El Viajero.
Capítulo 3.
El halcón y el ratón.
Movía ampliamente su panorama, para saber dónde se podría encontrar, sabía que estaba cerca; no, tenía que estar cerca, podría jurar que su corazón casi sale de su pecho con el ver aquella temida silueta a tan solo unos pasos de distancia de ella, sentía como su miedo le recorría la espalda en forma de sudor frío.
Su mirada regresó al punto dónde la sombra se encontraba, sorprendiendo a sus ojos. En el fondo, ella deseaba que no se encontrara nada en ese lugar y que sólo hayan sido paranoias suyas, pero la vida no te da lo que deseas.
En aquel lugar había algo que creía imposible hasta hace poco, el punto oscuro que daba la sombra empezaba a moverse de aquel punto fijo y bidimensional en el que se supone debería estar y comenzó a emanar del suelo, como si la figura sobre el piso quisiera salir del piso, tomar esa forma humana que plasmaba en el suelo. Era como una película de terror, aquellos segundos la tenían paralizada mirando con incredulidad y horror aquella escena, sabiendo que si era el villano en verdad, ella estaba acabada.
No importaba cuan armada y lista estuviera, no tenía como enfrentarlo y mucho menos dónde esconderse, estaba acorralada. La sangre fluía a velocidad por sus venas, sintiendo el ritmo salvaje y acelerado en sus oídos, como si fuera una fanfarria para el peligro en el que estaba expuesta.
El agarre en su rifle aumentó a medida que veía como la sobra salía por completo de la superficie, estaba embonando la figura de Black casi a la perfección pero sólo había un enorme detalle que destacaba la extrañeza del acontecimiento: estaba cubierto totalmente de negro, pero no era una figura sólida como se esperaría; no, era transparente, eso podía percibirse al ver los escasos rayos de sol atravesar la silueta del hombre, era una sombra viviente.
No poseía facciones en su rostro o detalles de su vestidura, sólo era una sombra andante de aquel monstruo, y no tenía el lujo de subestimarlo pues ella era poseía una gran desventaja. El miedo le recorría el cuerpo de todas las maneras posibles, dando por primera vez una respuesta positiva en su cuerpo.
Un escondite no significa que sea el refugio, uno lejano bastaría. Uno lejos de la entrada, pero cerca de ella.
Y así su mirada se paseo rápidamente hasta encontrarse con un escombro de techo y pared aún unido, formando una especie estructura triangular en la que podía caber por debajo. El cual se encontraba a 20 pasos de distancia, pero a 10 pasos de él.
Pero no había otra opción.
Respiró hondo, sintiendo como su abdomen dolía al contraerse nuevamente, sintiendo sus nervios llenar la parte baja de su cuerpo, haciéndola más pesada para mover. Pero el dolor no debía ser nada en esos momentos, no debía dejarse vencer en tal momento, no cuando aún tenía alguien a quién esperar, quien la esperara a ella.
La sombra no parecía moverse, sólo estar quieta en su misma posición durante varios segundos. No la miraba a ella, no miraba algo, miraba solamente a la nada, lo cuál extraño puesto que aquel individuo nunca hesitaría en atacar a un ser humano frente a sus ojos, tan a su merced.
Era un momento arriesgado, pero tenía que jugársela.
Podría llegar ahí más rápido corriendo de frente al lugar, pero sería más seguro rodear unos cuantos escombros lejanos para no estar en su línea de fuego. No podía estar segura si la estaba mirando o no, si todo esto era un juego de casería que empezaría cuando a él se le plazca o cuando ella decidiera empezar a moverse.
«Él puede sentir mi ki, ¿Por qué no se está moviendo?¿Por qué no me ataca?» se preguntaba ella, observando que no movía ni un solo dedo, ni apartaba su mirada. «¿Qué demonios planea?»
¿Debía aprovechar y correr o debía aprovechar y atacar?
