¡Oya oya oya! Les recuerdo que este fanfic se actualiza todos los martes :)

¡Ha empezado la Bokuto Week! Empezó el domingo y vamos a estar subiendo una viñeta pequeña todos los días, en el fic que se llama "Alas Blancas". Pueden pasar a darle amor por ahí.

Hollking: Bueno, has posteado tantos reviews que mi respuesta va a ser larga :) En primer lugar, hablando de Lev, ¡el tío es majo! ¡el tío tiene dinero! ¡we don't need anymore! Además de que le encantan las fiestas y la oportunidad de crispar a Yaku hasta los cimientos, así que yap. WTF EN QUE MOMENTO NISHINOYA SE PLANTEA SU SEXUALIDAD MIRANDO A TSUKKI, QUE ME VA A DAR ALGO. Sólo lo mira morrearse con Kuroo porque bueno, es su OTP, que quieres. Además no es que los dos sean particularmente discretos xDDD JAJAJAJA OYA, ENNOSHITA LE MIRA DORMIR PARA QUE NO LE DIBUJEN UNA POLLA EN LA FRENTE JFHAJKSDH Xddd Todos perdiendo lo hetero por un apodo idiota de Suga: venga, apuntado. Daichi, si, ¡gracias por existir! ¿Asahi, madre del año? Ni de coña- sólo actúa como una madre cuando Nishinoya se sale del carril (osea, siempre). EN CUANTO AL ANGST: mira yo te advertí que habría, pero tú continúa leyendo y procura no matarme a medida que el angst vaya disminuyendo *le tira confeti antes de desaparecer en una nube de humo*

M-Arrietty: ¡Me encanta que te hayas leído todos los caps del tirón! Estoy muy contenta. Me haces sonrojar, ainsh. Can't believe I got a fan!

Chriis-g.a: Ah, quédate por aquí, ya verás qué pasa ;)

anon: Gracias, cielo!

De más está decir que Tobi ha vuelto a betear esto y lo ha hecho de putísima madre, así que merece todo el amor que el mundo pueda darle :)


Comunicación


Me gusta Asahi.

Y cuando piensa eso quiere abrazar más fuerte la almohada.

Me gusta una montaña de puro músculo que es prácticamente un osito Pooh dentro de un disfraz de Viggo Mortensen, y se ríe de sí mismo. Ay. Se ríe de dicha, que no es lo mismo que la felicidad pero Noya podría afirmar que en ese momento son prácticamente iguales.

Como si lo hubiese llamado con el pensamiento, el teléfono le hace un pling.

Asahi-Kenai

Espero que estés listo para este jueves, porque acabo de ir a por las entradas. Las palomitas corren por tu cuenta.

Una foto corona el final del mensaje y Noya tiene que abrazarse a la almohada para no gritar de puro sentimiento. Asahi intentando hacerse un selfie, las entradas y la mitad de la cara cortadas. No sabe sacarse fotos, y esta ha salido demasiado luminosa, pero Nishinoya no puede parar de mirar la cara de felicidad, sonrisa y cosas buenas que irradia Asahi. Asahi con su barba haciéndole cosquillas al marco de la foto. Asahi y su puto pelo rizándosele en los costados. Asahi, Asahi, Asahi.

Tiene la boca más bonita que he visto nunca.

Y la nariz recta y preciosa.

Responde desde una selfie en la cama, con todo su pelo aplastado y una sudadera viejísima.


La selección de inferiores. Fijándose en él. Y en Daichi. De Nishinoya no se asombra porque es un jugador alucinante. Pero Daichi y él son más del montón. Tirando a buenos, pero no impresionantes.

Asahi se ha planteado muchas veces el qué hacer después de la secundaria. Y más de una vez se ha visualizado jugando al vóley. Pero no sabe si es lo que quisiera hacer por el resto de la eternidad.

Hay que tener mucho cuidado cuando la pasión se convierte en un trabajo, porque deja de atrapar y repele cada vez más.

Asahi no quiere repeler el vóley. Lo ama demasiado. Le llena las venas con mercurio líquido y le inyecta adrenalina desde lo alto. Sufrió más el mes que se fue que cuando se quebró el brazo izquierdo.

Lo que de verdad le gustaría hacer, es ayudar. El sentir que vale la pena para algo. Marcar un antes y un después en la vida de las personas, quizás de forma indirecta, pero sentirlo ahí. Sentarse un rato largo con alguien, no importa la cantidad de tiempo que haga falta, para hacerle entrar en razón. Y que esa entrada en razón sirva a largo o a corto plazo, pero que marque una diferencia.

