-Este fic es un Ryo-Saku-Ryo. (no¬¬, no me refiero a Ryoma dos veces, si no una a Ryoga). y demás parejas acompañantes.

-Los personajes estarán en OOC.

-Como todos mis fics: Tendrá lemon, pero en su MOMENTO.

-Los personajes no me pertenecen: Son de Takeshi Konomi.

-NO copien mi historia sin mi permiso, por favor.(que ya me ha pasado una vez TOT).

-Au.

-Me comprometo a intentar hacerlos más largos ;D.a menos que me suceda algo de repente.

-NO ES YAOI.

-COMO YA SABEN YO SIEMPRE, SIEMPRE Y SIEMPRE, CONTINUO MIS crea que NO, es que NO ME CONOCE¬¬.

(Esto último me lo he visto obligada a ponerlo, gracias a alguien que dice que no se molesta en poner mi historia en alerta porque seguramente no la continuare¬¬. Eso me molestó sinceramente, puesto que SIEMPRE, cuando es su turno, la sigo. ¿o no es verdad? (A menos que me la borren como pasó con mi querido ginecólogo¬¬). Otra cosa a decir gracias a ese personaje¿Escribir por diversión? Sí. Pero, también me gusta saber qué opinan los lectores de lo que leen. No es tan difícil de entender.

Fic: Resumen:

Ryoma Echizen buscaba una secretaria eficiente, cansado de sus problemas con su familia, empresa y ex-secretaria. Sakuno Ryuzaki, tímida, de aspecto nada sexy, quería un nuevo trabajo como secretaria. Momoshiro Takeshi, abogado, echaba de menos a su antigüa novia, pero eso no impide que ayude a dos de sus mejores amigos. Así es como se conocen estos dos personajes y así, es como empieza su historia

Aviso:

Siempre suelo dejar intriga, así que prepárense. Es drama-romance aviso por las personas sensibles, luego no se me quejenXD.

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La divisó agazapada bajo la mesa del salón. Sujetaba el arma como si le quemara las manos y comenzó a dudar si no habría sido mala idea entregarle el arma a una joven que jamás había utilizado ninguna clase de pistola o arma de largo alcance. Para una mujer como ella seguramente tener algo de ese tipo entre sus manos debía de ser un peligro. Pero no podía hacer otra cosa.

Fijó su mirada de nuevo en los senos femeninos. No había sido una casulidad que la hubiera manoseado de aquella forma. Había creado su propio as bajo la manga sin que ella lograra darse cuenta y si ni siquiera se había molestado en mirar es que estaba totalmente desconocedora de sus verdaderas intenciones.

Cerró sus ojos y suspiró. Tenía algo de ventaja, pero no demasiada y mucho menos debía de bajar la guardia de aquella forma. Tampoco quedarse quietos en el mismo lugar era conveniente. Había conseguido llamar la atención del asesino hacia el lado contrario de la casa y lo mejor sería esconderla en una de las habitaciones que ya hubiera revisado. Pero Ryuzaki era un lastre peligroso. Se acercó hasta ella, agachándose para mostrarle la mano en indicación que saliera de ahí. Ella obedecio.

-Tsk...

Chasqueó la lengua, agachándose hasta llegar a sus pies. Ryuzaki parpadeó, sorprendida y temblorosa. Le indicó con la cabeza que se sujetara de su hombro. Cuando sintió las manos femeninas aferrarse con cuidado a su hombro izquierdo, alzó la pierna derecha de la joven, quitándole el zapato de tacón y haciendo el mismo con el izquierdo. Seguramente, aquella imagen hubiera resultado encantadora en años atrás en la dulce imaginación de una niña que sueña con el príncipe azul que aparece en cenicienta. Lanzó los zapatos sobre la mesa y meneó la cabeza. Precisamente, ellos no estaban paran romanticísmos.

Undió sus dedos en la piel blanquecina de las piernas, suaves y largas. Si conocía a su madre, aquel vestido debía de llevar ligeros lo suficientemente resistentes. Le quitó la pistola de las manos y la aferró al que encontró, dando gracias mentalmente porque su madre hubiera decidido asegurarse de todo, claro está, nunca se lo confesaría a su progenitora. Comprobando que el ligero quedaba suficientemente fuerte aferrado a la pierna, descendió la tela del vestido para cubrirla, alzándose y encontrándose con el rostro enrojecido de la muchacha. Arqueó una ceja confuso, para volver a la realidad.

-Vamos.

Su secretaria afirmó sin rechistar por tener que caminar descalza, con la única prenda de unas medias que cubría sus pies de estar cerca del frio suelo y resbalaban. Sería más lijera, se dijo. Caminó en silencio por la casa con ella aferrada de la muñeca y el arma preparada. Él también sería silencioso y si había seguido el cebo, estaría cerca ya del bar donde su padre solía encerrarse con sus visitas más elocuentes y extrañas que existieran. Humedeció sus labios.

-Quieta- advirtió pegándola contra la pared.

Ryuzaki afirmó con la cabeza. La soltó confiado. Si no era como las demás mujeres a la hora de lanzarse sobre él para hacerle un torniquete, coserle la ceja o simplemente mostrarse avergonzada de su desnudez, podía confiar en ella de que seguiría sus órdenes y se quedaría quieta en el lugar mientras revisaba los lugares y encontraba el lugar donde el asesino debería de estar.

Si era un experto y si era quien creía, no cometería el error de dejar una pista o hacer ruido alguno. Sus sentidos se agudizaron notablemente y su cuerpo correspondió sin problema alguno. Asomó su rostro entre medias de una de las columnas hacia el último pasadizo que él debería de haber encontrado llevándose la sorpresa de descubrir que había estado un simple senuelo y todo estaba desierto. Pero no fue así. Él no apareció. No había ni rastro alguno del asesino que buscaba y campaba a las anchas por su casa.

Frunció las cejas desconcertado antes de pegar su espalda a la pared. Era incorrecto. Sus datos no podían fallar. Él tenía que estar por la fuerza ahí. Humedeció sus labios y cerró los ojos. Debía de pensar correctamente y buscar la solución posible para que aquel sujeto no estuviera donde él esperaba que así fuera. Su casa constaba de diversos pasadizos secretos que nunca habían sido expuestos en los planos de la mansión. Ni siquiera los sirvientes los conocían. Debías de ser un miembro de la familia Echizen para conocerlos. Probablemente, alguna de las sirvientes sí lo conociera por culpa de los deslices de su hermano a la hora de adentrar una sirvienta en su dormitorio sin que sus padres se percataran. Pero nadie más.

