¡Oya oya oya! Les recuerdo que este fanfic se actualiza todos los martes :)

¡Nuestro primer review ha llegado, yas!

Hollking: mira, cielo, el angst va a estar igual. Que esto puede que sea dentro del tiempo del canon pero los personajes sufren como el que más y ya, como seres humanos que son ;) ¡Me alegra que te gustase! Las expectativas no las tengas muy altas; es mi primer long fic y espero ser lo suficientemente perseverante como para acabarlo :) ¡Gracias por el review!

Vuelvo a agradecerle a Tobi por betear esto.


Estampida


Daichi prácticamente está enfurecido. No le ha dirigido la palabra a Asahi desde la última tarde que lo vio, cuando llegaron al vestuario y él estaba poniéndose las zapatillas para irse. Huyendo. Escapando de qué, no lo sabe. Pero va a matarlo, jura que va a hacerlo. Cuando vuelva a las prácticas, porque ha faltado los últimos tres entrenamientos.

Kuroo intentó calmarlo, de capitán a capitán. Intentos vanos fueron los suyos.

Ahora mismo necesita a la única persona que le puede enfriar el cerebro.

–No es tu culpa.

Se lo dice bajito. Nariz contra nariz. El aliento de Sugawara apesta pero no le importa. La cintura de su armador le queda pequeña entre las manos, pura fibra y ombligo prominente. Éste da un piquito en el labio inferior, haciéndole surgir la única sonrisa que pudo proyectar en las últimas dieciocho horas.

–¿Y qué tal si lo es? –le pregunta, apartándose un poquito para mirarlo a los ojos ligeramente más claros que los suyos. –¿Y si estoy fallando como capitán y no me di cuenta de que le está pasando algo? ¿Algo que le impide jugar?

–Pero entonces no estás fallando como capitán, sino como amigo.

Maldito Suga y su estúpida costumbre de decir las verdades con una sonrisa empastada en el rostro.

–Bueno, sí. –acaricia los mechones grises sobre la bufanda. –Porque en este caso, Asahi es mi amigo. Imagina si fuese Yamaguchi quién está pasando por esto.

Se sientan. Suga le enreda el tobillo con el suyo y apoya la mano en su muslo.

–Bueno, si fuese Yamaguchi, las cosas serían muy distintas. –juguetea con el pulgar. –Primero porque no tenéis tanta relación, y segundo, porque se le notaría a quince cuadras exactamente qué le pasa. Pero hablamos de Asahi. Sonsacarle qué puñetas le ocurre será muy difícil.

–Es insoportable cuando se pone en modo caparazón.

–Tú eres insoportable.

Sonrisa de lado. Beso. Beso. Mano en la nuca. La otra en el muslo. Los dedos de Sugawara suben.

–Sugaaaaa. –protesta Daichi contra su boca. –Estamos cerca de la escuela.

–Oh, por favor. –repone con hastío. Aparta la cabeza un poquito para mirarle. –¿Aún no?

Daichi menea la cabeza.

–No es el lugar.

–¿Pero el tiempo si? –pregunta Suga, y Daichi se enardece ante lo esperanzada que suena su voz. Lleva mucho tiempo esperándolo. Y que lo espere hace que lo quiera más.

–No sé, Suga. –aparta los ojos. –Tú ya tienes…

–… experiencia, sí. –el armador del Karasuno le interrumpe. –Hemos hablado de esto. Y ya te dije que esperaría cuanto sea necesario. Pero también tengo que poner un límite.

–¿Un límite?

–Sé que empezamos hace poco. –le sonríe contra el labio. –Aunque las cosas venían cociéndose en el caldero desde hacía mucho más tiempo. Pero me estoy muriendo de ganas, de verdad. –ve los ojos alarmados de su capitán y le muerde la mejilla sana. –Podemos ir todo lo despacio que quieras.

–Dame hasta Navidad. –pide Daichi, porque la sentencia atronadora de Suga sobre lo que quiere hacer con él le ha asustado un poco. –Y ahí hablaremos bien sobre qué haremos y qué no.


Es viernes y las cosas están peor que el martes. O Asahi ha estado faltando a clase o vaya uno a saber qué, pero nadie lo ha visto y Daichi hace empalidecer a todo el equipo cuando se menciona su ausencia. Nishinoya no quiere hacer uso de su altanería e ir a encararlo. A preguntarle qué matriozca le pasa. Se supone que el ser humano aprende de sus errores, y si algo aprendió del mes que estuvieron sin hablarse, fue que cuando uno va de frente con Asahi, él se cierra aún más. Que hay que darle espacio y tiempo, y si quiere hablar, hablará.

El problema es que Nishinoya se está muriendo de la angustia por pensar que hizo algo mal y no sabe qué es.

Porque Asahi se la ha tomado con él. Está clarísimo.

Quiere escuchar música para distraerse pero sus auriculares están en la mochila de Nishinoya.

Quiere volver a leer Túneles pero es el libro que le ha prestado a Asahi.


En el entrenamiento tardío del viernes, siete cabezas se giran hacia la presencia de un muchacho muy alto y con pelo rodeándole el rostro. Y ojos llenos de culpa. A Nishinoya le da un poco de pena. A saber qué le estaba pasando para aislarse.

Pero ya está bien. Está aquí con nosotros.

Hinata lo recibe con saltitos de emoción a los que responde con una sonrisa ladeada. Kageyama y Tsukishima no dicen nada, pero sus rostros no destilan emociones negativas, cosa que Nishinoya les agradece. Daichi es el único que lo mira con el ceño fruncido. Parece un volcán escondido bajo su faceta de apagado para estallar en cualquier momento. Asahi se distrae por su mirada volcánica y es arrastrado al piso por un abrazo de Hinata.

–¿Estás comiendo bien, Azumane-sempai? –pregunta la bola de pelo naranja que revolotea a su alrededor. –Ha sido más fácil que antes tirarte al suelo.

Se ríe. Su risa parece sincera. Le revuelve los rizos pelirrojos a Hinata.

–A lo mejor te has vuelto más fuerte. –sonríe. Daichi interrumpe el intercambio de purpurina y buenos deseos tirándole de la parte de atrás de la camiseta, levantándolo. Silencio absoluto en el medio del gimnasio. Hasta Yachi se ha quedado pasmada.

–Llegas tarde, faltas y encima interrumpes la práctica. –la voz atronadora del capitán hace callar hasta a los pájaros que piaban fuera. –Hoy el gimnasio lo cierras tú.

–Pero, Daichi-san, –levanta la mano Kageyama, súbitamente confundido. –el tontopollas y yo pedimos permiso para quedarnos después de hora.

