¡Holita a todos! Aquí les traigo la continuación de el fic. Me he tardado, la verdad, porque estaba muy perezosaXD. Pero aún así, he cumplido con mi cometido y aquí tienen el capítulo n.n.Notas;

-Este fic es un Ryo-Saku-Ryo. (no¬¬, no me refiero a Ryoma dos veces, si no una a Ryoga). y demás parejas acompañantes.

-Los personajes estarán en OOC.

-Como todos mis fics: Tendrá lemon, pero en su MOMENTO.

-Los personajes no me pertenecen: Son de Takeshi Konomi.

-NO copien mi historia sin mi permiso, por favor.(que ya me ha pasado una vez TOT).

-Au.

-Me comprometo a intentar hacerlos más largos ;D.a menos que me suceda algo de repente.

-NO ES YAOI.

-COMO YA SABEN YO SIEMPRE, SIEMPRE Y SIEMPRE, CONTINUO MIS HISTORIAS.Quien crea que NO, es que NO ME CONOCE¬¬.

(Esto último me lo he visto obligada a ponerlo, gracias a alguien que dice que no se molesta en poner mi historia en alerta porque seguramente no la continuare¬¬. Eso me molestó sinceramente, puesto que SIEMPRE, cuando es su turno, la sigo. ¿o no es verdad? (A menos que me la borren como pasó con mi querido ginecólogo¬¬). Otra cosa a decir gracias a ese personaje¿Escribir por diversión? Sí. Pero, también me gusta saber qué opinan los lectores de lo que leen. No es tan difícil de entender.

Fic: Resumen:

Ryoma Echizen buscaba una secretaria eficiente, cansado de sus problemas con su familia, empresa y ex-secretaria. Sakuno Ryuzaki, tímida, de aspecto nada sexy, quería un nuevo trabajo como secretaria. Momoshiro Takeshi, abogado, echaba de menos a su antigüa novia, pero eso no impide que ayude a dos de sus mejores amigos. Así es como se conocen estos dos personajes y así, es como empieza su historia

Aviso:

Siempre suelo dejar intriga, así que prepárense. Es drama-romance aviso por las personas sensibles, luego no se me quejenXD.

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Se removió enérgicamente para quitarse el húmedo jersey. Por más vueltas que le diera, él no podía esperarse. La herida estaba demasiado fea y sus instintos aprendidos de primeros auxilios no eran los mejores. Tenía que ir. Arriesgarse. Aprovechando un momento de debilidad en el hombre, en la cual dormitaba levemente, decidió saltar al mar. Antes, quitó toda su ropa. El peso evitaría que lograra nadar con más fuerza, la cual necesitaba, y aumentaría el riesgo de hundirse. Guió sus manos hasta su camisa y la alzó, dejándola caer a un lado, y, a continuación, continuo con sus pantalones. Cuando estuvo desnuda frunció el ceño, calculando la mejor opción para llegar hasta la orilla contraria.

Pero cuando estuvo a punto de lanzarse en el mar, una fuerte mano la asedio de el brazo, echándola hacia atrás con brusquedad. Parpadeo sin comprender qué era exactamente lo que sucedía, y, en un intento de su propia defensa, intentó golpear al opresor, recibiendo como respuesta la detención de sus golpes y un robado beso en sus labios entreabiertos. Se agitó nerviosamente. Desesperada por quitarse de encima aquel cuerpo musculado y los labios usurpadores. Finalmente, en un brusco movimiento, logró coger aire y gritar.

-¡Kirihara!

Buscó los ojos contrarios, cubierto por una capa rojiza que la espantó. Los negros cabellos podrían haber usurpado el color grisáceo o plateado de un anciano, pero supuso que eran restos de la claridad que se alejaba. Lo único que podía comprender es que, por muy buena que fuera en la pelea, él la sobrepasaba y eso le creaba un miedo incontrolable.

Sentía los músculos sobre ella, tensos y poderosos. Sus manos habían sido alzadas y apresadas por la mano de el brazo herido, mientras la contraria sujetaba su rostro y las piernas masculinas se habían encargado de inmovilizar por completo las suyas. Por mucho que quisiera, ni golpearle con ellas podría. Jadeo vencida.

Siempre había podido vencer a Kirihara. Aclararle que ella podría ser mejor que un hombre, pero de repente, todo se había intercambiado. Él era el fuerte. Ella la mujer débil. Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios cuando sintió los cálidos labios rozar su cuello y hombro. Hambriento, deslizó la tira de el sujetador, dejando entrever uno de sus rosados pezones levemente. Se volvió a agitar. Aquellas zonas únicamente existía una persona que pudiera hacerlo y la aterró pensar que Kirihara lo hiciera.

-¡Detente!- Gritó desesperada- ¿Qué demonios estás haciendo?

Como respuesta, tras un minuto de silencio, llegó una risa malévola. Él se arqueó contra ella y unió sus caderas. Tembló. La dura erección chocó contra su vientre. Tal y como el moreno, afligido, le había comentado, era enorme. Demasiado y sintió miedo junto a dolor, al pensar en que terminara por violarla y realmente le adentrara aquella gran extensión.

-¿La has sentido?- Preguntó una ronca voz- No tiembles, no te preocupes. Da más placer de lo que parece. Ya lo veras, pequeña.

Y movió la mano libre hasta su braguitas, acariciando el bello por encima de la tela, hasta perfilar sobre el fino algodón la recta de sus labios. Gimió molesta y avergonzada. No la agradaba. Pero él no parecía notarlo.

-Entrará aquí y te dará mucho placer. Te llenará al completo y me sentirás- añadió- y nunca más querrás la de ese hombre que te abandonó por su mejor amiga. ¿Seguro que lo es? Has estado fuera mucho tiempo. Seguro que terminó por enamorarse de ella.

Parpadeo, deteniendo sus esfuerzos por alejar al hombre sobre ella. ¿Momoshiro enamorado de Sakuno? Humedeció sus labios y tragó saliva con dudas. Cierto que había estado mucho tiempo fuera. Retraída a volver a sucumbir a él. Desde luego, Momoshiro tenía buenas tácticas para convencerla y había terminado por romper sus propias barreras. Pero, eso no quería decir nada. Se había apresurado en pedirle que se casara con ella. Él había respondido demasiado rápido y estaba empeñado en separar a Sakuno de Echizen Ryoga.

Cuando los dedos contrarios abandonaron la tela y empezaban a acariciar sobre los rizos castaños, lanzó un grito de rabia. ¿Por qué demonios estaba dudando de él? Alzó su rostro y mordió el cuello contrario. Al instante, él liberó su cintura y llevó la mano hasta el lugar, dolorido.

-¡Suéltame!- Exigió rotundamente- ¡Tu no lo conoces exactamente! Él nunca me haría algo así. Quítame las pezuñas de encima. ¡Pervertido!

Sintió sus piernas más sueltas y no necesito demasiado tiempo como para pensar qué tenía que hacer. Su cuerpo actuó solo. Alzó su pierna derecha, rodeando entre sus muslos el rostro masculino y acto seguido, empujó hacia delante. Él cayó contra el suelo, golpeando su espalda contra las rocas y levemente su cabeza. Esperó, impaciente, a que él diera señas de sus nuevos movimientos.