Maldijo interiormente y pegó la culata de la pistola a su mejilla. Era erroneó. No solo los familiares Echizen podrían tener la cualidad de conocer los pasadizos secretos. No. Un buen observador sería capaz de percatarse de las cosas si se sentía atraido por algún lugar en concreto. Era posible que él hubiera pasado por lo mismo. Justo, frente al bar, había un resquicio que dejaba entrar a una persona y la devolvía al salón donde Ryuzaki y él habían estado escasos momentos antes.

-.... ¡Demonios!

Rodó sobre sus pies rápidamente. Demonios. Demonios. Había sido demasiado imprudente dejándola. Un grave error que resultaba tener siempre consecuencias. Si bien ella no fallaba, era posible que él reaccionara a tiempo. Si realmente quería vengarse de él.....

Corrió hasta el lugar donde la había dejado, al sentir el sonido de un objeto romperse al estallarse contra el suelo, y su sorpresa junto a la rabia no tardó en llegar a sus pensamientos. Mordisqueó su labio para no dejar escapar una exclamación de rabia y llamarse idiota. Se agachó para recoger el lazo perlado que la chica había estado llevando en la curva de sus senos como conjunto del atrevido vestido que su madre le había colocado a la chica. Lo apretó entre sus dedos y miró a su alrededor.

Ahora que él sabía de los pasadizos secretros estaban empatados. Para más desastre, tenía a Ryuzaki en su poder. Suspiró para calmarse. Había cometido el mismo error que cual principiante, pero contaba con el curioso dato de que no sería asesinada. Si realmente aquel hombre quería hacerle pagar lo que sucedió tiempo atrás, no mataría primero a Ryuzaki sin que él estuviera delante.

Se acercó hasta el jarrón de porcelana China que su madre tanto atesoraba. Roto en mil pedazos y con un trozo ligeramente grande manchado de sangre. Tocó la zona con sus dedos y los movió para asegurarse. Sangre, sin duda. Y probablemente, perteneciente a la mujer. Aunque también cabía la posibilidad de que Ryuzaki, asustada, le hubiera golpeado con el jarrón y con suerte, le cortara la cara o mano. Pero si así hubiera sido, ella habría gritado para llamarle la atención.

No. La sangre que estaba unida a ese trozo de jarrón era la de la secretaria. Seguramente, se había visto sorprendida y él le habría sellado la boca con su mano, amenazándola con la pistola o cualquier objeto que para la chica pareciera ser un arma. Igual, al moverse, había tirado el jarrón al suelo y aprovechando eso, la cortaría para molestarlo. Cabrearlo y hacerle sentir furioso sin pensamientos. Sonrió. Bien. Si él quería jugar, no se quedaría atrás.

Ambos conocía perfectamente la manera de encerrarse los unos a los otros. Ryuzaki era un lastre y si pensaba igual, la dejaría en algún lugar donde él la encontrara con facilidad. Claramente: Una trampa. Si se acercaba a ella terminaría siendo presa fácil y ella también. Pero si no iba, probablemente se terminaría por cansar y la mataría por igual.

Rodó los ojos por la estancia, dejando el jarrón en su lugar. Ya se encargaría su madre de arreglarlo, comprar otro o lo que fuera que quisisera hacer. Eso sí. Seguro que la bronca no se la quitaba nadie. Se detuvo un instante.

El jarrón....

Entrecerró los ojos, pensativo. Sí. Era posible. Empujó la pared justo detrás del jarrón. La puerta secreta. Ahora comprendía por qué el jarrón había caido y se había quedado como una prueba. Ahora, tenía que recordar hacia dónde podría llevar los pasadizos de ese camino oculto. Sabía que el de la entrada llevaba hasta el garaje. El del bar hasta el salón. El de la cocina hasta el dormitorio de sus padres. El de su cuarto hasta la terraza. El del de Ryoga hasta la piscina y los dormitorios de las sirvientas. ¿Hacia dónde daba el del pasillo tras el jarrón? Si mal no recordaba....

-¿El baño principal?

Era irónico. ¿Por qué iría hasta el baño? Claro está, alguien que acavaba de descubrir que su casa estaba llena de pasadizos no debería de conocer los caminos en sí. Cabía la posibilidad que se hubiera perdido y si le había preguntado a Ryuzaki, la cual también era desconocedora de ellos, se habrían terminado por perder doblemente. Un escalofrio le recorrió la espalda al imaginárselos a ambos buscando la salida correcta.

Otra cosa que había que tener en cuenta era un detalle muy bien pensado por parte de su progenitor. Trampas. Los pasadizos tenían trampas instaladas para aquellas personas que desconocieran las rutas que debían de llevar correctamente. Gruñió. Aquello era también un peligro para la muchacha. Empujó más la pared, adentrándose unos pasos para retroceder. Alargó la mano para coger uno de los trozos del jarrón y lo lanzó al interior del pasaje. Abrió los ojos de par en par y salió disparado hacia el exterior. La explosión había retumbó parte de los cimientos de la casa.

Si el jarrón hubiera traido consigo una simple bronca, ¿qué diría su madre de las paredes de la casa? Se lo imaginaba y aquello: Lo cabreaba. Buscó el seguro de la pistola y lo quitó. Todavía quedaban muchos lugares donde podía buscar. La casa no era pequeña y si había creado aquella trampa en tan poco tiempo, es que tenía planeado irse a otro lugar del hogar. La cuestión era: ¿Dónde?

Deberían de haber retrocedido. Seguramente seguiría las mismas pautas que él. Un lugar donde ya hubieran estado pero, solo habían ocupado el salón, nada más. Después existián muchas más habitaciones hacia ese costado de la casa. Guió su mano pensativo hasta el mentón.

Pese a que la casa era tan grande, había que atravesar por fuerza el salón para adentrarse en los dos pasillos que dividían la mansión y los llevaban a las diferentes habitaciones, las cuales podían estar enlazadas entre sí por una puerta o armario, así como el salón estaba enlazado a la entrada principal. La trasera daba a las pertenencias de la servidumbre, la cual estaba conectada a todas y cada una de las habitaciones en señal de riesgo alguno para cualquier familiar.

