Capítulo II
-¿Qué hago aquí?- Salí del baño ya, empuñando mi cuchillo atrás de la espalda. La mujer que parecía una criolla acomodaba la comida sobre la mesa y traía frascos de medicina también.
No me respondió, continuó con sus quehaceres de tender la cama, revisar que tenía sábanas limpias, si había paños limpios en el baño. Iba de aquí para allá con sus tareas.
Luego se acercó a mí que me había quedado parada y me tocó la frente y el cuello para saber si tenía fiebre. Estaba todavía quebrantada pero el mareo se me había pasado por completo.
-¿Qué quieren conmigo?- le gruñí exigiendo una explicación.
La mujer me miró cansadamente y musitó:
-No lo sé, señorita, yo sólo estoy aquí para atenderla, pero nada más-
-¿Quiénes son ellos? ¿Es usted también una prisionera, una rehén?-
-Bueno… acaban de traerme aquí ¿Sabe? Yo también vengo de San Isidro. Me trajeron, pero ¿de rehén? no. Yo he subido aquí porque me van a pagar muy bien- dijo con fuerte acento Zuliano. Evadía darme explicaciones, como si se avergonzara de algo.
-Pero usted sabe que yo soy una prisionera, que me han secuestrado. Y ¿Por qué subió a este barco? ¿No sabe que es el Venganza Negra?-
-Mejor no pregunte, yo voy a dónde me paguen, y este trabajo es mejor que todos lo que he tenido antes. Me pagan por cuidarla, no me quejo-
Estaba demasiado agotada como para seguir tratando de sacarle algo a aquella mujer. Ella no sabía mucho más que yo. Me dejé caer en la cama y la mujer me ayudó a arroparme. Quería quedarme acostada todo el tiempo, dormir y olvidarme de todo lo que me rodeaba.
La mujer se marchó en silencio como una sombra.
Sola otra vez estudié aquel lugar a la luz del nuevo dia, después de todo no podía hacer más nada. Lo que a un principio me pareció hermoso, ahora me parecía macabro. Había obras de arte sí, y finos adornos al más puro estilo Europeo, pero viendo detenidamente descubrí elementos muy extraños en la "decoración" del camarote:
Habían un escritorio de madera tallada en un extremo, cerca de la puerta del baño (baños en los camarotes de una carabela, y muy buen baño, por cierto. Parecían cosas de la aristocracia) y sobre éste distinguí objetos de brujerías, y en las mesas también, suponía que eran traídos de Haití, o África… Había un cráneo pequeño, como de un mono de la selva tropical y patas de gallina en el escritorio. De resto los objetos parecían amuletos, o cosas de extrañas religiones.
No se oía nada más que el rumor del mar y el golpeteo de la madera con el vaivén de la galera. Sin embargo de vez en cuando yo oía a alguien aullando, supuse era alguien más que estaba prisionero en alguno de los calabozos.
Pasé mi día inmensa en mis pensamientos y estudiando las curiosidades que encontraba allí. No volví a ver a nadie y con la comida que tenía ya me era suficiente.
Al caer la noche un viento helado entró por la ventana que yo, acostada en la cama me acurrucaba aún más. Aullidos venían traídos por el viento, y una espesa niebla se filtraba por las rendijas. Me paré a cerrar bien la ventana y nada se veía allá afuera. Una inmensa nada blanca llena de los olores del océano era lo que se extendía ante mí.
Jamás percibí el tamaño del mundo como en ese momento.
Me persigné ante algo que presentía totalmente sobrenatural, ese mar inmenso y aterrador. No tenía escapatoria posible y ante eso caí de rodillas y empecé a rezar llorando y aferrando mi crucifijo que había estado conmigo desde mi secuestro.
La imagen de mi celda en el convento, con sus flores y todos mis libros apareció ante mí, la imagen de mis compañeras y mis tareas diarias me agobiaron hasta la agonía. Yo quería regresar a mi convento porque no soportaba ese horrible mundo. Era el mundo ese infierno donde yo no tenía cabida.
-¡Oh Dios óyeme! ¡Sálvame! ¿Qué será de mí?- gritaba al viento marino que aullaba como respuesta.
Yo solamente estaba a salvo en mi convento y nunca debí salir de allí.
Corrí a la cama y me cubrí con las sábanas esperando no despertar nunca más.
-Bueno días-
Soñé con toda clase de tormentos, en especial con un hombre de cabello negro y ojos rojos que se me presentó constantemente en mis pesadillas. Un hombre totalmente de negro en medio de un océano agitado. Abrí los ojos y ya era de día y todos esos temores nocturnos con sus respectivos demonios desaparecieron con la claridad.
La mujer que me atendía estaba allí otra vez, con una bandeja llena de comida y ropas limpias para el baño y para mí.
-Debe comer para recuperar fuerzas, señora… Perdón no sé su nombre, no sé si es señora o señorita-
-¿Para qué quieren mi nombre? Para nada les voy a ser útil, dígaselo a su capitán. Nadie va a pagar ningún rescate por mí. No soy nadie importante-
-Bueno, la llamaré señora Carmelitas. Porque es de las Carmelitas ¿No es así?-
-Tal vez- murmuré con la mente en otra parte.
-Bien. Aquí tiene ropa si desea quitarse esos trapos tan maltratados-
-¿Ropa de mujer aquí en este barco? ¿Y eso?-
-Me la dio el capitán para usted. No sé de dónde la sacó- la mujer fue a abrir la ventana para que entrar el sol al camarote- ¡Vaya noche la de anoche! Dios santo, los espíritus están muy inquietos-
-Espíritus nada, señora, con Dios no existe nada de eso- gruñí ante tales supersticiones.
-Oh, sí existen señora Carmelitas- dijo y se persignó con ojos muy abiertos. El miedo había cruzado por los ojos de aquella mujer –Es que usted ¿No oyó nada anoche?-
No respondí, me quedé inerte en mi cama, ida. Todavía tenía las horribles sensaciones de mis pesadillas recorriendo mi cuerpo sudoroso.
Una lágrima rodó por mi mejilla, pero la mujer no notó nada, terminó su tarea matutina y me dejo en silencio, cerrando la puerta con cerrojo tras de sí.
Mis ojos estaban clavados en la ventana, el cielo azul del Caribe contrastaba muchísimo contra lo lúgubre del barco pirata. Lúgubre que y que cargaba una inmensa tristeza.
