¡Hola! Siento la tardanza u.u. Tuve problemas con mi pc y no me dejaba subir TOT. Pero aquí terminé el segundo capítulo n.n.


Notas; Este fic es un Ryo-Saku-Ryo. (no¬¬, no me refiero a Ryoma dos veces, si no una a Ryoga). y demás parejas acompañantes.

-Los personajes no estarán en OOC de ese. (lo digo por los típicos que van dejando mensajitos por ello. Leñe, que es diversión escribir¬¬)

-Como todos mis fics: Tendrá lemon, pero en su MOMENTO.

-Los personajes no me pertenecen: Son de Takeshi Konomi.

-NO copien mi historia sin mi permiso, por favor.(que ya me ha pasado una vez TOT).

-Es un UA ó UA, Vamos, universo alterno n.n

-Me comprometo a intentar hacerlos más largos ;D.a menos que me suceda algo de repente.

-NO ES YAOI.

-COMO YA SABEN YO SIEMPRE, SIEMPRE Y SIEMPRE, CONTINUO MIS HISTORIAS.Quien crea que NO, es que NO ME CONOCE¬¬.

(Esto último me lo he visto obligada a ponerlo, gracias a alguien que dice que no se molesta en poner mi historia en alerta porque seguramente no la continuare¬¬. Eso me molestó sinceramente, puesto que SIEMPRE, cuando es su turno, la sigo. ¿o no es verdad? (A menos que me la borren como pasó con mi querido ginecólogo¬¬). Otra cosa a decir gracias a ese personaje¿Escribir por diversión? Sí. Pero, también me gusta saber qué opinan los lectores de lo que leen. No es tan difícil de entender.

Fic: Resumen:

Ryoma Echizen buscaba una secretaria eficiente, cansado de sus problemas con su familia, empresa y ex-secretaria. Sakuno Ryuzaki, tímida, de aspecto nada sexy, quería un nuevo trabajo como secretaria. Momoshiro Takeshi, abogado, echaba de menos a su antigüa novia, pero eso no impide que ayude a dos de sus mejores amigos. Así es como se conocen estos dos personajes y así, es como empieza su historia

Aviso:

Siempre suelo dejar intriga, así que prepárense. Es drama-romance aviso por las personas sensibles, luego no se me quejenXD.


Capítulo 1.

Sakuno Ryuzaki...

Dejó descansar su barbilla sobre su muñeca distraidamente, tropezando ante su descuido y casi golpeando ésta contra la mesa de el comedor. Su hermano lo miró incrédulo, alzando una ceja y ladeando la cabeza en negatividad. Ahí tenía más puntos para pensar que su hermano pequeño lo veía como un tonto incompetente, entre otras cosas.

Fijó sus ojos en él, que terminaba por comer a desgana aquella tostada y remugaba sobre la comida japonesa. Frunció las cejas. Quizás debería de hablarle sobre la joven, saber si llegó a presentarse en las oficinas Echizen y, por una pura casualidad, Ryoma la aceptó. Tampoco perdía nada por intentarlo, al igual que por preguntarlo.

-Ayer estuvistes con las entrevistas de las secretarias, según creo recordar-. Comenzó llamando así la anteción de el menor-. Por casualidad... ¿Fue una joven algo perdida, de cabellos largos castaños, anteojos grandes y vestidos antigüos?

Ryoma pareció pensativo por un instante y negó con la cabeza, alzándose y dejando caer la servilleta sobre el plato vacio. Alzó una mano en despido y salió por la puerta. Ryoga no le creyó. Generalmente Ryoma terminaba por preguntar quién era la persona y después pensaba sobre esta. Era tan fácil que él olvidara el nombre de alguien. ¿A cuantas personas le había presentado ya millones de veces por su olvidadiza memoria? Demasiadas.

-Señor, tiene una llamada-. Informó una joven sirvienta con el teléfono en una vandeja-. Es su padre.

-¿Mi padre?-. Preguntó extrañado.

-Así es-. Afirmó la joven.

Tomó el auricular algo preocupado. Era raro que Nanjiro Echizen llamara tan temprano, pero si lo hacía, era efectivo o bien había estado bebiendo toda la noche, tan borracho, que llamaba para gritarles. Sin embargo, no fue así.

-Ajá... entiendo-. Afirmó tras escucharle atentamente-. Se lo cometaré a Ryoma. Es raro que os hallan llamado a vosotros por equivocación-. Se molestó frotándose el mentón. Entonces sonrió complacido-. Por cierto, papá... ¿Te suena de algo el apellido Ryuzaki?...


Cerró la puerta de el taxi y corrió hasta las grandes puertas, sorprendiéndose, jadeante, de ver la figura altiva que se encontraba ante ella, mirándola de reojo y algo sorprendido. El apuesto joven miró su reloj y negó con la cabeza, mientras que se obligó a sí misma a aferrarse a su abrigo por la mirada.

-No le pagaré horas extras.

-No era esa mi intención-. Susurró con miedo.

Agachó su rostro, mientras que le observaba por encima de las monturas oscuras. Alto, de aparencia fuerte bajo aquel traje grisaceo, casi plateado, y una camisa prieta azulada. Era el encargado de abrir las puertas y por lo visto, se lo tomaba realmente en serio. Ryoma Echizen le parecía seco, duro, frio y demasiado directo. Todo lo contrario a su hermano mayor. Amable y galán. ¡Demonios¡Podría ser su secretaria perfectamente!

Sin embargo, no quería defraudar a Momoshiro. Se había esforzado mucho en conseguirle ese trabajo y no lo desperdiciaría. Su jefe no podía ser peor que Kaidoh o Atobe. Pero por esa misma razón, se había levantado más temprano de su constumbre y en lugar de coger el autobús, cogió un taxi para llegar antes y ser efectiva en su trabajo, y no llegar tarde, y él... ¡Él le decía que no le pagaría horas extras!

Bueno, cabía la posibilidad de que estuviera recien despertado y de mal humor por ello. Recordó el consejo de Momoshiro sobre él, su respuesta al mal humor, y decidió no abrir la boca. Claro, que no sería difícil. Era demasiado vergonzosa como para querer mostrar interés en su salud o, peor, en si había dormido o no. Derepente la idea de que el hombre hubiera estado durmiendo con una mujer, cruzó su mente. Se llamó a sí misma estúpida por no pensarlo antes. Era un hombre sano y tanto estrés no era bueno para un hombre. Necesitaría desfogarse como fuera.

Y la cama era una buena opción para el género masculino.

Sus mejillas debieron de enrojecer y por un momento pensó que él podría leerle la mente y la miraría como una solterona pervertida. Pero es que era una solterona. Una solterona que por primera vez en su vida, se sentía atraida por el hermano mayor de su jefe.

-Café.

-¿Eh?

Se volvió hacia él, en el momento justo que el ascensor se detuvo y la hizo tambalearse ante la sorpresa y se agarró por pura inercia de la chaqueta grisacea. Él la observó y sin moverse, esperó, pese a que las puertas estaban ya abiertas, que ella se incorporara. Un dulce aroma a colonia y hombre, la inundó. Ryoma no usaba el mismo tipo que había sentido en Ryoga, era más... dulce y masculina.

-Quiero café-. Repitió andando ante ella a grandes zancadas-. Ya.

-Sí, señor.

Miró la entrada que sería como su despacho y en menos de un minuto, logró descubrir, tan solo con una mirada, dónde se encontraba cada objeto que necesitaria. Cuando encontró la cafetera, sin ni siquiera dejar lo que tenía entre sus manos, la preparó. Si Momoshiro tenía razón, lo que menos quería era que en su primer día la gritaran. Por ahora, pese a haber sido tajante, no la había dejado caer y tampoco, le había gritado. Repitiéndole las cosas con paciencia. ¿Cuanto duraría? Por supuesto, no se aprovecharía de ello.