El cabello comenzó a tornarse oscuro y cuando los ojos se posaron sobre ella, se apartaron, notando sonrojo en su el rostro masculino y como agarraba su herida dolorida.

-Lo siento, Kirihara, pero…

-No te disculpes- interrumpió- ¿te hice… daño?

Guardó silencio, frotándose el brazo preocupada. ¿Cómo decirle que había estado a punto de violarla y confundir sus sentimientos? Él la miró directamente a los ojos, frunciendo las cejas.

-¿Tachibana?- Preguntó nervioso- ¿Qué te hice? Dilo.

-No- negó caminando hasta la entrada- espera aquí.

-¡Ey!

No debía darle tiempo a reaccionar de nuevo. Ahora no era un demonio y le daría una larga charla sobre si debía o no meterse en el agua. Había estado observando anteriormente las olas y poco a poco, habían rebajado su intensidad. Aunque eso no había desquitado el peligro. Mas no podía esperar más. Kirihara, tras aquellos brutos movimientos, había empeorado.

Cuando logró salir a la superficie, solo atisbó a coger un leve rastro de aire antes de ser engullida. Se aferró a una de las rocas e intentó soportar el golpeó que vendría. Agarrada, cuando la ola se partió, salió para volver a coger aire. De nuevo, emprendió otra largada más. Ahora daba gracias a sus largos y duros entrenamientos.

Sus manos comenzaron a sangrar al agarrarse en cada una de las duras embestidas que las olas imperiosas golpeaban contra ella. Su piel dañada, reflejaba el filo de las rocas y tragó, atemorizada, cuando uno de los salientes era demasiado afilado. Tendría que bucear y no conocía las corrientes. Tan solo esperaba no ser empotrada contra la dureza. No era una idea que le agradara demasiado.

Pero algo de suerte parecía quedarle todavía. Las corrientes no eran demasiado fuerte en el fondo y agarrada a la piedra, logró traspasar aquella barrera. Ahora, tan solo le quedaba unas millas hasta la playa. Y ya se sentía agotada. Aquello no era un trayecto fácil. Si resbalaba en cualquier momento o el mar conseguía arrastrarla, podría ir despidiéndose de la vida. Aunque sus manos no iban a terminar demasiado femeninas e iba a tener más rasguños que cuando entrenó en las barricadas.

Jadeo, para darse impulso mentalmente y sonrió levemente al imaginarse a Takeshi gritando su nombre, incitándola a continuar con aquello. Abrió los ojos y escupió agua. Sin darse cuenta había caído y se encontraba arrastrada por el mar. En un último esfuerzo, nadó hasta la superficie y engulló rápidamente todo el aire que sus pulmones le permitieron. Agudizó la vista lo mejor que pudo en la oscuridad y sonrió, nadando lo más rápido que sus magullados brazos le permitieron. Cuando sus palmas rozaron la tierra, jadeo con intensidad. Estaban salvados.

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Encendió un cigarrillo y expulsó el aire lentamente. El sabor quemó su garganta y explotó en su interior con necesidad. Realmente lo necesitaba. Habían pasado tres días desde que los sacó de Japón. Para dar más señuelo y cerciorarse de que el asesino ya había llegado a las costas, salieron de la casa. Las festividades habían comenzado y los tres personajes que suplantaban a Ryoma, Ryoga y Sakuno, tenían que hacer su paripé.

Estaba de los nervios. Lo sabía. Sus hombres no se atrevían a cometer errores para no recibir una buena regañina de su parte. Ahora no eran simples palabras. Se frotó la sien con el pulgar y el índice. El último que había recibido había sido Kaidoh. No tenía que haberlo golpeado cuando se enteró de que Riku había accedido a dejar salir de paseo a Ryoma. ¡Joder, solo era Ryoma! A quien tenía que proteger era a Sakuno, no a Ryoma. Echizen sabía defenderse perfectamente solito. Que se las apañara.

Una figura se posicionó a su lado, sujetando una copa de licor entre sus dedos y agitándola con lentitud. EL olor del alcohol llegó hasta su olfato por encima de el desprendido por el cigarro y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Tiró el cigarrillo a un lado y bufó. No había tenido noticias de Ann. Mucho menos de Kirihara y aquello le asustaba.

Kirihara era un hombre fuerte, algo preocupado y temeroso en según qué ocasiones debido a su demonio interior. Pero confiaba plenamente en él y creía que si alguna vez despertaba su endemoniado interior, Ann sabría pararle los pies. Si lo hacía con él cuando menos lo esperaba, también podría detener a Kirihara.

Pero… habían desaparecido y eso era algo que no se podía perdonar. No solo había perdido a la mujer que amaba, si no a uno de sus mejores hombres. De tan solo pensar los gritos que le caerían encima de la familia de el muchacho, se le encogía el corazón. Porque él no podría gritar igual y nadie le daría importancia que hubiera perdido a su futura esposa también.

No. Todos no. Había alguien que lloraría por ella y por él. Sakuno. Ella nunca le fallaría. Por eso mismo, no podía fallarle él. Haría lo que fuera por atrapar al hombre que intentaba asesinarla. Hasta el último de sus alientos. Otro que sabía que no le fallaría, era Ryoma. No lloraría, porque no estaba en la naturaleza del Echizen llorar, pero sí que estaría a su lado. Igual que cuando Ann se marchó. Con sus silencios impertinentes, sus suspiros aburridos y bostezos de sueño. Pero estaría.

Apretó la caja de cigarrillos entre sus dedos y la lanzó contra la papelera cercana. Una espalda quedó apoyada sobre la suya y se asombró. ¿Quién demonios se estaba tomando tantas confianzas?

-Esa es falsa, ¿Verdad?- Preguntó la voz masculina- La mujer que está ahí no es Ryuzaki Sakuno.

-Tu…- bufó furioso- ¿Dónde está Ann?

-¿Un intercambio? Me das a Ryuzaki y yo te doy a tu prometida.

-Bastardo- hizo ameno de volverse, pero una negación por parte de el hombre llegó- ¿qué tramas?

-Si te vuelves y me disparas, esa doble morirá- avisó-. Y no solo ella. A mí me pagan para matar a Ryuzaki. Dame lo que quiero y listos.

-Estaría loco si lo hiciera.

Un gruñido escapó de la figura tras él.

-Tsk, lástima- suspiró-. La desgracia para ti, es que nunca dejo un sujeto de mi lista vivo.

Se heló y sonriendo, entrecerró sus ojos.

-Yo lo era también, ¿Verdad?-Preguntó apretando los puños.

-Sí- afirmó el hombre tras él-. Fui contratado por Echizen Ryoga para asesinarte. Generalmente no difamo los nombres de quien me contratan, pero, un último deseo, siempre se respeta.

El sonido de el gatillo estalló contra su espalda. Sintió la bala atravesarle. La carne romperse y estallar en un calor doloroso. Su cuerpo cayó impactado contra el suelo, sin poder moverse. Aquella maldita bala le había alcanzado alguna zona vital. No quería pensar cuál de ellas.

Aquel hombre, definitivamente, no era una de los asesinos anteriores. Era todo lo contrario a lo que esperaba y la realidad, era que cuando las personas comenzaron a rodearle y los enfermeros lo transportaban, tan solo sonreía. Disfrutaría encontrándolo y esta vez, no sería él quien sintiera su carne arder por un balazo.

