¡Buenas! Tras aquel problema que me sobrevino con este capítulo, lo continuo finalmente. La realidad, no me gusta como me quedó, pero bueno. Al menos, ya la tengo hecha. Las cosas toman sus rumbos y bueno, existen varios dilemas que los personajes tendrán que ir resolviendo poco a poco. Ahí les dejó :3
Notas; Este fic es un Ryo-Saku-Ryo. (no¬¬, no me refiero a Ryoma dos veces, si no una a Ryoga). y demás parejas acompañantes.
-Los personajes no estarán en OOC de ese. (lo digo por los típicos que van dejando mensajitos por ello. Leñe, que es diversión escribir¬¬)
-Como todos mis fics: Tendrá lemon, pero en su MOMENTO.
-Los personajes no me pertenecen: Son de Takeshi Konomi.
-NO copien mi historia sin mi permiso, por favor.(que ya me ha pasado una vez TOT).
-El tiempo no es el de la serie perdón, no recuerdo como se llama esoXD
-Me comprometo a intentar hacerlos más largos ;D.a menos que me suceda algo de repente.
-NO ES YAOI.
-COMO YA SABEN YO SIEMPRE, SIEMPRE Y SIEMPRE, CONTINUO MIS HISTORIAS.Quien crea que NO, es que NO ME CONOCE¬¬.
(Esto último me lo he visto obligada a ponerlo, gracias a alguien que dice que no se molesta en poner mi historia en alerta porque seguramente no la continuare¬¬. Eso me molestó sinceramente, puesto que SIEMPRE, cuando es su turno, la sigo. ¿o no es verdad? (A menos que me la borren como pasó con mi querido ginecólogo¬¬). Otra cosa a decir gracias a ese personaje¿Escribir por diversión? Sí. Pero, también me gusta saber qué opinan los lectores de lo que leen. No es tan difícil de entender.
Fic: Resumen:
Siempre suelo dejar intriga, así que prepárense. Es drama-romance aviso por las personas sensibles, luego no se me quejenXD.
Ryoma Echizen buscaba una secretaria eficiente, cansado de sus problemas con su familia, empresa y ex-secretaria. Sakuno Ryuzaki, tímida, de aspecto nada sexy, quería un nuevo trabajo como secretaria. Momoshiro Takeshi, abogado, echaba de menos a su antigüa novia, pero eso no impide que ayude a dos de sus mejores amigos. Así es como se conocen estos dos personajes y así, es como empieza su historia
Aviso:
El leve sonido de las olas hacía que su sueño comenzara a disiparse. La tormenta que había acontecido esa noche dentro de sus pensamientos, recordándole recuerdos temerosos del pasado, habían quedado extinguidos por un suave olor a perfume de mujer.
Una figura que se mostraba en medio de la oscuridad que siempre lo atormentaba en sus recuerdos, se alzó sobre estos, luchando con justo afecto maternal, acunándolo con digna ternura. Una ternura que jamás le había sido procesada y que le hacía sentirse confuso y distante en sus actos. Para extrañeza, su cuerpo se encargaba de dar las gracias a aquella mujer de largos cabellos que había logrado amainar la fuerte tempestad.
Quizás, había sido un sueño que aplacó al doloroso, pero había tenido la sensación clara de que ella dormitaba a su lado. Se adentraba en las sábanas de su dormitorio y él mismo, como nunca había hecho, la arropaba con sus brazos, relajándose tan notoriamente que consiguió dormir como nunca lo había hecho. El descanso no era algo primordial en su vida, aunque tendría que reconocer que disfrutaba durmiendo y odiaba despertarse temprano.
Necesitaba quedarse entre aquellas sábanas. Abrazarse a la persona que había conseguido amainar sus tormentos y tranquilizar su desbocada mente. Nunca solía perder la calma, pero Ryoga sabía perfectamente dónde golpearse, pues, por muy indiferente que se hiciera ver, sentía, igual que cualquier persona. Era de carne y hueso. Y aunque no solía demostrarlo, tenía sus momentos de fragilidad.
Cierto anhelo materno podía ser culpa de su frialdad. Cierto era que Rinko había cuidado demasiado mimosa con él. Sus caprichos siempre se alzaban y la única forma que encontraba en llamar la atención de todos, era demandando las cosas contrarias que él tenía. Por eso, quizás siempre demandó las cosas de Ryoga. Pero ahora, tras el suceso del pasado, tenía la necesidad de superarse incluso a sí mismo. Destronar a su padre. Mostrarle que podía ser más fuerte de lo que parecía sin su ayuda dineral.
Movió los párpados cuando cierto movimiento extraño terminó por espabilarle. Justo cuando abrió los ojos y miró hacia la puerta, esta quedaba cerraba con cuidado. Había podido ver uno de los anillos pertenecientes a los Echizen. No cabía duda alguna. Era Ryoga. Movió una de sus piernas, notando el peso delicado de alguien sobre su brazo, logrando atisbar el tacto que sus manos parecían aferrarse imantadas a la carne, y sus piernas enlazadas a otras, suaves y largas.
Pestañeo incrédulo y bufó entre dientes. Era imposible. Una negación rotunda acogió lugar en su mente. De todas las mujeres, ¿por qué tenía que estar ella entre sus brazos? Recordó haber quedado dormido sobre su pecho, derrotado por el cansancio, dolor ante el frio que había capturado en la playa y la oscuridad del recuerdo pasado. ¿Había sido ella la causante de su calma? ¿La que aplacó su malestar?
Gruñó, moviéndose un poco, al menos, para poder ver el rostro descansado que había optado por la comodidad de su brazo y pecho. Aquella diminuta figura formaba parte d
de su cuerpo en ese momento. Encajaba tan perfectamente que asustaba. Una pieza del puzle que tanto había buscado. Alguien que fuera tan noble que ni molestara su inquieto cuerpo. Nunca había sido capaz de dormir junto a una mujer. Mucho menos, tenerla él mismo apresada entre sus brazos, si es que sucedía ese momento.
Los cabellos, aún rubios, caían extendidos sobre su brazo y parte de las sábanas, además de cubrir uno de los hombros femeninos, perdiéndose en el comienzo de sus senos. Los rojizos labios se movían al compás de su suave respiración y los párpados permitían movimiento a sus ojos dentro del sueño. Su pecho se alzaba contra él a cada bocanada de aire que entraba en los pulmones de ambos, encontrándose en una pausada caricia, rota por el vaciado de ambos. Las pequeñas manos se mantenían encogidas contra el vientre femenino, mientras las piernas le buscaban en un contacto demasiado íntimo, y preocupante. Si Ryuzaki no estaba acostumbrada a dormir con hombres… su masculinidad corría grave peligro.
De todas formas, era una pérdida de tiempo pensar más. Se movió, liberándose de su cuerpo. Liberando de la cercanía. Era su secretaria. Era un juego. Ahora que ella había visto el carácter verdadero de Ryoga. Que este los había visto juntos, su relación no continuaría. Entonces, su trabajo había terminado. Ella era su secretaria de nuevo. Una empleada que se encargaba de su agenda y etc. De cosa. Además, de la compañera que tendría que terminar su eslogan para Kunimitsu. Nada más.
Salió de las sábanas, frotándose el rostro al escuchar el gemido de necesidad para encontrarle de la fémina. La cubrió con la sábana antes de alzarse y salir de la estancia. Ya había cumplido la petición de Momoshiro. Y su hermano, debería de creer que entre ellos había algo. Lo suficiente, como para creer que no tenía oportunidad. Si sus ojos no habían visto malamente y el anillo pertenecía a Ryoga. Éste debía de creer lo que no era. Aunque hiciera falta, que creyera que habían tenido sexo.
Acomodó el pijama a su cuerpo antes de salir. Estaba deseando quitárselo y darse una buena ducha. Necesitaba borrar aquel perfume que se había calado por toda su ropa. Que se había adueñado del propio olor de su piel. Cuando abrió la puerta en deseos de regresar hasta su propia habitación.
