Hola a todo el mundo!
Solo quiero agradecer a quienes me desearon suerte con mis pruebas y contarles que milagrosamente mi calendario se hizo un poco más liviano y no tendré un colapso nervioso por tanto estudio obligado. Ya aprobé oficialmente tres de mis ocho ramos \ (•◡•) /
Okey, basta de mí. Supongo que quieren saber si he avanzado con los capítulos que siguen... pos sí, he avanzado; en este minuto el cap 32 está en mitad del proceso de escritura y tengo muchas ideas para lo que sigue ;)
LEAN LAS NOTAS FINALES, HAY ALGO INTERESANTE PARA USTEDES.
Disfruten su lectura :D
Capítulo 29
Tiempo juntos
Un desagradable calor en su espalda lo recibió cuando volvió del mundo de los sueños. Se movió ligeramente y un terrible gemido de dolor subió por su garganta y escapó inevitablemente por sus labios. El gemido, tan fuerte y lastimero, despertó al soldado que dormía tranquilamente abrazado a él. Steve abrió los ojos y se incorporó lentamente para observar al moreno que se había quedado lo más estático y tieso que le era posible.
― ¿Tony?
Recibió un gruñido como toda respuesta.
― ¿Estás bien?
―No. ―Soltó con voz ahogada. ―Me duele, duele mucho. ―Se quejó en voz baja, en un siseo.
De pronto el rubio recordó que antes de que Tony despertara entre sus brazos en la plataforma, al fondo del taller, la armadura había estado sobre su espalda; la armadura había caído sobre su espalda. Rápidamente, con mucho cuidado, volteó al genio, su pecho contra el colchón, y procedió a levantar su camiseta procurando no tocar su espalda temiendo lastimarlo.
Tony se quejaba ante cada movimiento y ante cada roce de la camiseta. Al despejar su espalda Steve pudo ver un gran hematoma en gran parte de su espalda que variaba entre el rojo, morado y tonos casi negros; se veía doloroso y algo inflamado. Soltó un ligero gemido de compasión y entendimiento; podía imaginar lo doloroso que debía ser para el filántropo.
― ¿Se ve tan mal? ¿Moriré? ―Bromeó soltando una ligera risa que le costó un ahogado gemido de dolor.
―No digas esas cosas, Tony. Me asusté mucho cuando te vi tirado e inconsciente bajo la armadura. ―Lo reprendió. Suspiró. ― Debo admitir que se ve mal y puedo notar que te duele… por el momento podrías tomar una ducha de agua fría para evitar que siga inflamándose y tal vez eso disminuya un poco el dolor.
―No puedo moverme, cariño. Ni siquiera puedo respirar sin sentir dolor, ¿cómo pretendes que llegue a la ducha?
―Te ayudaré.
Con el mayor cuidado que pudo lo ayudó a sentarse y le quitó la camiseta por la cabeza, luego le ayudó a quitarse los pantalones y, una vez estuvo en ropa interior, lo condujo lentamente al cuarto de baño. No podía recibir el golpeteo constante del agua que caía de la regadera directo en la espalda, por lo que el rubio prefirió llenar la tina con agua fría. Le costó entrar al agua, más que por la temperatura le costó mucho sentarse, cada movimiento era un martirio para su lastimada espalda. Una vez estuvo dentro del agua suspiró de puro gusto; sentía todo el sector lastimado arder en llamas, era como fuego en su espalda y el agua ayudó a calmar esa horrible sensación.
―Gracias. ―Mencionó con voz queda.
Steve sonrió y lo dejó solo unos minutos para darle privacidad y aprovechó de arreglar la cama y buscar algo de ropa para que el genio se cambiara luego de su baño.
•••
El hematoma no seguiría creciendo y ya no se inflamaría más, ya había pasado el tiempo necesario para que eso ocurriera mientras dormían, pero, por la misma razón, no era posible aminorar su dolor. Con mucho esfuerzo salió de la tina y se miró la espalda en el espejo.
