Los personajes de Sailor Moon no me pertenecen, son propiedad de Naoko Takeuchi

¿QUIÉN ES MI AMOR VERDADERO?

Capítulo I - La estrella y el futuro médico...

Hoy ha sido el mejor día de mi vida. Llego a suspirar de sólo recordarlo... ¡En mi Instituto estudia mi amado... no, no sólo mi amado, sino que mi adorado Seiya! ¡Ay! Tiemblo de emoción... Ha sido tan atento, tan amable, que nadie pensaría que es una estrella de la música juvenil. Me pidió que le enseñara el colegio y me he transformado en la envidia de todas, jajaja. Soy mala, lo sé, pero tener el privilegio de estar junto a él no lo desaprovecharé por nada. En verdad, él es perfecto...

¿Perfecto? ¿Por qué cada vez que menciono esa palabra recuerdo los ojos del arrogante ese que me salvó? ¡Fuera, fuera de aquí, imágenes tontas! ¿Como mi mente puede traicionarme de esta manera? Aunque, ahora que lo pienso, el sólo me ayudó, incluso puedo pensar que me salvó de ser atropellada... ¡Ay! ¿Cómo pude ser tan mal agradecida? ¡¿Que pensará de mi ahora?! Esperen... ¿Qué me importa eso? Ni siquiera lo conozco, nunca antes lo había visto.

Sí, eso ya no importa para nada, pues no lo veré nunca más...

...

Un hermoso cielo azul adornaba la ciudad aquel día y la joven de largas coletas rubias se sentía acompañada por aquel cálido clima. Las flores parecían más brillantes y el canto de los pájaros sonaba tan agradable, que su camino hacia el colegio estaba siendo muy ameno. Se había levantado más temprano que de costumbre sólo para ver a su estrella. Se sonrojada emocionada de sólo pensar en volver a verlo. Lo del día anterior había parecido un sueño, pero si ese sueño se repitiera todos los días, sería la persona más feliz del mundo, no, no sólo del mundo, sino que del universo entero. Sonreía feliz de la vida cuando llegó a aquella esquina de la mañana anterior donde había sido salvada por poco. Se detuvo muy tranquila, agradeciendo en su interior el que aquel petulante sujeto la hubiese salvado, ya que gracias a eso había tenido la oportunidad de estar junto a Seiya el primer día de clases. Al menos algo bueno había salido de ese molesto momento.

—¡Cabeza de chorlito! —escuchó aquella voz como salida de sus recuerdos—. Veo que aprendiste la lección.

"No, no puede ser cierto, díganme que no es él, por favor", pensó, mientras se giraba lentamente. Y después de hacerlo se arrepintió de inmediato. Ahí estaba, tan altanero como el día anterior... y tan perfecto. "Saca de tus pensamientos a este tipo, Usagi. Olvídate, olvídate", se repitió a sí misma como un mantra.

—¡Ey! ¿Acaso no es el arrogante de ayer? —le respondió con sorna.

—¿Arrogante yo? —le preguntó haciéndose el ofendido—. Para tu información, me llamo Mamoru, aunque no creo que después lo recuerdes, Cabeza de chorlito.

—¡Ah! ¡Qué desagradable eres! Deja de llamarme así, mi nombre es Usagi, ¡Usagi! —le gritó indignada. Ese sujeto la estaba sacando de quicio, pero a la vez, era extrañamente entretenido tener esa charla con él, si se le pudiera llamar charla a eso.

—Está bien —dijo en tono conciliador, mirándola directamente con sus hermosos e hipnotizantes ojos azules—. Nos vemos mañana, Cabeza de chorlito —finalizó entre risas, retomando su camino.

—¿Mañana? —repitió meditativa, hasta que salió del trance en que la había dejado—. ¡Te dije que es Usagi!