Colocó sus cosas sobre un perchero y caminó hasta la dura mesa de granito brillante, cogiendo la agenda negra y el bolígrafo que descansaba sobre esta y observándola. Era la agenda de Ryoma Echizen y claro está, tendría que volver a encontrarse con él. Llamó a la puerta y tras escuchar un osco adelante, se adentró en la claridad de el despacho con olor a incienso perfumado, demasiado fuerte y pesado, que la obligó a arrugar su nariz en molestia.

Echizen se encontraba frente a un enorme fichero, rebuscando y maldiendo a la anterior secretaria. Al escucharla, la observó de reojo. Sakuno abrió las hojas y encontró al fecha señalada. Leyó atentamente y esperó, con la mirada clavada en la ancha espalda masculina. ¿Ryoga también sería tan ancho? Seguramente. Puede que hasta más que Ryoma, al ser el mayor.

-¿Y bien?-. Preguntó él mirándola con el ceño fruncido.

-¡Oh, sí!-. Recordó nerviosa por ser descubierta-. Tiene cita con el señor Takefumi esta tarde a las cuatro, a las siete otra con la señora Metiers. Y en la mañana al parecer, tiene, a las diez, reunión con los trabajadores... a las doce...-. Ahora casi maldijo ella misma-. No entiendo esta agenda-. Confesó en un suspiro.

-Ni yo-. Sentenció él-. Esa inutil-. Maldijo en voz alta.

Se acercó hasta ella, arrancándole la agenda de las manos y tirándola por la ventana abierta. Sakuno le miró asombrada y hasta sintió el reflejo de haber corrido para detenerle. Después, mientras aún seguía absorta en el suceso, él le dejó un billete de diez euros sobre su mano. Le miró, para alternar su ver en el billete.

-Ves a comprar otra ahora mismo-. Ordenó.

Ir a comprar una agenda. Aquella era la orden más tonta, por no decir estúpida, que había recibido nunca. Pero la siguió. Para su suerte, había una papelería justo frente a las oficinas y fue rápido. Cuando regresó, una sombra la alteró, obligándola reprimir un gemido de miedo en su boca y dándo varios pasos atrás. Su mano quedó presa de una más grande y cálida, reteniendo su huida y apremiándola a tranquilizarse.

-Buenos dias, señorita-. Saludó el hombre ante ella-. Quisiera ver a mi hermano, pero esperé hasta tener el honor de verla.

-Se... señorito Echizen-. Repitió lo que recordó de la secretaria de él mismo-. En..., en seguida le aviso-. Informó.

Dejó con torpeza la agenda sobre la mesa y presionó el botón que encendería el intercomunicador hasta el despacho. Un simple gruñido fue la respuesta que recibió.

-Señor, su hermano se encuentra aquí-. Habló atropelladamente.

-¿Qué?

Antes de que respondiera, la puerta se abrió brusca y la figura de Ryoma apareció tras esta. Sakuno los miró alternadamente y tal y como había pensado, Ryoga era más grande, apuesto, sonriente, alegre, guapo, atractivo, que su hermano. ¿Por qué no podía ser la secretaría de aquel monumento de hombre? Claro está, no podía negar que Ryoga tenía muchas cualidades que a Ryoga le podrían faltar, pero su inocente corazón estaba disparado hacia el hermano mayor.


Se había desecho de aquella agenda sin pensar. Era normal que su secretaría nueva se perdiera con las notas de la anterior y por ello, no lo soportó. Ni siquiera pensó lo que hacía. Se había roto los ojos buscando el maldito documento que necesitaba y cuando parecía que lo iba a encontrar, su hermano hizo aparición. El caso era raro. Ryoga nunca iba hasta su despacho si no era nada necesario para su interés.

En la mañana parecía haber estado absorto en algo y preguntó por su nueva secretaria. Lo que menos necesitaba ahora era que de nuevo, otra terminara cayendo en los brazos de su hermano y desertando por estar enamorada de Ryoga. Aunque, por lo que había visto y escuchado de Momoshiro, Sakuno no parecía capaz de hacer algo así. Casi rezó porque fuera así. No soportaría otra rueda de entrevista con mujeres vanas y falsas.

Y mira que la muchacha era extraña. Se sonrojaba demasiadas veces, parecía estar en su mundo de hadas, aunque era eficiente, torpe cuando no debía de serlo y tartamuda en nervios. Sacudió la cabeza. Era todo lo contrario de lo que a su hermano podría interesarle. Pero él estaba ahí. En su maldito día de trabajo.

-¿Qué ocurre?-. Preguntó con necesidad de echarlo.

-Papá llamó nada más irte-. Declaró-. Dijo que los señores de la empresa Tezuka llamaron.

-¿Tezuka?-. Preguntó él asombrado.

-Sí-. Respondió Ryoga siguiendo con la mirada los movimientos de Sakuno-. Es interesante...

-¿Esas empresas o la llamada?-. Preguntó interesado. Era bastante importante saber qué planeaban.

-Decía tu secretaria, pero como nunca te enteras de nada-. Suspiró Ryoga golpeándole el hombro-. Sobre la llamada, dijo que te enviarían un informe sobre su petición y que no entendía porqué razón se lo habían enviado a él. Aunque conociéndote, no creo que tardes en informarte por ti mismo.

Guardó silencio, intentando pensar. Hasta que la idea y el recuerdo de su anterior secretaria llegó a su mente. Le daría el número equivocado. Se frotó la sien con sus dedos y negó con la cabeza. Sintió el ruido de el café verterse y desvió su mirada hasta la derecha. Sakuno Ryuzaki se encargaba de servir dos tazas de café entre ellos dos. Pestañeó de asombro. ¡Era tan diminuta! Ellos dos la superaban de altura y anchura. Parecía una muñeca frágil y rompible.

Cierto que Ryoga Echizen era mucho más grande y alto que él, pero tampoco se quedaba atrás. Muchas de las mujeres que habían sido sus acompañantes de fiesta, o noches, eran más bajas y de cuerpo fráguiles. Pero esta joven, era demasiado. Quizás eran las grandes ropas, las grandes gafas, o su falta de personalidad fuerte, pero parecía que hasta un simple golpe de aire la rompería..

-Aquí tienen-. Dijo con voz miedosa-. Su café.

-Gracias-. Agradeció Ryoga tomando su taza-. ¿Y tu no tomarás?

-Gracias, pero no-. Se disculpó ahogando una mueca de asco-. No me gusta el café.

Y tal y como dijo esas dos simples frases, su rostro optó por un toque carmesí cuando su hermano la alavó, diciendo que así su boca no tendría mal sabor. Era cierto que el café era horrendo. A él tampoco le gustaba. Pero lo necesitaba para mantenerse despierto y en su puesto. Desde siempre había sido demasiado dormilón y no era de estrañar que fuera el primero en acostarse de toda su casa y el último en despertar.

Regresó hasta su despacho, con la taza de café humeante en una de sus manos y retomó su trabajo con los documentos. Tenía que acordarse de decirle a su secretaria que colocara todo de nuevo. Quizás sí que tendría que pagarle horas extras. Escuchó la voz de Ryoga, aún fuera de el despacho y arrugó la boca en una mueca de molestia. Sakuno tendría demasiado trabajo como para que él la estuviera molestando, además, Ryoga también tenía sus qué haceres.