―Se ve peor de lo que pensé. ―Susurró para sí mismo.
Se quitó el bóxer mojado y se envolvió las caderas con una toalla. Salió a paso lento del baño y se adentró en la habitación. Sobre la cama había un bóxer negro y un pantalón deportivo, nada más. No hubiera sido capaz de colocarse una camiseta de todas formas.
Miró a su alrededor, Steve no estaba por ningún lado.
―El capitán Rogers está en la cocina preparando algo de comer. Me pidió que le informe que no es necesario que baje, él traerá algo a la habitación. ―Informó JARVIS.
Ignorando la sugerencia de su capitán, una vez vestido, Tony bajó lentamente las escaleras en dirección a la cocina y se sentó frente al mesón; la espalda recta, los brazos sobre el frío mármol. Notó que Steve iba a empezar con uno de sus discursos, probablemente le diría que era mejor que no se moviera tanto para evitar el dolor y blah, blah, blah, por lo que decidió interrumpirlo.
―No. No lo digas, Steve. No iba a quedarme allá arriba como un inválido, tengo un pequeño golpe en la espalda, no me estoy muriendo. ―Dijo exasperado y rodando los ojos.
El rubio se volteó a mirarlo con su típica ceja alzada en ese gesto de incredulidad con el que siempre lo miraba cuando decía una tontería.
―No actuabas como si fuera un pequeño golpe hace un rato. Gemías de dolor, Tony. Apenas y podías moverte; tú mismo dijiste que te dolía hasta respirar. ―Lo miró con severidad y burla, luego con cariño. ―Además no puedes evitar que me preocupe por ti.
―No entiendo por qué te preocupas tanto. ―Hizo una mueca infantil cruzándose de brazos con cuidado para no sentir tanto dolor.
Se acercó al mesón y se inclinó hacia adelante, tomó el mentón de Tony con una de sus manos y lo acercó delicadamente hacia él. Sus ojos se encontraron.
―Me preocupo porque te quiero, amor. Por eso me preocupo.
Sin más, lo besó profundamente arrancándole un gemido al genio, que no supo decir si fue de dolor al contraer los músculos de su espalda o de placer por el delicioso beso de su novio.
―Así que no lo soñé. ―Murmuró para sí mismo. ―Me quieres.
Recibió un corto beso y su mentón fue liberado.
―Claro que no lo soñaste, al igual que no yo no soñé cuando me dijiste que me quieres. ―Su sonrisa brillante de felicidad.
―Te quiero, Steve. ―Aseguró. ―Gracias por preocuparte, pero estaré como nuevo en un par de días. ―Dijo con seguridad.
― ¿Dejarás que te consienta hasta que eso pase?
Tony asintió y sonrió. No estaría mal dejarse consentir por su novio.
•••
Ese par de días que Tony había augurado a su mejoría se alargó a una semana en la que le costaba hacer hasta los más simples movimientos. La inflamación disminuyó poco a poco a partir del tercer día, pero el dolor persistió. No podía ponerse camisetas, no podía levantar los brazos para ponérselas, por lo que optó por no usarlas y andar a torso desnudo por la estancia; Steve no lo dejó volver al taller.
No podía recostarse en el sofá ni en la cama, al menos no de espalda, por lo que usaba a su chico de los años cuarenta para acomodarse; se recostaba sobre su pecho en el sofá cuando veían películas y por las noches se recostaba de lado, con la cabeza en su hombro y su brazo rodeando el marcado abdomen. No se podía quejar del todo, estar abrazado a su novio y sentir sus tibias manos sobre su piel desnuda era una sensación grata a la que estaba comenzando a habituarse.
Steve disfrutaba ver al genio dando vueltas por el lugar en solo un pantalón deportivo. Le gustaba Tony. Le gustaba ver su trabajado torso siempre escondido bajo caros trajes y esa gruesa armadura, pero sobre todas las cosas, le gustaba estar con él. Le gustaba saber que se querían y ambos estaban bien con ese sentimiento. Se besaban cada vez que querían y se repetían constantemente las palabras "te quiero". Estaba feliz.
