Bien como saben la historia no es mia, solo hice unos cambios mas que nada con aspecto físico y nombres y en realidad su autora es LOIS FAYE DYER y el verdadero autor de nuestros personajes es Hiro Mashima-sama, el cruel que no nos dio NALU pero por ello estamos aquí.

Summary: Cuando el guapísimo Natsu Dragneel la invitó al baile del año, Lucy Heatphilia se imaginó una velada mágica en la que se sentiría como Cenicienta. El reloj dio las doce y todavía estaba en los fuertes brazos del doctor, pero sabía que aquel donjuán no podría ser jamás el padre que necesitaba su hijita… y decidió dejarse de fantasías.

Sin mas el capitulo 4 de Cenicienta por una noche.

Cuando Lucy llegó al restaurante a la mañana siguiente, Levy y Canna la arrastraron de inmediato a un rincón.

—El guapo doctor vino ayer; quería hablar contigo —le dijo Canna.

—Y hay un tipo siguiéndolo y por eso no puede ir a tu casa —añadió Levy—. Dijo que era un fotógrafo de un periódico.

—Y lo vimos —intervino de nuevo Canna con los ojos brillantes—. Al fotógrafo. —Y luego vimos el artículo —dijo Levy antes de agacharse para sacar un periódico doblado de debajo del mostrador.

Como no había ningún cliente sentado al final de la barra, donde ellas estaban, Levy abrió el periódico y lo extendió sobre el mostrador.

Algo preocupada, Lucy leyó el artículo que sus compañeras le señalaron. La fotografía borrosa que aparecía no era muy buena, pero era indudable que era Natsu, y el contenido del artículo no lo dejaba en muy buen lugar. Se citaba a la mujer diciendo que estaba «desolada por la traición del hombre al que amaba… y que creía que también la amaba a ella». Y luego añadía que Natsu la había «tratado muy mal» y que «la había dejado tirada».

—No me creo nada de esto —dijo Lucy con convicción—. El Natsu Dragnnel al que nosotras conocemos desde hace meses no se parece en nada al que esta mujer describe —dijo golpeando la hoja con el dedo. Dobló de nuevo el periódico y se lo devolvió a Levy—. No me lo creo. —Pero, cariño —apuntó Canna en un tono amable—, a veces los tipos amables y simpáticos también dejan embarazadas a una mujer por accidente. Pasa a diario. Y, de acuerdo, sí, esta mujer hace unas acusaciones muy duras contra nuestro doctor, pero dejando eso a un lado, puede que de verdad sea el padre de su hijo. Al fin y al cabo lo precede su reputación de donjuán.

Canna tenía razón en eso, y Lucy lo sabía, pero sólo pensar que Natsu pudiera haber sido tan descuidado como para dejar embarazada a otra mujer era como una puñalada en el corazón. «Natsu no me pertenece», se recordó. «Y desde que acepté ir a esa fiesta con él sabía que no había ninguna posibilidad de algo serio entre nosotros». ¿Por qué entonces se sentía como si el corazón se le hubiese hecho añicos? Siendo sincera consigo misma admitió para sus adentros que en el fondo había fantaseado con que sí pudiera tener un futuro con Natsu, con que pudiese vencer las diferencias que los separaban. Lo cual era ridículo, por supuesto, y le entraron ganas de llorar. «Quizá haya sido para bien que no le haya devuelto las llamadas que me ha hecho», se dijo, prometiéndose firmemente que aunque hubiese más llamadas seguiría sin devolvérselas. Lo mejor era cortar aquello de raíz.

Pasó una semana antes de que Natsu volviera a aparecer por el restaurante. Cuando oyó las campanillas de la puerta, Lucy estaba de espaldas, entregándole una hoja de su libreta a la cocinera, pero cuando giró la cabeza y lo vio, el corazón le dio un brinco. Los ojos castaños de Natsu se encontraron con los suyos, y le sonrió antes de ir a sentarse en una de las mesas que ella atendía. Lucy pasó junto a Canna, que estaba dando la vuelta al mostrador.

—¿Puedes decirle al jefe que me voy a tomar ahora mi descanso? —Claro —respondió su compañera—. ¿Qué vas a…? —fue entonces cuando vio a Natsu—. Oh.

Natsu se puso de pie cuando Lucy llegó a su reservado, y esperó a que hubiera tomado asiento frente a él para sentarse él también. —Hola —lo saludó Lucy muy seria.