Le encantaría ser profesor. Siempre ha tenido buena mano con los niños, salvo cuando son muchos y no puede prestarles atención a todos al mismo tiempo. Quizás podría enseñar educación física, pero le aterra sobremanera que alguno se lastime en las prácticas o tener una situación de bullying donde alguno sea el blanco de las burlas o los pelotazos. No sabría manejarlo. Conociéndose, lo más probable es que le terminen haciendo bullying a él.

Por lo demás, se siente realizado cuando logra explicar algo bien. Cuando la otra persona pone cara de haber entendido. Algunos fruncen el ceño, otros abren bien grande la boca. Le agrada tomarse el tiempo para hacerle entender algo a otros. Tiene paciencia, y la capacidad para traerlos de nuevo al ruedo cuando se dispersan. Y también tiene esa gota materna que hace que quieras ver crecer a la gente. Que les hace soltarle la mano muy muy despacio. Pero parte de verlos convertirse en adultos es eso.

Quizás podría enseñar literatura. O geografía. O historia. Cualquiera que fuese humanística. Lo que más le gusta de la literatura son las múltiples interpretaciones que se le pueden dar al discurso. Vivimos en una sociedad donde el discurso es poderoso. Sobre el cómo decimos y cómo contamos las cosas influye sobremanera, y que las palabras no son algo digno de tomarse a la ligera. A Asahi le gustaría darle a sus alumnos las herramientas necesarias para hacer de su discurso el mejor posible, el menos doloroso y el más efectivo dependiendo del fin del mismo.

Sus alumnos. Ya está pensando a largo plazo. Todavía ni siquiera sabe si la Selección va a fijarse del todo en él, y tiene los santos cojones de imaginarse cómo va a afectar a su vida universitaria. Cuando ni siquiera sabe si podría dedicarse a enseñar. Si tendrá la capacidad para hacerlo.

Un grito al otro lado de la carretera lo saca del ensueño y ve a Nishinoya corriendo hacia él. Hecho un desbarajuste, con un cinturón de tachas y camiseta con una calavera. Pañuelo rojo en la mano izquierda. Chaqueta de cuero y pelo en punta. Se sonríe a sí mismo. ¿Cómo puede siquiera pensar en enseñar algo, cuando de los dos, el que más ha aprendido ha sido él?

–¡Asahi-kenai! –le grita, prácticamente saltándole encima. –¿Tienes las entradas?

–Sí, sí. –responde. –Si tardabas cinco minutos más me iba a verla yo solo.

–No seas así. –gruñe.

Lo ve adelantarse varios pasos. Luego, vuelve y lo tira de la manga, llevándolo dentro del cine. Le gusta, le gusta que él vaya delante y se abra paso a base de machete y a campo traviesa. Le gusta.

Dios, cómo me gusta este chico.


Le gusta su nariz romana, de perfiles dignos de Julio César. Y la sonrisita de cejas preocupadas cuando le ve pedir el combo de palomitas más grande. Le agrada que se deje jalar del brazo para aventurarse de aquí para allá. Le gusta. Le gusta, con dos pares de cojones.

Le gusta cómo Asahi acomoda su chaqueta en las rodillas al sentarse. Cómo pone con mucho cuidado la mochila entre sus pies y saca sus gafas. Cómo la montura gruesa color castaño le enmarca el rostro anguloso. No como él, que se ha tirado en el asiento y tiene la chaqueta hecha un nido de buitres en el culo.

–A ver, Noya. –le pide Asahi, jalándolo del brazo para que se levante y sacando el trapito de cuero. Luego se la da, a lo que Nishinoya responde con un mohín.

–No me gusta tener cosas en las manos mientras vemos la película.

–Pero tienes las palomitas.

–Las palomitas son sagradas, ¿me oyes? –ceño fruncido. –Además, tenemos los refrescos.

Asahi suelta un suspiro. Dobla la chaqueta con cuidado y la pone como si fuese un almohadón en el asiento de Nishinoya. Cuando se sienta, está más alto, y sonríe más.

En realidad sonríe mucho más por dentro.

