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Iron Woman
Por: Hana Usagi
¤°. ¸¸. ·´¯`» ¿Quién eres? «´¯`·. ¸¸.°¤
Anthoniette le dio un gran sorbo a su mocha latte con crema extra, jarabe de chocolate y caramelo, mientras observaba fijamente al hombre sentado frente a ella quien, a su vez, miraba con extrañez el frappuccino con chispas de chocolate amargo que Anthoniette había ordenado por él cuando lo vio fruncirle el ceño al menú por cinco minutos completos.
No exageraba, realmente habían sido cinco minutos.
Steve Rogers, con su extraña ropa que Tony calificaría como anticuada, haciendo un juego perfecto con el peinado que se consideraría a la moda si estuvieran medio siglo atrás, era el hombre sentado al otro lado de la mesa que Anthoniette había elegido en una cafetería cerca del centro para adultos mayores donde se encontraba hospedada su tía, quien en ese preciso instante estaba realizándose sus usuales estudios y los había mandado a dar una vuelta, lo que los había llevado a terminar en ese local que había llamado la atención de Tony por su delicioso aroma a café y chocolate.
Después de estar sentados en sus respectivas sillas alrededor de diez minutos, el hombre probablemente ya se habría percatado de la mirada fija de Tony en su persona, pero él parecía más preocupado en saber si la bebida frente a él no lo mataría, ya sea ingiriéndola o sacando de la nada una granada y aventándosela justo a su frente.
De acuerdo, tal vez Tony ya llevaba demasiado tiempo divagando, tratando de descifrar el gran enigma que era Steven Rogers y del que cada instante le daban más ansias por descubrir. Así que dejó de lado los pensamientos absurdos y decidió aprovechar el tiempo que la revisión semanal de su tía les había hecho compartir.
Dejó su bebida sobre la mesa, pasándose la lengua sobre su labio superior para retirar los restos de crema y, cuando parecía que al fin Rogers se había decidido por probar su bebida, Anthoniette le preguntó:
—¿Cuántos años tiene, señor Rogers?
Steven, quien ya había tomado su taza con la intención de darle un sorbo, la soltó y miró fijamente a Tony. Ella observó que no se veía como esas veces en las que la gente normal olvida su edad y trata de hacer memoria o contar mentalmente. No, él se veía como tratando de decidir algo.
«¿Qué acaso la edad es algo que piensas antes de decirlo? —se preguntó— Sólo he visto a las mujeres acomplejadas por su edad hacer eso».
Rogers la enfocó una vez más y finalmente dijo:
—Veintisiete.
Tony lo miró fijo por unos cuantos segundos, decidiendo si creerle o no, pero como Rogers realmente aparentaba esa edad, decidió pasar por alto ese episodio y continuar expresando su curiosidad, pero él se le adelantó.
—¿Qué es esto? —preguntó y con la barbilla apuntó a la taza entres sus manos.
—Un frappuccino —cuando lo vio arquear una ceja, ella giró los ojos y especificó: —Es café espresso, frío, con leche, azúcar, jarabe de chocolate, hielos, crema batida y chispas de chocolate —cuando él dejó de verla para dirigirle su mirada a su bebida con su ceño fruncido, ella preguntó: —¿Cómo conoció a mi padre y a mi tía?
Al escucharla, Rogers adoptó un semblante aún más serio. Giró su rostro en dirección al exterior del otro lado de la ventana junto a la que estaban, y su mirada se perdió en algún lugar fuera de allí y lejos en el tiempo.
—Los conocí cuando entré al ejército.
Tony frunció el ceño. No le extrañaba que ese hombre hubiera pertenecido al ejército, de hecho, fue lo primero que pensó al conocerlo. Conocía muy bien las actitudes y portes de los soldados, varios años de estar rodeada de ellos la hicieron casi una experta. En cuanto lo había visto por primera vez había deducido que pertenecía, o había pertenecido, a las fuerzas armadas.
Lo que sí le extrañaba eran los tiempos. Si ese hombre conoció a su padre cuando entró al ejército, entonces debió haber ingresado antes de los quince años, y, según sabía, no puedes inscribirte al ejército si no eres mayor de dieciocho años.
