Para cerrar este fic antes de que se me olvide, mis HC sobre el origen de los saints. Como siempre, sufrirá mil ediciones en los días próximos.

Afrodita reunió el orgullo acumulado por siglos. Ella era una deidad primordial y no caería ante mortales.

Incluso ahora su mayor virtud residía en conocerlos y tener la paciencia para esperar el momento en que su condición humana los traicionara. Sus miedos y necesidades puestos en los otros, sus vínculos. Esta ocasión no sería diferente. Pese a la dureza de la cual presumían, debajo de esas armaduras eran tan frágiles como el resto.

–Mmm permíteme contarte una historia. Bien sabes que son necesarias unas palabras antes de tanta violencia. Es preciso que sepas cómo llegamos a este momento donde tratas de matarme –dijo la diosa, sin un rastro de duda, a aquellas amazonas de Atenea.

SAINT SEIYA PRIMORDIAL

IV. Historia

La Guerra Santa entre Atenea y Hades llegó a su fin mientras el Olimpo observaba silencioso cómo la diosa de la estrategia crecía en poder y sabiduría.

Cuando el Inframundo cayó, los dioses se reunieron en torno a los tronos de los padres del Olimpo. Aquel era el territorio de los dioses, donde el reflejo dorado de sus cosmos los ocultaba a unos de otros.

–Atenea no cederá, es la protectora de sus ciudades y ya tres dioses han caído por su mano: Ares en un portador, Poseidón a punto de despertar y Hades. Tiene una orden joven pero poderosa, dispuesta a todo por ella. No debemos esperar más. Es momento de detenerla –Hera golpeó el piso con su báculo. Como madre y líder de los dioses, ella tomaba las decisiones hasta que Zeus reencarnara.

–Razonará si al menos lo intentáis, no quiere ver la destrucción de una pugna. Mostradle que hay una manera de lograrlo con palabras –Afrodita alzó la voz, lo que sorprendió al resto, acostumbrados a verla callar.

–¿Y qué haremos con su ejército? Tienen más impulso que disciplina, actuarán incluso si ella les prohíbe hacerlo, al igual que sucedió contra Hades –Apolo intervino molesto, desde su trono coronado de soles.

–Sus huestes fueron menguadas en esa batalla, cayó la élite y dejó su recinto vacío. Le quedan sólo niños a los que les impusieron una vida protegiendo un mundo que ni siquiera conocen. Bastará darles libertad, que vean lo que arriesgan actuando de manera imprudente –Afrodita habló de frente a una furiosa Hera.

–Pareces muy segura de que tan poco será suficiente… –Hera la retó–. Tú, que has pasado los días en el Nuevo Mundo, ¿te unirás a ella cuando llegue la confrontación?

–Perseguimos fines diferentes. No renunciaré al mío, como tampoco al lugar que me corresponde en este consejo. No quiero una guerra y pactaré si eso ayuda a evitarla. Así que, estaré con ella.

–¿Hasta el final, Afrodita? –Hera rio ante las pretensiones de la diosa de la belleza.

–Hasta donde sea necesario.

oOoOo

Sabía que llegaríamos a este punto. Siempre sucede, a lo más, tarda. En cada era llega la Gran Guerra, los dioses forman alianzas y se enfrentan hasta eliminarse.

Ha sido de ese modo desde los días antiguos, cuando al inicio, el cosmos dio forma al caos primordial de la Gran Voluntad. La hostilidad surgió entre las deidades y al ver venir el enfrentamiento, crearon las órdenes.

Atenea y Ares fueron los primeros, nadie sabe a ciencia cierta quién comenzó, fue parte de sus secretos militares. Otorgaron los dones, la égida y la lanza: ella a sus héroes y él a sus hijos.

Surgieron entonces las órdenes bélicas, destinadas a enfrentarse como el día y la noche hasta teñir la tierra de rojo.

