Hola a todo el mundo.

Espero que hayan pasado una muy linda navidad y que se hayan cumplido todos sus deseos, no como a mí... Santa no me trajo a Sebastian Stan como regalo de navidad :'( En fin...

Hoy les traigo el último capítulo del año, ¿alguien más se siente tan emocionado como yo? Nunca pensé que llegaría tan lejos con este fic :P

No les detengo más, aquí se viene uno de mis capítulos preferidos porque... bueno, me encanta Bucky y hay que aceptarlo, todos en algún momento nos preguntamos que pasó con él en esos dos años que estuvo desaparecido. Sí, ya sé que de alguna forma terminó en Rumania, en Civil War nos enteramos de eso, pero como nada de eso pasó en mi fic... léanlo y averigüen donde estuvo ;)

Nos leemos en las notas finales.

Disfruten su lectura :D


Capítulo 11

Bucky Barnes/John Miller


No recordaba nada. No recordaba a ese sujeto que insistía en que eran amigos, que se conocían. Ese sujeto que se resistió a pelear con él, que recibió sus golpes sin defenderse.

"Contigo hasta el final de la línea, amigo", esa frase resonaba en su cabeza, se le hacía conocida de algún lado. La había escuchado antes. Tal vez hasta la había dicho.

No recordaba.

Él era un asesino, el sujeto con quien peleaba era su misión y debía terminarla.

El helicarrier explotó. El vidrio que los sostenía se vino abajo y ese sujeto cayó al río. Se sostuvo con su brazo de metal mientras lo veía caer al agua. El otro sujeto no salía, le vio hundirse cada vez más en el agua hasta que desapareció de su vista y sintió la imperiosa necesidad de sacarlo. La necesidad de salvarlo de la muerte. Algo en su interior le decía que no podía dejar morir a ese tipo. No a él. No le conocía, pero no le dejaría morir hasta averiguar quién era y de dónde le conocía. Se aseguró de que estaba vivo y lo dejó solo a la orilla del río, medio inconsciente, y se fue del lugar.

Necesitaba respuestas. Necesitaba recuerdos.

Su brazo humano se curó rápidamente y vagó por la ciudad en lo que se calmaban las cosas. Consiguió algo de ropa y una gorra con visera para camuflarse entre la gente de la gran ciudad. Sin saber cómo exactamente, llegó al museo, específicamente a la exhibición del Capitán América; el sujeto que no quiso enfrentarse con él. Así que así se hacía llamar: Capitán América.

Steve Rogers. Ese nombre le resultaba conocido.

Leyó y escuchó su historia, pero también encontró la historia del Sargento James Buchanan Barnes, el único miembro de los Howling Commandos que perdió la vida en combate. Pero no era cierto, él era ese tal James Barnes. Él era el sujeto que supuestamente estaba muerto desde la Segunda Guerra Mundial. Entonces, el sujeto, Steve Rogers, tenía razón; eran amigos y se conocían de toda la vida. Pero no lo recordaba. Y estaba dispuesto a descubrir la verdad y a traer de vuelta sus recuerdos. Necesitaba saber quién era. Necesitaba saber porque tanto interés de ese tal Steve en que lo recordara y volviera a ser quien era.

Necesitaba saber quién había sido en el pasado, pero le daba miedo encontrar la verdad. En el fondo sabía que no le gustaría lo que encontraría. No, no le gustaría ni un poco.

•••

Los días pasaban lentos y oscuros para él. No podía pasearse por la calle sin el temor a ser reconocido por alguien y que lo metieran a la cárcel por lo que había hecho; aún peor, que lo volvieran a atrapar y le obligaran a hacer cosas horribles. No quería volver a sentir dolor. Odiaba el dolor que le producía esa máquina en su cabeza. No podía dejar a la vista su brazo de metal, no era normal y podrían descubrirle. Debía esconderlo.

Enfundado en sudaderas grandes, guantes y gorras con visera para no ser reconocido y pasar desapercibido, vagó por toda la ciudad hasta que llegó a un barrio tranquilo donde, según pudo observar, solo vivían ancianos.