Le gusta cómo Nishinoya le agarra la mano en los momentos de puro salto y cómo estalla en gritos cuando tiene que hacerlo. Le gusta que reaccione genuinamente a todo lo que está pasando en la película; ligar sus emociones de rebote, que se aferre al asiento cuando las cosas están tensas y le grite a la pantalla. Le gusta que sea todo emociones, un huracán de sentimientos encontrados que pasan de la dicha a la desdicha y luego a la dicha otra vez. Un carnaval de peripecia. Como si estuviese viendo a todos los espejos del mundo y el reflejo que le devolviesen es un halo de pura luz mezclado con nubes esponjosas, de esas que auguran lluvia pero es fantástico ver como el sol recorta sus tonalidades contra ellas.

Le gusta cómo lo espera apoyado en la columna del baño. Porque quién lo ha esperado a que se le pase siempre ha sido él, pero esta vez es Asahi quién aguarda. Quién le sostiene la chaqueta y le obliga a lavarse las manos. Le gusta cómo se rehace el moño frente al espejo, con cuidado de no hacérselo muy tirante ni muy doloroso.

Le gusta la diferencia de estaturas. Y sentirse superior a él al menos en algo. Porque Nishinoya es mucho mejor que él en la mayoría de las cosas, pero le gusta ser el más alto de los dos. Le gusta poder ponerle una mano en el hombro sin mucho esfuerzo, llegar a la nuca. El escote de Nishinoya es todo lo que está bien.

"¿Todo? ¿Hasta las barritas de chocolate y queso?

Todo."

Le fascina cómo corre hasta los columpios y lo mira casi pidiéndole permiso. Y cómo se sienta para luego salir disparado hacia arriba. Le gusta mirarlo desde el columpio contrario. Verlo subir y bajar bajo el cielo cubierto de nubes anaranjadas y rosadas. La sonrisa de oreja a oreja.

Nishinoya es todo lo que está bien.

Le gusta que no lo juzgue. Que lo observe sonriente y encorvado desde su columpio. Y que lo deje volar sin soltarle la mano. Le gusta que lo mire, que se mantenga quieto en el mismo lugar mientras él va y viene. Le encanta que sea un pilar de pelo y músculo y barba observándolo, siguiéndolo con la vista mientras vuela, vuela cada vez más alto y más arriba y más cerca del cielo.

–Estás yendo muy rápido.

–¡Es que estoy tan alto que si me tiro un pedo lo huele Dios!

Le gusta su risa. Dios, le encanta. Asahi se ríe despacito, como disculpándose. Con una mano en la boca porque no le gustan sus dientes y los ojitos entrecerrados. Le gusta que cada vez agarre menos pelo en el moño y que se parezca más a Jesús de lo que le gustaría.


–Claramente no. –responde rotundamente Nishinoya. Están parados frente a un puesto de helados, y el enano ha salido disparado rumbo a él en cuanto le ha visto. Asahi ha protestado "te has bajado el pote de palomitas tú sólo, tu refresco y la mitad del mío, ¿y ahora quieres un helado?" y a Nishinoya se la ha soplado tres pueblos "no es mi culpa que tu estómago no sea proporcional al resto de tu cuerpo, Asa". –Tienes que admitir que la actriz actuaba como el puto culo.

–Gritaste todas las veces que apareció. –le sonríe Asahi, haciéndole señas para que se siente en una especie de banco destartalado.

–Porque su personaje estaba tomando malas decisiones. –enfrenta, desenvolviendo el helado y dándole un par de mordiscos. Asahi tiene que contenerse para no reír. –A vegh, quheg…

–Traga y después habla.

Noya le hace caso. Asahi observa el hilito azul que le recorre el labio y la mandíbula. Siente una tirantez en la boca del estómago.

–Que ella estaba haciendo las cosas como el mismo culo. –extiende los brazo hacia atrás. –¿Cómo no va a darse cuenta que la bomba es una trampa?

–Bueno, no sé qué habría hecho en esa situación. –reflexiona. –Quizás yo hubiese actuado de la misma forma.

Silencio. Asahi observa cómo Nishinoya chupetea el helado, reflexivo. El pantalón empieza a hacerle presión en la zona de la cadera y empalidece, porque se está volviendo un puto enfermo si por mirar a Noya hacer ciertos movimientos me pregunto si podría lengüetear así miPARA YA ASAHI NO SEAS DESUBICADO. Lo sabía, lo sabía en lo más profundo de las entrañas. Sabía que en algún momento no iba a ser suficiente mirarle a los ojos y sonreírle y que le molase su personalidad. Que el soldadito se le ha puesto en posición de firmes con la gente que le ha gustado desde que tiene memoria y con Nishinoya ya se estaba tardando.