Fijó su mirada en el lugar con atención. Su mente trabajaba a marchas forzadas mientras sus piernas caminaron hasta el lugar. Volvía a tener ventaja de nuevo. Lo único que tenía que hacer era aprovecharla e ir con mucho cuidado. Aquel sujeto era capaz de haber colocado más bombas por partes de la casa y no caería dos veces en las trampas del hogar. Si ella también estaba herida, no debía de ser profundo. Si no, las manchas de sangre la hubieran delatado y no le serviría.

Los recintos de la servidumbre no era muy utilizado. Únicamente los días de celebración o cuando alguno de los familiares estaba enfermo. Tan solo el jardinero y el cocinero, siempre y cuando no tuvieran familiares a los que atender, se quedaban a dormir. Ese día, gracias a que había tomado precauciones todos deberían de estar fuera. Y así fue. Cuando se adentró en los dormitorios únicamente el silencio era lo que reinaba. Sus pasos resaltaron sobre el marmol y el olor a mueble antiguo resaltó en sus fosas nasales. Hacía años que no se adentraba en aquel lugar. Su hermano, por el contrario, ejercía visitas rutinarias.

-Es mejor acostarte con una mujer en su cama que en la tuya- había explicado Ryoga cuando solo contaba con diecisiete años- Si ella va a tu cama siempre estará oliendo las sábanas cual perro rastreador en busca de un perfume que no le pertenezca a ella, acusandote así de que la engañas con otra. Por eso, prefiero ir a las instalaciones de la servidumbre y romper las barreras que ejercerían peleas entre las jóvenes sirvientas. Claro que tú, mi querido e inexperto hermano, no comprendes absolutamente nada de lo que te digo. Me parece a mí que tú moriras virgen.

Y así habría sido si no hubiera sentido la necesidad de calmar algo que siempre terminaba molestándole por las noches. No conocía la figura femenina que siempre le torturaba en sueños pero al menos, en la realidad, siempre le había servido cualquier mujer que tuviera los requisitos para satisfacerle mometariamente. E igual, aquel consejo le había venido de perlas a la hora de quitarse de encima a las mujeres que no necesitaba enganchadas a su solapa. Por eso mismo, siempre era el hotel quien recibía sus momentos pasionales con mujeres que al día siguiente ni recordaría. Culo inquieto, le había llamado su padre.

Movió la cabeza para expulsar recuerdos inservibles y guardó los que sí le servían.

-El otro día- recordó que dijo Ryoga soñoliento- Estuve en la habitación de la jefa de habitaciones. No creas que me he acostado con ella, borrugo- se alarmó al haber visto su rostro de claro desagrado hasta el punto de sentir vomitera por la necesidad sexual de su hermano que lo llevo a acostarse con una mujer de setenta años- fue con Maika, la sobrina de la jefa. Aprovechamos que ella tenía un rato libre y usamos la cama de su tia, que estaba en medio de nuestro camino. En fin, a lo que iba- continuó- Resulta que esa mujer tiene instalado un aparato muy antigüo en su cabecera. Es un intercomunicador antiguo que fue creado por las tuberias de la casa. Al parecer, fue creado para que desde cualquier parte de la casa se la pudiera llamar y ella acudir al instante- explicó- ¿No sería interesante escuchar a través de él lo que hablan papá y mamá de nosotros por las noches?

Bien. Debía de encontrar aquel estúpido tubo que por suerte, jamás sintió curiosidad por escuchar. Estaba seguro de que sus padres no hablaban de ellos por las noches al irse a dormir como hacían muchos matrimonios normales. No. Sus padres hablaban por teléfono de ellos, pero cuando se encontraban en la cama, no hablaban con palabras. Eran más de gestos y gemidos. De tan solo imaginárselo, su cuerpo sintió un escalofrio vomitivo.

Encontró la habitación al fondo del pasillo. Tras asegurarse de que ningún extraño artefacto peligroso o él mismo se encontrara en el lugar, se adentró. El tubo dorado quedó ante sus ojos. Si era tan idiota como para siquiera susurrar algo a la nerviosa Ryuzaki, él lo escucharía. Si es que ese aparato continuaba sirviendo correctamente y tras tantos años, no había perdido su utilidad.

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Espantada. Era la mayor emoción que acogía a ese pequeño cuerpo que temblaba en la esquina de la habitación. Ante sus ojos. Gruñió una vez más al tocar la herida creada por aquel maldito jarrón. Demonios. Aquella mujer lo había golpeado con el pie a drede y después, no sabía cómo, se las apañó para clavarle un trozo en el brazo, cortándose de paso.

Había descubierto los pasadizos por mera casualidad y gracias a ese, había logrado regresar a la entrada, encontrándosela agazapada y observando por donde el mal nacido Echizen se había ido. Con aquel cuerpo tan menudo no consiguió quitárselo de encima, sin embargo, sí que le hirió con un simple jarrón. Ahora comprendía por qué la leyenda sobre las mujeres y los objetos caseros era cierta.

La observó con detenimiento. Primero le ataca y después la muy idiota se ofrece a ayudarle con la herida. ¿Qué demonios se creía que era? ¡Era un maldito rehén, joder! Sin pensarlo dos veces, dolorido, le había golpeado en el rostro y en el mismo rincón donde cayó, se había quedado envuelta en su nuve de pánico y espanto. El labio le sangraba. Seguramente se lo habría roto al golpearla o cuando chocó contra la pared. ¿Quién sabía? A él no le importaba absolutamente nada.

Había escuchado abajo la explosión creada por la trampa que había puesto. Estaba seguro de que ese imbécil no había caido. Pero ¿qué podía hacer ahora? No podía imaginarse qué pasos haría y mucho menos podía marcharse con aquella mojigata en busca de sus restos. Era capaz de ser una falsa alarma y ser pillado. Un grave error que no estaba dispuesto a cometer.

Sacó un trozo de tela de la mochila tras romper una de sus camisa, aferrándose la herida en un torniquete. Ella parpadeó.

-Eso infectará la herida- murmuró a media voz- debería de....

-Cierra la boca- ordenó lanzándole el trozo de porcelana que había sacado de la herida- Es tu culpa que esté así.

-Por eso...- farfulló jadeante del llanto- déjeme....