Abrió la boca para expresar sus dudas, pero el rubio le ganó preguntándole:
—¿Cuántos años tienes tú?
Ella hizo una mueca inconforme, pero respondió rápidamente para poder continuar con su pregunta.
—Veinticinco. ¿Cómo entraste al ejército siendo menor de dieciocho años?
Rogers se sorprendió un poco por la rapidez que utilizó para hacer su pregunta.
—No entré directamente a las fuerzas armadas —respondió algunos segundos más tarde—, entré a un proyecto, que en ese entonces era nuevo. Era algo así como un curso y al final de éste, elegirían al mejor recluta, quien entraría formalmente a las fuerzas armadas.
Anthoniette volvió a fruncir el ceño, un poco confundida. Abrió la boca para hacer otra pregunta, pero nuevamente el rubio se le adelantó.
—¿También creas armas, como Howard?
Ella hizo un mohín, no queriendo tocar el tema. Tomó su bebida y sorbió un poco, lo más lento que se podría beber sin parecer que no quería contestar, pero finalmente asintió.
—¿Fue a la guerra? —Rogers asintió lentamente mientras por fin le daba un sorbo a su frappuccino. Por la expresión que hizo, y el segundo sorbo que le dio casi de inmediato, Tony dedujo que le había gustado— ¿Afganistán o Irak?
Steven frunció el ceño, bajó la taza hasta posarla sobre la mesa y pasó su lengua sobre su labio superior para quitarse el exceso de crema.
Tony jamás lo admitiría, pero de verdad disfrutó ver a ese hombre hacer ese gesto y no podía dejar de ver la pequeña porción que permaneció en la comisura izquierda de esos rosados y aparentemente suaves labios. Si no hubiera estado ensimismada, probablemente se habría asustado de ese último pensamiento y habría escuchado lo que sea que Rogers le había dicho.
—¿Disculpa? —preguntó al notar su expresión.
—Te dije que era mi turno.
Eso la hizo fruncir el ceño.
—¿Turno? ¿De qué?
—De hacer una pregunta —respondió como si fuera obvio. Anthoniette frunció más su ceño—. Hemos estado haciéndonos preguntas, de una en una —aclaró, Tony hizo una mueca.
—¿Qué es esto? ¿Las veinte preguntas? —Rogers frunció el ceño y abrió la boca para decir algo, pero Tony no lo dejó y continuó— No, señor Rogers, yo hago las preguntas y usted responde.
Él frunció el ceño, inconforme.
—Eso no es justo —exteriorizó sus pensamientos.
—Bueno, aquí el extraño es usted, no tengo por qué responder a sus preguntas.
El rubio hizo una mueca y eso hizo que Anthoniette se fijara nuevamente en esa pequeña porción de crema junto a su boca.
—En ese caso, usted también es una extraña para mí, y tampoco tengo por qué responder a sus preguntas —su actitud se volvió más seria.
Anthoniette se cruzó de brazos y frunció los labios en lo que alguien que la conociera sabría que era un puchero. Por alguna razón Rogers relajó su postura al verla.
Mantuvo su expresión inconforme por un minuto más, hasta que finalmente claudicó.
—Bien —mantuvo los brazos cruzados, pero recargó los codos sobre la mesa, lo que la hizo ver más accesible—, haga su pregunta.
Rogers sonrió y ese gesto la hizo volver a prestar atención a la crema en la comisura de sus labios. Sin poder soportarlo más, Anthoniette descruzó los brazos y extendió una de sus manos al otro lado de la mesa, hasta poder posarla sobre el rostro sonriente y poder retirar la crema con su pulgar.
La blanca piel se sentía suave al tacto, a pesar de poder sentir la incipiente barba bajo las yemas de sus dedos. Respondió a los impulsos que su curiosidad le arrojaba y acarició unos cuántos milímetros de esa piel.
El rostro sorprendido de Rogers la hizo darse cuenta de lo que hacía y su cuerpo se congeló en esa misma posición. Permanecieron así, tal vez fueron unos cuántos segundos o tal vez un minuto entero, no sabía exactamente.