Quizás porque lo considera inalcanzable.

Y Asahi apoya el dedo con cuidado. Le ha tocado muchas veces pero nunca así. Cortando el aire, y arremolinándolo entre ellos. Nishinoya está pasmado pero Asahi se ha mantenido en el molde durante demasiado tiempo, jugueteando con ese sentimiento que le aprisiona el alma y no lo deja inspirar.

La piel de Noya es suave. Terapéutica. Una vez escuchó que tiene el tono de piel perfecto para hacer tatuajes y ahora lo ve, en contraste con su mano olivácea contra su mejilla. Nishinoya tiene los pómulos marcados, los ojos surcados por cejas peludas y una peca tan grande que parece un lunar casi en el lagrimal derecho. Pasa el pulgar por la mandíbula, barriendo el surco azul, y automáticamente su dedo se llena de pegote, pegándolo al campo de batalla que ahora es la cara de Noya.

Que no puede respirar. Y apenas puede creer el estar animándose a hacerlo, a tocarle la cara como la está tocando ahora. Una cara que ya conoce y una boca que ya ha mirado y unos ojos que ya le han robado el sueño, tocándolos y viéndolos como si fuese la primera vez. Una gloria.

–Tienes helado por toda la cara. –le dice, más por decirle algo que por otra cosa. Nishinoya está totalmente frito. Asahi se pregunta si es porque está asustado o porque no entiende ni pollas, pero agradece internamente que no salga disparado como un elástico ante su puro contacto.

Ve el helado gotear sobre el asfalto, dejando un círculo turquesa entre los pies de Nishinoya, mas él no percata. No para de mirarlo. El dedo de Asahi traza un círculo alrededor de la boca chiquita y de labios finos, deteniéndose un segundo sobre la comisura. Siente el respingo de Nishinoya y el aliento fuerte sobre su pulgar. Puede contar todos los pelitos de su ceja de lo cerca que están; puede crear un espectro cromático con todos los tonos dorados que anidan en sus ojos, puede sentir el cambio de piel entre labio y barbilla y ver cómo se hace más suave. Más húmeda. Nishinoya lo mira a los ojos y no se ha apartado y tiene la boca semiabierta. Prácticamente le está sintiendo el aliento contra la barba de lo cerca que están; Nishinoya tiene los ojos entrecerrados y la única mano libre sobre la rodilla de Asahi. Empieza a bajar los párpados.

–Eh, ¡señor!

Maldice. Fuerte y claro. Se vuele hacia un niñito que lo observa muerto de miedo, mirando a partes iguales a él y a Nishinoya. Obviamente Noya ya está en la otra punta de la banca haciéndose el tonto pero con las mejillas hechas un incendio.

–¿Qué pasa? –pregunta Asahi, quizás con más brusquedad de la que pretendía.

–Señor, a su novio se le ha caído la cartera. –señala a los pies de Nishinoya.

Mi QUÉ.

Enmudecen los dos. Asahi no quiere voltear la vista hacia Noya por miedo a explotar de pura vergüenza en la cara del otro. Gracias a Dios el enano tiene un poco más de capacidad de reacción y se inclina a recogerla, mirando al niñato.

–No es mi novio. –aclara, como si Asahi no estuviese allí, y éste se sorprende de lo pesadas y punzantes que suenan esas palabras en la boca de Nishinoya. –Pero gracias.

Qué le agradeces. Que interrumpa lo cerca que estábamos.

El enano se va y Noya abre la cartera para cerciorarse de que no le falte nada. Ve los pocos yenes entre las solapas de cuero.

–Uf tío. Menos mal que me lo ha dicho, que sin el pase tendría que haber vuelto a casa a pie.

La capacidad de hacer reír viene de la impotencia y ahora Noya empieza a reír en mute apenas pronuncia esa frase. A reírse en mute. Es de locos. Asahi podría tomarlo de los brazos para calmarle, pero se contagia de la risa tonta.

–A lo mejor así sacas culo. –le ríe, golpeándole el brazo.

–El que necesita culo es Tsukki, no yo.

–Que parece que su culo es sólo una raya dividendo su espalda.

–Por favor, estás siendo demasiado generoso. Su culo no existe. Es espalda y piernas.

Estallan en carcajadas, y Asahi se sorprende de lo fácil que es, teniendo en cuenta que estuvieron a punto de darse el lote dos segundos antes. Porque estaban a punto, ninguna duda. Después de una cita impróvida. De una de las tantas veces que han ido al cine juntos.