—Hola —respondió él con voz suave—. Te he dejado varios mensajes en el contestador, pero no me has devuelto las llamadas. —Me pareció que no debería hacerlo —contestó ella con sinceridad—. Quedamos en que nuestra… cita, sería sólo eso, una cita, y que después volveríamos a nuestra vida normal como si no hubiese pasado. —Es verdad —concedió él, pero frunció ligeramente el ceño y le preguntó mirándola a la cara—: ¿Es eso lo que quieres? —Creía que era lo que tú querías —respondió ella—. Es lo que me ha dado a entender el hecho de que no has venido al restaurante en toda la semana. Natsu apretó la mandíbula. —No podía —le explicó—. No quería que te vieras implicada en los problemas por los que estoy pasando ahora mismo. —¿Te refieres a la demanda por paternidad? —inquirió ella quedamente. —Sí —Natsu se pasó una mano por el cabello—. Imagino que lo has leído en el periódico, ¿no? Ella asintió. Natsu frunció el ceño y esbozó una sonrisa amarga. —Ya. Lo peor es que seguramente después de eso no publicarán la conclusión de la historia. —¿La conclusión? —Gracias a mis contactos conseguí que se aceleraran los trámites de las pruebas de paternidad, y hoy he recibido los resultados, que demuestran que no soy el padre.

Una oleada de alivio inundó a Lucy, y se sintió algo avergonzada al darse cuenta de que una parte de ella había dudado de su inocencia. Al mismo tiempo, sus palabras cerraron la herida que se había abierto en su corazón al leer el artículo. Se inclinó hacia delante y, dejándose llevar por un impulso, cubrió las manos de él con las suyas. —Me alegro tanto de que esto se haya resuelto, Natsu. Levy y Canna me dijeron que te estaba siguiendo un fotógrafo; ha debido ser horrible. —Ése es precisamente el motivo por el que no he intentado verte esta semana —Natsu le dio la vuelta a sus manos y tomó las de ella—. Si nos hubiera visto juntos, nuestra fotografía habría salido en todos los periódicos al día siguiente, y sabía que eso no te habría resultado muy agradable. Sólo quería protegerte. Conmovida, Lucy apretó sus manos. —Eso ha sido muy tierno por tu parte —dijo—. Y muy considerado — añadió, pensando en lo horrible que habría sido para Charle que la hubieran expuesto de esa manera al escarnio público. —No tienes que agradecérmelo —Natsu le acarició el dorso de las manos dibujando círculos con las yemas de los pulgares—. Esto no debería haber pasado —se inclinó hacia delante mirándola a los ojos—. La mujer que me acusó de ser el padre de su hijo era una antigua paciente. No puedo entrar en detalles, pero quería que supieras que jamás la toqué; mi trato con ella fue estrictamente la de médico y paciente. De hecho, sólo la traté durante un tiempo, antes de derivarla a un colega que me parecía que estaba más cualificado que yo para ocuparse de ella. —Te creo —

Lo tranquilizó Lucy. Las facciones de Natsu se distendieron: las arrugas de preocupación en las comisuras de sus ojos y de sus labios desaparecieron, y Lucy se dio cuenta de que había temido cuál sería su reacción—. Natsu, llevo meses viendo cómo tratas a los demás clientes del restaurante; siempre eres amable y considerado, ya sean viejos o jóvenes. Y cuando alguna mujer se te ha insinuado o se ha puesto pesada contigo, jamás has sido descortés, sino todo lo contrario. Y no es que no esté al corriente de tu reputación de donjuán —añadió con una sonrisa maliciosa—. Bien sabe Dios que la mitad de las empleadas de la clínica que almuerzan aquí se pasan el tiempo especulando sobre tu vida amorosa. —No puedo evitar que la gente hable de mí —le dijo él, mirándola muy serio—, y sí, me gustan las mujeres y he salido con unas cuantas a lo largo de todos estos años, pero nunca dejaría embarazada a una mujer y me desentendería luego. Los niños son muy importantes, y yo jamás le daría la espalda a un hijo mío.

A Lucy se le encogió el corazón. Su exmarido no había querido hijos, y la había dejado tirada al solicitar el divorcio cuando ella se había quedado embarazada. La llenó de gozo saber que Natsu era de la opinión de que, ante un embarazo no deseado, el hombre debía apoyar a la mujer. Quizá después de todo aún quedaran hombres con sentido de la responsabilidad en el mundo, se dijo. ¿Y quién iba a decirle que aquel donjuán era uno de esos hombres?

—Me alegra saber que no te desentenderías de tu responsabilidad en un caso así —le dijo a Natsu, con la voz temblorosa por la emoción. A Natsu aquello no le pasó inadvertido, y frunció el ceño, preocupado, pero antes de que pudiera hacerle ninguna pregunta, inquirió—: Supongo que ahora que se ha demostrado que no eres el padre se desestimará la demanda, ¿no? Natsu asintió.