Eso, si lo contaba. Frunció los labios y entrecerró los ojos. No sentía a su alrededor. Ni siquiera podía responder a las llamadas de algunos de sus hombres. Únicamente un rostro acudía a su mente y sonrió, pensando que si la muerte llegaba y ella estaba ahí, no podía pedir más.

Lo único que sentía, es que Sakuno continuara estando en peligro. Ahora que el cebo había sido descubierto, seguramente, ese hombre buscaría por todos lados. Pero no la encontraría. Él mismo se había asegurado un lugar seguro. Sin que nadie fuera testigo, demandó dinero a Ryoma y este cedió. ¿Cómo no hacerlo? Compró aquella isla en España y al recordar los golpes de cabeza que se daría el asesino, sintió cierto regocijo. Sería interesante.

Por otro lado, algo de la verdad había sido descubierta. Echizen Ryoga había deseado matarle. No importaba cuando, pero, si así había sido, ese bastardo tenía que conocer el aspecto de el asesino. Si es que sus sospechas de que Ryoga lo había comprado para matarla, no eran correctas. Si realmente lo hubiera hecho, había una pieza que no encajaba y todavía le daba el don de la duda al mayor de los hermanos Echizen.

¿Por qué asesinar a Sakuno antes de casarse? Lo lógico sería hacerlo después. Una vez casados, tendría toda la fortuna de la familia Ryuzaki para él. Sería rico y si aprovechaba bien ese dinero, podría hundir a Ryoma y al resto de los Echizen. Ryoga era un hombre rencoroso. Lo sabía. Pero no cuadraba su impertinencia al querer matarla tan temprano.

Pero eso no le libraría de que, si salía de esta, le mostrara la dureza de su puño.

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Riku había desaparecido tras la puerta hacia ya media hora. Aún no se atrevía a salir de su dormitorio. Estaba acicalada y preparada, sin embargo, no se había movido de la ventana. Por esa misma razón, había visto que su jefe había salido de paseo por el lugar. Acicalado con un suéter blanco y unas calzonas negras junto a unas deportivas, caminó como si de un adolescente se tratara, aventurándose entre la maleza. Lo vio actuar ágil y podría jurar que hasta sigiloso. Y hasta había sentidos de seguirle. Pero era algo imposible.

¿Cómo mirarle a los ojos tras esa noche? Solo había sido un beso en su nuca, pero el ardor que dejó en su piel le había acompañado por toda la noche y no había logrado pegar ojo. Más de una vez había tenido que abrir los ojos para asegurarse que él no se encontraba en su espalda, abrazándola como había hecho y mucho menos, besarla.

¿Qué habría sucedido si no la hubiera dejado? Dios, sería terrible. Era una simple secretaria. Su secretaria. No podía ese hombre estar cambiando las cosas. De nuevo no. De tan solo pensarlo, la imagen de Atobe volvía a su mente. Pero tenía que aceptar que Ryoma Echizen no había sido nada brusco, aunque sí frio al rechazarla. Pero tampoco podía haber esperado más de un hombre que se acababa de dar cuenta de que estaba besando la nuca de su fea secretaria y no una de esos bombones que tal placer él tendría de visitar para sacudir sus necesidades.

Por culpa de estas cosas había tenido que cambiar sus grandes atuendos y gafas coraza por ligeros vestidos que la obligaban a comportarse como toda mujer. Tan acostumbrada había estado a no depilarse, que cuando Riku comenzó con su tarea, había mordido sus puños para no gritar y alertar a toda la isla. Ni siquiera, cuando se miraba al espejo, podía reconocer a su verdadero yo. Menos con esos vestidos. Eran demasiado turbadores. Quizás, por eso, su jefe había confundido las tornas y la trató como una mujer.

Pero la realidad era que no podía negar que aquello había sido agradable. Aparte de con Ryoga, nunca otro hombre la había abrazo de aquella forma protectora y la había hecho sentir bien. Encima, para más colmo y lo que la había hecho salir muchas veces de la cama, había sido una cosa de lo más tonta. El perfume del empresario. Parecía haberse enganchado a ella como una lapa y por más que moviera las sábanas, se levantara, saliera, se echara su propio perfume, no se borraba.

¿Ryoga lo sentiría si le daba por olerla? Sintió ganas de reír y cerró la cortina cuando la espalda de Echizen dejó de verse entre la arboleda. De tan solo imaginarse a Ryoga con forma de perro, las carcajadas se hicieron notar. Quizás demasiado, pues la puerta se abrió bruscamente, dejando ver el rostro de el mayor de los Echizen pintado en preocupación.

Tragó saliva e irrumpió su risa, volviéndose totalmente colorada. Ryoga simplemente había cubierto su cuerpo con una toalla de manos y poco dejaba entrever, pero para ella, era muchísimo. La piel pálida y musculada. Los cabellos humedecidos que dejaban caer gotas que luego resbalarían por cada trozo de piel. Movió sus manos para abanicarse y escuchó los pasos desnudos de los pies húmedos sobre la madera. Ryoga se acercaba. 

Como acto reflejo en su vergüenza, se arrodilló. Ryoga pasó la cabeza sobre ella, inclinándose para mirarla con el ceño fruncido.

-¿Qué sucedía?-. Preguntó.

-Na… nada- negó sin mirarle. No podía hacerlo- Ryoga. Por favor… Vístete.

-¿Por qué?-. Preguntó el peli verde expulsando un suspiro- tarde o temprano me verás desnudo.

-Me da vergüenza…- logró gesticular- es… muy pronto para… que te vea así- rogó encogiéndose más.

Con un bufido molesto, Ryoga caminó hasta el cuarto de baño y momento después, apareció con albornoz cubriéndole. Suspiró aliviada y finalmente le miró, sonriendo. Ryoga frotó su frente, alejándole alguno de los mechones rebeldes que había escapado al agarre de el pasador dorado y la besó en la frente. Se sonrojó notablemente y sonrió como agradecimiento.

-¿Por qué reías como loca? Parecía que alguien te estuviera torturando- expresó el hombre arrodillándose ante ella.

-Es que… imaginé una cosa divertida- confesó moviendo sus manos con infantilismo.

-¿Puedo saber qué era?- Inquirió el hombre alzando una ceja- También necesito reírme. Prometo no enfadarme- y alzó una mano como juramento.

Dudó. Pero Ryoga le había pedido sinceridad y quería dársela. Se aferró a sus rodillas dobladas, mirándole con serenidad. Ryoga parpadeo al verla tan decidida a contárselo, pero no se echó atrás. Aunque se moría de ganas. No era muy valiente, pero sí tenía sus esfuerzos y si quería volver a convencerle de que optara por el casamiento, tenía que ser totalmente sincera con él.

-Te… imaginé como un perro- rebeló finalmente.

Ryoga guardó silencio antes de frotarse las sientes y soltar una ligera carcajada. La sujetó de el hombro con suavidad y la miró sonriente.

-¿Por qué me ibas a imaginar como un perro?- Preguntó antes de mostrar una sonrisa pervertida- ten cuidado, eso se puede mal interpretar.