Asahi ha tenido una amiga virtual desde que se crearon las redes, aproximadamente. Se llama Kou y vive en la prefectura de Tottori, en una ciudad pequeña llamada Iwatobi. A casi doce horas de distancia. Asahi ya se ha resignado a que posiblemente no se conozcan nunca. Al igual que él, disfruta muchísimo del deporte y de la sensación de equipo. Él la quiere. Jamás le ha visto la cara (ella es muy parca al respecto de divulgar información privada en internet) pero sabe que es manager del equipo de natación de su colegio y que tiene problemas para conseguir ropa de su talla. Y que es muy amable al hablar con él.

Cuando era más pequeño, su relación se basaba en un par de partidas al LOL en el mismo equipo y en algún que otro mensaje en la casilla de correo. Después, Kou encontró su email y hace ya un año que se envían mensajes. A Asahi le pone muy muy de buen humor. Le gusta. Le recuerda a cartas enviadas, porque a veces las respuestas tardan semanas y apenas tienen un par de líneas, pero le agrada el sentimiento de espera. Siente que le da espacio.

Sin embargo, Asahi se está muriendo por hablar con alguien ajeno a la situación. Alguien que no conozca a Nishinoya. Alguien totalmente imparcial.

Nunca ha usado la sala de chat del correo pero necesita respuestas concretas y rápidas.

Asahi-nai

Hola, Kou.

¿Qué tal estás?

Mira, estoy en una situación un tanto delicada y quisiera una opinión distinta a la que vengo escuchando hace días, porque todas son súper subjetivas.

Segundos más tarde, el Skype le dice que tiene una llamada entrante de Kou.

Se espanta. Nunca se han visto cara a cara, pero cree que la pantalla y las letras tecleadas, en lugar de corresponder a una voz, les han dado el espacio que ambos necesitaban. El caso es que Asahi necesita otra cosa en ese momento. Necesita una voz. Atiende, dudoso.

–¿Hola?

–¡Hola!

Hablan a la vez, y la sensación es un poco extraña, porque jamás le puso rostro a Kou pero la chica que tiene en su monitor es totalmente diferente a cómo la imaginaba. Es pelirroja y tiene el pelo, que parece ser muy rebelde, sujeto en una coleta en lo alto de la cabeza. Está tirada en una cama, mirándolo desde sus manos, lo que le hace suponer que está desde la laptop. Es muy guapa.

–¡Perdona por la descortesía! –dice ella, y tiene una voz algo aguda pero cálida, y Asahi tiene una sensación de hogar rebotándole en el pecho. –Pero me disloqué la muñeca y apenas puedo escribir, y te oías triste. –da explicaciones que Asahi no pidió, pero le hacen sonreír. –¿Estás bien, Asa?

Me ha llamado Asa, y sólo Noya tiene ese derecho.

Se siente cohibido. Por un segundo duda de si sacar la toalla colgada de la puerta, u ordenar un poco el uniforme que ha dejado tirado así nomás sobre la cama. Lleva puesta la camiseta más hortera que tiene, y el pelo suelto, que lo trae tan largo que le roza las axilas.

–Un poco. –sonríe, y se pasa las manos por el pelo. –De hecho…

–Me gusta tu pelo. –interrumpe Kou, poniéndose roja como un tomate. –¡Perdona! Te interrumpí. Pero prometo no volver a hacerlo hasta que me cuentes en qué situación estás y por qué necesitas mi opinión.

Asahi habla, y el tiempo parece desaparecer. Kou escucha. A pesar de su promesa, cada tanto suelta un gritito y reacciona o pregunta cosas porque se pierde con los nombres. Es cálida.

–Con quién coño estás hablando. –suelta alguien de muy mala hostia, dejándose caer sobre ella a mitad del relato. Kou protesta "¡nii-san, estoy en el medio de una conversación!" y posteriormente los presenta. Asahi lo ve en todo su pelo rojo y en todo sus ojos caoba. Es la versión modelito de Tsukki. Un tío de malas pulgas llamado Rin, dientes puntiagudos y ropa que podría pasar por una estrella Disney de alguna película rockera. Después de molestarla un rato "estuviste soltera toda tu vida y el único novio que te echas vive en la loma de la pera", haciendo referencia a Asahi, Rin anuncia que se irá y que cuide la casa. La puerta se cierra de un portazo.