—Tenías un poco… —respondió lo que pareció una eternidad después— de crema…
Anthoniette realmente agradeció que su celular sonara justo en ese instante, de lo contrario, no habría sabido cómo ocultar la gran vergüenza que la inundó a tal grado de hacerla sonrojar como nunca en la vida lo había hecho.
Se disculpó, no precisamente por lo que realmente debería, y respondió la llamada.
—¿Tony? ¿Cariño estás bien? —era la voz de su tía.
—Sí —se aclaró la garganta—, por supuesto tía. ¿Por qué la pregunta?
—Te escuchabas un poco extraña.
—No, está todo bien —respondió aguantando con todas sus fuerzas para no dirigirle la mirada a Rogers.
—Hum… —su tía no parecía convencida, pero lo dejó pasar para decir: —Bueno, los estudios ya se han terminado, pueden volver cuando gusten.
—Claro, tía, vamos para allá.
—No es necesario que se apresuren, llevas varios días aquí encerrada, deberías disfrutar un poco del paseo.
—En realidad, ya habíamos terminado.
—Bueno, si tú lo dices.
Anthoniette ya no respondió, colgó la llamada y le dijo a Rogers:
—Los estudios de tía Peggy terminaron, ya podemos volver —no le había dirigido la vista, pero supo que estaba dispuesto a seguirla de regreso al centro cuando escuchó el arrastre de su silla.
Anthoniette dejó unos cuántos dólares para cubrir el gasto de las bebidas casi intactas que dejaron sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta del establecimiento.
Anduvieron el camino de regreso en silencio, con Anthoniette liderando el paso y Rogers siguiéndole tras un par de palmos.
Cuando estaban a sólo unos cuantos metros de la puerta de entrada, el celular de Tony volvió a sonar. Ella lo sacó de su bolsillo trasero del pantalón y pudo ver el nombre de Pepper parpadeando en la pantalla.
—Puede adelantarse si gusta, señor Rogers —le dijo, otra vez sin dirigirle la mirada.
—Claro —lo escuchó decir y luego a sus pasos alejándose de ella.
Anthoniette soltó en un largo suspiro el aire que no se había dado cuenta que retenía, relajó sus hombros y oprimió el botón para responder la llamada.
—¡Pepper! —gritó como si le estuviera pidiendo auxilio, pudo escuchar un suave "ouch" del otro lado de la línea— No vas a creer la imbecilidad que acabo de hacer —su tono de voz había mutado a uno entre desesperado, angustiado y escandalizado, y con algo de exagerado dramatismo dijo: —¡Me quiero morir!
—Espera, Tony. Tranquilízate. Explícamelo todo, desde el principio.
Anthoniette, soltó un suspiro y empezó a relatar todo lo que había sucedido desde que pisó el centro de retiro el primer día.
Cuando le contó su reencuentro con su tía, Pepper le dijo que le alegraba escuchar acerca de la buena salud que su tía demostraba y que le dijera que se disculpaba por no haberle informado sobre su secuestro.
—No deberías, pero se lo diré de todos modos —respondió Tony y continuó con su relato, sin embargo, dejó de lado cualquier detalle sobre su nuevo proyecto.
Le contó cómo conoció a Steve Rogers y lo poco que sabía de él. También que parecía muy apegado a su tía, y que, al parecer, había conocido a su padre. Terminó por relatarle sobre la nueva visita del rubio a su tía ese día, pero que se le interpusieron los exámenes de su tía y que los habían —prácticamente— corrido de ahí para realizarlos.
Pepper la había escuchado con atención, interrumpiéndola sólo cuando un detalle se le pasaba debido a su desesperación que, gracias al universo, había ido disminuyendo.
Para cuando terminó de relatarle lo que acababa de pasar una escasa media hora entes en aquella cafetería, ya estaba más tranquila, aunque aún muerta de la vergüenza.
Cuando Pepper no dijo nada, Tony estaba a punto de ofenderse al creer que no la había estado escuchando, pero justo cuando abrió la boca para quejarse su amiga preguntó:
—¿Es guapo?
Tony frunció el ceño antes de responder.