La imagen que debió de mostrar ante la cara divertida de Ryoga debía de ser de un tomate bien maduro, pues su rostro acogió el color inmediatamente. Nunca se podía haber imaginado que aquello se pudiera tomar como una frase pervertida, pero desde luego, para lo que ella estaba pensando sí. ¿En qué lugares podría acercar su nariz Ryoga por su cuerpo? De tan solo pensarlo, la boca se le humedeció notablemente y tuvo que volver a esconderse.

-Ey- llamó él alzándole con suavidad el mentón- No pienses en cosas que todavía desconoces- aconsejó besándole tiernamente en los labios- tómate tu tiempo, Sakuno.

-Pero…- dudó afligida, conociendo la realidad de los sentimientos de él.

-Lo sé- suspiró- sé lo idiota que parezco al decirte esto cuando yo mismo te he exigido tantas veces que me dejaras tocarte sexualmente. ¿Pero, qué enamorado no se ha contradicho cuando ha visto a la mujer que ama sufrir o estar a punto de caer en las garras de otro lobo hambriento?

Frunció el ceño. No le gustaban los términos que utilizaba siempre para distinguirse de su hermano. Pero si ni el mismo Ryoma hacía nada para defenderse, ¿por qué ella tenía que callarle? Para que no estallaran. Odiaba las peleas y lo que menos quería, era verse envuelta en ellas. Especialmente, si estas se creaban por su culpa.

Tampoco es que conociera que responder a esas indirectas y frases tan bien cuadradas por Ryoga con un único fin. Pero aquello creó cierta alegría en su pecho. De nuevo volvía a tener confianza en ella, igual había pasado solo una noche, pero su pecho estaba tan emocionado que parecía a punto de estallar. Poco duró.

-¿Y bien?- Preguntó Ryoga alzándose y alejándose- ¿Qué tal dormistes tras que mi hermano se encariñara contigo?

Alzó los ojos hasta él y una sonrisa entristecida se dibujó en el rostro de el joven. Los vio. Y ella podía saberlo. Al cuerno la sinceridad.

-Yo…- se frotó el rostro, levantándose.

-Sakuno- interrumpió dejándose caer sobre la cama- Ya te dije que no tienes que darme explicaciones si no quieres. Mírame como un amigo, no como tu prometido. Ya no lo soy- recordó.

Y aquel recordatorio se clavó en ella como estacas. Finas estacas de hielo que parecían hondar cada vez más dentro de su corazón, traspasando la barrera de la carne y hueso. Ya había una gran grieta dentro de la burbuja.

-Ryoga, entre él y yo… no hay nada… Es imposible que yo le guste- Añadió con nerviosismo-. Es un hombre muy sereno y cuando se dio cuenta de quién era, me alejó de él como si le quemara.

-¿Cómo si le quemaras?- Exclamó Ryoga acariciándose el mentón-, vaya, mi hermano es más interesante de lo que parece.

-No… no entiendo- murmuró preocupada.

Que su jefe la expulsara de su lado de aquella forma, para ella no había nada gratificante, mucho menos interesante. Era un acto claro de repulsión. Ryoga sonrió alzando una mano y mirándola al rostro con interés.

-Eso, querida, quiere decir que mi hermano no sabe cómo actuar cuando de verdad se enamora- explicó el hombre frunciendo el ceño- es un gato asustado que está adentrándose en la trampa de el ratón y no conoce cuantas ratas se atreverán a atacarle.

Parpadeo sin comprenderle. ¿Echizen enamorado? ¿De quién? Seguramente, por esa razón la había alejado rápidamente. El recuerdo de la mujer que amaba le debió de golpear fuertemente y sin pensar lo que hacía, la rechazó con brusquedad. Jadeo incrédula, poniendo una mano sobre su pecho. Ryoga se alzó, sorprendiéndola.

-¿Qué ocurre, Sakuno?- Preguntó- ¿Es que te duele el pecho?

Afirmó sin pensar y él chasqueó la lengua antes de frotarle los cabellos.

-Me parece que mi hermano está ganando demasiado terreno. Esto realmente se está convirtiendo en una justa- sonrió, besándole la mejilla.

Se dejó caer sobre la cama nada más que él desapareció de la habitación. ¿Qué Echizen estaba ganando terreno? Era imposible. Ella se había hecho a la idea de quién era para ella. Su jefe. Nadie más. Seguramente, un hombre que buscaba las necesidades carnales en su justo momento. Aunque, debía de reconocer, que aquello no le dolía tanto como pensar que, finalmente, el hombre estuviera enamorado.

Se estiró sobre la cama y cubrió su frente con su brazo izquierdo.

-Seguro… que… solo es preocupación por ser mi jefe. Sí, seguro… Lo mejor será que ignore las cosas y me centre en Ryoga. Para eso… es quien me gusta.

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Seguía la figura femenina entre los arbustos. No era difícil seguirla. Él mismo había recibido tal entrenamiento y por mucho que pasara horas detrás de un despacho, conservaba su buena forma física. Cuando había dejado a su secretaria, Riku corrió hasta su dormitorio, sumamente alterada y con el rostro pálido le había pedido que la siguiera y eso estaba haciendo.

La isla era frondosa y hasta creyó que en cualquier momento daría forma de vida o una serpiente o un oso. La casa de madera que ellos ocupaban como seguro apareció ante él. Riku se adentró en silencio y él la siguió. Cuando todas las miradas se posaron en él, ya había cerrado la puerta y se había dejado caer contra esta.

El rostro de Inui Sadaharu estaba pálido. Más pálido que por costumbre. Era preocupante. Arqueó las cejas al verle moverse hacia él y hundir sus codos sobre sus rodillas antes de hablar.

-Te hemos hecho venir, porque acabamos de recibir una noticia- comenzó con voz ronca- No me voy a ir por los cerros de Úbeda, así que te lo diré claramente. Luego, tú eres libre de comentárselo a tus acompañantes.

-¿Qué?- Preguntó frunciendo el ceño.

-Momoshiro ha sido disparado y está ingresado en la U.V.I. Su condición no es estable y los médicos no garantizan que salga vivo. Esa, era la noticia. Nuestras orden siguen en pie- añadió subiendo sus gafas de montura negra- Hasta que él no muera, no tendremos que seguir las órdenes de otro jefe. Por eso, continuaremos protegiéndoos.

-¿Cómo?- Preguntó secamente.

Inui arqueó una ceja sin comprenderle. Aquello era una bola que no entendía. No era tan sencillo disparar a Momoshiro. ¿Acaso no llevaba chaleco antibalas? Debía de llevarlo.

-Una bala preparada personalmente. Traspasan los chalecos antibalas como si agua se tratara. Especialmente, si la persona está cerca. Son más peligrosas. Usted lo comprende mejor que nosotros, ¿Verdad?- Inquirió maliciosamente Inui- Porque usted…

-Cállate.

Se volvió, abriendo la puerta y cerrándola de golpe tras él. Caminó entre las hierbas y árboles, sin importarle hacia donde caminaba. Su mente era un caos total. Jamás pensó que lo que aconteció cuando tenía diecinueve años, le repercutiría a los veinticinco. Ni mucho menos, que por culpa de algo así, Momoshiro fuera herido de tan gravedad. Apretó los puños dentro de su pantalón y mordió sus labios con fuerza antes de dejarse caer sobre la arena de la playa a la que había llegado caminando sin rumbo.

