~Sonrisas falsas, sonrisas verdaderas~
FanFiction de
Tsubasa Reservoir Chronicle
6. ¡Mokona entrometida! ~
Su propio cuerpo había reaccionado por instinto ante la aparición del segundo demonio al que se enfrentaba aquel día. Había levantado la espada, eludiendo su primer golpe, y atravesado sus defensas para clavársela en el pecho. La sangre había brotado a borbotones, pulsando al tiempo que el corazón latía, bombeando sangre a través de la arteria seccionada. Sin embargo el demonio no había caído tan fácilmente. Hicieron falta varios golpes más para derribarlo y que, definitivamente, cayera sin vida. Para Kurogane no había sido un gran reto de todos modos, habría podido vencerlo con los ojos cerrados y casi lo había hecho pues durante el combate su cabeza no estaba allí.
Con un gruñido salió a la calle. Ya debía de ser cerca de mediodía y pensó que debería volver a la cafetería. Si no la princesa y el renacuajo podían preocuparse por él. No era aquella una actitud muy propia de él, pero aún así lo hizo, encaminándose hacia la cafetería. Y como en la lucha, tampoco se fijaba en dónde pisaba. Estuvo a punto de chocarse y el hombre con el que casi se golpea estuvo, también a punto, de gritarle y replicarle pero algo en su rostro, en su mirada, debió hacerle cambiar, sabiamente, de opinión y continuó su camino a toda prisa, queriendo solo apartarse cuanto antes de aquel hombre.
No tardó mucho en llegar, o al menos no creía haber tardado mucho. Casi parecía que habían trascurrido solo unos minutos desde que había salido de allí hacía, en realidad, ya dos horas y media.
La campanita de la puerta, con forma de gato, tintineó cuando entró y una figura se lanzó hacia él con los brazos extendidos sin que pudiera hacer nada por esquivarla.
-¡Kurogane! –lo saludó la princesa, abrazándole.
Por encima de la cabeza de la chica el ninja pudo ver al muchacho de ojos color ámbar salir de la cocina corriendo. Llevaba puesto un delantal que le quedaba grande y manchado de masa y mermelada. El ninja lo reconoció como el delantal de Fye y apartó la mirada con un nuevo gruñido inaudible, por lo bajo.
-Estábamos preocupados por ti –dijo Sakura.
-Solo salí a dar una vuelta –se excusó él, separándose de ella. ¿Por qué tenía que dar explicaciones?
-¿Te encontraste algún demonio?
-Un par –contestó-. No hubo problema con ellos –añadió al ver la cara de preocupación que ponía la chica-. Al fin y al cabo estoy aquí de una pieza, ¿no?
-Deberías haberme llevado contigo –se quejó Syaoran.
-Aún te falta entrenamiento con esa espada tuya.
-Por eso mismo –le guiñó un ojo picadamente y el ninja puso los ojos en blanco. A veces aquellos chicos resultaban demasiado inconscientes para su gusto, e irritantes. Pero no tanto como…
Miró a su alrededor.
-¿Y el bollo blanco?
-¿Mokona? –preguntó Sakura. Kurogane asintió-. Está arriba. Ha ido a buscar a Fye para que nos ayudara con los pasteles… ¡Tenemos una receta buenísima que nos ha mandado Yuko!
-Pero no sé cuánto hay que dejar el pastel en el horno… -comentó Syaoran, preocupado. Echó una rápida mirada a la cocina.
Exasperado, el hombre se apartó de los dos.
-Me voy a dormir un rato –gruñó.
Los otros los intercambiaron una mirada pero asintieron.
-Malditos críos –masculló el grandullón subiendo las escaleras. Los dos ya no podían oírle, el uno en la cocina con el pastel y la otra atendiendo a los clientes que había sentados en una de las mesas de la cafetería.
Avanzando por el pasillo se detuvo un instante ante la puerta del cuarto del mago, pero pronto se apartó de nuevo, yendo a su propia habitación.
¿En qué demonios estaba pensando?