Por las tardes, cuando Tony se daba una larga ducha en su habitación, Steve iba a entrenar al gimnasio. Una o dos horas de entrenamiento era perfecto para no perder la costumbre. Cuando llevaba una hora de golpes al aire aparecía el moreno por la puerta y se sentaba en una esquina a observarlo, "puedo aprender con solo mirar" había dicho una tarde a modo de excusa y él no tenía nada que objetar. Le gustaba tenerlo cerca.
•••
El hematoma de su espalda ya casi no dolía, pero se veía horrible, eso no podía negarlo. La gran mancha en su espalda había pasado de colores oscuros y rojos a colores amarillos, cafés y verdes; se veía como vómito en su espalda y, ahora que podía moverse con más libertad, había vuelto a usar camisetas. También había vuelto al taller y, obviamente, Steve había vuelto a su posición favorita en el sofá para poder observar y dibujar al genio.
Una noche, mientras leía, se distrajo mirando al genio trabajar en el traje que lo había aplastado; lo había asegurado él mismo, no quería que el genio tuviera otro accidente. Estaba listo y lo único que faltaba era el reactor. Observó por largo rato el proceso de instalación del aparato, viendo la expresión de concentración del genio: su ceño fruncido, sus cejas casi unidas al centro, su mandíbula hacia la derecha, la nariz arrugada y la punta de su lengua asomándose entre sus labios. Sonrió al verlo tan concentrado. De pronto fue traído de regreso de su admiración cuando el millonario habló.
― ¡Está listo! ―La emoción palpable en su voz. ―JARVIS, conéctate con este bebé.
La I.A se conectó y los ojos del traje se encendieron. Dejó de lado su libro y se levantó para ir en dirección al genio.
La armadura se abrió y Tony se quitó los lentes de protección que había estado usando para meterse dentro del traje. Steve lo observó a medida que se acercaba, al llegar junto a él la armadura ya se había cerrado.
―Vamos. ―La voz metalizada le causó una corriente eléctrica en la espalda.
Una mano se extendió hacia él.
― ¿A dónde vamos? ―Preguntó dudoso, pero tomando la mano metálica sin dudar.
―A probar el traje, por supuesto.
Dicho esto lo acercó bruscamente a su pecho y rodeó su cintura con uno de sus brazos. Cuando salió de su sorpresa y despegaron del piso, lo único que atinó fue a abrazarse al cuello de la armadura con ambos brazos. Una compuerta se abrió en el techo y despegaron del lugar dejando una ligera estela de humo azul tras ellos.
Volaron por el cielo nocturno de Nueva York haciendo curvas y esquivando edificios. Steve estaba fascinado. Observaba como las luces de la ciudad pasaban a su alrededor mucho más rápido que cuando iba en su motocicleta. Sentía el viento en su rostro y como desordenaba sus cabellos. Miró a Tony un momento, directo a los ojos de la armadura, pensando si lo vería a través de ellos o si estaría mirando hacia otro lado.
Tony lo miraba. Claro que lo miraba. Observaba cada sonrisa, cada gesto y brillo de sus azules ojos, grabando en su memoria la forma en que sus cabellos se desordenaban y la confianza que había depositado en él al soltar uno de sus brazos de su cuello y poniendo su mano libre sobre el reactor. Ese gesto le enterneció y le removió algo en el pecho.
Recorrieron el cielo un buen rato antes de que el filántropo decidiera que era hora de volver, la temperatura había bajado conforme se acercaba el otoño y, aunque el soldado no se enfermara, no quería que su novio pasara frío por uno de sus caprichos. Debía admitir que desde hace un tiempo quería sacarlo a volar con él, pero no se había atrevido.
Aterrizaron suavemente en la plataforma.