Era un dilema con el nunca se había topado antes, nunca salía sola desde que todo el desastre empezó, nunca salía a investigar sola, ni siquiera cuando toda su familia ya no estaba se encontró sola.
"Ah, es cierto" sonrió amargamente al recordar un detalle. "Bulma, el señor Vegeta y Trunks… Siempre estuvieron conmigo."
No era el momento para recordarlos, no era el momento para recordar. Suspiró despacio para llenarse nuevamente de valor.
« ¿Y porque no hacer las dos cosas?»
Sin pensarlo más, dio un paso firme para más tarde tomar más fuerza en aquel impulso en sus piernas y utilizarlo para correr a través de los escombros, con el sonido de sus suelas derrapar en el descuidado y sucio concreto con la vista fija en su refugio.
Y fue ahí cuando lo sintió, aquella barrera y el calor que producían aquellas ráfagas de energía que producían sus manos.
Y tan rápido como lo sintió, decidió derraparse en el suelo tomando dirección con sus piernas al suelo, como solía observar en los campos de béisbol antes vivos, apuntando hacía la entrada del escondite. Y con la suerte de poseer sus buenos reflejos, logró esquivar el ataque por los pelos pero su derrape fue bastante brusco así que la velocidad no fue la necesaria para entrar al escondite, por lo que tenía escasos segundos para entrar ahí.
« Así que ese bastardo sí me podía ver.»
Estando en el piso sólo tenía que gatear 5 pasos para tener un resguardo a la vista del hombre, y tenía que aprovechar esa cortina de polvo y humo que se había generado para que el no pudiera verla cuando se escondiera pero tampoco quería que le escuchara al momento de hacerlo, así que trato de hacerlo veloz y sigilosamente. Y justo al llegar, él paró en el lugar en el que ella había derrapado, pero después de eso no se movió, ni pronunció una palabra o suspiro, sólo permaneció quieto en su lugar.
¿Qué demonios? — susurró la chica, tan bajo que las palabras no salían completas de lo callada que quería ser, pero la situación era demasiado extraña como para ser un encuentro a solas con el temido Black Gokú.
Pero notó cómo el hombre volteó a sus espaldas, casi apuntando al lugar dónde ella se encontraba, en un punto dónde podía ver con claridad que ella se encontraba ahí. Esperaba que él se aproximara a ella o uno de sus ataques ya que estaba descubierta con muchas aperturas, pero no fue así. Sólo contempló el lugar para después recorrer su mirada por todos lugares, sin parecer notarla a ella de nuevo.
«¿Por qué? ¿Por qué no me atacó?» veía confundida como él se quedaba ahí, como si fuera una estatua. «¿Qué mierda está pasando?»
No quería seguir perdiendo valiosos segundos estudiándolo a él y pensando qué es lo que estaba haciendo pues él se encontraba de la misma manera, sin poner ni una sola defensa. Para ella también era un momento perfecto para atacar, aunque su cuerpo ardiera en dolor por la barrida brusca en el suelo sus brazos aún podían sostener y apuntar el arma. Podría atacarlo también.
Algo podía ser casi seguro y es que él no podía verla, o al menos esa era su teoría que podría explicarle el porque no la mató, por lo tanto, tampoco podría ver desde dónde recibiría un tiro. El problema es que claramente puede escucharla, con un afinidad que solo la soledad de la calle podría brindarle, así que él sabría que una bala viene hacia él y sabría de dónde proviene, poniéndole al descubierto.
Toda esta situación era un todo o nada. O decidía arriesgarse o decidía rendirse.
«Mierda, mierda, mierda.» Sabía que si fallaba el tiro, estaría acabada.
Quería seguir con vida, seguir viviendo, seguir luchando. Ella no era una creyente pero…
«Kamisama, por favor…»
Tomó con firmeza su rifle y dejó que su corazón enloqueciera con sus latidos, apuntó hacia la cabeza del hombre sombra frente a ella y levantó su cuerpo para quedar en cuclillas y de esa manera poder tomar carrera y escapar hacia la guarida subterránea.
