¡Hola! De nuevo colgando capítulo n.n. Estoy contenta porque aprobé y valio la pena en tardar en colgar, para centrarme en estudiar n.n Ya pronto las vacacionesXD.

Bueno, pues aquí les dejo el capítulo cuatro n.n ¡Saludos y nos vemos abajo!

Notas; Este fic es un Ryo-Saku-Ryo. (no¬¬, no me refiero a Ryoma dos veces, si no una a Ryoga). y demás parejas acompañantes.

Los personajes estarán en OOC de ese. (lo digo por los típicos que van dejando mensajitos por ello. Leñe, que es diversión escribir¬¬)

-Como todos mis fics: Tendrá lemon, pero en su MOMENTO.

-Los personajes no me pertenecen: Son de Takeshi Konomi.

-NO copien mi historia sin mi permiso, por favor.(que ya me ha pasado una vez TOT).

-El tiempo no es el de la serie perdón, no recuerdo como se llama esoXD

-Me comprometo a intentar hacerlos más largos ;D.a menos que me suceda algo de repente.

-NO ES YAOI.

-COMO YA SABEN YO SIEMPRE, SIEMPRE Y SIEMPRE, CONTINUO MIS HISTORIAS.Quien crea que NO, es que NO ME CONOCE¬¬.

(Esto último me lo he visto obligada a ponerlo, gracias a alguien que dice que no se molesta en poner mi historia en alerta porque seguramente no la continuare¬¬. Eso me molestó sinceramente, puesto que SIEMPRE, cuando es su turno, la sigo. ¿o no es verdad? (A menos que me la borren como pasó con mi querido ginecólogo¬¬). Otra cosa a decir gracias a ese personaje¿Escribir por diversión? Sí. Pero, también me gusta saber qué opinan los lectores de lo que leen. No es tan difícil de entender.

Fic: Resumen:

Ryoma Echizen buscaba una secretaria eficiente, cansado de sus problemas con su familia, empresa y ex-secretaria. Sakuno Ryuzaki, tímida, de aspecto nada sexy, quería un nuevo trabajo como secretaria. Momoshiro Takeshi, abogado, echaba de menos a su antigüa novia, pero eso no impide que ayude a dos de sus mejores amigos. Así es como se conocen estos dos personajes y así, es como empieza su historia

Aviso:

Siempre suelo dejar intriga, así que prepárense. Es drama-romance aviso por las personas sensibles, luego no se me quejenXD.

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Capítulo cuatro:

Por:Chia-Uchiha o pervert-chan

El mar golpeo con fuerza contra sus tobillos, mojando cada pliege de sus desnudos pies. Era agradable y realmente seductor. Sacado de una telenovela, el panorama era una esplenda puesta de sol de playa veraniega. Claro esta, aquella playa era privada y lo que parecía ser de telenovela, no era otra sino, que unas cortas vacaciones. Y no unas vacaciones normales. Obligadas. Ann habia insistido en que desapareciera un tiempo de la ciudad y sin decirle nada a nadie, que viajara.

Había aceptado, pero... nunca creyó que los dos hombres que estaban sentados en la escalera cercana, fueran a acompañarla.

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Cansada, se dejó caer sobre el sillón. Finalmente no había sacado nada en claro de su jefe. Echizen no dejó escapar ni una sola vez a lo que se refería Takeshi y en su mente volaban una y otra vez, aquellas palabras.

Sakuno, el juego que te dije, a comenzado.

Imposible de descifrar. No recordaba de ningún juego. Acaricio el suave pelaje de Gold y sonrio ante los ronroneos de el minino por conseguir una buena pieza de comida.

-Ya voy, pequeño, ya voy- susurró sonriente.

Se alzó, quitando los incómodos zapatos y se estiró. Gold terminó por enrollarse en sus piernas y como constumbre en su torpura, terminó en el suelo. Acto seguido, el estruendo llegó y un fuerte roce en su hombro la hizo gemir. Gateo hasta la cocina, cubriéndose tras la barra y siseo al gato para que se acercara. Otra vez de nuevo. Aquel sonido era de los más reconocible. Un disparo. Tanteo sobre sus bolsillos y finalmente, halló el teléfono. Con notable nerviosismo, tanteo sobre el teclado y llevó el auricular hasta su oido. El sonido de descolgar una ronca voz la hicieron tensarse más.

-¡Ann!- Chilló- ¡Ann, por favor!

-No soy Ann.

Miró el teléfono y parpadeo, golpeándose la frente. Momentos antes había llamado a su jefe para recordarle su cena con dos jefazos importantes, y el número quedó resguardado. Pero con el aterramiento que tenía encima, ese hombre mismo le servía.

-¡Por favor!- gritó aterrada- ¡Es él!

-¿Él?

-¡De nuevo el francotirador!

Lo último que logró escuchar fue una maldición y un gorpe sordo. Apagó el teléfono con miedo. Tenía pensar. Calmarse e intentar recordar el número de Ann. No era claro que Echizen fuera a buscarla. Por qué meterse en lios otra vez por ella? Ni hablar. Ese hombre no se arriesgaría a ello. Golpeo su frente con el teléfono, retendiendo al gato sobre sus piernas y las lágrimas brotaron por la impotencia de no conseguir tener su mente clara.

-¿¡Tanto coeficiente, para qué, Sakuno!?- gritó.

El teléfono bribó, haciéndola chillar y que Gold saltara de sus piernas. Se asomó a tiempo de coger al gato y de nuevo, un aire de golpe le rozó la mejilla.

-¡Yaaa!- Gritó aterrada- ¡Ann!

-Oh, no pequeña, no soy Ann- Había descolgado el teléfono sin darse cuenta- Lo lamento, pero me harías las cosas más sencillas si asomaras tu cabeza por la barana. Así te la podría volar.

-¿Quién...?

-Nadie importante- respondio la voz masculina- no te preocupes. No te dolerá demasiado.

-¿Está... está loco?- Gimio asustada.

-No. Solo trabajo- respondio sarcásticamente la voz- venga, no me lo pongas dificil. Una vida más, una menos, no me importa. A mi me dicen que te mate y te mato.

-¡Es injusto!

-Oh, existen tantas cosas injustas, que serían difícil de catalogar.

Un sonido brusco, seguido de una maldición, llegó através de el auricular. El personaje que fuera, la maldijo enseguida.

-¿Has llamado a la policia? Ja. Y yo que pensaba que serías más noble. La próxima vez, no jugaré contigo. Te mataré directamente.