–Entonces Azumane esperará hasta que ustedes terminen y limpiará y cerrará. –sentencia. Nishinoya no lo puede creer, ¿será que Asahi está cabreado con Daichi y por eso la toma con él? No tiene ningún sentido.

Noya ve como Asahi se encoge ante la sentencia de Daichi y tarda un poco más que los demás en acercarse a las pelotas. Cómo su confianza, que generalmente no tiene más resistencia que la paja, se destroza en un millón de pedazos. Quizás ahora sí le hable. Tal vez no le corte el rostro como lo viene haciendo desde el inicio de la semana. Trota hasta llegar a su lado, todo sonrisas y dientes blanquísimos.

–¿Quieres que reciba algunos de tus remates? –pregunta, pasándole una pelota.

El castillo de cristal que venía construyendo desde la esperanza se destroza cuando Asahi le devuelve la pelota.

–Hoy no. –responde, tan bajito que tiene que leerle los labios, y sale pitando en dirección a Sugawara.

Todo el gimnasio se da vuelta a ver cómo el orgullo de Noya sufre un revés desmedido y la pelota se le escapa de las manos. Cómo se convierte en hielo. El golpe es demasiado duro para poder soportarlo.

Antes tenía dudas de si Asahi tenía un problema con él o no, pero ahora lo ha rechazado en toda la cara.


Kageyama y Hinata saltan encantados cuando Nishinoya acepta quedarse un rato, pero solo un rato, tíos, porque su sempai tiene que dormir para estar bien fuerte mañana y les promete helados a la salida. Recibir los remates atronadores de Hinata le fascina. Sentir el aire fluir por sus venas, corriendo hacia la pelota. Sentirla estallar contra sus antebrazos que parecen menudos pero en realidad son más resistentes que el Greed ese de FullMetal Alchemist, serie que Asahi todavía no se digna a ver.

"Tienes que verla, tío. Es una putísima obra de arte."

Asahi. Noya ha puesto todo su empeño para no recordar que está ahí, pero se pregunta si el hecho de haber aceptado la invitación emocionada de Hinata tiene que ver con que Asahi no tenga más remedio que quedarse. Como si estuviese aprovechando la oportunidad para hacerse notar. Cada remate que recibe es un cartel de neón y cada grito que pega es una bocina atronadora. Y todos y cada uno de ellos exclaman "estoy aquí, mírame".

Después de hora y media y cuando Asahi empieza a cabecear sobre las gradas, Kageyama decide dar por terminado el entrenamiento. Hinata protesta.

–A ver, toma. –dice Nishinoya dándole unos billetes en su mano menuda. –Ve y trae helados para todos. A mí tráeme los de Iced Soda, los de envoltorio turquesa.

–¡Vale! –el enano se vuelve hacia Asahi, que está juntando un par de pelotas detrás de ellos. –¿Y tú de qué lo quieres, Asahi-san?

–Eh. –Asahi le sonríe desde la posición encorvada. –De los que tienen caramelo y crema, por favor.

Ah, a él si le respondes, imbécil.

Hinata sale disparado dando saltitos hacia la puerta; Kageyama le sigue protestando.

–¿Y tú por qué vienes?

–Porque siempre me traes los que no me gustan.

–Es porque no sabes apreciar el sabor de la sandía helada, Tontoyama.

–Lo que no sé apreciar es lo imbécil que eres.

Sus voces se van apagando. Noya se pone las manos en los bolsillos. Está decidido a quedarse quieto y sin hablar hasta que los niñatos vuelvan, pero ir contra la propia naturaleza es más difícil que limpiarse el culo con confeti, así que se pone a recolectar pelotas a la par de Asahi.

Al principio, parece funcionar bien. El ambiente está pesado como collar de melones pero puede aguantarlo. Hasta que vuelvan Tobio y Shoyo. Y llega el momento de bajar la red. Que es imposible hacerlo sólo, y a Nishinoya no le queda otra que esperar junto al poste, aguardando a qué Asahi se percate de que necesita su ayuda para descolgar el límite entre las dos canchas. Dos dolorosos minutos pasan.

–Eh. –increpa Noya, más agresivo de lo que esperaba. Asahi se da vuelta a mirarlo por primera vez en toda la semana. –¿La voy a tener que sacar solo o qué?

Por un par de segundos, Asahi parece confundido. Como si el tono de voz de Nishinoya fuese demasiado cortante o demasiado brusco.

–¿Disculpa? –pregunta con muchísima cautela. Me tiene miedo, ni que fuera un león.

–Ah, ahora me hablas. –responde, y Nishinoya no quiere estar cabreado con él pero lo está. A pesar de que estuvo ignorando su propio enojo durante todos esos días porque le importaba más lo que le pasara a Asahi que lo que pase a él mismo. Está enojado, o dolido, o no sabe qué pero no le importa.

–No… no est–empieza. Nishinoya lo interrumpe.

–Ya, bueno, si quieres puedes bajar la red solo. Digo, ya que eres increíble y puedes hacerlo sin mi ayuda.

Asahi no responde. Lo mira con los ojos llenos de angustia y de confusión, y aunque Noya siente que el corazón se le hiela ante las pupilas chocolate, está más cabreado que entristecido. Gira la cabeza y sigue desatando la red despacio.

–¿Ahora vas a ignorarme de nuevo?

–¿Qué?

–La red. ¿O quieres que te lo explique con manzanitas?

–¿Y qué te pasa que estás reticente?

AH NO. Se ha pasado una prefectura entera.

No sabe en qué momento cruzó la cancha, pero ahora está a dos pasos de Asahi. Todo enojo y llamas alborotándose a su alrededor.

–¿Sabes cuál es el puto problema? –estalla Nishinoya, enfrentándose cara a cara a la persona que lo ha estado volviendo loquísimo la última semana. –Que saltas con estupideces que no tienen sentido. La última vez que miré, el que ha estado actuando reticente eras tú.

Qué.

No puedo creer que le haya dicho eso.

–¿Y me dices a mí de estupideces que no tienen sentido? –grita él, avanzando un paso lleno de furia. –¿A mí? No sé qué te ha dado, Nishinoya, pero esta semana te me has pegado como lapa a pura canción de Heidi.

Ahí. El proyectil lo alcanza en medio del pecho.

A Noya no le afectan muchas cosas, pero que le digan que es un cargante o sentirse insoportable le duele más que meter las manos en el fuego.

–¿Eso que tiene que ver?

–¡Que no tienes idea del efecto que causas!

–¿Y qué efecto causo, Asa? –lo agarra por la camiseta a grito pelado. –¿Qué coño te pasa?

–¡Este!