—Mi abogado está trabajando en ello. Sospecho que mi expaciente interpuso la demanda para negociar un acuerdo, que yo le pagara, pero, por supuesto, no tengo que pagarle nada. —¿Quieres decir que ha dañado tu reputación y ha provocado todo este embrollo para sacarte dinero? —inquirió Lucy, poniendo unos ojos como platos. Y de inmediato su asombro se convirtió en indignación. —Sí, estoy seguro de que ése era el motivo —respondió él con una sonrisa amarga, encogiéndose de hombros. —¿Te había ocurrido antes? —le preguntó ella, sorprendida de que se lo tomara con tanta calma. —Sí, aunque nunca me habían puesto una demanda —contestó Natsu con una mirada inescrutable—. Verás, yo tengo un buen salario, pero mis padres… en fin, son gente pudiente, y varias personas han intentado sacarnos dinero por un medio u otro —le explicó sacudiendo la cabeza—. Pero nunca hemos cedido al chantaje. Repugnada de que hubieran tenido que pasar por eso, Lucy se quedó sin habla un instante. —¿Y os han hecho daño o…? —inquirió, pensando en las noticias sobre raptos y robos que salían muchas veces en la tele. —No —respondió él, sacudiendo la cabeza de nuevo—. Siempre han sido lo que la policía llama delitos de guante blanco, infracciones del código civil. —En cualquier caso es horrible —dijo ella. No había pasado por nada comparable, pero la espantaba imaginar lo que sería ser víctima de un acoso semejante, ya infringiera el código civil o el penal. —Bueno, más que nada es irritante —le confesó Natsu—. Mi familia tiene buenos abogados y he aprendido a dejar que se encarguen ellos de estas situaciones. No sirve de nada preocuparse. Y además… la vida sigue —se echó hacia atrás, y metió una mano en el bolsillo de sus vaqueros—. Llevo toda la semana queriendo devolverte esto —dijo, y alargó la mano hacia ella. De sus dedos colgaba una delicada cadena de plata, y en la palma de su mano había… —¡Mi medallón! —exclamó Lucy con alborozo—. ¿Dónde lo has encontrado? —inquirió antes de tomarlo y ponérselo. —Lo encontró Happy —dijo él, y bajando la voz añadió en un murmullo —: en mi cama.

Lucy alzó la vista hacia él y sus mejillas se tiñeron de rubor. Los recuerdos de lo que habían hecho en su cama acudieron a su mente como un torbellino, y sintió que no lograba despegar sus ojos de los de él.

—Yo… em… —balbució. —Quiero volver a verte, Lucy. —Ya me estás viendo —apuntó ella. —Me refería fuera de aquí. Ya sé lo que acordamos —le dijo Natsu—, pero una noche no es suficiente. De hecho, lo que compartimos no hizo sino reafirmarme aún más en que deberíamos volver a vernos.

Lucy estaba deseando decir que sí, pero tenía sentimientos encontrados al respecto. Antes de que naciera Charle se había prometido que no la expondría a lo mismo que su madre le había hecho pasar: una sucesión incesante de hombres que entraban y salían de su vida. No quería involucrarse en una relación a menos que tuviera una cierta seguridad de que pudiera tener futuro. Y dado el historial amoroso de Natsu, dudaba que pudiera tener nada serio con él. Por no mencionar el poco tiempo libre que le quedaba entre su trabajo, cuidar de Charle, y sus estudios.

—Esta noche tengo una clase a la que no puedo faltar —le respondió lentamente—, pero podríamos quedar luego a tomar algo, si quieres. —Sí que quiero —respondió él al instante. Quedaron para encontrarse en la entrada de la biblioteca del campus, cuando ella saliera de su clase, y Natsu se despidió de ella.

—¿Te ha hablado de lo de la demanda de paternidad? —le preguntó Levy a Lucy cuando ésta fue a relevarla tras la barra. —Sí, me ha dicho que se ha hecho las pruebas, y que los resultados han demostrado que él no es el padre —Lucy avanzó por la barra sirviendo café a los clientes y saludando a los que conocía antes de volver junto a su compañera—. Hemos quedado para tomar algo esta noche, después de mi clase. —¡Sí! —la vitoreó Levy con una sonrisa de oreja a oreja—. Eso es fabuloso, Lucy. —Bueno, yo no estoy muy segura de que lo sea, pero sé que quiero volver a verlo. —Hazme caso y deja de darle vueltas —le dijo Levy con firmeza—. El doctor y tú estáis hechos el uno para el otro. Salir con él te va a venir muuuy bien. —¿Quién va a salir con quién? —inquirió Erza, curiosa, uniéndose a ellas. —He quedado con Natsu esta noche, después de clase —le explicó Lucy en voz baja , consciente de que algunos clientes estarían pendientes de la conversación. —¡Genial! —exclamó Erza con ojos brillantes. —En fin, ahora estás comportándote como una chica inteligente —le dijo Canna a Lucy—. Y ya era hora; el chico bien merecía una oportunidad —añadió, y las tres se echaron a reír. —Eh, vosotras, ¿estáis trabajando o charlando? —les gritó el jefe, asomando la cabeza por uno de los ventanucos de la cocina. Las chicas cruzaron miradas culpables y se dispersaron para atender a los clientes, no sin que Canna le guiñara un ojo a Lucy.