Maldición. ¿De verdad no comprendía en la situación en la que se encontraba? Estaba a punto de morir. Se encontraba en las manos de un asesino que llevaba tras ella desde hacía días. Y todavía tenía la estupidez de comportarse de aquella forma. El golpe que le había dado debió de trastornarle las neuronas. Suspiró, quejándose interiormente por el dolor.

No era la primera vez que recibía un golpe, corte o bala. Pero al arrancarse aquel trozo algunos trozos habían quedado clavados interiormente y estaban profundizándose cada vez más y más en el interior de su carne, doliéndole. Se encontraban en uno de los dormitorios. Seguramente el paterno por las cosas que había. Dos fotografías de los hijos, ropa de mujer mayor y de hombre adulto. Un libro de técnicas sexuales junto a un licor estimulante y una gran cama de matrimonio. Además, la estancia olía a mujer y tenía dispersadas diferentes colonias de mujer.

Chasqueó la lengua antes alzarse. Jugó con la pistola contra su hombro y se acercó hasta ella, observándola con atención. Ella se encogió con la mirada fija en su herida. Le sujetó los cabellos rápidamente entre sus dedos y arqueó una ceja al acercar su rostro. Ryuzaki tembló y parpadeó sorprendida y dolorida a la vez. ¿Qué demonios podía haber visto ese hombre en esa mujer como para querer arriesgarlo todo y protegerla?

Sonrió divertido. ¿Qué más daba? Al fin y al cabo, él mismo se encargaría de que ninguno de los dos quedara con vida.

-¿Confias en él?- Cuestionó- ¿Crees que te salvará? Es un hombre frio, indiferente con los demás y brusco. ¿Realmente crees que se preocupará por tí? Eso sí.... Si sigue vivo.

La boca femenina se curvó incrédula antes de golpearle el pecho con ambas manos.

-¡Está vivo!- Exclamó con voz llorosa- ¡Él vive!

-¿Por qué crees eso?- Gruñió.

-Porque... él... él no debe- masculló a media voz la joven- no debe de morir por mí.

-¿Acaso no estáis enamorados?- Cuestionó incrédulo.

-¡Claro que no!- Se defendió Ryuzaki- Solo... Es mi jefe. Yo trabajo para él como cualquier otra secretaria haría.

Un gruñido de risa escapó de su garganta, aferrándola con más fuerza de los cabellos. Su boca se pegó contra la mejilla femenina y aspiró su olor.

-No te creo. La forma en que lo miras no es como crees. ¿Tú jefe solo? ¡Ja! Si fuera así, él no te habría dejado en esta casa para protegerte con sus propias manos, ¿no crees? Pero a mí me da igual. Me ha hecho un gran favor dejándote. Así, morireis igual que en el pasado lo hizo mi hermanastro frente a la pistola de Ryoma Echizen. Ese insensible mató a su mejor ex mejor amigo años atrás y a su novia. Quiero ver su rostro de temor y dolor cuando mi pistola sea la que te vuele los sesos.

Pegó el cañón contra la frente femenina y la sintió temblar completamente.

-¿De verdad... cree que para él no significó nada? ¿Qué él... ha estado viviendo felizmente durante estos años? ¿Acaso cree... que su alejamiento con el ser humano no fue por eso? Estoy segura.... de que mi jefe... no se acerca a los demás... por miedo a cometer otro grave error como aquel...

-¡No me vengas con romanticismos!

La empotró contra la pared con fuerza y golpeó su rostro con el pie. Un grito escapó de la garganta femenina, a la vez que expulsó algo de sangre contra el suelo, resultado de una herida interior en su boca. Se alzó caminando lentamente hasta el lugar donde el trozo de porcelana había terminado por caer. Lo apretó entre sus dedos, mirándola con rabia. Ella retrocedió, negando con la cabeza. En un rápido movimiento logró aferrarla del cuello. Las dos manos femeninas no tardaron en querer librarse de ese agarre, dejándole vía libre al resto de su cuerpo.

-N.....

No la escuchó. Aferró con presión el trozo de porcelana ensangrentado entre sus dedos, buscando el lugar correcto para ejercer su maléfica idea. En rabiado y dispuesto a vengarse. Sus ojos se centraron en los senos, elegantemente perfilados por la forma del vestido. Cortó las tirantas de forma que estos quedaran expuestos levemente. Humedeció sus labios y sonrió arrogante. Las lágrimas inundaron el rostro femenino y un quejido de dolor escapó de la garganta que apresaba cuando la piel comenzó a rasgarse bajo el fino filo del trozo del jarrón. Sus sangres se mezclaron sobre él y cuando quedó satisfecho, la lanzó contra el suelo de nuevo.

-Las mujeres son odiosas- espetó lanzando el trozo lejos- Quizás no debería ni de esperar a que él estuviera cerca. Debería de matarte ya y punto. Al fin y al cabo, le dolerá igual. No. Puede que más cuando vea que la persona que quería proteger está muerta sin que hubiera tenido tiempo de defenderla. Hum... Me pregunto, ¿qué arma sería la correcta para matarte?

Ryuzaki no contestó. Temblando sin cesar, llorando y con las manos propias manchadas de su sangre, le miraba con terror mientras cubría sus heridos senos. Sonrió con orgullo en medio de su locura, antes de golpearla de un punta pie. Un nuevo gemido escapó de la garganta femenina. No comprendía por qué demonios no perdía el sentido con tanto como le hacía. Una mujer normal y corriente que tuviera un cuerpo como el de ella lo haría.

-¿Por qué no te desmayas y así no sufrirás la muerte?- Exclamó.

-Porque....- tosió- un... amigo... me dijo una vez.... que jamás debía de darle la espalda a la muerte....

-¿Un amigo?- Cuestionó- ¿Ese abogado?

Ryuzaki afirmó con la cabeza levemente. Notablemente cansada se apoyaba contra la pared en busca de evitar el dolor en su cuerpo. Tenía los cabellos más largo que él había visto jamás. Ni siquiera la ex novia de su hermano los había tenido tan largos. Si se ponía a pensar y se fijaba más en ella, cabía la posibilidad de que Ryuzaki tuviera cierto parecido con Nadala, la difunta novia de su difunto hermanastro.