Y lo empuja. Fuerte y punzante y tan Asahi que le duele más. Se da con la espalda contra el cesto de pelotas. Desde arriba, Asahi le tapa la luz del reflector; y Nishinoya entiende por primera vez por qué los estudiantes de primer año dicen que da miedo. Porque no hace acopio de todo lo poderoso que puede ser, de todo lo emponzoñadas que están sus palabras llenas de sinceridad. La desnudez de sus palabras es insultante.

Prácticamente, Asahi me acaba de decir que soy un puto pesado.

Se pone en pie muy, muy despacio. Sin dejar de mirarlo a los ojos. Es la primera vez en meses que se siente tan pequeño al lado de Asahi.

–Así que no me quieres cerca –la voz se le quiebra, y Nishinoya se odia por portar un patetismo tal como para ponerse a llorar. –porque soy un tío insoportable.

–Qué. No. No he dicho eso.

–Entonces explícame, porque evidentemente no lo he entendido. –dos gruesos lagrimones recorren las mejillas sucias del líbero. –A menos que sea demasiado estúpido para entenderlo y necesite tu ayuda la próxima vez que tenga un examen. ¡Ah! Se me olvidaba que soy un pesado.

–No te he dicho que eres un denso. –Asahi tiene los ojos llenos de terror. –Eso te lo has inventado tú.

–"Nishinoya, me has estado encima toda la semana"; ¿es acaso un reproche porque soy más molesto que la mierda o un aplauso?

Asahi se agarra la cara con las dos manos y lanza un grito de puro odio, como el que escupe cuando los rivales le bloquean un remate o sus saques se van al carajo de lejos. Y lo mira. Le escupe una mirada de dientes apretados y el ceño fruncido, y Nishinoya juraría que está a punto de romper a llorar de no ser por su vista empañada.

–¡El que me ha puesto así eres tú! –explota, y las puertas del gimnasio se abren pero a ninguno de los dos le importa porque están enfrascados en saltarse a la yugular el uno del otro. –¡El que se me ha metido hasta bajo la piel has sido tú!

–¡No veo el puto problema de eso!

–¡Qué no sé qué quieres! –cada paso es un empujón y cada palabra es un grito y Nishinoya apenas puede modular del llanto pero Asahi está tan consternado que las palabras y los empujones duelen por mil. –¡Qué no sé qué te ha dado esta semana, Nishinoya! Estoy acostumbrado a tu inconstancia y a tus cambios y a mil estupideces más, pero nunca me tocó tan de cerca.

–¡O sea que sólo me aguantas cuando mis taradeces no te involucran! –empujón. –No te molestes en aclarármelo. Me quedó bastante marcado cuando perdimos contra el Date Tech, muchas gracias.

Ahí está.

Acaba de lanzar un bidón de gasolina al puto incendio que Asahi viene generando hace días.

Primero es un empujón hasta la pared, la cabeza de Noya rebotando contra ella. Luego es el grito angustiante de odio que lanza Asahi con la patada de Nishinoya en la ingle. Y después es uno encima del otro arañándose, rasguñándose, tomándose de las camisetas para zamarrearse. No paran de mirarse a los ojos durante toda la pelea.

Noya pierde la noción del tiempo. Todo es patadas y empujones y golpes y destrozarse el pecho a puro envite, porque por algún motivo están evitando darse puñetazos y la disputa está basándose en provocar el uno al otro o hundir la cabeza en el hombro contrario.

Como si fueran animales. Como si fuesen putas cabras o lobos queriendo matarse.

Y Nishinoya quiere matarlo. Porque Asahi no tiene ningún derecho a decirle que ha estado siendo un pesado cuando ha sido él quién llenó todas las fichas en el bingo de la indiferencia. Que si no lo hubiera estado esquivando toda la semana ahora no estarían saltándose al cuello o destrozándose la moral a golpes.

El muy cabrón.

Unas manos lo agarran desde la espalda y forcejea para zafarse del empuñe, pero está agotado y cansado y no quiere más. Alguien lo apartó a Asahi también, pero apenas puede sujetarlo, puesto que Noya sigue viendo su puta cara en primer plano. La cara que tiene los dientes estrellándose entre ellos y los ojos rojos de lágrimas.

–¡Noya-sempai! –grita la vocecita tras él.

Ay, no.

Se han despedazado entre ellos frente a Hinata y Kageyama, quienes están intentando separarlos.

Y Nishinoya será un imbécil o un pesado, pero no es una persona que quiera involucrar a más gente en este carnaval de despecho. Se queda quieto. Mirando a las zapatillas blancas y rojas. Perdió una durante la pelea, pero ni se percató. Hinata afloja un poquito el agarre. Noya lanza un llantito.

Kageyama apenas puede con la montaña de músculos que es Asahi. Nishinoya no puede dejar de mirarlo. De mirarle esa cara de mierda que hace una semana entera no lo deja dormir culpa de su puta indiferencia. Indiferencia a qué. A hacerse el duro, el muy hijo de puta.

Asahi sale disparado con las manos en puños y la boca supurando bruxismo.


Algún día espera agradecerle todo lo que hace por él. Todos los pesadeos, las muñecas agarradas para tomar helado, independientemente de la sensación térmica. Todas las veces que Nishinoya está ahí para él.

Apenas tomó la decisión de irse, de alejarse de su sol, se dio cuenta que iba a doler. Como cuando te sacas una tirita despacito y cada pelito corporal grita más que el anterior. Cada paso que daba en dirección contraria a Noya le desgarraba más las entrañas.

Tengo que hacerlo. Por mí. Porque es la primera vez que estoy pensando en mí.

Y la carita de Nishinoya aparece flotando tras sus párpados para devolverle a la realidad de un cachetazo.

Asahi está hecho de algún material blando y poco resistente, eso seguro. Si no, no se explica la capacidad casi nata que posee el desgraciado de bajarlo a tierra con sólo aparecer en sus pensamientos. Sin estar ahí. Hasta la idea de él le pone las rodillas de gelatina. El concepto de Nishinoya. Que es luz, sol, calor, amabilidad. Familia. Hogar.

Son las doce de la noche y aún no ha vuelto a casa. Lleva tres horas deambulando a mansalva. Miyagi nunca le pareció tan grande. Y duele. Arde como mil soles.

El teléfono empieza a vibrar en su bolsillo. No necesita sacarlo para saber quién es. Si necesita soltar el alarido furioso que le estalla desde la boca del estómago y le vale un insulto por parte de algún vecino. Se deja caer en algún rellano, desesperanzado.

Por qué no te alejas. Te estoy dando todas las señales para que salgas pitando de aquí.