Y sin importar el resultado, decidió tirar del gatillo.
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Hace más de unas horas que los barcos ya habían cruzado esa línea que divide el mar y el cielo, que ya no podría verlos desde esa distancia; sin embargo, seguía contemplando el horizonte. Era el primer atardecer que contemplaba en esa isla, un cielo que apagaba sus llamas rojas y se teñía de morado y azul, queriendo ceder el paso a la noche que había obligado a ser fría.
Llevaba tiempo practicando en lo más alto de la montaña, batallando con aquella sensación que predominaba en sus manos, en ella habitaba aún aquel sentimiento de inmenso poder que experimento a través del anzuelo.
La sensación era tan vívida y fresca que si no fuera por sus pies posados inmóviles sobre la tierra juraría que aquel momento se repetía en ese instante.
La intensidad, la fuerza, todo; todo quedó grabado en sus manos, el como sentía desde el mango del arma que no podía resistir más y cómo sucumbía desde sus adentros, sin soportar la intensidad del golpe.
Sólo unos cuantos monstruos del bajo mundo le habían desafiado de tal manera, pocos semidioses poseían una fuerza igual pero nada; absolutamente nada se le comparará a aquel encuentro. El dolor en sus manos y músculos aún permanecía ahí, reviviendo en su piel.
Era demasiado fuerte. — el impacto se podía asimilar al choque que tuvo con Te Ka aquella vez, era parecido el crujir de su anzuelo.
¿Cuánto tiempo llevaba sin tener un rival digno de su poder?
Los monstruos del inframundo no podían comparar esa sensación todos juntos.
Estaba frustrado, claro que le preocupaba y hasta asustaba el hecho de tener un rival sumamente poderoso que sin problemas en un suspiro le mandaría de nuevo a la isla en que estuvo atrapado; sin embargo, aquella adrenalina inundar como veneno sus venas le emocionaba, que después de ese tiempo que contemplaba a la nada sin tener idea de qué hacer en el mañana ni su monotonía al fin podría contemplar el mundo con ganas de poder conquistarlo todo.
Que una nueva y poderosa meta había llegado a su vida: Derrotar a ese bastardo.
Observó a su mini yo en su pectoral sonriendo al ver como apuntaba a su tatuaje de las islas de Hawái, sabiendo lo que quería decirle el pequeño.
¿Que quién fue el ser maravilloso que creo las islas? Sí, así es, ese soy yo. — sonrió con altanería al ver como el tatuaje tomaba a Manai- ka- lani y arrastraba con fuerza las islas dibujadas a la supuesta superficie, halagándole su gran fortaleza. — La grandeza que tuvo ante él lo intimidó, ¿No es así?
Y con ello recordó de igual manera lo duró que fue para él traer la tierra fuera del agua, era pesada y ruda. Sí, aquel extraño no sería rival para él.
La noche pasó rápida, el hechizo del claro de Luna terminó por caer sobre él y lo venció en lo alto de la montaña, dejándolo rendido en el suelo calvo de pasto después de haber practicado toda la noche en aquel pico de la montaña.
Pero aún encontrándose en el sueño y descanso, en el fondo sabía que había un sentimiento que no encajaba con sus sueños. Sentía el pecho oprimido, como si un peso hiciera agonizar a su corazón a pesar de encontrarse envuelto de personas alabándolo y haciéndole una estatua enorme en su honor, era un sentimiento que lo tenía paseando su mirada con preocupación a su alrededor, como si hubiera una entidad que estuviera al acecho. Algo que no le permitía gozarse como debería.
Era una sensación que erizaba el vello en su ser que provenía de un lugar y a la vez que lo buscaba, a la nada. Estaba en todas y partes y al mismo tiempo en ninguna, podría marearse incluso de tanto girar la mirada entre el supuesto túmulo de personas.