-¿Dormiste bien?- Preguntó una ronca voz nada más traspasar las barreras de la puerta- claro, durmiendo con la mujer de otro.
-Hum.
Cerró la puerta, dejándose caer contra la puerta. Su espalda quedó curvada sobre la dura madera. Con las señas de la resaca, el ceño fruncido, la mirada turbada, vestido aún con el albornoz, el cabello revuelto y pálido, Ryoga lo miraba con atención.
-¿No vas a decir nada?- Preguntó de nuevo- estoy insultando a la mujer que amas.
-No la amo- expresó con indiferencia.
Odiaba cuando los demás ponían palabras en su boca sin que realmente las pensara. Aunque sabía por qué Ryoga lo decía. Había tragado el cebo al completo. Sonrió arrogante. No había perdido ante su hermano mayor por una vez. El temblor de Ryoga se hizo notar por cada parte de su cuerpo y rostro, alertándolo.
-Me lo imaginaba- espetó- solo ha sido un calentón, ¿Verdad?- se levanto mientras frotaba el ceño- porque era mía- murmuró- como siempre. Siempre que tengo algo, me lo tienes que quitar, Ryoma. Desde que eras pequeño. Dime, ¿la atención de quien quieres llamar ahora? Creo que ya eres bastante mayorcito como para pedir atención.
Abrió los ojos desconcertado. ¿Qué coño estaba hablando un hombre que se emborrachaba al perder una mujer y, además, era más agresivo que un mono de lucha? Chasqueo la lengua, dispuesto a encerrarse en el baño. ¿Dónde se había terminado por meter? ¿Por qué demonios toda su vida tenía que haber dado ese cambio tan radical? ¿Por qué, desde que su nueva secretaria había llegado, el pasado se removía con fuerza cada vez más?
Golpeo levemente la pared ante él cuando logró encerrarse entre las paredes de aquel cuarto de baño. Escuchó a Ryoga gruñir y marcharse a grandes pasos notables. Se frotó los cabellos, mirando los mandos de la ducha, abriendo ambos a la vez. El agua se mezcló e introdujo sus dedos, tanteando la temperatura. Si todo fuera tan sencillo…
-Maldición- expresó entre dientes.
Por una vez que no lo había hecho por el deseo de llamar la atención. Por quitarle algo a su hermano infantilmente. Hacía años que había superado esa etapa, esforzándose a su modo. No había seducido a su secretaria. Ryoga era quien la expulsó de su lado. Él simplemente le sirvió como paño de lágrimas en una noche. Si se había enamorado de él, ya era asunto de ella. Por su parte, Ryoma Echizen ya había terminado su trabajo. Sabía que por temor, Sakuno Ryuzaki no se acercaría más al mayor de los hermanos Echizen. Momoshiro se había salido con la suya.
Momoshiro… Frunció las cejas mientras el agua caía por su espalda, aliviándole cualquier malestar, arrastrando el perfume de mujer que se había calado en su cuerpo. Entrecerró los ojos, mirando la mano que había despertado en la cintura de la chica. El tacto suave y caliente traspasaba la ropa de dormir que portaba, acariciándole. Meneo la cabeza, centrando de nuevo sus pensamientos en el ojos arilados.
Aún no había tenido más noticias de él. Estaba seguro que si hubiera muerto, Riku se lo habría dicho. O a él, o a Sakuno. Cerró el agua acariciante, para salir. Observó su cuerpo desnudo, recordando lo divertido que había sido torturar a aquella joven mujer. Por no decir virgen. Y ahí halló una razón más para apartarse de ella. Él no era de los que trataban con mujeres vírgenes. Porque no tenía paciencia para andarse con preliminares exagerados.
Acaricio la textura de su piel, rozando una larga cicatriz que cruzaba su cadera izquierda con la nalga. Una herida de guerra, podría decir. Frunció las cejas,
cubriéndose abruptamente con el albornoz y salir del dormitorio. Cuando halló a Riku, esta retrocedió leves pasos, apartando la mirada antes de suspirar fuertemente y mirarle con decisión.
-¿Qué desea?- Preguntó.
Parpadeo, intentando entender por qué esa reacción. Pero cuando cierto aire agradable recorrió sus partes nobles, comprendió que no se había cubierto correctamente. Tosiendo, cerró el batín.
-¿Momoshiro?- Preguntó.
-Oh- recordó la joven- hemos recibido noticias. Por suerte, parece haber sido estabilizado, sin embargo, no parece ansiar despertar. La doctora niega cualquier problema cerebral. Es como si… le faltara algo…. O alguien.
Ann. NO hacía falta darle demasiadas vueltas. Momoshiro necesitaba escuchar la voz de Ann para saber que todavía tenía algo que le ataba al mundo de los vivos. Seguramente, si Ann no aparecía, Takeshi terminaría por morir. Chasqueo la lengua. Aquello sonaba demasiado romántico para su gusto. Peor que la historia aburrida de Romeo y Julieta. Al menos, para él.
Se frotó la creciente barba, mirándose en el espejo cercano. Un buen afeitado le vendría bien.
-Un avión- ordenó dándole la espalda- me iré ahora mismo.
-Señor, usted…
-Ryuzaki- respondió señalando la puerta de la habitación- es ella quien necesita protección, no yo.
-Pero…
-Enseguida tendrá el avión.
La figura de Inui se dejó ver a través de una de las paredes. Riku dejó escapar un grito de molestia, mientras que se alejaba, para adentrarse en el dormitorio de la castaña. Inui lo observó con detenimiento, sonriendo agradado.
-¿Piensas actuar ya, número 0098274?
Lo miró de reojo, frunciendo el ceño, antes de volver a centrar su atención en la barba que comenzaba a crecer. No era de su interés recordar más de nuevo. No, cuando había decidido negarse a la única calma que tenía a su lado.
Ryuzaki continuaría siendo su secretaria. Nada más.
Ahora, tenía otras muchas cosas que hacer…
-o-o-o
Escuchó unos pasos en la lejanía, acercándose rápidamente hasta la salida. Demasiado tarde. El avión había alzado el vuelo antes de que tuviera tiempo si quiera de gritar el nombre de Ryoma. Sakuno parecía totalmente confusa y perdida, mientras miraba aquel gigante de grandes alas y asientos incómodos alejarse. Ryoma lo había tenido bien planeado. Ahora, Sakuno lloraría su lejanía. Descubriría que no solo él era cruel. Ryoma también podía serlo.
¡Y cómo lo sabía él!
Todavía estaba furioso por el desinterés de su hermano cuando le exigió sobre Sakuno. Pedirle explicaciones de por qué le había vuelto a quitar algo suyo, era como hablar con un camello y esperar respuestas de habla humano. Inútil.
Se rio mentalmente cuando creyó que Ryoma había sentado cabeza, durmiendo atado a Sakuno, rompiendo su frialdad. Pero no. Cuando Ryoma había declarado claramente que no la amaba, había comprendido que para él, Sakuno había sido otro instrumento de usar y tirar. Sexo y si te he visto, no me acuerdo.
Lo peor, es que la castaña tendría que trabajar para él. Era su secretaria. Aunque también podía dimitir y vivir lo más lejos posible de ellos, pues si Ryoma sentía deseos de nuevo, ¿Quién le prometía que no volvería a buscarla con deseos de saciar su sed carnal? Ryoma era un Echizen. Bien podía atarse a una mujer por ser simplemente buena en la cama. Aunque todavía no había visto esos residuos, ni en su padre, ni en él mismo. ¿Cómo verlos en Ryoma?
Y mucho menos, había visto amor. Un amor que esperaría Sakuno recibir. No, que va. Aquellos ojos fríos e impenetrables, continuaban doliendo bajo su máscara helada. Únicamente debieron de brillar durante su noche de pasión. ¿Qué sentiría ahora Sakuno tras haber perdido su castidad con un amante que no volvería? Dios, quería verlo.