Y lo último que logró escuchar, fue el tintineo de el fin de conexión. Lanzó el teléfono lo más lejos posible. Cierto era que las sirenas de la policía golpeaban contra sus oidos, pero estaba tan aterrada, que no logró moverse. Gold temblaba entre sus brazos y fue su paño de lágrimas por esos momentos. La puerta salio disparada y diferentes personajes vestidos de negro y con armas, se acomodaron en su casa. Finalmente, una silueta conocida llegó hasta sus vidriosos ojos. El terror se convirtio en llanto finalmente y se lanzó contra los fuertes brazos.

-¡Señor Echizen!

La calideza le recorrio cada parte de los músculos que quedaron atrapados entre los fuertes brazos. Lloró entre el amplio pecho. Ni siquiera Gold parecía molestarse ante la cercanía masculina y sin darse cuenta, parte de sus cosas más necesarias fueron colocadas en el coche de Echizen y ella, era guiada delicidamente hasta la comisaria. Se sorprendio, cuando Echizen sujetó a Gold para que ella se tranquilizara y respondieran las preguntas necesarias. Lo único que consiguio justificar su llamada, era la única prueba, aparte de las balas, que tenía para demostrar que aquello no había sido una simple broma.

¡Dios! En su vida bromearía con su propia vida. Le aterraba de tan solo pensar en suicidarse. Sin embargo, no se conocían ni la voz, ni las balas. Estas últimas eran de creación propia y el rifle igual. Seguramente, usó el teléfono de la vivienda que hallanó, puesto que los policias aseguraron el lugar correcto enseguida. Y nada hallaron. Su desesperación crecio. No podría volver a su casa y se negaba a tener vigilancia policial. Tantos hombres le ponían enferma.

-¡Sakuno!

Echizen suspiró a su lado y le entregó el felino, para alejarse y cruzarse con una nerviosa Ann y un desarmado Takeshi. Ambos la abrazaron fuertemente.

-Dios, tenía que haberme movido antes- gruñó Ann apartándole largos mechones de su rostro- ¿Te llegó a dar más grave?

-No... tranquila- murmuró preocupada- Ann... explícame eso de moverte antes.

Ann se mordio el labio inferior y buscó la mirada alilada.

-Ese tio, desde el principio, va a por ti. No creíamos que fuera realmente así, pero cuando Ryoma nos llamó.. Dios que miedo...- murmuró afliguida la joven de ojos azules- Lo siento.

La abrazó sin llegar a compreder lo que sucedía. Ella misma estaba en Shock y ver a Ann tan entristecida y dolorida, le afligía el alma. Takeshi le limpio las lágrimas y sonrio.

-Irás a dormir con Ann- explicó- En su casa estarás realmente segura.

Ann negó con la cabeza, poniéndose en pie y buscando dentro de su bolsillo.

-Lo siento- se disculpó mostrando el móvil y tecleando- pero pienso pillar al asesino, así que... no puede quedarse conmigo. No me detendré, hasta tenerlo entre rejas.

-Ann...- Protestó Takeshi frunciendo el ceño- Sakuno te necesita.

-Porque tu no puedes quedarte con ella- interrumpio divertida la joven- ¿verdad?- Momoshiro la miró asombrado- Sí, cariño, me he dado cuenta. Piensas unirte a esto, por eso mismo, has vuelto a coger tu uniforme militar y arma. Se te nota en la cara.

Y como una tonta se vio mirando el rostro de el moreno, haciendo reir a sus dos amigos. Finalmente, Ann se marchó para arreglar sus papeles y Takeshi la observó por largo rato, hasta que Echizen hizo de nuevo su aparición, con una ponta en la mano y la otra, escondida galantemente dentro de su pantalón de sport. Takeshi le golpeo suavemente el hombro.

-Gracias por ir- agradeció obligándola a inclinar la cabeza- Pensar que Sakuno te llamó...

-Fue... fue un error- se apresuró a defenderse-. Hacía poco estuvimos hablando de su reunión y el número quedó marcado...

Momoshiro sonrio pícaramente y le acaricio la cabellera castaña como gesto de su infantileza.

-Está bien, Sakuno. Te creo, no hace falta dar tantas vueltas. Le hubieras llamado a él, a Ann o a mi, estarías a salvo. Lo importante es que lo estás.

-Bien- interrumpio Ann- Sakuno, ya puedes irte.

-¿Ir?- Preguntó aterrada- ¿Dónde?

Ann se frontó el mentón y miró de forma dudosa al despistado Ryoma, que se entretenía bebiendo de la lata. Se posicionó ante él y extendio un sobre. No tardó demasiado en arquea una ceja y mirarla sin comprender.

-Sakuno y tu saldreis de la ciudad hasta nuevo aviso. Estareis bajo custodia. El equipo de Momoshiro acaba de optener el permiso para volver a funcionar y ellos serán vuestros protectores. Nadie debe de conocer vuestro paradero, así os ireis ya mismo. No recogereis cosas ni nada. Os hareis pasar por un matrimonio de recien casados.

Busco dentro de el sobre y entregó a ambos dos preciosas alianzas de oro.

-No os la quiteis nunca. Llevan detectores sumergibles y demás cosas que no os interesan- Suspiró- ¿alguna pregunta?

-Yo tengo una.

Ann rodó sobre sus pies y Sakuno dio un brinco en el asiento. Ryoga les miraba con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Takeshi suspiró y golpeo en las costillas al menor de los Echizen, que no tardó en lanzarle una mirada de amenaza.

-Yo no lo llamé- se defendio.

-No, mi adorable hermano nunca me llama y tampoco, me dice nada importante, pero- objetó llevando un dedo hasta sus labios- casualmente, siempre está cerca de las faldas de mi prometida. Eso me preocupa- Extendio la mano hacia Ann galantemente- yo ejerceré el honor de marido que me corresponde.

-No- negó Ann dándole la espalda- No pienso incumplir las órdenes. Además- le miró torciendo el rostro- si lo que quiere es asegurarse que su hermano no toca a su adorable novia, irá. El hermano mayor. Enseguida me encargaré de tu billete y tu nombre falso.

-Ann...- intentó detener Sakuno. Pero no funcionó- Momo...

-Dime- preguntó este sin apartar la mirada de Ryoga.

-¿Tendremos nombres falsos?

-Por supuesto- afirmó Takeshi sonriente.

-¿Y quién nos suplantará aquí?- Preguntó preocupada.

-De eso no te preocupes- suspiró Ryoga sentándose a su lado- anda, Sakuno. Solo tendrás que soportar esto por un tiempo... Seguro que es por ser mi prometida.

El miedo la recorrio. Ryoga sonrio amablemente y la estrechó entre sus brazos. Gold gruñó y saltó hasta las piernas de Momoshiro, el cual logró atraparlo de la cola y ganarse algún que otro arañazo de el asustado minino. Sakuno lo comprendía. Todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Primero intentan matarla. No logra descifrar la razón de ello. No creía haber herido a nadie. Y si era por su promesa de matrimonio... Un nudo se formó en su estomago al recodar las condiciones de Ann. Tendría que fingir ser la esposa de su jefe... Ante Ryoga.