Un sentimiento que perduró toda la noche, y que sorpresivamente lo dejó dormir, perduró toda la mañana y pasó por el arco de la tarde como si empezara adherirse a sus sentidos.
Y con el pasar de los días dejó de tener esa suerte que dejaba avanzar su vida en el ritmo normal que solía disfrutar, ahora la sensación de ser observado perduraba e intensificaba con la caída de los ocasos.
Era como si… Hubiera dejado de ser el halcón que acechaba al ratón.
Y al llegar a aquel pensamiento, llegó a su mente la imagen del temible halcón que creía lo estaba acechando desde las mismas alturas: aquel extraño.
Su mano aún temía por el poder que poseía aquel hombre de los cielos, no pasaba ni un día en que ese miedo le impulsara a mejorar, en que las vibraciones de poder de aquel impacto no llegaran a sus sentidos antes de dormir. Y su mente ideaba un plan para engañarlo una vez que regresara, porque ésa era preocupación que le atormentaba; el que volviera, no quería enfrentarlo, siendo sincero le aterraba hasta los huesos tener un combate contra aquel, pero los humanos lo necesitaban, Moana le confió la isla a él.
¿Pero porque arriesgarse a enfrentarlo si puede engañarlo? Era la salida más viable; para él, para la isla, para los habitantes y para su orgullo. Sí, sólo tenía engañarlo audazmente.
La cuestión es ¿Cómo?
Sus orbes oscuros se dirigieron hacia la pequeña Moana y su apuesto mini yo al sentir unos pequeños toques en su pecho, con mirada interrogante al extraño llamado de ellos. Y su expresión cambió a una extremadamente sorprendida y entusiasmada.
¡Eso es! ¡Pero que gran idea he tenido! — miraba con ojos animados la selva que lo rodeaba, y una sonrisa se expandía a lo largo de su rostro, pero los tatuajes de su yo y la chica lo reprimían con su figura. — ¿Ahora qué? — pero no respondieron la pregunta, simplemente mantuvieron su posición. — Ay por favor, somos como un equipo, ¿No? Las ideas son de todos, en conjunto. — pero ellos sólo golpeaban el suelo falso con sus pies, mostrándose insatisfechos. — Bueno, cómo sea, entre ustedes y yo, yo sí puedo hacerlo.
Y sin más apretó el agarre de su anzuelo y se convirtió en el ave grande y majestuosa que tanto le gustaba cambiar. Tenía un plan para abandonar aquella piel de ratón.
Tenía que trazar la ruta correcta para guiar al invasor en su próxima venida, tenía que ser un perfecto recorrido "turístico" hasta el mundo bajo, para llegar a la parada final y estelar. Era un lugar del que no podrá salir, al menos por la eternidad.
«Soy un genio». Se alababa mientras surcaba los cielos, sin eliminar esa sonrisa fanfarrona de su pico.
Un trueno seguido de otro, relámpago tras relámpago, nubes grises y siniestras ocultaban los escasos rayos de sol que le quedaban al día.
El cielo se partía nuevamente.
Y muy dentro de su ser sabía lo que significaba. Aquel cambio de escenario ya lo había presenciado, al fin había llegado el día.
Supongo que será un paseo exprés entonces. — y con las garras temblando decidió ir al mismo lugar donde la apertura en el cielo de la otra vez se había presenciado, preparado para llevar a quien sea que pase la barrera a un infierno eterno.
Tras un sonoro trueno que parecía llevar el eco de toda una montaña derrumbarse, un agujero oscuro se hizo paso entre el firmamento grisáceo y nublado, todo era igual a la ocasión pasado sólo que con un detalle que no había contemplado. La apertura no apareció en mar abierto, apareció sobre es islote de Motu Nui. Por lo que apresuró su vuelo antes de que el extraño pudiera siquiera salir enteramente de su madriguera.