No es que ansiara hacerla sufrir, pero si realmente se había acostado con su hermano, quería escucharla llorar, para decirle que había descubierto al verdadero Ryoma Echizen. Un hombre de carne y hueso, no el príncipe que ella creía.
Se lamio los labios, impregnados de cierto gusto al coñac que había tomado hacia meros minutos. Las doce del medio día y estaba siendo demasiado pesada la largura matinal. Caminó con tranquilidad hasta la salida, encontrando a la joven totalmente confusa.
-¿Por qué, Riku?- Preguntaba con angustia- ¿Por qué el señor se ha ido tan deprisa? ¡Pueden atacarle por mi culpa!- Exclamó.
-Solo pidió un avión y mi superior se lo otorgó- respondió una nerviosa policía- seguramente, irá a ver a Momoshiro. Vendrá. Seguro.
-Y no le pasará nada- interrumpió mientras quedaba sujeto al quicio de la puerta por su hombro- mi hermano es un asesino, no lo olvides.
Con descaro, la observó con interés. Los cabellos despeinados. La parte superior del pijama totalmente movida y claramente, mal colocada. Los pantalones desabrochados y descalza. Sonrió divertido, acercándose a la nerviosa secretaria, que no parecía querer entrar en razones. Hasta la exigencia de seguirle se hizo notable.
-Nunca había visto a una mujer tan posesiva-. Murmuró rodeándola- ¿Es que no comprendes que para Ryoma eres algo de usar y tirar? Te ha follado. Ahora, te deja. Es así de simple, cariño.
Los ojos, de nuevo carmesís ante la falta de lentillas, se mezclaron de ira y vergüenza. Rubor y furia. Quizás no debió de cabrearla de aquella manera. Mucho menos, de insultarla de aquel modo, pero, joder, estaba tan cabreado y celoso, que las palabras de rendición que había optado por tener, quedaban tiradas por el retrete. Su hermano había dicho que no la quería. Y él, si no obtenía el manjar de su virginidad, mezclado con el dinero, no la quería ya.
Viento fresco a sus sentimientos, cubiertos por grandes celos.
El golpe que llegó hasta su mejilla fue fuerte, doloroso y desgarrador. Pero interiormente. Más aún, las lágrimas que escaparon de aquellos ojos, antes de que se perdieran con su dueña lejos de la entrada. Riku lo observó atentamente, mientras se acariciaba la mejilla dolida.
-¿Qué miras?
La morena, sonriendo, se encogió de hombros, dispuesta a marcharse, pero si no hubiera insultado a la desconocida madre de la policía, seguramente, su labio inferior no estaría sangrando de forma abrupta, por culpa de un puñetazo. Sin embargo, se lo merecía. Por alguna extraña razón, se sentía bastante reconfortante. Finalmente, alguien había decidido golpearle como se debía.
El mareo de la jaqueca se había marchado. La furia contra Ryoma también y es que, tenía que reconocer que todavía sentía cierto deseo de chiquillez en golpearle con fuerza y encararse con él por una mujer que, ni para Ryoma, era importante. Sería perder el tiempo.
Sin embargo, si movía a un lado los celos y la fuerte rabia por sentirse engañado, descubrirá que todo era más mentira de lo que él podría ser consciente. Sakuno Ryuzaki le había calado más hondo de lo que jamás una sola mujer sería capaz de hacer. Se sentía como un chiquillo malcriado. Igual que cuando Ryoma era pequeño y ansiaba la atención de todos. Hasta la de él mismo.
Y que le maldijeran si él no conocía muy bien a su hermano pequeño. Y, si su instinto no le fallaba; Ryoma había huido de Sakuno Ryuzaki.
-o-o-o
Metió las cosas dentro de un bolso pequeño, jadeando, mirando todo a su alrededor. Aquel lugar no era suyo. Solo Gold era importante y no encontraba al felino por ningún lado. Si lo pensaba bien, no lo había vuelto a ver desde que llegaron. Había estado tan ocupada con su turbulenta vida que no se había dado cuenta de lo que pasaba alrededor del gato.
Alargó su mano diestra en busca del collar que pertenecía a su mascota desaparecida, sintiendo calor doloroso. Todavía sentía el fuerte golpe que le había dado a Ryoga, presa de rabia y vergüenza. Nunca había golpeado a nadie de esa forma. Pero Ryoga estaba claramente traspasando la barrera de su confianza. Llamarla puta de aquella forma… pensar que su jefe la había desvirgado solo por dormir en la misma cama… ¡Era una completa locura!
Y lo que más la trastocaba, era que tendría que haber hablado con él y no golpearle. Pero el alejamiento sorpresivo de su jefe, la había golpeado con fuerza. Tenía que reconocerlo. Quedarse sola con Ryoga en una casa tan grande, le daba miedo. No. Terror. Especialmente, desde que había descubierto que podía ser demasiado agresivo y fácil para el alcohol.
No tendría que haberle pegado. El aroma a coñac inundaba la boca del peli verde, pero estaba tan… Confusa. Se había despertado ante la falta de calor cercano, cayéndose de la cama en un vano intento de encontrarlo. Cuando Riku le había informado que estaba abandonado España, sintió un fuerte mareo acogerla. Y lo primero que se le vino en mente, fue la soledad. Inquietud. Miedo.
-Sakuno- llamó Riku adentrándose en la habitación, a tiempo de quitarle el pequeño bolso- déjalo. Tú estás en peligro. Regresar a Japón supondría… una mierda- espetó maldiciendo- Momoshiro está ingresado en un hospital por tal de que tú seguridad sea perfecta. No la fastidies.
-¿Es un paripé?- Preguntó parpadeando incrédula.
Riku negó con la cabeza, hundiendo la última barrera que había tenido que crear para no derrumbarse. No sabía por qué, pero pensar que Momoshiro se había inventado aquel incidente para llamar la atención del asesino, podía formar parte de un plan descabellado y efectivo por parte del ojos lilas. Pero no lo era. Claro. Qué estúpida era de pensarlo. Si lo hubiera sido, Echizen no habría ido al lado de su mejor amigo, mientras que ella estaba atada en la misma cárcel de protección que Takeshi había planeado. Sola.
-Escúchame- Llamó Riku obligándola a sentarse- Debes de escucharme con atención, Sakuno.
Clavó su mirada en los verdosos ojos y cedió a que sus nalgas optaran por la suave dureza del colchón que horas antes había sido un momento demasiado íntimo con su
jefe. Al pensarlo, la rojez la inundó, haciéndola consciente de cuán lejos había llegado, sobrepasando su trabajo. Especialmente, ahora, que se había dado cuenta de que podía estar comenzando a sentir algo por el ojos dorados.
-Echizen…- Murmuró Riku dubitativa- es la mejor arma que podemos tener ahora. Teniendo en cuenta, el estado de nuestro jefe. Deja que se valla… pues me apuesto lo que quieras, que cuando Kaidoh le muestre la bala, se lanzará a sus días atrás.
-¿Días… atrás?- Preguntó desconcertada.
El recuerdo de la noche vivida, la golpeo con fuerza. Echizen había pasado de su color natural a palidez cuando su hermano había señalado algo del pasado. Algo que no le había quedado demasiado claro y no se atrevería a preguntar nunca. Especialmente, si ocasionaba algo tan poderoso en aquel hombre frio, haciendo que sus corazas se desquebrajaran, rompiéndose en mil pedazos hasta quedar más hundido que el Titánic.
-Ese pasado- murmuró angustiada- puede…destruir al señor Echizen… ¿Es que no se dan cuenta?- Cuestionó nerviosa- Riku…
Riku suspiró y movió la cabeza con negatividad.
