinto, mi tata me decía Kalen."

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Inclinó la cabeza hacia un lado, dejando el celular en la reposera y acercándose al árbol. Casi de forma mecánica.

Se encontraba detrás de las arboledas que rodeaban las cabañas, para servir de soportes a las hamacas. Había una plantación entera de ceibos ahí atrás.

El primero que vio tenía un cartel a sus pies.

"Ceibo. Árbol autóctono." Y más chico, debajo del título, indicaba: "Flor nacional."

Tocó su tronco con cuidado, acariciándolo con suavidad y subiendo a sus ramas.

Las flores rojas colgaban llamativas, como un pétalo gigante rodeando una aguja curvada. Rojas.

Bien rojas.

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"¿Y vos quién sos?"

"Yo soy guaraní."

"No qué sos, quién sos."

"¿Por qué mejor no te vas, gurí roñoso?"

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Sonrió, sin sentirlo realmente, casi sin creerlo.

No se acordaba de eso. Y un instante de pánico le surcó las venas.

¿Hacía cuánto no pisaba Entre Ríos? ¿Hacía cuánto que no iba por su zona litoral a pie, de camino a visitar a alguno de sus primos?

Sintió un escalofrío, rodeando el árbol y aclarándose la vista con el resto de ceibos que seguían y seguían, casi sin dejarlo ver dónde terminaba la plantación.

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Volvió a ser un niño, por un instante.

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Un niño que odiaba usar zapatos, camisa y pantalones largos. Que adoraba jugar en el barro y perseguir animales, comer frutas bien dulces y escurrirse de la vigilancia de sus mayores cuando le ganaban las ganas de corretear y ser odioso.

Un niño que llegó a toparse de golpe con una chica, en el medio del campo de las tierras de su tía Guaraní.

La tía que hace tiempo no ve.

La tierra en la que hace tiempo no se ensucia.

La fruta que hace tiempo no come.

La chica que no lo reconoce.

—¿Y vos vivís en el monte?

—Sí, nde —aclaró, sonriendo calmada. Le llamaba la atención que el mocoso tuviera el pelo corto, que la ropa lo vistiera entero, que ya no fuera el mismo del que le habían hablado o había escuchado—. ¿No es mejor que vayas de nuevo con tus jefes?

—Pero me gustó escucharte cantar.

Ella sonrió.

Se vería como seis o siete años mayor. Él tenía aparentes trece años, cuanto mucho. Y era la primera vez que se dejaba la ropa puesta y se dejaba cortar el pelo.

—No tendrías que haberme escuchado cantar…

—¿Por qué?

—Porque significa que me van a ver…

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Martín, de todas formas, volvió a buscar a la chica una y mil veces. No era por nada, no era por gusto físico. La chica no era linda, era espaldona y daba miedo con la cara de mala que cargaba. Pero cantaba de una forma que le hacía quedarse a sus pies escuchándola y escuchándola.

Martín la escuchaba cantar incluso cuando estaba a kilómetros de ella, incluso cuando se encontraba encerrado entre las paredes de las casonas feas y grandes que Antonio había construido y donde lo escondía cuando se portaba mal.

Solo. Silencioso. Aburrido.

Hasta que la voz de la guaraní aparecía.

Y Martín seguía portándose mal, se escapaba por la ventana o entre las piernas del español cuando éste llegaba a decirle algo. Y corría entre el campo, entre los árboles, conociéndolos como la palma de su mano, siendo todo completamente él.

Su parte originaria rogando por no ser olvidada, gritándole que siguiera siendo igual y no se perdiera...

—¡Hola!

Mbóre…

—¡No me importa qué me digas, ya te escuché!

Y la chica bajaba de los árboles. Siempre viéndose distinta, siempre viéndose mayor. Porque ella era humana, no era como él.

Ella perecía… e irónicamente también una parte suya lo hacía.

—Nde, te dije que no vinieras más.

—Pero te escucho cantar…

Ella suspiró, revolviendo las hebras rubias con sus manos de piel trigueña, sonriendo con ternura.

Porque ver a Martín le daba un mensaje claro. Verlo tan seguido de esa forma, en esas fachas.

Significaba que perdían lo que eran ellos.

Le traía un augurio de muerte.

Y Martín la vio aparecer algunas noches después, en el campamento donde lo tenían vigilado, trayéndola esposada los soldados de Antonio.

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Lo triste de eso es que no la escuchó cantar, pese a tenerla cerca.

A Martín le dolía la panza y el pecho con cada lágrima que caía del rostro de la chica.

Martín sentía que algo en su interior se le moría irremediablemente, por primera vez en su corta vida.

Porque hace poquísimo era Martín, hace poco que conocía a Antonio. Todavía era más de su pasado. Todavía era más Kalen que Martín.

—Nunca vas a olvidarnos, ¿verdad?

Y supo en ese precioso instante, con la punzada recorriendo su pecho y el punto de sangre manchando su ropa, que definitivamente esa mujer era la última hija de Guaraní que vería por sus tierras.