Apenas había salido de la armadura y Steve se acercó a él, lo atrajo de las caderas y lo besó con fiereza. Lo besó con toda la adrenalina que recorría su cuerpo después de ese viaje. El moreno lo recibió con gusto y apretó su camiseta en uno de sus puños, mientras la otra mano subía a su nuca y se enredaba en sus cabellos firmemente y lo atraía más hacia su boca. Se besaron por largos minutos, cuando se separaron ambos estaban sin aliento.
―Eso fue estupendo. ―Lo besó de nuevo. ― Te quiero, Tony. ―Dijo en medio de una jadeo, buscando recuperar un poco de aire.
―Lo sé, cariño, lo sé. ―Acarició una de sus mejillas tiernamente y le dio un casto beso.
Lo tomó de la mano y lo llevó escaleras arriba, fuera del taller, y luego lo dirigió a su habitación. Se desnudaron hasta quedar en ropa interior y se metieron bajo las sábanas. Steve puso su mejilla sobre el pectoral izquierdo de Tony, escuchando su corazón acelerado, y puso su mano abierta sobre su pecho; Tony lo abrazaba con una de sus manos por su ancha espalda y la otra encontró la mano del soldado sobre su propio pecho.
―Buenas noches, Tony. ―Suspiró cansadamente.
―Buenas noches, cariño. ―Besó su frente. ―Te quiero, Steve.
El rubio murmuró algo que no entendió y se quedó dormido. Minutos después el filántropo cayó dormido también.
•••
Días más tarde, al entrar a la cocina luego de volver de su trabajo en el gimnasio, sintió aroma a comida.
―La espía rusa llamó esta mañana mientras no estabas.
Fue el saludo que recibió Steve cuando se sentó en una de las sillas de la cocina frente a una caja de comida china. Separó los palillos y probó el contenido. Miró al genio preguntando con la mirada qué había dicho la pelirroja.
―Dijo que ya no está en donde quiera que haya ido con Légolas y Bruce, dejó a Barton en algún lugar que no me quiso decir y se fue con su doctor a una especie de selva perdida en el sur de Asia buscando una tribu que podría tener algún remedio para controlar al otro sujeto, ya sabes, los estudios de Bruce. ―Se encogió de hombros. ―También dijo que si hay alguna emergencia ella se encargará de ir a buscar al chico de las flechas, te mandó un beso, ―gruñó― y me pidió que tratara de sonsacarte el nombre de tu novio misterioso.
Habló tan rápido que tuvo que tomar aire. Steve estaba asombrado de todo lo que le había dicho, esperaba que el doctor pudiera encontrar algo que le ayudara con su problema de doble personalidad y que Clint disfrutara su tiempo libre, donde fuera que estuviera.
Se miraron un momento y ambos rieron.
―Algún día lo sabrán, Tony.
―Lo sé, pero eso no pasará mientras no estén aquí. Y por como yo lo veo, no es posible que vuelvan pronto. ―Sonrió con malicia.
Lo besó y desapareció camino al taller.
•••
Las semanas habían pasado y ya había llegado el otoño a la ciudad de Nueva York. El verde follaje de Central Park había cambiado a uno de tonos amarillos, naranjos y rojos; muy hermoso. El viento corría por las tardes y estaba la mayor parte del tiempo nublado, pero eso no era lo importante. Lo importante era que iba a cumplir dos meses saliendo con Steve.
Llevaba poco más de dos semanas sin salir con Steve en la motocicleta, desde su viaje al pueblito en Malibú, y casi un mes sin salir con él a pasear por las calles de Nueva York; el vuelo en su traje no contaba. Debía convencer a su novio de salir a celebrar a algún lugar. Quería llevarlo a algún restaurante, pero no estaba seguro de que fuera lo más prudente si querían seguir manteniendo la relación en secreto; no creía poder estar toda una velada sin tocar ni besar a su soldado, por lo que un lugar tan público como un restaurante quedaba descartado.
Debía pensar en algo mejor.