~o~
Mokona salió del cuarto de Fye sola. Al final no le había dicho que bajara a ayudarles. En realidad no habían hablado apenas, pero la pequeña sabía que Fye se sentía mal, como también sabía que necesitaba estar solo y que no quería hablar del tema. Esperaba, sabía, que le había sentado bien su visita de todos modos.
Bajó las escaleras en silencio, preguntándose una vez más que habría pasado. Era intuitiva y tenía un par de ideas, a cada cuál peor que la anterior.
Una vez abajo se encontró de nuevo con Sakura que seguía haciendo sus viajes entre la cocina para ayudar a Syaoran y la sala para atender a los clientes.
-¡Mokona! –dijo al verla-. Syaoran te necesita.
-¿Qué pasó? –inquirió ella, alarmada, corriendo hacia la cocina.
-No sabe a qué temperatura y cuánto hay que meter el pastel en el horno.
-Lo pone en la receta –aclaró la pequeña, sin preocuparse, aminorando la marcha. Al parecer no era una urgencia.
-Pero nosotros no sabemos leerlo –explicó la princesa.
Cierto, no había caído en aquel detalle. En un tris entró en la cocina para aclararle dudas a Syaoran que no tenía muy claro como manejar los hornos de aquel mundo. Les costó un rato, pero al final el pastel estaba dentro del horno calentándose a buen ritmo.
-¡Va a estar delicioso!
-Que ganas de probarlo tengo…
-Seguro que a Kurogane le gusta mucho –comentó inocentemente Sakura. Acordándose de algo se volvió hacia Mokona-. ¿Qué pasaba con Fye al final?
-Está bien –respondió ella, recurriendo a una de sus ciento ocho técnicas secretas: la interpretación-. Pero dice que necesitaba descansar un poco.
-¿Le ha pasado algo? –se asustó la princesa.
-No, solo necesita descansar –aseguró Mokona con una sonrisa convincente.
Sakura asintió, sin tenerlas todas consigo, pero confiando en Mokona.
-¿Ya vino Kurogane? –inquirió entonces la bolita de arroz.
-Sí, pero se ha ido también a descansar –contestó esta vez Syaoran-. Estaba un poco raro –ante esto último Sakura asintió otra vez.
¿Raro? Mokona entornó los ojitos cerrados, desconfiada. Atado cabos.
-¡Creo que voy a hacerle una visita! –exclamó entonces, dando un nuevo salto entusiasmada y saliendo corriendo de la cocina antes de que Sakura o Syaoran pudiera impedírselo.
Otra vez Mokona subió las escaleras del Cat's Eye para llegar a la zona de dormitorios. No le costó demasiado llegar hasta el de Kurogane que era el último a la derecha y abrir la puerta como, rato antes, había hecho con la de Fye.
A diferencia de Fye, Kurogane no estaba junto a la ventana, si no tumbado en la cama mirando al techo, con los brazos cruzados bajo la nuca y expresión seria. Claro que Kurogane siempre tenía expresión seria. Salvo cuando se enfadaba. Por eso a Mokona le gustaba tanto enfadarle.
-¡Kuro-sama! –gritó el bollo blanco saltando hacia el susodicho.
Éste se incorporó de golpe, como movido por un resorte y trató de sacudirse a la criatura de encima sin éxito pues se había agarrado al cuello de su camisa.
-¡Déjame!
-¡No! No a no ser que hables conmigo, Kuro-sama –dijo Mokona.
Con un resoplido cansado el ninja se paró y Mokona quedó en el aire, aún agarrada a su camisa y sin vistas a soltarse por lo que él podía ver. Sin demasiada dificultad escaló por su brazo hasta llegar a su hombro donde se sentó bien acomodado.
-¿De qué quieres hablar, manjuu? –gruñó Kurogane, mordaz.
Mokona sonrió ampliamente y Kurogane supo de inmediato que aquella conversación no auguraba nada bueno para él.
-De Fye.
Continua en el capítulo 7~