No lo coge. E inmediatamente empiezan a llegarle mil mensajes al whatsapp. Lo apaga.

Espera ser lo suficientemente fuerte como para soportar la ruptura de algo que nunca existió. Como para arrancarse a Nishinoya, que se lo está haciendo más difícil que mil cojones.

Se percata de que la casa de Suga está prácticamente a dos o tres bloques. Y echa a andar.


Eres tú, grandísimo imbécil. Eres tú el que no entiende que me duele más que a ti.

Que siempre le ha dolido más que a él. Que el que lloró cuando las cosas salieron mal en ese partido de los mil demonios fue Nishinoya, no Asahi. El que quiso tomar el camino fácil y menos doloroso fue Asahi, no Nishinoya.

Y ser valiente significa tener que prepararse para romper en llanto más veces de las que se pueden contar.

Está tirando rebotes contra la pared porque necesita distraerse con algo, algo que lo haga sentir como que duele menos o arde más. Cualquiera de las dos. Todas las pelotas que recibe son de Asahi y todas las estupideces que tuvo esta semana a punto de explotarle la vena son de Asahi.

"¡Que no tienes idea del efecto que causas!"

El efecto de qué. De ser un pesado. De molestarle tanto que tienen que llegar a las manos para conversar.

Que me diga que no me quiere más en su vida y renuncio a él. Juro que renuncio a él.

Lo seguiría hasta el fin del mundo. Porque si hay algo que Nishinoya no abandonaría jamás, es a una persona que se le ha clavado tanto en el alma como Asahi. O como Tanaka. O cualquiera de sus amigos. Ya han pasado por esto; no van a dejar de hablarse por otra pelea ridícula.

Por algún motivo, esta pelea duele más que las otras.

–Yuu. –dice la voz de su hermana desde la ventana. Esa semana se ha quedado con ellos y Nishinoya jura que la ve más demacrada que de costumbre. Mucho pelo negro cubriéndole las gafas azules. –Tienes teléfono.

–Ahora mismo no puedo. –responde él, y se sorprende de no querer hablar. Él. Nishinoya no queriendo hablar con alguien. Sabe que no es Asahi, lo siente en el centro del pecho.

La luna nunca le pareció tan grande ni tan dolorosamente acusadora. Lo intentaste demasiado. Te pasaste de pesado.

–Me da igual si no puedes. –resume ella, toda huesos y cuerpito menudo atravesando el patio para clavarle el fijo en la mano. –Este chaval insistió.

–Diga. –repone, todo bajón. La voz de Tanaka responde efusivamente del otro lado.

–Tío, ¿puedes responder los putos whatsapps que te he enviado? –escucha cómo da un portazo. –¿Para qué tienes el móvil si no lo vas a usar?

–Reprimendas ahora no, Ryu. –repone. Deja la pelota entre sus pies. –Estoy un poco hinchado los huevos, así que sé breve.

–Uf, tío. Qué leches ha pasado.

–Ahora mismo estoy de un humor de mierda que tiene que ver con Asahi y su capacidad para tocarme los cojones, porque el muy idiota no es capaz de mantener una conversación normal.

–Mira quién habla de conversaciones normales.

–Ryu, una más y cuelgo.

–Vale, vale. –Tanaka cambia el tono a uno un poco menos molesto. –Si no quieres hablar de Asahi vale, pero escucha esto. ¿Recuerdas que Yachi y mi hermana estaban en campaña para conseguirnos el campamento ese en Tottori?

–Al grano.

–Qué pesado estás. En fin, parece que han conseguido a alguien… ¿me estás escuchando?

–Perdona, Ryu, pero sinceramente estoy muy cabreado y mi estado emocional afecta mogollón a lo que sea que me estés diciendo. ¿Podemos hablarlo mañana?

–Que sí, tío, que no hay problema. –trastos corriéndose. –¿Quieres venir a cenar a casa el lunes? Mamá y papá no están, así que Saeko hará frituras de pollo.

–Suena bien. ¿Llevo algo?

–Algunos snacks o así. En fin, pesao, me llamas cuando estés de un mejor humor, ¿vale?

Cuelga y Nishinoya se queda mirándose el fijo sintiéndose el peor amigo del mundo. Tanaka no tiene problema con que él no quiera contarle qué le pasa, pero conoce a alguien que no va a abrirse por voluntad propia. Alguien que está harto de esperar, pero sobre todo, está arrepentido, y confundido.

Porque tiene que haberla cagado de alguna forma para hacerle reaccionar así. Porque Asahi no tiene un tren de pensamiento a mil por hora, Asahi piensa las cosas con mucho cuidado y toma decisiones en base a eso. Y a su autoestima. Y a muchas cosas más.

Que no es impulsivo como yo.

Vuelve a marcar el número.


–La he cagado. La he cagado muy fuerte. –llora. Intenta no pensar en lo ridículo que se ve, y en el susto de muerte que les debe estar pegando a Daichi y Sugawara, pero no puede evitar preocuparse sobre cómo lo ven mientras se está desarmando. –Soy una puta bestia.

Y se desmorona. Daichi alcanza a atajarlo. Suga intenta hacerlo subir al departamento; Asahi es demasiado pesado para él solo y no le queda otra opción que empujarlo dentro con Daichi ayudando a abrir las puertas.

Asahi agradece internamente que los padres de Sugawara estén fuera ese fin de semana.

–Haré té. –anuncia Daichi, mientras prende un par de luces y prácticamente lanza a Asahi al sofá. Que ya no está llorando a moco tendido pero tiene la cara hecha un desastre de puro llanto. –Quédate con él para evitar que se mate o algo.

El armador apoya su culo en la mesita ratona frente a Asahi. Los padres de Sugawara tienen ese empeño en ser lo más occidentales posible, por eso hay sofás, mesas ratonas, estanterías extrañas y puertas con bisagras.

Y un té tan delicioso que estallas.

–Seguro no es tan grave. –le dice Suga agarrándole las dos manos, demasiado grandes y peludas y callosas para las suyas.

Daichi llega con dos tazas de té. Le da a Asahi la que tiene gatitos con un cuidado impropio de él y se sienta con Sugawara en la mesita. Cabeza gris contra hombro enfundado en sudadera. Mano de Daichi sobre los hombros. La otra, dándole la taza a Suga, que la recibe con mucho cuidado. Rozándose los dedos.

Espera, ¿qué?

Asahi se hace el que no los ha visto y se sorbe la nariz, intentando curtirse los mocos. Bebe té. Los dos papás cuervos están expectantes. Pero no puede verlos así, sabiendo lo que la mitad del equipo ignora y que ni siquiera sabe al cien por cien. Porque sólo han hecho cosas cuando están Kiyoko o él.