Alzó el teléfono y tras marcar, esperó tono de llamada y la contestación prudente.

-Oficinas Tezuka¿en qué puedo ayudarle?

-Buenos dias, quisiera hablar con Kunimitsu Tezuka-. Explicó con voz dura.

-Enseguida.

Pasaron tres minutos hasta que la dura y seria voz de el llamado contestó al teléfono.

-Señor Echizen-. Saludó con cortesía obligada-. Sentimos mucho el mal entendido.

-No-. Negó-. Fue culpa nuestra. De todas formas, en lugar de esperar su informe, quería ponerme en contacto con usted.

-Sí, me parece bien-. Agradeció sutilmente la otra voz-. Estaba preocupado, ya que su empresa quedó en ayudarnos.

-Y no me retiraré-. Declaró-. Es más. Nosotros mismos nos encargaremos de todo. Tan solo esperamos una buena salida por su parte. Nos aseguraremos de que el proyecto sea como usted quiere.

-Gracias. Da gusto invertir dinero en algo que realmente salga bien. Buenos dias.

Colgó el telefono de inmediato y se recostó sobre su silla, llevando la taza hasta su boca. Kunimitsu Tezuka era un hombre realmente importante, aunque no tanto como la familia Echizen. Tenía muy buenos conocimientos de donde invertir y donde no. Desde luego, las empresas Echizen era un gran pilar y sus proyectos con las otras empresas habían sido perfectos. Ryoma no aceptaba un fallo y Tezuka lo sabía. Por eso mismo lo eliguió.

-Bien hecho, pequeño-. Aplaudió su hermano.

Apoyado en el quicio de la puerta, lo observó. Arrugó las cejas, acercándose hasta él, asegurándose de que la puerta quedaba cerrada, y sentándose en una de las cómodas sillas.

-¿Por qué me has mentido, pequeño?-. Preguntó.

-¿Eh?

-Te pregunté sobre tu secretaria y me dijistes que no lo sabías.

Bufó. ¿Por qué siempre tenía que pasar por eso? Su hermano era experto en fastidiarle. Tanto en trabajo como en mujeres. Terminó de vaciar la taza y desvió la mirada hasta la puerta cerrada, arrugando el entrecejo. Quería observar el trabajo de su secretaria, por si se veía obligado a echarla si no daba frutos, no ha permitirle descansos mientras creía que él no la observaba. Pero algo dentro de él, le dijo que tal y como Takeshi le había dicho, Sakuno no se detendría a descansar como debería.

-¿Por qué has cerrado?-. Preguntó.

-Porque tengo algo que decirte sobre tu secretaria-. Explicó el mayor enderezándose en la silla-. Sakuno Ryuzaki. ¿Realmente no te suena ese nombre?

-No-. Negó desinteresado. ¿Qué le importaba si había aceptado por un amigo?

Ryoga bufó, sorviendo de su taza y mirándola atentamente por un instante, para devolver la mirada hacia su hermano.

-Ryuzaki. Ryuzaki-. Repitió como si fuera su conciencia. Suspiró al darse por vencido-. Tatsumoto Ryuzaki. Era el anterior dueño de todo esto, Ryoma. Antes de que papá se lo comprara. El hombre estaba enfermo y murió. Su mujer, Sumire Ryuzaki, heredó todo su dinero, ya que su hijo murió también. Sakuno, la joven que es tu secretaria, es la única heredera. ¿Sabes lo que eso quiere decir?

Ryoma le miró atentamente. Ryuzaki. Ahora sí comprendía de donde le sonaba aquel nombre cuando lo escuchó y leyó. Alzó sus cejas en sorpresa y Ryoga sonrió ampliamente.

-Exacto-. Afirmó el mayor-. Esa mujer tiene más dinero que los tres Echizen juntos. Me gustaría saber porqué trabaja de secretaria. He concertado una visita con su abogado esta mañana, así que tengo que irme.

-¿Por qué tanto interés?-. Preguntó extrañamente molesto.

Ryoga guardó silencio, mientras comenzó a jugar con la tela de sus pantalones, para mirarle con cierta tristeza.

-¿Sabes cual ha sido el trato de tu padre?-. Preguntó con sarcasmo. Ryoma negó-. Me dijo que era la última vez que me ayudaba gratis. Su cambio por las empresas, era que me casara.

Sintió un nudo en el estómago ante la mirada de su hermano mayor. Sabía algo de eso, pero creía que era ilógico. Ryoga ya era bastante mayor y que su padre quisiera que sentara la cabeza, le parecía bien, pero la mujer que viviera con él, terminaría sufriendo y lo que menos quería ahora, era que una de sus secretarias sufriera. Aquello retrasaría su trabajo y se vería obligado a cambiarse de nuevo de secretaria, por no decir que se despidiera ella misma de improvisto.

-¿Qué tiene que ver Ryuzaki?-. Preguntó.

-¿Cómo que qué?-. Exclamó asombrado Ryoga-. ¡La quiero a ella!-. Setenció.

Ryoma Echizen no era un hombre de sentimientos. Nunca había sentido ni le habían herido. Así como tampoco lo había hecho, al menos, dándose cuenta. ¡Si supiera cuantas mujeres habían llorado sangre por él! Era consciente de que su padre y hermano no eran trigo limpio y que harían lo que fuera para sacar dinero hasta de debajo de las piedras, si era necesario, jugarían fuerte. Sin importarle a quien se llevaran por delante.

-Bueno-. Dijo Ryoga alzándose-. Tengo una visita con su abogado, si me disculpas.

-Ryoga...-. Llamó en un acto reflejo, sin mirarle-. Yo de ti... no me metería con ella. Solo es un consejo.

Ryoga tan solo ladeó su mano en despedida, abriendo la puerta ante y él. Ryoma sabía que Ryoga no comprendería la razón de su consejo, pero estaba seguro que hacía bien en aconsejarle, aunque fuera de una forma tan improvista hasta para él mismo. Sakuno Ryuzaki, estaba más respaldada que el propio presidente.


Sus dedos se movieron sobre la mesa de su despacho, mientras que miró una vez más el reloj sobre la puerta. Finalmente, el timbre lo hizo dar un bote en la silla y acercase a grandes zancadas hasta la puerta. No le gustaba nada tener que recibir a ese hombre en su trabajo. Más, tras su llamada anterior. Quería hablar sobre Sakuno. Que Ryoga Echizen se interesara por la situación económica de Sakuno, en lugar de lo que esta guardaba debajo de sus faldas, era raro. No. Extraordinario.

-Siento el retraso-. Se disculpó el altanero joven-. Pero el tráfico estaba insoportable. Demasiados coches.

-No se quejará. Las empresas Echizen tiene tres concesionarios por familiar-. Gruñó permitiéndole entrar-. ¿A qué se debe su visita, señor Echizen ¿Acaso mi cliente le ha hecho algo y quiere denunciarla?

-Todo lo contrario.

El corpulento joven se adentró en el gran despacho, observando atentamente a la joven secretaria. Takeshi tosió y señaló su despacho privado. Lo que le hacia falta ahora era que su siempre distraida secretaria perdiera sus cavales por él. Ryoga riendo, entró. Se acomodó a sus anchas y espero que Momoshiro se sentara, para empezar a explicar sus razones.

-Verá, siento curiosidad por saber si es cierto que la señorita Ryuzaki es heredera de una gran fortuna. ¿Por qué, si fuera así, estaría trabajando como secretaria nuestra?

-¿Está insinuando, que si Sakuno fuera una rica heredera, se metería en sus límites para hundirles?