Gruñió y caminó hasta la bolsa donde guardaba sus armas. Estaba perdiendo la paciencia que siempre le había caracterizado ante los demás. Cuanto más caía sobre él los recuerdos del pasado más ganas tenía de volvarle la cabeza a aquella mujer imperturbable que no cesaba de demostrarle que sus amigos la habían educado correctamente y confiaba en su jefe como protector. Aquel idiota. Si realmente estuviera vivo ya habría ido a por ellos. Era su casa y debería de saber perfectamente por donde caminar. Él mismo se había encargado de colocar las trampas necesarias para que no entrara en la habitación y aquel lugar no parecía tener ninguna entrada secreta. Entonces, ¿eso significaría que estaba realmente muerto?

Miró el reloj de su muñeca y arqueó una ceja. Ninguna otra alarma había saltado. Ni ninguna de las bombas que se había dedicado a colocar con gran precisión y rapidez. Si bien él era un antiguo experto militar, no podía conocer todos los lugares donde él había colocado las bombas y si en todo caso lo hubiera descubierto sería incapaz de esquivarlas correctamente y estas hubieran estallado, indicándole de ese modo que él continuaba vivo, tal y como su estúpida secretaria creía con fe ciega.

Se encogió de hombros. Seguramente la primera bomba lo habría pillado por sorpresa y estaría muerto. Si era así, entonces ella sí que no le servía de nada. Podría matarla o torturarla mentalmente, porque si de la forma en que la había golpeado y cortado le estaba costando ya las señales, no soportaría otra clase de torturas. Claro está, también podría hacer una última cosa. Pero desechó la idea. Acostarse con una mujer que no sabía cuantos hombres la habían tocado no era de su gusto. Además, encontraba una horripilación en la violación. Algo ridículo teniendo en cuenta que tenía la gran sangre fría de torturarla y no de violarla.

Volvió a fijar su mirada en las diversas armas que portaba. El rifle lo había abandonado y tampoco pensaba utilizarlo para un asesinato tan cercano. Se lamió los labios sonriendo divertido. ¿por qué no usar la misma creación de Echizen para volarle la cabeza a la mujer que amaba? La misma que había llevado a la muerte a su hermanastro. Aquella misma arma que desecharon del comercio militar tras la retirada de Echizen y creyeron que nadie más lograría robar los planos. Qué equivocados estaban y qué sencillo era engañarles. Hasta él mismo se había buscado una buena cuartada que jamás le inculparía de aquellas dos muertes que estaba por zanjar. Solo existían dos personas que podrían acusarlo y se encargaría también de quitarlas de en medio. Su último cliente y Ryoga Echizen.

Por culpa de una increible burla del destino tendría que matar a más gente de la prevista antes de regresar a su cómodo trabajo en la gasolinera. Encontraría una buena chica a la que poder amar, se casaría, se compraría una casa y un perro y viviría la vida sin remordimientos. Orgulloso de haber vengado la muerte de su hermanastro. Iría a verle al cementerio con un gran ramo de rosas rojas y las repartiría entre las dos tumbas de Yukimura y Nadala. Les diría que ya podían descansar en paz y que si veían a Echizen en el cielo donde debían de encontrarse, lo mandaran de un puntapié al infierno.

-El... hombre que murió.... ¿Quién era...?

La voz de Ryuzaki lo sorprendió. Se tensó y rodó sobre sus tobillos para encararla.

-Mi hermanastro- respondió arqueando una ceja- El mejor amigo de tu jefe años atrás- Soltó una risotada sarcástica- ¿Quién iba a decir que mi hermano sería traicionado por su mejor amigo y hasta asesinado?

Con ambas manos como apoyo sobre el suelo, llenas de su propia sangre, Ryuzaki intentaba incorporandose con torpeza, cayendo de bruces contra el suelo y gimiendo de dolor. Su rostro quedó hacia él, parpadeando para esquivar el hilo de sangre que pendía de su frente y resbalaba hasta sus cejas.

-¿Él... no le traicionó primero?- Cuestionó a media voz- la justicia. El deber. La amistad. El trabajo- señaló- Esas son cosas... que ellos siempre tienen en cuenta... Momo... me explicó que debes de confiar en tus aliados... de darles la mano, pero jamás la espalda, porque el ser humano se corrompe fácilmente.

-¿Estás insinuando que Yukimura traicionó primero? Creo que te empalaré al primer hierro que encuentre, mocosa- explotó- mi hermano no traicionó a nadie.

-Entonces- jadeó asustada- ¿Por qué? ¿Por qué Echizen traicionaría a su mejor amigo? Él... será frio y todo eso... pero también tiene una parte buena.... Si no fuera así... Si no fuera así jamás me habría traido un desayuno.

-¿Eh?....

Un escalofrio recorrió su cuerpo mientras ella sonreía tontamente tras su comentario. ¿Qué demonios tenía que ver la amabilidad de su jefe con que le hubiera llevado un desayuno? No lo comprendía. Desde luego, aquella mujer era la más extraña que podría echarse a la cara nunca. Estaba a punto de morir y seguía diciendo ridiculeces una tras otra. Se frotó la sien cansado. Si continuaba así terminaría teniendo una crisis nerviosa. Su mentalidad tranquila. Su firmeza habían desaparecido desde que entró en aquella casa y ya, cogiéndola a ella de rehén, se había terminado por derrumbar completamente. Si seguía un segundo más en aquella situación, terminaría por volverse completamente loco.

Cargó la pistola con la bala correspondiente y como promesa, la última creada por Echizen antes de que todo ocurriera. La última que consiguió robar de aquel laboratorio secreto militar y por la cual no pudo ayudar a su hermano. Caminó con pasos lentos hasta la cama, sentándose en ella por un instante, suspirando y perfeccionando sus nervios antes de acercarse hasta la altura de la fémina. Agarrándola de los cabellos con brusquedad, la miró por última vez.

-Lo siento- se encogió de hombros.

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Se atragantó con su propia sangre dentro de su boca. Un sabor metálico nada agradable que comenzó a provocarle vomitos. Soportó los golpes y ahora, ¿Estaba a punto de ser vencida por las ganas de vomitar? El agarre en su cabello la hizo arquearse y quedar recta ante la amenazante pistola. Parpadeó. Era realmente triste tener que morir de aquella manera, pero las esperanzas estaban decayendo profundamente en un mar de soledad. La imaginación comenzaba a jugarle malas pasadas y se sintió abandonada. Si realmente, su jefe había muerto, eso quería decir que ya nada quedaba.

