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Iron Woman

Por: Hana Usagi

¤°. ¸¸. ·´¯`» Nuevos Inicios «´¯`·. ¸¸.°¤

Anthoniette escuchó el nombre de ese extraño y algo al fondo de su mente empezó a cosquillear. Ése nombre ya lo había escuchado antes, pero, debido a que los asombrosamente azules ojos del hombre frente a ella la tenían hipnotizada, no logró que, sea lo que fuera, hiciera conexión en su cerebro.

—Mucho gusto —dijo aquél hombre una vez que se dio cuenta de que ella no iba a decir nada.

Anthoniette se sonrojó, apenada, y balbuceó:

—E-el gusto es mío.

Su sonrojo aumentó y se maldijo mentalmente.

«¿Pero qué mierdas me pasa? Acabo de conocer a este hombre, ¿por qué demonios estoy tan nerviosa?»

Tony inhaló una gran cantidad de aire de la manera más imperceptible posible para las dos personas junto a ella, la retuvo un par de segundos y, finalmente, la dejó salir silenciosamente.

Pudo ver al hombre fruncir el ceño en su dirección y, al parecer de Tony, estaba a punto de decir algo cuando su tía se adelantó y dijo:

—Vi tu conferencia de prensa en la televisión.

Anthoniette parpadeó, como si saliera de un trance, y se giró para ver a su tía a los ojos, temiendo encontrar una mirada de decepción en sus ojos. Pero para su alivio, la mirada en los ancianos y sabios ojos de su tía Peggy era de cariño y comprensión.

Pero de todas formas quiso asegurarse preguntando:

—¿No estás decepcionada?

Peggy frunció el ceño, todavía mirándola como un padre mira a su hijo cuando éste aprende una lección de vida: con orgullo.

—¿Decepcionada? Por supuesto que no —negó un par de veces con la cabeza—. ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo esperando a que hagas esto?

—¿Qué? —casi gritó, sorprendida y dando un pequeño brinco en su lugar.

—¿Acaso crees que tu padre, tu madre y yo, incluso Jarvis, queríamos que siguieras el trabajo de Howard? —volvió a negar con la cabeza, pero esta vez más lento y con una mirada de nostalgia plantada en sus ojos vidriosos— Claro que no, tu padre no te enseñó todo lo que sabía para que tomaras su lugar en la compañía una vez que él ya no estuviera.

Peggy se detuvo, con la mirada perdida, como si estuviera recordando algo, luego sus ojos volvieron a enfocarse en ella, con una mirada más firme.

—Te responderé a algo que mencionaste en la conferencia —Tony frunció el ceño—. Dijiste que te gustaría haberle preguntado a tu padre si tenía dudas o conflictos acerca de su trabajo —se detuvo, como si esperara algo.

Tony asintió pensando que su afirmación era lo que necesitaba para que continuara, y funcionó pues su tía siguió:

—Dime una cosa, Tony, ¿alguna vez lo viste trabajar mientras diseñaba armas?

Tony frunció el ceño y trató de recordar, pero nada se le venía a la mente. Negó con la cabeza y su tía entrecerró sus ojos.

—¿Estás segura?

Tony frunció más el ceño y trató de recordar con más fuerza, pero todo lo que se le venía a la memoria eran bocetos de los inventos más extraños de su padre. Recordó el prototipo del Reactor Arc, el extraño auto volador que nunca pudo hacer volar, los motores, los códigos binarios que tomó de uno de los diarios de Howard que fueron la base de lo que ahora era J.A.R.V.I.S, y muchas otras cosas, pero nada de armas.

Nada se le venía a la mente y abrió los ojos —los cuales había cerrado sin darse cuenta— para ver una vez más a su tía, pero ella seguía mirándola con los ojos entrecerrados, esperando.

Entonces algo dentro de su mente se sacudió y un recuerdo olvidado —o posiblemente enterrado en lo más profundo de su memoria— salió a flote. Un recuerdo que probablemente nunca hubiera tratado de recuperar, pues era el único recuerdo "desagradable" que tenía de su padre.

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Tony tenía cinco años, era de noche, una noche muy fría; aunque no recordaba si el clima realmente era frío en esas fechas o simplemente su mente lo guardó así por lo que había presenciado.

Tony salió de su cama a media noche porque había escuchado ruidos extraños. Bajó las escaleras lentamente, no le habló a nadie, ni a su madre, ni a Jarvis. Al llegar a la sala escuchó más ruidos extraños procedentes del taller de su padre. Se encaminó hasta allí y entró silenciosamente.

