¡Oya oya oya!

¡He vuelto!

Y, sin más preámbulos, les tiro el capítulo siete.


Incertidumbre


El Karasuno cuenta con dos gimnasios. El más grande de ellos, y usado para los entrenamientos femeninos, ubicado en la parte trasera del otro. Las gradas son un poco viejas y nadie se mete allí.

A Nishinoya le gusta sentarse a pensar. Cuando las cosas se descarrilan y ni siquiera el vóley puede traerlas de vuelta al raíl, observar a las chicas jugar le sirve para distraerse. O, al menos, eso era hasta hace unos días. Ahora todas las chicas le parecen bonitas pero no se desmaya por ellas. Se encuentra estudiándolas. El equipo de balonmano ha dado un salto al estrellato desde la capitanía de Lozar, una chica más alta que Tsukishima y con unas piernas y caderas hechas de puro músculo. Las responsables de su fuerza y su defensa arrolladora. Posición de pívot, de quebrar la defensa contraria. La mira, a ella y a su cabeza semi rapada, darle indicaciones a un par de personas.

El balonmano no es un deporte muy concurrido en el Karasuno, por lo que el equipo es mixto. De todos los géneros. Observa a un chaval de nariz ganchuda y rizos oscuros correr por la mitad de la cancha y anotar un gol. No sabe su nombre. No se ha molestado en aprenderse los de los tíos, porque hasta hace una semana, ignoraba que podían llamarle la atención en el mismo sentido que las chicas.

Y bueno, Asahi va y le pone el universo patas arriba.

El chico de rizos choca los cinco con la capitana, siendo interrumpido por Mendu, una enana de pelo larguísimo y varios lunares que les salta encima. Al grito de "¡Mendu, quítate de encima!" y "¡Lozar tiene novia, por el amor de Dios, compórtate!", logran sacarla y enviarla al arco de nuevo. La chica, que si bien es bajita posee un cuerpo rubensiano, vuelve a enfurruñarse entre los postes. Mendu es nueva, y se nota, porque le tiene un poco de miedo a la pelota y no es tan violeta con los pases como Lozar o algunas de las otras.

El entrenamiento sigue adelante con encontronazos menores entre Lozar y Mendu, a quién tienen que apartar de la cintura de la capitana jugada sí jugada no. Al final Lozar se harta y le mete un coscorrón, provocando que Mendu vaya a llorarle al mánager del equipo, un chico muy alto y con gafas de bibliotecario.

Se van. Y se olvidan un bolso con rejas.

Nishinoya tiene que correr para alcanzarles, cuando ya están casi en los perímetros de la escuela. Tres o cuatro, el resto se ha marchado.

–¡Eh! –les chilla, jaula en alto. –¡Os habéis dejado esto!

Lozar es la primera en voltearse. De cerca es más intimidante. Tiene un tatuaje en el antebrazo que suma a su apariencia dura y chaqueta de cuero. Noya está a punto de dar media vuelta y emprender la huida, pero se obliga a no dejarse intimidar y le tiende el bolso directamente a ella. A su metro ochenta. Joder, es más alta que Asahi.

–¡Gracias! –repone el mánager, cuya barba se curva con la sonrisa educada que le devuelve a Nishinoya. Recibe el bolso lanzándole miradas acusadoras a Mendu, como el resto del equipo. –Mira, no puedo creer que te hayas olvidado a Clover. Indignante.

–¡Pero si no era mi turno de llevármela! –estalla Mendu, mirando tanto al mánager como a Lozar con ojos ofendidos.

–La verdad. –Lozar se lleva la mano a la frente, fingiendo indignación. –Te confiamos tarea tan importante, y fallas.

–Hablando en serio, una deshonra. Tendremos que replantearnos tu puesto en el equipo.

–Ya vale. –interviene el chico de rizos de antes. Mira a Noya, que está observándoles con las manos en los bolsillos y la sonrisa torcida. –Les gusta meterse con Mendu, porque se crispa como mil leches.

–Nico, en serio, tío. –Mendu interrumpe su lluvia de coscorrones sobre Lozar y el mánager. –¿mil leches? Suenas como un gordo sindicalista de cincuenta años.

–Lo sé. –Noya sonríe en respuesta. –Os he visto hacerlo.

Se da cuenta un pelín tarde de que se ha puesto en evidencia, y que ahora es poco probable que los de balonmano, siendo tan reservados y pocos y raros, vayan a tener una buena opinión de él. Que acaba de quedar como un stalker de la hostia. Mas le vale irse haciendo las maletas y salir pitando del país. La mitad del equipo le dirige miradas de confusión.

Menos Mendu, que salta sobre Lozar como una puta rana. El pelo chocolate bailándole alrededor de la cara y los hombros.

–¿Habéis visto? –chilla. –¡Tenemos fans!