Incluso desde esa altura escuchaba los alaridos de la gente preocupada, igualmente temiendo que éste suceso no se volviera a repetir. Pero no estaba ella para ayudar a su gente, para ayudarlos a guardar la calma, para resguardarlos. Y él no era capaz de hacer eso, no ahora que tenía que evitar que cruzara la brecha.
Esperaba que al salir, el hombre lo atacara como previamente lo había intentado, pensando que la razón por la que volvió era para terminar lo que no pudo hacer, sin embrago; no tuvo que esperar demasiado para que el extraño saliera de allí, se había preparado para este momento, para poner fin a su conflicto.
Lentamente se asomó una cabellera negra, y a medida que empezó a caer su corazón se desembocó en la adrenalina que todo parecía ir en cámara lenta por un momento. Y lo que contemplaban sus ojos le aterraba, lentamente el extraño salía, mostrando aquella vestidura extraña, inquietantemente inmóvil.
Cuando salió por completo del agujero, Maui estaba listo para atacar con la velocidad que había mejorado en ese corto periodo de "entrenamiento", y también estaba listo para esquivar y defender todos los puntos débiles que sirvieran como trampas y atacar. Pero sus orbes intensos no registraban ningún movimiento. En cuestión de segundos, Black empezó a caer con mayor velocidad.
No podía bajar la guardia.
Para estaba claro que su oponente no estaba consciente. Y pensándolo bien, en realidad no le importaba si el extraño continuaba cayendo en picada, es más sería la manera más sencilla de acabar con el villano. Parecía que su plan había cambiado para bien, dejarlo desplomarse en la mitad de la selva dejaría muy mal herido al tipo si no es que hasta podría matarlo para su suerte.
El plan le caía como anillo al dedo. Pero la pequeña Moana que estaba al lado del pequeño tatuaje de sí mismo le decía que lo salvara.
—Debes estar loca para pensar que lo salvaré.— se quejó él ante tal petición.
Después de una pequeña discusión, escuchaba como la gente gritaba horrorizada al ver que el sujeto que se desplomaba caería en dirección al desemboque de la cascada, en le río que pasa por la isla. Ahí fue cuando el miró de mala gana a las personas en su piel, refunfuñando y renegando el hecho de no querer salvarlo. Pero ese pequeño duelo de miradas entre la pequeña Moana y él terminó por obligarlo a rescatarlo de mala gana.
Extendió nuevamente sus alas y con toda la fuerza que pudo reunir, se impulso para correr al rescate del que obviamente quería matarlo.
Estando a centímetros del cuerpo en caída del extraño, aún tenía la posibilidad de dejarlo caer y excusarse en que no pudo alcanzarlo, pero recordó que también hay una chica de carne y hueso que seguro se molestaría si escuchara de ese incidente. Estaba atrapado. De verdad tenía ganas de que el hombre se estrellara con esas rochas filosas y duras, de no tener que volver a presenciar esa aura tan poderosa e intimidante, de que todo esto tuviera un fin tan sencillo.
Movió con agilidad su brazo en la dirección que fluía el agua del rio, y con sus garras tomó el pie del hombre por aquella extraña tela que lo envolvía y dio su último impulso para despegar hacia arriba. La intensidad del movimiento levanto el agua a pocos metros bajo ellos, sin embargo; una ola que se levantó llegó a pegar la cabeza de Black y lo balanceó lo suficiente para golpearlo contra una palmera. El golpe pudo haber sido leve pero el balanceo provocó que Maui se desviara "sin querer" hacia sus lados, logrando hacerle un golpe sonoro.
Terminó por llevarlo lo más «delicado» posible hasta la costa que era el sitio despejado más cercano.
—Espero y ahora estés más contenta— tenía la intención de dejarlo ahí pero recordó que era un tipo bastante peligroso así que la única solución era llevarlo al pueblo. De todas maneras, se aseguraría de acabarlo si se atrevía a mover un párpado estando cerca de las personas.
En una pequeña choza, intentaron atender a Black pero no reaccionaba, tenía signos vitales pero tal vez lo mejor era que se quedará así y se recuperara poco a poco. Las personas no sabían que hacer.
