Supe que los esclavos habían sido liberados por los piratas, y ya era de mañana cuando eso.
Toda la noche la pasé rezando por aquellos miserables exterminados, y recé por el alma del Capitán también.
Ana fue quién me dio las noticias, porque yo desde mi ventana sólo había visto destrucción total.
Jack Morgan había venido al camarote donde aún estábamos nosotras dos y el viejo dice:
-Monjita, llegó la hora de que venga a hacer el trabajo para el cual fue traída a nuestro barco-
Yo me estremecí de pies a cabeza y la señora Ana se retiró enseguida con la mirada baja. Morgan se quedó esperándome implacable, pero yo estaba demasiado perpleja como para pensar en lo que iba a hacer.
-Muévase, señorita- me apuró el viejo pirata.
Nerviosa accedí, agarré mi pañoleta y me cubrí para salir a cubierta, o a donde fuera que me llevaran.
Efectivamente fue a cubierta, pero no vi al Capitán por ningún lado, lo que estaba allí era el grupo de heridos y el resto de hombres que trabajaban reparando el barco después del ataque de anoche. Morgan me llevó específicamente hacia a un grupo de gente que estaba arrinconada junto a los barriles de agua ¡Eran indígenas!
-Señorita- otro pirata se me acercó, si mal no recordaba era De las Casas, pues lo había visto anoche. El hombre me entregó un cuaderno forrado en cuero, junto con una pluma y tinta -Tome esto-
-¿Para qué?- revisé el cuaderno y vi que estaba en blanco, era nuevo.
-Para que tome nota de los acontecimientos. Especialmente lo que le voy a decir- me señaló al grupo de gente que tenían allí -Vea bien a los prisioneros, los verdaderos prisioneros. Se los llevaban a España y otros lugares de Europa ¿Sabe para qué?-
Dios mío, casi todas eran mujeres, niñas muy jóvenes y niños indígenas, todos muy maltratados y golpeados. Era una visión muy dolorosa. Solté una exclamación imaginando el destino de aquellos pobres niños.
-¡Por Dios, pero si algunas sólo tienen ocho años!- ver todas esas cosas con mis propios ojos era muy duro.
-Las de ocho años son las más buscadas- gruñó el hombre - Sabemos que usted es una de las monjitas que trabaja por los indios. Entonces tendrá mucho que escribir-
-No soy monja, señor. Ya basta con ese nombrecito por burla- le dije tajantemente.
Pero aquello no venía al caso.
Compadecida quería ayudar a aquella pobre gente. Los niños se tranquilizaron al verme y al oír que yo era "monja", y el rostro de esas atormentadas criaturas me partió el corazón. Ayudé en todo a los piratas para que los indios abordaran en un bote que uno de ellos llevaría hasta tierra.
Habían muy pocos botes en el galeón, de hecho, y los que habían estaban siempre custodiados, por lo tanto una posibilidad de escape en un bote era nula para mí.
Obedecí al hombre y luego de terminada las tareas que me distrajeron por un rato volví a mi camarote y empecé a escribir, desde mis experiencias de anoche.
Básicamente estaba allí como testigo, sospechaba que ése era mi trabajo de ahora en adelante.
No supe del Capitán en todo el día, y ya no estaba tan encerrada, ahora salía acompañada por Morgan o por otro pirata para hacer algunas actividades por todo el barco. Aún así estaba aterrada, me daba miedo el Venganza Negra. Parecía que en todo momento la muerte también me acompañaba.
El bote pirata había regresado a los indígenas con sus familias, y lejos de los Españoles. Fue en la noche que volvió al galeón, ya sin su cargamento.
Durante la cena se discutió de todo lo que decían los Españoles, de las nuevas noticias que habían escuchados de los ocupantes, ya muertos, del bergantín. No entendía mucho de lo que oía, no conocía a ninguna de esa gente de la que hablaban, ni de los problemas que tenían pero no tardaría en familiarizarme, de eso no tenía duda.
Estaba involucrada en un nuevo mundo.
El Capitán Pirata no cenó con nosotros, así que yo estaba allí como una persona invisible. Pero eso me dio la posibilidad de meditar y de sentirme más a bordo del barco, de observar el mar y lo que me rodeaba. Yo suponía que cada hombre de esos tenía una historia, y ¡Vaya historia! En sus rostros se veía la experiencia.
Pero también pensaba que cada uno de esos hombres tendría una muerte horrible, y era como poder ver una sombra fantasmal sobre cada uno, sentenciándolos.
Así que apartaba la mirada, porque me daba miedo. Y me daba pena.
Y por alguna razón imaginar al Capitán Pirata al borde de una horca, o frente a un pelotón de fusilamiento, me dio dolor. Pero me resistía sentir compasión por ese demonio, o por ninguno de esos piratas.
Deseé regresar a mi camarote, porque al menos el Capitán se dignaba a hablar conmigo. Los otros piratas no se atrevían ni a tocarme...
Cuando al fin me llevaron después de cenar, caí en la cama, y tenía el cuaderno allí, recordando a los indígenas y a los hombres caídos al mar. Pobres almas todas, me compadecí profundamente y lloré, aunque esta vez no sabía exactamente por qué lloraba.
Tal vez estaba desahogando demasiados impactos en mi vida en tan pocos días. Después de que me había pasado treinta y ocho años sin hacer nada, ahora me arrastraba una aventura indetenible de la que no estaba tan segura si rechazaba rotundamente.