En el lugar no había nadie, pero pudo ver una puerta —que siempre había pensado que era una pared— entreabierta. Se acercó a ella y se asomó.

Su pequeño cuerpo se congeló en su lugar al ver lo que sucedía dentro de la habitación que identificó como otro taller. Howard estaba ebrio —en ese entonces no conocía ese adjetivo, pero ahora podía identificarlo—, balbuceando cosas sin sentido. Se veía muy enfadado, pero la infantil mente de Tony no podía identificar el por qué.

—Fffeli…cidades Howar… acabas de crear… algo que destruye… —decía, arrastrando las palabras e interrumpiéndolas con hipidos— ¡Otra vez! —en este punto arrojó el vaso de vidrio contra la pared, donde se estrelló, esparciendo todos los trozos en muchas direcciones.

La pequeña Tony respingó en su sitio y para su alivio no fue lo suficientemente violento como para llamar la atención de su padre. No sabía por qué, pero no quería que su padre se diera cuenta de que estaba ahí, y a pesar de eso, no se movió ni hizo el intento de volver a su habitación.

— Ni siquiera pudiste… encontrar al capitán... No pudiste… hacer nada b-bueno... por este mundo —se lanzó hacia una mesa de trabajo y arrojó todo lo que había en ella al suelo. Arrancó planos de las paredes, azotó mesas, tiró sus herramientas y hasta sus banquillos—. No pudiste crear… nada bueno… —y luego se giró, y sus ojos furiosos se fijaron en los atemorizados de Tony.

Toda furia, repulsión y odio en su expresión y en su postura se desvaneció al instante. Sus manos empezaron a temblar, pero no era enojo, era algo más que la pequeña Tony no pudo identificar, y cuando su padre dio un paso en dirección a ella, Tony dio uno hacia atrás.

Dolor se reflejó en el rostro de Howard y Tony perdió el temor a su padre que se había creado en su interior en esos escasos minutos.

Howard cayó de rodillas frente a Tony, con los ojos llorosos y las manos extendiéndose lentamente en su dirección.

—No, mi niña, no me temas —la voz de Howard se escuchaba más firme que antes, pero con un ligero temblor que Tony le adjudicó a las lágrimas que ahora rodaban sobre las mejillas de su papá.

Tony corrió a los brazos de su padre sin rastro del miedo que la había llenado. Lo abrazó con fuerza y trató de consolarlo para que dejara de llorar.

Tenía miedo, pero no de su padre, ahora tenía miedo de lo que le sucedía a su padre. Nunca lo había visto llorar, y sus propios ojos achocolatados empezaron a aguarse.

—No llores papi, no te tengo miedo, nunca me darás miedo, ¡te quiero mucho! —se apresuró a decir pensando que su padre sufría por su culpa.

—Yo también te quiero mucho, mi niña.

Su padre se levantó y salió de ese extraño taller, llevándola hasta el diván que había en medio de su taller de siempre. Se acostó en él, colocando a Tony sobre su pecho y la empezó a arrullar mientras le acariciaba el cabello.

Tony estaba por caer dormida cuando escuchó a su padre susurrar:

—Eres un idiota, Stark, creaste lo más hermoso que podría tocar este mundo que ayudaste a casi destruir.

Y lo último que su mente registró, fue un suave beso sobre su frente.

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Tony abrió sus ojos llorosos una vez más y se fijaron en los de su tía Peggy, quien le miró con cariño y comprensión.

—El deseo de tu padre nunca fue que Industrias Stark se convirtiera en la empresa número uno en diseño y venta de armas. ¿Crees que, de haberlo deseado, no lo hubiera logrado?

Tony no dijo nada, tratando de tragarse el nudo que se había plantado en su garganta.

—Tu padre deseaba cambiar al mundo, Tony, pero no a base de violencia —dijo Peggy mientras le acariciaba las mejillas húmedas—. Simplemente las circunstancias en su época no se lo permitieron de otro modo.

Tony hipó un par de veces y sorbió su nariz.

—Y por favor, no te vayas a culpar por esto —continuó su tía—, y espero que no me culpes a mí tampoco —Tony empezó a negar con la cabeza y estaba a punto de decir algo, pero Peggy no la dejó—. Estaba esperando a que te dieras cuenta por ti misma, pensando que tomarías la decisión sin la influencia de los ideales de nadie más, incluyendo los de tu padre. Pero tal vez esperé demasiado —su voz tembló y Tony le tomó las manos mientras negaba con la cabeza.