Ares formó la llamada Legión de Sangre, todavía temida por sus violentos guerreros, a los que elige entre los que quedan en pie sobre los campos de batalla y los somete a un rito de paso para librarlos de la debilidad humana. En este punto no quedan muchos, sólo sus generales; descubrió que es más fácil usar la ambición al interior de otras huestes.

Pronto sus ejércitos fueron imparables, representando una amenaza para el resto. Por ello, Poseidón y Hades forjaron armaduras con Hefesto y las entregaron a los suyos, para proteger al Inframundo y lo que quedaba de Atlantis. Al poco tiempo acabaron envueltos en el juego de la guerra.

Los gemelos, Apolo y Artemis, vieron el peligro sobre ellos y crearon las órdenes del Sol y la Luna, ambas guiadas en la más estricta tradición antigua. La primera sería guardiana del mundo diurno, reuniendo a los guerreros más honorables. Con sus héroes, las musas, sibilas y oráculos, todos nacidos en la tierra de los dioses.

Los santos empezaron como asunto de hombres, pues en aquel momento no se suponía que la sabiduría o la fuerza fueran para nosotras. Y así se mantuvieron hasta que Artemis arrebató el secreto a los varones, para reclutar y entrenar a las doncellas espartanas. Con ellas protegería la plateada noche. Hoy conserva la milicia de cazadoras, con huérfanas, niñas perdidas y desesperadas rescatadas por la diosa y formadas en toda su disciplina y estrategia.

En el pasado Hermes también tuvo una orden, los mensajeros de los dioses, preparados para defenderse del resto y crear portales entre el Viejo Mundo de los dioses y el Mundo Nuevo de los hombres. Sin embargo, al igual que el resto de los santos, fue menguada por el tiempo. Hoy vaga solo entre las tierras, aunque, al igual que yo, ya está acostumbrado a mezclarse entre lo mortal.

Por su parte, el herrero Hefesto, que nunca fue adepto a lo fastuoso, tomó unos cuantos guerreros exiliados o caídos en desgracia y los armó como ningún otro. Mantuvo así la paz con sus hermanos.

Los padres de los dioses debieron intervenir ante aquella masacre y convocaron a los héroes fieles a ellos. Surgieron de ello el hoy extinto Batallón del Rayo y la orden Reina; la más grande y poderosa, que dirigió esta Era gracias a los dioses primordiales. Con un general por casa altar como vigilante de los preceptos de los dioses, hoy son ellos los defensores de las antiguas formas de vivir.

Por último, algunas nos abstuvimos de la gloria obtenida en la lucha.

Al ver cómo los hogares eran destruidos, Hestia, la que ama a todos por igual, formó La Hermandad. Una familia de doncellas, neutral ante todo conflicto, que daría auxilio a quien lo necesitara, sin importar a qué dios siguiera. Y mientras los otros tenían frases llenas de orgullo por servir a sus dioses, ellas tendrían una oración: "que la flama de mi vida no se extinga en este día". Aunque su tradición se mantiene, su culto quedó en el olvido.

Deméter y yo mantuvimos tan sólo sacerdotisas aún bajo el riesgo de un baño de sangre, ¿por qué la primavera o el amor habrían de involucrar espadas? Desde los días de la mitología no he tenido más que una armadura, un regalo de Hefesto. Nunca necesité combatir, mas en esta era hay algo mal. Parece que es inevitable una gran confrontación y seremos los eslabones más débiles los primeros en caer. Lo sé hace mucho, como sé que aquellos carentes de fuerza debemos usar la astucia.

Los que moramos el Olimpo no somos lo único ni más oscuro que habita el Viejo Mundo. Nos observan desde las profundidades los dioses primordiales y sus creaciones, quienes aunque guarden silencio son temibles.

ooOoo

Las ciudades cayeron y el culto se fue diluyendo. En este punto las artes de santos son apenas una sombra de lo que alcanzaron en el pasado, si acaso se pueden llamar ejércitos. Con los siglos es mucho el poder fuera de las órdenes Olímpicas, hay exiliados, desertores y Antiguos maniobrando al margen de las guerras santas.