–Mendu, pero no grites, mujer.

–Perdona Nico. Me pudo la emoción.

–¿Y qué más has visto? –pregunta Lozar. Cuando Noya abre la boca para responder, alza una mano. –Mira, no. No lo sabes, porque no habrías venido corriendo hacia nosotros revoleando a Clover como si fuese una porra.

–¿Revoleando a qué? –inquiere él, porque están hablando del bolso de los cojones como si fuera una persona, cuando él no le ve nada de particular. Que es un bolso viejo y negro donde a lo sumo entrarán un par de pelotas, pero no sabe qué puede ser tan importante en una mierda que sirve para guardar y transportar cosas.

Y el mánager abre el bolso, mostrándole a una bola de pelos naranja y negra muy asustada mirándole.

–No me jodas. –susurra.

–Te presentamos a la mascota oficial del equipo. –Mendu señala con un dedo cargado de orgullo. –Nuestro bebito Clover.

–Tíos, estamos en el Karasuno –el razonamiento es ilógico y no tiene ningún tipo de sentido, pero Nishinoya necesita sacárselo de la garganta porque si no explotará. –que literalmente significa "cuervo" ¿y tenéis de mascota a un puto hámster?

–Está masticando las piezas de Jenga de nuevo. –murmura Lozar, sacándoselas con el dedito. –Mira, niñato, que vosotros no seáis tan guays como para adjudicaros una mascota propia…

–Eh eh eh EH. –Nico intercede. –Que no nos está atacando.

Una chica con la ropa más pija que Nishinoya ha visto nunca aparece cruzando la esquina. Tacones altos y rosados. Falda plisada. Increíblemente parecida a Kiyoko. Tiene también gafas y el pelo que le cae en ondas largas y oscuras. Todo lo que rezuma es elegancia. Va camino a ellos.

Y sin embargo, a Nishinoya no se le mueve un pelo por la aparición de quién parece ser la chica más guapa en kilómetros a la redonda.

Mendu corre hacia ella chillando, seguida de Lozar. Ésta saluda a la recién llegada con un beso sobre los labios, reacción que corresponde con los brazos sobre el cuello de la capitana y una sonrisa. Nishinoya se pregunta si debería saludar a Asahi así. Dándole un picotazo en la boca. Lo haría, si la altura no le fallara.

–Emi se crispará si no nos vamos ya. –se disculpa Nico, volviéndose hacia él y haciendo una reverencia. –¡Muchísimas gracias por devolver a Clover!

Se va. El mánager agita la mano en dirección a Noya, que responde con un grito de "¡adiós!" muy sentido y los observa alejarse. Todos más altos que Mendu. Todos más musculosos que el mánager. Todos con el pelo más lacio que Nico. Y todos y cada uno de ellos, caminando tras Lozar.


Cuando Asahi cruza las puertas del vestuario, agradece internamente que por fin hayan decidido encender la calefacción central. Se disculpa con Daichi, a quien cruza de casualidad, se cambia a tropezones y sale disparado hacia la cancha.

Tanaka le está hablando a Nishinoya y él parece totalmente escéptico, con cara de haber oído la misma historia cuatro veces. Pero mira a Tanaka a los ojos. Suelta algún comentario. Está atento. Asahi saborea gustoso esa nueva versión de Nishinoya, donde está tranquilo y callado y donde es raro verlo asentir frente a Ryu.

Espera. Nishinoya tranquilo.

Noya sólo está callado cuando está en shock o cuando el terror se le trepa por las pantorrillas.

Se pregunta cómo saludarlo, porque para estas alturas ya está entrando al gimnasio y empezando a calentar. La sala respira en tonos grises y fríos porque la nevada está a la vuelta de la esquina. Algunos ya están entrenando con pantalones largos. Ennoshita, el más friolero, se ha incluso traído mayas térmicas. Nishinoya alza la vista. Lo mira.

Asahi siente una manada de fuegos artificiales estallándole dentro. Un hilo invisible le jala la sonrisa a un lado. Y todo lo que parecía gris o azul oscuro se llena de naranja y monocromía otoñal, de las que acompañan a un café o algo calentito que llena la garganta en climas fríos. Súbitamente se siente culpable, porque, si bien han hablado de estupideces, no han traído a colación el gran asunto.

Suga lo ha empezado a llamar El Expediente N.

Se está carcomiendo la cabeza con el hecho de que tiene a Nishinoya ahí. A un soplo de viento. A una mano de distancia. Y la timidez y cobardía que le caracteriza hace que se mantenga atado y muerto de miedo ante la posibilidad de un nosotros.

Se pregunta si Nishinoya también tiene pesadillas donde el otro desaparece.