-Lo siento, Sakuno, pero… no puedo llevarte ahí. Además…- La morena parpadeo indecisa- si te sacara de aquí, estaría incumpliendo órdenes y no creo que…
El sonido de la puerta abrirse las alertó a ambas. Riku se alzó, tensándose. Aquel hombre de gafas que había entrado, debería de ser un superior claramente. Quizás menos importante que Momoshiro, pero capaz de cuadrar a la misma Kikamura.
-Disculpad que interrumpa vuestra conversación- habló con voz seria- pero me siento con la necesidad de interrumpirles. Usted quiere ir con Echizen, pero, lamentablemente, eso no está en nuestras órdenes de protegerla en España- expresó con media sonrisa el moreno hombre-. Por ello, le pediré que se quede aquí.
Intento abrir la boca para protestar, pero antes de que tuviera si quiera tiempo, el hombre, con etiqueta en su amplio peto de nombre Inui Sadaharu, frunció una sonrisa completa.
-Pero, como segundo al mando y deseoso de ver las respuestas de su jefe, señorita Ryuzaki. El trato para dejarla salir de aquí, es sencillo. Eso sí, deberá de obedecernos en todo. Nosotros garantizaremos su seguridad. Tal y como venimos haciendo hasta ahora. ¿Está de acuerdo?
Confusa por aquella repentina oportunidad, buscó la mirada de Riku, que parecía aún más confusa que ella. El hombre que se acariciaba los labios mientras esperaba su respuesta, parecía estar totalmente emocionado y dispuesto a hacer sus planes realidad. Tenía cierta espinita que le indicaba que cumpliría su promesa de protegerla, pues lo llevaban haciendo desde días atrás. No perdía nada.
-Sí- aceptó finalmente- Pero antes…
-¿Qué?- Preguntó Inui interesado.
-Denme a mi gato.
Sadaharu chasqueo la lengua, mostrándole al felino que pensaba utilizar para su chantaje. Cuando Gold se vio libre, corrió hasta sus brazos, amansado por sus caricias.
-Kikamura- alzó la voz el policía- llama a Kaidoh. Quiero hablar con él. Los demás- y esta vez, posó sus labios sobre un pequeño micrófono en su botón izquierdo- preparaos. Regresamos a Japón.
Sonrió, acariciando al felino. Observó las movidas sábanas de la cama y borró la sonrisa que sus labios habían acogido. Un leve sonrojo cubrió sus carrillos, al pensar en la noche que había vivido. Su vida últimamente estaba volcándose demasiado en la inseguridad sorpresiva de los imprevistos. Si seguía así, terminaría por sentirse como una actriz en medio de una película emocionante.
Los momentos vividos con su jefe se estaban haciendo más fuertes en sus pensamientos. Hundían a los de Ryoga poco a poco y se preguntó si más adelante tendría que disculparse con el mayor de los Echizen, para que le perdonara por ser tan indecisa y obligarle a ser de aquella forma. Quizás, ella había sido la causante de que el hombre tuviera aquellos improvistos agresivos.
Pero recordando, su mente creó las imágenes de Echizen Ryoma, sujetándola del brazo para que no se acercara a un agresivo Ryoga. Seguramente, la botella que estalló contra la pared, hubiera terminado contra ella. Ryoga tenía fuerte instintos de celos. Unos celos, que no le importunaban a la hora de humillar a su hermano pequeño.
Desconocía por completo la infancia de ambos hombres. Por no decir que desconocía todo en cuanto a protocolo de familias adineradas. Saber que ahora tenía una enorme suma de dinero, le causaba pánico. ¿En qué podría gastar tanto dinero? Algo de ello ya sabía donde lo donaría, pues su mayor gusto eran los animales, pero, ¿y el resto? Si continuaba trabajando, bien podría vivir con lo poco que cobrara, como hasta ahora. Pero… Con tanto dinero. Se veía demasiado inundada.
Pero, debía detenerse. Únicamente cobraría aquel dinero si colocaba un anillo en su dedo anular, indicando que había sido desposada. Su promesa de amor eterno con Echizen Ryoga había sido rota al completo. Ahora, volvía a ser una solterona más. Y el pedestal que había visto como un prototipo, era demasiado alto como para pensar si quiera en poder escalarlo y triunfar.
-Perdone- movió sus ojos hasta el policía, que la miró interesado- ¿Puedo… quitarme estas ropas ya? Quisiera… volver a vestirme como siempre, si no les importa.
-Por supuesto-. Aceptó el hombre-, le proporcionaré sus antiguas ropas. O si no, las cortinas servirán- se jactó en son de broma el hombre- ¿Está segura de querer de nuevo… esos trapujos?
-Sí- respondió ofendida interiormente. ¿Qué tenían de malo sus seguras ropas?- Y… unas gafas, por favor.
Él aceptó antes de salir. Momentos después, se cubría una vez más con ropas cómodas y protectores para ella. Cuando las gafas cubrieron su rostro, sonrió avergonzada. No las necesitaba. No, en cuanto a cuestión de vista se trataba. Pero sí, en cuestión de seguridad. Eran una coraza que suplantaría los brazos masculinos que tan segura la habían sentido aquella noche.
Ryoga creía que era una mujer tan vana como para entregarse a un hombre tan fácilmente. No podía negar que su cuerpo parecía hacer caso omiso a todas sus órdenes de no sentirse tan relajada estando con aquel hombre tan fuerte a su lado, pero, no obedecía. Imprudentemente, se había dejado llevar por el sueño y había terminado por sucumbir a la seguridad. Ahora, esas gafas debían de hacer el intento de hacerla sentir de la misma forma. Por muy difícil que fuera, volvía a ser ella misma y se sentía cómoda.
Que los demás dijeran lo que les viniera en gana. Por muy diferente que se vistiera, continuaba siendo la misma. Ryuzaki Sakuno. Pero, sentirse bien con uno mismo, era importante. Y ella, se sentía bien de esa forma.
-¿Lista?- Preguntó Inui ante un pequeño helicóptero mientras tomaba su mascota y demás cosas- Partiremos ya mismo.
-¿Ryoga…?
-El señor Echizen ha decidido quedarse por más tiempo en España- respondió Riku con sarcasmo-. Parece que necesita desfogarse. Nosotros tenemos otras cosas que hacer, Sakuno. Venga. ¿No querías ir con Echizen?
-Sí- afirmó inquieta- iré…
Las ventanas estaban cubiertas con las finas telas de las cortinas. Era imposible poder ver a través de estas desde fuera, por eso mismo, cuando una de ellas quedó ladeada, logró ver el rostro cansado de Ryoga Echizen. El hombre que había creado una burbuja romántica, cegada y cerrada al mundo de los Echizen. Aunque le doliera en lo más profundo de su alma, no podía seguir con aquel sujeto.
Movió la mano como despedida, siendo correspondida. La angustia de su pecho creció, anidándose aun más, mientras escuchaba los planes del científico Inui Sadaharu. Su inocencia, estaba a punto de volver a cambiarle la vida por completo, y, posiblemente, la de su jefe también.
-o-o-o
A grandes pasos era perseguida por el moreno, que intentaba evitar que sus encontronazos con la gente empeoraran su dolor. Lo miró de reojo, chasqueando la lengua antes de mirarle con el ceño fruncido y detenerse con los brazos en jarras.
-Te dije que no vinieras.
-Es mi jefe-. Respondió él con el ceño fruncido- además, tengo que darle mi parte.
-Eso si… sale de…
La fuerte mano cerró sus labios antes de que terminara la frase. Parpadeo, en busca de los ojos que tendrían que responder bajo amenaza de romperle el otro brazo. Kirihara suspiró antes de liberarla.
-Si te rindes tú, que eres su novia… ¿qué demonios podemos hacer nosotros que solo somos sus hombres, Tachibana?