Tendrían que comerse la boca para que Asahi se percatase de algo. Hasta entonces serán puras suposiciones.

–Es él. –se agarra la cara con la mano que queda libre. –Siempre es él.

–Hablamos de Nishinoya. –deja caer Sugawara, con muchísimo cuidado.

–Sí, sí. –sorbe su té. –Hemos peleado. Una pelea de las gordas.

–¿Tan grande como cuando te fuiste del equipo?

Asahi hace un puchero frente a la pregunta del capitán.

–Yo diría que más.

Silbido de Suga. Mano en el muslo de Daichi.

–Tío, sí que es fuerte.

–¿Puedes explicarnos mejor?

Y Asahi les dice prácticamente enterrado en llanto que estalló ante un comentario imbécil, que Nishinoya no entendía ni pollas de lo que estaba pasando y que le echó en cara cosas que Noya no merece recibir de rebote, porque él no tiene por qué saber que Asahi lleva enamorado de él desde que se creó el mundo o nacieron las estrellas.

–Y entonces Kageyama y Hinata aparecieron para separarnos. Dios, no os dais una idea de la vergüenza que sentí en ese momento. Me zafé de Kageyama y me piré.

Silencio entre los dos puestos más altos del equipo. Suga parece muerto de espanto. Daichi tiene la vena del cuello inflada, como cuando alguno de sus retoños se pasa.

–Bueno, pues… –empieza Sugawara, pero el capitán lo detiene con la voz rasposa y los ojos en llamas.

–¿Cómo quieres que Nishinoya no se sienta ignorado –empieza, puro enojo y desaprobación. –si no has parado de evitarlo en toda la semana? No, déjame hablar. –alza un dedo cuando Asahi abre la boca. Supone que ha estado rumiando el enojo desde el partido con el Nekoma y ahora se lo está soltando todo. –Nishinoya no tiene ni puta idea de cómo te sientes, Asahi. Ni putísima idea. No sabe que te vuela el moño y que te encanta desde que lo conoces; no puede siquiera pensar en que todo este embrollo es culpa de que os sentasteis muy cerquita en la puta fiesta y ahora no puedes cruzar dos palabras con él sin acordarte del armario.

–Lo… ¿lo… sabías? –murmura Asahi. –¿Qué Nishinoya me… que yo…?

–Somos tus mejores amigos. Por supuesto que lo sabemos. –lanza un suspiro. –Sabemos que el tener un mal día se te alegra con un meme, pero ese meme lo tiene que enviar Noya. Y que desde que te regaló la camiseta hortera con el rubio ese de Fullmetal Alchemist no hay semana que no te la veamos puesta.

–¿En serio creías que no nos habíamos dado cuenta? –Sugawara parece más sorprendido que Asahi.

–Nunca se lo he dicho a nadie. –susurra, ojos apuntando al suelo. –Nunca lo he dicho en voz alta.

–Bueno, no es tarde.

Suspiro. Humo de té entre los ojos.

–Me gusta Nishinoya.

Se sorprende de lo liberador que es. De lo mucho que le afloja el nudo en la garganta y el yunque en el estómago. Asahi siente que vino al mundo sólo para decir esas tres palabras. Parecen hechas para él.

Nishinoya me flipa lo que no está escrito.

El teléfono empieza a sonar por octava vez en la última hora. Nishinoya. Como si lo hubiese llamado con el pensamiento. Asahi se debate entre cogerlo por primera vez en toda la noche.

–Lo coges y te disculpas. –la firme sentencia de Sugawara lo hace encogerse como un calcetín mal lavado. –Y lo haces de corazón. No tienes que decirle que te gusta.

Daichi lo hace levantarse tirándole del codo, llevándole a la cocina. Asahi los ve desaparecer por el marco de la puerta y agradece en silencio. La privacidad, y que lo hayan salvado.

–Nishino… –empieza, pero el líbero lo interrumpe.

No quería hacerte daño. –murmura. –No quiero hacerte daño, Asahi. Pero llevo volviéndome loco las últimas horas pensando qué puñetas he hecho mal para que no quieras hablarme o mirarme o escucharme o simplemente dar cuenta de que existo. Soy tu amigo, por mil pollas en vinagre, y si...

–Cálmate. –ahora le toca interrumpir a él. –Nishinoya, soy un estúpido. Sé que te he tratado injustamente, porque no has hecho nada mal, y no tienes nada que ver con lo que me está pasando. La has ligado porque estabas ahí. Porque siempre lo estás. Para ti es más fácil acompañarme al fin del mundo que soltarme la mano para que vaya solo a la esquina. –la risita de Nishinoya le lanza una estampida de rinocerontes al estómago. –Y quise apartarme esta semana para pensar e intentar entenderme, pero te juro que ni puedo pensar cuando tú estás cerca, así que tuve que irme.

¿Ese es el efecto que causo? –pregunta Noya con un hilo de voz. –¿Qué no te dejo pensar?

–No me dejas siquiera respirar, zopenco. –Asahi añade el insulto porque se está yendo de la lengua y lo próximo que va a decir seguramente lo haga morirse de vergüenza por tres semanas seguidas, pero toma aire y dispara. –Seguramente voy a pecar de egoísta, pero quiero que sigas siendo mi amigo. A pesar de mi nula capacidad social y de mis sandeces. Y de que la haya tomado contigo, porque no has hecho nada. Nada de nada.

¿Entonces no me consideras un pesado?

–¿Por qué pensaría eso?

Sé cómo soy, Asa. –murmura Nishinoya, y Asahi tiene que apoyarse en la mesita ratona para no destrozarse con la voz tomada del líbero. –Sé que digo muchísima estupideces y que saco de quicio a la mitad de la población; y por algún motivo tú no entras en ese grupo de gente. No te harto. No te cansas de mí, a pesar de ser más inconstante que un huracán y tener personalidad camaleónica. Estuve a punto de desmayarme esta noche… cuando pensé que te irías. Como cuando te fuiste después de romper el trapeador.

–¿Entonces?

Mi respuesta es sí, claro que quiero seguir siendo tu amigo. Una pelea no va a destruirnos.

–Tío, si una pelea destrozara relaciones, Hinata y Kageyama ya tendrían que haberse dejado de hablar desde el día que se conocieron.

Vamos a tener que pedirles disculpas. –se lamenta Nishinoya.

–Disculpas es lo mínimo que se merecen. Tendremos que comprarles un baúl entero de helados para que se les pase el susto.

Mientras no sea con mi dinero.

–Soy el menos rico de los dos. –bromea, y el yunque que venía alojado en el estómago se desvanece.