Echizen Ryoma había expulsado a toda la servidumbre y a los hombres de Momoshiro. Nadie jamás se enteraría de que lo que había pasado en esa casa. Nadie sabría que su jefe había muerto durante una explosión. Que ella había sido golpeada y cortada en lugares donde jamás ningún hombre podría mirar. Quizás, no iba a resultar tan malo morir. Únicamente, un deseo quedaba estancado: Arreglar sus sentimientos.

Cerró los ojos con fuerza por un instante, recordando las palabras que Momoshiro tiempo atrás le había contado como un imán para la fuerza y no dejarse vencer. ¿Quién iba a imaginarse que sería en ese mismo momento cuando lo utilizaría? Los abrió de nuevo para encararle. No podría evitar que su cuerpo temblara y sintiera miedo, pero al menos, moriría con la imagen de su asesino como recuerdo y él, tendría la clara imagen de su rostro ante de morir. Al menos, Momoshiro le había explicado que aquello creaba un terrible trauma en todos los seres humanos, por muy acostumbrados al asesinato que estuvieran.

Sonrió irónicamente divertida. Si hubiera sabido que todo iba a terminar de esa manera, igual se habría comportado de otra forma en su vida. Posiblemente, hubiera sido una mujer que se arreglara más para conquistar hombres. Igual, debería de haber cedido con Ryoga y haberle dado el gusto que deseaba. También podría haber aprovechado que Ryoma estaba dormido y aprender las cosas que debía de sentir una mujer en brazos de un hombre.

-¿Lista?- Cuestionó el hombre impasible.

-¿Quién... en esta vida está listo para morir?- Protestó.

Él chasqueó la lengua por su respuesta, sonriéndole divertido. Apretó más los dedos que aferraban sus cabellos, inclinando su cuello hasta el punto que creyó que terminaría rompiéndoselo. El dolor de sus senos se incrementó. El corte había cesado levemente de sangrar, pero con el movimiento volvía a rasgarse y brotar. Y pensar, que el único hombre que la había manoseado antes de morir era su jefe...

Abrió los ojos de par en par. ¿Echizen Ryoma manosearla porque sí? No. Ahí debía de haber un error. Ella no había estado atenta exactamente, sorprendida por el contacto de aquellas manos. Arraigada por el dolor, guió sus manos hasta el lugar exacto donde él estubo curioseando. Algo duro y largo rozó contra las yemas de sus dedos. ¿Acaso era...? Sonrió irónica y ridícula a la vez. ¿Es que se había olvidado de todo? Él le había dado un arma. Y algo más simple y ridículo para defenderse. Y ese hombre no lo había notado. ¿Por qué no aprovecharlo? Debía de ser rápida y concisa. No fallar. Aunque no era primordíal: Moriría igual.

Adentró la mano entre sus dos senos, sujetando el objetó con precisión y sacándolo de golpe. Golpeó su barbilla al hacerlo, hiriéndose. El hombre ante ella parpadeó confuso, aflojando el agarre de sus cabellos por la sorpresa, para dar un paso atrás, lo cual aprovechó. Esquivando el fuerte dolor de su mandíbula se aferró a una de las piernas del pantalón masculino, alzando el objeto hasta el rostro contrario. Un pequeño sprai de ayuda que toda mujer debía de llevar en su bolso.

-¡Mierda...!

La voz del hombre y el puntapié que recibió en su hombro la hizo retroceder hasta que sus huesos dieron de lleno contra la pared. El botecito rodó por el suelo, lejos de ella, pero aquello no era lo más interesante que debía de mirar. Ante sus ojos, él continuó firme en la idea de asesinarla y alzó la pistola a la vez que frotaba sus ojos doliridos por el escozor provocado por el sprai.

-Muérete de una vez....

Abrió la boca para gritar y tropezó en un mero intento de huir, aprovechando que su raptor no veía nada. Pero sus pies quedaron atrapados por la rota tela de su vestido, rajando la falda en un ensordecedor sonido. No. Aquel sonido no provino de la tela del vestido a rajarse. La palma de su mano sintió trocitos de cristal clavarse en su piel y una sombra cubría su cuerpo al completo. Un jadeó de maldición llegó contra su piel y el aire mezclado con colonia masculina inundó sus fosas nasales y piel.

-¡Jef....!

El sujeto ante ellos maldijo igualmente mientras intentaba verles con claridad. La sangre había comenzado a inundar la camisa blanquecina del hombre que la protegía con su propio cuerpo. Asustada, se abrazó a él.

-Hazlo...- Susurró entre dientes.

-¿Señor.... E...?

Las manos masculinas y temblorosas se aferraron a su muslo. Comprendió. Buscó el lugar con cuidado y la culata metálica llegó hasta sus dedos. No dudo. No podía hacerlo. Si ese hombre llegaba a recargar de nuevo el arma que había disparado al mismo tiempo que el cristal se había roto y Echizen se había interpuesto entre la bala y ella, sería demasiado tarde: Para los dos. Sujetó con firmeza el arma.

-La cara....- Guió su jefe dejándole su hombro como apoyo- La frente. Dispara. Ya.

Afirmó y cerró los ojos. Un leve gemido escapó de la garganta masculina ante ella, seguido de un sordo sonido de algo caerse, romperse y líquido. Ella misma fue expulsada hacia atrás, golpeándose la cabeza en el acto. El silencio y el peso de la figura de su jefe, sería lo último que recordara de aquel momento.

Quería levantarse. Gritar porque alguien ayudara al hombre que estaba herido y comprobar si realmente la pesadilla había terminado. Asi podría volver a ser una secretaria normal y corriente, como cualquier otra. Descansar. Hablar pacientemente de lo sucedido con Ryoga. Quería ser testigo de la boda entre Momoshiro y Ann. Ser su dama de honor. Agradecerle a Rinko el vestido y prometerle que le compraría otro por romperlo. Y, por supuesto, también le compraría una gatita a su gato, para que tuviera compañía y fuera feliz tras su castración debida.

Había un montón de cosas que tenía que hacer junto a esas simples. Debía de reorganizar su casa en otro lugar. No quería volver a esa casa. También tenía que terminar el eslogan que su jefe necesitaba. Tenía que comprar ropa nueva con la que vestirse y cubrir su cuerpo todavía más tras las secuelas que estaban por quedarse, si sobrevivía.