El sonido de las olas creaban ligera música acompasada contra sus oídos, relajándole lentamente, mientras el aire marino le golpeaba con suavidad el rostro, pegándose a su cabello el olor que desprendía la humedad marina y el frio le caló los huesos. Fijó su mirada en horizonte, donde pequeños barcos de vela se hacían ver mientras eran empujados con el viento y parecían querer esconderse en la unión de el mar y el cielo. Cuando fue consciente de las horas que eran, el manto negro de la noche ya comenzaba a cubrir y la rojez ultima de el sol anunciaba su ocultación tras el mar.

Suspiró, alzándose y quitó la arena de sus pantalones. Tenía que tomar la decisión de si comentárselo a la castaña o no. El señuelo no había funcionado, si no, ya les habrían dado libertad y seguramente, iría a ver al abogado. Ella no dudaría en ir tras él.

Se frotó la sien en un intento vano de alejar el dolor de cabeza que se había adueñado de su sien y parecía un martillo replicando por atención. No podía borrar de su mente el olor de el cuerpo femenino que había apresado entre sus brazos y la calidez que sus labios habían notado al posarse sobre aquella blanquecina piel. Se había sentido demasiado tentador a hacer muchísimos otros actos, pero por suerte, su cabeza fría le había recordado que aquello solo era un juego y no tenía que pasarse de la ralla. No tenía que seducirla hasta ese punto. Pero haber recordado la apuesta con su hermano le hizo hacer cosas que no entraban.

Y ahora, tendría que comunicar algo bastante desagradable que capaz era de hacer que la chica optara por querer marcharse. Era su amigo al fin y al cabo.

Cuando entró en la casa, las luces de el salón estaban encendidas. Únicamente Ryuzaki permanecía en el lugar, leyendo uno de los libros que se encontraban unos estantes apartados. Frunció las cejas. Aquellos libros eran españoles, ¿acaso sabía leer ese idioma? Se sentó en uno de los sillones y eso la hizo apartar la vista para mirarle.

-¡Dios santo! ¡Señor!- Exclamó alarmada.

De un salto y tras dejar el libro se puso en pie. Poco después, quitó la bata que la cubría y lo tapó, frotándole.

-¡Está helado!- Exclamó- ¡Riku-san! ¡Por favor, traiga mantas, ropas limpias, agua caliente y café!

Gruñó con ansias de negarse, pero los leves roces a su piel le agradaban demasiado como para pensar en negatividades. Riku apareció con las demandas y cerró las puertas antes de marcharse. Ryuzaki quitó la bata dejándola a un lado y mientras se mordía el labio con necesidad, comenzó a desnudarlo. Las manos temblaban al rozar contra su piel, con torpeza quitaban cualquier prenda que le cubriera.

El suéter fue lo primero. Y no fue fácil. Estiró de él para quitárselo y gruñó al ver que no era capaz de moverle del asiento. Sonrió malicioso. Seguramente, esa sería la primera vez que desnudaba a un hombre y estaba tan avergonzada que le era imposible soltar una sola palabra.

-Jo…- logró articular mirándole ceñuda.

Se incorporó levemente y ella mostró un leve atisbo de sonrisa, al creer que ella misma había sido la causante y con rapidez, alzó el suéter, sacándolo al instante. Lo dejó sobre la bata y tragó saliva antes de volver a mirarle. Sus ojos, aún verdes, acariciaron su torso y tanteo levemente el terreno antes de llegar a sus pantalones. La rojez inundó su rostro.

-Frio- indicó mentiroso.

-¡Sí!- Exclamó Ryuzaki dando una palmada para despertar sus pensamientos.

Frunció el ceño y guió sus manos hasta los pantalones. Lo mejor sería que terminara él el trabajo y no ella. Se alzó, para quitarlos y le dio la espalda al instante. Si continuaba mirándole, estaba seguro que estallaría en cualquier momento bajo la vergüenza que sentía. Desde luego, no podía comprender a las vírgenes. Aunque era divertido ver sus respuestas.

-¿La ropa interior?- Preguntó malicioso.

Ella negó con la cabeza, llevando las manos hasta su boca.

-¡Oh, no, por favor!- Rogó con voz temblorosa- Yo me iré y cuando entre, continuaré si eso.

Se volvió, sujetándola de la mano antes de dejarse caer sobre el sofá.

-No- negó frunciendo el ceño- continua.

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Jadeo interiormente. Aquello era una bomba de relojería. Sentía la sangre hervir en su cuerpo. Había reaccionado al ver el cuerpo helado y demasiado pálido del hombre y temió por él. Seguramente, él ni cuenta se daba de el leve temblor en sus labios y lo hinchado que se encontraban, descolorados a un tono lila. ¿Cuántas horas había estado fuera? ¡Demasiadas! Un poco más y no lo contaba. Ni siquiera podía comprender cómo había llegado hasta la casa.

Hundió la pequeña toalla dentro del agua caliente y la escurrió antes de ponerla sobre la tersa y musculada piel. Tragó nuevamente saliva. No sabía porqué, pero su boca no hacía más hacérsele demasiado húmeda cada vez que lo miraba y su respiración más acelerada de lo normal. Acarició el torso con cuidado y él apresó la mano. Una gran manaza que ocupa por completo la suya y le indico lo fuerte que podía hacerlo. Una caricia no era. Estaba trabajando y tenía que pensar que aquello era parte de su trabajo como secretaria.

Nunca había visto a un hombre desnudo. Ni siquiera pensó en cómo sería. Ryoga la había impresionado y Echizen no se quedaba atrás. Quizás era por ser virgen. Por no haber visto cuerpos masculinos desnudos. Ni siquiera en la televisión. Siempre se las encargaba para cerrar el aparato o cambiar de canal, cuando, por las noches de insomnio, intentaba ver algo en la caja tonta y solo daban películas subiditas de tonos.

El calor comenzó a acariciar aquella piel. No era un hombre demasiado velludo. Mucho menos escaso, pero si intrigaba los leves toques de bello que formaban una flecha que unía el comienzo de su sexo con el centro de las rosadas tetillas. Era fuerte y sus músculos estaban diseñados. Sus brazos siempre se escondían tras los trajes de ejecutivo y no mostraban lo musculados que estaban.

Largas piernas fuertes y formadas en su justa medida y unas caderas anchas como hombre. Fuertes hombros y un rostro atractivo. Aquel hombre era una verdadera joya. Gimió interiormente al pensamiento de que incluso le parecía más atractivo que Ryoga. Se agachó, frotando por último los pies y dejó la toalla dentro de el barreño, mostrándole la ropa para que se vistiera. Perezoso, obedeció.

Un pijama azulado de hombre. Una vez que se lo puso, no tardó en rodearlo de mantas y hasta que no le sintió quejarse por calor, no se detuvo. Suspiró, sintiendo que sus piernas temblaban y se dejó caer pesadamente sobre el sofá cercano, mientras impasible, su jefe tomaba el café, creando una mueca de desagrado total. Sonrió divertida por aquel gesto. Quizás hubiera sido mejor pedir otra cosa que no fuera el café. Pero era un excitante que le haría querer moverse y le vendría bien para el frio que acogió en su interior. Mañana, seguramente, el hombre tendría un fuerte dolor de huesos.

-¿Qué hacen?- Preguntó Ryoga adentrándose y deteniéndose para mirar a su hermano- ¿Tanto frio tienes? Eres un exagerado.