Se llevó las manos a la cabeza. Era algo difícil de tragar. Fingir que amaba a otro hombre delante de el que realmente amaba. Lo más extraño de todo... era que su jefe no se negara. Lo miró de reojo. Pasivo, tranquilo y galante. El aurea de soledad continuaba rodeándole incluso aunque Takeshi le estuviera hablando de forma íntima para dos amigos. Se había dado cuenta el primer día de aquella aurea, pero creyó que no debía meterse. Seguramente, Ryoma Echizen, tendría alguna razón para no mostrar cariño y aprecio, aunque estuviera rodeado de él.

Sin embargo, había algo que no podía comprender.

¿Por qué... era tan diferente el calor que emitia, comparadado con el de Ryoga? Se había sentido segura y proteguida cuando él la sacó de su apartamento y ahora, mientras Ryoga la abrazaba y besaba tiernamente la mejilla, no sentía lo mismo.

-Ten- espetó Ann entregándole bruscamente su billete- Takeshi, encárgate de llevarlos al aeropuerto y de movilizar a tus chicos.

-Sí- afirmó éste con seriedad- ya nos veremos.

Se quedó helada ante la simple despedida. No es que deseara verlo, pero esperaba un beso intenso. Iban a una misión, ambos por separado. No se verían en largo tiempo y no comprendía aquella frialdad entre ellos. Sin embargo, logró atisbar una sonrisa en Ann que desconocía en ella desde hacía tiempo. Una sonrisa llena de melancolía y preocupación.

-Ann- susurró. Esta la miró sin comprender. Se inclinó levemente- Gracias. Gracias por todo.

-Anda, vete ya- bufó la otra avergonzada- es mi trabajo, Sakuno.

-Venga vamos- añadio Ryoga, sujetándola de el talle- Tenemos que irnos.

Takeshi se acercó hasta ellos, arrastrando a un molesto Echizen de el brazo. Empujó a Ryoga sin el menor de los esfuerzos y su cadera quedó apresada por el brazo musculoso de el joven empresario.

-Te equivocas, Ryoga- Se burló Momoshiro felizmente- No deberías de tocar a la mujer de tu hermano.

La sangre le subio a la cabeza, y descendio al ver la presión de la mandíbula de Ryoga, volviendo su tez más blanca de lo normal. La mano en su cintura terminó por adaptarse a su curvatura y con insospitada delicadeza, volvio a ser guiada hasta el exterior, para subir en una larga limusina. Ryoga se asentó ante ellos y colocó unas gruesas gafas de sol, mientras que ella se sentía diminuta al lado de el menor de los hermanos. El aroma de ambos hombres luchaban dentro de su nariz. Ryoga usaba perfumes fuertes y durareros. Ryoma suaves que se mezclaban con su propio cuerpo y agradaban más al olfato de lo que él creía. Gold se acomodó en el asiento libre de Ryoga, el cual dio un respingo.

-Oye, Sakuno- llamó señalando al animal como si de un bicho se tratara- Quítalo de mi vista.

-¿No te gustan los animales, Ryoga?- Preguntó confusa, alzando en brazos al molesto minino.

-No me gustan los gatos, simplemente. Mi querido hermano me jugó una mala pasada cuando éramos más pequeños.

Ryoma se removio en el asiento, fijando la mirada en el paisaje, mientras que ella intentó calmar al nervioso gato. Todo aquel ajetreo lo estaba poniendo tan alterado como a ella, especialmente, ante la desaconstumbre de ver tantos varones juntos. No podía creer que Ryoga realmente tuviera miedo a los gatos por culpa de su jefe. No se veía capaz de hacerle algo al mayor. Ryoga rio fuertemente.

-Yo cogí miedo a los gatos, pero él se quedó sin mascota. No puedes hacerte una idea de lo que se enfadó cuando vio que su lindo gatito no se movia- Explicó sastifecho- todo su cuerpo aplastado, con las víscer...

-¡Basta!- Exclamó asqueada- Te recuerdo que no me gustan los maltratos de animales y que estudie para ello...

Abrazó su gato con miedo e impotencia, mientras que Ryoga se murmuró molesto.

-Deberás de olvidarte de tener mascotas- gruñó- no me gustan los animales. Ese gato, dáselo a mi hermano si quieres- añadio frunciendo el ceño.

Jadeo incrédula. Desacerse de Gold jamás había formado parte de sus planes de boda, de una relación. La persona que la amara, debería de amarla por completo. Hasta sus gustos más infinitos. Se mordio la lengua por no protestar. Aquel tema era él único que más lograba sacarla de quício. Decidio imitar a su jefe y pensar que el paisaje era lo más hermoso que vería en mucho tiempo.

La llegada al lugar, fue lo más deseado que nunca podría creer. Viajar en avión privado por primera vez, debía de ser algo maravilloso y excitante para una persona que jamás lo hizo. Para ella fue un suplicio. Ryoga no dejó de atosigarla con la misma conversación sobre los animales. Hasta le ordenó que nada más llegar se diera un baño porque tenía pelos de gato hasta en el cabello. No podía comprender cómo podía ser tan egocéntrico y descuidado, después de el susto que se llevó. Había estado apunto de perder la vida, y él, se preocupaba por si tenía pelusa gatuna.

Nada más entrar en la lujosa mansión, se dejó caer sobre la cama cuan larga era, estirándose y suspirando. Gold no tardó en seleccionar un cojín como cama supletoria y decidio que ya era hora de que le dejaran dormir tranquilamente. Estaba segura que si molestaba al gato, este sería capaz de hablar para gritar que deseaba dormir. Ella no estaba mejor. Quería un buen sueño, y quizás, el baño que Ryoga le había ordenado, no se demoraría tanto.

-Ryuzaki.

Dio un brinco sobre la cama y rodó por el suelo, haciéndose daño en las piernas. Echizen la miró parpadeante y hasta le creyó ver agüantarse una clara carcajada. Revisó su atuendo y se alzó, haciendo una reverencia ante él.

-Perdone, perdóneme por todo lo que le hize- se disculpó- no quería meterle en esto... pero... de verdad que hize rellamada sin pensar y...

-...Hn- afirmó y se sentó en la cama, dándole la espalda.

-Esto... -murmuró preocupada- ¿Dormirá aquí?

Se volvio hacia ella y afirmó con la cabeza, despreocupado.

-¡Pero no puede ser!

-¿Por qué?- Preguntó alzándose.

