CAPITULO 3. De emociones y otras intenciones.

–¡Pelea, Pelea, Pelea!–Gritaban al unísono los alumnos que en ese momento se había aglomerado en la mesa de Gryffindor del Gran Comedor.

–¡Si serás cabrón!–articulaba Harry mientras mantenía a Ron en el piso sin poder moverse.

–¡Ha…harry te juro que no fue mi intención, so…solo sucedió!–señaló el pelirrojo con dificultad mientras intentaba zafarse del agarre de su amigo.

–¿No fue tu intención eh? Bueno esto tampoco es mi intención–exclamó mientras su fuerte puño se estrechó en la cara de él.

–¡Potter, Weasley!–gritó una voz, abriéndose paso entre la multitud que rodeaba la pelea.

Al instante ambos amigos se levantaron.

–Tienen tres segundos para explicarme qué demonios fue lo que acabo de presenciar…o de lo contrario los llevaré directo a mi despacho…–exclamó el Encargado de la Casa de las Serpientes mientras dirigía una mirada calculadora a ambos. –Tal vez bajo mi vigilancia puedan comportarse como dos magos normales–agregó, sin obtener respuesta alguna de los Gryffindors.

–Aquí se viene a aprender magia jóvenes…Así que déjenme aclararles algo…si pensaban que este tipo de comportamientos están permitidos en Hogwarts, están completamente equivocados. Este lugar no es una maldita cárcel para criar brabucones idiotas que necesitan de completa atención. Pero claro…–rio sarcásticamente–se me olvidaba que estamos hablando del elegido ¿no?, así que le pregunto Señor Potter ¿acaso se cree con la fantástica y asombrosa necesidad de que los demás estemos obligados a prestarle la atención que requiere?.–

El pelinegro sólo pudo apretar los puños ante el comentario irónico de su Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, sabía que si lo atacaba podían expulsarlo en segundos, así que se limitó a escuchar el sermón que tenía para él.

–Bonita cara Weasley–comentó en tono burlón un chico rubio que se encontraba en lo alto de la escalera principal del Castillo; pues momentos antes había presenciado la pelea desde la mesa de Slytherin.

–Déjame en paz Malfoy–replicó evidentemente furioso. Lo que menos necesitaba en ese momento era otra pelea.

–Saluda a Granger de mi parte–señaló con una sonrisa malévola en su cara, haciendo que el pelirrojo se encendiera al instante.

El ojigris había escuchado que el motivo de la pelea era Granger. No es que estuviera al tanto de la relación que mantenía con el pobretón desde hace más de 7 meses, pero pudo imaginarse perfectamente cuál era la razón por la que San Potter le golpeó.

–¡Maldito hurón, te voy a…!–el pelirrojo estuvo a punto de iniciar lo que sería un mes de detención y castigo, pero sus intenciones fueron interrumpidas por la Jefa de la Casa de Gryffindor quien se acercaba a ellos con paso apurado.

–¡Señor Weasley!–se dirigió Minerva McGonagall observando a ambos estudiantes por encima de sus gafas–el Profesor Dumbledore le busca…–hizo una pausa, y deteniendo su mirada en el alto rubio agregó–con urgencia–. Dicho esto Ronald Weasley se dirigió a la Oficina del Director, mientras que Draco Malfoy siguió su camino a la Primera Clase del Día… Pociones.