•••
Steve levaba exactamente una semana pensando en algo para celebrar sus dos meses de relación con el genio y ya tenía una idea más o menos formada en su mente. Había pensado en hacer algo en la torre, pero eso no sería especial; una cena en algún lugar no era buena idea, por lo que lo descartó de inmediato; ¿una salida al parque?, muy repetido. Lo pensó mucho hasta que la idea perfecta vino a su mente: una cena romántica en un lugar estratégico de Nueva York donde tendrían privacidad y una hermosa vista del puente de Brooklyn.
A la mañana siguiente de haber llegado a la idea perfecta se presentó frente al dueño del lugar y pidió permiso para usarlo a su antojo durante toda la noche del viernes y la madrugada del sábado; el hombre aceptó y dejó el lugar a su entera disposición.
Ahora solo quedaba planear la cena.
•••
― ¿Tony? ―Preguntó desde su lugar en el sofá. ― ¿Amor, me escuchas?
El genio estaba a punto de darse de cabezazos sobre su mesa de trabajo, incluso había considerado dispararse con uno de los propulsores de su armadura, pero eso ya sería exagerar. Faltaban dos días para el gran día y él aún no había planeado nada; estaba cayendo en desesperación y estaba seguro de que terminaría sufriendo un ataque de ansiedad si no respiraba. Ya tenía el regalo perfecto para Steve: había hecho una pequeña modificación al escudo y estaba seguro que al soldado le encantaría; el sujeto amaba esa cosa.
La voz de Steve diciéndole amor lo trajo de vuelta de su mar de desesperación.
―Mmm. ―Levantó la cabeza y miró hacia la pequeña sala del taller.
―Tony, quería saber si tienes algo que hacer este viernes por la noche. ―Dijo como si nada importante pasara ese día, acercándose a él a pasos lentos.
Tony casi se cae de su silla giratoria.
―No, no tengo nada que hacer. ¿Tienes algún plan?
―Quiero invitarte a cenar a un lugar especial.
Tony aceptó aliviado de no tener que seguir devanándose los sesos en planear algo, y ninguno de los dos mencionó que la cena se debía a que cumplían dos meses juntos, fue un silencioso acuerdo mutuo cerrado con un beso antes de que cada uno volviera a lo suyo.
•••
Los días viernes, como siempre, fue un día de entrenamiento, pero no cualquier tipo de entrenamiento; estaba entrenándose para una cita.
Se levantó temprano esa mañana y, al no encontrar a Tony a su lado en la cama, bajó a su piso a cambiarse de ropa para ir a correr; necesitaba eliminar algo de la energía con la que había despertado. Corrió por lo que parecieron minutos, pero en realidad fueron casi tres horas. Al volver a la torre se encontró en su piso una caja cuadrada, grande, no muy ancha, con una nota encima que decía: "Un regalo para mi súper soldado favorito". Abrió la caja y encontró su escudo, lo revisó por todos lados y cuando lo puso en posición de defensa se dio cuenta de que, además de haberlo grabado con sus iniciales y las de Tony, el moreno había añadido un botón. Al apretar el botón el escudo cambió de color a tonos más oscuros, lo apretó otra vez y volvió a cambiar a sus colores originales; le encantaba, sería perfecto para las misiones nocturnas. Sonrió y dejó el escudo de lado. Él también tenía un regalo para Tony, recordó la cajita que tenía en su mesa de noche, y realmente esperaba que le gustara.
Se dio una ducha rápida y se cambió de ropa para ir a buscar a Tony al taller y agradecerle el regalo de la forma apropiada, pero el genio no estaba. En cambio, había otra nota: "Nos vemos esta noche. A las nueve en el vestíbulo". Luego de leer esa nota no le quedó más remedio que salir del taller y volver a su piso, allí realizó un par de llamadas; la cena estaría servida a las nueve en punto y el lugar estaría vacío a partir de entonces, tendrían el tiempo justo para llegar y que la comida no comenzara a enfriarse.
•••
Había hablado con Pepper por la tarde y luego de sugerirle un par de trajes que "son los que mejor te sientan, Tony", se metió a la ducha y estuvo allí por más de una hora. Al salir del baño se percató de que quedaban treinta y dos minutos para reunirse con Steve en el vestíbulo, por lo que se apresuró para no llegar tarde.