-Algo así-. Afirmó Ryoga inclinándose hacia él-. ¿Estoy equivocado?

-En cuanto a la herencia, no-. Confesó-. Pero Sakuno jamás entró en vuestros límites con la intención que usted cree-. Se volvió y sacó una gran carpeta color beige-. Ella está allí porque su hermano me hizo el favor de aceptarla. Tiene una gran capacidad como secretaria, estudios de medicina animal y una inteligencia superior a los que todos se creen-. Extendió un papel sobre su mesa-. Este es el testamento de Sumire Ryuzaki. Tal y como puede observar, dejó en herencia todo a su nieta. La única descendiente con vida.

Ryoga lo tomó entre sus manos, observándolo con gran atención.

-El último párrafo escrito, cuenta la última voluntad de la mujer. No quería que Sakuno heredara nada, hasta casarse. Sakuno es una mujer rica, sí señor, pero desconoce que lo es-. Explicó Momoshiro-. Es más. Pese a que podría estar viviendo de lujo y preocuparse por la herencia de su abuela, le gusta más trabajar y estudiar. Es como una esponja, absorve todo en cuestión de segundos o minutos.
-Pero su caracter la reprime-. Cuestionó Echizen.

-Así es-. Afirmó.

El mayor, entregó el folio tras revisarlo varias veces. Apoyó su espalda sobre el respaldo de la silla y lo escrutó con sus ojos marrones, claros, de un toque rojizo. Momoshiro los encontró realmente parecidos a los de Sakuno. Solo que los de la castaña eran más dulces y brillantes. Cuanto más lo observaba, pese a parecerse a Ryoma, eran diferentes en totalidad.

-¿Por qué tanto interés, entonces?

-Porque me interesa-. Confesó Echizen sonriendo-. Quiero convertirla en mi prometida. Y no quiero que la gente se lanze contra ella. Quiero que pueda protegerse las espaldas.

-Ya veo...

-¿No tiene incoveniente?

-Siempre que ella acepte, no.

Aquello pareció relajar al visitante, que suspiró aliviado. Se ciñó el cinturón de su traje caro y le miró de nuevo.

-Mi hermano dijo que no me metiera con ella-. Contó inexpresivo-. Pero... esa joven realmente me gusta. Me interesa.

-Disculpe mi osadia-. Interrumpió Takeshi-. Pero, conozco a su hermano desde pequeños y muchas veces he estado en su casa. Siempre que le he visto, ha llevado las mujeres más... más exuberantes que he visto nunca. Sakuno no entra en esa definición.

-Es fácil hacerla entrar-. Respondió Ryoga sonriendo maliciosamente-. Será mi mujer y yo la cambiaré.


No podía creerse lo que había echo. En toda su vida, no se había atrevido, pero aquel hombre se había alzado con crueles intenciones y no podía permitir que aquello sucediera otra vez ante ella. Una vez pasó, pero otra vez, no. Se negaba a ello. Mantuvo agarrada la muñeca en la espalda de el agresor y clavó el cañón de su pistola sobre su sien, a la vez que miraba a la mujer que apuntaba con tembloroso pulso hacia ellos.

-Suelte el arma-. Ordenó.

-¿¡Por qué... por qué tendría que hacerlo1?..., esto...¡Es un secuestro!

-Venga, por favor, mujer-. Exclamó con sarcasmo-. No podrás secuestrar nada si te mato. Baja el arma.

Al parecer, la mujer accedió. Dejó caer el arma en el suelo. Con avilidad conseguida, apresó las muñecas de el hombre con sus esposas y en rápidos movimientos, neutralizó a la fémina. Arrojó las armas en dos bolsas de plástico y se apartó unos mechones de la frente. Los pasajeros aplaudieron su valentía y lloraron al ser liberados. No podía creerse que volviera de regreso a America, de vacaciones, y tuviera que trabajar.

Cuando el avión aterrizó, la prensa y la policia se encontraba ahí. Intento resguardarse de las noticias, pero estas la hundieron con preguntas típicas, a las que en silencio, evadió. No sabía sí lo consiguió, pero al menos, cuando se adentró en su pequeño apartamento, pudo respirar con tranquilidad.

En la oscuridad, recorrió todo con la mirada, con la delgada espalda apoyada en la puerta. Suspiró, al notar bajo sus pies las muchas cartas y se removió el cabello ante la idea de que muchas no habían apuntado su dirección de Japón, si no que continuaban enviándoselas a America. Las recogió con fastidio y se dejó caer en el sofá de cuero negro, abriéndolas una por una, pero sin leer.

Movió su mano sobre el sofá y sus dedos tocaron sin querer el mando de la televisión, la cual, tras encenderse, mostró justamente, el atentado de secuestro contra el avión y sí, ella también salía. Se maldijo por dentro y menos de lo que creía, el teléfono sonó. Lo cogió con desgana y suspiró con cansancio.

-Ann Tachibana... Sí, mama, no te preocupes, no ha sido nada. Iré a verte mañana. No, no necesito comida. Gracias... adios.

Estaba segura de que después de su madre, su hermano y el resto de su familia llamaría. Volvió a centrarse en las cartas y halló una bastante interesante, que la hizo sonreir.

-Sakuno.

Había conocido a Sakuno por casualidades de la vida y le encantaba esa joven miedosa, tímida y tan frágil de caracter y cuerpo. En seguida se hicieron amigas y la defendió a cuerpo y alma. No le había dado su dirección nueva y seguramente, cansada de no recibir contestación, le escribió a un lugar seguro, contándole las últimas noticias. En esa, la informaba de su recien puesto en las empresas Echizen y cuando leyó el apellido, sintió una gran punzada en su pecho.

Echizen no podía hacer otra cosa que recordarle a él...

Pero en esos instantes, le preocupaba más Sakuno. Conocía a Echizen y no era una persona demasiado social. Sakuno se aterraba demasiado y Ryoma era capaz de herirla sin saberlo. Incluso de dejarla caer por unas escaleras sin darse cuenta. Despistado a más no poder. Lo más extraño de todo, es que ella la dejó estudiando veterinaria y ahora estaba de secretaria. No era lógico. ¿Por qué la había dejado que se fuera a esos lares?

Demonios. Todos y cada uno de los caminos la llevaban a su recuerdo. Hasta su departamento. Por más vueltas que quisiera darle, Takeshi Momoshiro estaba clavado en su piel. En cada uno de sus poros. Él había sido el comienzo y por más vueltas y engaños que quisiera darle a su corazón, quería que fuera el fin. Lo había amado como niña y lo amó como mujer, entregándole todo.

Pero se negaba a sí misma a concederse algo así. Le abandonó. Aunque él tampoco hizo intento de retenerla, tal y como ella deseaba. Esa, era la única prueba que necesitó para saber que él no la amaba. Que no le importó que se marchara. Y cumplió su sueño. Se convirtió en policia. Detective, para ser más exactos. Superó todas sus pruebas sin problemas y no dudó en detenerse en ese momento de su carrera, tranquila y sin riesgos de más. Había trabajado demasiado y ahora, disfrutaba de sus merecidas vacaciones.

Saltó sobre la moqueta y lanzó sus zapatos lo más lejos posible, para correr descalza hasta el baño. Quería ver como se estaba comportando Sakuno en su trabajo y sería mejor ir cuanto antes. El medio día empezaría pronto y quería invitarla a comer. Tenía muchas cosas que contarle, preguntarle y saber. Además de intentar convencerla para que dejara las empresas Echizen.