El modo en que nos relacionamos con el dolor es una experiencia, un examen, una situación en la que tenemos que demostrar nuestra valía. Los sustos duelen. El miedo araña como el mejor. El miedo es un dolor punzante y agonizante, como un arañazo infectado o un corte agudo. No tiene nada que ver con el dolor palpitante y sordo de las heridas más grandes, porque a esas, uno aprende a ignorarlas. Se hacen tan enormes que forman parte. El miedo pellizca y arde y hace acopio de que está ahí.

Hoy Noya está más asustado que él. Y a Asahi le toca ser valiente por los dos.

–Hola. –le dice cuando llega a su lado, y la cara de alivio que Nishinoya supura le relaja el ancla que tenía clavada en el pecho y lo hace sentirse más ligero. Como si los músculos se le llenaran de algodón de azúcar.

–¡Hola! –Noya le lanza el balón que tiene en las manos. Llega a agarrarlo por los pelos y se la devuelve. –Iba a decirte que hoy no puedo ir a tu casa. Le prometí a Saeko que hoy me toca tintura de mechón.

–Es verdad, ya lo tienes largo. –no sabe de dónde saca el valor, pero extiende los dedos y le roza los hilos dorados que le caen sobre la frente. Nishinoya se queda muy quieto. Mucho. Por un par de nanosegundos, después le pega un manotazo con las mejillas enrojecidas.

–No me lo ensucies, subnormal.

Asahi lanza una risa y ve que Noya se le pone cerca. Más de lo normal, incluso. Y agarra su dedo índice con sus manitos de muñeca de porcelana. A Asahi se le pone la piel de gallina ante ese simple contacto. Nishinoya es una tormenta estallando en medio de un mar en calma. Lo pone en constante estado de alerta. Sus ojos son dos girasoles estampados en un campo de nieve.

–¿No estás enfadado? –pregunta. Preocupación tiñéndole la voz. Le acaricia el hombro con la mano libre. El balón está entre los dos. Puto obstáculo.

–No, bobo. –pulgar rozándole la tela. –Pero puedo estarlo si no me mandas una foto cuando terminas…

–¡Guay! –la voz de Nishinoya es un chillido ronco que le latiguea la espada y le corta la respiración. Le aprieta el índice antes de salir disparado a la otra punta del gimnasio al grito de "¡Shoyo, no te escaquees!". Las manos de Asahi quedan en la misma posición. Ocupando el hueco donde estaba Noya antes. Como si no terminaran de creerse que ese vozarrón tormentoso acaba de desaparecer y fueran capaces de haber sostenido el sol, al menos por un momento.


Sentadito en el banco. En la habitación de Saeko. Calcetines de lana en los pies menudos porque "acabas de salir de una puta fiebre". El cinturón de tachas clavándosele en el abdomen. La camiseta con el logotipo de Adidas. La chaqueta inflada y negra. Tipo rudo.

Muy rudo y mucho tachas y mucho rock, pero Saeko lo desarma como se deshace el hielo en el verano.

Los dedos expertos de ella le acarician la frente mientras le pone la solución esa que apesta a naftalina en el mechón y lo deja reposar con unos pedazos de papel aluminio. En silencio. En paz. Tranquilo. La mano de Saeko es entendida. Le acaricia los pómulos altos y se agacha para estar a su altura, en cuclillas.

No tiene que contarle al mundo lo que le pasa con Tanaka Saeko. Algunas personas dirán que tiene una afición en ella. Y la tiene. Está perdido desde que la conoció. Desde que se le desalinearon los charkas cuando una tía más ruda que un vikingo, hecha de pendientes y ropa sacada del armario de Paramore le golpeó el hombro y le sonrió. Recuerda que apenas llegó a su casa, la cama se le antojó grande. Lejana. Serpenteada por sábanas de Digimon.

Al día siguiente le robó a su hermana el cinturón con tachas. Y después vio Fullmetal Alchemist en menos de un mes porque escuchó a Saeko decir que le fascinaba. Las dos versiones.

Le gustó. Le gustó Edward Elric, le gustó su mala hostia a pesar de medir menos de metro y medio y su falta de moral en todo lo que tuviese que ver con Alphonse. Le encantó el hecho de que le hizo plantearse un trillón de preguntas sobre la existencia, sobre el qué significa ser humano, sobre hasta qué punto estamos dispuestos a cagarnos en el otro por nuestro propio beneficio. Si destrozar a un desconocido por el afán de proteger a los nuestros es aplicable o no. Si los seres humanos somos impunes a la genealogía divina. Si se puede jugar a ser Dios. Nishinoya es la deidad guardiana del Karasuno, pero no puede atribuirse el mérito por ser un Dios. No crea cosas. No es capaz de supurar vida en la boca de un ser hecho de barro. Edward Elric pudo hacerlo. Pero tuvo consecuencias fatales.

El final de la primera de Fullmetal Alchemist le destrozó el alma y le gritó a la pantalla todo lo fuerte que un niño de catorce años puede chillar.