El lunes llega y es un soplo de aire fresco, y la escena en los vestuarios es radicalmente opuesta a la de la semana anterior. Han decidido bañarse en las duchas del gimnasio porque por fin han arreglado el agua caliente, y además pueden quedarse el tiempo que se les antoje. Cuando llegan al vestuario están limpios y calentitos.

–¿Entonces ya no estáis enojados? –Hinata palpa el hielo, todo pecas esparcidas como confeti sobre los hombros desnudos.

Hinata es un rayo de luz. Tiene en sus manos un pequeño termo con el que les va pasando té verde a todos. Tiene una tirita en la cara por un codazo que ligó durante la pelea, pero parece más preocupado por la tenue relación entre Nishinoya y Asahi que por sus propios golpes. Les da té. Nishinoya no puede hacer más que agradecer que Hinata exista y que hay sido una pieza clave del rompecabezas para traer a Asahi de vuelta, porque sabe que él tiene esa inocencia de decir las cosas sin maldad que uno usualmente asocia a un crío y que fue muy necesaria a la hora de arrastrar a Asahi al gimnasio. Cuando Noya es honesto, suele decir las cosas de puta pena o lanzar verdades afiladas al cuello de todo el mundo. Hinata no. Hinata podría admitir que no entiende por qué el sol es una estrella o que la luna alza la marea, y no podrías evitar sentarte frente a él para intentar explicarle porque genera ese efecto en la gente. De potencial sin explotar. Que apenas es un año menor pero Nishinoya lo quiere ver crecer, hacerse trizas contra la dura realidad que es la vida y verlo lloriquear por eso pero salir con la cabeza en alto.

–No, no lo estamos. –sonríe Asahi, revolviéndole el pelo. Acepta el té. –De hecho, tenemos que recompensaros a ti y a Kageyama.

–Kenai, dijimos que sería sorpresa.

–Aún no he dicho que vamos a darles.

–¡Pero diciendo eso, ya saben que vamos a darles algo!

Mientras discuten, Nishinoya acepta el talco que le ofrece Asahi y se lo pone en las zapatillas. Da unos saltitos, y ve a Tsukki detrás de él, que no se ha movido en los quince minutos que llevan ahí. Con el móvil en las manos. Sonriendo. Es el único que aún no se ha sacado la bata.

Nishinoya lo ve. Ahí. A través de las gafas esas horteras que usa para entrenar. Ve que los ojitos se le entrecierran un poco más y una mini sonrisa tira de su boca hacia la derecha. Y luego tipea con sus dedos rotos.

–¡Mándale saludos! –expresa Daichi, palmeándole la espalda. –De capitán a capitán.

A Noya le cuesta horrores imaginarse a Tsukki en alguna relación que no sea de cascarse a insultos socarrones con alguien, porque desde que Yamaguchi sale con Yachi se han distanciado un poco y su pega con el equipo se reduce a entrenar y entrenar. Quizás estudiar y ver Pie Pequeño hasta caer rendido. No conoce de nada a Kuroo pero ha estado compartiendo cancha con Tsukishima desde hace casi ocho meses, así que le conoce algunas expresiones. No todas.

Esa le resulta ajena y extraña. Como si fuese otra persona y no Tsukki quién está mirando la pantalla. Le lanza unos ojitos de hastío a Daichi, pero luego vuelve su vista al móvil y sonríe otra vez. Y a Nishinoya le agrada. Abre la boca para decirle algo pero Tanaka entra al vestuario arrastrando a Yachi de la mano.

–¡Es el vestuario de chicos! –exclama ella a voz en grito, tapándose los ojos y ocultando la cabeza entre sus brazos. Yamaguchi vuela hacia ella como si tuviese un proyectil en el culo, la abraza poniéndole la cabecita rubia contra su pecho.

–Por qué no le avisas antes de abrir, subnormal. –estalla, y todos están de acuerdo con que Yamaguchi tiene mucha cara de mosquita muerta y mucho pecas pero cuando se mosquea da más miedo que los saques atronadores de Oikawa. Ryu no parece prestarle atención, y blande un papel en alto.

–¡Tíos, mi hermana ha conseguido esto! –no le importa ni pollas en vinagre que Yamaguchi le esté lanzando cañonazos desde su posición. –¡Nos vamos a Tottori!

Nishinoya va a preguntar qué puñetas pasa en Tottori y por qué le suena tanto ese nombre, pero Asahi se ha sacado el coletero y el pelo le vuela alrededor como una cortina color caoba. Jo-der. Asahi se vuelve hacia él con el torso desnudo y una toalla en la cintura, sonriente, tendiéndole el desodorante. Noya cree haber muerto e ido al cielo, porque lo guapo que está con las tetas al aire no es ni medio normal. Puro vello corporal arremolinándose entre los pectorales marcados y cerca del ombligo. Y el pelo surcándole la cara. Dios. No sabe cómo pero logra conectar las neuronas para aceptar el tubo negro.

–Pero no grites, tío. –le pide la estrella a Tanaka.

Daichi no es tan delicado.

–Estamos dentro de los mismos tres metros cuadrados, –coscorrón. –haz el favor de hablar en un tono de voz normal. –segundo coscorrón. –Ni que estuviéramos en una cancha de fútbol.

–Vale, vale. –Tanaka aún no se ha duchado y apesta a sudor y a entrenamiento y a tío, pero su sonrisa no blandea. –Mi hermana ha movido algunas fichas para que vayamos a quedarnos allí durante tres días. Entrenamiento puro. Será espectacular.

–Y qué puñetas hay en le prefectura de Tottori. –se queja Tsukki desde la pared.

–Anda, si el gafotas puede hablar. –murmura Kageyama, interrumpido por el chillido de Hinata.

–¿Es acaso en Iwatobi? –inquiere, pero dice el nombre tan rápido que el único que lo capta es Tanaka.

–¡Ese es mi kouhai! –ríe, abrazándolo por el cuello. –Sí, es en Iwatobi. Ya te estarás imaginando qué hay ahí y qué vamos a hacer, ¿no?

Nadie entiende por qué Hinata se abraza balbuceando gritos de agradecimiento hacia Yachi, a pesar del semblante sombrío de Yamaguchi, hasta que Kageyama suelta un suspiro de resignación.

–El idiota habla de la cancha de vóley de playa más grande del país. –responde, a lo que todos exclaman con un "venga ya" y "no me jodas"; Kageyama alza las manos como si se defendiese del hecho de estar mintiendo. –Venga, no me creáis, pero podéis buscarlo en Wikipedia y veréis que tenía razón.

–Wikiyama. –arguya Hinata, sin soltar a Yachi y Yamaguchi.