Con el paso del tiempo nos volvimos tribus, cada una con sus propios ritos y costumbres. Los santos de Atenea tienen su santuario, sus rangos, sus máscaras. La distingue el no usar armas, le basta la protección de las estrellas. Y aunque por momentos ha palidecido, siempre regresa con el mismo grito de batalla "¡Por Atenea!". Lo hizo después de Troya. Lo hace después de cada Guerra Santa con Hades. Lo hará hoy.

Siempre he dicho que pensar en los santos como una unidad ha sido el gran error de los dioses. Las órdenes son diversas, cada santo es diferente, tienen sus propios deseos y temores. Los mortales son más que trozos de carne a veces hermosos, tienen un impulso vital diferente al nuestro. Y he visto caer tantos reinos a causa de tal omisión…

Pero nada humano me es ajeno. Por ello sé reconocer el poder cuando está frente a mis ojos y estoy por hacer mi apuesta. Desde la primera vez que vi a los santos de Atenea, siendo un circo apenas, supe que el futuro quedaría en sus manos y los he seguido desde entonces.

Pese a las batallas, ella no ha despertado por completo. Sigue siendo mitad humana, su nombre aún es Saori, conserva afectos impropios de su condición. Y sus santos… es difícil describir lo que me provocan. Esperé tanto tiempo por algo como ellos. Por fin puedo presenciar el regreso de una época de héroes y no la dejaré ir aunque el Olimpo así lo desee.

El héroe, Pegaso, está preso por sus propias emociones que por momentos no sabe descifrar. Sin embargo, será leal hasta el final pues en su corazón no hay dudas.

El receptáculo de Hades, Andrómeda, es un pequeño lleno de culpa por un destino que no eligió. Ya sabe que ni con la derrota podrá ser libre de la estrella maldita que lo alumbra desde su primer día.

El heredero del conocimiento, Dragón, trata de ser sabio pero es todavía muy joven para la responsabilidad ante él por la pérdida de su maestro.

El niño perdido, Cisne, deseando volver a los buenos días, añorando un pasado que no regresará, e ignorando las bendiciones que le otorga el presente.

Y el mayor, Fénix. Oh ese hombre, lleno de una furia que ni siquiera entiende. En el Inframundo fue roto por un poder mucho mayor y ahora ha de buscar su propio significado.

No son los únicos que han derrotado dioses. Lo sabemos, no hay descanso para los malditos. Les permitieron volver, no obstante, cada uno recibió un castigo por despertar fuerzas que llevaban siglos en reposo y con ello reavivar las viejas rencillas.

¿Qué haré? Lo que siempre ha funcionado con los mortales: darles lo que quieren. Ellos harán el resto. ¿Verlos de ese modo parece mezquino? Lo es. Mas en este juego de hombres, ¿qué puede hacer alguien como yo sino sobrevivir?

Y sé que todos quieren algo, ya sea amor, redención, sabiduría, compañía, libertad... Primero les dimos tiempo, un año desde su gran combate contra el rey de la muerte. Y ahora esperamos a que den el siguiente paso.

Otros ya lo han dado, atacando a la Hermandad de Hestia y rompiendo los pactos implícitos. Las fuerzas de los dioses ya están en movimiento.

No podemos hacer mucho respecto a nuestro final, esta historia siempre ha sido una tragedia. Y siendo los griegos expertos en ellas, juro que será digna de contarse.

Que comience la función.

FIN DE LOS DÍAS PERDIDOS

¡Y acabé! Bueno, estrictamente empecé, pues se supone es el preludio de Saint Seiya Primordial. Espero en algún momento acabar el capítulo 1, donde ahora sí reúno a los bronces. Gracias a los que leyeron esto.