Sacudió sus manos sobre sus caderas y dejó que las mangas suvidas hasta los codos, se deslizaran por sus delgados brazos, sonriendo ante su trabajo. Tal y como Echizen le había pedido, reordenó todos los inventarios, los archivadores y se encargó de contactar con las citas de aquel día para que no se metiera en lios innecesarios.

En esos momentos, su jefe debía de encontrarse con los trabajadores de el mismo edificio, asegurándose de que las máquinas interiores de la corporación Echizen funcionaban correctamente. Sin embargo, se sorprendió al verle detenido en la puerta, con la mirada asombrada en su alrededor y una bolsa en su mano izquierda. Lo miró con curiosidad y hasta carraspeó para ser vista.

-Toma-. Dijo él saliendo de su estupefacción.

Sakuno tomó la bolsa con cuidado y miró el interior, mientras que él, tras tomar otra taza de café, se enterró en su despacho. Pestañeó y hasta una sonrisa de felicidad escapó de sus labios al ver el contenido. Botecitos diminutos de zumo y algunos croissant's. Apresó la bolsa contra su pecho y casi dio un salto diminuto sobre sus pies. Era la primera vez que uno de sus jefes tenía en cuenta que no soportaba el café.

-Ryuzaki.

-¡Sí, señor!

Dejó la bolsa sobre su mesa y se adentró en el despacho. Ryoma estaba situado en el centro, cruzado de brazos y la cabeza gacha. La mirada se posó sobre ella y un extremecimiento la recorrió.

-¿Qué desea, señor?-. Preguntó.

-Recordarte que tenemos mujer de la limpieza-. Gruñó.

Las doradas orbes de su jefe rodaron por la limpia habitación, que ella misma había limpiado y ordenado, y se detuvieron sobre las velas que ella misma se había atrevido a colocarle. Tenía un olor dulzón a jazmin. Temió por un instante que a él le desagradara, pero también había recordado que muchas de las visitas eran fumadores y era mejor tener velas antitabaco que oler el sucio aroma que terminaban dejando. Sin embargo, su jefe tan solo se acercó hasta ellas, inclinándose lo suficiente como para poder obtener un suspiro de aroma.

-Le gusta el jazmín¿señor? Si quiere lo cambio por el anterior...

-No-. Negó-, déjalo.

Fue hasta su asiento, observado por ella con atención. Había dejado descansando su chaqueta sobre el negro sofá y la camisa parecía perfectamente ajustada a su cuerpo, mostrando los grandes hombros y perdiéndose en su cadera. No llevaba corbarta y dos botones superiores dejaban ver su cuello, masculino y bastante atractivo. Suspiró. Ryoga, sin embargo, mostraba siempre una oscura corbata negra atada a su cuello, impidiendo que se le viera.

-Ryuzaki-. Repitió la voz ruda.

-¡Ah, Perdón!-. Exclamó acercándose hasta la mesa-. ¿Qué desea?

-Fotocopia estos informes y guardalos. Llama al resturante y pídeme la comida.

Afirmó, tomó los papeles y pensó por un instante.

-¿Qué restaurante?

Él suspiró y señaló su espalda mientras que miraba otros documentos con gran atención. Sakuno se acercó, para poder ver mejor el letrero de el restaurante.

-Si no ves, quítate las gafas.

-¿Eh?-. Exclamó asustada-. Sí... sí que veo con ellas... si no viera... no las llevaría y...-. Suspiró con urgencia-. ¿¡Qué desea para comer!?

Se asustó al ver que el fruncía el ceño y se frotaba el oido con uno de sus dedos. Su mirada le avisó que no le gustaban los gritos, pero es que el tema de las gafas, la ponía realmente nerviosa. Era su defensa. Su careta ante los demás. Y ocultaban sus enormes ojos que tanto decía Atobe que le gustaban.

-Lo que quieras-. Zanjó ante el asunto de la comida.

-Sí, señor...

Regresó hasta su asiento y casi como un robot, demandó la comida. Tan solo esperaba que le gustara. Tenía gustos raros y justos a la hora de comer fuera. Prefería cocinarla ella misma, por eso, era algo torpe a la hora de pedir algo. Fotocopió los papeles y los archivó, llevándole a él los usados. Ryoma era serio y se concentraba demasiado en el trabajo, como para pensar en que algún momento estuviera relajado. Si entraba, ya alzaba la cabeza para mirarla y enseguida, la escondía en su tarea.

Lo mismo sucedía con las llamadas. Si hablaba por el intercomunicador, no tardaba nada en contestarle. Siempre alerta a cualquier cosa, y antes de que ella le informara de una cita, él ya estaba más que preparado, con la chaqueta puesta y la carpeta entre sus manos. Al parecer, había tenido tantos problemas con sus anteriores secretarias, que ya no se fiaba.

Cuando la comida llegó, la llevó hasta la pequeña mesa que descansaba en el despacho de el hombre, preparándole una improvisada mesa. Ryoma la miró de reojo y afirmó antes de que le dijera que ya estaba listo. En el momento en que el hombre colocaba sus posaderas sobre el cómodo sofá, unos golpes finos retumbaron en la puerta.

-Llego apunto para comer.

Se tensó sobre sus pequeños tacones y se volvió, con los ojos brillantes. Ryoma esbozó un gruñido y comenzó a comer.

-¿Qué no piensas invitarme?.

-No.

-Me da igual, no he venido a verte a ti. Sakuno, cuanto tiempo.

-¡Ann!-. Exclamó esta abalanzándose sobre ella.

No podía creer que fuera cierto, pero así era. Ann Tachibana había regresado de Japón y estaba detenida como una reina ante ellos dos, con la mitad de su cuerpo recargada sobre el filo de la puerta y de brazos cruzados. Sin embargo, cuando la abrazo, fue contestada con otro fuerte apretón. Ann casi la aplastaba. Según le había contado Takeshi, el hermano mayor de Ann era experto en técnicas de lucha. Artes marciales y por lo tanto, Ann aprendió a defenderse, por supuesto, su trabajo como policia ejercitó más su fuerza. Sin embargo, no había perdido su femenidad.

-¡Te eché mucho de menos!-. Exclamó escondiéndose en su hombro-. ¡Oh, Ann!

-Yo también, Sakuno-. Señaló su compañera-. Y me pregunto; ¿qué haces trabajando para Echizen?

Sakuno parpadeó por un instante, y con toda la inocencia de el mundo, lo dijo.

-Takeshi fue quien me ayudó-. Rebeló-. Gracias a él tengo este trabajo.

Ann la miró con angustia, para desviar su mirada hasta el hombre que continuaba comiendo, ignorándolas por completo. Los ojos azulados parecían tener impulsos de llorar, pero era reprimidos. Ann se apartó un corto mechón castaño rubio de su rostro, escondiéndolo tras su cabeza y sonrió forzada.

-Momoshiro continua siendo un trozo de pan.

Esta vez, su jefe sí se alzó y la observó con una mirada desaprovadora. Sakuno se estremeció entre ellos. Ann golpeó sus hombros, desviando la mirada de Ryoma y centrándose en ella.

-¿Ya es la hora de que te vallas a comer?-. Preguntó.

-Umm-. Revisó su reloj y negó con la cabeza-. Me queda media hora.

-Oh...

-Puedes irte-. Dijo Echizen abriendo una lata de fanta-. Has venido antes y trabajado. Vete.

-Muy bien-. Aceptó rápidamente Ann-. ¡Vamos, Sakuno, antes de que se arrepienta!

Entre risas, ambas cruzaron la calle y se adentraron en el mismo japonés que Ryoma había pedido la comida. Tras pedir ellas algo, Ann la miró por entero, arrugando las cejas en tristeza.