Ante sus ojos castaños y sin ningún reparo, el hombre comenzó a desnudarse. El torso blanquecino quedó ante ella. Perfecto en sus dimensiones. La marca de la herida era notable aún, pese haber sido quitado el cabrestillo y alguna que otra venda de más. La cinturilla de el pantalón ocultaba lo justo y marcaba el comienzo de las ingles masculinas. Se llevó una mano hasta su mentón, para asegurar que su boca continuaba cerrada y giró sobre sus pies para darle la espalda. Era imposible que lograra dormir con él. Menos, tras haber visto tanto cuerpo. Intentó subir las gafas, pero entonces recordó haberlas dejado en el piso, aterrada.

-Ropa de mujer- golpeo un susurro en su oido.

-¡Ah!- Exclamó dando un brinco- ups... Lo... lo siento...

De nuevo le había vuelto a golpear. La marca de su codo quedó señalada en la blanca y apuesta cara, mientras él señalaba sin moverse el armario. Pestañeo. Ropa de mujer colgaba de las perchas, perfectamente elaborada y con un gusto nato. Pero... demasiado liberal para su gusto. No podría ponerse sus largas faldas. Esconderse tras sus gafas y evitar que ellos la vieran. Sería reconocible a tres leguas. Inclinó la cabeza como agradecimiento y corrio hasta el armario, para familializarse con el atuendo que tan poco agrado le mostraba ese armario.

Por su parte, él decidio terminar de vestirse, cosa que realmente agradecio. Su corazón bombeaba con tal fuerza, que parecía querer salir de su pecho y estallarse contra el suelo. Dos golpes taciturnos en la puerta, la hizo alzarse. Ryoga les miraba con gran atención y cuando clavó su mirada en Ryoma, fruncio el ceño con desagrado. Ryoma simplemente terminó de vestirse y abandonar la habitación sin atisbo alguno de prisa. Ryoga cerró la puerta al instante que el aroma de el menor desaparecio y sintio ganas de llamarlo para evitar lo que tenía que encarar.

-¿Piensas decirme por qué no te has negado a compartir habitación con él?- Preguntó Ryoga sin cortes.

-No tengo derecho a quejarme...-respondio duditativa- además, seria muy raro.. que estando casados, no durmieramos juntos.

En meros segundos, su brazo sufrio el agarre de la fuerte y grande mano. Su frente quedó pegada a la masculina y el aliento de el peliverde golpeo contra su rostro.

-Sakuno... me e estado conteniendo hasta ahora, para no tocarte y tu vas a dormir en brazos de otro hombre. No te lo puedo permitir. Compréndeme. Te he respetado. Decidí esperar hasta el matrimonio si hacía falta... Pero... dejarte dormir en los brazos de mi hermano- los dientes chirriaron y en reflejo, abrazó el fuerte cuello, besándole, a la vez que la rojez inundó su rostro- ¿Por qué me besas ahora?

-Para que dejes de dudar de mi...- susurró avergonzada- Yo.. decidí casarme contigo. Sé que tienes cosas malas, pero también tienes buenas. Quiero encontrar al Ryoga de verdad. El que nadie ve...

Ryoga sonrio aferrándola entre sus brazos, escondio su rostro en su cuello, suspirando sobre su piel. Se extremecio. Era algo tan agradable. Abrazó el grandioso cuerpo lo más que sus brazos lograron abarcarlo. En verdad lo amaba. Mucho más de lo que creía. Sabía que Ryoga podía esconder momentos tiernos y tal y como había dicho, ansiaba encontrarlos. Comprendía sus sentimientos. Su angustia. A ella también la aterraba dormir con su jefe.

-Ryoga- se disculpó mirándole avergonzada- ¿Podrías... dejarme a solas para que me duche?

-Claro, amor mio- afirmó este besándole la frente- relájate. Y perdona mi... falta de tacto. Cuando más me necesitabas y yo me comporto como un patán. Pero estaba molesto. Llamaste a mi hermano en lugar de a mi. Hasta hubiera preferido que llamaras a ese abogaducho antes que a él.

-Ryoga- suspiró, cansada- ¿Cuántas veces os lo tendré que decir? Llamé a mi jefe...

-Mi hermano, Sakuno. Tu cuñado- recordó molesto.

-Eso...- dudó- le llamé porque fue la última persona con la que hablé. Asuntos de trabajo.

Ryoga suspiró, acariciando sus brazos y agachando la cabeza. Se mordio el labio inferior y comenzó a alejarse.

-Espero que algún día comprendas lo mucho que me duele eso.

La puerta se cerró ante ella, silenciosa. Quizás, si hubiera dado un portazo, no la habría preocupado tanto eso. Acaricio al cansado felino y decidio bañarse. Era lo mejor. Necesitaba relajarse. Aliviar las tensiones vividas, aunque aquella experiencia, jamás la olvidaría y lo supo cuando, acariciada de por la calideza de el agua y espuma, entrecerró los ojos. Volvio a sentir el aire golpearla cerca. El estallido que rompio la fuerte tela de el sofá que momentos antes ella había estado. Lo cerca que había estado apunto de perder a Gold si el disparo no hubiera fallado. Dios. No lo hubiera soportado.

Se abrazó a sí misma, deseando desaparecer. Por su culpa, Ryoga y su jefe no estarían obligados a estar con ella de esa forma. No tendría que fingir ser la esposa de el hombre equivocado. Ryoga no estaría herido por aquello. Ann no tendría que estar rompiéndose la espalda por ella y Momoshiro, no tendría que volver a coger las armas. Los había visto muy decididos. Despedirse de aquella forma. Tenía un miedo horrible. Alguno de los cuatro podría salir herido. Quizás hubiera sido mejor dejarse disparar.

-No, Sakuno- se negó a sí misma- ya está bien.

Se levantó de golpe y alzó un puño, con la mirada decisiva y determinación en su cuerpo.

-Hnm... sí, está bien.

Giró el rostro automáticamente y como un rayo, se introdujo dentro de la bañera.

-Señor... Echizen...- susurró dándole la espalda- ¿Cuánto lleva ahí?

-Poco- respondio encogiéndose de hombros.

Se abrazó de nuevo a sí misma y cerró los ojos con fuerza. Aquello era mortalmente vergonzoso. Escuchó el sonido de un suspiro, seguido de un fuerte olor a tabaco. Se volvio sin mostrar más de lo necesario y fijó su mirada en el cigarro que mantenía sujeto entre sus dedos. Echizen no fumaba. Al menos, nunca le había visto hacerlo.

-¿Fuma?

-No- negó encogiéndose de hombros- es un vicio.

-Pues déjelo- ordenó asqueada- es... horrible. Le olerán mal las manos. Su boca sabrá faltal y dará asco besarle... su cabello acogerá el aroma y será imposible de querer tocar. Sus amantes no le querran.