Cuando ésta llamó a Mavis, su vecina y «niñera», para decirle que había quedado con alguien para tomar algo después de clase y que llegaría un poco más tarde, la mujer se mostró encantada por ella. Le aseguró que no le molestaba en absoluto cuidar un rato más de Charle, y le dijo que se divirtiera. Al menos, como Charle estaba acostumbrada a quedarse con Mavis mientras ella estaba en clase, no se sentía demasiado culpable por volver más tarde. Además, Charle siempre estaba ya dormida cuando regresaba, así que no se daría cuenta si tardaba algo más de lo normal.

Esa noche, por más que se esforzó, Lucy no lograba concentrarse en la clase. Aunque tomó tantas notas como de costumbre, no conseguía prestar toda la atención debida al profesor. Estaba nerviosa por su cita con Natsu, y cuando por fin terminó la clase, aprovechó para retocarse un poco con el pintalabios antes de salir.

Natsu estaba esperando a Lucy a la entrada de la biblioteca, como habían acordado. Con las manos metidas en los bolsillos de los descoloridos vaqueros, sus ojos buscaron a Lucy entre los grupos de estudiantes que salían charlando. Lo primero que vio fue su pelo, esa larga y sedosa mata de cabello rubio, que se había recogido en una coleta alta. Iba caminando unos pasos por detrás de cuatro alumnos más jóvenes. Mientras la veía acercándose hacia él, sintió cómo la lujuria se despertaba en su interior: sus largas piernas enfundadas en unos vaqueros, una sencilla camiseta blanca de cuello redondo con un suéter azul claro sobre los hombros y unas manoletinas negras. Sintió deseos de llevársela a la cama; en ese mismo momento. Sin embargo, y aquello era algo inusual en él, estaba satisfecho, incluso diría feliz, con la idea de pasar un rato con ella charlando mientras tomaban algo en una cafetería. Su estómago rugió. Necesitaba algo más que café, se dijo contando mentalmente las horas que hacía que se había tomado un sándwich para almorzar.

—Hola, Natsu —lo saludó Lucy al llegar junto a él.

—Hola, preciosa —respondió él.

Y no pudo resistirse a darle un beso en la mejilla, justo al lado de la boca. Aunque la única luz que había era la de las farolas y la que se filtraba a través de las ventanas de la biblioteca, no le pasó inadvertido el rubor que tiñó las mejillas de Lucy. Le quitó los libros de las manos y se los metió debajo del brazo mientras le pasaba el otro por los hombros y echaban a andar.

—¿Tienes hambre? —le preguntó—. Porque yo acabo de darme cuenta de que me he saltado la cena y me comería una vaca. —Me tomé un tazón de sopa antes de la clase, pero no me importaría tomar algo más —respondió ella—. ¿Tienes algún sitio en mente? Él asintió. —Hay un restaurante italiano muy bueno cerca de aquí. ¿Te apetece pasta? —Me encanta la pasta. —Estupendo

Una media hora más tarde estaban sentados el uno frente al otro en una mesa cubierta por un mantel de cuadros rojos y blancos. En el centro había una vela blanca colocada en una botella vacía de vidrio verde, medio cubierta de cera derretida. Frente a sí tenían sendos platos de lasaña, un bol de ensalada, y dos copas de vino tinto. Lucytomó otro trozo de lasaña y suspiró, entrecerrando los ojos mientras tragaba. —Esta lasaña es deliciosa —dijo. Natsu casi gimió al ver la sensual expresión en su rostro mientras saboreaba aquel bocado, y tuvo que obligarse a centrarse en la conversación para no sucumbir al impulso de inclinarse sobre la mesa y tomar sus labios. —Eh… sí, sí que lo está. Antes solía comer aquí al menos un par de veces por semana. —¿En serio? Vaya, pues sí que debe gustarte la comida italiana, porque este restaurante no está precisamente cerca de donde vives — observó ella. —Estuve impartiendo clases en la facultad —le explicó Natsu—, antes de centrarme en la investigación. —¿Te gustaba? La enseñanza, quiero decir. —Sí, sí que me gustaba —asintió él, y levantando su copa con una sonrisa añadió—: Otra cosa que tenemos en común: a los dos nos gusta enseñar. Lucy levantó su copa también y tomó un sorbo.

—Aunque yo no sé si me gustaría enseñar en una universidad — admitió—. Me interesa más la enseñanza de niños pequeños. —Me parece algo muy admirable —le dijo Natsu—. Además, los niños son muy divertidos. ¿Qué asignatura te ves enseñando? El tiempo pasó mientras charlaban, bebían y comían, y ya quedaba poca gente en el restaurante cuando Lucy miró su reloj y gimió. —¡Cielos, mira qué hora es! —miró a Natsu con una expresión de disculpa—. Tengo que marcharme ya. Mañana tengo el primer turno y tengo que estar en el restaurante a las cinco de la mañana y estaré medio zombi si no me acuesto temprano. —No te preocupes; lo entiendo. Me da rabia que tengamos que despedirnos ya, no quiero sentirme responsable de que mañana amanezcas cansada. Natsu detuvo a un camarero que pasaba para pedir la cuenta, y momentos después abandonaron el restaurante.

