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Iron Woman
Por: Hana Usagi
¤°. ¸¸. ·´¯`» Steve Rogers «´¯`·. ¸¸.°¤
Después de sobrevivir a estar congelado en un bloque de hielo por décadas y de aceptar que aquello que estaba viviendo no era un sueño, Steve realmente había tratado de integrarse en ese nuevo mundo que se presentaba ante él, pero había sido muy difícil, no solamente por la asombrosa tecnología que existía para, al parecer, simplificarle la vida a las personas en la actualidad, sino por la falta de conocidos en ese tiempo.
Claro, había mucha gente que estaba dispuesta a ayudarle y brindarle su apoyo, como el director Fury, María Hill, algunos agentes de SHIELD y la misma SHIELD. Pero para él no era suficiente, necesitaba gente que él conociera, necesitaba a sus compañeros, a sus amigos, necesitaba estar rodeado de rostros familiares en los cuales pudiera apoyarse y poder soltar todo lo que tenía acumulado en su pecho y lo que se le acumulaba día a día al no entender muchas de las cosas que escuchaba o veía.
Steve creía, con toda seguridad, que realmente no hubiera sufrido ni un poco si ahí hubiera estado Bucky para enseñarle a usar un celular, o alguno de los Comandos Aulladores a manejar uno de esos autos modernos, o Peggy a utilizar una computadora.
Al recordarla, Steve soltó un gran suspiro que salía de lo más profundo de su cuerpo y alma.
Peggy, la hermosa chica de la cual se había enamorado era la única que aún permanecía en ese mundo, pero, a pesar de haber sido para él sólo unos cuántos días de la última vez que la vio, para ella habían sido poco más de sesenta largos años y realmente no había sabido cómo presentarse ante ella.
Ese día, cuando despertó de su larguísimo sueño, y después de que el director Fury lo convenciera de llevarlo a un lugar seguro para posteriormente explicarle su nueva situación, lo primero que se le vino a la mente fue Peggy y la cita que había acordado con ella.
Cuando las palabras "Eso es básicamente todo lo que ha sucedido" salieron de los labios del director Fury, los labios de Steve habían estado sellados, apretados con fuerza porque él sabía que si abría la boca sería para preguntar por Peggy y por sus amigos, pero al mismo tiempo tenía miedo de expresar sus preguntas pues les temía a las respuestas que pudiera obtener.
Cuando, después de varios minutos, el director no obtuvo respuesta, se despidió de Steve para que éste "procesara" la información que le acababa de proporcionar y pudiera pensar con claridad lo que quería hacer desde ese instante. Antes de irse, el director se aseguró de que Steve comprendiera que nadie esperaba nada de él, que entendía, o se hacía una idea de lo difícil que era su situación actualmente y que SHIELD estaría dispuesta a darle todo el apoyo que necesitara sin esperar nada a cambio.
Steve, aún sin las fuerzas para abrir la boca, sólo asintió y permaneció con la vista fija en la mesa frente a él mientras los pasos del director se alejaban y la puerta de su habitación se cerraba.
Tal y como el director le había asegurado, pasó los siguientes días en uno de los cuarteles de SHIELD sin que nadie le molestara ni le recalcara el hecho de estar en el sitio cuando no era nadie en la empresa, por el contrario, muchos de los agentes le preguntaban por su día y cómo lo iba llevando. Steve realmente agradecía su preocupación y su interés.
Algunos días después Steve ya se encontraba lo suficientemente estable emocionalmente como para obtener respuestas y no una versión resumida de lo que han sido los últimos sesenta años para el resto de la humanidad, pero no fue sino hasta una semana después cuando volvió a ver al director Fury que pudo realizar sus preguntas.
O bueno, su intención fue hacer preguntas, pero en cuanto el director había entrado a su habitación y se había sentado en la silla frente a la suya se encontró preguntando:
—Mis compañeros… ¿qué fue de ellos?
Fury lo miró fijamente por un largo minuto y después tomó algunos folders —que Steve no le había visto cuando entró— que tenía sobre su regazo y se los tendió deslizándolos por la superficie de la mesa.
Steve, hesitando, los tomó y Nick Fury se levantó sin decir nada y abandonó la habitación.