-El señor Echizen… acaba de llegar- explicó Sakuno con paciencia- estaba helado… Demasiado helado.

-Ya veo- Ryoga frunció las cejas, acercándose hasta el mueble bar- ¿y dónde has estado para que cojas frio? Ayer también desapareciste en la noche. ¿Una amante?

De nuevo aquel escozor en su pecho. Un leve motivo que creaba cierto dolor electrizante. No entendía la razón, pero ver que el rostro de el menor continuaba imperturbable, la angustio más. Aceptó la copa de whisky que le entregó Ryoga y la apretó con fuerza entre sus dedos. No era de beber, pero en aquel momento, sentía que podría beberse toda la botella entera sin más.

Ryoga soltó una carcajada cuando la vio engullir más de lo necesario y fue el menor de los Echizen quien le arrebató el vaso, con el ceño fruncido y lanzando el licor contra la chimenea apagada. Ryoga suspiró.

-Solo quería ver cómo se comportaba cuando bebía.

-Necio- espetó alzándose y frotándose las sienes.

Sakuno lo observó furtivamente. Desde que había comenzado a trabajar con él le había visto hacer esos gestos y lo único que demostraban, era que llevaba una vida demasiado estresante y una jaqueca galopante en su cabeza. Su puño temblaba ligeramente empuñado y se preguntó si no tendría deseos de golpear al mayor. Pero cuando la mirada dorada se clavó en ella acusadoramente, supo que los carros iban a ser descargados contra ella, aunque nunca hubiera pensando que, su modo de ataque, sería aquel.

-Momoshiro está en peligro de muerte- le encaró.

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Escupió dentro de su vaso el licor y tosió, mirando a su hermano incrédulo. ¿Qué es lo que había dicho? Aquello tenía que ser una broma. Había pensado que se lanzaría contra él finalmente. Que explotaría como nunca había hecho y le demostraría lo buen luchador que podría llegar a ser, pero no esperaba que la tomara con Ryuzaki y le soltara tremenda bomba en toda la cara y, después, se marchara dando tumbos por lo que parecía un fuerte dolor de cabeza.

Cuando miró a Sakuno se encontraba pálida, con la boca temblorosa abierta en un intento de refrenar un gran grito de horror y los ojos perdidos en la nada. Temblaba ligeramente y estaba claramente e shock. Ryoma había sido un bruto al decírselo de aquella forma. Pero, ¿qué podía esperar del hombre sin sensibilidad? Nada menos que algo de ese talante. Fuera cierto o no, era demasiado delicado como para dejarlo caer como un balde de agua fría.

-Sakuno- Llamó.

La castaña ocultó su rostro entre sus manos cuando se sentó a su lado, escondiéndola entre sus brazos.

-Es… una broma, ¿verdad?- Le preguntó esperanzada- ¡Él mintió!- Exclamó aferrándose a sus ropas- Momo… momo no puede… haber…

-Ha dicho que está de gravedad, no que esté muerto, Sakuno. No pierdas la esperanza.

La besó en las mejillas húmedas y acaricio la piel suave antes de depositar un tierno beso en sus labios. La sujetó por el talle y le apremio a alzarse.

-Ahora eres tú la que tienes que descansar, vamos- Ordeno guiándola hasta su dormitorio- Le diré a Riku que te suba una manzanilla.

-Gracias…

Pero sabía que no había sido suficiente. Posó la palma de su mano abierta sobre la frente castaña obligándole a mirarle empujándola levemente y frunció las cejas, sopesando sus palabras.

-¿Quieres que me quede hasta que te duermas?

-No- negó la joven secretaria azorada- es mejor… que esté sola.

Afirmó y abrió la puerta con galantería, asegurándose que podía caminar sola. No estaba de el todo seguro, pero creía que Sakuno no le quería tener cerca en aquellos momentos y una tonta idea le recorrió la mente con fuerza. Tanto, que cuando la puerta se cerró ante sus narices, la sopesó tanto, que terminó escondiéndose tras uno de los muchos muebles, esperando con paciencia mientras bebía repetidas veces de una botella de whisky y tal y como esperó, la puerta de ella se abrió. Con andares lentos, caminó hasta la puerta de su hermano, llamando temblorosa. La puerta se abrió bruscamente, para cerrarse una vez ella entrara.

Los celos volvieron a golpearle con fuerza brutal.

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Se sorprendió notoriamente al verla detenida ante su dormitorio. No era decisión lo que veía en sus ojos, pero sí dolor. Desde luego, había sido un bruto al soltar aquella bomba sin el menor de los cuidados. Debería de haberse dado cuenta que ella era demasiado sensible. Pero estaba furioso. Con él. Con Ryoga. Y con ella. ¿Por qué demonios había aceptado una copa de alcohol y se la bebía tan rápidamente? No era una experta y se le notaba. Seguramente debía de desconocer totalmente qué ocurriría después de hacer algo así.

Débil. Temblorosa. Con el rostro pálido y los labios entreabiertos en un intento de hacer la pregunta que le quemaba la garganta, lo mira de hito en hito. Suspiró al ver que optaba mejor por apartar la mirada y olvidar la fijeza que no iba con ella.

-Esto… señor…- murmuró- ¿es cierto… lo que dijo?

-Sí- afirmó con voz débil.

Los verdosos ojos se movieron buscando un punto de apoyo, pero no lo encontró. Su cuerpo se movió solo y reaccionó a sujetarla antes de que tocara el suelo. Con un solo brazo acogió la cintura y su mano sujetó uno de los delgados brazos. Delicada, no débil, se corrigió. Era una mujer tan diminuta como había pensado, que por meros momentos se creyó que la rompería y antes de que aquello ocurriese, la dejó sobre la cama, abriendo las ventanas para que el aire nocturno entrara.

-Por favor- rogó sujetándose a su pijama- cuénteme… qué paso…

Suspiró y frunció las cejas, liberándose de él agarre de las temblorosas manos y sentándose a su lado en la cama. No era de hablar largo rato. Únicamente lo hacía en las entrevistas de trabajo o reuniones y era demasiado frio como para dar rienda suelta a una charla amistosa.

-Al parecer- comenzó forzadamente- le han disparado por la espalda. La bala- y arrugó el ceño nuevamente- le atravesó el chaleco y a alcanzado algún punto vital.

-Pero…- dudó mirándole esperanzada. Negó con la cabeza.

-Todavía no está muerto. Esta grave.

-no lo entiendo- gimió dolorida- si el chaleco… es antibalas.

La puerta se abrió antes de que lograra contestar. Ryoga hizo acto de presencia. ¿Cuánto había bebido? Los pómulos enrojecidos. La nariz emborrachada, movimientos tambaleantes, hipidos alarmantes y una leve forma mareada de caminar. ¿Qué demonios había estado haciendo ese loco? ¿Beberse el bar completo?

-Sakuno, yo tengo respuesta a esa duda tuya- expresó sentándose en el suelo de golpeó- te la puedo contar.

-¡Ryoga!- Exclamó afligida y sorprendida Ryuzaki.

La retuvo de el brazo al ver que Ryoga había apretado la botella por el cuello y la miraba con el ceño fruncido. No hacía falta ser un experto para saber los planes que tenía con la botella. Ryuzaki lo miró intentando soltarse, pero al no conseguirlo le arañó la piel. ¿Es que realmente ansiaba que le dieran un botellazo en la cabeza?