Aunque necesitaba dormir, cuando llegaron a su casa, Lucy no pudo evitar desear que el trayecto hasta su apartamento no fuera tan corto.

—Espera —le dijo Natsu cuando estaba girando la llave en la cerradura de su apartamento.

Lucy se volvió, alzó la vista hacia él y Natsu inclinó la cabeza para besarla. Fue un beso dulce, y tan sensual, que Lucy sintió que se derretía por dentro como el chocolate con el calor y que el deseo fluía por sus venas. Cuando Natsu despegó por fin sus labios de los de ella, Lucy se dio cuenta de que estaba atrapada entre su musculoso cuerpo y la pared junto a su puerta. Sus caderas estaban apretadas contra las de él, y podía sentir la prueba de su excitación contra el abdomen, y como se le habían endurecido a ella los pezones.

—Dios… no sabes lo difícil que me resulta dejarte aquí y marcharme —susurró Natsu con voz ronca junto a su garganta. Lucy sonrió y entrecerró los ojos al sentir la caricia de sus labios en la piel. —Lo sé —murmuró—. Para mí es igual de difícil dejarte ir —le dijo, pero plantó las palmas de las manos en su pecho y lo apartó suavemente. Natsu retrocedió apenas medio centímetro y alzó la cabeza para mirarla a la cara. —Pero si no te marchas —añadió Lucy—, no podré dormir nada, y ése es el motivo por el que me has traído a casa, ¿recuerdas? Para que pudiera dormir —no sabía muy bien si se lo estaba recordando a él, o a sí misma. —Diablos —Natsu suspiró, y su aliento agitó los mechones de la sien de ella—. Tienes razón.- Le dio un último beso apasionado, y cuando se apartó de ella, Lucy notó tanto la falta de su calor, que quiso agarrarlo por las solapas de la chaqueta y atraerlo de nuevo hacia sí, Los labios de Natsu se curvaron en una media sonrisa. —Sé exactamente cómo te sientes, cariño. Si no tuvieras que levantarte temprano mañana para trabajar, te secuestraría y te llevaría a mi cama —alargó el brazo por detrás de ella y empujó suavemente la puerta entreabierta de su apartamento—. Anda, entra. Nos vemos mañana en el restaurante, a la hora del desayuno. —De acuerdo —le contestó ella en un susurro, casi sin aliento—. Buenas noches. La puerta se cerró con un chasquido detrás de ella, y echó el cerrojo. —¿Lo has pasado bien? La voz de Mavis detrás de ella la arrancó de la ensoñación que la tenía presa. —Sí, maravillosamente —le contestó antes de llevar los libros a la cocina para dejarlos sobre la mesa. Los ojillos de la anciana brillaron tras las lentes de sus gafas. —Me alegro. Y me gustaría conocer al hombre que ha conseguido que se te ilumine así el rostro —la picó. Lucy se rió. —Es un tipo estupendo, Mavis. —Bien, ya era hora de que conocieras a alguien estupendo. La anciana fue a recoger su labor de punto, sus agujas y sus lanas, que había dejado sobre el sofá, y lo guardó todo en una bolsa. —Bueno, yo me voy ya para que puedas meterte en la cama —dijo—. Vaya, ¿qué habré hecho con mi libro? —se puso a buscarlo, y lo encontró entre los cojines, una novela de misterio, de las de bolsillo—. ¿Me acompañas a la puerta? —Pues claro. Lucy quitó el cerrojo, abrió, y esperó hasta que su vecina cruzara el pasillo y abriera la puerta de su apartamento. —Buenas noches —Mavis levantó una mano para despedirse y cerró la puerta. Cuando oyó el chasquido del cerrojo, Lucy entró en casa y echó también el suyo.

El apartamento se había quedado muy silencioso sin la alegre presencia de Mavis. Apagó las luces del salón y fue a su dormitorio, donde encendió la lámpara de la mesilla antes de entrar de puntillas en la habitación de Charle. La pequeña estaba desmadejada en la cama, medio destapada y con los rizos cobrizos enmarañados sobre la almohada. Lucy la arropó, y se inclinó para besar la mejilla de su hija. Charle murmuró algo en sueños y rodó sobre el costado para apretar su carita contra la suave piel del oso de peluche en sus brazos. Lucy sintió que el corazón se le henchía de amor. Desde que había nacido su hija, la magnitud del cariño que sentía por ella era algo que no dejaba de maravillarla: Charle había enriquecido su vida en muchos sentidos de un modo que nunca habría podido imaginar antes de ser madre. Salió en silencio y volvió a su dormitorio. Se desvistió, se dio una ducha rápida, se puso el pijama, se metió en la cama y apagó la luz. Después de mucho tiempo, por fin le parecía que su vida era plena y que el futuro que se abría ante ella estaba lleno de posibilidades. ¿Qué podría salir mal?, se preguntó mientras sonreía soñolienta. Al poco tiempo se quedó dormida.