Se sintió decaer todavía más. Casi había perdido el rumbo cuando le informaron en el hospital que Momoshiro estaba gravemente ingresado en la U.V.I. no podía hacerse a la idea de que el hombre que siempre parecía derrochar vitalidad y la amaba sin dudar, estuviera anclado a una cama sin saber si saldría o no. La inquietud a las noticias fue lo que la arrancó de las sábanas del hospital, escapando a las órdenes de los demás y siendo seguida por Kirihara.
Kirihara había sido tratado, con suerte, bastante rápido y el rescate, aunque no fue sencillo debido a la tormenta, sí fue alivioso. Akaya había sido bastante fuerte y soportó la operación ante sus ojos, solo con anestesia local. Claro está, que no podía esperar otra cosa de uno de los hombres de su prometido.
-¿Tachibana?- Repitió Kirihara despertándola de sus pensamientos- ¿Te vas a echar atrás?
-Ni hablar- respondió con la voz pastosa, volviéndose con seguridad- si ese estúpido se muere, juro que iré al infierno a patearle el trasero hasta que reviva de nuevo.
Y se mordió el labio para no terminar por llorar. Debía de demostrar que no solo tenía fortaleza en cuanto a su trabajo se trataba. Tenía que creer en Momoshiro. Confiar en que despertaría. Si le animaba desde el fondo de su corazón, seguro que Momoshiro la escuchaba.
¡Takeshi!
Cuando halló la puerta del enorme hospital apretó los puños, parpadeando con incredulidad. ¿Qué demonios hacía él ahí? Corrió hasta la figura, echándolo hacia atrás para verle el rostro.
-¡Echizen!- Gritó- ¿Qué haces aquí? ¿Y…Sa…?
-Está bien- respondió con su simple tono de seguridad- A salvo.
-Entonces, ¿por qué estás aquí?
El hombre suspiró, encogiéndose de hombros mientras terminaba por entrar en las instalaciones médicas, mirándola de reojo al ver su retardado impulso de seguirle.
-Supongo que lo mismo que tú- respondió finalmente.
-Sakuno te odiara por haberla dejado ahí y venir sin ella- le picó.
Se mordió el labio al ver la sonrisa tan siniestra que se dibujó en el rostro del empresario. ¿Qué se suponía que quería decir eso?
-Echizen…
-Sería buena idea- expresó el hombre guardando las manos dentro de sus bolsillos.
-¿El qué?- Preguntó mirando a Kirihara, el cual se encogió de hombros.
-Que me odiara.
Las puertas del ascensor se abrieron antes de que tuviera tiempo de preguntarle. ¿Por qué Sakuno tendría que odiarle? ¿Qué había pasado mientras estaba encerrada en aquella cueva y en el hospital? ¿Qué clase de problemas había pasado la castaña en su ausencia? Todas aquellas preguntas tendrían que tener respuesta y sabía que solo Sakuno sería quien las contestara, pues Echizen había hablado ya demasiado. Si continuaba presionándolo, estaba segura de que lo único que lograría sacar eran monosílabos y palabras frías que le harían sentir deseos de estallarle un palo de suero en la cabeza.
Además, debía de guardar sus energías para otra persona. Por mucho que le doliera, estaba dispuesta a dejar a Sakuno un poco de lado. La persona que amaba estaba en peligro de morir. Seguramente, Sakuno lo comprendería y la perdonaría.
-Ese hombre…- murmuró Kirihara mientras seguían de lejos al empresario- es…
-Echizen Ryoma-. Respondió interesada-. ¿Le conoces?
-¿Cómo no hacerlo?- Exclamó entusiasmado el joven- Es una leyenda. Al menos, en el lado científico armero en el que estudie. Ryoma Echizen fue quien creó la bala que usaron para disparar a Momoshiro.
Detuvo sus pasos, mirando al militar con el ceño fruncido, apretando sus heridas manos con fuerza, hasta herirse.
-¿Qué estás hablando…?
Kirihara se frotó los labios pensativo, deteniéndose ante ella, pensando, seguramente, en cómo responder a su pregunta. Sabía que Ryoma había formado parte de ellos. Que era incluso más bueno que Momoshiro. Pero nunca, que había formado parte de un
escuadrón encargado de crear balas tan peligrosas. Balas que podía terminar en las manos de un maldito asesino.
-¡Echizen!-. Gritó.
Enrabiada. No sabía exactamente si su personalidad encajaba, pero únicamente veía una cosa. Su futuro marido estaba en riesgos de morir por culpa del peli verde irresponsable que creó aquella arma tan poderosa y se desentendió. Ryoma se detuvo ante el grito, mirándola con el ceño fruncido. No se había dado cuenta de que ya habían llegado ante el lugar donde Takeshi descansaba y, si no se equivocaba, Kaidoh ponía entre las manos del empresario el arma del crimen.
Cuando los dorados ojos se posaron sobre el objeto, la palidez acogió el rostro frio y siempre serio. Creyó que el fuerte hombre terminaría por caer redondo en medio del pasillo. Sin embargo, no fue así. Con sorprendente recuperación, Echizen se alejó del lugar, pasando por su lado sin ni siquiera explicarse.
-¿Qué puñetas…?- Masculló incrédula- ¿Por qué… no me aclara nadie nada….?
Olvidando a Echizen por un momento, sus pasos siguieron al compañero de Takeshi. Con una firmeza que estaba por tambalearse, apoyó sus manos sobre el cristal, mirando la figura extendida sobre la cama. Cubrió su boca con su mano y entrecerró los ojos, a punto de caer en la mayor de las debilidades jamás vividas por ella.
-¿Usted es su familiar más cercano?-Preguntó una voz femenina. Asintió, volviéndose hacia la doctora- Tomoka Osakada- se presentó- generalmente soy ginecóloga, pero también superviso esta clase de pacientes- explicó-. Por favor, pase conmigo al interior. Necesitaba hablar con algún familiar, pero ninguno de los presentes lo es. Al menos, usted sí.
-Solo… soy su prometida- respondió indecisa a entrar en aquella sala- ¿Eso es un problema?
La doctora detuvo sus andares, mirándole de arriba abajo con interés. Sin embargo, la invitó a entrar nuevamente con un simple gesto de su mano y manteniéndose a la espera junto a la puerta. Cuando sus piernas decidieron responderle y dejar que su cuerpo entrara en la estancia, Osakada cerró la puerta tras ella, despertándola de sus temores.
-Investigué sobre familiares cercanos o lejanos al señor Momoshiro- comenzó Osakada mirando entre sus documentos- sin embargo, todos han desaparecido años atrás. Por fiebres incurables y la mayoría…
-Por la guerra-. Respondió ella- Lo conozco perfectamente. Es mi prometido. ¿Es un problema que no tenga familia? ¿Necesita algún trasplante?
-El trasplante ya fue otorgado, señorita-. Informó Tomoka con el ceño fruncido- un riñón. El izquierdo.
Afirmó con la cabeza, suspirando con alivio. Pero la doctora negó con la cabeza.
-Yo no estaría tan aliviada, señora- la regañó infantilmente- Su novio no despierta. Su mente parece totalmente paralizada. Quizás la tensión que vivió antes de perder el sentido, es la culpable de su respuesta cerebral. La bala ha sido extraída- señaló al exterior- uno de sus hombres se la quedó.
-La he visto-. Aclaró interesada.
-Esa bala… -la mujer quitó las gafas de su rostro antes de cruzarse de brazos- Para ser sincera, conozco al creador de esa clase de balas. Pero me parece imposible que Echizen Ryoma, amigo vuestro, se haya aburrido de los negocios y vuelva a crear esa clase de balas.
-¿Qué pasa con esa clase de bala?- Preguntó a punto de estallar.