-¡Deja que se acerque!- Exclamó Ryoga riendo fuertemente- ¡Le enseñaré como debe comportarse una mujer dócil! Seguro que no se acercara nunca más a ti. Oh, espera- y lo miró arqueando una ceja- ¿Cuántas mujeres se han acostado contigo sin saber qué eres un asesino?

Apretó los dientes y liberó el agarre a su mano para alzarse. Ryoga se puso en guardia, sabiendo los planes que tenía. No quería escucharle. Expulsarle de su dormitorio era lo mejor. Como auto reflejo, Ryoga estampó la botella contra él, la cual esquivo con facilidad sorprendente.

-¡Quieto ahí fiera!- Exclamó Ryoga alzándose- ¿Es que me vas a disparar con el arma? ¡Oh, venga! Qué te importaría a ti hacerlo de nuevo, ¿verdad, hermanito? Al fin y al cabo, esas vidas no te iban, ¿Verdad? Fue sencillo apretar el gatillo, ¿A que sí?

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Helada, miró el rostro pálido de su jefe. Todo su rostro era un níveo trozo de carne. La mandíbula tan tensada que le daba la sensación de que rompería sus dientes y los puños apretados habían comenzado a sangrar. Jadeó, al ver que Ryoga intentó golpearlo en un intento fallido dentro de su borrachera y chocó contra la silla cercana, tropezándose y cayendo ante ella. La miró por un instante, parpadeando y sonrió lascivo antes de lanzarse sobre ella y besarla con posesión. Aterrada, abrió los ojos y gimió apretando sus labios asqueada intentando alejarse aquella lengua que ansiaba abordarla. Pataleo contra el suelo y aquello pareció despertar a su jefe que tras parpadear y darse cuenta de su rostro aterrado, alejó a Ryoga, noqueándolo sin esfuerzo.

Se lo quitó de encima, empujándolo contra la cama. Ryoga dormiría la mona ahí esa noche. Se levantó, intentando arreglarse la bata mejor, pero no pudo continuar sin pensar en seguir a la figura que intentaba escapar por la puerta. Se detuvo un instante. ¿Debía de seguirle? Ryoga había dicho algo de asesinatos y le había echado las culpas a su jefe con descaro. Fue entonces cuando él pareció optar por el color de la nieve. Debía de ser aterrador para él si era real.

A nadie le gusta que remuevan nuestro pasado sin permiso.

La voz de Momoshiro la golpeo con fuerza. Tenía razón entonces. Era algo de el pasado. Caminó lentamente y hasta que ruidos extraños no llegaron hasta su oído, no corrió. Cuando entró en el baño, el hombre estaba inclinado sobre el váter y vomitaba, aferrando la losa entre sus dedos. Mojó una toalla y se arrodilló a su lado, colocándola en su frente y alejando el cabello lacio que caía sobre el rostro húmedo de sudor. Sonrió, porque no podía hacer otra cosa. Porque no le gustaba verle en aquel estado. Ryoga había conseguido hundir una de las corazas frías de Echizen y estaba claramente dibujado en sus ojos cuando la miró.

Limpio el rostro, refrescándolo con la humedad que había acogido la toalla y la dejó un momento sobre la caliente frente. Los dorados ojos no dejaban de mirar al suelo, como si algo interesante se dibujara en él. Quizás, estaba tan inmiscuido en sus pensamientos, que ni siquiera debía de notarla. Pero, entonces, ¿Por qué hizo lo que sucedió? ¿Por qué se lanzó contra ella, abrazándola de la cintura y escondiendo su rostro en su cuello? Aquel hombre, realmente había necesitado algo así, y seguramente, mucho más antes de lo que todos creían.

Aunque fuera un simple abrazo que lo acogiera con ternura. Lo abrazó por igual y acaricio las mejillas, escondiendo algunos de los verdosos cabellos tras la oreja masculina y lo acurrucó contra ella maternalmente. Ryoma Echizen era un hombre fuerte, pero, aun un pasado podía derrumbar al más alto y fuerte de los muros. ¿Cómo no hacerlo con un hombre que había estado casi toda su vida solo? Nadie le había tendido una mano cuando necesitó ayuda. Seguramente, ni una sola de esas mujeres se dio cuenta de que no podía dormir por las noches, ni le cubrirían si se había quedado destapado.

Se estremeció, cuando el pensamiento y el deseo se unieron. Ella haría todas aquellas cosas con demasiado gusto. Esa noche había comprendido algo. Las diferencias entre Ryoga y Ryoma eran demasiado altas. Ahora, tenía miedo. Miedo de aquel Ryoga agresivo y posesivo. No era una personalidad dada por el alcohol. Lo había visto demasiadas veces antes y aquello la aterraba. La burbuja estalló, rompiéndose. Tenía que abandonar en totalidad su relación con Ryoga. Por muy doloroso que fuera.

Y se sorprendió al verse llorar. Frotó sus ojos con el dorso de su mano y parpadeo, al notar una ligera respiración contra su pecho. Echizen se había terminado por dormir completamente. Alarmada miró a su alrededor. ¿Cómo iba ella a cargar a un hombre tan grande hasta el dormitorio? ¡Era imposible!

-Te ayudaré- anunció la voz de Riku a su espalda- seguro que es muy pesado para ti.

-Gra… gracias- agradeció ruborizada.

Entre las dos, cargaron al dormido hombre. Riku era más fuerte de lo que parecía y no puedo evitar pensar que ser policía de esa clase, exigía demasiado. Se preguntó si Ann también lo sería y el recuerdo de la castaña la golpeo con fuerza. ¿Dónde estaba? ¿Conocería lo que le había sucedido a Momoshiro? Se la imaginaba pálida, ojerosa y temblando de un lado a otro, aunque con su carácter, era capaz de plantarse en el hospital y gritarle que se levantara de la cama. Sí. Quizás lo último fuera mejor idea que lo primero. Así matarían dos pájaros de un tiro.

Riku abrió la puerta de su dormitorio y ambas empujaron a la vez las sábanas antes de meter el ancho cuerpo. Echizen ni se inmutó y él mismo se acomodó en el colchón, boca abajo y estirando una mano hacia el lado libre. Parpadeo sin poder evitar sentir un sonrojo en su rostro. ¿Acaso estaba buscando el calor de alguien? Era posible y eso la hizo pensar en la idea de que él podría estar ya enamorado. Riku la ayudó a arroparlo y la arrastró al salón para darle una taza de tila y manzanilla unida.

-Quería haber entrado a defenderte- informó la mujer- pero… si lo hubiera hecho, no habrías visto la verdad- suspiró y se sentó en un banco a su lado- Momoshiro al parecer, lleva tiempo queriendo mostrarte la verdadera cara de Ryoga. Pero, supongo que las mujeres cuando estamos enamoradas ni cuenta nos damos de cómo es él en realidad.

-Lo siento…- se disculpó- he… arrastrado a muchas personas por culpa de creer que la primera vez que me enamoraba era la correcta.

-No te preocupes- sonrió la morena-. Ahora, tendrás que aclararlo con él y poner en claro tus sentimientos.