Iba pasando por la calle, tarde en la noche, y se acercó a un jardín para dormir. Llevaba más de diez días caminando y casi no había comido ni dormido en todo ese tiempo.

Durmió encogido junto a un pequeño portón que daba al patio trasero de una casa, pero en la mañana fue despertado por un suave golpe de una escoba. Despertó un poco desorientado, pensando que le habían encontrado.

El anciano que lo despertó aún sostenía la escoba con desconfianza, pero luego de un momento la bajó y le tendió la mano para ayudarle a levantarse. Le preguntó qué hacía ahí, de dónde venía y muchas cosas más, pero no respondió. Cuando el anciano amenazó con llamar a la policía le dijo que no tenía a dónde ir y que no recordaba nada, lo que no era mentira y que estaba escapando de unos tipos que lo habían amenazado, lo que tampoco era del todo mentira.

El anciano resultó ser muy amable y le ofreció su casa para pasar una temporada a cambio de su ayuda. No le vio nada de malo y aceptó. Tal vez viviendo como una persona normal lograra traer algún recuerdo a su mente.

La casa era bonita y acogedora. Al entrar sintió el aroma del desayuno que preparaba la esposa del anciano. Eran una pareja muy amable que solo se tenían el uno al otro.

Los señores Miller habían vivido en esa casa desde hace casi sesenta años, se habían casado muy jóvenes y enamorados. Aún ahora, se podía percibir ese amor en sus miradas al mirarse directo a los ojos. Nunca tuvieron hijos y la llegada de Bucky les alegró en demasía, lo trataban como al hijo que nunca tuvieron y como él no sabía su nombre, le llamaban John.

Estuvo viviendo con los Miller más o menos seis meses. Les ayudaba a hacer las compras, a cargar cosas pesadas y trabajaba en la tienda de víveres que tenían a unas cuadras de la casa. Le gustaba esa vida. Lo trataban bien, las personas eran amables con él en la tienda y siempre le sonreían y le daban las gracias. De vez en cuando le pedían que cortara el césped o podara algunos árboles y arbustos en las casa vecinas y lo hacía de muy buena gana.

Pero no todo en su nueva vida había sido tan bueno como hubiera querido que fuera.

Había tenido pesadillas cada noche. Algunas veces despertaba bañado en sudor y completamente alterado, otras veces despertaba gritando de dolor. En esas ocasiones los Miller llegaban a su cuarto asustados y la señora Anna le tranquilizaba. Le secaba el sudor de la frente con una toalla y le decía que todo estaría bien, que no estaba solo y que no tenía nada que temer. Y era ahí cuando su alma confundida, abandonada y necesitada de afecto sucumbía a sus palabras, a sus abrazos y su cariño; se abrazaba a ella como si se tratase de un salvavidas en medio del océano, se tranquilizaba y se dormía mientras ella le pasaba las manos por el húmedo y enmarañado cabello, mientras le murmuraba palabras tranquilizadoras y lo llamaba hijo.

Ellos no preguntaron por su brazo y él tampoco dijo nada, porque supuestamente no recordaba nada de su pasado y no querían presionarlo. Además no sabía cómo explicarlo.

Estaba muy agradecido con ellos. Les había tomado mucho cariño en esos meses. Había recordado algunas cosas también. Fragmentos de su pasado venían a su mente en esas ocasiones en que gritaba por las noches. Soñaba con las reprogramaciones y eso le hacía gritar. Recordaba el dolor, pero también recordaba su pasado. No le gustaba tener esos sueños, pero los necesitaba para recordar.

Fuera de las pesadillas era una vida tranquila, sin sobresaltos, y se estaba acostumbrando a ella cuando, un día, todo cambió.

•••

Cada dos semanas iba al centro de la ciudad a buscar la mercancía para el almacén. Las últimas veces que había ido, se había descuidado y no notó a un hombre que lo observaba fijamente desde el otro lado de la calle. No había sentido que alguien lo observaba y lo seguía.