Aquella sensación de bienestar y felicidad no le duró a Lucy más que doce horas. Como ese día había tenido turno partido en el restaurante, había vuelto a casa antes de mediodía. Charle estaba en el colegio, y ella ya estaba vestida y casi lista para salir y volver al restaurante a hacer su segundo turno de cuatro horas. Estaba descalza, limpiando un poco el polvo y ordenando las habitaciones después de haber preparado y guardado en la nevera el estofado para la cena de Mavis y Charle, cuando oyó que llamaban a la puerta. Pensando que fuera Mavis, salió apresuradamente de la cocina, pero al echar un vistazo por la mirilla se quedó paralizada y sin habla al ver al hombre que estaba al otro lado de la puerta, en el descansillo. —¿Qué diablos está haciendo aquí? —murmuró para sí, perpleja. El hombre volvió a golpear la puerta con los nudillos con impaciencia. Irritada, Lucy quitó el cerrojo y abrió la puerta con malhumor. —Hola, Dan. —Hola, Lucy—su exmarido sonrió, rebosando ese encanto juvenil que años atrás la había embaucado. Esa vez, sin embargo, su sonrisa no tuvo efecto alguno en ella. Por fortuna, ya estaba vacunada, pensó con desdén. —¿A qué has venido? —le preguntó. —Quería hablar contigo, pero preferiría que no tuviéramos esta conversación aquí, en el pasillo. ¿No vas a invitarme a pasar? —inquirió, sacudiendo la cabeza hacia delante para señalar su apartamento. Lucy entornó los ojos y escudriñó su rostro. Sabía muy bien que Dan quería algo, pero no podía imaginar de qué se trataba. Se había alejado de ella sin ningún remordimiento antes de que naciera Charle, y desde entonces no había vuelto a ponerse en contacto con ella. Sin embargo, fuera lo que fuera de lo que quería hablar, probablemente sería mejor que lo hablaran dentro, en privado. —Está bien, entra —se hizo a un lado a regañadientes y lo dejó pasar. —Vaya, qué bonito —comentó él paseando la mirada por su apartamento—. Siempre tuviste una habilidad innata para la decoración. Lucy lo ignoró, sabiendo como sabía que sus halagos nunca eran sinceros. —Tengo que irme a trabajar, Dan, así que si no te importa abrevia y dime por qué has venido. Él la miró molesto, y se encogió de hombros, fingiendo indiferencia. —Siempre has sido tan horriblemente… directa, Lucy. —Yo prefiero llamarlo sinceridad —le espetó ella—. ¿Y bien? —De acuerdo, de acuerdo —Dan metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, y sacó un recorte de periódico que tendió a Lucy. Ella lo desdobló, y frunció el ceño al ver que era texto acompañado de una foto de Natsu y ella en el Baile del Fundador. —Me temo que no comprendo —dijo alzando la vista hacia él confundida. —Pues… según parece estás saliendo con el doctor Natsu Dragnnel. —¿Y qué si estoy saliendo con él? Lucy no alcanzaba a imaginar dónde quería llegar su ex con todo aquello. No había salido con nadie desde que se habían divorciado, pero seguramente a Dan le importaba un comino si salía con alguien o no. —No sé si te has enterado, pero he terminado mis estudios de medicina y he acabado mis prácticas. —Pues qué bien. Felicidades —respondió ella sin la menor emoción, esperando a que continuara. —He mandado mi currículum a varios sitios, incluido el departamento de investigación del Instituto Armstrong. Lucy se quedó mirándolo. Estaba empezando a ver por dónde iba. —Y me estás contando esto porque…

—El doctor Dragnnel y su compañero, el doctor Fullbuster, están a la vanguardia de la investigación en lo que se refiere a las técnicas de fertilidad. Quiero ser parte de su equipo de investigación. Lucy sintió que la sangre le hervía en las venas. —¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Dan sonrió y sacudió la cabeza. —Lucy, Lucy… —dijo chasqueando los dientes—. Estoy seguro de que entiendes lo que estoy tratando de decirte. Quiero que utilices tu influencia con tu novio para que ponga mi nombre al principio de la lista y me contraten. —No —respondió ella tajante, plantándole el recorte de periódico en la mano—. Si eso es de lo que querías hablarme, ya hemos terminado. Tengo que irme a trabajar —se dirigió a la puerta. —¿Cómo está Charle? Lucy se quedó paralizada con la mano en el pomo, y se giró lentamente hacia él. —Me sorprende que sepas siquiera cómo se llama. —Pues claro que sé cómo se llama —contestó él en un ligero tono de reproche—. Al fin y al cabo es mi hija. Un escalofrío recorrió la espalda de Lucy. —Creía que habíamos dejado zanjado ese asunto cuando accediste a concederme la plena custodia a cambio de que no te pidiera que me pasaras una pensión alimenticia. Nunca has mostrado ningún interés por ella. —Es verdad —concedió él sin el menor atisbo de remordimiento—. Pero he estado replanteándome mi postura como padre. De hecho, he estado preguntándome si no debería solicitar en el juzgado que se establezca un calendario de visitas para que pueda conocer a mi hija. —Tú no quieres conocer a Charle —le espetó Lucy en un tono gélido, furioso—. Estás utilizándola para que le pida a Natsu que te contrate. —Siempre fuiste muy perspicaz —dijo él—. No, no quiero tener que hacer que pasemos otra vez por el juzgado y obligarte a que me dejes tener a Charle cada dos fines de semana, por ejemplo. No sé, si estuviese trabajando en el departamento de investigación del Instituto Armstrong no tendría tiempo para estar con ella, ¿sabes? —Eso se llama chantaje —lo acusó Lucy. Cada vez le costaba más no alzar el tono, y la voz le temblaba de ira y de preocupación. —Chantaje es una palabra muy fea, Lucy—le dijo él—. Yo prefiero verlo como… una negociación en la que los dos salimos beneficiados.