—Nunquita, nunca —Y se secó las lágrimas con el puño de su ropa, sorbiendo su nariz y rodeando la cintura de la guaraní entre sus brazos.

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La noche cayó pesada.

El grito se hizo oír.

La sangre no se hizo esperar.

La hoguera no tardó en encenderse.

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Martín se acarició el pecho desnudo, donde tenía puntitos cicatrizados.

Sintió algo chocar contra el lado izquierdo de su espalda, seguido de una mano delgada y pálida acariciar casi sobre la suya, del mismo lado. La mejilla de Javiera apretándose en su hombro por un momento.

No se dio cuenta de que temblaba hasta que la chilena le acarició el rostro con su otra mano, que sintió también la humedad en su cara.

—¿Y por qué llorai, Tincho? —A ella misma le tambaleó la voz por verlo así, envolviéndose más en la bata de baño.

Hacía frío, ya no había más luz que la de los focos de las cabañas. Cuando despertó no estaba, por lo que salió a buscarlo. Esperó encontrarlo en cualquier lado menos ahí.

Menos así.

—No me canso de ver cómo los cagué a todos, Manu…

—¿Ver? —Ni fuerzas para reclamarle por cómo la llamaba, frotó su espalda con cariño, a la vez que las cicatrices de su pecho, que le daban una idea, quizá…

Una cicatriz, un puntito casi imperceptible, por cada tribu originaria que Martín vio sucumbir. La más grande era la que más cerca del corazón cargaba, la de su tata en la Patagonia.

Con un porcentaje de sus hijos apoyando los pueblos originarios, Martín había comenzado a recordar. Tenía un rizo castaño escondido entre sus hebras rubias, lloraba bastante entre memorias que repentinamente aparecían.

Ella entendía en parte lo difícil que era tener abandonado ese lado de cada uno. Pero no quería ni pensar cómo debía sentirse recordar de golpe cómo fue verlos caer, sin poder hacer nada para salvarlos, sin mover un dedo por ellos.

Incluso llegar a apoyar su desaparición. Porque Martín le había confesado que, en un momento largo de su vida, no había querido ni verles la cara a los hijos de sus tíos y abuelos. Principalmente después de un período de vida que no recordaba.

—Acordarme, Manu… —Se corrigió.

Agarró la mano delgada de la chilena entre las suyas, llevándola a sus labios para depositar un beso suave. —Fui tan mierda con todos. No sé cómo me pude olvidar de algunas cosas… —Y sonrió, casi con dolor.

La castaña lo abrazó, escondiendo la cara en su pecho, su vientre grande chocando con el de Martín, no dejándola sentirlo en totalidad. Los temblores del argentino acabaron provocándole lágrimas igual, que no alcanzaron a dejar sus ojos.

Le había costado horrores a ese Tincho que tenía en brazos aceptar lo que fue, aceptar que todo estuvo ahí y que por algo dolía. Aún más el saberse desesperado por saber más, por consumirse en el arrepentimiento por todo lo que hizo.

Fue un cambio brusco.

Los recuerdos reaparecían bruscos.

Y le había costado horrores a ella misma hacerle ver que podía confiar cada lágrima y cada amargura…

—Intenta pensar cosas bonitas, Tincho.

Su vientre se removió, haciendo que su esposo la suelte con lentitud, para volver a llevar sus manos a su panza, sutiles y calmas.

Fue todo lo que necesitó, en ese instante, para sentirse mejor.

No le temblaban los brazos, y fueron disminuyendo del resto de su cuerpo…

—Quiero que se llame Anahí.

Javiera lo miró a los ojos. Esos verdes que le gustaban tanto, que se encontraban rodeados de rojo por el llanto. Acarició sus manos sobre sí, sonriendo e inclinando la cabeza un poco hacia un lado.

—Me gusta Anahí —Martín soltó un sollozo, el último, volvió a hacerle soltar un par de lágrimas gruesas que le bañaron la cara—. ¿Sabí por qué?

Volvió a pegarse todo lo que pudo a él, sujetándole del cuello con cuidado para acercarlo a su rostro.

—Fue el único nombre que dijiste sin dudar —Lo besó apenas, un roce. Con tranquilidad y ternura, contacto que Martín repitió, haciéndolo un instante solito más duradero.

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—¿Y cómo te llamás?

Antonio no pudo hacer nada por retener al rubiecito, que se acercó a la hoguera donde la indígena vestía la sangre de su soldado muerto y aguardaba su muerte, como mecanizado y llevado por algo más fuerte...

El fuego parecía no querer iniciar, no sabía si por Martín o por ella, pero ahí se quedaba. Como aguardando.

La sangre de ella, y en ella, tan rojas como las flores que adornarían el árbol que crecería en ese mismo lugar. No al día siguiente, quizá, pero sí solo un tiempo después.

Y la chica respondió.

Y con el fuego creciendo, ante los ojos de Martín, empezó a cantar.

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"Che i-Anahí."

Yo soy Anahí.