–¿Adónde va a estas horas? –pregunta él, intentando omitir el asunto de que lo han llamado novio de dos personas distintas en menos de seis horas. Kou se alborota el flequillo.

–Posiblemente a correr con Haruka. –responde. Su voz suena hastiada. –Honestamente, no los entiendo. Se pasan toda la vida compitiendo a ver quién es mejor nadador y queriendo matarse pero ahora son amigos. Posiblemente porque no tienen a nadie más en Tokio.

La conversación fluye por un caudal que atraviesa reclutadores de la selección nacional, equipos tokienses, estilos de natación, la nula capacidad de Rin para cocinar y sus dos compañeros de piso hartándose el día que le toca usar las hornallas. Y de la pareja de Rin, que Kou dice que no son pareja en serio y que están rollo pero que todo el mundo le refuta sus suposiciones. Un tal Sosuke con el hombro destrozado, súper callado y el tamaño de un armario que a Asahi le parece sospechosamente similar a Ushikawa, pero lo deja ahí. Para rematar, Asahi le envía una foto del equipo durante el último entrenamiento, y conoce de primera mano la obsesión de Kou con los músculos y la gente bien trabada. Al principio le da un poco de miedo, pero menos de veinte minutos más tarde ella le aclara que no le gusta la gente con tanto pelo, y se ríen a la vez. Hacen un par de chistes sobre Tanaka y su obsesión con quitarse la camiseta, con Kou y el tal Seijuro que la pretende, sobre que a Asahi le quedaría bien la barba sobre la zona de abajo de la mandíbula. A la hora y media Kou va a buscar un poco de refresco de piña, y Asahi se da el lujo de sopesar la charla.

Hablar con Kou es cómo hablar con la que le hubiese gustado que fuese su mamá, pero no la conoció, así que no sabe cómo sería el charlar con ella. El comentar de nimiedades. El que le reprenda con cariño y que se abra en canal para él. Kou es cálida, como Noya, pero la calidez de Kou está relacionada con una chimenea, con el calor que tiene un pastel al sacarlo del horno, con cubrirte los hombros al ponerte chaqueta por el afán de cuidarte del frío. Ese tipo.

Le gustaría verla por Skype más seguido. O a lo sumo por whatsapp, u otro medio de comunicación. Siente que la conoce desde hace años pero que es hoy cuando la está conociendo en serio, esa Kou que se ríe con los ojos cerrados y que habla demasiado rápido.

–He vuelto. –dice ella, llevando la laptop al escritorio y sentándose con solemnidad. El jugo de piña parece más verde que amarillo con la luz de tubo de su cuarto. –Dios, hemos charlado de tantas tonterías que nunca te dije mi opinión sobre este Noya. –paladea su nombre. –En principio, ¿crees que él sospecha que te gusta?

–Dios, no. –Asahi mueve las manos. –Muerto antes.

–¿Y por qué no le dices? ¿O se lo insinúas?

–¿Alguna vez te gustó alguien, Kou? –pregunta Asahi, que ya entiende por dónde van los tiros y ese blanco no le gusta. Al verla negar, contrataca. –Es levantarte todas las mañanas con ánimos para verle. Es esa persona que puede dar vuelta tu estado de ánimo con un "¡mira, Asa, hay un gatito en esa ventana!". Y todo eso es hermoso pero lo peor es el dolor. Si estás 100% seguro de que no es correspondido, duele más.

Kou asiente.

–Es una agonía casi desesperada. Es correr tras tu objetivo un millón de años, para sólo poder ver cómo es más rápido que tú y acelera y tú te quedas detrás. Disminuyendo la velocidad. Hasta solo dar un par de pasitos. Y detenerte. Pero tu objetivo, o esa persona, es tan grande que no puedes dejar de verlo crecer en la distancia. Irse más lejos. Y tú estás atrás.

–Vale, vale. –Kou tiene que pedirle que se calle porque parece que tanta angustia le está tocando las narices. –¿Y si esa persona te espera? ¿Y si ralentiza el paso y aguarda por ti?

–Siempre lo ha hecho. –sonríe entre lagunas de llanto. –Nishinoya siempre me ha esperado.

–Entonces no es que le eres indiferente. –Kou parece contenta, y agarra el vaso con la mano dañada. La muñequera azul oscuro corta contra su piel de porcelana. –A ver, yo no puedo hablar de estas cosas por mérito propio, pero yo qué sé. A lo mejor te ha esperado siempre porque le haces tilín.