La serie también le hizo preguntarse si existe el alma, y si lo hace, por qué mierda nos duele tanto.

Saeko lo encontró en el rellano de la casa de los Tanaka abrazado a sus rodillas y con la nariz colorada del llanto, esperando a Ryu. Lo obligó a entrar, a sentirse como si su hermana mayor no fuese una idiota y a sentarse en un puf pequeño. Prácticamente le arrancó lo que le pasaba con dos tenazas de acero, porque Nishinoya se sentía demasiado avergonzado para admitir que había llorado con una serie. Y más de animación, oiga, que los dibujos animados son para niños. Le contó que el final lo había asustado. Que le había hecho plantearse un millón de preguntar sobre la existencia y sobre la vida en general. Y tuvo miedo.

Entonces Saeko le estampó en el pecho cuatro hojas de papel que rezaban Sobre el Dolor – resumen, de un tal Ernst Jünger. Al principio, Nishinoya se rio. Alto y claro. Saeko se apuntó al pecho con el pulgar, en un gesto que estaba erradicado como su marca personal, y le dijo "léete esto, enano, y la próxima vez que vengas me dices si sigues pensando igual sobre sufrir".

Básicamente, el tío establecía, después de muchas idas y vueltas, una teoría sobre el dolor que a Nishinoya le hizo explotar el cerebro. Jünger habla del dolor como experiencia. Como aplicamos el dolor a nuestra vida y cómo atravesamos el sufrimiento es, lo que nos hace, fundamentalmente, los seres que somos. Dice que una forma de atravesar el dolor es integrar y realzarlo para la vida. Mediante la guerra, mediante la aceración, mediante el hecho de templar el carácter como si fuera una espada. Para templar el hierro se necesita fuego. Someterlo a las llamas. Es lo mismo que tenemos que hacer nosotros para que nuestro carácter tenga la misma resistencia y el mismo filo que una espada.

Esencialmente, dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres.

Nishinoya es un tipo curioso. Que admira a grandes pensadores, casi todos introducidos en su vida por Tanaka Saeko. Pero lo que admira de ellos es su forma de plasmar en el papel las grandes preguntas sobre ser humano. Sobre la existencia. Sobre el dolor. La moral. Y muchas otras cosas complicadas. Noya jamás, de los putos jamases, sería capaz de escribir lo que él piensa sobre el dolor. Básicamente porque no se le ocurre nada. Las cosas nos duelen y punto.

A partir de leer a tantos tipos distintos (resúmenes, nada de clavarse el libro entero, por Dios bendito), Nishinoya empezó a desarrollar ideas. Ideas caóticas. Pero todas esas ideas correspondían al concepto de pensamiento suelto. No tiene la capacidad de escribir ni de llevar sus dedos al ordenador para colocarlas de forma ordenada. Su tren de pensamiento va demasiado rápido.

Volvió a la semana, con el resumen en una mano y la otra extendida para que, esta vez, Saeko le prestase un resumen sobre Focault.

–Ryu no me ha contado nada de vuestra selección. –dice ella, toda mosqueada y cachetes inflados. Nishinoya no la ve, pero siente su pulgar sereno haciéndole cosquillas en el pómulo. –Sólo ha hablado de esa chica. Y se llamaron por la noche. Es espeluznante.

–Ya, es que ni siquiera pude contarle nada. Lo único que ha estado haciendo –arruga la nariz ante el olor desagradable que desprende el decolorante. –es llenarse la boca con Kou.

–Pero yo quería saber cómo os fue.

–Rodolfo dijo que nos hará saber en la semana. Nos ha grabado, al parecer, y necesita unos días para pensárselo.

Estaba temblando de nerviosismo cuando llegaron a la casa y el tipo los esperaba con sándwiches de jamón y queso. Asahi y Daichi, más. Al final les dijo que todos habían jugado muy bien, que tenía que echarle una ojeada al vídeo ("¿nos ha grabado?") e invitó a Sugawara a cenar con ellos. Vaya situación divertida para el seleccionador, Noya y Suga, incómoda para Daichi y Asahi. Hicieron muy buenas migas, porque Sugawara tiene esa cosa de jovencito educado que atrae a la gente mayor y además es inteligente y retintín. A la hora del postre, parecía que Rodolfo quería adoptarlo.

–Ya, pero no me has contado cómo…

–Asahi me ha besado.

Decirlo en voz alta lo hace más tangible. Atascado por mocos y por terror insano.

Qué mierda me importa la Selección ahora cuando Asahi y yo nos hemos dado un beso mega guay y no estamos haciendo nada al respecto.

Saeko se queda en blanco. El movimiento repetitivo sobre la mejilla de Nishinoya se detiene y Noya tiene que abrir los ojos un poquito para mirarla con la boca abierta de par en par. Los ojos como dos huevos fritos.

