Cuando era pequeño su abuela le contó las 10 razones por las que el Branch Brook Park era lugar con un entorno incomparable y único. Y así se las enumeró al moreno.

Está abierto todo el año…

Hawaii no cierra nunca…

Tiene una historia épica…

Comparable con la de Hawaii…

Su festival del cerezo en flor es único…

Hay miles de festivales en honor a nuestra exuberante naturaleza en Hawaii y dioses consagrados a ella…

Se llega en seguida porque está en el centro de la ciudad…

Y respiras, por ello, contaminación…

Tiene un montón de actividades lúdicas…

Que no se pueden comparar con las miles de las que puedes disfrutar en las islas…

Son casi las 6 millas más bonitas del país…

Y ahí Steve no replicó.

¿Por fin te he dejado sin respuesta? – el otro sonrió estrechando al policía entre sus brazos bajo el calor de las sábanas. Notando su piel desnuda contra la suya.

Bueno… es que no puedo negar que sí, que ahora esa afirmación es cierta.

¿Ahora?

No sé si antes serían las 6 millas más bonitas del país pero sin duda mientras tu estés en ellas lo serán… - Danny miró a su pareja con el rostro inusitadamente rojo.

Eres muy tonto… - murmuró. Se incorporó para sentarse a horcajadas sobre la pelvis del Seal. Se inclinó y le besó. – Y no tienes ni idea de lo mucho que te quiero.

El moreno le miró con adoración y una sonrisa bailando sobre los labios del otro. Le devolvió el beso con suavidad y devoción. Acariciándolo con la lengua. Deleitándose en su sabor. Recorrió con sus manos el contorno musculoso de su cuerpo. Sus fuertes brazos, su marcado abdomen. Su
voluptuoso trasero.

Que siempre, aún cuando no se atrevía ni a poner nombre a lo que sentía, le había parecido espectacular. Y suculento. Hizo un movimiento con las piernas para atraparle y hacerle quedar tumbado sobre su estómago, con él encima. Se inclinó y pasó la lengua por su columna.
Le oyó jadear.

No te reprimas, Danno. Quiero que grites. Quiero que gimas. Quiero que me pidas más… más polla, más dureza… más… más… más… - Le vio ceñir las manos a las sábanas en sendos puños. – No voy a ser delicado, Williams.

Ni necesito que lo seas… - le oyó responderle. Con esas palabras, y por tanto su permiso, separó las nalgas del rubio, escupió sobre su pene y aquella anhelante apertura y empezó a penetrarle. Danny gimió escandalosamente.

Steve se rio con fuerza. Es posible que le hubiesen escuchado en la decimonovena planta del hotel, por lo menos.

Hasta el fondo, Marine. Sin miedo. – e hizo lo que le pidió. Arrancando un nuevo grito de él.

Se inclinó sobre su cuerpo para acercarse a uno de sus oídos y lamerle el lóbulo mientras le susurraba obscenidades. El propio neojerseita buscando ahondar en aquella penetración moviendo su retaguardia para acelerar el proceso.

Te la pongo muy dura, Steve. – volvió a morderle el lóbulo de la oreja, bajó a su cuello succionando y dejando su huella.

Jamás nadie me ha calentado como tú, Danno. Nadie… absolutamente nadie.

Fóllame, nene. – Aceleró las acometidas. – Sí, así, nene, así… - le notaba tan dentro. - ¡Dios, Steve, cariño!

Ambos habían tenido sexo con otras muchas personas. Pero lo que experimentaban desde el principio que se habían animado a olvidar sus reparos nunca lo habían sentido. Esa conexión inexplicable que les hacía poner el placer del otro por encima del suyo. Esa meta de lograr tocar el
alma de su compañero con cada caricia, con cada mirada, con cada beso.
Nadie les había hecho estremecerse de aquella manera. Con nadie habían sentido que quedaban satisfechos pero al mismo tiempo ansiosos de más. Soñando con vivir enlazados el mayor tiempo posible pero atesorando los momentos en que tan solo estaban juntos. El uno al lado del otro. Hablando, riendo, viendo una película, compartiendo alguna historia del día a día… Estableciendo esa rutina que muchos aborrecen pero que a veces debería ser lo más deseado. Porque en las vidas que habían llevado ya habían acumulado suficiente dolor e incertidumbre.
La rutina significaba paz. Traía noches de calma. Mañana de natación y café. Fines de semana de adolescentes con la música a todo volumen en sus cuartos y un niño aprendiendo a navegar bajo las instrucciones del novio de su padre, de su adorado tío Steve.

De conversaciones con Kono sobre los avances de su embarazo y la tan esperada llegada de la pequeña Noshimuri. A la princesa Moana le quedaba poco para aparecer junto a su Ohana.

Los jadeos y gemidos siguieron inundando la estancia. Las palabras y murmullos de amor llenando los corazones de ambos. Los ojos gritando sentimientos que ya no se escondían.

Ya no había ninguna duda. Se amaban. Y el miedo, el temor a expresarlo salió despedido por la ventana el mismo día que le dieron voz.

Ahora estaban frente a frente, con Danny sentado sobre su regazo. Le seguía cabalgando, aferrado al poderoso cuello de Steve, con el rostro escondido en él. Gimiendo suavemente. La frente perlada de sudor, rozando con sus labios la piel del moreno. Y murmurando de forma repetida suaves te quieros…

Y en lo único que podía pensar Steve es que lo amaba con toda su alma. Y que nunca había sentido nada como aquello.

Y, que inexplicamente y casi con seguridad, era el hombre más afortunado del planeta.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió que el placer casi le hacía tocar el cielo. Le estrechó con más fuerza aún y con un último movimiento se hundió más profundamente derramándose en su interior.

¡Oh, Danny, Dios mío!. Viviría haciendo el amor contigo lo que me reste de vida. – Le cogió el pene a su compañero para ayudarle a llegar al final. Con unas cuantas sacudidas le tenía hecho un manojo de temblores entre sus brazos mientras se corría sobre su abdomen.

El rubio fue incapaz de decir nada más que jadear, acurrucarse sobre él y cerrar los ojos mientras se dejaba acunar. – Te amo…

Steve sintió como los labios del policía le volvían a besar suavemente en el hombro. Sabía que estaba sin fuerza. Y él, solo podía hacer lo único que sabía en esos momentos y que haría siempre.

Sostenerle