Los personajes no me pertenecen, son creaciones del mangaka japonés Masashi Kishimoto y la historia es una adaptación del libro "Cautiva en su cama" de Sandra Marlon.

Capítulo 3.

El albornoz cayó hasta el final de la espalda y ahí se detuvo. Incluso desde esa perspectiva, Sasuke podía ver que era muy bonita. Su piel era oro pálido, el pelo una cascada de rosa. Podría haber sido una pintura de Monet o de Renoir: Mujer vistiéndose. Un lienzo que admirarían miles de personas en cualquier gran museo. Tenía una pequeña marca de nacimiento en un hombro, y otra, cinco o seis centímetros más abajo.

Le gustaría apoyar la boca en la primera y recorrer con besos el camino hasta la segunda. Recorrer con besos su espalda hasta la delicada hendidura de su base. ¿Qué sabor encontraría si llegaba con su lengua hasta allí? ¿Qué haría ella si se acercara en ese momento, la agarrara de los hombros y la besaba en el cuello? ¿Se recostaría en él? ¿Cerraría los ojos mientras le quitaba del todo el albornoz, descubría sus nalgas y se apretaba contra ella para que pudiera notar la potencia de su erección?

¡Diablos! No era un mirón. Desnudar a una mujer era un placer para un hombre. Lo mismo que mirarla a la cara mientras se desnudaba. Aquello era un trabajo. No tenía otra opción que mirarla...

Sasuke respiró hondo. ¿A quién quería engañar? Mirarla lo estaba encendiendo. ¿Cuánto hacía que no estaba con una mujer? Demasiado, era evidente... Sakura buscó algo en la cama. El movimiento hizo que su cuerpo se arqueara, apuntándolo con las nalgas.

Ah, ¡se iba a volver loco! Pero tenía que mirarla. No había hecho un registro exhaustivo y podía tener un arma escondida. Bien, había encontrado lo que estaba buscando. Se enderezó y se puso las bragas, utilizando el albornoz como pantalla. Lista. «No tan lista», murmuró una voz interior. Daba igual lo que hiciera, al final tendría que quitarse el albornoz. Cruzó los brazos. Volvió a mirarla. Era evidente que estaba disfrutando, mirándola.

Era una mujer nacida para excitar a un hombre. Podía cerrar los ojos y ver su rostro de aspecto inocente, sus pechos redondos, la suave piel que bajaba hasta la exquisita espiral de oscuros rizos que había vislumbrado antes.

Casi sintió pena por Akasuna No. ¿Quién podía resistirse a semejante hechicera? Ella se había quedado completamente en silencio. Cada centímetro de su cuerpo estaba en tensión. Era el momento de la verdad. Tenía que dejar caer del todo el albornoz para poder terminar de vestirse.

-Al menos podrías darte la vuelta -dijo ella.

-No -dijo fríamente.

Murmuró algo que Sasuke no pudo oír. Sasuke reprimió una risita; tenía que reconocer que tenía agallas. Pasaron un par de segundos y dejó caer el albornoz. Se le secó la boca. Se había puesto una de esas bragas de algodón blanco. Las mujeres que conocía usaban seda y encajes.

A él eso le gustaba. El tacto suave del tejido. La transparencia del encaje. Le gustaba el negro y el escarlata, colores que contrastaban con la delicadeza de la piel.

El algodón era para las camisetas y los pantalones y... ¿cómo podía estar tan sexy con esas bragas de algodón? ¿Sería su sencillez, la certeza de que lo que ocultaban eran lo más dulces secretos de su cuerpo? ¿Qué pasaría si se acercara por detrás, le mordiera suavemente en el hombro y deslizara la mano dentro de aquel algodón, envolviera con las palmas la suave piel de las nalgas mientras los dedos buscaban los delicados pétalos que envolvían su feminidad?

Maldición, si seguía así acabaría teniendo un problema. Buscó algo más en la cama. Un sujetador. Se lo puso y lo abrochó. Bien. Podía volver a respirar. Después se pondría la camiseta... En lugar de eso se llevó las manos a las copas y, aunque no podía ver lo que hacía, se lo podía imaginar.

Estaba haciendo eso que hacen las mujeres. Colocarse los pechos dentro del sujetador. Tocar la suave piel que él anhelaba acariciar, degustar... Se puso de pie de un brinco.

-Deprisa -dijo con frialdad-. Recoge el resto de tu equipaje, y pronto. Se puso unos pantalones blancos de algodón, una camiseta gris claro, unos zapatos y se dio la vuelta completamente vestida.