-No está creada únicamente con pólvora. Suelen explotar levemente en el interior del cuerpo. Nunca traspasan la piel. Se quedan clavadas en el mismo sitio donde su disparador quería. No es el balazo lo que te mata, claro está, si no te da en la zona más vital de todo ser vivo- aclaró-; es… el veneno que lleva dentro. Tuvimos suerte de que cogiéramos a Momoshiro a tiempo, si no… el veneno se habría extendido por todo su cuerpo. Puede, que haya sido así-. Y agudizó la voz levemente-. Tuve que extirparle el riñón por lo mismo. Pero… que no despierte, puede ser uno de los síntomas.
Sus piernas fallaron por un instante, obligándose a sí misma a sujetarse en algún punto para no terminar por perseguir a Echizen y matarlo con sus propias manos. ¿Tan aburrido estaba que tuvo que crear algo así?
-¿Cómo lo sabe?- Se intereso- ¿Cómo puede usted… saber tanto….?
-Por mi cercanía con la familia Echizen-. Respondió la mujer encogiéndose de hombros- ser la doctora privada de todos los hombres y mujeres de esa familia da mucho que saber. Además, cuando Echizen estuvo trabajando en esa bala, yo era su amante.
Abrió la boca para soltar un jadeo de sarcasmo e incredulidad. Cierto era que Echizen nunca rebelaba sus tramas sexuales, amorosas y demás, pero, liarse con su propia ginecóloga… era increíble. Meneo la cabeza. No era momento para cotilleos.
-¿Realmente cree que el veneno se halla instalado en el cerebro de Takeshi?- Preguntó.
-Es una posibilidad, pero, repito- arqueo los labios en una sonrisa animosa- es posible que no sea eso. Es que mi paciente no quiere despertar- chasqueo la lengua cansada- no lo desea. Parece que le falta algo, pero no encuentro qué clase de enfermedad, veneno o demás puede estar ocasionándole algo. Entonces, se me ocurrió mirar por el pasado de sus familiares. Algún diagnóstico que mostrara sus posibles causas. Nada. Ni un solo dato.
-Ni los habrá- murmuró para sí misma.
Momoshiro mismo se había encargado de hacer desaparecer a todos sus difuntos. No existían datos de ninguno porque él no quería. Porque odiaba muchas de las cosas hechas por sus antepasados. Incluso por sus padres.
-Si usted es la única que es cercana a él, puedo suponer que mantendrán relaciones- continuo la mujer ignorando sus palabras- Dígame, ¿sigue una revisión primordial de su interior?
-Por supuesto-. Expresó molesta- ¿qué está insinuando?
-Ya veo…- murmuró la mujer- entonces, no puede tratarse de una nueva bacteria que pulula mucho entre los jóvenes que practican sexo sin protección.
-Siempre la usamos- se apresuró a decir- nunca sin ella.
-Precavidos- sonrió la mujer felicitándola con la mirada- entonces… solo me queda esperar a ver sus reacciones. Hum, si no le importa… que hagamos una prueba. Los demás ya la pasaron.
-¿Qué prueba?
-Hablar con él- respondió desinteresada la mujer indicándole su lugar junto a la cama- cuando yo le indique, deberá de hablar con él. Con normalidad, por favor- rogó frotándose las sienes- el último que habló con él, mientras mantenía un cuchillo entre sus manos, no paró de gritar. Me dio jaqueca hasta a mí.
Sonrió algo avergonzada. Los hombres de Momoshiro eran casos realmente interesantes. Uno de ellos, era Kirihara, al cual, seguramente, nunca olvidaría. Osakada cerró las cortinas, taponando así la mirada curiosa de todos los presentes. Recordó que uno de ellos podía leer los labios y sintió deseos de matar a aquella doctora de nuevo, pues, seguramente, ahora todos sabrían más cosas de ellos que ellos mismos.
La mujer cogió una de las carpetas con el historial clínico del hombre y se colocó ante uno de los aparatos, el cual no consiguió distinguir. Miró el rostro calmado de la figura que siempre había sido inquieto, incluso hasta cuando dormía. Por muy extraño que pareciera, aquello le producía cierta vergüenza inquieta. Hablar de aquella manera para una prueba.
Pero tenía que reconocer que era una oportunidad única de descubrir si existía alguna clase de conexión entre ellos. Lo suficientemente fuerte como para romper las barreras de una larga siesta peligrosa. Catalogarlo así no era justo, pero tampoco lo era que esto estuviera a punto de llevarse a la persona que amaba.
Se inclinó contra el rostro, buscando el oído que tantas veces había mordisqueado y lamido para incitar al hombre a algo más que simples besos. Quizás por imaginarse algo tan suspicazmente sensual, su voz sonó más necesitada de lo que esperaba.
-Takeshi… Por favor… despierta…- rogó entrecerrando los ojos- por favor… yo…- humedeció sus labios, cerrándolos por completo, ignorando lo que ocurría fuera de su muro intimo- te necesito.
Un ronco gemido intentaba traspasar el tubo de respiración. Osakada casi la expulsó fuera del cuarto cuando las enfermeras se adentraron. Pero fueron los muchachos quienes la terminaron por sacar, entre señales de victoria y alegría. Sus lágrimas… ya no aguantaron más en sus ojos, siendo liberadas con deseos poderosos.
La persona que amaba… estaba viva. Y despierta.
-Tachibana…
La voz de Kirihara le llamó la atención. Alejado de los demás, que se habían adueñado del cristal que daba a la U.V.I en busca de respuestas y animar a Takeshi. Se acercó lentamente hasta él.
-¿Qué ocurre?- Preguntó.
-Creo que… deberíamos de contarle a Momoshiro… lo que sucedió en la cueva.
Abrió los ojos desconcertada. Sí que recordaba lo sucedido. Al completo. Negó con la cabeza, sonriéndole.
-No se lo digas. Si se lo dices ahora que acaba de despertar… capaz de llevarse un disgusto y pensar lo que no es. Mejor no.
Eiji la arrastró de nuevo hasta el interior de la habitación, donde Osakada suspiraba con alivio, mirándola con el ceño fruncido.
-Si eras tú la que necesitaba para despertar, ¿por qué has tardado tanto en venir?- Espetó- vaya mujer.
Iba a protestar, si no fuera por la mirada satisfecha de la doctora, comprensiva sonrisa y una maternal mano que le acaricio el hombro con ánimos. Cuando sus ojos dieron con los arilados, comprendió por qué. El derrumbe llegó.
-o-o-o
Sus ojos aún estaban intentando adecuarse a las formas de sus compañeros, pero incluso así, logró verla. La piel pálida, los ojos luchando contra las lágrimas que estaban a punto de derrumbarse. El temblor de su cuerpo mientras se acercaba a la cama y la timidez con la que lo tocó. ¿Dónde estaba la Ann Tachibana con carácter que él conocía?
-Estúpido…
Sonrió ante el insulto. No era un cariño, pero lo había dicho tan sinceramente, que no pudo evitar sentirse demasiado feliz. Había estado entre la muerte y la vida, luchando.
Ciertas ganas de dejar de vivir lo acogieron con fortaleza, pensando tan negativamente sobre ella. Sin embargo, ahora que la veía, sentía deseos grandes de gritar y apresarla entre sus brazos. Pero ella parecía tan aterrada…
-Ann- llamó casi inaudiblemente por su dolorida garganta.
La castaña dio un brinco, agachando la cabeza con vergüenza. Sus pasos fueron demasiado lentos, comparados con los de su equipo, que al parecer, decidieron dejarles un momento de intimidad. La cual agradecía notablemente. Su corazón parecía haber optado por ser el emisor de su nerviosismo y deseo. Ann no parecía darse cuenta.
-Takeshi… yo…- murmuró angustiada- estuvimos… incomunicados por un tiempo y… no pude estar a tu lado como debería…
Sonrió y negó con la cabeza. Era hora de despartir sus emociones. Por un lado, sentía la necesidad de llamar a Inui e informarle de lo sucedido. También a Ann, pero, existía otra cuestión más fuerte. Anhelo. Amor. Pasión. Dolor. Necesidad. La necesitaba para conreinar en su mundo de amor.