—¿Eso qué tiene que ver?
—No lo sé… nada, creo… sólo me entró curiosidad —permanecieron en silencio otro largo momento, hasta que Pepper lo rompió—. No respondiste a mi pregunta.
Anthoniette bufó, un poco desconcertada, pero respondió al cabo de unos segundos.
—Es guapo —respondió como si no fuera la gran cosa.
Pepper no lo dejó así.
—¿Guapo del verbo se ve bien? ¿o guapo del verbo quiero un hijo suyo?
Anthoniette no supo qué sintió primero, si vergüenza, incomodidad o diversión por las ocurrencias de su amiga. A pesar de todo y de sus mejillas acaloradas, respondió:
—Guapo del verbo ese espécimen debió ser cincelado centímetro a centímetro por Miguel Ángel.
Pepper soltó una carcajada al otro lado de la línea. Anthoniette no lo soportó mucho tiempo y también sólo una que la terminó de relajar por completo.
Para cuando terminaron, Pepper suspiró como si no supiera qué hacer con ella y le dijo:
—No te preocupes, fue una simple reacción. No lo hiciste con otras intenciones, ¿o sí?
—Sabes que no podría —su tono se había vuelto más serio, y tal vez un poco añorante.
Pepper suspiró.
—Me lo imagino, por eso no debes de preocuparte.
—Pero ¿y si él lo malinterpreta?
—Sólo dile la verdad, fue una reacción automática y que en estos momentos no estás buscando ninguna relación de ningún tipo —se detuvo unos instantes y luego añadió: —Bueno, eso último díselo sólo si empieza a insinuarte algo.
Anthoniette suspiró, ya totalmente tranquila y por completo agradecida.
—Gracias.
—Cuando quieras —pudo escuchar la sonrisa de su amiga en sus palabras.
Después de eso dejaron el tema de lado y empezaron a ponerse al día. Bueno, en realidad Pepper le contaba sobre lo que sucedía en la compañía y lo que alcanzaba a enterarse de los movimientos de los socios para lo de su destitución.
También le contó que salió a tomar un café con Rhodey y que le había contado sobre su pelea pero que prefirió quedarse al margen, ya que, tal vez no supiera por completo sobre las razones por las que había cancelado la producción de armas, pero que la apoyaría aún si decidiera hacer una fábrica de escobas.
Eso último la había hecho reír y agradecerle por ser su amiga.
—No tienes nada que agradecer, te conozco y sé que debes tener una razón de gran peso para cerrar temporalmente la compañía que había sido el sueño de tu padre.
Anthoniette se mordió el labio, decidiendo si contarle o no sobre lo que había descubierto —o redescubierto— sobre lo que su padre realmente soñaba. Al fina decidió que no, al menos no en ese momento.
—Tengo que marcharme —dijo Pepper—, aún hay mucho desorden por aquí.
—Lo siento.
—No te preocupes, sólo trata de relajarte estos días, no te dejaré descansar cuando vuelvas.
—Si me amenazas de ese modo tal vez provoques que me escape a alguna isla para unas vacaciones extendidas.
—No es una amenaza, sólo es un aviso, y más te vale que traigas tu trasero de vuelta acá para la próxima semana, la fiesta de beneficencia será pronto.
—¿Fiesta? ¿Cuál fiesta? —ella no recordaba nada sobre ello.
—Si quieres saber más tendrás que estar de vuelta más tardar el próximo viernes.
—De acuerdo —respondió arrastrando las palabras.
—Nos vemos —dijeron ambas a la vez y con una sonrisa colgaron sus teléfonos.
Tony se giró en dirección a la puerta principal del centro de retiro y soltó un suspiro antes de adentrarse al lugar. Cuando llegó a la puerta de la habitación de su tía dudó un poco, pero, después de forzarse a relajarse, entró y se dio cuenta que debió haber durado mucho al teléfono con Pepper, pues Rogers ya no se encontraba en el lugar, y su tía había terminado dormida.
Anthoniette volvió a suspirar, esta vez con un poco de alivio y, después de dirigirle una mirada a su tía, se acercó a la mesita en la que se encontraban sus cuadernos y su laptop y continuó afinando detalles en su proyecto.