Sabía que Riku se había dado cuenta de su cercanía con Echizen. Que a veces, se comportaba más como una esposa que como una simple secretaria. Desde luego que lavarlo de aquella forma no estaba en su contrato. Mucho menos acogerlo en su pecho en un momento de debilidad. Le había seguido y protegido de coger un resfriado porque ella había querido, no por más. Tenía que reconocerlo. Pero, ¿enamorarse del hermano menor cuando estaba a punto de romper todos los lazos con el mayor? Era imposible.

Ahogó un gemido de frustración. No quería dejar a Ryoga. Había sentido muchas cosas buenas con él. Quizás, si le quitaba la celosía. Si le demostraba que lo amaba. Pero solo había una forma que él aceptaría como amor y era sexo. Pensarlo la aterrorizaba. Se alzó en un impulso.

-Buenas noches.

Y huyó hasta su dormitorio, cerrando la puerta tras ella y jadeando agobiada. Todo parecía una montaña imposible de trepar. Primero Ann. Momo después. Ryoga y por último, Ryoma Echizen, el empresario que la acogió entre sus filas y estaba comenzando a hacerse demasiado notable en su vida.

Un ronquido la hizo volver en sí y mirar a su alrededor. ¿¡Como podría haber olvidado que había traído a su jefe a su dormitorio!? Se dejó caer sobre el sofá y cubrió su cuerpo con la bata. No pensaba meterse en la cama de nuevo con él. Menos ahora que estaba tan nerviosa, pero… maldición. Los sofás eran demasiado duros y dormir era lo que necesitaba. Desde que había dormido con él la primera vez, no había vuelto a dormir con tranquilidad y era capaz de dormir por largas horas sin inmutarse.

Humedeció sus labios y caminó hasta la orilla de el lecho, tanteando las ropas y alzándolas. Ante un corto atisbo de valor, se adentró. Él permanecía ahora de espaldas hacia ella. La respiración leve se interrumpía por un ligero ronquido que no terminaba siendo ruidoso. El calor desprendido comenzó a llamarla y lentamente, se movió entre las sábanas en busca de él. Sus manos se aferraron de nuevo al pijama, sintiendo como el calor traspasaba la tela y se acoplaba a ella. Movió sus piernas y las enredó con las contrarias, sintiendo sus senos aplastados por los anchos músculos.

Un gruñido llegó hasta ella y se alejó instintivamente al ver que aquella montaña de hombre se movía y unos ojos entrecerrados, cubiertos por la manta de sueño, la miraban con interés antes de apresarla contra él y encerrarla entre los fuertes brazos. El aliento masculino la golpeo sobre su frente, quedando ligeros suspiros de sueño. Su corazón parecía estallar, pero lentamente, se acoplaron al palpitar que golpeaba contra su mejilla. Y, finalmente, entrecerró los ojos, abandonándose al sueño.

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Un agresivo dolor de cabeza lo despertó. Sentía millones de golpes en su interior y que su estómago no estaba en mejores condiciones. Tenía la sensación de haber hecho algo verdaderamente horrible y se preguntaba qué. Miró a su alrededor. Aquella no era su habitación. Se movió sobre la cama y se deslizó hasta el suelo. Algo mareado, buscó el vaso de agua sobre la mesilla de noche, sorbiendo un único trago que no ayudó a su revuelto estómago.

Los cristales rotos quedaron a su merced y frunció las cejas, creando doble dolor a su cabeza. Aquella botella de whisky era lo último que recordaba haber tenido entre sus manos y si mal no recordaba, esa era la habitación de su hermano. ¿Qué demonios había pasado? Se sentía frustrado. Peor que cuando despertaba en los brazos de una mujer tras largas copas y no recordaba haber usado la protección adecuada.

Sujetó entre sus dedos uno de los cascos rotos y lo acaricio con cuidado de no cortarse. Una mala idea le cruzó la mente al recordar que había decidido vigilar la puerta de Sakuno y entremedias, había terminado bebiendo más de la cuenta. Después, apenas regresaba, pero despertarse con una botella rota en la habitación, no era la primera vez que le sucedía. Una vez una pelirroja molesta le había estado acusando de algo y en su furia, le estalló la botella en toda su cara. Tembló ligeramente. ¿Y si se lo había hecho a Sakuno?

Se alzó, frotándose el rostro temeroso y mirándose. No tenía ni un solo golpe, únicamente el dolor de su cabeza y nuca. Seguramente un acto por parte de Ryoma. Era el único, aparte de los diversos hombres de Momoshiro, capaz de hacer algo así. Sakuno no sabía autodefensa y sería incapaz de hacer algo así mientras pudiera solucionar las cosas con palabras. Lo peor de todo, es que Ryuzaki era capaz de no haberle dicho nada malo y aún así, él seguramente le golpearía con la botella.

-Joder- gruñó.

Lanzó el cristal contra el suelo y caminó a grandes pasos por toda la casa. Solo encontró a Riku, mirándole con una sonrisa maliciosa. Sintió ganas de estrangularla. Estaba de los nervios por no encontrar a Sakuno y no podía pretender que una sonrisa de esa clase le excitara.

-¿Han salido?- Preguntó furioso.

-No, señor- Negó Riku sin inmutarse- su ex prometida se encuentra en su dormitorio. Todavía duerme. No creo que quiera despertarla- añadió con un tono burlón en su mirada.

Maldijo interiormente a esa mujer. ¿Cómo no querer asegurarse si la había herido? ¡Claro que quería tal cosa! Subió las toscas escaleras de madera y se detuvo ante la puerta, dando un leve toque antes de abrir y adentrarse. Parpadeo, deteniéndose y sintiendo que el aliento no ansiaba salir de su pecho. Había esperado de todo. Cualquier cosa menos eso.

Cubiertos por una sabana, enlazados como una autentica pareja, ambos dormía con infantil y descansado rostro. Sonrió irónico y se mordió los labios. De nuevo, Ryoma le había arrebatado un juguete. Su maldito hermano pequeño las mataba callando y el resultado final, había llegado de aquel modo.

Se volvió sobre sus pies, deteniéndose, tentando a estirar de las sábanas y arrancarlos de su sueño, gritar furioso que le estaban engañando, pero, aquello solo implicaba mostrarse como un niño infantil que da una pataleta y patear su orgullo. Se mordió el labio y cerró la puerta tras su espalda, para perderse entre los largos pasillos.

Por ahora, no podía hacer más que esperar.

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Notas autora:

La verdad, creo que no hay mucho que aclarar o.o.

La historia habla por sí misma. Sí he dejado muchas cosas aún sin explicar, tal y como la historia debe de ir n.n.

Lo digo porque muchas personas me han amenazado por Pm de dejarme de leer por hacer las historias con intriga y dejar claves al aire u.u.

Además de eso, muchos también creen que me tomo las encuestas que me responden por el pito de el sereno.

Quiero que sepan que no es así.

Les presto mucha atención. A sus rw, a sus opiniones. A todo. Pero también, compréndame cuando la historia tiene su rumbo, no puedo hacer que de golpe

pasen cosas porque sí. ú.ù.

Bueno, eso solo quería decir n.n.

No veo que tenga que aclarar nada, pero si no entienden algo, y no desvela la historia, yo lo explicaré como siempre n.n. ¿Vale?

¡Gracias por sus rw!