Tubo que apretar los dientes para no ir hacia ella y tumbarla en la cama. Era la situación, tenía que ser eso. Peligro, riesgos, lo desconocido... Añade una mujer de buen ver y acabarás bien caliente. Algo de color había vuelto a la cara de Sakura. La prefería asustada, sería más fácil de manejar y más rápido averiguar lo que quería saber.

-Ven aquí.

-Pero has dicho... -dijo, señalando la maleta.

-Sé lo que he dicho. Ven. Fue hacia él despacio, mirándolo a los ojos. ¡Vaya ojos enormes, de color verde!

-Apoya las palmas de las manos en la pared y abre las piernas.

- ¿Qué?

- ¿Tienes algún problema de audición? Apoya las manos y abre las piernas.

La boca empezó a temblarle. Sasuke estuvo a punto de decirle que lo olvidara: la había visto desnuda, sabía de sobra que no llevaba una pistola... Pero aquello no era por las armas, era por mantener el control.

-Venga -conminó.

Se dio la vuelta. Apoyó las manos en la pared. Dio un paso atrás... y, claro, separó las piernas. Sasuke se acercó. Le agarró los pechos. Se aseguró de tocarla de un modo impersonal, pero ella saltó como si la hubiera rozado con un hierro al rojo.

-Estate quieta.

- ¡No! -se volvió hacia él-. No puedes hacer esto. No tienes derecho.

-Te equivocas, nena, tengo todo el derecho.

- ¡Y una mierda!

Sasuke sonrió. Sacó la pistola de la funda que llevaba detrás y vio cómo se le abrían los ojos cuando se la enseñaba.

-Esto me da todos los derechos. Así que date la vuelta y apoya las manos en la pared.

-Eres un cerdo -dijo con la voz llena de desprecio.

-Ahora sí me has roto el corazón -dijo, y la puso de cara a la pared.

Pasó las manos por encima de ella deprisa, de modo experto, revisando el vientre, las piernas hasta los tobillos y después subiendo por la parte interior de los muslos. Dudó un momento. Después metió la mano entre las piernas y la palpó. Sakura hizo un ruido de desagrado. Sasuke se imaginó qué haría para transformarlo en uno de deseo.

Todo lo que tenía que hacer era mover la mano. Acariciarla. Lo odiaba, sí, pero el recuerdo del beso le decía que ella respondería a lo que le hiciera. Sería mil veces más fácil de manejar si le hacía el amor.

Sasuke cerró los ojos. Una de las razones por las que había dejado la Agencia había sido porque sabía que estaba perdiendo la capacidad para separar lo que estaba bien de lo que estaba mal. ¿Podía en veinticuatro horas volver a ser el hombre que fue? No. Imposible. Lo que estaba haciendo estaba bien. Sakura Haruno traficaba con droga. Cualquier cosa que tuviera que hacer para detenerla, lo haría. Dio un paso atrás.

-Muy bien -dijo bruscamente-. Date la vuelta.

Se dio la vuelta y lo miró con unos ojos duros y fríos. Bien. Desde ese momento en adelante, se comportaría. Todo lo que tenía que hacer era decidir qué hacía con ella. Akasuna No, sólo le había encargado averiguar qué le había pasado. Bueno, ya lo había averiguado. Había huido. En teoría podía dejar que siguiera huyendo. Pero no si llevaba un alijo de cocaína pura. Había dedicado mucho tiempo a combatir el narcotráfico como para permitirlo. Alita había muerto por ello. Dejar que se fuera no era una opción si estaba metida en líos de droga.

Si encontrara el alijo... bueno, eso abriría otras posibilidades. Podía arrojarlo al retrete y dejar que se fuera. No era policía. Ni siquiera era ya un espía. No tenía obligación de entregarla a la justicia. Si estaba huyendo del cártel... ¿qué pasaba entonces? Tirar la droga y dejarla marchar... la gente del cártel la encontraría, pero ése no era problema suyo. Era un problema de Akasuna No. De la mujer de Akasuna No. ¿Por qué pensar en eso le provocaba un nudo en el estómago?

Sasuke frunció el ceño. Lo primero era lo primero. Si llevaba coca, tenía que encontrarla. Después decidiría qué hacer.

- ¿Has hecho el equipaje? Cerró la maleta de un golpe.

-Sí.

-Escucha con atención porque no quiero ningún error. Voy a abrir la puerta. Vamos a bajar las escaleras juntos, con mi brazo alrededor de ti. Vamos a parecer los amantes más felices del mundo.

- ¿Adónde vamos?

-A donde yo diga -hizo una pausa-. ¿Estás segura de que no olvidas nada?

-Segura -asintió. -Porque si lo has olvidado, considéralo perdido.

-Te he dicho que no se me olvida nada.

Bien. La droga no estaba en la habitación. Nadie, no importa el miedo que tenga, abandona un buen alijo. La agarró de la muñeca. Trató de soltarse, pero él le pasó el brazo por los hombros.