"¿Que se ha creído? ¿Por qué insiste en molestarme? En verdad es un arrogante, un engreído, un... un...", pensó hasta quedarse sin apelativos ofensivos. De todas formas, esperaba calmar sus latidos pronto, ya que toda esa situación había acelerado sus pulsaciones, no sabía si de rabia o de nerviosismo.

Demoró unos quince minutos más en llegar al Instituto y, a pesar del impasse que había tenido, llegaba a buena hora para ejecutar su plan perfectamente ideado. Entró a su salón, se sentó en su puesto y esperó ansiosa a que llegará él... su adorada estrella. Le había pedido a su mamá que le preparara un desayuno típico japonés y después de guardarlo en una cajita especial, lo tenía listo para regalárselo a Seiya. De esa forma se ganaría muchos puntos con él. Debía aprovechar cualquier circunstancia, ya que no cualquiera tenía la oportunidad de ella.

Divagando entretenida en todos los escenarios posibles de cómo sería una relación amorosa con su estrella, olvidó por completo donde se encontraba. Comenzó a sonreír y sonrojarse debido a su productiva imaginación, hasta que una voz muy conocida le habló.

—Hola, Bombón —la saludó.

Saliendo de su ensueño, al fin pudo ver a aquel que ocupaba sus pensamientos. Tan real, tan apuesto, tan amable.

—¡Hola! —contestó emocionada. Sus hermosos ojos celestes brillaban y sus mejillas se adornaban de un tono rosa, mientras sus labios se curvaban en una bella sonrisa, detalles que dejaron sin aliento al joven.

Él era una estrella de la música, un artista conocido, alguien a quien no le faltaba y no se le prohibía nada. Todo lo que quería, eso tenía. Y en ese momento supo que la quería a ella, su compañera de clases.

—¿Cómo estás, Bombón? —preguntó interesado, al verla abrazar con fuerza una cajita.

—Bien, ahora estoy muy bien —contestó feliz. A él su alegría le parecía tan contagiosa que empezó a sonreír muy animado.

—¿Ahora? —inquirió.

—Sí, ahora que tú estás aquí y no ese petulante —reveló sin siquiera darse cuenta hasta que notó la cara confusa de él y se percató de su error—. Perdón, es alguien que no importa. ¡Mira! Te traje algo de comer, por si no alcanzaste a desayunar.

Y eso lo llevó al cielo. Si deseaba la comida más costosa de toda la ciudad, le bastaba una sola llamada y la tendría en cuestión de minutos. Pero, ese desayuno no cualquiera lo tendría, era sólo suyo. Y ella se lo estaba obsequiando. De alguna forma inexplicable, sentía que era el más afortunado del mundo en ese momento, junto a ella, su simple pero hermosa compañera de salón, Usagi.

...

Terminaban las clases regulares del día, pero aún le quedaban los talleres electivos... aunque si ella pudiera escoger, se quedaría todo el día en el colegio para estar junto a Seiya. El chico se había mostrado cómodo con ella, pasando la mayor parte del tiempo a su lado, buscando su ayuda durante las clases. Eso resultaba un poco irónico tratándose de ella, ya que no era conocida por ser una estudiante sobresaliente, era más bien del promedio... hacia abajo. Pero, eso no importaba en ese instante, ya que el sólo necesitaba ayuda para habituarse al ritmo de ese colegio, conocer las materias, los profesores y los talleres electivos, que era donde estaban en ese momento.

—¿Qué taller escogerás, Bombón? —consultó curioso. Independiente de lo que ella eligiera, él la seguiría sin pensarlo, pero era bueno estar al tanto.

—Dibujo —contestó casi por inercia, ya que su atención se había desviado hacia un retrato exhibido en la sala de artes para atraer interesados al taller. El rostro ahí plasmado le era extrañamente conocido—. ¡Ah! ¡El arrogante! —gritó sin darse cuenta. Pero ya era tarde para arrepentirse. La maestra se acercó curiosa y divertida por la reacción de la chica.

—¿Acaso lo conoces?

