Capítulo VII
El barco parecía no adentrarse en el mar profundo, la brisa era cálida y el aroma me indicaba que seguíamos en las aguas del mar Caribe.
El mar calmo parecía una inmensa laguna negra que chispeaba con el reflejo de las estrellas.
Con el tiempo dejaron de echar cerrojo a mi puerta, tal vez yo estaba logrando engañar a los piratas haciéndome una mujer incapaz e inofensiva y así se olvidaban de mí. Pero igual yo no me sentía segura de salir y mucho menos de noche. Pero esa noche en particular sentí el deseo de contemplar el mar y las estrellas en popa después de la cena.
Por consideración me dejaban comer en el castillo de popa y no con el resto de la tripulación, en las cocinas, bajo cubierta. Fontenay decía que una mujer sola en un barco era siempre un peligro. Yo a eso respondía que podían muy bien desembarazarse de ese peligro en cualquier costa.
Me sentía muy confundida… no sabía si extrañaba el convento como lo hacía antes. Me habían tranquilizado los días libres, sin amenazas y con la certeza de que no le interesaba a ninguno de esos hombres.
Ahora que estaba bien y que podía valerme por mí misma ¿Devolverían a Ana a tierra? Me preguntaba si Ana quería irse si es que no le pagaban más. Estaba igual que yo, sin nada que nos esperara en tierra.
En medio de la oscuridad oí unos pesados pasos golpetear la madera. Cualquier cosa podía hacerlo a uno persignarse frío de miedo. Un viento frío me causó un escalofrío por todo el cuerpo… los pasos se acercaban y yo estaba sola.
Giré sobre mis pies con violencia y busqué en la oscuridad lo que fuera que se acercaba. Lo reconocí por el sombrero.
-¿Esperaba ver un fantasma, monjita?- pronunció su grave voz.
Respiré otra vez pero igual de nerviosa.
-El océano de noche parece hechizado- comenté secamente.
-Lo está-
-No creo en esas cosas ¿Usted ha visto algo?-
-Sí- me respondió dándome la cara y aunque estaba oscuro, un ligero resplandor que emanaba del mar y de las luces del barco le iluminaron el rostro y lo vi muy demacrado.
Estaba parado al lado mío, alto y elegante, con sus ojos clavados en mí y se veía enfermo, pero igual y con esa palidez y ese cansancio me estremecí por su belleza y por su forma de mirarme.
-No le he visto más- dejé de mirarlo enseguida.
-He estado enfermo…-
-Oh- de repente sentí una gran compasión, aunque no se la merecía- Sabe yo he cuidado enfermos. Podría ayudar-
Me observó callado y no supe qué le pasaba.
-Lo decía por si a caso. Ya lo sabe- me encogí de hombros.
Él suspiró, contempló el mar conmigo un rato y me inquietó muchísimo. Pero no era él, era yo. Era lo que estaba sintiendo.
-Estoy haciendo mi tarea, lo que me encomendaron, capitán- dije muy obedientemente –Lo de llevar nota- tomé aire - Quiero decirle que…- mi orgullo no me dejaba pero por el bien de mi vida me convenía comportarme- Fue algo muy noble lo que hizo, eh, lo que hicieron ustedes-
Él asintió… me inspiraba tanto temor, su porte, su mirada recia… tan dura.
-Usted ha trabajado por los indígenas, señorita- dijo vagamente.
-Sí señor, siempre me he preocupado por la gente de mi país, toda la gente. Es… muy triste lo que está pasando-
El Capitán Pirata sonrió sorpresivamente y aquello que hizo saltar el corazón ¡Oh Dios! ¿Qué me pasaba? Era el hechizo del Caribe, ese calor, esa brisa marina, ese encanto del agua azul y las noches estrelladas… Estaba siendo atacada por sentimientos pecaminosos por un extraño al que debía odiar.
Era lo último que quería en esta vida. La tentación nunca me había debilitado pero ahí estaba en esa situación extraordinaria a la que había sido arrastrada, y esas tentaciones por primera vez empezaban a agobiarme. Pero sería fuerte, estaba ante un demonio, un demonio de verdad y los demonios era seductores.
-Usted es muy diferente- el Capitán se me acercó como si tuviera el poder de adivinar lo que sentía. No soportaba sus atrevimientos -¡Vaya señorita la que me encontré!- otra vez le notaba ese tonito.
Su presencia era imponente, podía sentir el olor de su ropa. Debí ser un noble, un hombre tan fino no era un bandido de naturaleza. ¡Pero esa mirada! ¡Esos ojos terribles! ¿Por qué eran así? ¿De dónde había salido? ¿Por qué se había convertido en eso?
Me alejé de él incómoda y él se rió.
-Yo…creo que ya me retiro- balbuceé.
-No se irá todavía- dijo y me saltó el corazón. Ese hombre provocaba eso en mí por diversas razones.
-Estoy cansada… ¿Por qué no habría de retirarme? A estas horas no debí estar aquí-
-No se irá porque yo lo ordeno-
Le clavé los ojos con reproche. Mis labios temblaron como queriendo responderle a eso, pero no salió sonido de mi boca.
El Capitán Pirata se me acercó demasiado, su rostro contra el mío, como buscando presentir mi aroma ¿Qué me haría aquel demonio? Mi crucifijo debía protegerme, le rogué a Dios.
-Usted es mía, ya se lo dije. Si yo quiero la hago mía cuando quiera- sonrió.
Terrible demonio, la ira golpeaba mis ojos con lágrimas ardientes. Hombre maldito.
Pero sus palabras amenazantes no concordaban con sus intensiones. No hacía nada. Como una tonta me sentía ante sus burlas y sus juegos.
-¿Por qué no saca su espada y me asesina de una vez?- solté con la rabia contenida. ¿Por qué aquel hombre era tan contradictorio? Yo no era nada para él, era la mujer una muñeca, un cuerpo para el placer sin alma- A hombres como usted no les basta la miles de prostitutas que tienen en cada puerto- mi ira me hacía soltarle todo en la cara con la esperanza de que eso lo hiciera sacar la espada -No le importa nada... no le importa lo sucio y asqueroso que puede ser- le soltaba todo lo que yo pensaba de los hombres, porque me gustaba pero él mismo hacía que ese gusto se volviera odio -Para usted no soy más que un pedazo de carne, y no sé cómo pueden vivir... cuando un pedazo de carne que usan a su antojo fue la que le dio la vida. Lo peor para una madre es parir hombres como usted-
Creí que la rabia que despertaría en él lo haría matarme allí mismo, hombre fiero y terrible, pero el Capitán Pirata se quedaba parado con mirada perpleja, desconcertándome aún más.
Le volteé la cara y enfrenté el mar pues seguía la idea en mi cabeza de querer lanzarme a esas aguas y ser devorada por tiburones antes de que ese hombre pensara en hacerme algo. Suspiré con profunda tristeza.
-Debe estar cansado de que se le regalen, porque la mayoría de las mujeres prefieren rendirse ante ustedes que soportar la discriminación o que las tomen a la fuerza...Pero yo no- volteé y le clavé los ojos con odio -Me dan miedo, me repugnan, por eso me metí en mi convento. Yo prefiero morir antes de que me toque un hombre-
Entonces el viento trajo consigo sonidos de ultratumba, unos extraños sonidos que venían de las aguas negras, y que hicieron que mis piernas flaquearan…
-Vaya al camarote, señorita- el Capitán cambió de tono, ya no jugaba. Ahora estaba muy serio- ¡Vaya y cierre la puerta!-