Como Steve no le había dicho el lugar, solo había dicho que era especial, decidió ponerse un traje de tres piezas de color negro. Fue una elección simple y clásica acompañada de una camisa blanca y una corbata roja; el conjunto perfecto y una de las sugerencias de su asesora de modas, exnovia, exsecretaria, exasistente y mejor amiga. Prefirió no usar sus lentes de sol por dos razones: primero, porque era de noche y segundo, porque no había necesidad de ocultar sus ojos de Steve, al contrario, no quería nada que bloqueara sus miradas.
Estaba nervioso, pero era hora de bajar. "Es solo una cena, Stark", se dijo, pero sabía perfectamente que no era solo una cena. Al igual que no era solo una cena con Steve, era una cena con el hombre que había aprendido a querer, que correspondía sus sentimientos y con el que, en el fondo de su maltratado y frágil corazón, esperaba pasar el resto de sus días. Adoraba a Steve, pero no él no tenía por qué saberlo. No aún.
Al llegar abajo se encontró con una de las mejores vistas de Nueva York: Steve vestía un traje color vino tinto con una camiseta de un color más oscuro. Se veía perfecto. No pudo evitar mirarlo de arriba abajo por un momento antes de salir del elevador y besarlo por primera vez en todo el día.
―Gracias por el escudo, me encanta lo que hiciste con él.
―Sé que te encanta esa cosa, ―sonrió― creí que sería una buena idea darle un retoque.
Steve sonrió. No podía dejar de mirar a su novio, se veía tan bien con ese traje y su sonrisa lo hacía dar vueltas. Lo tomó de la mano y lo dirigió al elevador una vez más para bajar al estacionamiento.
― ¿A dónde vamos? ―Su curiosidad pudo más. Steve solo sonrió misterioso.
Subieron a la motocicleta y emprendieron el corto camino hacia el lugar de la cena. El camino que el rubio hacía normalmente en quince minutos, esta vez lo hizo en diez.
―Así que este es el lugar especial. ―Dijo sacándose el casco. ―El gimnasio, ¿en serio, Steve? ―Lo miró con una ceja alzada.
El soldado rió y le quitó el casco de las manos, abrió la puerta del gimnasio y le hizo pasar. Una vez dentro del lugar dejó el casco sobre el mostrador de la recepción y lo arrastró escaleras arriba hasta una puerta que daba a la azotea. Escuchó al genio soltar una pequeña exclamación de asombro al contemplar la vista. Él también había hecho algo parecido la primera vez que subió allí hace tanto tiempo, buscando un lugar tranquilo para pensar. La vista de las luces de la ciudad y de su amado Puente de Brooklyn era incomparable.
Tony dio un par de pasos y se percató de que, en centro del lugar, había una mesa con dos sillas y dos platos cubiertos por domos de metal, en una esquina de la mesa había una hielera de acero con una botella de champaña. Sorprendido, se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa a su novio. Steve se acercó y lo besó suavemente, invitándolo a sentarse.
―La vista es preciosa.
―Y tenemos privacidad. ―Complementó el rubio.
El filántropo rió, había pensado exactamente lo mismo.
Cenaron en silencio, deleitándose con la comida y el champaña, hasta que el moreno no pudo aguantar más.
―Debo decir que me salvaste con esta cena.
Steve lo miró extrañado, con la copa a medio camino de la mesa y sus labios.
―Estuve todos estos días pensando en algo para esta noche y no podía pensar en nada bueno… había pensado en una cena, pero no conocía ningún buen lugar donde nadie nos reconociera y si te invitaba a un restaurante de lujo no hubiera podido hacer esto, ―entrelazó sus dedos por sobre la mesa― o besarte o mirarte con cara de idiota.
El rubio rió ante sus últimas palabras.
―No era necesario que me llevaras a algún lugar de lujo, Tony, sabes que no me siento cómodo en esos lugares. Una pizza y una película también hubieran sido buenas opciones. ―Sonrió apretando su mano.