¿Qué coño? –el chillido le brota de forma aguda de la garganta. –¿Cuándo?

–Anteayer. Y ahora estoy que me trepo por las paredes.

Saeko le abraza, aplastándole el pecho con sus tetas, y reventándole el tímpano con el grito once octavas más arriba.

–¡Ne-san, que me tiras!

–¡Ay, voy a vomitar chocolate un mes!

Logra apartarla. Parece que tiene los ojos llenos de lágrimas.

–¿Qué se hace ahora? ¿Cómo lo saludo? No hemos hablado una mierda de esto. Es como que pasó y las cosas siguieron su curso después. –mira a la única persona que se lo ha dicho y entrecierra los ojos. –¿Y si entra en pánico y su ansiedad lo traiciona? ¿Y si…?

–Yuu. Cálmate, coño. –ambas manos en los hombros. Un palmo de distancia entre ellos. –Es Asahi. ¿Realmente crees que se va a volver loco por esto? ¿Fue él el que te besó, no?

–Bueno, sí. ¿Pero qué pasa si se dio cuenta de que no le gustó? ¿O si está demasiado aterrado para hablarme?

–Calma. –los ojos de Saeko son enormes y muy muy cálidos. –Respira. Te va a agarrar un ataque. A ver… yo sólo estoy diciendo que habléis las cosas. –Nishinoya se aterra. –Pero no te lo estoy diciendo para que entres en pánico, hostia putísima.

–¿Cómo fue? ¿Entre Akiteru y tú? –pregunta, porque a lo mejor basarse en experiencias reales le sirve para desenmarañar ese universo extraño que son las relaciones de uno a uno. Saeko se pone la mano en la barbilla, sonriente.

–Después de lo de Tokio, a los pocos días me escribió para ver si quería ir a tomar una cerveza. –alza las cejas repetidas veces, y le arranca a Noya una risita nerviosa. –Pero eso es un código pre establecido de antemano. Como una regla social, ¿entiendes? Si invitas a alguien a por unas cervezas, tiene el significado implícito de que posiblemente te lo quieras llevar al huerto.

–Ya. Y ese huerto terminó siendo una ducha.

La mayor de los Tanaka se pone roja como un tomate y después empalidece, todo en el corto plazo de tres segundos.

–¿QUÉ? –la voz es aguda. Alza la vista al techo, poniéndose en pie y a voz en grito se dirige a la puerta del pasillo. –¡Qué coño, Ryu, yo no me meto en tu vida privada! –Tanaka responde algo desde la otra punta de la casa, cosa incomprensible para Nishinoya e irritante para Saeko. –¡Pues yo no tengo la culpa de que la única persona con la que has podido mojar el churro viva en la frontera con el Inframundo, desgraciado! –portazo. –Niñato de mierda; que como no tiene viva propia va y ventila la mía.

–Bueno, es que resultó ser una experiencia traumática para él también. –interviene Nishinoya, que Tanaka estará hecho un imbécil o lo que sea pero no merece que le desplume el pescuezo a sus espaldas.

–Te aseguro que Akiteru en pelotas es la cosa menos traumatizante que podríais ver en vuestras cortas vidas.

–Nooooooo. –Noya finge taparse los ojos. –Mi censuraaaaa. Auxiliooooo.

–Bueno, todo depende de las circunstancias, ¿no?

Circunstancias. Le cae la ficha. No puede hablar con Asahi al respecto en los vestuarios o en la calle o en esos lugares de origen común. Saca el teléfono y, después de tipear rápidamente, se concreta una próxima reunión.


Día dos consecutivo en las gradas. Nishinoya está convencido de que ha venido a la hora donde no hay nadie entrenando, pero se sorprende al ver a Mendu corretear dentro de la cancha. Sola. Balón en mano. Mira excesivamente la pelota, observando sus dedos cerrarse cuando la hace picar. Un par de veces el rebote se va a la chucha y tiene que parar. Noya no puede creer lo desastrosa que es. A pesar de apenas rozar el metro cincuenta y tres, el poco dominio de su cuerpo que arrastra le pone los pelos de punta. Cero coordinación. Torpe como ella sola. Se tropieza con sus propios pies.

Un poco entiende a Lozar. Que no sabe cómo hacer para que una persona quien no ha nacido con las facultades necesarias para poder llevar adelante su propio cuerpo pueda coordinar un pase.

Mendu apunta al arco y tira, pero el ángulo es el incorrecto y la pelota choca contra el palo superior de la portería, saliendo disparada hacia la cara de Nishinoya. Experto en reflejos. Detiene la pelota, atrapándola con la mano antes de que le toque el rostro. La alza, sonriente, hacia Mendu.

Nice… nice receive. –dice ella, con la voz tomada y los ojos llenos de lágrimas.