—Siempre se te ha dado muy bien esconder tus intereses bajo tu palabrería barata —le espetó Lucy amargamente—. No pienso hacerlo, Dan. No puedo hacerlo. Natsu y yo no tenemos la clase de relación que tú piensas, pero aunque la tuviéramos no le pediría jamás que contratase a alguien como tú —abrió la puerta de par en par y se hizo a un lado—. Y ahora sal de mi casa. —Te sugiero que lo pienses mejor —dijo él saliendo al pasillo—; te llamaré. —Por favor, no lo hagas —insistió ella—. No voy a cambiar de opinión.

Dan se limitó a sonreír y desapareció escaleras abajo. Lucy cerró la puerta y echó el cerrojo. Apoyó la espalda en la puerta, y se deslizó contra ella, desmoralizada, hasta quedar sentada en el suelo. Hacía tiempo que había descubierto que tras el encanto personal de Dan y la apuesta fachada se escondía una serpiente venenosa. Su divorcio había dejado al descubierto su lado insensible y egoísta, desde luego, pero… ¿chantajearla con el bienestar de Charle si no lo ayudaba a conseguir un empleo? No podía creer que hubiera podido caer tan bajo. Volvió a mirar el reloj y al ver la hora que era contrajo el rostro. —Genial, y ahora llegaré tarde a trabajar —gruñó, levantándose para correr al dormitorio a por sus zapatos. No sabía cómo le pararía los pies a Dan, pero no iba a dejar que le hiciese daño a Charle. Lucy estaba segura de que después de la visita de su exmarido las cosas no se podían complicar más. No sabía lo equivocada que estaba.

A media tarde, Natsu entró en el restaurante, y se detuvo un momento a mirar a su alrededor. Al no ver a Lucy, se sintió decepcionado. «Diablos». Volvió a pasear la vista por todo el local, pero siguió sin verla. Desanimado, se dirigió al sitio donde solía sentarse, pero se paró en seco y entornó los ojos. En el reservado al fondo en el que había visto a Lucy estudiando en más de una ocasión, había una niña pequeña inclinada sobre un libro abierto encima de la mesa en el que parecía que estaba pintando con ceras de colores. El cabello, rizado y cobrizo, le caía sobre los hombros, y parecía enfrascada en lo que estaba haciendo. En ese momento alzó la vista, como si se hubiera dado cuenta de que estaba siendo observada, y Natsu se quedó paralizado. Conocía esos ojos azules. Eran exactos a los de Lucy: mismo color, misma forma… incluso las mismas cejas delicadas. De inmediato acudió a su mente la imagen del mechón cobrizo del medallón que había encontrado entre sus sábanas tras la inolvidable noche que había pasado con Lucy. El cabello de aquella chiquilla frente a él tenía el mismo color y su carita también era la misma de la fotografía del medallón. Intrigado, se dirigió hacia allí.

—Hola —la saludó al llegar junto a ella. La niña lo miró muy seria, y sus ojos azules lo estudiaron con curiosidad.

—Hola —respondió con su vocecita infantil—. ¿Quién eres? —Me llamo Natsu, ¿y tú? —Charle. —Encantado de conocerte, Charle. Tus ojos son igualitos a los de mi amiga Lucy. ¿La conoces? —¡Es mi mamá! —una sonrisa iluminó el rostro de la niña—. Estoy esperando a que acabe de trabajar. —Ah, ya veo.

A pesar de que la pequeña no había hecho sino confirmar sus sospechas, no por eso se quedó menos aturdido. Lucy tenía una hija y no se lo había dicho. ¿Por qué no lo había hecho? ¿Quería mantenerlo en secreto? Miró el cuaderno que la niña tenía frente a sí.