Pero esa vez lo vio. Alguien le había reconocido. Tenía que irse.

Ese día, por la tarde, regresó con los Miller asegurándose de que nadie le seguía y durante la cena se despidió. Dijo que había recordado algo de su pasado, una dirección y la imagen de una casa, y que tenía que ir a buscarla para saber qué había pasado con él. Un poco tristes, pero felices de que John hubiera recordado algo, le dieron el adiós y le desearon un buen viaje.

Partió esa misma noche.

•••

Se quedó en la ciudad un par de días para asegurarse de que el tipo que lo había reconocido estaba tras su pista.

Tenía que alejarlo de los Miller. No podía permitir que alguien les hicieran daño. Ellos eran las únicas personas que lo habían tratado bien, que le habían dado un hogar, en los últimos meses.

Su instinto no se había equivocado. Tenía razón, el tipo le siguió un par de veces hasta que le hacía perder la pista en los callejones sin salida de la ciudad.

Cinco días fueron más que suficientes para despistarlo lo suficiente y se fue.

Dejó la ciudad para no volver.

•••

Viajando a merced de los camioneros que pasaban por la carretera, llegó a un pueblo minero donde estuvo trabajando por un par de meses. La paga no era muy buena, pero estaba escondido y lejos de los ojos curiosos.

Trabajaba en una mina de plata.

Uno de sus compañeros decía que el día en que compraran una de las máquinas que utilizaban en las otras minas del país, todos se quedarían sin trabajo. Casi no hablaba con ellos, trataba de mantener un perfil bajo para no llamar la atención, pero no debía quedarse en un solo lugar. Tenía que moverse para que no lo encontraran.

Como la paga era semanal, podía irse cuando quisiera y así lo hizo a la novena semana. Había estado juntando el dinero, y, un día sin más, dejó de ir a la mina.

•••

Seguía moviéndose por carretera gracias a los camiones que transitaban por ahí. Un par de meses después de trabajar esporádicamente en distintos lugares, volvió a Washington para ver cómo iban las cosas. Para saber si aún le buscaban allí.

Se acercó lo suficiente como para ver al nuevo compañero del Capitán América y le espió por un par de días. Le buscaba. Y eso solo podía significar una cosa: Rogers le buscaba.

•••

Siguió moviéndose por carretera. Pero en cada ciudad o pueblo que pisaba, se sentía observado y varias veces pudo escuchar los disparos de las cámaras. Le tomaban fotos para asegurarse de que era él. Le seguían y, como siempre, él hacía todo lo posible por quitárselos de encima sin hacerles saber que los había descubierto; se mezclaba entre las multitudes, entraba a centros comerciales, se perdía por los pasillos y salía por las puertas para el personal.

Compró un par de boletos de autobús un par de veces con destinos lejanos. No abordó ninguno de ellos. Era solo para despistar.

•••

Cada vez que dormía, soñaba. A veces eran sueños agradables donde compartía con un chiquillo rubio, pequeño y debilucho que le llamaba "Bucky". Según había podido ir armando en esos sueños, se había dado cuenta de que eran fragmentos de su pasado y que ese chico era Steve Rogers. Parecían muy unidos y eso le hacía entender porque el otro no había querido enfrentarse a él.

Eran amigos, hermanos.

Pero no lograba sentir lo que sentía su yo del sueño. Sabía que debía sentir algo, pero no podía identificar esas emociones como propias. Sabía que eran casi hermanos, pero no sentía al rubio como nada suyo. Solo una cara en sus recuerdos. Un nombre en el amplio olvido que era su pasado.

Ya casi no tenía esos sueños difíciles en los que gritaba por el dolor de la reprogramación y se sentía aliviado por ello, pero eso había disminuido los recuerdos que venían a su mente. Al parecer, esos dolores indicaban que su cerebro estaba trabajando duro para sacar esos recuerdos a la luz.