Steve leyó todos y cada uno de ellos, enterándose así, de que todos sus compañeros, los Comandos Aulladores, habían sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, se habían casado —los que no lo habían estado—, tuvieron hijos, nietos, bisnietos. Vivieron largas vidas y murieron de viejos en sus camas mientras dormían. Sólo un par de ellos habían fallecido de un ataque al corazón un poco antes de cumplir la cincuentena.
Vivieron una vida de ensueño y por la que Steve daría todo lo que le quedaba en el mundo, lo cual era su propia vida, para haber tenido algo parecido.
En penúltimo lugar estaba el de Howard. En él decía que durante muchos años lo había estado buscando; que él, junto con el coronel Phillips y Peggy habían fundado SHIELD; que se había casado con una mujer llamada María Collins y que con ella había tenido una hija. También había un apartado sobre la apertura de su empresa y de su éxito como fabricante de armas. En el último apartado venía un recorte sobre la noticia de su muerte, junto con un reporte forense en donde se especificaba la causa de muerte como hemorragia interna causada por un accidente automovilístico. Al leer aquello Steve sintió una profunda pena por su amigo.
Y, al final de todos, había estado el archivo de Peggy. Steve dudó por un largo rato, pero al final se decidió y también lo abrió.
La mayoría de su archivo hablaba sobre su carrera, sobre su trabajo en la Reserva Científica Estratégica, su lucha contra Hydra, su trabajo con Howard y su colaboración en conjunto con Phillips para crear el Sistema Homologado de Inteligencia, Espionaje, Logística y Defensa —SHIELD para mejores aclaraciones—, y su continua lucha para hacer de este mundo un lugar más seguro.
Al darle vuelta a la hoja sintió su corazón sufrir un doloroso apretón, pues con lo que se había topado había sido una foto de Peggy vestida de novia junto a un hombre alto, de cabello oscuro y de un tono de piel ligeramente más bronceado que el de ella, vestido con un traje negro. En la fotografía se miraban el uno al otro, él la miraba con adoración, mientras que ella lo miraba con un gran cariño. Se notaba claramente que se querían al uno al otro, y a pesar de que Steve aún sentía ese terrible estrujamiento en su corazón, se sintió realmente contento de que Peggy hubiera encontrado la felicidad, aunque no hubiera sido con él.
Tuvo dos hijos con ese hombre, un niño y una niña, los cuales crecieron y tuvieron sus propios hijos. Peggy siguió prestando sus servicios a SHIELD a pesar de estar casada y ser madre, incluso durante la guerra contra Vietnam.
Se retiró a principios de los ochentas, vivió en Virginia, lugar de nacimiento de su esposo, desde que se casó y, para sorpresa de Steve, aún vivía ahí, aunque ahora lo hacía en una Residencia para adultos mayores.
Después de eso, Steve pasó varios días dándole vueltas en su cabeza si sería bueno o no el ir a visitar a Peggy.
Por un lado, creía que podría traerle recuerdos tristes y dolorosos para ella, o tal vez el dolor lo experimentaría él en caso de que la mujer no lo recordara. Pero por otro, Steve realmente quería verla una vez más, era la mujer que amaba después de todo, nada cambiaría eso, ni siquiera el hecho de que hubiera envejecido, y, además, el demostrarle que seguía vivo, que había logrado sobrevivir al choque de la nave, aunque no de la manera que les hubiera gustado, tal vez le alegre un poco.
Así que, cuando se acercó a Fury una vez más, con la resolución de ir a Richmond para visitar a Peggy, y el hombre sin decir ni una palabra ni dejarlo hablar, le tendió un sobre amarillo para después alejarse sin dar ni recibir una explicación y seguir con su trabajo, Steve no tuvo la necesidad de ver el interior de dicho sobre para saber lo que contenía.
A pesar de haber pasado poco más de sesenta años, Nueva York seguía siendo casi lo mismo, sólo había más gente, más ruido, más autos y edificios más altos. La estación Gran Central seguía estando en la 42 y la avenida Park, y la estación Pensilvania seguía entre la séptima y octava avenida.
Cuando llegó a la estación Pensilvania no podía negar que se había sentido un tanto descolocado. El edificio era completamente diferente de lo que recordaba y sintió un poco de pena por la pérdida de tan maravillosa pieza arquitectónica que una vez él había apreciado y hasta dibujado en uno de sus cuadernos de bocetos.
En la estación, tomó un tren en dirección a la estación Washington Union, en donde tomaría otro tren hasta Richmond Main Street, de ahí sólo tendría que tomar un taxi para llegar a la dirección que tenía de la casa de retiro.