–Claro que no. La única persona por la que se moja los pantalones es por Kiyoko.

–¿La misma Kiyoko a la que, según tú me dices, no le ha hablado en tres semanas?

Silencio. La posibilidad cae sobre Asahi como un balde de agua helada. Kou da saltitos al otro lado de la pantalla.

–Pensé que le estaba dando espacio. –responde, muy muy lentamente.

–Parece que Nishinoya no es el tipo de persona que suele darle espacio a gente. –Kou apunta adentro y recto, y el proyectil estalla contra Asahi con la fuerza de un cañón. –Digo, te llamó un millar de veces cuando te pusiste en imbécil.

–Oiga. –protesta.

Es Noya. Es Noya. Como coño podría gustarle alguien como yo.

–Y si, existiese la posibilidad –repone Kou. –¿crees que él movería fichas para besarte o algo?

–QUÉ. –estalla contra el escritorio, y la taza de café vacía cae al suelo. Entre los pies empantuflados de Asahi. –CÓMO.

–¡Habéis estado a punto de besaros hoy, así que no te hagas el desentendido!

–Más bien, he estado a punto de besarlo yo. Y él no se movió.

El grito que pega Kou no es ni medio normal.

–Podría ir y abrazarte.

–Hablando de ir –salta Asahi, que se había olvidado por completo de preguntarle. –Posiblemente viajemos a Iwatobi.

La sonrisa se ensancha más.

–¿De verdad?

La conversación deriva hacia el presunto viaje, los preparativos y demás. Kou no tiene problema en que ciertos integrantes del equipo duerman en su casa, a pesar de que no les conoce, y Asahi estalla en calidez. Que no los conoce de nada pero Kou ha accedido a tenerlos en su hogar. A abrirles las puertas. Alimentarlos. Llevarlos de paseo por Iwatobi.


Sugawara lo ama desde que aprendió a decir su nombre bajito para que al hacerlo doliese menos. Le doliese menos a él. Y al mundo.

Cuando tenía trece años y marcas de acné en las mejillas, decidió unirse a un equipo. Por las cervicales, que lo mataban. Le hacían tanto daño que se decidió por un deporte en el que tuviese que alzar la vista todo el rato. Acertó.

Entonces apareció Daichi y Suga sintió que tenía cartón lleno. Un chaval más determinado que su propio capitán, con alergia a los cambios de estación y mocos colgándole de la nariz la tarde que lo conoció. Que le extendió una mano de dedos rollizos como salchichas. Se le estrechó, y el estómago le dio un vuelco. Lo atribuyó a la emoción de conocer gente nueva. Después vino Asahi, quien saludó de forma torpe. Pero con él no se le revolvió la panza.

Pasaron los años. Asahi creció a lo alto y a lo ancho y se le llenaron las falanges de pelos. Se dejó la barba. Su autoestima se quedó en sus catorce, de todas formas. A Daichi se le estiró el cuello y la espalda como un toro y se bronceó más, transformando sus ojos negros en dos relámpagos de luz que le partían la cara a la mitad.

Fue gradual. El enamorarse. El verlo todos los días y sentir un tirón en el pecho. No sabe cuál fue el golpe de gracia, el que le hizo caer de un acantilado y percatarse de que me gusta mi mejor amigo. La mano rozándole la nuca al abrazarse al final de un partido. La sonrisa esa kilométrica. Su necesidad casi imperiosa de mantener las cosas en orden porque le aterra que el castillo de cartas se venga abajo. Construido por él. Por ellos.

Después del partido en el que quedó con una contusión por días, estuvo pensando en decírselo. Porque el temblor que se le originó en medio de las entrañas no fue ni medio normal. Porque la simple idea de perderlo le hizo temblequear los dientes y las manos, y tuvo que poner cara de póker y salir a la cancha con responsabilidad y preocupación a la espalda.

Llegó a su casa y lloró. Lloró de alivio de saber que estaba bien, y de descarga de ese miedo que lo sacudió de pies a cabeza.

El martes de esa semana, Daichi y él se dirigían a sus casas. Como había sido siempre, solo que esta vez Asahi no estaba con ellos. Y, como siempre, llegaban a la esquina en la que se separaban y Daichi volaba hasta el bloque de apartamentos, mientras que Suga seguía de largo por ocho o nueve calles más.

Como siempre.