Un carcajada estalló y se asustó al sentir los pasos acercarse hasta ella. La figura masculina se arrodilló junto a la bañera, intruduciendo la mano en el interior de el agua, mientras la otra lanzaba el cigarro dentro de el bater. Tembló, al contacto de los fuertes dedos sobre su brazo y cedio al agarre. El entrecejo masculino quedó hundido en molestia y ella misma se sorprendio. Las marcas de los dedos de Ryoga era clara sobre su piel. Dos marcas irregulares rojizas. Apartó la mano, asustada y negó con la cabeza.

-No... no es lo que parece... él no me pega.

Echizen suspiró y continuo moviendo la mano dentro de el agua, hasta que de nuevo, volvio a atrapar algo entre sus dedos. Sus largos cabellos. Los enredó entre sus dedos y deslizó suavemente. Sin darse cuenta, entrecerró sus ojos e inclinó la cabeza, suspirando, agradada por aquel gesto. Tiempo atrás, su abuela ejercía aquel masaje a sus largos cabellos, para que por la noche, durmiera realmente placentera. Se inclinó sobre sus rodillas y sonrio, calmando sus preocupaciones, mientras aquellas manos continuaron acariciándola, hasta que el sueño la vencio.

Despertó en la tarde de el día siguiente. Cuando la puesta de sol comenzaba a culminar contra el mar. Antojada por verla, se colocó el primer vestido que halló y dejó en libertad su cabello, para correr hasta el exterior.

El mar golpeo con fuerza contra sus tobillos, mojando cada pliege de sus desnudos pies. Era agradable y realmente seductor. Sacado de una telenovela, el panorama era una esplenda puesta de sol de playa veraniega. Claro esta, aquella playa era privada y lo que parecía ser de telenovela, no era otra sino, que unas cortas vacaciones. Y no unas vacaciones normales. Obligadas.

Aquella era la realidad. No había otra. Escuchó un silbido en su espalda, y vislumbró a los dos hombres que la acompañaban, sentados sobre una de las escaleras que guiaban hasta el lugar. Sonrio y caminó hasta ellos, enterrando los pies bajo la cálida y limpia arena. Ryoga abarcó los pasos que los separaban y la extrechó entre sus brazos.

-Sakuno, estás mejor?

-Solo me quedé dormida- susurró avergonzada- perdón...

-No, tranquila, cariño. Debes de estar cansada. Es normal. Ven, vamos juntos.

Ryoma fruncio el ceño mirando a la lejanía y Sakuno comprendio. Palmeo suavemente la mano de Ryoga y besó su mejilla.

-Por supuesto, cuñado- sentencio- si a mi marido no le molesta.

Echizen los miró y Ryoga arqueo una ceja sin comprenderlo. Sakuno le miró perpleja y finalmente, Ryoga recordó, entregándola al menor como si de una joven novia se tratara. Meneo la cabeza en negatividad. No podía pensar eso, estando de el brazo de el hombre erroneo. Amaba a Ryoga. Él sería su flamante esposo. Y su jefe, aunque pasara a formar parte de su familia, seguiría siendo su jefe, especialmente, en horas de trabajo. Se aferró al brazo de el peliverde menor y sonrio tontamente mientras caminaban de regreso hasta la grandiosa casa. Ryoga se entretuvo tras ella y cuando le buscó, deteniéndose, este les hizo señas para que continuaran. Y así lo hicieron.

-Disculpeme, señor- susurró inclinando la cabeza- por todo esto... por... quedarme dormida y tener que.. obligarle a... llamar a alguien para que me vistiera y demás...

-Lo hize yo- interrumpio secamente el hombre, con la mirada seria al frente y el rostro sereno.

-¿Perdón...? -Preguntó dudosa- ¿usted... me sacó de la bañera y vistio...?

-Sí.

-¡Oh, dios!- Exclamó mareada- ¿Cómo...?

-No vi nada que no haya visto- suspiró, deteniéndose.

La mirada ambarina se posó sobre sus ojos, su rostro y finalmente, sus labios. Aferró el brazo entre sus dedos con fuerza y tembló, al sentirle inclinarse hacia ella. Justo al momento en que el aliento golpeo contra su rostro, se apartó.

-No- negó asustada.

-Ten- gruñó él.

Mostró su mano cerrada ante sus ojos y al abrila, una mariposa blanca se alejó, libre de la prisión de aquella mano. Parpadeo y sintio deseos de enterrarse viva. De nuevo, había confundido las intenciones de el hombre con ella. Era imposible que dos hombres atractivos se sintieran atraida por una mujer como ella. No tenía nada de hermoso y que Ryoga ya estuviera a su lado, era pedir demasiado. Una burbuja. Se recordó. Aquello era una burbuja que tarde o temprano, estallaría.

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Apretó los puños con fuerza, hasta que sintio las uñas atravesar la pie de sus palmas. No era ciego. No tanto como para no darse cuenta de que algo extraño había cambiado en su hermano y que, en su mudez, tramaba algo. Sakuno continuaba siendo demasiado inocente como para darse cuenta de ello. Lo peor de todo, es que él no y encima, no conocía las estratagemas de su hermano menor. Pero al menos, había demostrado que no era tan poco hombre y se había inclinado para besarla. Lo único que llegó a aliviarle, fue que Sakuno se apartó y él mostró la palomita.

¡Ja! Infantil.

Suspiró y se recargó sobre el árbol más cercano, mientras de reojo los observó alejarse. Sakuno parecía tan menuda al lado de su hermano. Nunca se había parado a pensar que Ryoma podría ser tan grande. Que hubiera crecido tanto y despertado finalmente. Ahora, no era gracioso. Si no fuera porque Sakuno estaba en peligro, se encargaría de buscar buenas chicas y asegurarse que Sakuno recibiera algún palo ante ello y no se volviera a acercar a Ryoma. Que dejara el trabajo y se olvidara de aquel maldito eslogan.

Maldijo en silencio. Si no hubiera ido a pagar una multa a aquella comisaría, ni se hubiera enterado de el atentado contra su futura mujer. Sin embargo, su hermano estaba ahí. Igual que en la cena. Igual que siempre. Apretó los dientes. Ahora tenía que fingir que estaba de vacaciones con su hermano y su mujer casados, mientras que él era el palo aguanta velas. No había podido dormir nada, pensando qué estarían haciendo aquellos dos solos, en una única habitación. Y sintio deseos de golpear al menor cuando lo vio por la mañana, sonreir sastifecho. Pero al ver a Sakuno, comprendio que realmente no había pasado nada entre ellos y eso lo alivio al instante.

-¿Ocurre algo?- Preguntó una voz conocida.

-Oh, estás aquí.

-Siempre estaré cuando Sakuno me necesite.

-Y pensar que creía que eras un simple abogado- gruñó.

-Las apariencias engañan.

