¡Hola!

Traigo aquí otro drabble escrito para el fic tag que publiqué hace un año en Twitter (soy muy lenta escribiendo peticiones, sí). Aunque no usé ninguna de las prompts del evento, aprovecho para subirlo durante la EngSpa Week.

Esta vez se trata de un drabble ambientado en un AU de Fantasía Medieval.

Espero que os guste~~


Cinco años

Arthur sabía que Antonio en aquel momento solo fingía estar dormido. Su respiración seguía siendo pausada, su boca seguía estando entreabierta y su cuerpo seguía ocupando la mayoría de la cama, obligándole a estar encogido en una esquina, con una pierna casi colgando por el borde.

Cualquier otra persona no habría notado la diferencia. Pero cualquier otra persona no había pasado tantas noches junto a Antonio —tantas, pero no las suficientes. Nunca serían las suficientes.

Arthur también sabía por qué Antonio estaba haciendo aquello. Seguro que creía, de forma cabezota, casi infantil, que de aquella manera estaba peleando contra el tiempo, haciendo que se detuviera en ese instante, como una escena pintada al óleo. Ellos dos enredados en las sábanas, tranquilos, felices.

Juntos.

Por supuesto, la de Antonio era una batalla perdida.

La luz que se colaba por entre las cortinas se estaba haciendo cada vez más clara, el canto de los gallos se escuchaba en la distancia, el palacio empezaba a despertarse.

Arthur nunca había sido propenso a remolonear en la cama por las mañanas, era de los que se acostaban tarde, se levantaban pronto y compensaba unas horas de sueño claramente insuficientes a base de infusiones variadas y fuerza de voluntad. Antonio, por su parte, era como una marmota. Todos los días dormiría al menos un par de horas más si no le despertaran cada mañana para que cumpliera con sus obligaciones.

Nunca antes Arthur había deseado tanto poder remolonear entre las sábanas un poco más. Era consciente de que debería levantarse y abandonar la habitación antes de que algún criado le descubriera en los aposentos de Antonio.

Antes de que algún criado descubriera a un simple caballero en los aposentos del príncipe heredero.

Antonio gruñó por lo bajo, fingiendo despertarse, y Arthur desvió la mirada antes de que pudiera pillarle mirándolo. Era el peor momento para ponerse sentimental.

Con un esfuerzo sobrehumano y mientras Antonio bostezaba, desperezándose, Arthur se levantó en busca de sus ropas, esparcidas por el suelo de la habitación. Podía notar una mirada fija en su espalda, mientras se preguntaba quién de los dos sería el primero en hablar.

—No entiendo por qué ni siquiera han esperado hasta después de la boda —acabó murmurando Antonio.

Arthur se limitó a seguir vistiéndose. No podía admitir en voz alta que lo prefería así. Una cosa era saber que Antonio —no, que Su Alteza—, iba a casarse. Otra muy distinta era tener que soportar toda la ceremonia, la celebración, la parafernalia, mientras fingía alegrarse porque la persona que más le importaba en el mundo se unía hasta la muerte con alguien que no lo amaba. No se atrevería a pretender adivinar qué se le pasaba por la cabeza a la reina Bonnefoy, pero aquel no era más que un mero matrimonio político entre dos territorios que llevaban en guerra desde los dioses sabían cuándo. Dudaba que el amor fuera una de sus prioridades a la hora de acceder al enlace.

Eso era lo que más le aterraba.

Arthur no cometería el error de subestimar a Antonio y pensar que solo era sonrisas y palabras amables. Ya lo había hecho una vez, la primera vez que sus caminos se cruzaron, y había acabado dando con sus huesos en tierra y una espada besándole el cuello. Debajo de aquel rostro alegre ardía un fuego feroz. En combate era implacable. Era un líder respetado por sus soldados y querido por su pueblo. Con la corona de heredero ceñida parecía crecer, el orgullo —arrogancia, incluso— envolviendolo como una capa.