-Amantes, ¿recuerdas? Romeo y Julieta.

-Romeo murió -dijo con una sonrisa forzada.

La respuesta hubiera sido decirle que Julieta también, pero no dijo nada. Una mano en la cintura de ella y la otra cerca de la pistola mientras bajaban las escaleras y salían a la calle. Había un café al otro lado.

-Desayunemos -dijo él. Lo miró como si estuviera loco. A lo mejor lo estaba, pero si no comía algo pronto, se desmayaría. La cafetería olía a aceite quemado de freidora, pero un café, un huevo frito y unas salchichas tampoco podían estar tan malos. Sí, podían. Después de un par de bocados, apartó el plato. Sakura sólo había pedido café, y había sido lo más inteligente. Después de la segunda taza, Sasuke se inclinó sobre la mesa.

- ¿Has recuperado el juicio?

- ¿Sobre qué?

-Sobre que aparezca lo que robaste.

-Te he dicho que no sé de qué me hablas.

-No seas estúpida -dijo, cortante-. Piensa en lo que pasará si no eres sincera conmigo.

Se puso pálida, pero no respondió. Sasuke sacó algo de dinero del bolsillo, lo dejó en la mesa y se puso de pie.

-Vámonos -murmuró. La agarró del brazo y la llevó a su coche.

-Ábrelo -le ordenó.

-Sea lo que sea lo que buscas..., no lo tengo. Da lo mismo lo que me hagas.

-Abre el maldito coche.

Sacó las llaves del bolso, abrió la puerta y la empujó dentro.

-Siéntate -ordenó Sasuke.

Cuando obedeció, le quitó las llaves, se sentó al volante y quemó las ruedas al salir del aparcamiento. Veinte minutos después, encontró la clase de sitio que buscaba: un desvío que llevaba a través de un bosquecillo hasta un lago. Había botellas de cerveza vacías por todas partes, pero parecía como si allí no hubiera habido nadie en mucho tiempo.

-Sal del coche.

No se movió. La sacó del coche y se quitó el cinturón. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Empezó a temblar. Sasuke esperó que le suplicara, pero no lo hizo. Tenía valor, eso había que reconocérselo. Le pasó el cinturón por las muñecas y la arrastró hasta un árbol.

-Piensa lo que estás haciendo -dijo ella-. Matándome no resolverás nada.

La miró, sorprendido. Iba en serio. ¿Quién se pensaba que era él? ¿Alguien del cártel a pesar de que le había dicho que lo enviaba Akasuna No? Podría decirle la verdad. Decirle que no tenía nada que ver con el cártel y que no iba a matarla... pero si eso era lo que ella creía, le dejaría creerlo. Su temor la haría dócil.

-Haré lo que tenga que hacer -dijo Sasuke con frialdad.

Después, sólo porque su mirada le recordó la vida que una vez había llevado, se acercó a ella y le dio un beso en la boca. Una boca suave que temblaba de miedo y estaba húmeda por las lágrimas. Un destello de deseo lo recorrió. Sasuke maldijo de nuevo, dio un paso atrás y aseguró el cinturón al árbol.

-Pórtate bien -dijo, cortante-. Si lo haces, saldrás mejor de todo esto. Una vez más, la última: ¿dónde está?

No respondió. Sasuke sacudió la cabeza, fue hacia el coche y empezó a registrarlo sistemáticamente. Lo primero, los lugares más lógicos: guantera, salpicadero, maletero. Nada. El relleno de los asientos fue lo siguiente. Los rajó con su navaja. Después la rueda de repuesto. Sacó todo fuera del maletero. Nada todavía. Había más sitios donde esconder droga. Dentro de los paneles de las puertas. Compartimentos secretos en el suelo, pero era un coche de alquiler. No tendría compartimentos secretos, y ella no había tenido tiempo para desmontar las puertas.

Sasuke apoyó las manos en las caderas y dedicó una larga mirada el revuelto vehículo. Volvió a meter todo en el maletero. Después se acercó a Sakura. Tenía que atemorizarla, pero ¿cómo? Con la cárcel. Una cárcel colombiana. Las que había visto eran peores que perreras. ¿Lo sabría ella? Sí, seguro que sí.

-De acuerdo -dijo con tono decidido-, ya está. He hecho lo que he podido. No me dejas otra elección. Te llevaré de vuelta.

- ¿De vuelta? -se puso pálida-. ¿Con Akasuna No?

No era la respuesta que esperaba, pero lo que vio en sus ojos le animó a seguir por ahí.

-Claro. Es quien me contrató para encontrarte.