-¿Qué pasó con tu atuendo¿Has robado una tienda de antigüedad?

-¡Oh, Ann!-. Suspiró con tristeza. Bajó la voz para confesar-. Uno de mis jefes me besó y me aterrorizé. Desde entonces, cambié.

-Pues ya puedes ir volviendo a como eras antes, que Echizen ni se enterará de que has cambiado. Ese hombre es más... ¿Despistado?-. Ann rió divertida-. En serio, Sakuno. Eres demasiado preciosa como para esconderte tras esas grandes ropas y gafas que ni necesitas. ¿Es que no piensas casarte nunca?, venga¿No te gusta nadie?

Como un rayo, el rostro sonriente de Ryoga Echizen cruzó su mente y sus mejillas tomaron el color maduro de un tomate. Ann sonrió maliciosa. Podía leerla como un libro abierto y Sakuno sabía que no cesaría de hacer preguntas hasta el último momento en que se lo sacara, así que era mejor dejar las cosas claras cuanto antes.

-Quien... quien me gusta es imposible-. Comentó-. Él... nunca podrá fijarse en mi.

-Con ese atuendo...

-¡No! Mi atuendo no tiene nada que ver-. Se defendió, aunque por dentro creía que sí-. Es que... él...

-¿Quién es?-. Preguntó con preocupación la joven-. ¡Oh, dios¡No me digas que te has enamorado de Ryoma!

-No, no-. Negó rápidamente-. Es... Ryoga Echizen...

-¿De Ryoga?

El grito acalló a las personas que tranquilamente comían y ella deseó que la tierra la tragara. Ann se había incorporado y la mirada sorprendida, hasta con una mueca de incredulidad. Afirmó con la cabeza, haciendo señas con su mano para que la castaña se sentara, lo cual hizo, enterrando su rostro entre sus manos y negando repetidas veces con la cabeza.

-No, corazón, no-. Negó mirándola con tristeza-. ¿Por qué de todos has tenido que enamorarte de ese hombre?

Sakuno siempre había sido una persona totalmente confusa en según que cosas, hambrienta de conocimiento, de forma tan sutil, que tan solo unas cuantas personas se podrían haber dado cuenta. Por esa misma razón, sentía la necesidad de saber porqué no podía enamorarse de Ryoga Echizen y sí, al parecer de Ann, de Ryoma Echizen. ¿Por qué enamorarse de el último era divertido, y, desastroso de el primero?

-Sakuno, ese hombre, es un mujeriego-. Explicó Ann seriamente-. A la primera de cambio, te estará poniendo los cuernos. Tu no te mereces algo así.


Se adentró en su despacho y se detuvo al ver la figura de aquel hombre, recostada sobre la mesa y cubriendo por completo el delgado cuerpo de su secretaria. Tosió y ambos se separaron con naturalidad. Unos ojos azulados le miraron con extrañeza y no tardó nada en descubrir de quien se trataba. Miró de reojo a su secretaria, que se removía nerviosa sobre su silla y se apresuró a entregarle el correo.

-Señor Fuji¿qué le trae por aquí?-. Preguntó recogiendo con una sonrisa las cartas-. No creo que tuvieramos una cita.

-Exactamente, señor Echizen-. Afirmó el hombre-. Por eso mismo, estaba intentando que su secretaria me colara. Pero es una joven demasiado tozuda. Ni insinuándome conseguiría nada.

-Es que al parecer, ya tiene a alguien-. Explicó divertido Ryoga-. Kurumi es una mujer de temperamento y fiel al hombre que ama. Es agradable. Pero, dígame¿qué desea de mi?

-Verá, no es nada importante, pero quería saber cómo van los adelantos con el hospital.

-Oh, por supuesto-. Recordó Ryoga-. Mi hermano desgraciadamente, no está. Pero espero servirle.

-Ya hablaré con Ryoma en otra ocasión-. Aceptó el castaño.

Ryoga lo condujo hasta su despacho y Kurumi le dejó una gran carpeta frente a él. Hizo una leve reverencia ante ambos y se marchó, bajo la atenta mirada de ambos hombres. Ryoga podría jurar que había visto más que un simple coqueteo, pero no quería meterse más hallá. Si Kurumi accedía a engañar al hombre por el que no se había lanzado a su brazos, por Shyusuke fuji, adelante. No se lo impediría.

Fuji era un buen hombre, aunque le gustaba ciertas cosas de masoquismo, por eso mismo, era productor de las campañas más grandes de elementos privados de sadomasoquismo sexual. Y no lo ocultaba. Pero un hombre capaz de crear algo así, también era capaz de trabajar junto a los Echizen en la construcción primorcial de un hospital para niños con cancer.

Abrió la carpeta y tras buscar el documento que necesitaba, se lo extendió a Fuji, mirándolo con curiosidad.

-Es extraño, puesto que usted tendría que haber recibido otro.

-Sí, pero el mio es atrasado-. Reflexionó Fuji-. Por eso mismo, quería saber si tendría problemas con correos o si ustedes no habían recibido notificación. Entregé la misma cantidad de dinero, Echizen-. Explicó entregándole el papel-. No quiero que me... ¿Tangen¿Es esa una palabra demasiado difícil para usted?

-No, señor-. Rió divertido-. A nadie nos gusta que nos estafen. Puedo hacerle una fotocopio, si lo desea.

-Por favor.

Se alzó y entregó los papeles a Kurumi. Fuji los observó con atención. Notaba su mirada sobre ellos y cuando se atrevió a colocar una mano en la cintura de su secretaria, Shyusuke sonrió maliciosamente, apresando entre sus manos los reposabrazos de la silla, y cuando regresó, sentía que estaba apunto de comerselo o golpearlo. Sonrió sastifecho. Kurumi había conseguido que el hombre estuviera en sus pies. Y no un hombre cualquiera. Fuji Shyusuke, ni más ni menos.

-Aquí tiene-. Dijo extendiéndole el papel fotocopiado-. Espero que esto apacigüe sus dudas.

-Por supuesto-. Afirmó este-. Dígame¿le molestaría que me llevara a su secretaria a cenar, antes de la hora?

-Para nada-. Rió fuertemente-. Es más, se la concedo con mucho gusto, pues yo también tengo otros planes necesarios.

Sin esperar nada más de él, Fuji se alzó, habló con Kurumi y esta, tras despedirse de él, accedió a la compañia de el castaño. Ahora le tocaba a él. Revisó la hora en el reloj. Ryoma solía marcharse a las siete y media y seguramente, Sakuno le seguiría. El último en cerrar era el portero. No le había costado demasiado encontrar la dirección de la castaña y sonrió para sus adentros cuando pensó en la cara de asombro que pondría la joven al verle.

Por supuesto, no podía llegar y anunciarle que deseaba que fuera su esposa. No. Tendría que ir lentamente y por la forma de caracter de la joven, no sería fácil ni tampoco difícil. No había levantado sospechas en el abogado de la chica y al parecer, quedó hasta sastifecho siempre y cuando, ella aceptara, y ahí es donde él quería llegar. Las mujeres siempre terminaban a sus pies y estaba seguro de que los sonrojos no eran por el ignorante de su hermano.

Un ignorante que por un momento, le había dado miedo. Ryoma no era de los que daban consejos, al contrario, se los guardaba para sí mismo. Tan solo amenazaba con la mirada y listos. Por eso mismo, que hablara, era malo. Pero no había percibido gran interés en la joven, más hallá de su trabajo, así que no habría problema y si lo hubiera, igualmente continuaría. No podía permitirse ni perder ante su hermano.

Pero como éste no era el caso, iría pasito a pasito.