Nishinoya baja por la escalerita a la velocidad de un rayo. Podría lanzársela, pero Mendu no la atraparía. Se iría por el costado de la cancha y su moral descendería diez pisos. Así que en lugar de eso, se para frente a la única persona en kilómetros a la redonda de menor estatura que él y le extiende el balón. Agarrado por dedos temblorosos. Con un rostro lleno de lunares que se está aguantando el llanto. Abre la boca para decirle algo, pero ella alza la vista surcada por tormenta.

–¿Por qué no soy capaz? –dice, y Nishinoya se queda en blanco y sin palabras en la boca por primera vez desde que Asahi le besó. –¿Por qué… por qué soy la peor del equipo? ¿Y es tan obvio?

–¿No entraste a jugar hace cinco semanas? –pregunta él, pasando el peso de un pie al otro.

–Pero entré a este equipo porque quería divertirme. Porque quería sentir la emoción de estar en la cancha y la necesidad de marcar un gol. Para jugar partidos. Para estar bien… –Mendu aprieta las manos con las que sostiene la pelota. –para disfrutarlo. No para que Lozar detenga el entrenamiento jugada sí jugada no porque soy un desastre. Ni para morirme de la vergüenza.

Y dos lágrimas le surcan el rostro mientras se muerde el labio. Pero no agacha los ojos. Nishinoya ve en Mendu a un Yamaguchi más entusiasta, a un Hinata más inseguro. Ve a alguien poniendo todo lo que puede para ganarse un lugar que no sea una porquería.


Asahi ha aprendido a hacerse cargo de muchas cosas del hogar cuando su abuela entró en sincronía con la artritis. Ya es costumbre para él hacer la cena, dejar que ella se acueste y poner algún anime de los que ha visto ochenta veces y media mientras come, porque su ansiedad es la primera en llamar a la puerta cuando tiene que ver cosas nuevas. La interrupción de su rutina le balancea el coco, y por más que esté mentalmente preparado para que alguien viniese después de que le envió un mensaje casi desesperado, el sonido del timbre lo hace saltar.

No sabe cómo reaccionar. Primero, porque la presencia de Nishinoya en su portal es, cuanto menos, arrolladora. Segundo, porque aunque son las ocho de la noche, su abuela está dormidísima. Y tercero, porque Noya está temblando todo lo que da. Como una hoja de papel. El cuello al viento. El mechón más corto y más brillante.

–Nishinoya. –dice, porque no sabe qué hacer. El enano pone las manos en los bolsillos de su chaqueta.

–¿Puedo pasar?

A pesar de que se toma la molestia de preguntar, prácticamente se pasa por el culo la respuesta de Asahi de que su abuela está durmiendo y que por favor no haga mucho alboroto. Se saca las zapatillas arrancándoselas cada una con el pie contrario y, sin quitarse la chaqueta, se pone las de andar por casa de Asahi. Que le quedan enormes. Asahi cierra la puerta delantera todo lo despacio que puede.

Le quiere pegar. Lo ve saltar a la pequeña estufa, extendiendo las manos. El muy imbécil, exponiéndose a una helada por venir a su casa. A hacer qué.

–¿De verdad te quieres pescar una recaída? –inquiere, tomándolo por los hombros. Nishinoya pega su cabeza contra el pecho de Asahi. Todo dudas. Todo mejilla clavándosele en la sudadera roja.

–Estoy a punto de soltarte algo gordo, ¿está bien?–le dice, los labios llenos de manteca de cacao y algo rotos por el frío. – He estado pensando que a lo mejor nos gustamos.

–Bueno, sí. La gente que se gusta se besa. –responde. Le arde el alma porque es la primera vez que lo dice. Porque soltarlo fuera de su cabeza o de las charlas con Sugawara lo hace mucho más real. Nos hemos dado el lote.

–No te pongas en irónico. –Nishinoya cierra los ojos. Agarrando las manos de Asahi sobre sus hombros. Están heladas. Asahi repasa mentalmente el contorno de su mandíbula. De sus dedos fríos haciéndole mella en las falanges velludas. –Esto me ha estado partiendo el coco desde que volvimos. Me voy a terminar volviendo loco.

Se marea cuando lo golpea el significado implícito de esa frase. Que ha estado pensando en él. En Asahi. Y en el alucinante beso que se han dado. Se sorprende del hecho de que, por más que se conocen hace tiempo, Nishinoya puede volarle los sesos sin tocarlo o soltando menos de diez palabras con doble sentido. De que posiblemente quiera lo mismo que él y que tal vez lo necesite tanto como él. Es demasiado cobarde para preguntárselo, pero Asahi sabe que, en esos instantes, la cuota de valentía se le ha acabado.

–Yo también.