Se sentía confundido por la situación; una parte de él quería recordar desesperadamente y saber quién era en realidad, pero la otra parte le decía que, si recordaba a su antiguo yo, no le gustaría el resultado. Desde un principio había sentido esa sensación. No quería saber si había sido un hombre bueno, porque eso significaría darse cuenta de que ahora no lo era, que ahora era un asesino, que tenía las manos manchadas con sangre y eso le carcomería la consciencia. Esa parte de él prefería permanecer en la ignorancia.

Había decidido no dormir. Solo dormiría cuando su cuerpo se lo exigiera, no más. No quería soñar. No quería recordar.

•••

Desde que dejó la casa de los Miller, hace más o menos ocho meses, había viajado por distintas partes del país. Trabajaba en lugares donde no necesitara referencias y la paga fuera semanal, para poder irse con algo de dinero en los bolsillos en caso de tener que huir, lo que se estaba siendo cada vez más común.

A donde quiera que iba se sentía observado, perseguido. Tal vez estaba siendo paranoico, pero no podía fiarse de nadie. Cualquiera podía ser alguien de Hydra.

En esta ocasión se encontraba trabajando en una petrolera.

Le tocaba el trabajo pesado, como el cierre de válvulas y mover carros de un lugar a otro. No era el mejor trabajo que había tenido hasta el momento, pero no le causaba mayores problemas. Después de todo, tenía una fuerza insuperable y no le importaba hacerlo.

Nunca se quitaba las sudaderas y el guante, siempre cubría el brazo de metal del resto de las personas. No quería atraer miradas curiosas, eso no era pasar desapercibido.

Estaba cerrando una válvula que se había abierto de más y estaba derramando petróleo por todas partes cuando lo sintió. Alguien le observaba. Sentía esa rigidez en la nuca de cuando alguien te clava la mirada y te llama mentalmente a voltear en su dirección. Nada bueno podía venir de esa sensación.

Cuando cerró la válvula, estaba cubierto de oro negro y disimuladamente vio en la dirección de esa mirada penetrante; un tipo con ropa ligera hablaba con el supervisor y apuntaba en su dirección. Pasó rápidamente junto a ellos y murmuró un "Voy a cambiarme" que fue contestado con un "Tómate el día, chico" de parte de su jefe. No lo pensó dos veces y se fue para no volver.

Llegó al lugar donde se hospedaba, tomó el bolso con sus cosas y se fue.

•••

El viaje de Texas hasta Virginia le llevó casi un día y medio.

Al irse del hostal caminó por la carretera esperando encontrar transporte como tantas otras veces lo había hecho, pero pasaron más de tres horas sin que pasara ni una mísera lagartija por el asfalto caliente. El sol era abrasador y ya estaba por darse por vencido, creyendo que le tocaría hacer todo el camino a pie, cuando, al voltearse, pudo ver a lo lejos un camión que iba en su dirección. Se paró en medio de la carretera con los brazos extendidos e hizo señas para que el camión se detuviera, y lo hizo. Al fin había encontrado un medio de transporte.

El camionero que lo recogió en mitad de la nada se detuvo a comer en el primer lugar que encontró y eso les llevó, más o menos, una hora. Cayó la noche cuando estaban en la carretera y avanzaron por un par de horas, hasta que el chofer se sintió muy cansado para continuar y se detuvo a un lado del camino para dormir unas horas.

Tan pronto salió el sol, continuaron con su viaje.

El camino se le hacía interminable y el hombre no paraba de hablar, se notaba que no tenía mucha compañía en sus viajes por carretera.

Hacia mediodía encontraron un lugar donde comer y media hora después salieron de allí, porque, afortunadamente, el chofer tenía un horario que cumplir y no podía retrasarse más.

Dieron las seis de la tarde y oficialmente estaba pensando en bajarse y seguir el resto del camino a pie. Llevaba veinticuatro horas encerrado en esa cabina con un parlanchín insufrible y nunca estuvo más tentado a matar a alguien por voluntad propia que en esa ocasión.