Sería un largo camino, pero si salía desde temprano, estaba seguro de llegar a Richmond entre las doce y una de la tarde.
Así que, una vez planeado todo, salió del complejo pasadas las seis de la mañana y se dirigió a la estación Pensilvania, abordó el primer tren poco antes de las siete de la mañana y a las diez menos cuarto ya estaba bajando de él en Washington. Tuvo que esperar media hora a que saliera el segundo tren, pero la aprovechó tomando un ligero almuerzo en una de las cafeterías dentro de la estación. El segundo tren salió sin retraso, y a la una de la tarde ya estaba en Richmond.
Llegar a la residencia los nervios se le acumularon en el estómago con una fuerza impresionante, sentía que sería capaz de devolver el sándwich junto con el café que había almorzado. Steve estaba seguro de que un enjambre de abejas africanas comparadas con su estómago serían la tranquilidad mostrándose.
Steve estuvo a punto de darse la vuelta e irse debido a los pensamientos que corrían por su cabeza tales como "¿Y si no me recuerda?" "¿Y si se olvidó de mí?" "¿Y si ya no le importo?" "¿Y si me odia por haberla abandonado?"
Por supuesto, nada de eso era culpa suya, pero Steve no podía evitar sentirse culpable. Habían sido muchos años, años que el no vivió, años que pasó sumergido entre el hielo, años que no le afectaron de manera física pues se sentía y se veía como si sólo unas cuantas semanas hubieran pasado.
Steve cerró los ojos y se esforzó por dejar su mente en blanco. Inhaló y exhaló un sin número de veces hasta que pudo sentir su corazón —el cual no había sentido alterarse— volviendo a su velocidad normal. El revoltijo que sentía por estómago empezó a aquietarse poco después, y Steve siguió inhalando y exhalando de manera constante hasta que sintió sólo un ligero cosquilleo en el vientre.
Una ves que tuvo su cuerpo bajo control, Steve se atrevió a dar un paso en dirección a la entrada principal. Al entrar, se acercó a la recepcionista apretando con fuerza el ramo de margaritas que había comprado fuera de la estación, tragó con fuerza, llamando así la atención de la señorita detrás del mostrador, y preguntó por la habitación de Margaret Carter.
—¿Amigo o familiar? —preguntó con voz suave la muchacha.
—A-amigo —titubeó y luego siguió hablando más suave—, un viejo amigo.
La chica lo miró con una ceja enarcada, observándolo de pies a cabeza, claramente no creyendo sus últimas palabras.
Al final, la chica le dijo el número de habitación y le dio ligeras instrucciones para llegar a ella.
Al estar frente a la puerta Steve volvió a dudar, se preguntaba si lo que estaba por hacer sería algo bueno para ambos, o si sería algo que los perjudicaría. Peggy tenía a su familia, hijos, nietos y bisnietos que estarían ahí para ayudarla y para mantenerse estable, pero ¿y Steve?
Steve no tenía a nadie en ese lugar, ni siquiera un amigo, Peggy era todo lo que le quedaba, realmente no lo soportaría si al abrir la puerta lo único que recibiera fuera un rechazo.
Pero Steve tenía que hacerlo, porque si no lo hacía entonces, tal vez no tendría otra oportunidad.
Levantó la mano, algo temblorosa, y dio tres golpes suaves en la madera.
Una voz suave, aunque algo cansada, le dio permiso para entrar. Steve abrió la puerta lentamente y levantó la mirada hasta posarla en la figura de una mujer mayor.
Se veía delgada, la piel de sus manos y su cuello estaba muy arrugada y su cabello era completamente blanco. A simple vista no se parecía en nada a la Peggy que el conoció y por un instante creyó que esa no era la mujer que había conocido. Pero entonces ella se giró en su dirección y esos asombrosos ojos cafés que había admirado en el pasado se volvieron a posar en él y la reconoció.
Definitivamente era ella. Peggy, su Peggy, la chica de la que se había enamorado en los años cuarenta en medio de una guerra.
El haber estado sesenta años encerrado en un iceberg no había afectado en lo más mínimo el amor que sentía por ella, en realidad, había funcionado como una protección no solo para su cuerpo, sino también para sus sentimientos.