—No... no lo conozco. Solo nos cruzamos en el camino — negó, decidida a que aquel sujeto no arruinara más su vida.

—Ah, pensé que quizás eras amiga de él.

—¡¿Amiga?! Ni es sus sueños —habló alarmada de tal posibilidad.

—Está bien. Espero que puedan inscribirse en el taller. Enseñaremos distintas técnicas de dibujo y diseño para que puedan escoger la que más les guste —invitó amena.

El cantante miró un rato el dibujo y luego a la chica, para después sentir una extraña punzada en el corazón. Debía averiguar más acerca de ese joven, pero no en ese momento, ya que estaban ocupados.

—Yo me inscribiré donde tú lo hagas, Bombón —afirmó para llamar su atención.

Pero, justo cuando ella giró su vista hacia él, un montón de escolares se abalanzaron encima de su estrella. ¡Cómo deseaba sacarlas una a una! Pero, no podía. Él era famoso y ella no era nadie para impedir que otras lo adoraran tanto como ella misma lo hacía. Es por eso que con desgano caminó hacia la salida del salón, volteando a verlo por última vez ese día. Ya mañana tendría más tiempo junto a él. Eso nadie podría impedírselo. Y, con ese pensamiento, salió del colegio con una enorme alegría.

Caminaba muy animada, pues Makoto la había invitado a reunirse en el Crow después que terminara de escoger taller. Su amiga estaba muy ilusionada con Motoki, el hijo del dueño del local doble, donde había videojuegos y una cafetería. Aún quedaban quince minutos para la hora que habían fijado y por eso iba tranquila, ya que sólo le faltaba una cuadra para llegar. S8n embargo, un gran murmullo la distrajo de su objetivo.

Varias personas se aglomeraban en torno a algo o alguien. Parecía una emergencia. Pensó que ella no sería muy útil en una situación como esa, pero su curiosidad pudo más. Abriéndose paso entre la muchedumbre, pudo ver a una señora de rodillas, llorando por ayuda. Un niño permanecía tendido en el suelo sin abrir sus ojos. Tapó su boca, asustada por el bienestar del pequeño. De pronto, alguien más avanzó por en medio de las personas, pasando por su lado y siguiendo de largo hasta agacharse al lado de la acongojada señora. Su cabello negro y las ropas que llevaba se le hicieron familiares de inmediato. Pero, ¿qué hacía ahí?

—Dígame qué sucedió, soy estudiante de medicina y tengo conocimientos de paramédico —escuchó que decía convencido. Ella notó que su rostro reflejaba preocupación y por primera vez le pareció que no era arrogante.

—Gracias... —susurró la madre en un hilo apenas audible de voz—. Íbamos al médico. Ha tenido fiebre toda la noche. Solo dijo que le dolía la cabeza y se desmayó. No sé qué hacer —sollozó.

—No se preocupe —dijo, tocándole el hombro para tranquilizarla. Se levantó un momento mirando a las personas, buscando algo—. Por favor, es mejor que despejen el lugar, necesitamos bajar la fiebre del niño —dijo en una mezcla de súplica y autoridad.

Sorprendida, Usagi se dispuso a marcharse para no interrumpir a aquel sujeto. "Quien diría que es un futuro medico", pensó, mientras se giraba.

—Usagi —escuchó que la llamaban. Esa voz le era ya muy conocida, pero algo no coincidía en su tono. Sin embargo, al voltearse vio que la miraba con ojos preocupados—. ¿Podrías ayudarme? Por favor... —le habló concialidor.

"¿Acaso se ha vuelto loco? Se le debe haber contagiado la fiebre... te ha llamado Usagi... ", su mente le hablaba como si ella fuera otra persona.

—¿Me hablas a mí? —interrogó, señalándose a si misma.

—Sí, te hablo a ti, Usagi —repitió—. Necesito algunas cosas y de todos aquí, sólo te conozco a ti. Por favor...

