Capítulo VIII

Me odiaba a mí misma por haber sentido debilidad por ese hombre. Porque su presencia y su aroma me embriagaban con un hechizante encanto. Y yo para él no era nada.

Por eso nadie me molestaba, por eso todos los piratas no se atrevían a tocarme, porque yo era del capitán. Una posesión, un trofeo prístino recién salido de un convento para alimentar su inagotable perversión cansada de mujeres fáciles.

Me encerré en el camarote y tuve intensiones de echar agua en la tina, agua muy fría y sumergirme allí y lavarme pues me sentía sucia. Quería olvidar. Pero no lo hice.

Odiaba las amenazas y las burlas del Capitán, me daban demasiado miedo. Con los ojos aguados me quedé frente a la ventana. El viento me azotaba el rostro, y las gotas de agua de las olas que se estrellaban contra la madera... el mar se había agitado como si algo sobrenatural pasara por el barco.

Con un estremecimiento me acosté en la enorme cama rodeada de cortinas y me saqué la ropa hasta quedarme solamente con la enagua y tomé mi cuaderno, con la sospecha de que tenía entre mis manos el destino de aquellos hombres, y acurrucada me tapé con la sábana hasta la cabeza. Recé mis oraciones nocturnas y esperé que el sueño me cegara...

Estaba en un mundo diferente, rodeada de gente diferente, mi vida había cambiado completamente… inevitablemente yo estaba convirtiéndome en una mujer diferente.

Aunque eso no me daría paz, si el sueño se apoderaba de mí era muy posible que la imagen demoniaca del capitán con aquellos ojos rojos infernales me atormentara en pesadillas.

El golpeteo de las ventanas, el susurro del viento, el oleaje del mar. No podía dormir... las cosas de vudú y las horribles imágenes que decoraban el camarote me aterraban de noche. No lograba conciliar el sueño. El tic tac del reloj...

Y unos gritos desgarradores...

Dios mío, me santigüé sudando frío. Eso no era un espíritu, eso era un hombre, el mismo hombre que oí la otra noche...

Ruidos como de gente corriendo, los pasos se oían a través de las paredes.

Petrificada me quedé en la cama y sospechaba que no iba a pegar un ojo en toda la noche...

-Señorita-

Oí que tocaban a mi puerta.

-Señorita, abra- oí mejor y era Ana.

No le iba a abrir, me hice la sorda con las sábanas cubriéndome hasta el cogote.

-Señorita tiene que abrir, es urgente-

No pude resistirme más, algo estaba pasando. Como si nuevas energías hubieran fortalecido mi cuerpo me paré y me puse el vestido amarillo.

-¿Qué pasa, Ana?-

Ahora sí estaba angustiada, el hombre que gritaba debía estar muy herido.

-Abra señorita, es su deber- decía Ana. Una vez vestida y con los zapatos abrí la puerta y la mujer cargaba una vela, pero no estaba sola, Morgan venía con ella.

-Tiene que venir a hacer el trabajo para el cual fue traída a este barco- me dijo el viejo pirata y torcí el gesto. Creí que ya me habían ese trabajo.

Ya veía que había algo más...

Muy asustada no me quedaba de otra que seguir a Ana y a Morgan a donde fuera que me llevaran, en medio de la noche.


Los piratas y Ana me llevaron bajo cubierta, y pasé por donde dormía la tripulación... pasamos esos pasadizos de literas desordenadas y llegamos hasta el fondo, un pequeño cuarto que parecía un camarote, pero no era al lado de la cocina donde dormía Ana, no, era otro lugar.

Y allí estaban reunidos Fontenay, de las Casas, otro pirata y todos cuidaban a un hombre que yacía en una cama...

-Oh Dios ¿Qué pasó, Ana?-

Era el Capitán Pirata que estaba tendido en la cama, sin camisa...pero lo más extraño de todo era que al hombre lo tenían maniatado. Me recordó a los enfermos mentales, pobres desvalidos en manos de gente cruel.

-Pero ¿Qué hacen? ¡No lo amarren así! No ven que está enfermo- reaccioné con compasión.

-Él no está enfermo, monjita- gruñó Morgan.

-¿Como que no? Ignorantes- protesté y fui a atender el Capitán. Le quería quitar las amarras, no soportaba el maltrato hacia los enfermos.

-¡No le quite las correas!- me advirtió De las Casas de repente sujetándome del brazo. Me zafé enseguida.

Los hombres me dejaron revisar al capitán y cumplí con mi función de enfermera: No tenía fiebre, pero sudaba muchísimo y estaba terriblemente agitado. Era él el hombre que gritaba de noche.

Me cercioré que no estaba herido ni enfermo...

-¿Qué le pasa a este pobre miserable, Ana?-

La mujer no me dijo nada, más bien se quedó rezagada y temerosa, no abría la boca. Fue Morgan el que habló:

-Señorita monjita, necesita que le rece... Porque al capitán lo persiguen-

-¡Claro que deben perseguirlo, a todos ustedes! ¡Y eso no se cura con rezos!-

-No señorita... no es hombre alguno...-

La mirada de todos los piratas me desconcertó mucho, pero yo tenía las de ganar allí, me necesitaban. Pero no podía entender lo que ocurría, lo único que me llegaba a la mente era que el capitán estaba bajo la influencia de algún narcótico.

El odio que sentí por él hacía un rato se había desvanecido. Lo veía como un monstruo pero no era más que un ser humano como yo, con sus fragilidades, sus sufrimientos y temores.

-Díganme qué le pasa a este hombre. Así no puedo ayudarlo- exigí a los piratas una explicación –Lleva varias noches gritando, lo he oído-

Esas criaturas ignorantes, estaban todos atemorizados. Imaginé que en su ignorancia le habían dado quién sabe qué al capitán. Recordé todos los artilugios de brujerías que había en el camarote.

Brujería, narcóticos, esas cosas eran muy comunes.

El barco se agitó ante el embate del mar y el capitán se estremeció, tratando de liberarse de las amarras con los ojos aterrorizados, y estuvo a punto de gritar, y yo ante eso solté una exclamación "¡Dios mío!"

-Es eso. Monjita, tiene que ayudarnos- el viejo Morgan ya no parecía tan amenazante. Estaba con el rostro lívido. Entonces se persignó.

-¿QUÉ PASA?- me molesté con una punzada de miedo-¿Quién persigue al capitán?-