Se quedaron en silencio un momento, simplemente disfrutando el silencio.
―No puedo creer que hayan pasado dos meses. El tiempo se me ha pasado volando.
―Supongo que el tiempo pasa más rápido cuando estás con la persona que quieres.
Tony no pudo evitar un ligero rubor en su rostro, Steve decía cosas demasiado cursis a veces, pero tan acertadas.
•••
La cena había sido todo un éxito. Bonita vista, buena cena, excelente compañía. Todo había salido bien.
Llegaron a la torre cerca de las dos de la mañana y en vez de subir a la habitación de Tony, en la que habían estado durmiendo las últimas dos semanas, bajaron del elevador en el piso de Steve. Caminaron en silencio y tomados de la mano hacia su habitación. Tony había bebido demás y estaba más chispeante que de costumbre, se acercó a Steve y lo besó lenta y profundamente mientras le quitaba el la chaqueta del traje y la tiraba por ahí.
Dejándose llevar por el momento y el delicioso beso, el soldado ayudó también a su pareja a desvestirse; una prenda a la vez hasta que ambos estuvieron abrazados, con el torso desnudo, piel contra piel. La temperatura comenzó a elevarse y los besos se volvieron más profundos y hambrientos. El moreno llevó sus manos a la cintura del pantalón del capitán y comenzó desabotonándolo, luego bajó el cierre y cuando, inintencionadamente, rozó con el dorso de su mano el miembro del soldado, Steve dio un salto hacia atrás.
¿Qué rayos estoy haciendo? Se dijo. Tony había bebido demás y él estaba en sus cinco sentidos, lo que significaba que si le dejaba continuar, se estaría aprovechando de él. No iba a aprovecharse de Tony y su ligero estado de ebriedad. Lo acercó una vez más hacia él y lo besó suavemente al ver la confusión en su rostro; tampoco quería que el moreno se sintiera rechazado.
Las manos inquietas de Tony viajaron a lo largo y ancho de su espalda, bajando lentamente hasta posicionarse en su trasero. No quería quitárselo de encima, pero tenía que hacerlo. Dejó sus labios y se agachó frente a él.
El genio lo miró extrañado.
De pronto sus pies ya no tocaban el piso. Estaba sobre el hombro de su capitán, quien, cuidadosamente, lo depositó en el centro de la cama. El rubio terminó de desvestirlo y lo tapó con las mantas, se desvistió hasta quedar en ropa interior y se acostó a su lado.
Giró sobre su espalda y se abrazó al costado del capitán, sin entender aún el porqué de las acciones de Steve. Lo había rechazado otra vez, pero no quería pensar en las razones que tenía para hacerlo. Se abrazó más a él y besó el centro de su pecho en un gesto inconsciente.
―Buenas noches, amor.
Tony no respondió, estaba un poco dolido.
Steve se sintió como el hombre más idiota del mundo, pero había hecho lo correcto.
Lo sé, lo sé. Steve es tan correcto y tan lindo y lo amamos. Sé que me odian por nunca dejar que estos dos den rienda suelta a su calentura, pero sabemos que si pasara así como así tampoco les gustaría, así que... aún falta para eso, pero la temperatura empieza a subir un poco en el capítulo que sigue ;D
Se preguntarán qué rayos hay en la cajita de Steve y por qué no se la entregó a Tony, bueno, eso lo dejaré a la imaginación de ustedes, mis queridos lectores. Les apuesto a que jamás adivinarán lo que hay en la caja xD De hecho, quien se arriesgue y lo deje en un review, si lo adivina, le mando por PM el título de los siguientes dos capítulos. Creo que es una buena oferta ;)
Ya saben que si les gustó, tienen alguna opinión buena/mala, pueden dejar un review; siempre los leo y me suben el ánimo cuando estoy encerrada en las infernales salas de clases en la universidad.
Nos leemos pronto.
Besos.
Bye :D
Lunes 04 de Septiembre, 2017.