Dejó caer los zapatos a un lado de la entrada y acarició el perlado manto de su gato, que la recibió nada más llegar, maullando por hambre.

-Perdona, gold, no pude venir a comer-. Se disculpó con el felino-. Siento lo de tu comida. Te daré ración extra.

Su apartamento era de lo más pequeño. Una habitación usada de dormitorio, un gran salón cocina, un baño completo y un simple lavadero. Para ella y su gato, le bastaba. Lo consiguió gracias a la venta de la anterior casa, donde se instalaba con su abuela ya difunta. Le sobró dinero y se encargó de guardarlo para los días venideros sin trabajo. La soledad la atormentaba un poco, y así fue como gold cayó en sus brazos. El gato al principio resultó ser arisco, pero lentamente, se conocieron ambos.

Mientras acariciaba de nuevo al gato, que disgustaba su jugosa y ansiada comida de su pequeño platito de metal, pensó en la comida con Ann. Esta se había puesto demasiado pálida ante su confesión y deseó por todos los medios sacarle de su cabeza la imagen de Ryoga Echizen. Lo había acusado de mujeriego, traidor y mentiroso. Pero ella creía que no. Algo más tenía que haber detrás de esos comentarios.

Ryoga Echizen, se mostró demasiado amable con ella cuando se perdió y no dudó en dejarle claro el caracter de su hermano. Incluso se interesó en ella por no tomar café. Fueron dos simples cosas, pero muchos otros hombres no le habían prestado la mera atención. Incluso se dignó a mantener una corta conversación con ella y alagarla como mujer. No. Ni hablar.

Mientras debatía entre si odiarle, como le había aconsejado Ann, o no odiarle, se duchó. Le gustaba pasar varios minutos en remojo, perfumar su cuerpo y cabellos. Su piel morena quedaba siempre cubierta por la densa capa de jabón y los ligeros toques a perfume de las bolitas de aceite. Le gustaba las de color rojizo y su piel siempre quedaba suave y tensa.

Cerró los ojos, con claras intenciones de relajarse, mientras se pasaba sus manos por sus brazos y piernas, masajeándose la piel con suavidad. Pese a lo que muchas mujeres podrían hacer en esos momentos, como masturbarse, ella no había sentido nunca esa necesidad, ni siquiera se atrevió cuando el recuerdo de Ryoga volvió a su mente. ¿¡Cómo le miraría después a la cara si hacia algo así!? Además, eso no iba con ella. ¿Acariciarse a sí misma? No. ¡Ni pensarlo!

Se alzó, abrazándose sus piernas y suspiró. Gracias a Takeshi había conseguido trabajar en un lugar que realmente le gustaba. El silencio de Echizen aveces era atemorizante, pero se podía pasar por los pocos detalles que tenía. Seguramente, traerle los croissant's y el zumo, fue puro instinto y no lo debió de pensar. También parecía haber deseado y rogado, cambiar el olor de el despacho que había dejado su anterior secretaria. Y ya, casi parecía que el hombre se echaría a llorar cuando vió todo tan recogido y perfectamente colocado.

Incluso, cuando regresó tras su comida con Ann, vio que la comida había sido completamente vaciada de sus cacharros y él dormitaba unos momentos en el sofá, estirado cuando largo era y casi sin caber en él, ya que sus largas piernas parecían salir con necesidad de el borde de el mueble. Lo había arropado con su propia chaqueta y cuando él se despertó, la dejó sobre su cabeza al salir de el despacho, sin mirarla, sin darle las gracias. Pero ella sonrió y dejó su abrigo de nuevo en el perchero.

El timbre la hizo salir de sus pensamientos y hacer reaccionar su cuerpo al agua helada. Se alzó, buscando el albornoz más cercano y mojando el piso, con torpeza y riesgos de caerse, abrió la puerta. Su cuerpo se quedó helado a más no poder y hasta tembló al instante.

-Señor... Echizen.

-Ryoga está mejor. Espero que no le abrás a todo el mundo la puerta de ese modo.

Llevó una mano hasta su boca, mientras con la otra intentaba cerrar lo más que su cuerpo permitia, el albornoz. Ryoga se hechó a reir.

-Por favor, si le das más vueltas al albornoz, es que eres un palillo andante.

Sakuno se miró, parpadeando. Ni ella misma podía creer posible que estuviera enrollada por dos veces a la rojiza tela caliente y húmeda de algodón gordo. Tragó saliva y con el mayor esfuerzo de su vida, le dió permiso para que entrara. Fue entonces cuando un lijero olor a comida china le golpeó la nariz.

-Si no te molesta, me pido palillos para cenar.

Otra sonrisa más escapó de los labios de el atractivo hombre y sus mejillas ardieron. Cerró la puerta tras ella y señaló la cocina.

-Si... si me disculpas...

-Claro, adelante-. Aceptó él.

Cuando se escondió dentro de su habitación, creyó que sus rodillas no soportarían sus cincuenta kilos. Era imposible, pero era real. Ryoga Echizen estaba esperando a que ella regresara, en su piso, no. En su cocina. Con comida. Con hambre y con sonrisas seductoras y letales. Se vistió rápidamente. Por supuesto, no olvidaría sus grandes ropas y poco sensuales. Las grandes gafas se amoldaron sobre su nariz y tras cepillar su largo cabello húmedo, maldijo tenerlo tan viciado. Cuando regresó, la mesa estaba puesta y la comida servida.

-¿Qué...?

-¿Te molesta que me haya adelantado?-. Preguntó el hombre apareciendo detrás de ella-. No creo que por ser el invitado, tenga que quedarme sentado mientras me sirves la cena.

-No...-. Negó perdida. No era lo que a ella le habían enseñado.

-Sientate, por favor. Tengo un hambre de perros.

La acomodó en la silla caballerosamente y sin esperar, se sentó junto a ella. En lentitud y silencio, comenzaron a comer. Se sentía avergonzada. No solo estaba el hombre que ocupaba mayor parte de sus pensamientos con ella, si no que además, la había visto casi desnuda, sin gafas, sin caparazón.

-No deberías de abrir la puerta así-. Aconsejó él-. Cualquier otro hombre se habría lanzado sobre ti y ahora mismo, solo Dios sabe que te estaría haciendo. Me moriría de celos.

-Lo siento...-. Se disculpó inocentemente.

-Venga, venga. No te alteres. No he venido para eso.

Le miró con interés pintado en su rostro y él volvió a reir. Alargó su mano grande y con olor a comida, para quitarle un trozo de espaggetty mal intencionado que se quedó sobre la comisura de sus labios. El contacto de aquellos dedos la estremeció por completo. Él mantuvo la mano ahí, mirando su rostro sin cesar, mientras que ella variaba su mirada de la mano, hasta sus ojos. Finalmente, divertido por su nerviosismo, la apartó, comiendo el trozo de pasta. Ella le miró perpleja. Generalmente, alguien, quien fuera que se atreviera a tener ese gesto, lo tiraría de inmediato.

Aguantándose su vergüenza e intentando que no la dominaran los nervios, preguntó:

-Entonces...¿a qué ha venido?

El rostro masculino se volvió con claras sensaciones de tensed y Sakuno comenzó a creer que no había hecho bien en preguntar. Sin embargo, una fugaz sonrisa escapó de los labios de Ryoga, acomodándose en la dura silla de madera vieja.

-Quiero conocerte más-. Explicó con voz suave-. Tengo ya una edad, Sakuno, en la que quiero centrarme en una sola mujer. Y esa mujer, querida, eres tu.