Noya abre los ojos de par en par y le sonríe todo lo que le da la cara. Asahi trastabilla mentalmente. Él ha visto cómo las chicas lo miran. Cómo Oikawa, el conocido como el más guapo de la prefectura, queda relegado a las sombras cuando Nishinoya ataja un buen remate o cuando sale del vestuario en paños menores. El muy imbécil no se da cuenta. Firmemente convencido de que nadie querría salir con él porque es tan estúpido que, apenas tiene una oportunidad, aprieta el acelerador a fondo. Y las espanta.

Han pasado tres días. Tres días en los que Nishinoya se ha estado trepando por las paredes y correteando por todo el vestuario. Conteniéndose. Porque Asahi está seguro de que es totalmente capaz de agarrarle la cara en medio del entrenamiento y comerle toda la boca. Sin importarle. Así, sin censura. Pero ha decidido mantenerse en la retaguardia y no saltarle al cuello. Noya es luz y calor, tempestad y tormenta, ventarrón y tornado. Está hecho de energía y su tren de pensamiento va a mil por hora. Que se contenga, que dé un paso atrás, es lo más parecido que puede hacer a apretar el freno.

Será que le toca a él actuar.

Inclina la cabeza para clavarle un picotazo en los labios. Apenas un aleteo de mariposa, pero es suficiente para que Noya sonría más y lo arrastre al sofá. Se le sube encima, de la misma forma que se le sentó en el karaoke, y le abraza por los hombros antes de besarlo de nuevo.

Se pregunta qué diría su abuela si baja la escalera y lo ve besando a Nishinoya, un beso que no tiene nada que ver con las ganas de conocerse las bocas que tuvieron el domingo. Decide que no le importa. Que ha arriesgado mucho para tenerlo ahí, al alcance de la mano, y no va a dejar que alguien con un pensamiento arcaico del año de la pera le arruine lo que ha construido.

La sorpresa lo ataca cuando Nishinoya lo suelta y le da un abrazo. Rodeándolo. Está hecho de polvo de estrellas.

–No quiero que por ir acelerados nos golpeemos contra una pared. –le dice, y Asahi aprieta el abrazo porque Noya es como un pajarito que puede escapar volando en cualquier momento. –Y posiblemente esto suene a fanfic imbécil de secundaria, pero me va a costar un huevo y medio bajar el ritmo. Ir a tus prisas.

–Podemos ir a cualquier prisa. –Asahi le pasa las manos por el cuello venoso y frágil, y se maravilla ante lo mucho que saltan sus huesos del escote sobre la piel. –Podemos ir a mil kilómetros por hora o a pasitos de caracol. Pero vayamos.

–Juntos.

–Así es.

Le suena a promesa.


La propuesta le parece desternillante. Alejada.

–¿Qué le dé clases yo? –pregunta, la mano sobre la cabeza de Nishinoya. Los labios rotos por el frío. La nariz roja.

–Porfa, porfa. –le ruega, enterrándole la cabeza en el abdomen. –Es que cada vez que la veo no puedo evitar pensar en Yamaguchi. Y quise explicarle, juro que quise, porque soy muy consiente de todo lo que hace mal, pero no me salió.

–Porque tú explicas con onomatopeyas. –se aguanta el golpe en el brazo que Nishinoya le clava. Acostado sobre sus muslos y las piernas en el otro extremo del sofá, con la estufa eléctrica apuntando hacia ellos. Son las once de la noche, y ninguno de los dos tiene sueño. –¡Pero si es cierto, qué te haces el ofendido!

–Nah, no me ofendí. –la boca le busca la suya y vuelve a caer sobre las piernas de Asahi. Así, de golpe y porrazo.

–Noya, cogerle el tranquillo a alguien que no conozco, para explicarle de un deporte que no practico, se me hace una tarea un poquito imposible de realizar.

–El problema no es el balonmano. –Nishinoya explica con las manos y gesticulando a lo loco. –Si no que Mendu no es consciente de su propio cuerpo. Mide menos que yo pero cuando va corriendo se olvida que tiene manos o a veces se tropieza con sus propios pies. –Asahi suelta una risita. –De verdad, de verdad es doloroso de ver.

–Pero a ver, ¿por qué yo? –se pasa la mano con la que no le está haciendo caricias por la cabeza. –Seguro Daich…

–Porque eres la única persona con la que no va a pasar vergüenza. –le responde Noya, muy serio. Un baldazo de sinceridad a la cara. –Porque no sé si te hicieron con ositos de peluche o que pollas, Asahi, pero apenas cruzas dos palabras con alguien, les generas confianza. Cuando pasan la barrera de que prejuzgarte porque eres un delincuente, pero Mendu no va a hacer eso.

–Siempre traes a colación el temita. –pellizco en la naricita. –No me voy a cortar el pelo ni tampoco me afeitaré. Me gusta así.

–Y a mí.