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Anthoniette abrió los ojos cuando, al girar sobre sí misma, la luz del sol que entraba por la ventana le dio de lleno en el rostro. Se revolvió un poco en el incómodo lugar en el que se encontraba, el cual, al ir despejando su conciencia de las brumas rezagantes del sueño, pudo recordar que era un sofá, para mejores especificaciones, el sofá en la habitación de su tía en el centro de adultos mayores.
Se talló los ojos y, sin gracia alguna, se sentó, mirando de un lado al otro tratando de poner a su mente a funcionar adecuadamente.
Cuando finalmente levantó la mirada hacia la cama, pudo ver a su tía recargada contra las almohadas y con la mirada fija en ella y una sonrisa en los labios.
—Buenos días —la saludo Peggy.
—Buenos días —respondió con la voz adormilada— ¿dormiste bien?
—Sí, gracias.
Anthoniette giró el rostro y observó la almohada con la que había dormido, ahora en el suelo. La tomó y la dejó sobre el sofá, observándola más de lo necesario, tratando de decidir si dormir un poco más sería buena idea.
«Dormir cinco minutos más siempre es buena idea» se respondió en su mente, lista para recostarse algunos minutos más, pero la voz de su tía la interrumpió.
—No había querido despertarte, te veías muy dulce durmiendo en mi sofá.
Tony soltó un suspiro al darse cuenta de que no iba a poder dormir más. Volvió a dirigirle la mirada a su tía con una sonrisa en los labios.
—Siempre dices eso —le respondió y la vio fruncir ligeramente el entrecejo—. ¿Qué hora es?
—El reloj dice once de la mañana.
Anthoniette miró el reloj y, efectivamente, eran pasadas las once. Frunció el ceño algo desconcertada. Su tía nunca la dejaba dormir tan tarde. Aunque tal vez se dio cuenta de que la noche anterior se durmió hasta casi las cuatro de la mañana y ya no le dio importancia.
Se levantó del sofá y se estiró, tratando de destensar los músculos que tenía atrofiados por dormir ya cuatro noches seguidas en ese sofá.
—Uff… necesito un masaje, cuando vuelva a California iré al mejor spa del estado y pediré un servicio completo. ¿No te gustaría ir conmigo?
Cuando volteó en dirección a su tía la pudo ver con el entrecejo fruncido.
—¿Sucede algo? —le preguntó, empezando a sentirla extraña.
Peggy negó ligeramente la cabeza.
—No, y, lo siento, pero no podré ir contigo.
—¿Por qué no?
Peggy sonrió dulcemente.
—Porque acabo de ser mamá —sus palabras le sacaron el aire de los pulmones—, en cualquier momento el doctor me traerá a mi bebé.
Anthoniette la observó mientras sonreía tal y como la había visto hacerlo en las fotos que había visto años atrás, fotos que le había tomado el tío Harrison, efectivamente el día que dio a luz al primo Steven y no supo cómo reaccionar.
Sabía que estos episodios solían ocurrir, había presenciado varios de ellos, pero según le habían informado, llevaba cuatro meses sin que alguno de ellos se presentara. Anthoniette se había alegrado demasiado, pensando que la enfermedad de su tía estaba siendo al fin erradicada. Pero, al parecer, se había equivocado. Sólo le quedaba pedir que, después de este episodio, el siguiente tardara más de cuatro meses.
—¿Tú podrías pedírselo?
Anthoniette parpadeó rápidamente, tratando de despejar su mente.
—¿Qué cosa?
Peggy mantuvo su sonrisa, nada parecía alterarla.
—Que me traiga a mi bebé, eres una enfermera ¿verdad? Tú podrías decirle al doctor que me traiga a mi bebé.
Tony no tuvo tiempo de responderle. Un par de golpes se escucharon desde el otro lado de la puerta. Ambas dirigieron su mirada hacia ella, Peggy con una expresión maravillada en el rostro.
«Debe pensar que es alguien trayéndole a su bebé» alcanzó a pensar antes de ver la ya conocida cabellera rubia de Steve Rogers asomarse desde la puerta.