Esta vez, su corazón parecía estar apunto de salir de su pecho. Estaba emocionada, avergonzada y feliz. No entendía bien esas palabras, pero valían la pena oirlas de aquella sensual boca que sonreía con orgullo. Sus manos le sudaban y las piernas temblaban por sí solas. Había sido de mente imaginaria, así como una esponja que absorvía de todo, pero nunca se había imaginado aquella extraña confesión. Él parecía estar a sus anchas, mientras que ella se moría de la vergüenza.

-Apartir de ahora, si no te molesta, estaré rondándote. Te llevaré a desayunar, comer, ect. ¿Te parece bien?

-...

-¿Sakuno?

-¡Sí!-. Exclamó sorprendida-. Lo... lo siento-. Murmuró escondiendo un mechón tras su oreja-. Es que... es la primera vez que alguien...

-¿Quieres decir que...-. Se inclinó sobre ella, embriagándola con su perfume y aroma propio masculino-..., eres virgen?

-Yo...

Su cuerpo no dejó de temblar, si no que se intensificó ante esa pregunta. Sí. Lo era. Demasiado virgen. Demasiado puritana. Muchas cosas que veía en la calle la exaltaban y sorprendía. Incluso cuando, antes, estaba con Ann y Momoshiro y se despedian ante ella con un simple y corto beso, ella se moría de la vergüenza. Nunca había conocido a un hombre. Jamás. No había sido tocada y eso, le daba miedo. Terror. Pero él solo sonrió, rozando su mejilla con sus dedos.

-No te preocupes-. Tranquilizó Ryoga Echizen-. No te forzaré a nada. Ahora, si me disculpas-. Dijo alzándose-. Será mejor que me vaya y te deje descansar. Mañana vendré a buscarte a las siete para ir a desayunar. Creo que entras a las ocho a trabajar para mi hermano¿no es así?

-Sí.

-Bien. Entonces, a las siete.

Sakuno no se movió de la silla, hasta que sintió la puerta cerrarse. Gold, que había permanecido apartado y con miradas furiosas hacia el hombre, regresó junto a su ama, despertándola y guiándola hasta la puerta. Sakuno cerró, asegurándose que nadie lograra entrar sin ser invitado. Gold era un gato, pero casi parecía un perro. No era de extrañar que se mantuviera alejado, puesto que era la primera vez, aparte de Momoshiro, que un hombre entraba en su casa. Ni siquiera el cartero lo había hecho.

Cuando finalmente se estabilizó sobre su cama, rodó por las rojizas sábanas sin poder dormir. Se sentía en una burbuja mágica y derepente, se preguntó cuando la romperían.


-Genial, primero el mayor y ahora el pequeño-. Bramó cerrando la puerta tras el hombre-. ¿Qué quieres?

-¿Estás de mal humor?-. Preguntó el visitante con una sonrisa triunfal-. ¿Qué quería mi hermano¿Contratarte?

-No. Me hizo preguntas sobre Sakuno, al parecer se siente atraido por ella.

Momoshiro se dejó caer sobre la silla cercana y terminó de deborar las hamburguesas que descansaban sobre la mesa, mientras que Ryoma Echizen le observaba en silencio. Su hermano había comenzado a moverse y no se detendría hasta conseguir lo que deseaba, aunque le hiciera daño a la chica. Se sentó en uno de los cómodos sofares y le miró de reojo. Tenía que contarle que había visto a Ann, pero era algo que no estaba en su naturaleza de hacer. Todos sabían que dentro de el trabajo tenía una cara y fuera, otra. Callada, tranquila, igual de fria e incluso más dura. Hasta podía pasarse horas sin hablar y solo con monosílabos. ¿Quién lograría romper ese silencio? A veces Takeshi conseguía algo, pero no era nada de el otro mundo.

Sin embargo, sus problemas por explicarselo, lo rompió la televisión. Momoshiro no daba crédito a lo que sus ojos veían, hasta descuidó la hamburguesa, que cayó sobre su pierna izquierda al resbalar de sus dedos.

-Ann-. Murmuró.

-Así es. Está en japón-. Dijo-. Ha estado en mi oficina.

-¿¡Por qué no me lo has dicho!?-. Exigió el hombre-. ¡Tu y tus malditos silencios¡Echizen, tienes que aprender que a veces es mejor hablar que callar!

Él tan solo guardó silencio y Takeshi se sintió culpable. Limpio con desconcierto su ropa y tiró la comida de el suelo. Su corazón parecía haber sido apresado dentro de un molde estrecho y aplastado. Ann había conseguido su sueño de ser policía y estaba tan capacitada como para impedir un secuestro. Sonrió, orgulloso por ello, pero... si había regresado, podría haber ido a verle, en lugar de a Echizen.

-Conoce a Sakuno-. Interrumpió sus pensamientos el empresario.

Lo miró de soslayo. Cierto era que Echizen era callado y hablaba cuando no debía. Pero.. también era bueno a veces, sintiendo lo que le preocupaba. Se había cegado tanto, que no había pensado en Sakuno. Ellas eran amigas y no era difícil pensar que Ann fuera a verla. Sabía que ambas se querían mucho y estaba unidas. Pero eso no quitaba su angustia. Sentía deseos de echarse una chaqueta y correr hasta su casa, aporrear la puerta y exiguirle una explicación.

Sin embargo, sabía que si lo hacía, empeoraría las cosas. Estaba demasiado excitado y furioso. Lo mejor sería calmarse y pensar con frialdad. Quizás, Ryoma, había pensado que ya había visto anteriormente las noticias y por ello fue a verle. Mas él no había tenido tiempo de verlas. Estaba demasiado ocupado, más bien porque él quería, pero era necesario para no pensar en lo que en esos momentos hacia. Ann ocuparía al cien por ciento de su tiempo.

-Echizen-. Llamó. Éste le miró-. Gracias. Gracias por venir. Gracias por lo de Sakuno. Hablando de eso-. Le interesaba saber-. ¿Qué tal con ella?

-Bien.

-¿Es mejor que las demás?

-Sí...

Takeshi sonrió ampliamente. Como un padre orgulloso de su hija. Era normal que Sakuno fuera buena y la mejor de todas las secretarias que él habría tenido. Era conocido por él mismo el nivel de inteligencia de la joven. Lo que perdía en sus fallos de día a día, lo ganaba con su hambrienta mente. Y por supuesto, en su querido amigo también se notaba. Echizen estaba mucho más relajado que de constumbre. Ni siquiera llevaba su mal estar de días atrás. Le hubiera gustado preguntarle qué había hecho Sakuno, pero sabía que Ryoma no se lo explicaría.

-Ryoma-. Murmuró pensativo-. Solo te pido una cosa. Como amigo, o hermano que es lo que más me siento de ella. Cuídala. No sé que demonios pasa entre ustedes, pero que tu hermano se fije en ella... me da mala espina.

El rostro de el peliverde se volvió rudo de nuevo y con malestar asegurado. Takeshi sabía que Ryoma no estaba celoso, ni mucho menos, pero sí preocupado. No era la primera vez que una de sus secretarias terminaban liándose con Ryoga Echizen o enamorándose de él mismo. Pero ambos hombres sabían que no podrían hacer nada. La decisión, era de Sakuno Ryuzaki.


Notas autora:

Bien, pues hasta aquí llegó el siguiente capítulo n.n

Como ven yo no dejo mis historias¬¬, lo digo para las personas que dijero que sí.

Pero bueno.

Muchas gracias a las personas que deseaban que continuara y como agradecimiento,

aquí tiene el capítulo n.n

Y tal y como prometí, largo :3

¡Nos vemos en el próximo capítulo:3