Marina lo sabia, aunque hizo que ocho creyera que ella creía que su maldición estaba rota, ella sabia que ese no era el final, y que haría cualquier cosa para salvarlo.

EN LOS EVERGLADES

Marina estaba atenta a todo lo que ocurría, había visto a cinco tomar su espada, apunto de clavársela en el pecho a nueve quien parecía no saber mantener la boca cerrada. Fue todo lo que necesito para saber que alguien iba a morir, y no iba a permitir que fuera nueve, ni ocho ni seis.

Salió corriendo antes de que alguien pudiera hacer algo y se paró en medio de nueve y la espada.

Ocho quien paralizado por la telequinesia de cinco observo a su amada arriesgar la vida por su amigo. No, nueve no era su amigo, no después de eso.

Todos los ahí presentes menos seis (que seguía inconsciente en el suelo), observaron la espada traspasar el pecho de Marina, justo en su corazón.

En la cueva de Loralite en India

Ni una sola alma se podía apreciar allí, solo un viejo cadáver de un loriense y unos pocos granitos de ceniza y unos dibujos en las paredes.

En uno de aquellos dibujos se podía apreciar como el número Ocho era asesinado con una espada en su pecho, de repente, la montaña comenzó a temblar y la imagen se ilumino, cambiando al octavo anciano en aquella imagen por la séptima.

El número Ocho estaba a salvo.

….

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La número siete cayó en Florida.

En los Everglades

¡NO!. Se escuchó gritar.

¡MARINAAAA!. Se escuchó rugir.

-Marina, lo lamento, no eras tú ¿porque te interpusiste?, era nueve quien debía morir.

Marina no escuchaba las suplicas de cinco de que lo perdonara, sintió como la sangre salía de su cuerpo, dando un toque carmesí a la espada, quien inmediatamente fue sacada, provocando que la herida se abriera más.

Ocho se tele transportó a su lado, la tomo al estilo princesa en su regazo, mirándola con lágrimas en los ojos.

-Marina como se te ocurre hacer eso ¿ah?, estás loca, no, no respondas eso, ¡Marina mírame!

Marina escuchaba con gran tristeza las suplicas de ocho para que se quedara, ella no podía hacer nada.

-Maldita sea, maldita sea, ¿¡POR QUE LO HICISTE?!.

En este punto ocho estaba manchado de sangre y lágrimas.

Él sabía que él debía morir no ella. El la beso múltiples veces en los labios, la frente y las mejillas, como si eso fuera a hacerla despertar, pero se tenía que quedar.

-Ocho….- Dijo temblorosa Marina.

-Bonita shhhh.. Tranquila todo va a estar bien, lo prometo, solo quédate conmigo si?- Dijo el tratando de hacer que se callara, que mantenga sus fuerzas

-Ocho, solo déjame ir- Dijo ella

-NO!. No,nonononono, simplemente no- Dijo el soltando sollozos ahora, enterró su cabeza en su cuello y lo beso un poco.- Vas a estar bien-.

Todos sabían que mentía.

-Cuida a Ella, ocho, y dile que me perdone, y perdóname- Dijo ella llorando, no se quería ir, pero por él, aceptaba la muerte. Era su amiga, no iría contra ella, finalmente vería a Adelina, y a Hector Ricardo, estaría bien, y ocho también.

-Te amo- Dijo el mirando como perdía el brillo de sus ojos.

-Y yo…-. Murió.

Esa fue la noche donde todo cambio para ocho y recordó.

Recordó la primera vez que la había visto, en el barco loriense junto a su cepan, no era más que una niña que ni siquiera sabía su nombre, tímida e insegura, pero dispuesta a mostrar fortaleza a los demás como la mayor junto al Número Uno, creyó que solo él podía ver detrás de esa pared.

Recordó verla llorar cuando creía que nadie la veía, y como se le rompía el corazón.

Como se conocieron, como la protegía, como sin saberlo la empezó a amar.

Como se despidieron, como se rencontraron, como la hizo suya unas cuantas noches antes de ir a ese maldito infierno donde sin saberlo, la perdería.

Esa noche, el dejo de sonreír, de bromear, de ser feliz.

Ella se llevó una parte de él. Su corazón.