—¿Qué estás haciendo? —Coloreando. Natsu ladeó la cabeza para ver mejor la página. —Es un dibujo muy bonito —comentó. Era una ilustración de una chica con una diadema en la cabeza y ataviada con un vestido de fiesta—. ¿Quién es? —Es una princesa, y se llama Cenicienta —respondió Charle lanzándole una mirada de reproche—. ¿Es que no sabes reconocer a una princesa cuando la ves? —Eh… pues… —divertido, Natsu se encogió de hombros y esbozó una sonrisa—. Creía que sí, pero parece que no. —Yo sé mucho de princesas —le dijo Charle.

Señaló el asiento frente a ella con un gesto imperioso—. Si te sientas te contaré todo lo que quieras saber. Las princesas son muy importantes. Natsu decidió complacerla. Se sentó, y apoyó los codos en la mesa. —Supongo que tú eres una princesa, ¿no? —inquirió. —A veces —asintió la niña. —¿Y qué me dices de tu mamá? ¿También es una princesa? —No —se apresuró a replicar ella—. Es una reina. —Ah —Natsu pensó en el cabello rubio de Lucy, en sus largas piernas, su elegante porte, y sus inteligentes ojos—. Ahora que lo dices, sí, ya lo creo que lo es —dijo con suavidad.

Fin cap 4.

Palabras de Shiro-rq:

Hola chicos, cuanto tiempo, si, shiro sabe que tiene un tiempo sin pasar por esta historia y podría darles miles de razones entre las que ustedes podrían escoger asi que aquí van las opciones, el ganador obtendrá lo que quiera:

a.- estuve peleando contra un T-rex por la comida de mi gato, mientras mi perro en traje de porrista hacia porras al T-rex.

b.- en la universidad llego un agujero negro y nos absorbió a todos y ahora les hablo desde otro universo.

c.- Shiro estuvo llena de exámenes.

d.- la uni de shiro estuvo en huelga y estuvo tan preocupada por una semana que no hizo absolutamente nada.

e.- shiro tuvo que entregar proyectos en la uni y portafolios de evidencias que ni siquiera había empezado a hacer.

f.- todas las anteriores son erróneas, y en realidad shiro no recordaba en que capitulo se quedo asi que no continuaba, y como la mala autora que es se puso a leer otros fics.

Chicos si les interesa el libro original "Cenicienta por una noche" pueden pedírmelo, Shiro lo tiene en PDF, pero posiblemnte se los envie hasta terminar el fic, al cual como máximo le quedan 5 capitulos pues este libro es corto, si les interesa otro libro de los que Shiro pondrá en la siguiente lista pueden pedírmelos dejando sus correos (o via mensaje privado).

Lista de libros que pueden pedir:

el libro de Jade (libro 1 de saga de 11 libros. Saga Vanir).

El libro de la Sacerdotisa (libro 2 de saga de 11 libros. Saga Vanir).

El libro de la elegida (libro 3 de saga de 11 libros. Saga Vanir).

El ragnarok parte 1 (libro 9 de saga de 11libros. Saga Vanir).

El ragnarok parte 2 (libro 10 de saga de 11 libros. Saga Vanir).

El libro de los bardos (libro 11 de saga de 11 libros. Saga Vanir).

Aprendi a necesitarte- Reme Hernan

Nueve reglas que romper para conquistar a un granuja

10 lecciones para dar caza a un lord y que te adore.

El dia que el cielo se caiga- Megan Maxwell

El psicoanalista.

La historia del loco- Katzenbach

Me lo enseño una bruja

Los 3 hombres lobo

No sonrias que me enamoro.

Otros 100 cafes contigo.

Por negocios o por amor.

Seras mi luz siempre.

Siete años para pecar.

Soy un gato- soseki natsume

Te acostarias conmigo

Un gato callejero llamado bob.

Besar a un angel.

El hombre perfecto.

Deseo concedido.

Melocotón loco.

Yo antes de ti.

La saga Oscuros.

La saga de las Nuevas Especies

Oye morena tu que miras.

Ética para amador.

El esclavo.

Dorothy debe morir.

Un amante de ensueño.

Lazos de sangre

Sin compasión

8 dias en roma

A la de tres te quiero.

Aprendi a necesitarte.

Buscando a Alaska.

Cartas de amor a los muertos.

Caza a la mentirosa.

Cuidades de papel.

Un novio en el mar

Diez negritos de Agatha Cristie

El amor es todo menos sencillo.

El dia que Nietszhe lloro.

Sin reservas J.L. Langley (yaoi)

Con precaucion. J.L. Langley (yaoi)

La muñeca viajera. Kafka

Legalmente suya.

Atracción salvaje.

Una noche, dos hijos.

La sonrisa de las mujeres.

La mecánica del corazón.

La novia ideal.

Los cuentos de Beedle el Bardo. J.K Rowling

Y muchos mas.

Y muchos mas pero Shiro esta buscando algunos libros asi que si los tienen por fa pasenmelos.

El coach.

Libros de susan mallery.

Libros de Megan Maxwell

Libros de enfermeria

Entre otros.