—No tía…

—De no ser por mi absurda idea de esperar —la interrumpió—, no hubieras sido secuestrada, nada de lo que sufriste estos últimos tres meses hubiera sucedido.

Tony negó una vez más antes de decir:

—No tía, hiciste bien —se limpió una lágrima—. Tenías razón, tenía que ver por mí misma lo que estaba haciendo, darme cuenta de lo que le hacía al mundo, saber lo que mi padre sabía desde mucho tiempo antes.

Permaneció unos segundos callada, recordando.

—Lo único que lamento es que todo esto tuviera que costar la vida de tres jóvenes soldados y de un excelente hombre.

Su tía frunció el ceño.

—¿Un excelente hombre?

—Sí, uno muy grande —sus labios se extendieron en una sonrisa inocente, sabiendo perfectamente lo que su tía diría en cuanto la vio levantar una ceja.

—¿Y? ¿Voy a tener que pedirte que me cuentes toda la historia?

Tony sonrió aún más, no creía ser capaz de decirle a alguien nada, ni una sola palabra sobre lo que sucedió en Afganistán, ni siquiera a Pepper ni a Rhodey. Pero la mujer frente a ella no era una simple mujer, era Margaret Carter, la mujer que ha sido como una segunda madre para ella, y a ella podría contarle cualquier cosa.

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Steve Rogers nunca había sido un entrometido en los asuntos de la demás gente. No era un chismoso, ni un fisgón. Pero a pesar de que sus valores le decían que se fuera de ese pasillo lo más pronto posible, que lo que estaba haciendo no era nada educado, no podía dejar de hacerlo, así que permaneció sentado en esa incómoda silla de plástico que se encontraba justo a un lado de la puerta de la habitación que había abandonado en el mismo instante en el que se dio cuenta de que una charla demasiado personal estaba por empezar —el corazón acelerado de la mujer llamada Anthoniette, y el ligero olor salino de sus lágrimas fue indicativo suficiente—.

Así que sin que las dos mujeres se dieran cuenta, se deslizó fuera de la habitación y estaba por irse cuando su oído superdotado captó las palabras de Peggy y ellas atraparon su curiosidad. Aún inseguro, permaneció de pie frente a la puerta, pero lo que lo convenció de sentarse en la silla y esperar a que la conversación terminara fue la palabra "secuestro" salir de los labios de Peggy.

¿La hija de Howard había sido secuestrada? ¿Durante tres meses?

La chica no se vía muy lastimada ni conmocionada. ¿Ya había pasado mucho de eso?

«No —se respondió a sí mismo—. Peggy se había conmovido hasta las lágrimas en cuanto la vio entrar a la habitación. Eso debe llevar poco tiempo.»

Entonces sus oídos captaron la suave voz de la hija de su antiguo amigo Stark. Escuchó todo, desde cómo había hecho enojar a uno de sus amigos llegando tarde a su vuelo a Afganistán, hasta el cómo ése mismo amigo la había encontrado caminando sin rumbo sobre la arena, en algún punto desconocido en medio de una zona de guerra.

Los vellos en la nuca de Steve se mantuvieron erizados durante la mayor parte de la historia. Steve no podía imaginarse cómo esa mujer de apariencia frágil pudo haber soportado todas esas cosas horribles de las que hablaba.

Su corazón dio un brinco cuando una mano se posó sobre su hombro. Levantó la mirada y se encontró con un par de ojos verdes mirándolo desde arriba.

—Lo siento señor, pero las horas de visita han terminado —era una enfermera.

—Ah, sí… claro —giró el rostro en dirección a la puerta de la habitación y mientras se levantaba de la silla alcanzó a escuchar a Anthoniette que una amiga la había ido a recoger al aeropuerto.

Sabía que no debía, pero no pudo evitar sentirse contento por haber escuchado toda la historia.

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—… y luego de la conferencia Ezekiel me estaba esperando en la casa.

Peggy frunció la boca en una extraña mueca y comentó:

—Me imagino que no muy contento.

—Ni un poco, estaba furioso, quería que me retractara, pero no accedí, obviamente, y… —Anthoniette se mordió el labio inferior, indecisa entre mencionarle o no a su tía acerca del rompimiento del compromiso.