Buscó a su alrededor, pero no había ni rastro de Momoshiro. Una risa superior llegó hasta sus oidos.

-No puedes verme.

-¿Y qué?- Preguntó molesto.

-Es mi trabajo- respondio el otro con voz neutral- Y el único consejo que puedo darte, es que no te entrometas. Si para defender a Sakuno tengo que volarte la cabeza, lo haré.

-¿Es una amenaza?- Preguntó burlón- ¿Acaso no sabes con quien hablas?

-Sí, lo sé perfectamente. El hijo bastardo de Echizen Nanjiro. Abandonado nada más nacer y que por pura pena, el padre volvio a recoger.

-¡Callate!- Gritó exhaltado- Tu no sabes nada...

Golpeo el árbol cercano con fuerza y tan solo el sonido de hierva moverse quedó. Maldecía su pasado y maldecía a todos aquellos que lo conocieran. La única persona que ansiaba y rogaba porque no lo conociera, estaba en las garras de su torpe hermano. Una torpeza que comenzaba a disipar. No entendía la razón. Todas las secretarias que se le insinuaban, no eran correspondidas y por una vez, que una de ellas no le hacía caso, se entregaba para camelarsela. No le cuadraba. Y algo dentro de él, le decía que era una trampa.

¿Acaso Ryoma... quiere... matarla?

Era una idea absurda. Ryoma no era de los que aplastaban a sus enemigos de esa forma. No. No como él. Era imposible que él mismo contratara a alguien para asesinar a su secretaria, cuando él mismo tenía tantas oportunidades y el señorito rico, hijo de los afamados Echizen, quedaría impune de esa muerte. No era raro. Muchos peores se habían visto.

-Es absurdo- murmuró en un suspiro- Ryoma descartado.

No podía comprender quién querría asesinar a la muchacha. Era simpática y miedo. Daban ganas de protegerla y sabía perfectamente que muchos la adoraban demasiado. Él mismo estaba empezando a sentirse posesivo con ella y la quería para él. Únicamente suya. Entrecerró los ojos y suspiró. Lo mejor sería regresar. Igual no se preocuparía por él, pero sabía perfectamente que su hermano no era una grata compañía todo el día.

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Divertido. Así podía catalogarlo. Se había sentado lejos de él, moviendo sus pequeñas mano nerviosamente sobre el tapete y buscando con los asustados rojizos a su hermano. Sí. Había intentado besarla, pero ella se apartó. No pensaba obligarla. Ni mucho menos. Ya tenía bastante al verla completamente desnuda, indefensa. A su merced. Se había sentio fascinado por los largos cabellos, aplacando la rabia que le recorrio al ver los dedos marcados de su hermano sobre la piel pajosa. Pero todo desaparecio con el cabello suave y perfumado y el tacto suave de la piel. Se quedó dormida en la bañera y por mucho que la zarandeo, no consiguio despertarla.

La habia sacado sin el menor de los esfuerzos, sorprendiéndose por lo liviana que era en sus brazos. La secó lentamente, degustando el aroma y suavidad de la piel, además de vanagloriarse de ciertos encantos que apenas pudo evitar no ver. Se había lamido los labios como nunca había hecho ante una mujer y había deseado que su miembro no doliera tanto. Era indiferente. Aquello solo era un juego. Un simple juego que había aceptado para sacarla de las garras de su hermano. Para evitar que la estafaran y hundieran. Para no quedarse sin secretaria. Sí.

Pero no podía evitar ser hombre.

Y ella, una maldita mujer. Se pusiera lo que se pusiera encima. Sonrio sastifecho cuando la tendio sobre la cama y buscó la ropa más adecuada para dormir y lo único que halló, fueron los más sensuales camisones posibles. Suspiró y juró que no podría dormir junto a ella con tanta tranquilidad como creía. Pero era sastifactorio, saber, que, en ese tiempo, Ryuzaki no podría esconderse tras las grandes gafas. Ni las faldas que tanto hacían parecer que tenía. Se había sentado a su lado y acariciado las mejillas llenas, cubierta de cierta rojez y se preguntó si realmente estaría fingiendo, o estaba dormida. Pero la respuesta llegó cuando Gold, ansioso por descansar, golpeo ronroneante con su cabeza, en el mentón de la joven y terminó por caer rendido entre ellos.

Y él también hubiera terminado dormido, si no fuera porque, cuando casi consiguio conciliar el sueño, ella le despertó. Una pesadilla. Y la tuvo que abrazar para que se tranquilizara dentro de su sueño. Funcionó, y, finalmente, cayó dormido abrazándola, borracho de el suave perfume femenino que siempre la estaba acompañando. El que últimamente quedaba cuando ella se marchaba de el despacho y andaba por fuera, colocando archivos, atendiendo sus llamadas.

-¿Dejó de fumar?- Preguntó ella curiosa y nerviosa.

-¿Hn?

-Que si dejó de fumar- repitio, con paciencia clásica en ella.

Afirmó distraido. Nunca había fumado. Solo era un vicio que le tranquilizaba y de vez en cuando. Su padre, sin embargo, tenía la manía de fumar en cualquier momento. Él no podía. Si había cogido un cigarrillo en esos instante, no era para oler mal, como ella dijo, si no para calmar las simples ganas de golpear a alguien. Estaba furioso por no poder atrapar con suss propias manos al que les intentó asesinar.

-Me alegro- confesó ella sinceramente- así no olerá mal.

-¿Sí?- Preguntó inclinándose hacia ella- ¿huelo mal o bien?

La picardía le había podido y hacer avergonzar a la muchacha, se estaba convirtiendo en un verdadero hobbie. Especialmente, si quería terminar por seducirla y no dejarla en manos de su idiota hermano. Tan solo recordar la marca de el brazo, lo irritaba profundamente. Como nunca.

-No quería decir...- tartamudeo ella confusa y escondiendo un largo mechón tras su oido- de veras, señor Echizen... yo no...

Sonrio divertido. Buscó a tientas el brazo que continuaba preocupado por el mechón y lo hizo detenerse, para ver la marca que terminó convirtiéndose en dos largo moretones. Ella se apresuró a esconderlos de su vista y buscó centrar la mirada en cualquier cosa que se moviera.

-No soy una mujer maltratada- susurró moviéndose inquieta sobre su mesa.

Ahogó una frase que le quemó la garganta con fuerza y buscó algún punto movible, igual que ella.

Pero lo serás si sigues con él.

