Capítulo IX

El hombre suspiró y se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa.

-Hace cinco años estuvimos en su país, Venezuela, con un sólo propósito: matar al jefe Realista Montenegro ¿Oyó usted hablar de él alguna vez?-

-Ehh- me sonaba el nombre, hacía memoria- ¿Que no fue el gobernador de Margarita?-

-Así es- confirmó Fontenay y el capitán gritó, inmerso en terribles pesadillas. Se me hizo a la idea de que fue el nombre "Montenegro" pronunciado por el Francés lo que lo hizo gritar.

Los piratas presentes, de los cuales no conocía ningún nombre, hicieron todos silencio, como si un importante hecho fuera a ser narrado por primera vez en cinco años.

-El capitán había jurado matar a ese hombre, por cinco años lo perseguimos por todo el Caribe. Morgan es testigo de eso, él estuvo con el capitán desde mucho antes que todos nosotros...-

El viejo pirata asintió con ojos torvos.

-Fue una cacería terrible, monjita- continuó Fontenay con expresión amenazante -Jamás el Caribe ha sido testigo de una ira así. El capitán sólo veía a través de los ojos de la venganza-

-"El Venganza Negra"- susurré -Cinco años antes y cinco años después...- calculaba yo -¿Eso significa...?-

-Que el capitán es pirata del Venganza Negra desde hace diez años- me aclaró Fontenay con reserva, como si hablar de eso fuera un tabú.

-¿Y qué lo arrastró a esta vida? ¿Qué lo hizo pirata?- inquirí muy inquieta, confiándome demasiado-Usted dice que hace diez años no lo era, no era pirata. Y este hombre ¿Qué edad tiene? Como unos cuarenta...-

-Tiene cuarenta años recién cumplidos... El resto, eso no lo puede decir nadie más sino el capitán, monjita. Usted oiga nada más lo que tiene que oír- contestó secamente el Francés -Hace cinco años el capitán, una noche borrascosa, endiablada por una tormenta, pronunció un terrible juramento-

Todos los presentes se estremecieron y Ana ya no quería estar más allí. Yo en cambio me sentía en medio de un baile indígena en el cual yo estaba fuera de lugar y en el que no creía nada.

Fontenay se paseó por el cuarto y observó con compasión al hombre tendido en la cama al que tenían maniatado.

-Pidió ayuda al diablo ofreciendo su servicio y su alma si lograba matar a Montenegro que por cinco años se le había escapado- concluyó.

-El capitán estaba desesperado, no sabía lo que hacía- lamentaba Morgan con un rostro que daba pena- ¡Uno jamás debe pedir ayuda al diablo! ¡Nunca!- exclamó y los ojos le brillaban -Entonces se negó matar a gente inocente después de eso, y por esa razón el diablo castiga, oh sí... El patas de cabra lo persigue ahora implacablemente... porque ofreció su alma-

-¡Ahh! ¡Por Dios!- bufé pero con un nudo en la garganta -El diablo es esa cosa vudú que tiene en la botella ¿Dónde está?- solté ante tanta ignorancia y superstición -Esa botella que lleva encima ¿Dónde?-

-No, señorita Perla, no es así... Yo lo he visto- le salió poca voz a Fontenay.

El Francés era alto, de cabellos castaño claro y muy refinado si uno podía verlo sin su aspecto de pirata.

-¿Que ha visto qué?- yo insistía en no creerles nada aunque por dentro sintiera las punzadas del miedo.

-A eso, el espíritu que persigue al capitán. Parece un hombre, igual a él... pero no lo es-

Abrí mucho los ojos y el corazón golpeó mi pecho... "Parece un hombre igual a él igual a él pero o lo es".

-Señorita, si ve a algún hombre en algún momento y cree que es el capitán pero no está segura, huya, porque no lo es- sentenciaba Morgan.

No decía nada, estaba algo impresionada: recordé mis pesadillas con la constante imagen del Capitán Pirata con ojos encendidos como el fuego... No era él, era el diablo lo que estaba viendo. En mis pesadillas vi al demonio que perseguía a aquel hombre.

No podía creer eso, me sacudí esas ideas de la cabeza, pero no era nada fácil tratar de conservar una creencia en medio de un mundo que me afirmaba lo contrario...

-No es eso, es esa cosa de la botella. Díganme dónde está- exigí que me respondieran.

Los hombres no sabían, entonces yo proseguí y busqué con mis ojos la casaca negra que el capitán llevaba puesta siempre, y que le habían quitado. Encontré sus ropas puestas sobre una silla y corrí a buscar la desagradable criatura en la botella. Registré cualquier bolsillo que pudiera tener la casaca y encontré el objeto metido en un pliegue oculto de sus ropas.

Se me enfrió la sangre pues era lo último que quería hacer en aquella noche siniestra, tocar aquel diablito grotesco...

No me quedaba de otra que sostenerlo en mi mano y sacar aquella cosa lejos de nosotros.

-Con permiso. Si quieren que yo ayude, debemos deshacernos de esto- les hablé con claridad y sin vacilar.

Algunos hombres retrocedieron aterrados y se santiguaron al ver la botella en mi mano, se apartaron de mi camino y me dejaron salir.

Con el corazón agitado y sudando frío me dispuse a recorrer aquella galera en la oscuridad con el diablito en mi mano que me hacía temblar las piernas de miedo. "Es el diablo que lo persigue" oía la voz de Morgan en mi cabeza y la imagen del hombre de ojos de fuego muy parecido al capitán se me aparecía por los rincones.

No importaba ya si creía o no, tan sólo el oír la historia que me contaron, tan sólo con que ellos afirmaran haber visto al diablo en el terrible galeón pirata ya bastaba para congelarme la sangre de terror.

Llegué a cubierta, al mismo lugar donde hacía unas horas tuve mi última conversación con el Capitán Pirata, y las olas del mar que se estrellaban contra la madera me salpicaban toda la ropa.

Agarré fuerte el diablito y esperé que amainara el viento y apenas pude, con todas mis fuerzas arrojé la botella muy lejos del barco. En medio del oleaje y del ruido escuché el impacto del objeto que había caído al agua para perderse en las profundidades para siempre.

Suspire muy aliviada, y el viento sacudiendo mi cabello me quitó todas las pesadillas.


Regresé al cuarto rápidamente y me senté en la cama junto al capitán y me sentí un poco arrepentida de todas las palabras que le escupí hacía unas horas, una buena Cristiana no hacía eso.

Yo era demasiado impetuosa para ser monja,y a veces sentía el fuego de la venganza en mi interior. Eso ya lo había notado antes. Tal vez el destino me había arrojado allí para decirme que estaba en el camino equivocado.

Le tomé la mano al desvalido hombre y empecé a rezar. Me nació rezar por su alma endemoniada y con un pañuelo fresco y húmedo comencé a secar su cuerpo tembloroso y cubierto de sudor.

Recé por él de corazón, afligida y preocupada, compadecida. Le quité las amarras que habían dejado su piel marcada y enrojecida.

A todos ellos los esperaba la muerte, a todos, y me daba mucha pena.

Era un hombre joven todavía y muy hermoso, con los cabellos negros cayendo sobre un pecho bien formado y fornido que algún día sería colgado en una plaza ¿Por qué se había vuelto pirata? Nadie me diría eso nunca.

Todos nos quedamos en silencio y poco a poco mis oraciones obraron sobre él. Nunca había experimentado un exorcismo, sabía que eso existía pero nunca pensé en eso. Ahora lo estaba viviendo.

Dios estaba sanando esa noche al Capitán Pirata.