Por eso, cuando la figura femenina estuvo más cerca de ella, la apresó entre sus débiles brazos, ansiando sentirla, hasta que la escuchó gemir de dolor. Ann lo miró perdida en un mar más azulado que sus ojos. Lo revisó con interés claro y besó con deseos cuando el momento justo estalló entre ellos.
Degustando aquella fresca boca, sintió la sal desprendida de las lágrimas femeninas y se golpeo mentalmente al haberla hecho llorar. Nunca. Desde que la conocía, Ann había llorado ante él, por él. Le acaricio los cabellos, observándola con detenimiento. La piel estaba dañada, herida. Las manos femeninas debían de haber pasado por un mal momento, pues las llagas y heridas grandes no se habían tomado delicadeza a la hora de herirla.
-¿Qué… ha sucedido?- Se obligó a preguntar, ignorando su dolor- ¿Por qué estás tan herida? ¿Te has encontrado con el asesino?
Poco a poco, su voz comenzaba a salir con total libertad. El desgarre que creaba en su garganta se amainó levemente y cuando carraspeo, descubrió que no era sencillo recuperarse tras haber sido entubado. Claro está, que no echaría cuenta a eso. Ann había negado con la cabeza, mientras él le acariciaba con ternura una de sus largas piernas.
-Me….
-Saltó en medio del mar durante una tormenta, señor, para que yo no muriera desangrado.
Ann se tensó, volviéndose hasta la figura que se había mantenido presente todo momento. Kirihara Akaya. El chico estaba a salvo también. Lo único que llamaba su atención, fue el brazo herido que mantenía sujeto con un cabestrillo.
-Kirihara- gruñó Ann alzándose- Cállate.
-No- negó el moreno acercándose hasta la cama- él debe de ser consciente de lo que pasó. Para eso me envió allí, ¿o no, señor?
-Sí- respondió intrigado- Dame tu informe.
-Takeshi… no creo que ahora sea el mejor momento para…- balbuceo Ann preocupada.
Frunció las cejas, tomándole la mano con ternura, besándola.
-Por favor Ann. Sal fuera. Éste, es mi trabajo.
Era consciente de que Ann terminaría por enfadarse y posiblemente, protestara para querer salir. Sin embargo, la sorpresa llegó cuando no dijo absolutamente nada, y cedió, dedicándole una mirada de amenaza al hombre de doble personalidad. Kirihara únicamente inclinó la cabeza como despedida, antes de mirarle con seriedad.
-Le pido que me baje de rango, señor. O, que al menos, me despida.
-¿Por qué?- Preguntó acomodándose en la cama- acabo de despertar. No puedo hacer algo así. Además… has cumplido tu misión. Ann está bien.
-Señor- Interrumpió Kirihara apretando los labios- ocurre una cosa. Una negligencia por mi parte.
Frunció las cejas y movió sus dedos por el tubo de suero, antes de mirarle nuevamente.
-Dímela.
-Me convertí… en mi otro yo- expresó con amargura- creo que… hice algo que no debía… a mi protegida. Ella no me lo dijo, pero sé cómo se comporta mi otro yo. Seguramente… intentó violarla.
Ahogando un grito interior de rabia, acaricio sus manos, dando con un anillo comprado por Ann, como marca de que pronto sería su marido formal.
-¿Por qué lo crees?-. Preguntó con tranquilidad.
-Porque mi demonio… solo responde a mis sentimientos ocultos.
-¿Querías violarla?- La garganta se le hizo un nudo.
-No-. Negó con sinceridad Kirihara- quiero poseerla, pero, como mi mujer. Por eso, señor, mándeme lejos de su grupo.
-Kirihara- llamó con voz seca- acércate.
-Sí, señor.
Obediente, como siempre, Kirihara Akaya se acercó hasta su lado. Sonrió, optó por golpearle en la mejilla. El joven lo miró con absurdez dibujada en su rostro, frotándose el lugar donde el torpe golpe había llegado a colapsar con su piel.
-¿Señor…?
- Tienes permiso de tres semanas de descanso-. Comenzó-. Después, te quiero ver de nuevo en tu puesto de trabajo. Si no estás, me encargaré de que no puedas trabajar nunca más. Es decir: Eres uno de los nuestros.
Sonrió ampliamente, frotándole el hombro con su mano e inclinó su cabeza en señal de agradecimiento. Si aquello no había llegado a algo más fuerte, es que Ann estaba completamente a salvo y despierta, como para defenderse del muchacho. No podía alejar a un hombre que valía paños en oro. Ni hablar.
-Gracias, Kirihara, por estar con ella. Ahora, ponme al corriente de todo lo sucedido….
Akaya comenzó sus informes, manteniéndole al corriente de lo poco que habían logrado escuchar decir a los superiores de Ann. Cuando las preguntas eran imposibles de responder por parte de Kirihara, Kaidoh ocupó su puesto. Cuando le contó por encima los planes de Inui y la respuesta de Echizen, se sentó sobre la cama, dispuesto a marcharse al momento.
-¡Ni se te ocurra!- Exclamó Ann deteniéndole- déjaselo a ellos- aconsejó- todavía no estás bien para poder levantarte. Acabas de despertar de un coma. Deberías de estar… de otra manera, no tan vivaracho, maldición.
-Ann… Sabes que Echizen no puede coger un arma de nuevo, maldita sea. ¡Tú no vistes la cara que puso cuando le di la que lleva!- Exclamó cabezón- Ese Inui… como algo le pase a Sakuno, lo mataré.
-Momoshiro Takeshi- alzó la voz Tachibana, cruzándose de brazos- pon tus posaderas sobre esa cama y estate quieto ahí hasta nueva orden, si no, le aseguro que el castigo que le otorgaré, será peor de lo que sería un juicio militar.
Tragó saliva, sentándose al instante. Todos sus hombres temblaron y dieron un paso atrás, mientras Kirihara sonrió altanero. Molesto y frustrado por tener que obedecer, la pagó con él.
-¡Kirihara!- Exclamó- Haz que Echizen Ryoga venga a esta habitación ahora mismo. Tengo algo que hablar con ese cabrón.
-¡Sí, señor!
El joven marchó y la mirada de Ann detonaba claramente que ansiaba explicaciones, pero él sería una tumba hasta que no tuviera ante sus ojos al bastardo por el cual había sido disparado, a riesgo de morir y no verla más. Rio como loco. Finalmente, tendría una fuerte razón para golpear a aquel niñito adinerado con todas sus ganas.
-o-o-o
Echizen. Ese fue el único personaje que logró ver. Tras estar largas horas haciendo guardia frente al hospital, fue el único que osó presentarse. Claro que, tampoco iban a poner tan galantemente a su presa ante sus ojos. Ryuzaki continuaba escondida en algún lugar, imposibilitando su encuentro. Chasqueo la lengua. El único modo que le quedaba sería seguir al empresario.
Había optado por alquilar un coche bajo el nombre de su "jefe", tras obtener su permiso. Sería mucho más sencillo moverse con él que pagar una carrera en taxi. Cuando hubo ocupado el lugar en el asiento del conductor, siguió a la grandiosa limusina por todos los lugares. No se iba a dejar ver tan fácilmente, pero sí descubriría si Echizen se encontraba con Ryoga Echizen, o, aún mejor, con Sakuno Ryuzaki. Después, se encargaría personalmente de asesinar al maldito abogado que no parecía morir como cucaracha luchadora que era.
También había visto que Kirihara Akaya y Ann Tachibana estaban con vida. Pero aquello no importaba. Ellos no habían visto su rostro ni escuchado su voz. No eran piezas importantes ahora mismo. Su cercanía con Ryuzaki era nula, por decir que imposible. Seguramente, si tal y como creía que Takeshi era de responsable en su trabajo, ni siquiera Tachibana conocería ahora el paradero de su mejor amiga.