—¿Y…? —la animó su tía.

—Peleamos y terminé el… compromiso.

Su tía se sorprendió, elevó sus cejas mientras asentía con la cabeza y soltaba un escueto:

—Ah…

Anthoniette frunció el ceño y levantó la cabeza del hombro de Peggy donde la había apoyado al menos una hora antes, cuando se había recostado sobre la cama de su tía mientras contaba todo lo que sucedió en Afganistán.

—¿Ése es el consuelo que le das a tu sobrina favorita cuando rompe su relación de tres años? —preguntó, pero no podía decidirse entre decirlo de manera sarcástica o dramática.

—Pues, cariño, tú sabes que te apoyaría en todo, y tal vez esto no es lo que necesites escuchar en este momento, pero me alegra escucharlo.

Tony frunció el ceño y su boca.

—Lo siento cariño, sé que quieres a ese hombre, pero nunca me gustó la actitud que tomaba contigo, ni la manera en la que te trataba.

Tony dejó salir un suspiro, volvió a recostar la cabeza en el hombro de su tía y deslizó un brazo sobre la cintura de la mujer, apegándose más a su delgado cuerpo.

—A mí tampoco me gustaba, y llegó el punto en el que el cariño que le tenía dejó de justificarlo.

Su tía empezó a acariciarle el cabello suavemente.

—No te preocupes cariño, estoy segura de que, en algún lugar ahí afuera, hay una persona que te dará todo lo que te mereces.

—Tal vez, pero en estos momentos mi mente está enfocada en otra cosa.

—¿Y se puede saber en qué cosa?

Anthoniette sonrió emocionada, y empezó a contarle sus planes a su tía.

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—Y entonces, ¿qué vas a hacer para que se eleve? ¿Usarás algo similar a esas mochilas cohetes que salen en las películas? —preguntó su tía con genuina curiosidad.

—¿Qué? Claro que no —respondió Tony sin levantar la vista de las notas que estaba escribiendo en un pequeño block—. ¡Usaré algo mucho más genial!

Esta vez si retiró la mirada de su block y se estiró un poco para tomar un par de bocetos que estaban del otro lado de la mesa en la que estaba trabajando —la mesita que su tía usa para tomar el té en su habitación—. Se levantó y se acercó hasta su tía, quien estaba recostada en su cama.

—Mientras trataba de dar con una solución a ello, recordé una tecnología que papá nunca logró desarrollar por completo por las limitaciones de su tiempo —se sentó sobre la cama junto a su tía y le mostró el boceto en sus manos—. Tuve que pedirle a J.A.R.V.I.S que me enviara a mi laptop la base de datos en la que guardé toda la información de todos y cada uno de los proyectos de papá, exitosos y fallidos.

Había tardado un día completo en llegar a ello, pero no le tomó ni un par de horas en saber que lo lograría hacer funcionar, con cálculos y bocetos en mano —el prototipo no podría hacerlo hasta que regresara a su taller—.

—Éste es el de papá —dijo mientras le mostraba el boceto de un auto de los años cuarenta sin llantas, en lugar de ellas unos extraños bloques de metal.

—¿Por qué no tiene llantas? —Peggy frunció el ceño mientras preguntaba.

—Porque la idea de papá era la de un auto que no se desplazara rodando, sino flotando, con esto —usando la punta de su dedo índice dibujó un círculo invisible alrededor de los bloques de metal —. Estos bloques emitían una energía repulsora lo suficientemente fuerte como para levantar el auto del suelo, o bueno, esa era la idea, pues papá nunca logró hacer que se mantuviera por más de medio minuto.

—¿Algo así como el de la película Volver al futuro?

—No, el DeLorean se elevaba con ayuda de turbinas, y tal vez cohetes. No, esta tecnología es más parecida a las autonaves que salían en los Supersónicos.

—Oh, claro.

Tony sabía que su tía no podía entender muchas de las cosas que decía —sobre todo ahora que era muy mayor—, pero Peggy siempre preguntaba con genuina curiosidad, y trataba de seguirle el paso, así que Tony se lo facilitaba con términos o explicaciones que ella pudiera comprender o comparar.

Peggy terminó de examinar el boceto del auto y pasó a ver el boceto diseñado por Tony.

—¿Eso es un guante…? ¿Y una bota?

Tony sonrió emocionada.