Los ojos castaños se abrieron ampliamente al verlo y poco a poco se fueron llenando de lágrimas que se negaban a rodar por las pálidas y arrugadas mejillas.
Steve sonrió y obtuvo una sonrisa hermosa de parte de la mujer sobre la cama.
—Steve… —dijo ella en un susurro.
—Peggy —le llamó mientras se acercaba y le extendía una mano.
Ella tomó su mano con las dos suyas y la acarició muy suavemente, después la llevó a su rostro y posó el dorso de la mano de Steve sobre su mejilla.
—Oh, Steve, te he echado tanto de menos.
Steve soltó un suspiro y pudo sentir como un peso se liberaba de su pecho, al igual que las náuseas provocadas por los nervios también se extinguían por completo. El único sentimiento que quedó en él fue el alivio y el gran cariño que sentía por ella.
Steve sonrió y llevó su mano libre a la cabeza de Peggy y acarició los suaves mechones plateados.
—Yo también te he echado mucho de menos, Peggy.
Peggy abrió los ojos que había cerrado para disfrutar de la caricia en su rostro y los posó en su rostro. Al escucharlo, las lágrimas no pudieron ser contenidas por más tiempo y empezaron a rodar por las mejillas, zigzagueando de vez en cuando a causa de las arrugas más profundas en la piel aún de porcelana de Peggy.
—Llevaba tanto tiempo ansiando verte de nuevo Steve, tanto tiempo.
—Lo siento, Peggy… —trató de continuar, pero Peggy había empezado a negar con la cabeza, pero aun sosteniendo su mano.
—No fue tu culpa Steve, nos salvaste, nosotros deberíamos ser los que nos disculpáramos, diste tu propia vida para lograrlo.
Steve negó con la cabeza y guardó silencio mientras pensaba.
¿Se arrepentía de haber llevado ese avión hacia el glaciar? No, definitivamente no se arrepentía, si con eso lograba salvar las vidas que salvó y le aseguraba un futuro a Peggy como el que tuvo, definitivamente no lo hacía.
—Lo volvería a hacer sin pensarlo.
Peggy le sonrió con un inmenso cariño.
—Lo sé.
Permanecieron en silencio por un largo momento, interrumpido solo por la respiración de ambos, hasta que Peggy volvió a hablar.
—No puedo ir contigo Steve, no aún.
Steve la miró con el ceño fruncido, ¿ir? ¿a dónde?
—¿Peggy?
—No puedo, no ahora, todavía tengo asuntos pendientes.
Steve frunció el ceño, tratando de entender las palabras de Peggy, ¿asuntos pendientes? Entonces una idea le cruzó por la mente, ¿acaso pensaba que estaba aquí para… llevársela a ella?
Steve trató lo más que pudo, pero no fue suficiente, una risita se escapó de sus labios y miró a la mujer frente a él con un gran cariño. Peggy frunció el ceño al escucharlo y fijó su mirada en él.
—Peggy, no estoy aquí para llevarte a ningún lado.
—¿Qué? ¿Pero entonces…
—Yo, Dios, ¿cómo te lo puedo decir?
—¿Decirme qué?
—Peggy, yo… no estoy muerto.
—Steve, esa es una broma de muy mal gusto.
Steve volvió a soltar una risita, no sabía siquiera por qué reía, aunque en realidad, todo aquello que estaba sucediendo era de locos, cualquiera perdería la cabeza, es decir, ¿pasó sesenta años dentro de un bloque de hielo y al momento de recibir un poco de calor el hielo simplemente se derrite y él continúa respirando como si nada hubiera pasado? Bueno, pues discúlpenlo por liberar su frustración con risas, muchas gracias.
—No, Peggy, te digo la verdad —Peggy estuvo a punto de decir algo, pero Steve no la dejó—. SHIELD me encontró. Al liberarme del hielo mis signos vitales empezaron a mostrarse, empecé a respirar y mi corazón a latir, con sólo una ligera hipotermia como resultado por haber permanecido sesenta años sumergido en el glaciar.
Todo rastro de humor se desvaneció del rostro de Steve. Mantuvo sus ojos fijos en las manos que sostenían las suyas, pero con la mirada perdida.
—Empecé a mejorar, la hipotermia no duró más de un día gracias al factor curativo que el suero me dio. Mi temperatura volvió a la normalidad al igual que mi respiración y el latido de mi corazón.