—Deberíamos esperar a que despierte y si no lo hace, será tirado en el mar.— propuso el jefe, a lo que todos estuvieron de acuerdo.
Pasaron los días y no mostraba señales de despertar faltaba tiempo para que Moana regresara de su viaje de exploración, poca era la gente que se atrevía a visitarlo, más por miedo a ver los supuestos dones que poseía aquel ser.
Era el turno de Maui para visitarlo, en realidad no lo llamaría turno ni visita como tal, él simplemente iba a vigilarlo cada que terminaban de tratar al sujeto. Nadie en el pueblo aparte de los médicos, el jefe y él se atrevían a visitar al saiyajin, todos temían que en cualquier momento la bestia en él despertara, pero la gente empezaba a tranquilizarse cuando veían a Maui alrededor. No era una actividad placentera que le gustaba realizar, pero le agradaba que la gente le elogiara lo valiente que era al quedarse tardes y noches enteras así que había algo bueno de todo esto.
Eran momentos decisivos, horas dónde le estaban dando el poder de destruir la aldea entera. Pero él mismo había decidido perdonarle la vida, y la gente del pueblo respetaba esa decisión.
Pasaron las horas y el atardecer le estaba diciendo adiós al horizonte de la isla, él no podía esperar para salir de ahí de inmediato ya que cada minuto era un infierno, sea de aburrimiento, sea de suspenso. Aquellas ocasiones dónde el hombre recostado movía un dedo o arrugaba la frente con leves quejidos ponía el corazón del semidiós en al filo de su boca. Y mientras rememoraba esas situaciones, de la boca del azabache empezaron a salir quejidos, rompiendo el silencio que reinaba en el lugar, y a retorcerse de a poco sobre las sábanas en las que estaba recostado.
Alarmado Maui volteó y apuntó hacía él con su anzuelo, dispuesto a darle el golpe de su vida, y como reflejo llamó de un grito a la anciana a cargo, que el extraño estaba despertando.
Black se retorcía en su mismo lugar; su cuerpo empezaba a bañarse en sudor mientras los quejidos eran más y más audibles, movía más la parte de sus piernas por lo que Maui tuvo que ayudar a sostenerlas y no darle oportunidad a un accidente. Las «enfermeras» trataban de calmarlo pero nada funcionaba, decían que a lo mejor el efecto de las hierbas se estaba acabando o que dejaban de tener efectividad, puesto que su cuerpo ya se encontraba mallugado antes de la caída.
Entre tanto forcejeo, los nervios en la habitación aumentaban al paso en el que casi nadie era capaz de sostener al hombre, sus movimientos eran tan bruscos que las ayudantes era apartadas con facilidad, y nuevamente era él contra Maui.
De un momento a otro, Black abrió los ojos.
Extra.
El eco de las olas entraba como un tierno susurro por la apertura de la habitación, en la línea que traza la frontera del cielo anaranjado y el espejismo del mar se encontraba una esfera de luz ardiendo en llamas blancas, sumergiéndose en el manto de agua, como si buscara ahogar sus llamaradas, dándole fin a la luminosa tarde y abrir paso a la solemne luna. Un espectáculo que le gustaría disfrutar en las alturas de la montaña pero eso no sería posible, y lo peor de todo es que él mismo se había prohibido esa acción.
Miró con desdén al moreno que reposaba tan campante en el tapete del piso, esperando que su respiración abandonara su cuerpo y lo dejara a su suerte, pero la pequeña Moana lo estaba vigilando a él por igual.
De entre todas la islas, ¡de entre todas!, tenía que venir a traer problemas aquí.
Y cómo respuesta, el cuerpo del hombre se balanceo un poco a la derecha, alarmando al hombre de pelo rizado, callándolo inmediatamente.
Y rompiendo ese susurro que abraza de agua a la tierra, el sonido de un flatulencia provino del saiyajin.
