Capítulo III
Había pasado tal vez un día más. Entre la ensoñación y la vigilia no podía identificar el tiempo, y sin ningún reloj a la mano menos. No había nada en la lúgubre habitación más que desconcierto, y esos artilugios de brujería.
Encontré una alfombra que tenía en el diseño la imagen de un demonio antiguo. Me persigné, y no olvidaba las palabras de la criolla que me cuidaba, lo de los espíritus… porque en el Venganza Negra era muy posible que la realidad se mezclara con el mundo de los muertos. Ese barco olía a muerte y a tristeza.
Tenía ropa limpia puesta y aquella tela de color amarillo pálido era fina, se sentía como nada que hubiera probado antes. Y estaba bastante fortalecida, gracias a la comida y las medicinas.
Nuevamente tocan a mi puerta y yo indiferente esperé a que la criolla me trajera el almuerzo como era costumbre. Incluso extrañaba a la mujer, era bueno ver un alma viva de vez en cuando. A veces tenía la sensación de que estaba sola en ese barco.
Pero cuál no fue mi sorpresa que en vez de ver a la mujer que me cuidaba, quien estaba ahí bajo la puerta era el mismo Capitán Pirata, y por segunda vez lo veía, era el hombre más hermoso que hubiera visto en mi vida, pero era hermosamente terrible.
Mi corazón saltó de miedo y empecé a sudar frío, pero lo mataría, o él me mataría a mí antes de ponerme un dedo encima. Estaba dispuesta a morir antes de que alguno de esos sucios me tocara. Así que enseguida busqué con sigilo mi cuchillo guardado en la mesa de noche.
-¿Por qué me mira usted con esa cara, señorita? Ah, claro, olvidé que cree que la voy a ultrajar- fue lo primero que dijo el hombre con su voz gruesa y tranquila. No había ninguna insinuación violenta en nada de él, pero aferré el recién afilado cuchillo y me mantuve distante.
-Por favor ¿Por qué me trajo aquí? ¿De qué le sirvo?- dije con rabia incontrolable, que me hacía saltar las lágrimas.
El Capitán Pirata entró y se paseó por todo el camarote como si fuera el suyo, con mucha naturalidad y luego se recostó contra la pared junto a la ventana, para poder disfrutar desde allí del paisaje y de la brisa marina.
Era un hombre bastante alto y delgado, totalmente vestido de negro al igual que la noche en que lo vi por primera vez, solamente que no llevaba su sombrero, y supe que era el hombre de mis pesadillas. El hombre de cabellos y barbas negros y ojos rojos, pero en la realidad no tenía los ojos rojos sino grises. Tan claros como la luna.
-¿Está cómoda?- me preguntó, yo no le respondí, luego suspiró -Éste era mi camarote, señorita, se lo he cedido por ser usted una mujer. Entonces ¿Por qué está como si fueran estos los mismos infiernos?- me reprochó. Sí, se atrevió a reprocharme, y algo muy adentro de mí me decía que me tranquilizara puesto que no había ningún indicio que quisieran violentarme.
-¿Qué hago yo en su camarote?- le pregunté sin aminorar mi rabia.
-Ya se lo dije, porque es usted una mujer-
-Sí, soy una mujer y para eso están los camarotes. Es muy considerado el no tirarme simplemente al piso- saqué todo mi odio de dentro de mí aunque procuré actuar con astucia y precaución -Por favor, sólo soy una mujer enferma-
-Cree sin duda que aquí ultrajamos a las mujeres, como dice, tirándolas al piso y ya, que matamos niños y que somos unos seres que no merecen la piedad de Dios- el Capitán clavó sus ojos en mi crucifijo- ¡Eso dicen todos, eso piensan todos! Dígame, qué dice su Dios de hombres como nosotros, monjita-
-No soy monja, señor. Todavía no lo soy. Y lamentablemente nadie ha inventado nada sobre usted, son sus actos los que hablan- le dije tajante.
-Sí, y quisiera saber qué actos son esos que hablaron por nosotros...- me atajó con una mirada profunda –Dígame, monjita-
Me quedé callada.
-Cree que Dios ha abandonado este barco a su perdición, porque hemos matado a quienes se lo merecían. Todo lo demás que dicen que hemos hecho lo han hecho ellos mismos ¡Ellos! No nosotros ¿Entiende?-
El hombre se ofuscó como si estuviera viendo a sus enemigos allí mismo en el camarote.
-Deje de temblar como una gallina, señorita...-
No lo miré pues no pensaba decirle mi nombre.
-Señora Perla del Mar- me dijo él entonces con cierta gracia, y no sabía si tomarlo como burla- Es blanca como una perla, no parece una Caribeña- Me miró otra vez fijamente y no había duda de que aquel hombre era educado, muy educado de hecho. Un noble o algo, pues nada de bandido tenía.
-¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?- repetí secamente, con un valor que no sabía de dónde salía. Estaba preparada para enfrentar lo que sea que me tocara enfrentar.
-Yo soy el diablo, señora Perla- me dijo y se quitó de la ventana, las pesadas botas negras que llevaba retumbaban contra el piso de madera -¿No le da miedo eso, monjita?-
Me encerré en mi misma. No quería hablar nada con él, no quería saber nada de él. Con los ojos clavados en mí, él al fin sacó algo de la gaveta de su escritorio.
-Yo estoy con Dios, señor. Los que estamos con Dios no tenemos que temer nada del diablo. Tal vez debería hacer lo mismo, se nota que lo necesita-
Tranquilamente el hombre se me acercó con algo en la mano.
-Dios no está conmigo, Perla, yo soy el diablo- y me mostró lo que traía en la mano: Era la cosa más grotesca que pudiera ver, un frasco pequeño que contenía una criatura como del tamaño de un ratón, pero era humana, y tenía enormes cuernos sobre su pequeña y horripilante cabecita- ¿Le gusta mi diablito?- se rió el ante mi impresión.
-¿Qué piensa hacer conmigo?- supliqué una explicación, sudando frío aún más que antes. Demasiado indefensa me sentía, ante una muerte despiadada.
El Capitán Pirata se rió con gusto y se guardó el diablito en un bolsillo. Y eso me alivió muchísimo, pues me hubiera vuelto loca de permanecer allí encerrada con aquella criatura horrible allí conmigo.
-¡Tranquila, y deje de temblar que no tiene razones!- soltó ahora con malhumor y tras cerciorarse que todo estaba bien, sin decir más se retiró del camarote cerrando la puerta tras de él.
Aquella conversación, mi primer encuentro verdadero con el Capitán Pirata, me devolvió el alma al cuerpo, pues no había nada que me indicara que las cosas fueran como yo tanto temía. Fueron tres o cuatro días de agonía y recuperándome de mi enfermedad pensando lo peor, pero ninguno de los piratas vino al camarote y ninguno tenía que ver conmigo, solamente la señora que me cuidaba.
Ahora estaba segura que era una especie de presa política o algo por el estilo, de extremo cuidado para el Capitán Pirata, aunque no tenía idea de por qué.