—Sí. Instalaré repulsores en las palmas de mis manos y en las plantas de mis pies para poder elevarme. Será mucho más práctico y mucho más genial.

Peggy sonrió ante el tono infantil que había utilizado. Tony percibió algo parecido al alivio en la mirada de su tía y estaba a punto de preguntar el por qué cuando un par de golpes se escucharon desde el otro lado de la puerta haciendo que ambas dirigieran su mirada hacia ella. Un segundo después, Steve Rogers se asomaba desde atrás de la puerta.

—Hola —saludó, algo cohibido cuando cruzó su mirada con la de Anthoniette.

—Oh, Steve —dijo Peggy—, creí que ya no te volvería a ver.

Rogers le sonrió con cariño a su tía, y un poco más confiado, entró a la habitación y se acercó hasta la silla que estaba junto a la cama, en el lado contrario de donde estaba Tony.

—Casi estaba empezando a creer que todo había sido un sueño.

—Lo siento, traté de seguir tu consejo, pero creo que aún es demasiado pronto para mí. ¿No te importa si sigo viniendo a verte? Creo que estando cerca de alguien que me sea familiar me ayudará a sobrellevar esto.

Tony observó el extraño intercambio entre ellos sin entender ni una palabra. Peggy le sonrió con cariño al rubio y le respondió:

—Puedes venir cuando lo desees, Steve, pero toma en cuenta de que ya estoy vieja, así que no esperes que dure mucho.

—Tía —la regañó Tony y ambos voltearon a verla—, sabes que detesto que hables de ti así.

—Lo siento Tony, pero sabes que es verdad.

Tony hizo una mueca en total desacuerdo. Se levantó de la cama y se estiró un poco.

—Iré a dar una vuelta, necesito estirar las piernas un poco —anunció y sin mirar a ninguno, salió de la habitación sin un lugar en mente.

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—Discúlpala —pidió Peggy suavemente un par de segundos después de ver a Tony salir por la puerta. Steve se giró para verla—, sabe que no por mucho más tiempo me tendrá, pero no le gusta que se lo recuerden, o que me exprese de mi propia muerte como si no fuera algo importante.

Peggy se perdió en sus recuerdos, dos lápidas presentándose frente a sus ojos, una de ellas con dos nombres escritos sobre la superficie pulida.

—Debes comprenderla, soy la única figura paternal que le queda.

Steve la miró con tristeza y empatía en sus ojos.

—¿Qué le pasó a Howard?

Peggy suspiró tristemente antes de responder:

—Murió en un accidente de auto, junto a María, su esposa.

Peggy se percató del respingo que Steve dio al escucharla.

—Los perdió a ambos al mismo tiempo, siendo ella tan joven —Peggy recordó a la pequeña Tony frente al ataúd, con un par de tulipanes blancos (los favoritos de María) entre sus manos, y con esa imagen aún presente entre sus ojos dijo: — Tenía sólo trece años.

—¿Fue entonces cuando empezó a vivir contigo? —la pregunta de Steve la sacó de sus pensamientos.

—¿Qué? —lo miró confundida— Tony nunca ha vivido conmigo.

Steve frunció el ceño.

—Pero… entonces… —cerró la boca y Peggy lo pudo ver ordenando sus pensamientos— ¿Cómo lograron ser tan unidas? Te trata y te mira como si fueras su madre.

Peggy se encogió de hombros y sonrió antes de responder:

—Llamándonos al menos tres veces a la semana, visitándonos al menos una vez cada tres o cuatro semanas; antes de que digas algo —lo interrumpió cuando lo vio fruncir el ceño—, ella vive en California y es la Directora General de una compañía de primer nivel en escala mundial.

Steve cerró la boca y su expresión se relajó.

—Entonces, ¿con quién se quedó?

—Con su segundo padre, Edwin Jarvis —respondió con una sonrisa nostálgica, pudo ver la confusión en los ojos de Steve y se apresuró a seguir explicando antes de que él hablara—. Era el mayordomo de Howard, aunque más que un servidor, era un miembro más de la familia.

» Howard lo conoció durante la guerra. Era un soldado de las fuerzas aéreas. Le ayudó mucho durante el tiempo que pasó buscándote, y después le ayudó a cuidar de su familia. Ayudó a criar a Tony y la quiso como si fuera su propia hija

Steve debió notar la melancolía en su expresión y el tiempo en pasado de sus palabras pues, con una mirada comprensiva, preguntó:

—Y él… ¿cuándo murió?