La idea de no sobrevivir, le valía para ella, pero no quería arrastrar consigo a una persona que no se lo merecía. Si mal no recordaba, su jefe había roto el pinganillo por el cual hablaba con Sadaharu. ¿Qué podría hacer? Abrió los ojos con dolorosa lentitud, para después abrirlo como platos. La habitación se encontraba llena de hombres que desconocía y la asustaba. Aferró el cuerpo de su jefe con fuerza contra ella y una voz familiar la tranquilizó.

-Sakuno, suéltalo. Tenemos que llevaros al hospital. Allí estareis a salvo. Venga, que todo terminó finalmente.

-¿Eh....?- Jadeó debilmente.

Dos hombres quitaron de encima de ella la figura masculina, llevándoselo a cuestas con prisa. La persona que había a su lado la sujetó junto a otro, ejerciendo la misma rapidez. La luz solar la golpeó de lleno antes de ser adentrada en una de las ambulancias y ser atentida por los enfermeros.

-Todo terminó- repitió la voz- Él está muerto.

Se cubrió el rostro dolorido con sus manos, luchando contra el mismísimo enfermero que se empeñaba en ponerle una via en su brazo. Nunca en su vida hubiera pensado que aquella noticia de muerte podría aliviarla tanto. Ella misma lo había matado. Había asesinado a su asesino. Había sido protegida y salvada.

-¿Cómo... está... el señor....?- Preguntó.

-Espera. Da tiempo al tiempo- recomendó la voz- ahora, duerme.

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Ayudado por Ann, fijó sus ojos en las dos ambulancias que llegaban al hospital, ruidosas. Sadaharu y Riku descendiero de una cada uno, mirando hacia el lugar.

-Ha terminado- susurró- Él ha muerto.

-Sí- corroboró Ann pálida- Pero míralos. No creo que estén bien.... Deberíamos de ir, Takeshi.

Afirmó con la cabeza, sujetando entre sus manos la muleta que le habían entregado para dar cortos paseos por los pasillos del hospital. Kaidoh no tardó en unírseles. Su rostro tensado demostraba claramente que el reservado policía estaba luchando contra las ganas de apresar a Riku entre sus brazos y no dejarla ir. Sonrió divertido y se mordió la lengua por no picar a su compañero. Ann no se lo perdonaría.

Se agazaparon en un rincón de la entrada justo cuando los enfermeros entraban rápidamente con ambas camillas. Parpadeó para abrir los ojos de par en par al ver la situación. Riku se dejó caer contra el hombro de Kaidoh y Sadaharu, quien jugaba con su pasamontañas, no parecía saber cómo encararle.

-Echizen nos prohibió ayudarle- explicó finalmente- Sin embargo, siempre tuvimos conexión audio gracias al vestido de Ryuzaki....

Rodó los ojos por ambos policias. Inui tenía una grave herida en su labio, seguramente creada por los diversos mordiscos que se había propinado para no moverse de su puesto y obedecer las órdenes de Ryoma. Un quejido por parte de Riku le hizo volver la vista hasta la pareja alejada. Kaidoh gruñía furioso mientras le quitaba los guantes a Riku, encontrándose las manos heridas y sangrantes de la policia.

-Se ha clavado las uñas en sus propias palmas para no moverse de su puesto- Informó Inui frunciendo el ceño- Le dije que se las curara, pero se negó rotundamente hasta que Sakuno Ryuzaki no estuviera a salvo. Seguramente, tendrán que coserle las heridas.

Afirmó con la cabeza.

-Riku, Inui- llamó autoritario- Como última orden id a curaros. Cuando terminéis, si queréis, venid con nosotros.

Riku sonrió agradecida y dolorida y junto a los dos hombres, se perdieron entre el tumulto de enfermeras buscando alguien que los curase. Ann lo miró preocupada.

-Más vale que no les enseñes los puños- recomendó- Si los ven, no se curarán.

Negó con la cabeza. Llevaba las manos vendadas y no era por gusto. Momentos antes de que le informaran sobre la situación, se había estado dando golpes contra la pared cercana, presa de una mal presentimiento. Buscó con la mirada la dirección en que se habían llevado a los dos que formaban su círculo de mejores amigos y sin pedir ayuda si quiera a Ann, comenzó a caminar hasta el quirófano. Ese día, sería el más largo de su vida y la culpabilidad no cesaría de pesarle si ninguno de los dos conseguía sobrevivir.

-Jefe- alertó Kirihara acercándose a rápidos pasos-. El cadaver está ya en el tanatorio.

-¿No te di libre?- Cuestionó molesto.

-Sí, pero de ahí a que lo cumpla existe un mundo- se burló Ann guiñándole un ojo- Anda, espera aquí. Iré a ver el cadaver y terminar mi informe. Es necesario.

Suspiró frustrado y la dejó marcharse. Frotó su rostro con ambas manos y fijó su mirada en las puertas cerradas del quirófano. Definitivamente sí, ese día era muy largo.

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-Deberías de haberte quedado con el jefe- recomendó Kirihara sin perder su paso- Te necesita a su lado.

-Y también necesita estar solo- protestó- Y yo también. Tenemos los nervios de punta. Cualquier roce podría hacer que nos peleáramos entre nosotros. No quiero que eso pase. Además... nunca me ha gustado esperar. Si me quedara ahí... esperando como él... creo que terminaría tirándome de los pelos.

-¿Tan fuerte ha sido verles de esa forma?- Cuestionó incrédulo.

-Cuando los que salen heridos son tus amigos, siempre te sorprende verlos heridos aunque se trate de un simple corte en la mejilla. Sakuno... Sakuno estaba repleta de sangre. Echizen se estaba desangrando....

Se aferró al brazo del hombre con urgencia, inclinándose sobre la primera papelera que encontró a su alcance y vomitó. Kirihara suspiró antes de enterrar sus dedos en su cabello en un intento de calmarla. Lo único que logró fue que el llanto terminara por salir.

-Siempre te haces la fuerte cuando estás con él, ¿Eh?- Susurró el hombre sonriendo con melancolía- Odias preocuparle.