» Cuando desperté, para mí no habían pasado más de unas cuántas horas, tal vez días. Nunca hubiera podido imaginar que habían pasado años, décadas —Steve liberó una de sus manos y se talló el rostro en un gesto de frustración—. SHIELD quiso ocultármelo, al menos por un tiempo según me dijeron, pero yo me di cuenta al instante que algo andaba mal. Escapé y salí del edificio hacia las calles de una Nueva York que nunca había visto, llena de gente, automóviles, ruido y luces fluorescentes.
» Fue impactante, me sentí tan perdido, no sabía que hacer, no sabía a dónde ir —estaba empezando a tener un ataque de pánico, su respiración se agitó al igual que el latido de su corazón—. Peggy… yo… estaba… estoy… n-no sé…
—Shh… tranquilo —Peggy le dijo suavemente, como un arrullo—. Respira profundo Steve, estás aquí, estás a salvo.
Steve cerró los ojos con fuerza y empezó a hacer lo que Peggy le sugirió. Tomó una profunda inhalación y luego fue soltando el aire poco a poco. Abrió los ojos y los fijó nuevamente en ella.
Dios, a pesar de los años, Peggy seguía siendo hermosa, sus ojos castaños brillaban con mucha más fuerza que en el pasado, su piel, a pesar de las innumerables arrugas, seguía tan suave como la porcelana y las ondas de su cabello aún tenían la misma forma, como olas constantes en el mar.
Seguía siendo ella, pero al mismo tiempo no lo era. La mujer que tenía enfrente ya era toda una adulta, había vivido, conocido y aprendido. Era más sabia y más comprensiva con las cosas que pasan en el mundo.
Al verla así, una gran tristeza lo invadió. Steve hubiera dado todo cuanto tenía para poder haber vivido y envejecido junto a ella.
—Estás aquí, estás a salvo —repitió ella con lágrimas acumulándose en sus ojos.
—Aquí estoy —respondió en un susurro.
Ése había sido su primer encuentro, pero no el último por supuesto. Steve continuó visitándola. Peggy le hablaba de las cosas que pasaron después de su desaparición. La victoria de la guerra y los costos de esta. La fundación de SHIELD con ayuda de Howard y del coronel Phillips.
En sus siguientes visitas Peggy le hizo un resumen de todo lo que había pasado en el mundo durante los sesenta años que estuvo en el hielo. No todo era bueno, pero Steve sabía que ganar una guerra no significaba que el mundo se convertiría en una utopía. No había pasado después de la Primera Gran Guerra y Steve no era lo suficientemente iluso como para creer que pasaría después de la segunda.
Algunas visitas después, Peggy le contó sobre su vida personal. Le contó cómo conoció a su esposo, cómo se enamoró de él, sobre sus hijos y sus nietos.
A Steve le dolió escuchar sobre ellos, pues él aún quería a Peggy, pero estaba feliz de que al menos ella sí pudo ser feliz.
—No digas eso, tú también lo serás —le riñó cuando expresó su sentir. Steve sólo sonrió y la miró con tristeza—. No me mires así, estoy segura de que lo serás, te han dado una segunda oportunidad, Steve, tienes una larga vida por delante. Estoy segura de que conocerás a alguien y te volverás a enamorar.
Steve negó con la cabeza, pero no dijo nada, él no tenía tantas esperanzas, pero no le llevaría la contraria a Peggy, no quería hacerla sentir mal. Además, si eso le daba paz a la mujer, él le aseguraría creerle, aunque en el fondo no lo hiciera del todo.
—Tienes que dejar de venir tanto aquí y empezar a rehacer tu vida —Steve negó con la cabeza—. Tienes que dejar de perder tiempo con esta anciana, yo no podré ser de mucha ayuda, tienes que encontrar a alguien que te ayude a adaptarte a esta época. Conmigo, estarás estancado en los años cuarenta y cuando ya no esté aquí será mucho más difícil querer empezar a hacerlo.
—Peggy… —empezó a decir en un suspiro, pero ella lo interrumpió.
—Tienes que hacerlo Steve, sabes que tengo razón. La guerra terminó, estudia una carrera, continúa en la milicia, sal de fiesta, ve a una cafetería y prueba los nuevos sabores de café que te has perdido.