La música estridente taladraba sus oídos y se mezclaba con la voz del hombre que no despegaba los ojos del camino. No había dormido la noche anterior; tampoco había dormido la pasada semana y su cuerpo le pasó factura en ese preciso momento. Cerró los ojos y, aún con todo el ruido, se durmió.

Una mano en su hombro y el ligero movimiento, acompañados de un "Despierta, chico. Hemos llegado", le despertaron de su pesado sueño. Extrañamente no había soñado, o al menos no lo recordaba. Miró al hombre con los ojos nublados por el cansancio y comenzó a despabilar rápidamente, estaba en Virginia.

Se despidió del chofer y le dio las gracias por el aventón. Se acomodó la gorra, la chaqueta y, con bolso en mano, echó a andar nuevamente; esta vez en dirección al centro de la ciudad.

No se quedó mucho en la pequeña ciudad del estado de Virginia. Se arriesgó un poco y compró un pasaje de autobús a Washington, que esta vez sí tomó.

•••

Otra vez vigiló al veterano amigo del Capitán por un par de días. Le vio hablando con un par de sujetos que le pareció haber visto en los meses pasados, aquellos a quien les había dado esquinazo; los había despistado. Ahora que estaba seguro de eso, podía hacer lo que hace tanto tiempo había querido.

•••

El viaje en tren se le había hecho corto. Ahora que nadie le perseguía, se sentía más confiado para tomar el transporte público; sin embargo, seguía ocultando su rostro con la gorra y su brazo con la ropa y el guante. Solo por precaución.

Después de más de un año y medio, estaba cerca del tal Steve Rogers. Le vio de lejos mientras caminaba por Nueva York, iba corriendo en ropa de deporte. No podía creer la coincidencia. Es decir, sabía que vivía en la ciudad, había espiado al tal Sam Wilson y se había enterado, pero no esperaba encontrárselo una hora después de bajar del tren.

No quería arriesgarse a que le viera, por lo que tomó un taxi para ir al lugar que en realidad quería visitar: Brooklyn.

Al recorrer las calles de la ciudad tuvo una cálida sensación en su pecho. Había soñado innumerables veces con esas calles en los meses pasados, se veía corriendo, jugando, peleando con algunos brabucones mientras defendía al chico debilucho o caminando con una chica colgada del brazo. Eran buenos recuerdos.

Con el dinero que había ahorrado, alquiló un pequeño piso en un edificio antiguo y apartado. Se dedicó a recorrer la ciudad, a reconocer sus calles y ver cuánto habían cambiado con los años.

No buscó trabajo. Solo se quedó ahí, preocupándose únicamente por existir y disfrutar de los recuerdos que el lugar le traía.

Paseó por su antiguo barrio, encontró algunos locales de su época y entró a cada uno de ellos.

Ese fue sin duda alguna, el mejor mes que había pasado desde que se escapó de las manos de Hydra y de Steve Rogers, pero nada dura para siempre.

Se encontraba, esa tarde, sentado cómodamente en una banca frente al Puente de Brooklyn mientras tomaba un café. Miraba el pasar de los autos, la caída del sol y sentía el cambio de temperatura a su alrededor, cuando percibió esa molesta sensación en la nuca y luego el clic de una cámara fotográfica.

Otra vez le habían encontrado, otra vez tenía que huir.

Se quedó un rato más allí sentado, disfrutando de la vista y se levantó con naturalidad. No debían saber que los había descubierto. Caminó unos metros en dirección a un basurero, donde tiró el vaso vacío del café, y mirando disimuladamente, ubicó al tipo de la cámara, era uno diferente esta vez. Siguió su camino y se fue directamente al piso que alquilaba. A la mañana siguiente, como había pagado por adelantado, antes del amanecer, se fue del lugar.

Volvió al centro de Nueva York y casi tres horas después, estaba en Meryland. Vagó por un rato buscando algo que hacer y que le permitiera mantener un bajo perfil, hasta que dio con una fábrica de reciclaje de metales pesados. Se acercó y, para su suerte, se encontró con el encargado que discutía con otro sujeto; un hombre había tenido un accidente en la fábrica y ahora les faltaba mano de obra. Habló con el encargado y en su desesperación, el hombre le contrató sin pedir referencias, solo un nombre.