Ella asintió, sorprendida de su actitud. Hasta ese momento sólo conocía su altanería, pero ahí se veía tan entregado a su vocación. Se acercó decidida a ser de ayuda en aquella situación.

—Ten. Llama a Urgencias, por favor —dijo, entregándole su celular.

Mientras, él se arrodilló al lado del niño, tocando su frente y tomando su pulso. De su bolso sacó implementos que ella reconocía de sus propias consultas al médico.

Marcó el número con manos temblorosas, preocupada por el estado de salud del pequeño. Pero, no sólo era eso. Cada vez que él la miraba a los ojos, sentía una conexión especial, como si se conocieran de antes.

—Vienen en camino. Dijeron que tardarían unos cinco minutos.

—Muchas gracias —respondió. Sudor corría por su frente, demostrando preocupación.

—¿Le pasa algo malo al niño? —preguntó asustada.

—Sí. Sus latidos son erráticos y su pulso es muy rápido. La fiebre debe ser de unos cuarenta grados, más o menos. Justo hoy rompí mi termómetro —habló con confianza, una que hasta ese momento nunca habían tenido.

—¿Necesitas algo? Aquí hay una farmacia —le dijo, señalando tras su espalda.

—Estaba tan absorto en la salud del niño que lo olvidé. Gracias, Usagi.

—Si quieres, yo puedo ir. Es mejor que te quedes a su lado, mientras llega la ambulancia —le sugirió.

Fue entonces que Mamoru notó sus brillosos ojos celestes que le transmitían confianza y apoyo, cosas que ni él mismo sentía en ese momento.

—No te preocupes, solo necesito ayuda para liberarlo de un poco de ropa y que mojes estos paños en agua fría. Toma, aquí tengo agua —dijo, entregándole una botella—. Señora, necesitamos sacar un poco de ropa a su hijo. El exceso está provocando que su cuerpo no se enfríe.

La chica rubia comenzó a mojar las gasas que él le entregó y, pasándoselas de una en una, él fue poniéndolas sobre el cuerpo ya liberado de ropa del niño, en sus brazos, en sus piernas y en su cabeza. La madre agradecía constantemente su ayuda desinteresada.

Para cuando llegó la ambulancia, el pequeño ya había abierto los ojos. Los paramédicos felicitaron al joven por los primeros auxilios que le había dado y subieron al menor, que se marchó junto a su madre.

—¡Uf! —susurró, pasándose el dorso de la mano por la frente.

—Ten, para que te limpies el rostro —le ofreció ella, extendiéndole un pañuelo. Él la miró un poco confundido al comienzo, pero luego le agradeció el gesto—. No te preocupes, si quieres me lo devuelves y si no, puedes botarlo —resaltó para que él no se sintiera comprometido.

—Muchas gracias, Cabeza de chorlito —dijo con una sonrisa, bromeando otra vez.

—No sabía que estudiabas medicina, arrogante —habló lo más sarcástica que pudo.

—Estoy en primer año, hace poco entré a la Universidad —respondió, mientras secaba su frente.

Ambos se miraron sonrientes, pero esa extraña cercanía comenzó a incomodarlos, no de una mala forma, sino de una extrañamente agradable. Usagi percibió calor en sus mejillas al sentirse observada por sus preciosos ojos azules, a la vez que una sonrisa sincera adornaba sus labios. Sabía que debía arrancar de ese lugar lo más pronto posible, no podía hacerse amiga de ese sujeto nunca.

—Bueno, ya que no me necesitas para nada más, me iré. Mi amiga me espera —dijo lo menos odiosa posible.

—Está bien. Nos vemos mañana, Cabeza de chorlito —se despidió del mismo modo que hacía unas horas.

—Adiós —se limitó a responder.

Le parecía curioso que dijera eso, pero esta vez la curiosidad no la haría quedarse. Debía marcharse ya, o si no su corazón se detendría de lo tan rápido que estaba palpitando...

Continuara...