Su expresión pilórica cambia súbitamente.

–¿Todo bien? –Noya se pone la mano sobre la frente.

–¿Tú crees que van a llamarnos de la Selección? –la voz con el deje de esperanza es tan transparente que Asahi se pregunta si Nishinoya se ha dado cuenta de lo ilusionado que está. Se encoge de hombros.

–Honestamente, no hice el mejor trabajo allí. –dedos sobre la coronilla. –Estaba un poquito preocupado por ti.

–Aw, te preocupas por mí. –la voz en falsete. Imbécil.

–A mí me hace ilusión. –le dice, ignorando el deje de burla con el que se ha manifestado Noya. –Pero no estoy seguro de si podría dedicarle el tiempo que merece algo así. Además de que tendré que ir a la Universidad, y quizás…

–¿Qué quieres estudiar? –Nishinoya interrumpe. Típico, no termina una idea y ya está saltando a la otra.

–Honestamente, no lo sé. Quisiera estudiar algo que tenga que ver con… vale, te vas a reír.

–¡No, no! –Noya le saca las manos del rostro, obligándolo a mirarlo. –¡Ahora me lo dices!

–¡Pero es que no puedo decirlo sin que parezca que soy un snob!

–Eres un snob. –repone Nishinoya, y Asahi siente como la vergüenza le juega una carrera en la cara. –Un entendido del vóley y la literatura inglesa.

–¿Me lo dices tú, snob de la filosofía? No, espera –forcejea con las manos abiertas de Noya. Le acerca la cara a la nariz con toda la socarronería del mundo, el muy cabrón, que aunque tenga las manos inmovilizadas aún encuentra maneras para volarme el coco hasta Catamarca. –ni siquiera eres snob completo, si no has leído los libros.

–¡Lo dice quien anda de aquí para allá con una camiseta de una serie que no vio!

–¡Y sí me la regalaste tú, como no voy a usarla!

El forcejeo se detiene. Los ojos de Nishinoya abiertos como platos. La mano atrapada entre las de Asahi y el torso semi incorporado y a menos de un palmo de distancia.

Lo siguiente pasa muy rápido como para procesarlo. Antes de que se dé cuenta tiene a Nishinoya sentado a horcajadas sobre él y su boca a centímetros. Mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa come mierda, digna del gato Cheshire y de todos los personajes pillos del universo. Así, con la nariz roja y pelada por la fiebre, los ojos vidriosos y el cabello aplastado de un lado, así y todo…

Es guapo.

No es la primera vez que lo piensa. Pero sí es la primera vez que lo asimila. Que Nishinoya no sólo es encantador, adorable y un montón de apelativos que uno asocia a la primera infancia de buenas a primeras. Noya es todo eso y algo más. Hay algo en la forma que entrecierra los ojos antes de estampar la boca contra la suya, un click, una chispa de picardía en su nariz recta y en sus pómulos altos. El grito risueño, lleno de ilusión, acompañado de la voz ronca. Las piernas hechas de mondadientes, los dedos de mocoso de primaria. La mandíbula cincelada en mármol blanco, con los huesos y las articulaciones flotando entre piel y carne. La nuez de Adán sobresaliéndole en medio del cuello. Los lunares, que Asahi ha ido descubriendo en los vestuarios, en las vacaciones de verano y en los estúpidos momentos que puede mirarlo sin morirse del remordimiento. Sabe que tiene uno, marrón oscuro, grande y acompañado de una constelación que lo resguarda, en la parte baja de la espalda.

Se pregunta si la seguilla de lunares sigue bajo el cinturón de tachas.

Al culo de Nishinoya, el cual tiene fichadísimo.

Beso corto, medido. Apenas un soplo sobre los labios. Le libera las manos y las clava en la cintura; porque Asahi sólo ha besado a dos chicos y, de los dos, el que tiene la talla perfecta para encajársele entre los dedos es él. Los dedos de Nishinoya lo agarran de la nuca.

–¿Así que la usas sólo porque te la regalé yo? –el aliento a té contra la boca. No se ha separado casi nada, porque Asahi todavía puede sentir el murmullo de la nariz de Noya contra su mejilla. –Qué vergüenza; tendría que hacerme una lista de las únicas dos o tres series que has visto para poder regalarte merchandinsing decente.

–Ah, si me conoces tanto –beso. –no hace falta que te diga cuáles son. –beso.

Voltron, Over the garden Wall y Please like me.

–No, no es cierto. Ahora tienes que apuntar Devilman Crybaby.

–No me jodas.

El sofá a su espalda, y Noya a contraluz por la vibración naranja que emite la estufa eléctrica.

Como coño sigue poniéndole la piel de gallina después de casi dos años enamorado de él, no lo sabe.


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¡Hasta la próxima actualización!

-dicho sea de paso, no sé cuando será-