Un apenado Steve se coló por la puerta y le dirigió una sonrisa amable a Peggy por un segundo antes de dirigirle una mirada a Tony. Rogers la debió haber encontrado muy perturbada si al segundo siguiente su postura se reafirmaba y se erguía en sus más de ciento ochenta centímetros.
Le regresó la mirada a Peggy, ambos lo hicieron, y encontraron a la mujer mayor con lágrimas en los ojos y las manos sobre su boca.
—¿Steve?
Rogers frunció el ceño, le dirigió una cortísima mirada a Tony por el rabillo de su ojo y cautelosamente se acercó un paso a Peggy.
—¿Sí, Peggy?
—¿De verdad eres tú? —levantó una temblorosa mano, extendiéndola lo suficiente para que él entendiera lo que quería.
Steve se acercó un poco más confiado, tomó la temblorosa mano y se acercó hasta sentarse junto a Peggy, dándole la espalda a Tony.
—Sí, Peggy, soy yo.
—Lo eres —afirmó como si finalmente lo creyera—. De verdad estás bien, estás vivo.
Rogers tardó algunos segundos en responder, al parecer dándose cuenta de lo que estaba sucediendo.
—Así es, aquí estoy.
—Ha pasado tanto tiempo, tanto —Peggy sorbió su nariz y se cubrió la boca con una de sus delgadas manos.
—Nunca dejaría a mi hermosa chica, aún queda un baile pendiente.
Tony no lo veía, pero estaba segura de que Rogers tenía una dulce sonrisa cuando dijo esas palabras.
Por la manera en la se miraban, Tony supo que no se darían cuenta de su salida de esa habitación, así que decidió aprovechar la oportunidad y lenta y silenciosamente se dirigió a la puerta y salió. Se dirigió al ascensor, pero en su opinión tardaba demasiado así que se dirigió a las escaleras, bajándolas con rapidez, casi tropezando en uno de los escalones.
Llegó a la primera planta y siguió caminando hasta llegar a los jardines. Al llegar no lo sintió suficiente y siguió caminando, hasta los altos árboles que había en la parte trasera de la propiedad. Se acercó a uno de los más altos, se recargó en él y empezó a llorar.
No entendía realmente por qué lloraba, pero tampoco podía detener las lágrimas, así que las dejó salir y recorrer sus mejillas sin impedírselo.
No supo exactamente cuánto tiempo estuvo ahí, de pie, recargada en un árbol y dándole la espalda al edificio de cuatro pisos donde había dejado a su tía, su adorada tía, que no lograba recordarla a causa de uno sus ataques de Alzheimer, que rogaba, a quien estuviera escuchándola, que se detuvieran.
Una mano se posó sobre su hombro y Anthoniette se giró bruscamente, encontrándose con Steve Rogers que se veía preocupado por ella.
Entonces la furia le recorrió el cuerpo.
¿Quién era ese hombre que su tía parecía recordar con gran cariño? ¿Quién era ese hombre, no muy mayor a ella, que lograba atravesar la bruma de la enfermedad de Peggy y hacerla recordar? ¿Por qué? ¿Por qué su tía lograba recordarlo a él, pero no a ella?
No supo qué fue lo que la empujó, pero en esos momentos tampoco le importaba, levantó el puño y le dio un fuerte golpe en el pecho a Rogers.
Realmente le debió haber dolido, a ella, y mucho. Pero era tanta la furia y la adrenalina —además de la frustración que sentía al saberse una inútil para su tía— que recorrían en sus venas como para poder detenerse, así que volvió a levantar el puño y le dio un segundo golpe. Después levantó ambas manos formadas en puños y lo golpeó una vez más.
—¿Quién eres? —lo golpeó— ¿Cómo mi tía puede recordarte? —un nuevo golpe— ¿Por qué puede recordarte? —un sollozo la interrumpió a la mitad, haciéndole saber que seguía llorando— ¿Por qué a ti y no a mí? —sus golpes perdieron intensidad, finalmente deteniéndose, dejando las manos sobre el pecho contrario, apretando con fuerza la camiseta azul oscuro que llevaba el rubio— ¿Quién demonios eres?