Su trabajo era simple, tenía que meter las manos en una máquina y sacar lo que no fuera metal sin arrancarse un brazo. La paga era, como a él le gustaba, semanal.

Preguntó por un lugar para quedarse y le informaron de un vigilante nocturno tenía un cuarto para alquilar, habló con él y todo se solucionó rápidamente. Tenía suerte, o al menos eso le gustaba pensar.

•••

Llevaba cerca de un mes trabajando bajo el nombre de John Miller, era el único nombre al que estaba relativamente familiarizado y no sonaba a algo completamente inventado.

El trabajo había ido sin inconvenientes las primeras tres semanas, hasta que, en un descuido, la manga de su sudadera se atoró en la máquina. El ruido de algo rompiéndose alertó a todos y en menos de un minuto el anciano encargado se había acercado a él, no se había roto el brazo como habían pensado. El anciano impidió que dejaran sus lugares de trabajo para acercarse al ver el brazo de metal, que lo dejó estupefacto.

Un par de engranajes de la máquina se habían roto al chocar contra el metal de su extremidad, que no había sufrido ningún año. El encargado le permitió tapar el brazo nuevamente y se lo llevó a la oficina para interrogarlo. Mintió diciendo que era una prótesis experimental, lo que, nuevamente, no era del todo mentira, y que el metal que lo recubría era muy firme.

La mirada de desconfianza del anciano no duró mucho, si mentía era por una buena razón. Después de todo, lo único que había hecho era trabajar y por ello, le dejó pasar la mentira.

A la salida de su turno, ese día, unos curiosos se acercaron a preguntar por el ruido que habían escuchado más temprano y sintió un cosquilleo en la nuca. Se sintió observado, pero al mirar atrás no vio nada sospechoso. Explicó brevemente el incidente, obviando el hecho de que su brazo de metal procedente de un experimento militar se había atorado en la máquina, y se fue.

•••

Casi una semana después del pequeño incidente, se encontraba comprando algunas cosas en la tienda y se sintió observado. Corrió a un edificio abandonado y se ocultó un momento para localizar a su perseguidor, luego le despistó y se fue.

Al día siguiente no fue a trabajar. Cuando el dueño de la casa llegó, esperó a que se metiera en su habitación y tomando prestadas las llaves de su auto, se largó de ahí. Había pensado toda la noche en una solución más definitiva para liberarse de los tipos que lo perseguían; salir del país era la mejor opción que se le había ocurrido.

Buscó un mapa entre todos los papeles que había en la casa y sin darse cuenta marcó su próxima parada, arrugó el mapa y lo tiró al piso para que se mezclara con los demás.

Esa misma tarde luego de partir, estaba en un puerto. Merodeó un rato e hizo un par de preguntas. Había averiguado que al día siguiente salía un barco llamado "Arriskugarri", con destino a Europa. Esa era su oportunidad, si se iba del país, ya no correría el riesgo de ser descubierto. Habló con el encargado del barco y llegó a un acuerdo; a la mañana siguiente se iría definitivamente.

•••

Cuatro días dentro de un barco no era mucho tiempo. Ayudaba a mover cosas y a limpiar. En general, cualquier cosa que lo mantuviera ocupado. No hablaba mucho y por las noches se dedicaba a ver el mar desde la proa del barco. Aún no sabía que haría una vez llegara a Inglaterra, pero ya lo averiguaría.


Eso es todo por hoy. Apuesto a que no se esperaban todo esto... a decir verdad tampoco yo esperaba toda esa historia de viajes y huidas por todo el país.

Tuve que hacer pequeñas investigaciones sobre lugares distancias y todo eso... espero que les haya gustado:)

Dato interesante:

- Arriskugarri: nombre de barco de guerra de origen vasco que significa "atrevido, osado".

Si les gustó dejen un review

Nos leemos pronto.

Besos.

Bye :D


Lunes 26 de Diciembre, 2016.