La figura de Ryoga caminando con torpeza por la arena, fue lo único que le llamó la atención. Realmente, aquel lugar era seguro. Había sentido a los policias moverse y hasta había conseguido ver a Momoshiro, qué, divertido, empezó a hacerle alguna que otra aburrida burla. Y sintio deseos de lanzarle el objeto más liviano y cercano. Algunos de los sirvientes, también formaban parte de el equipo de Takeshi y hasta había descubierto los lugares donde cámaras descansaban vigilantes. Fue esa curiosidad el que lo llevó al baño. Pero por suerte, no había ni una sola. Respetaron hasta la intimidad de los dormitorios y creyó que no era tan correcto en esos lugares. Estaban sin protección. Sin embargo, en lugar de cámaras, sí tenían micrófonos y algo llegó a aliviarle.

-Ryoga- anuncio ella alzándose- ¿Por qué no comemos algo?

-Sí, me muero de hambre- dijo este dejándose caer sobre la silla más cercana.

Sakuno afirmó sonriente y echó a correr hasta la cocina, mientras que él sufrio las acusadoras mirada de su hermano, las cuales, recibía desde ayer. No era de extrañar. Los celos lo habían matado siempre y de nuevo, volvían a pelearse por un juguete, solo que esta vez, ese juguete, era humano y una mujer. Ryoga se inclinó hacia él, aferrándole de chaqueta.

-Ryoma, respóndeme a esto. Es una pregunta sencilla y tu eres demasiado inteligente como para no comprenderla- Dijo frunciendo el ceño- ¿Qué quieres de Sakuno?

Arqueo una ceja y buscó los ojos rasgados de el mayor. Ryoga debía de haber tomado demasiado aire. Tanto tiempo fuera de las faldas de otras mujeres, no era bueno para él.

-Porque...- continuo- No me iras a decir que derepente, te has enamorado de ella. No me lo creo- negó apartándose y negando repetidas veces con la cabeza- eres un tio frio y sin sentimientos. Es imposible que te fijes en una mujer como ella. Es demasiado para ti. Las barbies te quedan mejor. Mujeres de plástico para un tipo frio. Son mejor. Van con tu caracter.

Apretó los dientes. Ryoga no le conocía. No sabía nada él. No tenía derecho a cuestionarlo. A decir como era o dejaba de ser. No comprendía su soledad. Sí. Ryoga había estado también solo. Odiaba a su padre más que él mismo, pero el calor que siempre anhelaba, lo encontró en las mujeres. Primero las sirvientas, después las hijas de invitados o amigos, hasta que finalmente jugó más alto y terminó de caer con Ryuzaki. Él no. Estuvo solo desde el principio. Arisco. Frio. Solitario. Se volvio borde, poco hablador y con más frialdad a medida que pasaba el tiempo. Hasta que la necesidad carnal le hizo acercarse a las mujeres. Las besó y tocó, pero no sintio nada. Solo las llamaba cuando no podía más. Cuando sentía que iba a estallar.

-Ryoga- gruñó- Hazte la misma pregunta- espetó levantándose.

Ryoga gruñó también tras él y hasta golpeo la mesa. Enfuerecer a su hermano no era lo mejor de el mundo. Mucho menos lo más divertido. Pero estaba realmente arto de él. Arto de sus frases maliciosas. De que deseara guiarle en la vida cuando no podía ni con la suya propia. De que arruinara sus negocios y su padre se lo encasquetara a obligación. Y... Sí. De que abusara de la inocencia de Ryuzaki. Esa misma razón, lo llevó a aceptar y no se detendría hasta cumplirlo.

-Perdón- interrumpio sus andares su secretaria- Pero... el cocinero me pidio que fuera a eleguir lo que desea comer.

Alzó las cejas sorprendido y acaricio los cobrizos cabellos al pasar. Era tan eficiente y dulce. Demonios. De tan solo pensar que le haría daño, le enrabiaba. Él no era mucho mejor que Ryoga.

-Gracias...- susurró cuando ella ya no podía oirle- Sakuno...

Los mismos pasos que se había alejado, regresaron hasta él, sujetándole de la chaqueta en la espalda. Se detuvo y la observó de reojo. Jadeante, con las mejillas enrojecidas y varios mechones revueltos en su rostro.

-¡Señor!- Exclamó sonriendo ampliamente- aunque... estemos aquí y pase todo esto... yo...- Se volvio hacia ella, espectante- ¡Quiero seguir con el eslogan!

-Sí- afirmó.

Y de nuevo acaricio los cobrizos cabellos, mientras ella reía dulcemente bajo su mano, agradecida por las caricias. Había descubierto que aquel era punto realmente agradable para ella y no dudaría en resguardar sus dedos en la largura extensa de cabellos. El olor dulzón quedaba impregnado en su mano y sin poderlo remediar, cuando se alejó, guio la mano hasta su rostro, sonriendo altanero.

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Era divertido protegerlos, aunque no algo que le gustara. Estaba furioso. Por más vueltas que le diera, no lograba comprender cómo alguien ansiaba matar a Sakuno y como siempre, el único culpable que hallaba, era el mayor de los hermanos Echizen. Ryoga. Pero Ryoga no era el asesino. Ryoga no intentaba matarla. Solo obtener hasta el último aliento de la muchacha. Posesivo y malhumorado, había sentido deseos de golpearlo cuando lastimó a la castaña, pero sus hombres se aferraron a él con uñas y dientes, impidiéndoselo.

Sin embargo, su plan de unir a Echizen menor con Sakuno, iba viento en popa. Se había sorprendido de la agudeza de Ryoma al encontrar las cámaras y descubrir a muchos de sus hombres instalados por la casa. El primero que descubrio, fue el mayordomo. Inui Sadaharu, hijo de los ricos y afamados familiares Inui. Abandonó la buena vida y decidio proseguir su caminó como científico militar. Aunque le agradaba más el terreno que demás. El cocinero, también formaba parte. Kawamura. Un hombre pobre que salio de la pobreza con su trabajo. Bueno en armas arrojadizas y el cuerpo a cuerpo.

Ryoma se dejó ver através de la puerta y se mostró para saludarle. Con él no era divertido esconderse y no conseguiría molestarle como hizo momentos antes con Ryoga. El peliverde arrugó el ceño nada más verle.

-¿Qué quieres?- Gruñó.

-Nada especial- respondio divertido- Tan solo preguntarte cómo descubristes las cámaras.

-También hay micrófonos- murmuró él señalando una pared- es fácil.

Fruncio el ceño.

-Ryoga se pasó con ella- se quejó. Ryoma se encogio de hombros- ¿No piensas hacer nada? Como por ejemplo partirle la boca.

Echizen suspiró y rodó sobre sus pies.

-Está bien, está bien. Eso solo es algo que haría yo- confesó avergonzado- realmente quise hacerlo. Pero mis muchachos me retuvieron.

La cara de Echizen mostraba claramente que aquello no le interesaba y ahora, sentía deseos de pegarle a él. Suspiró y rozó los cabellos.