—Cinco años después de Howard y María. Después de eso Tony dijo que independizarse era el siguiente paso, así que rechazó mi propuesta de vivir conmigo, pero nunca perdimos contacto.

Permanecieron en silencio un par de minutos hasta que la puerta de la habitación se abrió y Anthoniette la cruzó, con un vaso de vidrio en una mano y dos botellas de plástico bajo el brazo.

—Te traje un poco de jugo de zanahoria de las cocinas —anunció y le tendió el vaso a su tía—, y a usted, señor Rogers, le traje un poco de jugo de naranja de la máquina expendedora del pasillo —le tendió una de las botellas que Steve tomó tímidamente.

Tony rodeó la cama y volvió a sentarse junto a su tía, abrió su propia botella de jugo y le dio un largo trago antes de preguntar:

—¿De qué hablaban?

—De ti —respondió Peggy y escuchó a Steve atragantarse con el jugo— y de tu padre.

Anthoniette frunció el ceño.

—¿De papá? —volteó a ver a Steve con una mirada calculadora y un poco desconfiada.

—Sí, Steve también conoció a tu padre.

Pudo ver la confusión en el rostro de Tony, pero no explicó nada más y la menor tampoco preguntó alguna otra cosa, en su lugar, le dirigió nuevamente la mirada y anunció:

—He recibido un mensaje de Pepper —le dio un trago a su jugo antes de continuar—, dice que las acciones de la compañía han bajado cincuenta y seis puntos.

—¿Tanto?

—Sí, bueno, ya lo había anticipado —se interrumpió para darle otro trago a su jugo—. También he recibido uno de Obie, dice que la mesa directiva quiere destituirme.

—¡¿Qué?! —exclamó empezando a enfadarse— ¿Cómo es posible que siquiera piensen en hacerlo? Si esa empresa ha llegado tan alto es gracias a ti.

—Gracias tía, pero no te preocupes, no los dejaré hacerlo, para eso necesitan el apoyo de la accionista mayoritaria y ésa, soy yo —respondió de manera despreocupada, mientras seguía bebiendo de su jugo.

Peggy observó a su sobrina mientras bebía su jugo en actitud despreocupada, pero en sus ojos podía ver el fuego y la emoción que crecía dentro de ella cada vez que un desafío se cruzaba en su camino.

Anthoniette adoraba los retos, sobre todo los que venían de la gente que subestimaba sus capacidades. Esos hombres y mujeres no sabían en lo que se habían metido en el momento en el que decidieron enfrentarse a su sobrina, pero estaba segura de que Tony se encargaría de hacérselos saber de la manera más "genial" que se le hubiera podido ocurrir.

Peggy estaba tan concentrada admirando la firmeza y tenacidad de Anthoniette que se perdió totalmente de la propia mirada de admiración en los ojos de Steve, quien no podía dejar de maravillarse ante la fortaleza que esa mujer guardaba en su pequeño cuerpo.

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Primero que nada, muchas gracias por sus favoritos, sus Follows, sus votos, el que agreguen mi historia a sus listas, sus kudos, sus bookmarks y sobre todo sus comentarios.

Los amo.

(Sorry, es que hago copy-paste en todas mis plataformas y hoy no tengo ganas de editarlo para cada una xD)

Eh… ¿hola? ¿Alguien sigue aquí? Sí, bueno, una disculpa por la demora, he andado un poco ocupada con mi nuevo trabajo, el cual sólo me deja a lo mucho tres horas libres al día, las cuales solía gastar en cuidar a mi bebé (mi mascota, un perro) pero mi pequeño lamentablemente falleció el día tres de este mes *llora*.

He andado un poco desanimada, pero aproveché mi día libre para terminar este capítulo y el nuevo de Tu deseo más profundo.

No prometo una rápida actualización, pero viendo que ahora tardé dos meses y pude escribir dos capítulos (éste y el de TDMP) tal vez la próxima actualización sea más pronto.

Como siempre, agradezco sus mensajes y sus comentarios. Los amo, son lo mejor.

Por último, el capítulo no está editado, así que si encuentran algún error díganmelo para corregirlo.

Hasta la próxima.

::: (_( :* .¸¸.•Hana
*: (=' :') :* .¸¸.• Usagi
•.. (,(")(")¤°.¸¸.•´¯`» 22/07/2017