–¿Cómo me llamaste?

–Pero, ¿qué vamos a hacer nosotros en una cancha de vóley sobre arena? –repone Suga, mirando a Tanaka con el ceño fruncido. –Además hace algo de frío, ¿no creéis que es un poco contraproducente?

–Ahora viene la mejor parte. –Ryu hace una pseudo reverencia hacia Yachi. –Los honores, mi señora.

–Tanaka, como no dejes de tirarle fichas te juro que la única cosa estampada en la arena va a ser tu cara.

Yachi necesita un par de segundos para volver a hablar, más que nada porque cada vez que empieza lo hace mirando al suelo. Yamaguchi le tapa los ojos y le alza la cabeza.

–Hay un seleccionador para la liga nacional. –el silencio es sepulcral. –cuyo hijo es amigo de Saeko. Entre conversaciones y tal, el tipo convenció a su padre para echaros un vistazo. Os ha visto en la tele –y ese comentario arranca grititos de Hinata y Nishinoya. –y está dispuesto a daros una oportunidad, pero tendremos que ir hasta allí.

–¿Y por qué no puede venir él? –pregunta Asahi, cuyo pelo aún no se ha atado y se le pega al cuello. –Tottori está a doce horas de distancia en bus. Es más lío trasladarnos a todos nosotros a que venga él, ¿no?

–Aquí viene la mejor parte. –sonríe Yachi bajo las manos de Yamaguchi; Nishinoya podría jurar que un rubor le tiñe las mejillas pecosas. –Este señor quiere que viajemos en avión y, no sé cómo, entre el profesor Takeda y él han logrado que la SMVP (Selección masculina de voleibol de Japón) financie los vuelos y la estadía.

–Huelo un pero al final de esa frase. –dice Daichi.

–Así es. –agacha un poquito la cabeza. –No os han llamado a todos. Al parecer, para participar en la Selección nacional hay que ser mayor de edad, y casi ninguno de nosotros está siquiera cerca. –se vuelve un poquito hacia Yamaguchi. –¿Puedes sacar la lista del bolso?

–La tengo yo. –Tanaka sonríe socarrón con la señal inconfundible de que se la ha leído ya. –Daichi, Asahi y Nishinoya.

–¿Entonces nosotros no iremos? –Hinata parece a punto de llorar. Yachi estira los brazos, casi ciega, en su dirección.

–Nosotros iremos a entrenar. –le responde Tanaka. –Mientras estos tres se estarán partiendo el culo bajo un régimen estricto, nosotros podremos usar la cancha y movernos por ahí. ¿A que es genial?

Daichi lanza un silbido de aprobación.

–¿Y habéis conseguido que la SMVP nos financie los vuelos y la estadía a TODOS?

–Aparentemente, el profesor Takeda dijo que, por más que seamos menores de edad, podríamos calificar para las inferiores. Y les ha caído tan simpático que han accedido a pagar los pasajes, pero sólo de bus. Y la estadía corre por nuestra cuenta.

Una carcajada explota en el vestuario.

–No me jodas. –Nishinoya alza la mano.

–El sensei podría hacer que rogara por nuestros culos la Selección, tío. –Tanaka le choca los cinco.

–Es un tío duro.

–El más groso de los tíos duros.


Noya está agotado emocionalmente. La reunión de Tottori fue un caos. Los fondos del club no alcanzan para que todos puedan dormir, pero Asahi levantó la mano y dijo que tenía una conocida en Iwatobi, que iba a preguntar sí podrían quedarse en algún lugar no muy caro. A pesar de que Daichi, Nishinoya y él se fueran a quedar en otra parte. La resolución final fue que, quien pudiese permitírselo, iría, pero que no usarían el monto común del club para eso.

Parece que el grupo de colados se compone de Tanaka, Suga y Hinata.

–Tío, ¿te pasa algo? –Ryu le extiende una lata de cerveza. El patio está precioso y agradable, y están sentados en el piso de la galería. Toda oscuridad y luciérnagas. –Estás tan callado que me das miedo.

–No sé. –murmura Nishinoya. Se lleva las rodillas al pecho, encogiéndose. –No paro de mirarlo. A Asahi–aclara, porque Ryu parece medio perdido con el comentario incoherente que acaba de soltar. –No puedo parar. Y no sé por qué. Hoy se quitó el moño y cuando el pelo se le pegó al cuello literalmente se me llenó la boca de baba.

–Lo miras igual que mirabas a Kiyoko-san hace tres semanas. –dice Ryu, todo sonrisas y lata de cerveza a sus pies.

–Es que no lo entiendo. –Noya parece estar cada vez más desamparado. –Kiyoko-san me gusta porque es amable y fuerte y tiene un pelazo que alucinas… y porque cada vez que habla una sensación de paz me llena el pecho.

Se pone pálido.

No puede estar pasando.

Las cosas que le gustan de Kiyoko son las mismas que le parecen geniales de Asahi.

No es tan raro. Nishinoya trata de llevarse bien con todo el mundo porque cree que todos tienen particularidades y características que los hacen únicos, y que esas son las cosas que hay que rescatar, no las random. Sin embargo, a veces las personas con las que se relaciona comparten rasgos.

Como Hinata y Tanaka, que son sus amigos del corazón y quienes le sostienen la vela en locura sí locura no.

O Sugawara y Daichi, quienes pecan de padres pero son tan buenas personas que un poco se los perdonas.

Incluso como Tsukishima y Kageyama, que son tan bordes que flipas pero a la larga son personas súper determinadas y decididas a las cuales quieres tener en tu equipo, o en tu vida.

Y después están Kiyoko y Asahi.

Las dos únicas personas del grupo que le han hecho despertarse a la mañana con una sonrisa de oreja a oreja. Que le hacen sentir ese raíl de electricidad en la tráquea y esas ganas idiotas de, por una vez, quedarse callado y escucharlos hablar, porque TODO lo que tienen para decir es interesante. De que le enseñen cosas. Que tengan paciencia infinita con él y sus chiquilinadas una y otra vez. Adora cuando usan la vocecita cálida. Que recuerden detalles insignificantes o pequeños de casi todos. Que sean más fuertes de lo que aparentan. Y que lo escuchen hablar, por más que el noventa por ciento de las cosas que dice son estupideces; lo hacen.

El problema es que con Kiyoko nunca mantuvo más de conversaciones de seis líneas, y sólo estaba presente en sus pensamientos en los momentos que la veía.

Cuando Asahi se fue del equipo revoloteaba en su mente todo el puto día.

–Te has dado cuenta tú solito, ¿eh? –Ryu lanza una risita, bebiéndose el fondo de la cerveza de un trago. Va dentro de la casa a buscar más. Cuando vuelve, Noya no ha abierto la boca aún. –Eh, que no es tan grave.