Afirmó, sin poder acallar el llanto que intentaba detener con sus dedos y los ojos cerrados. La angustia de su llanto terminó por anidarse en su garganta, explotando en un llanto infantil. Kirihara miró a su alrededor asustado, sin saber qué hacer con una mujer que repentinamente se comportaba como una niña asustada. Ann apretó más el brazo masculino y lo miró suplicante.

-Dime... que ambos se van a salvar... que no pasará nada- rogó- que ese... ese desgraciado no se saldrá con la suya...

El joven humedeció sus labios antes de alejarla del lugar y abrazarla levemente. Estaba corriendo un gran riesgo. Sus manos ocupaban la espalda femenina mientras la pegaba contra él y Ann no se quejaba. Hubiera sido mejor que le hubiera golpeado y alejado como si del mismísimo diablo se tratara. Sin embargo, ella lloró hasta no poder más contra su pecho.

-Por favor- rogó una vez más- nunca se lo digas a Takeshi... no quiero que sepa que... que yo soy tan débil. Comenzaría a querer protegerme más y se pondría en peligro innecesario. Quiero que esté lejos de las armas... Ya lo perdí una vez y ese dolor... Ese dolor no quiero volver a sentirlo- jadeó- Por favor....

Suspiró besándole la frente con ternura.

-Limpiate las lágrimas y vamos a ver el cadáver. No le diré nada al jefe- aseguró sonriendo- de verdad.

ANn se limpió las lágrimas con la camiseta del joven, ofrecida por él mismo para tal ejecución ante la falta de pañuelos. Afirmó repetidas veces tras darle las gracias y ambos caminaron en silencio hasta las instalaciones traseras del hospital, lugar donde el tanatorio los esperaba. Ann fue la primera en adentrarse y él después. Osakada los esperaba junto al cuerpo, tomando datos de la herida junto al forense.

-Esa bala es exactamente la misma que perforó a Momoshiro Takeshi- explicó la mujer con seriedad- por eso estoy aquí.

-¿La bala estaba dentro de la cabeza del cadáver?

-No- respondió el forense esta vez- nos la trajo la policía para que la usarámos como prueba y comprobar la causa de la muerte. Exactamente, murió porque la bala le atravesó la frente, rompiendo los n....

-Le voló la cabeza- interrumpió Osakada sonriéndoles- Por favor, doctor, no son forenses ni especialistas médicos como yo.

-¿Tienen sus datos?- Preguntó Ann estirando la mano en busca de su historial.

-Sí- respondió el forense entregándole el informe- De acuerdo a su sangre y los datos militares que nos dieron permiso para utilizarlos, su nombre verdadero no es Akai Tendoh, si no.... Sanada Genichirou. Fue adoptado por la familia de Yukimura Seiichi cuando tenía solo doce años y desde entonces, siguió los pasos de su hermano mayor. Incluso se adentró en la policía militar.

-Como no llevaban el mismo apellido nadie hubiera sospechado nunca de él- opinó Kirihaya pensativo- probablemente, por eso Echizen no sabía de qué pie calzaba el asesino.

-Creo que Ryoma también lo supo tras buscar en la base de datos privada del ejército- sopesó Ann pensativa- Pero fuera lo que fuera, este hombre trabajaba para una persona que quería matar a Sakuno. Quiero descubrir quién era, ¿dónde se encuentran sus pertenéncias?

-No las tenemos- respondió Osakada cruzándose de brazos- Al parecer, los hombres de tu novio se los han quedado para después mostrárselo a su jefe.

Ann se volvió hacia Akaya en buscas de respuestas. Éste afirmó corroborando lo dicho por la mujer. Se encogió de hombros entregándole el informe al forense.

-Este hombre tomará todos los datos pertenecientes a la autopsia, así como la misma bala queda requisada junto a las pertenecias- ordenó- Kirihara, encárgate. Osakada, acompáñeme.

La mujer afirmó para seguirla. En el exterior del tanatorio la observó con detenimiento.

-¿Dónde se encuentra Ryoga Echizen?

-Uno de los hombres de su novio está encargándose de él- explicó la mujer- En la habitación 321.

-Muy bien- se encogió de hombros- ya no nos sirve de más. Cuando realmente nos hacía falta cogió un berrinche. La próxima vez que se acerque a Sakuno...- gruñió- disculpe.

Tomoka sonrió comprensiva, negando con la cabeza.

-No importa. Supongo que vuestra amiga es más importante que él. Yo me encargaré de su salud durante éste tiempo. Debería de regresar junto a su novio. Seguro que no tardarán en daros noticias sobre los dos pacientes.

Recordó. Afirmó con la cabeza tras hacer una reverencia y corrió hasta el lugar. Se había olvidado por completo y estaba a punto de comenzar con la investigación sin más. Cuando llegó, Momoshiro estaba todavía sentado y sus manos aferraban con fuerza el pijama del hospital. Aterrada, corrió hasta él.

-¿Qué... sucede?- Preguntó alarmada cayendo de rodillas ante las piernas de su prometido- ¡Takeshi!

Momoshiro la había aferrado entre sus brazos sin razón alguna, con manos y voz temblorosa. Le correspondió contagiándose del miedo que sentía.

-Por favor... Ann- rogó la voz masculina rota por el llanto oculto- Que.... que no se mueran..... ellos no.

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Notas autora:

¡Holita! Supongo que a estas alturas querreis matarme XD. Ponerme un cuchillo en el cuello y saber qué ha pasado con esos dos. Pero es que ni siquiera yo lo sé todavía. Tengo que pensarlo bien. (ya, ya, para muchos parecerá sencilloXD. pero para mí, que escribo la historia, nop).

Bueno, tengo que decir que me siento contenta con éste capítulo. Lo escribí el mismo día que colgué la actualización y como su turno era éste, pues no lo colgué hasta ahora. Me vinieron las ideas a la cabeza y no pude evitar contarlo, si no, pregúntele a A-chan XD.

Emm... como han podido ver, ya se dijo quien era el asesino, creo *gota* y qué pasó en la casa Echizen. ¿Se habían imaginado que sería Sakuno quien mataría al asesino? Igual sí XD. Pido disculpas por el OOC del "asesino" u.u.

Y bueno, si tienen dudas, recuerden que en mi lj podrán encontrar un buen lugar donde conectarse conmigo y sobre las actualizaciones y demás de los fics.

Chia.