Aburrido, se dio cuenta de que Echizen no había variado su rutina. Reuniones alargadas. Descansos en cafeterías para comer y tomar algún que otro tentempié. Etc. ¿cómo podía ser que estuviera teniendo un día normal y corriente sin secretaria? Algo no le olía bien. ¿Acaso todo era un paripé porque se había dado cuenta de que estaba siendo perseguido?
Detuvo el coche y descendió, entrando en el último bar que le había visto adentrarse. La gente no era gran cosa, así que no tardó en descubrir donde se encontraba. Caminó a pasos lentos, sentándose a su lado y demandando algo que beber. Echizen mantenía una conversación por teléfono y no parecía haber sentido si quiera que se hubiera sentado a su lado, ni siquiera cuando colgó el teléfono. Que equivocado estaba.
El sonido de un golpe metálico rozar contra la barra del bar, lo alertó.
-¿Cuándo la hiciste?- Preguntó con voz seca- Esos planos fueron destruidos.
-Que equivocado, Echizen- rezongó divertido- así que tú eres E.R, el creador. Los planos que quemaste no eran los únicos.
Sonrió altanero. Nunca creyó que la persona que estaría unida a la persona que tenía que matar, era el maldito científico que descubrió aquella clase de bala. Ni mucho menos, que tendría que encontrarse con la persona que asesinó a su hermanastro.
-¿Acaso crees que Yukimura fue el único investigador chivato que había en aquel tiempo dentro de tu escuadrón científico?- Sonrió altanero-. Yo también estaba. Deberías de recordarme.
Echizen se movió sobre el taburete, mirándole con cierto desconcierto, antes de optar una vez más por su mirada seria y fría.
-¿Quién eres en realidad?- Preguntó el empresario.
Se levantó, pagando la cerveza que había demandado. Observó el brillo dorado que indicaba claramente que se encontraba en espera de una respuesta. Movió la cabeza negativa.
-¿Por qué no investigas al que tiempo atrás fue tu mejor amigo, Echizen? A aquel que asesinaste… después de matar a su mujer. Oh, cierto- y se inclinó para que tan solo él le escuchara- será un placer matar a la tuya, para devolverte la moneda.
-o-o-
Incrédulo y algo inestable interiormente, había sentido deseos de detenerle antes de que se marchara, pero, crear un altercado público, no le garantizaría poder moverse correctamente. Necesitaba estar a la sombra lo más que le fuera posible. Si ahora se dejaba llevar por las intrigas palabras del asesino que había estado a su lado, sería el fin de su estabilidad psíquica. Y ya la tenía bastante desbordada como para incitarla a estallar.
Sin embargo, también debía de ser consciente que tendría que sacarlas a la realidad, si quería que todo terminara y pudiera retomar su vida tranquila finalmente.
Decidió que el mejor lugar donde podría moverse con seguridad, sería su propio despacho, aunque pensar en ir a aquel lugar, totalmente cerrado y sin aquel toque de feminidad entregado todas las mañanas gracias a Ryuzaki, era una tortura. Cuando abrió la puerta del despacho, el aroma que la castaña se había molestado en mostrar cada vez que la gente entrara, lo golpeo con fuerza.
Dejó las cosas sobre la mesa del escritorio, caminando con monotonía hasta el ordenador. Las fichas comenzaron a pasar ante sus ojos, hasta que finalmente, encontró lo que hallaba.
-Yukimura… ¿Tenía un hermanastro?...
-¿Ponta?
-Sí-. Agradeció tomando la fría lata entre sus manos y continuo tecleando-. ….
Movió su cabeza, del ordenador a la lata. La lata al ordenador, hasta que finalmente su mente coordinó y se obligó a sí mismo a alzar la mirada. Frotó sus sientes incrédulo y sonrió arrogante.
-¿Qué haces aquí, Ryuzaki?- Preguntó.
La castaña sonrió inocentemente, moviendo las manos en forma de saludo, para reverenciarle y mostrarle el correo, junto a una agenda. Tomó la agenda bruscamente, dejándola sobre la mesa, conjunto a las cartas, mirándola de forma desaprobadora.
-Responde.
-Es mi lugar de trabajo… señor….- explicó la castaña confusa-. Por eso estoy aquí…
Abrió la boca para protestar, pero el sonido del teléfono rompió cualquier contacto verbal con ella, pues arrancó el auricular, para hablar groseramente al que llamara.
-Bonita forma de hablar a tu ex- se quejó Osakada- encima que me tomo las molestias de decirte que tu amigo despertó. ¿Me das un premio?- Preguntó melosa.
-¿Qué quieres?- Expresó frotándose el rostro. Cuando Osakada decía algo así, es que la cuenta estaba a su nombre-. ¿Cuánto es?
-Solo una respuesta- murmuró la doctora a través de la línea- dime donde está Ryoga.
Observó la figura de la mujer ante él por meros instantes. Sakuno ladeaba la cabeza, dubitativa ante su mirada. Suspiró y se encogió de hombros.
-España- respondió antes de colgar.
Ryuzaki parecía inquieta, esperando pacientemente su respuesta. Alguna queja. Cualquier cosa.
-Momoshiro está bien. Despertó- terminó por decir.
Un gemido de alegría escapó de la garganta femenina. Antes de que lograra tener si quiera consciencia de lo que pasaba, Ryuzaki ya se había lanzado sobre él, abrazándole con total descaró. Se tensó, notando que aquellas ropas de nuevo abarcaban demasiado, pero las curvas del cuerpo femenino continuaban siendo curvadas y encajaban a la perfección dentro de su mano, pues, curiosamente, esta terminó de nuevo contra la cadera contraria.
-Ryuzaki- llamó ronco- vuelve al trabajo. Tenemos que terminar el eslogan.
-Sí… discúlpeme… por todo esto- se apresuró en contestar la joven- yo… me he estado comportando… más allá de lo que estipula mi contrato… discúlpeme… he debido de hacer muchas tonterías.
-Exactamente- afirmó descortés- vuelva al trabajo.
Carraspeo cuando la vio salir, dejándose caer sobre el sillón de relax. ¿Por qué demonios aquella mujer, quien tenía que estar protegida, estaba fuera de protección? Suspiró, frotándose las sienes. Algo no olía bien. Movió los dedos sobre la mesa, taladrando entre sus ideas. ¿Por qué su secretaria estaba de nuevo en su trabajo?
Movió el brazo levemente, rozando sin querer el teclado. Momentos después, una ficha aparecía ante sus ojos, obligándole a alzarse y golpear el teclado levemente. Sakuno corrió hasta él, asustada, al tiempo que cerraba la pantalla.
-Ryuzaki- llamó sujetándola del brazo antes de arrastrarla hasta la calle- ven.
- ¿Dónde…?- Preguntó confusa la castaña- Inui, llévala con mi madre- ordenó secamente.
Sakuno pareció confusa. ¿cómo había sido capaz de descubrir a Inui entre tanta gente? Ella no habría sido capaz. Echizen la liberó cuando terminó en las garras de Inui, el cual la cubrió completamente con una manta antibalas. Echizen se la arrancó.
-El efecto crece con las protecciones- advirtió.
-¿Qué le digo a Echizen-san?- Preguntó Sadaharu-. Querrá saber que es tuya.
Chasqueo la lengua. Lo sabía. Pero también sabía que con su madre estaría segura. Inui había intentando llevar a cabo su propio plan, pero no podía dejar que ellos lo siguieran. Era asunto de él. De nadie más. Observó los ojos rojizos, turbados de miedo e impaciencia. Suspiró.
-Dile… que es mi prometida- escupió sin pensar.
Para él, aquellas eran palabras vanas. Palabras que no significaban nada. Para ella, ¿qué serian? Sabía que su madre no creería algo así y, aunque atormentaría a Sakuno, estaría a salvo de cualquier peligro.
-Comencemos….
¿Quién sería el mejor asesino?...
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Continuará...