Steve soltó otro suspiro y desvió la mirada pues sentía una especie de vergüenza muy ligera, lo suficiente como para no tener las fuerzas de sostenerle la mirada a esos fuertes ojos castaños. Peggy continuó:
—Pasea por el parque y dibuja las palomas o los árboles o las estatuas, pero sal, experimenta nuevas cosas, conoce a nuevas personas. Conoce a una chica —al escucharla, Steve regresó de inmediato su mirada a la de ella—, enamórate de nuevo —al oír esas palabras estuvo a punto de protestar, pero ella continuó sin hacerle caso a su boca abierta—, sé que será difícil, sé que podrían tomar meses o años, créeme, lo sé —nuevamente Steve desvió su mirada y es que no se la podía sostener pues él sentía sobre sus hombros la responsabilidad y la culpa de todo lo que había sucedido entre ellos.
Sí, Steve se culpaba a sí mismo el que Peggy se enamorara de otro.
—Pero también sé que es posible y estoy segura de que encontrarás a alguien a quien amarás igual, o puede ser que más, de lo que me amaste a mí.
Steve estuvo a punto de negarse, pero Peggy nuevamente no le dio la oportunidad.
—Y no, no estoy haciendo menos tus sentimientos por mí. Sé que me amas Steve, realmente, pero debes admitir que durante la guerra no había muchas mujeres a las que conocer y, por ende, no mucho de donde escoger —nuevamente él trató de hablar, pero Peggy continuó como si nada—. Dicen que en la vida de cada uno conoces dos grandes amores: tu primer amor, aquel que te enseña lo que es el amor; y tu más grande amor, ése por el que harías hasta lo imposible por tener a tu lado.
Steve volvió a abrir la boca para hablar, pero esta vez no fue interrumpido por Peggy, de hecho, la mujer lo miraba con una sonrisa cariñosa en el rostro y con una expresión que le decía que ella sabía lo que estaba por decir.
—Yo hubiera hecho hasta lo imposible por ti.
La sonrisa de Peggy se ensanchó, haciéndole saber que, en efecto, ella sabía lo que diría.
—Lo sé, pero el sentimiento que te domina es diferente, ya lo sentirás.
Steve iba a decir algo, pero fue interrumpido otra vez, aunque en esta ocasión fue por un par de golpes en la puerta, la cual abrieron sin esperar respuesta.
La puerta fue abierta lentamente y una chica de cabello castaño amarrado en una coleta alta la cruzó. La chica se veía joven, tal vez unos dos o tres años menor que él, era de piel ligeramente bronceada y ojos de un café oscuro similar al chocolate amargo. Se veía alta, aunque Steve sospechaba que era la ropa ajustada que vestía y los botines de tacón que calzaba.
Eso fue lo único que a Steve le dio tiempo de analizar pues Peggy había soltado un grito y había estado a punto de correr hacia la recién llegada, la cual se apresuró a acercarse para evitar que lo hiciera.
En los siguientes treinta minutos Steve se enteró que esa chica era la hija de su amigo Howard Stark, que era diseñadora de armas, directora de la empresa de su padre, de que había sido secuestrada por tres meses en un campo de guerra y que no llevaba mucho de haber vuelto.
Ese día Steve salió de la casa de retiro con una creciente admiración por la chica que acababa de conocer, una que había sido secuestrada pero no doblegada, que se notaba fuerte y decidida y que demostraba con fuerza el cariño que sentía por los suyos, y Steve se sintió motivado.
Los siguientes días Steve dio todo de sí para poder adaptarse a esa nueva época, pero cada vez que lo intentaba, algo lo frenaba o lo regresaba dos pasos. Pero Steve no se rindió y no lo haría.
El haber dejado el cuartel de SHIELD definitivamente había sido un gran paso. Se mudó a un pequeño departamento en Brooklyn, cerca de donde había estado su antigua casa, no que todo fuera igual, pero había algunos edificios que seguían igual a como estaba en los cuarentas y Steve sentía eso como una brisa fresca sobre su rostro.
El haberse inscrito al gimnasio a un par de manzanas de su nuevo departamento también había sido un buen paso, pues ahí conviviría con gente nueva que podría ayudarle en su proceso de adaptación.
También volvió a sus dibujos, algo que siempre lograba tranquilizarlo y que lo ayudaba a despejar su mente hasta dejarla en blanco. Cada vez que dibujaba una línea en una hoja en blanco, una se borraba de los problemas o sucesos que aglomeraban su cabeza.