–Pero…

–A ver, Nishinoya. –espeta Tanaka, volviéndose hacia él con la mirada que usa para explicarle remates a Hinata, y Noya se espanta porque es la primera vez en un rato que no lo llama por su nombre. –Puede ser que estés asustado. Que todo esto sea un shock para ti. Pero no es tan raro, hombre.

–¿Quién dice que estoy asustado?

–Tío, tienes la misma cara de Yamaguchi cuando vimos Saw.

–No estoy asustado. –y es verdad, no lo está. –Estoy… pasmado. ¡Gah! –se agarra la cabeza con ambas manos y acepta la lata que Ryu dejó a su lado. –¡No sé cómo explicártelo!

–Usa el volley. –Tanaka se acuesta sobre su espalda, mirándolo aún. –Es el único lenguaje en el que no eres mitad analfabeto.

–Voy a meterle una picana en el culo a Ennoshita por enseñarte que los lenguajes no son sólo palabras.

–Lo vimos en clase ayer, bestia.

–A ver. –se pone la mano en el mentón, pensando en que Asahi posiblemente se reiría de la tontería de la picana, y se le ocurre. –Ya sé. –sonríe hacia Ryu. –¿Recuerdas la primera vez que jugamos contra el Aoba Johsai?

–Uh, sí. –Ryu se relame. –Un partido de la putísima hostia.

–Que lo perdimos.

–¿Qué pasó con tu optimismo? –le pica la cintura desde la posición en la que está acostado. –¿Lo mandaste a volar con la buena vibra de Tsukki?

–No me interrumpas. –Noya aparta los dedos morenos. –En fin, perdimos. Los últimos segundos fueron una mierda. Sabía que la pelota iba a caer ahí, pero mis piernas eran muy lentas y no pudimos alcanzarla. Y perdimos.

Una luciérnaga pasa volando por encima de la bicicleta vieja de Tanaka.

–Sí, perdimos. –otro trago de cerveza. –¿Y eso tiene que ver con Asahi? ¿Sientes que es una pelota que se está escapando?

–No. –por una vez, la voz de Noya suena lenta y serena y triste. –Me siento suspendido. Como cuando perdimos. Estaba súper convencido de que íbamos a ganar. Tuvimos el match point como cuatro veces.

Frases cortas, dolientes. Se las está arrancando del pecho. No voy a llorar.

–Estoy tan… incapaz. –siente un demonio cogerle por la garganta y cerrarle las frases, y eso que Nishinoya no ha sido una persona que llore seguido, pero esa semana ha llorado ya dos veces y ambas por culpa de Asahi. –Siento que llegué demasiado tarde a salvar una pelota que ya habíais visto todos vosotros, que no me están alcanzando las manos o codos o pies o cualquier parte de este cuerpo de metro y medio para poder hacer algo con lo que me está pasando.

–A ver, a ver. –Tanaka vuelve a enderezarse. –¿Sientes como cuando acabamos de terminar un partido y el resultado es totalmente opuesto a lo que pensabas, por eso estás en shock? –se ríe ante el asentimiento lleno de mohines. –¡Serás idiota! ¿Por qué lo tienes que tomar como un partido perdido, tarado? ¿Por qué no te sientes como cuando le ganamos al Shiratorizawa? Estábamos en shock, sí, le ganamos al armario gigante ese de Ushiwaka, ¡cómo para no estarlo!

–Porque no está en mi control. –se pasa una mano por el mechón dorado. –Porque siento como si la hubiese cagado y no sé por qué.

–Se me hace que tendrías que hablarlo con él.

El empujón que le da a Tanaka lo hace arrastrarse varios centímetros para el interior de la casa.

–¿PERO TÚ ERES IDOTA? –el griterío que le brota de la garganta suena como Noya, pero la desesperación no parece parte de él. –¿Quieres que le dé un ataque al corazón? Acabo de darme cuenta hace cinco minutos y tú ya quieres que me incline frente a él con una sortija.

–Con tu tamaño, podrías proponértele sin arrodillarte. –Ryu alza los brazos para defenderse de la patada. –No, imbécil, no quiero que le declares tu amor. A ver, si sientes que la has cagado por algo es, ¿no? Porque no tiene sentido que apenas te percatas de que nuestro Jesús te hace tilín te pegues un susto de los gordos.

–Quizás es porque sé que Jesusito se va a pegar un susto más grande si aparezco de la nada y le digo "ah, tuvimos un examen con Ryu y él cree que es una buena idea decirte que me molas un montón". Conociéndolo, se caga encima o se desmaya ahí mismo.

–Te mola un montón. –sonríe Tanaka. –Aw, te mola un montón.

–Cállate, tarado.

Una bomba rubia atraviesa la puerta a pasos agigantados, interrumpiendo el bombardeo de insultos hacia Tanaka. Se para con las manos en las caderas, enfurecida.

–¿Se puede saber por qué no queda NINGUNA cerveza en el refrigerador? –espeta, pateando a su hermano en el hombro. –Ni siquiera sois mayores de edad, par de mocosos inoperantes.

–Ten, Ne-san. –le tiende la cerveza que apenas llegó a probar. –No creo que vaya a terminarla.

–¡Estamos celebrando, hermanita! –Ryu salta para chocarle los cinco.

–¿Eh? –Saeko luce confundida. –¿Otro partido al que no me habéis invitado?

–No, tonta. –Tanaka pone ojitos de cervatillo y lo que hace después hace Noya quiere patearle la cabeza, el muy puto indiscreto. –A Yuu le gusta Asahi.

–¡Cállate, cabeza de rodilla! –Nishinoya salta sobre él para intentar cerrarle la boca.

El chillido que sale de Saeko no es ni normal. Nishinoya se ve apresado entre sus tetas cuando lo abraza.

–¡Ne-san, me aplastas!

–No puedo creerlo. ¡Oh, Akiteru y yo os shippeabamos desde que los vimos jugar juntos!

¿Qué?

¿Cuánta gente más piensa que Asahi y yo nos queremos dar masa contra la pared?

–Bueno, no, espera. –Noya apenas puede hablar entre las dos pelotas que le oprimen la cara. –No lo supe hasta hace unos minutos, así que está terminantemente prohibido –y en esta ocasión mira a Ryu todo lo intimidantemente que puede, teniendo en cuenta la posición ridícula en la que está. –decir ni una sola palabra. No digáis nada, por favor.

Después de un par de horas de ruego, los hermanos Tanaka acceden a mantener la boca cerrada.


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¡Hasta el próximo martes!