-En realidad, te llamé para informarte sobre la situación- Explicó, captando así la atención de le joven empresario- Ann está moviéndose por las zonas, investigando, pero no halla nada aún. Tendremos que quedarnos más tiempo de el que creemos. Tenemos todo controlado, pero... es un especialista, como nosotros, así que, tampoco estamos al cien por cien tranquilos. Por ello.

Mostró una pistola ante los dorados ojos. Ryoma arrugó la boca en molestia y negó con la cabeza.

-Ya sé que después de lo que sucedio, no quieres ver un arma en tu vida, pero... es para proteger a Sakuno, Ryoma- explicó, recordando acciones pasadas secretas de el peliverde- por favor.

Finalmente, y tras un largo suspiro de rendición, Ryoma aferró la culata metálica y con maestría, la guardó dentro de su pantalón. Momoshiro sonrio y golpeo su hombro en agradecimiento.

-Siento tener que volver a hacerte coger un arma, en serio, pero... te lo agradeceré toda la vida.

-Olvídalo- sentencio Echizen alejándose.

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Sintio deseos de golpear al estúpido de su ordenador. Se frotó el rostro cansada y apretó sus cabellos entre sus manos. No consegía sacar nada en claro. Había trabajado con la voz gravada y no conseguía reconocer de quien se trataba. Millones de asesinos francotiradores estaban es busca y captura, pero ninguno coincidia con la voz.

-¿Por qué no lo deja y descansa?- Preguntó una altiva voz.

Tardó cinco segundos en apresar la garganta masculina y que uno de sus dedos amenazara con romper la nuez. Sus ojos tiritearon de rabia, aplacando el orgullo de aquel hombre.

-Mire, señor Kirihara, hasta ahora me he mantenido callada, pero si sigue tocándome las narices, le mataré.

-Solo quería...- valvuceo el hombre.

-Sí, ya sé que querías, así que lárgate.

-Sí...

Kirihara desaparecio rápidamente de su vista. Desde que había entrado en la comisaría hacia tres meses ya, no dejaba de molestarla, incluso se le había insinuado y creyendo su debilidad por ser mujer, intentó aprobecharse de ella. Por todo era conocido ese hecho, por eso mismo, nadie interrumpía cuando ella se defendía. Se dejó caer de nuevo sobre el asiento y llevó una mano hasta su mentón. No había podido darle buenas noticias a Takeshi y el gruñido en su llamada era más que suficiente para comprender que estaba molesto.

-Lo siento- Le había dicho realmente dolorida.

-Tranquila, cariño- había susurrado él- yo no dejaré que nada le pase, te lo prometo.

Le escuchó golpease el pecho durante su promesa y sonrio como una chiquilla apasionada. Le hubiera gustado decirle que le amaba, que se cuidara, pero aquello no formaba parte de su ser y él sabía que ella no aceptaría algo así, aunque lo ansiara. Por esa misma razón, se negó a abrazarlo y besarlo en su despedida. Prefería cumplir aquellos requisitos cuando todo se hubiera solucionado. Ahora mismo, una vida pendía de su rapideza y movilidad. Una vida muy preciada.

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Golpeo la pared cercana y masculló en silencio. No tendría que haber jugado con la presa. Volarle la cabeza y punto. Pero le había parecido divertido aquello y ahora, le divertía aún más, verla aferrarse a su gato estúpido y correr a esconderse tras la barra de la cocina. Hablar con ella por teléfono. Sentir su voz jadeante y aterrorizada. Era pleno extasis. Y ahora, había desaparecido. No la encontraba por ningún lugar.

Se dejó caer cuan largo era sobre la cama y cubrio sus ojos con su mano, masajeando el ceño. Necesitaba pensar. Encontrar dónde se podría haber instalado la muchacha. Ambos Echizen también habían desaparecido y cuando llamó preguntando por su paradero, la sirvienta le respondio bruscamente que ellos también deseaban saberlo. Es decir, ambos habían desaparecido a la vez. No. Los tres. Porque apostaba lo que fuera a que ambos Echizen estaba con ella. El mayor, por ser su prometida y el menor, por haberse visto involucrado en todo aquello.

Le había parecido curioso que fuera Ryoma Echizen quien fuera y no Ryoga. Una sonrisa se mostró en su serio rostro, para desaparecer momentos después. ERa frio. No podía ni pensar en que aquello le alegrara, pero, una idea fue fugaz al momento en que pensó en los tres. Un trio amoroso. Se levantó de la cama, acercándose hasta el mueble decorativo con el teléfono encima. Alcanzó la guía telefónica y buscó. Fruncio el ceño. Aquella joven realmetne era lo más inocente posible. Marcó en el teléfono y esperó paciente. Con la tranquilidad que le marcaba.

-¿Sí...?

-¿Dónde estás?- Preguntó irónico- Tanto miedo tienes que tienes que esconderte. Penoso. Pensé que serías una presa más divertida- El silencio llegó de la otra linea y supiró- supongo que debe de ser divertido, esconderte con tu amante y prometido. Quizás también les vuele la cabeza.

-¡No... ! No les haga... daño... por fa...

Colgó. Si continuaba hablando, sería más fácil descubrir su paradero, pero él también estaría en peligro. Seguramente, Tachibana se pondría en movimiento y tardaría pocos segundos en moverse hasta encontrarle. Dios. Aquella mujer era realmente temeraria. Justo como no le gustaban. Miró el reloj.

-Mierda, solo localizé un trozo de paradero.

Agarró la maleta cercana y apuntó las coordenadas en un papel, para volver a modificiar el reloj. Gracias a su inteligencia, había conseguido convertir un simple reloj de caballero, en algo que pasaría totalmente por desapercibido y era realmente peligroso, hasta capaz de visualizar el paradero de cualquier persona. Abandonó el hotel en el que se encontraba y nada más subirse al taxi, saboreo el placer de estar más cerca de ella. Deseaba jugar de nuevo un ratito más.

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Notas autora:

Bueno, pues hasta aquí llegó este capitulo n.n

Largo como decidí desde los primeros capitulos que serían todos los de este fic n.n

Tengo que decir una cosa hacia lili.

Me alegra mucho que leas el fic y te guste n.n.

Agradezco mucho tu apoyo al igual que el de los demás, pero mirare bien por los capítulos, que verás

el Ryosaku que quieres, antes de pedir n.n

Gracias n.n.

Sé que suena cruel igual, pero muchos me comprendereis.

No encuentro bien eso de hacer que de golpe y porrazo, los dos se estén dando filete y teniendo

sexo sin explicación.

La historia lleva su curso y no solo es un Ryoma x Sakuno.

Lo dije desde el principio que también estaría involucrado Ryoga.

Es más, aún no sé con quien se quedaráXD.

Bueno, eso era todo, aparte de millones de gracias por apoyarme tanto y leerme n.n

Os quiero.