Pero no fue como siempre. Recuerda que dio dos pasos rumbo a su hogar, se arrepintió y volvió la esquina tras él. Que Daichi le vio regresar con los ojos muy abiertos y el semblante blanco. Que no sabe de dónde sacó el valor para decírselo. Que prácticamente se lo gritó.

Y después le dio un beso. Y le murmuró contra la boca que si no se lo decía se podía llegar a morir y que no pienses que soy un enfermo, pero ya no podía aguantarlo más y me estaba llegando a doler, y Daichi le agarró la cara con las dos manos, y le devolvió el beso. Un momento Suga sintió un sabor metálico y se dio cuenta que la herida había empezado a supurar de nuevo, y lo rodeó con los brazos porque se sentía en un sueño y pensaba que si abría los ojos Daichi se le podía esfumar entre los dedos.

Al otro día le costó hablarle. Pero encontró en su rellano a Daichi a las siete de la mañana. A pesar de que la escuela quedaba en dirección contraria. Y le saltó a los brazos para darle otro beso. Sabía a café cargado.

Después fue más fácil. Y ahora se las arreglan. Yendo a pasitos de tortuga y tratando de que todo el equipo no desmantele la situación. O que los descubran. Apenas llevan tres semanas. Pero esas tres semanas a Suga le huelen a sensación de promesa. A que quizás dura más. Al fin y al cabo, lleva queriéndolo desde que se creó el sol.

–Qué vamos a hacer con esto.

–Con qué.

–Con nosotros, pues.

–Ah. Pues seguiremos hacia adelante. Y si se vuelve muy doloroso o ya no nos pasa nada, lo intentaremos arreglar. Si no hay arreglo, lo terminamos y ya está.

–¿Y si por terminarlo dejamos de hablarnos?

–No te adelantes, Suga. Concéntrate en el hecho de que podemos estar juntos ahora.


"Noya, que tienes helado por toda la cara."

Grandísimo idiota.

Nishinoya está encerrado en su habitación a las dos de la mañana porque no puede dormir y es que, con la cantidad de energía que gasta, el tiempo que usa recargando sus pilas es bastante amplio.

Está cansado. Pero no puede conciliar el sueño.

Y si no fuera por Asahi y su puto instinto maternal no tendría que cascársela como lo está haciendo en ese entonces, todo lacrimoso y ojeroso y ahogándose los grititos con la mano porque es gritón en todos los aspectos de la vida.

"Noya-san"

San tus pelotas en vinagre.

Nishinoya no para de susurrarle "perdón" a la almohada en la que se ha montado pensando en el que él considera la mejor persona del mundo, puro frenesí y nada de razonar.

Si tan solo Asahi supiera el efecto que está causando en él desde ese puto día en el armario. Si dejara de soltarse el pelo como un imbécil o dejase de voltearse casi en pelotas a pedirle una toalla. Con los pectorales peludos al aire y la sonrisa como bandera. O de limpiarle la cara con el dedo que se demora más cerca del labio.

Ojalá deje de hacer todas esas cosas y al mismo tiempo que no pare nunca.

Frunce los ojos hasta que le salen lágrimas. Que él no suele cerrar los ojos cuando hace estas cosas pero en ese instante se da tanta vergüenza a sí mismo que no soportaría mirarse. Abrir los ojos y percatarse de que la almohada debajo de él no es Asahi, que está en cierto modo lastimándose por la pose pero no le importa porque Asahi.

Si no fuese porque sabe que Asahi no tiene ni muerto esas intenciones con él, Nishinoya estaría convencido de que lleva dos semanas tirándole centros a diestro y siniestro. Cabezazos que él no puede concretar en gol porque la altura no le alcanza y porque qué mierda estás haciendo, Asahi, joder, deja de tocarme la puta cara como si me quisieras comer la boca o algo. Con esa jodida cara parecida a un Jesús más pasado por merca que otra cosa, con esa sonrisita que no lleva a ninguna parte y que sin embargo lo está conduciendo a la perdición misma.

Asahi.

El orgasmo llega como un látigo gradual y Nishinoya pierde la noción del tiempo, del espacio, del universo entero y grita como un zorro al que lo están atacando. Agarra la almohada pareciendo un putísimo lobo clavándole las garras a algo, grita y llora y embiste contra una almohada que no tiene nombre pero en su cabeza sí. Como un animal.

Cuando uno está solo puede darse el lujo de la animalidad.

Se limpia la mano y la almohada con la toalla viejísima que ha descartado para estos usos, y la nariz le gotea de llanto.


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¡Hasta el próximo martes!