Pero definitivamente lo que se llevó todo al rastre, fue su patético intento de flirteo en una cafetería cerca del puente de Brooklyn.
La chica era muy linda, rubia de ojos verdes, piel blanca, manos pequeñas, cintura pronunciada y largas piernas. Era completamente diferente a Peggy, y tal vez eso era lo que lo había convencido después de interceptar varias miradas de la chica hacia su persona.
A Steve no le gustaría recordarlo, no era necesario, sólo basta decir que las cosas iban por un excelente rumbo en donde ella lo invitaba a un concierto de su banda favorita y él aceptó sin dudarlo, pero entonces ella dijo:
—Excelente, si quieres pásame tu Messenger* y nos ponemos de acuerdo por chat.
Steve había quedado en blanco. ¿Qué mierda era Messenger?
Cuando la chica vio a Steve dudar ella preguntó por sus cinco arriba* y luego por su espacio*, Steve no pudo más que fruncir el ceño en confusión. ¿De que rayos estaba hablando esa chica?
Al final las cosas no salieron como a Steve, o a cualquiera, le hubieran gustado, pues estaba seguro de que caminar cinco cuadras hasta su departamento con la entrepierna mojada de té de hierbabuena no es algo de lo que alguien esté ansioso por experimentar.
Al día siguiente volvió a la casa de retiro. Quería pasar algunas horas con Peggy para despejarse y, ¿por qué no aceptarlo?, para que Peggy le dijera que lo estaba haciendo bien. Realmente necesitaba que alguien se lo dijera.
Cuando llegó se encontró no solo con Peggy en la habitación, sino con Anthoniette también. Ambas estaban sobre la cama rodeadas de hojas de papel y uno que otro cuaderno.
Ese día conoció más sobre la vida y relación entre ambas. Steve podía ver un gran y hermoso vínculo que las conectaba, y a Steve le maravillaba aún más su existencia al saber que no compartían lazos sanguíneos. Aquello le hacía recordar la hermandad que compartió con Bucky.
La siguiente vez que Steve se encontró con la hija de su antiguo amigo Howard fue al día siguiente, Steve no había ido dos días seguidos desde que habían pasado las primeras semanas de que empezaron sus visitas, pero él había ido con la esperanza de encontrarse nuevamente con ella pues había algo en Anthoniette Stark que le alentaba a continuar.
Tal y como lo había supuesto, Anthoniette estaba ahí, pero ambos habían sido despachados para poder realizarle algunos estudios a Peggy. Ambos salieron de la casa de retiro y fueron a una cafetería. No había podido conocer mucho de ella ese día, pero de lo que sí le había quedado claro, fue de que era muy parecida a Howard. Sus personalidades eran muy similares y algunos de sus gestos también estaban presentes.
Steve estaba enterado de la enfermedad que padecía Peggy, fue una de las primeras cosas que ella le había contado, pero Steve realmente nunca fue consciente o tal vez no lo había tomado en serio porque durante los poco más de dos meses que llevaba visitándola, nunca había presenciado alguno de sus episodios.
El haber llegado al día siguiente —sí, nuevamente lo había hecho para poder encontrarse con Anthoniette otra vez—, y haber sido testigo de uno de ellos había sido demasiado impactante. Conmocionado era la palabra que mejor describía a Steve cuando se percató de lo que sucedía, y si para él fue algo muy fuerte, no podía imaginar lo que debió sentir Anthoniette al no poder ser recordada por Peggy, la única figura paternal que le quedaba.
Por eso se lo dijo, acerca de todo. No podía dejarla sufrir de ese modo. No podría dejarla creer que un completo extraño pudiera ser más importante para Peggy que ella.
Le contó su pasado, también el cómo conoció a Peggy y a su padre, le dijo su verdadera identidad —no que la hubiera ocultado, pero Anthoniette no sabía realmente quién era él— y le dijo quién había sido.
Pero Steve no se quedaría ahí, se lo contaría todo, se lo debía, él había escuchado su pasado de la boca de Peggy y sobre su secuestro desde el otro lado de la puerta. Además, al ver su rostro y encontrarse con esos ojos chocolates desbordando emociones Steve haría lo que estuviera en sus manos para ahorrarle un poco de dolor.
—Luché durante la Segunda Guerra Mundial durante dos años hasta que en una de las batallas tuve que deshacerme de un avión en el que transportaban bombas nucleares que utilizarían para destruir el mundo.