-No -dijo en voz baja-. Por favor. No lo hagas -levantó la cabeza y lo miró a los ojos-. No sé quién eres -susurró-, ni lo que piensas que he hecho, pero te lo ruego, no me lleves de vuelta con él.

Parecía aterrorizada. Sasuke se dijo que eso no importaba, seguro que era una gran actriz, sólo había que ver cómo había engañado a su amante.

- ¿No quieres que te lleve de vuelta? Muy bien, entonces dime dónde está la droga.

- ¿La qué?

-Venga, nena. La coca. Dime dónde la escondes y te dejaré ir. Lo que suceda entre el coronel y tú es tu problema. La droga es el mío.

- ¡No tengo droga! Es una locura. Has registrado mi habitación, mi coche -el carmesí tiño sus mejillas-. Incluso me has registrado a mí. Si llevara coca, la habrías encontrado.

Tenía razón, pensó.

-Entonces, ¿por qué huyes?

-Ya te lo he dicho. Sasori no me hubiera dejado poner fin a nuestra relación.

-Muy bien -dijo Sasuke con frialdad-. ¿Qué va a hacer? ¿Encerrarte en tu habitación y tirar la llave? -Sakura apartó la mirada, pero la agarró de la barbilla y la obligó a mirarlo-. Tenías agarrado el viejo Sasori por las pelotas. Habitaciones separadas, nada de sexo... -hizo una pausa-. Tengo razón, ¿verdad? Nada de sexo.

-Yo... yo...

-Responde a la pregunta, maldita sea. ¿Dormías con él?

El mundo, el tiempo, parecieron detenerse. La miró a los ojos y esperó, esperó...

-Claro que dormía con él -dijo ella-. Era mi prometido, ¿por qué no iba a hacerlo?

-Sí -dijo Sasuke, aclarándose la voz-. Sí -repitió-. Te imagino diciendo al pobre desgraciado hasta dónde podría llegar.

- ¿Insultar a una mujer te hace sentir bien?

Tenía que dar crédito a lo que decía. Estaba muerta de miedo, pero estaba decidido a averiguarlo todo.

-Quiero saber por qué huiste.

-Ya te he dicho que Sasori no...

-Y una mierda -cortó sin rodeos-. Huiste porque habías conseguido algo que no era tuyo.

-Yo no me he llevado nada -dijo, pero estaba mintiendo. Sasuke lo notó por la súbita contracción de sus pupilas y, en ese momento, se dio cuenta de que lo habían arrastrado a un juego en el que la única regla era sobrevivir.

La desató y la metió en el coche de un empujón. Se sentó al volante y arrancó. Se deshizo del vehículo a unos doscientos metros del hostal.

- ¿Qué haces? -preguntó Sakura mientras la metía a empujones en el todoterreno-. ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

-Un par de minutos de silencio, para empezar.

- ¡No! Responde a mi pregunta. Dime quién eres y lo que quieres.

De forma involuntaria sus ojos fueron de su rostro a sus pechos. Sakura se ruborizó, y Sasuke se dio cuenta de que se estaba acordando de lo que había pasado en el hostal. Diablos, él también.

-Apréndete esto -dijo fríamente-: yo hago las preguntas, tú respondes.

-Tengo derecho a saber tu...

Sakura gritó cuando la agarró por los hombros.

-No tienes derechos, nena. Lo único que necesitas saber es que voy a averiguar por qué huiste y lo que has robado. Dónde ibas...

Sonó el teléfono móvil de Sasuke. El sonido le sorprendió. Sus hermanos sabían que estaba en el extranjero, así que no le hubieran llamado de no ser absolutamente necesario, y muy poca gente más tenía su número. Soltó a Sakura. Se recostó en el asiento, sacó el móvil del bolsillo y lo abrió.

- ¿Sí?

-Señor Knight.

Era el coronel. Sasuke recordó que le había dado su número.

- ¿Sí?

-Espero que esté haciendo progresos en la búsqueda de mi prometida.

Una palabra a Akasuna No y aquello habría terminado. Ni siquiera tendría que volver a Cartagena. El coronel no tendría ningún problema en mandar a alguien allí a por la chica.

-Señor Knight, ¿no tiene cobertura? Le he preguntado si había algún avance.

-Le he oído, coronel.

-Bueno, ¿lo hay? ¿Ha encontrado a Sakura? Sasuke miró a la mujer.

-No -dijo tranquilamente-, no.

Cerró el teléfono, lo volvió a guardar en el bolsillo y arrancó el Escalarle. Después, en lo que a lo mejor era el acto más ilógico de su vida, se inclinó sobre ella y le dio un largo beso. Momentos después, el hostal y el pueblo quedaron atrás, ocultos entre una nube de polvo y hojas.