Pero su gran defecto era su honestidad. Quizás en otra vida, en otra persona, habría sido una cualidad positiva. En un terreno tan envenenado como la política, y más la política de aquella reina de ojos violetas y sonrisa coqueta, la incapacidad de mentir era tan peligrosa como ir al campo de batalla sin armadura ni espada.

Y él no iba a poder hacer nada para protegerlo.

A partir de aquella tarde, ni siquiera estarían en el mismo reino.

Sospechaba que su cercanía con el príncipe era el motivo principal por el que le habían destinado al nuevo grupo conjunto que viajaría al Sur para guardar el Paso de Taralia. A Antonio simplemente le había dicho que era normal; era uno de los caballeros más diestros en la Guardia y era joven, y el príncipe lo había aceptado sin cuestionar posibles razones ocultas. Tal vez otra persona habría pensado que sería más inteligente enviarlo con Antonio al reino vecino, que hasta hacía poco más de un lustro había sido siempre su enemigo, para protegerlo en una corte ajena y hostil. Pero Antonio no tenía motivos para pensar que Arthur no le había dicho la verdad. A fin de cuentas, hacía años que se había arrodillado ante él y había jurado no mentirle jamás. Y podía enorgullecerse de haber mantenido aquel juramento hasta el día de hoy.

La mayoría de las veces, simplemente, omitía información.

—Son cinco años, ¿verdad? —Antonio le agarró de la manga del jubón. Arthur clavó la vista en el dosel de la cama. Por el tono de voz, sabía que tendría los ojos húmedos y quiso ahorrarle el haber visto sus lágrimas.

Antonio era demasiado orgulloso como para suplicar, aunque ambos sabían que estaba aterrorizado y que lo que había tras sus palabras era una petición, más que una pregunta. En dos semanas estaría en una corte extranjera, en un reino cuya sangre había derramado en el campo de batalla. Arthur quería creer que la reina Bonnefoy intentaría que no le mataran, pero eso no haría su vida menos complicada.

—Te veré en cinco años, ¿verdad? —repitió Antonio, como si los dos no tuvieran claro que Arthur le había escuchado la primera vez y que el problema era que no sabía cómo contestarle.

Cientos de soldados viajaban al Paso cada año, para proteger la frontera entre el mundo de los demonios y el suyo. Después de cinco años de servicio, se concedía un permiso de varios meses para ir donde uno quisiera, antes de regresar al frente.

Eso se suponía.

La verdad es que nadie sobrevivía cinco años en el Paso. Servir allí era un orgullo y una condena.

Le estaba pidiendo lo imposible.

Arthur lo sabía, Antonio lo sabía.

El silencio empezó a alargarse como una sombra. La sensación de urgencia, de tiempo agotado era cada vez más intensa, más acuciante. Ninguno de los dos parecía tener prisa por volver a hablar, por despedirse.

Cuando decidió que no podían retrasarlo más, Arthur carraspeó.

—Que vuelva en cinco años… ¿Eso es una orden, Su Serenísima Alteza? —Se giró para agarrarle la mano a Antonio y llevársela a los labios.

Antonio le miró, y Arthur fue capaz de distinguir el momento en el que aquellos ojos verdes pasaron de ser los de la persona que más amaba a los de la persona a la que servía.

Aquella fue su única respuesta.

{o}

Meses más tarde, entre la oscuridad, el acero y la sangre, Arthur seguía recordando esa mirada como si hubiera ocurrido el día anterior. Durante los escasos momentos de reposo, se llevaba los nudillos a los labios, como si estuviera besando de nuevo la mano de Antonio.

A esas alturas, el príncipe sería ya el rey consorte de Françoise Bonnefoy. Nunca había sido suyo, y ahora lo sería aún menos, pero no le importaba.

Lo único que importaba era aquella mirada, aquella promesa.

Desde que había sido nombrado caballero, Arthur nunca había desobedecido una orden de Antonio.

No pensaba empezar ahora.