Anthoniette lo miraba fijamente con una expresión que podría catalogarse como asombro, con los ojos abiertos casi sin parpadear y con la boca ligeramente abierta, prestando atención a cada una de las palabras que salían de su boca.
—En ese momento lo único que se me ocurrió fue llevarlo al norte y eso fue lo que hice. Lo llevé lo más al norte que pude y lo estrellé en un glaciar, enterrando la nave en el hielo y a mi con ella —Anthoniette parpadeó repetidamente y su ceño se empezó a fruncir, Steve sabía que algunas preguntas se estarían formando en su cabeza, pero él continuó sin darle tiempo de procesarlas—. Estuve congelado por más de sesenta años, mi cuerpo fue preservado a través de los años gracias a la criogenización que el suero, con ayuda del hielo, fue capaz de realizar.
» Fui encontrado por una organización del gobierno y reanimado por ellos mismos cuando se dieron cuenta de que mi cuerpo aún tenía signos vitales. Pasé algunas semanas en sus instalaciones tratando de asumir el hecho de que había dormido por más de sesenta años y que todo lo que conocía ya no existía —hizo una pausa, perdiendo el enfoque de su mirada en los ojos de Anthoniette por un par de segundos—, y que, muy probablemente, todos los que conocía también.
—Mi tía es… —empezó ella, pero no continuó.
—La única persona de mi pasado que permanece viva —terminó él.
Anthoniette asintió lentamente y bajó la mirada, perdida en sus pensamientos. Steve le dio algo tiempo de procesarlo y entonces dijo:
—No es que, para Peggy, yo sea más importante que tú, es sólo que, para el momento hasta donde ella puede recordar, a mí ya me había conocido.
Anthoniette volvió a dirigirle la mirada, esta vez con entendimiento y gratitud. Los ojos chocolatosos se volvieron a llenar de lágrimas y, por un momento, Steve no supo qué hacer, pánico empezando a crecer dentro de él. Pero entonces Anthoniette se arrojó a él una vez más, rodeando su cintura y enterrando su rostro en su pecho, ahogando pequeños sollozos de vez en cuando.
Steve relajó su cuerpo y, con un poco de titubeo, rodeó los hombros de Anthoniette y la estrechó suavemente con la intención de darle el consuelo que necesitaba.
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Primero que nada, muchas gracias por sus favoritos, sus Follows, sus votos, el que agreguen mi historia a sus listas, sus kudos, sus bookmarks y, sobre todo, sus comentarios.
Los amo.
Heeeeey. Pues como es algo muy obvio no diré que llega tarde la actualización… ups, ya lo hice. Bueno, el caso es, que la tardanza no ha sido por falta de ganas, sino de tiempo. Estos últimos meses me he estado capacitando en mi trabajo en diversas áreas que definitivamente son unas excelentes áreas de oportunidad para mí y que con el tiempo serán de gran apoyo, así que, lamento el no haberles de perdido avisado.
Pero bueno, sólo espero que me sigan dando la oportunidad, voy a seguir con mis historias.
Bueno, sinceramente no sé qué mas decir, así que me enfocaré en un dato curioso que se pudo apreciar en este capítulo —realmente espero que lo hayan notado— y es el que Peggy reaccionara muy distinto "las primeras veces" que vio a Steve.
La razón por la cual Peggy reacciona de dos maneras diferentes es muy sencilla, la verdad, y fue por la edad mental que tenía en su momento. Desde el punto de vista de Steve, la primera vez que vio a Peggy ella mantenía su edad mental real, es decir ochenta y tantos años, a esa edad ella ya no espera ver a Steve vivo y por eso lo ve como una figura del más allá que ha venido a recoger su alma; en cambio, cuando lo ve mientras sufre de uno de los episodios de su Alzheimer, ella tiene alrededor de treinta y pocos, durante esos años incluso Howard estaba desesperado por encontrarlo, es por eso que reacciona tan efusiva y se me hace más plausible a como salió en la película, aunque claro, es mi punto de vista.
Y bueno, es todo por el momento, lamento de verdad si es que este capítulo se les hizo algo tedioso, pero creo que era necesario, Steve merece sus propias páginas para desahogar sus sentimientos, ¿o no?
¡Que tengan un excelente inicio de semana!
::: (_( :* .¸¸.•Hana
*: (=' :') :* .¸¸.• Usagi
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