Sus fuerzas finalmente la abandonaron, pero antes de desplomarse sobre la tierra, todavía húmeda por el riego de la mañana, fue sostenida por los fuertes brazos de Rogers y atraída a su pecho.
—Mi nombre es Steven Grant Rogers —lo escuchó decir, pero no levantó el rostro de donde lo había recargado en el pecho de Rogers—. Nací el cuatro de julio de mil novecientos dieciocho.
Eso sí la hizo reaccionar, separándose un poco de él, pero aún sin levantar la mirada.
—Crecí en Brooklyn como un niño escuálido y enfermizo —continuó—, criado por mi madre Sarah Rogers quien murió cuando tenía dieciocho años. Mi padre había muerto antes de que yo naciera. Me convertí en un adulto, pero seguía siendo débil y mi salud no había mejorado ni un poco, lo que me impidió unirme al ejército al inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Los temblores en el cuerpo de Anthoniette se detuvieron al igual que sus lágrimas. Ya no necesitaba que Rogers la sostuviera, pero de todas formas no se separó de él, y tampoco levantó la mirada.
—Era tanta mi ansia de entrar al ejército, que me presenté seis veces frente a los reclutadores. Pero, finalmente, en mil novecientos cuarenta y tres, después de presenciar una de las asombrosas Expos del famoso inventor Howard Stark, fui aceptado en el ejército por el Doctor Erskine, específicamente en un proyecto llamado Renacimiento.
» Fui entrenado bajo la supervisión de Margaret Carter y el coronel Phillips durante varias semanas. Logré llegar a la etapa final del proyecto y me eligieron para ser el primer super soldado, aunque terminé siendo el único pues, después de que el Doctor Erskine, con ayuda de Howard Stark, me convirtieran en lo que soy ahora, un soldado nazi lo mató, al único capaz de crear el super suero. Después de ese día, me convertí en el ídolo de la nación —hubo un momento de pausa.
Anthoniette levantó entonces la mirada y miró fijamente al hombre frente a ella. Sus claros ojos fijos en ella, mirándola con decisión y seriedad, como si tratara de ver algo en ella. Finalmente, Steve abrió nuevamente la boca y dijo:
—Me convertí en el Capitán América.
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Primero que nada, muchas gracias por sus favoritos, sus Follows, sus votos, el que agreguen mi historia a sus listas, sus kudos, sus bookmarks y, sobre todo, sus comentarios.
Los amo.
(Sorry, es que hago copy-paste en todas mis plataformas y hoy no tengo ganas de editarlo para cada una xD)
Sé que la actualización llega muy tarde, pero sólo tengo que decir que aún sigo aquí y aquí seguiré por un buen rato más, sólo andaba baja en inspiración, pero al parecer ya va volviendo poco a poco.
En estos momentos me enfocaré en escribir el siguiente capítulo de otro de mis fics, así que tal vez tarde un poco en publicar el siguiente de este.
Hay algo que me gustaría decir de este capítulo. No estaba segura de dejar la escena de la crema porque para algunos podría significar un avance entre Steve y Tony cuando no es así, al menos no en el ámbito romántico. En mi mente esa escena es la que da el paso para un acercamiento entre ellos, pero como dije, uno no romántico, sino en el de una gran amistad. Después se me ocurrió la llamada de Pepper y decidí dejar que Anthoniette lo aclarara por ella misma.
A como tengo las cosas planeadas en mi cabeza, el Stony verdadero no empezara sino hasta… bueno, para que se los arruino, mejor se los dejo pendiente para el suspenso. Por el momento disfruten de los tiernos momentos que se convertirán en el pedestal que sostendrá esa futura relación.
Por último, agradezco nuevamente a todos ustedes que leen mi historia, que la siguen y que la comentan. ¡Gracias!
Y en caso de que no vuelva a publicar para antes del 25 ¡Feliz Navidad! Y ya de paso… ¡Feliz año nuevo!
¡Nos vemos!
::: (_( :* .¸¸.•Hana
*: (=' :') :* .¸¸.• Usagi
•.. (,(")(")¤°.¸¸.•´¯`» 07/12/2017
