Hola. Siento la demora, pero ya saben que mi salud parece un tio vivo que no para de decaer y subir. Seguramente no lo encontrarán de su agrado, pero así va la historia. No tengo más que decir. Nos vemos abajo.
La primavera inundó los silencios con los cantos alegres de los felices pajarillos, gustosos de tener un trocito caliente de sol donde poder calentarse del frio invernadero que había caído irremediablemente sobre la ciudad. Leves rendijas de la persianas dejaban entrar los débiles rayos de luz que el edificio contiguo dejaba traspasar hasta su habitación. En medio de la leve oscuridad el sonido de sus tripas sonar retumbó como el despertador que hacía semanas que no sonaba, incitándola a levantarse.
El teléfono permanecía descolgado sobre la repisa de madera, junto a las canicas de colores que desde pequeña había conservado. El tintineó incesante de la linea cortada chocaba en el retumbe de la madera. El móvil estaba tirado por alguna parte del sofá descolocado y su gato permanecía oculto entre las sábanas deshechas de su cama, mirándola fijamente en espera de algo que poder llevarse a la boca, junto a una mezcla de melancolía y tristeza. Apartó la mirada del felino y frunció los labios, abriendo la nevera para sacar algo comestible que pudiera llenarles el estómago a ambos.
Una pieza de fruta fresca y una lata de comida de gatos fue lo único que sacó de la medio vacia nevera. Suspiró, preparándole la comida al felino y esperando a que el despreocupado animal terminara de desperezarse para subirse a la encimera y comenzar a comer. Por su parte, simplemente peló el plátano y comió sin ganas la fruta. Rodó los ojos por la estancia y frunció el ceño antes de dejar escapar un ligero suspiro entre sus labios. Era tan aburrido.
Tras limpiar los restos de ambos y esperar a que Gold decidiera marcharse nuevamente al calor de las sábanas, caminó hasta el baño. Se observó por un instante ante el espejo, lamentando sus cabellos, cortados ante la poca prudencia de un médico que tenía prisa. Una pequeña zicatriz que descansaba en su barbilla. Delineó su cuello con sus ojos, deteniéndose al comienzo del cuello de la camiseta. Un poco más abajo sus senos se mostraban, desnudos bajo la tela de algodón. Humedeció sus labios, tocándolos por encima en un leve gesto de repugnancia al quitarse la camisa. Dos pequeñas marcas se mostraban sobre la perturverancia y una tercera en su costado izquierdo.
Movió la cabeza negativamente y buscó con la mirada la duchera, rogando porque quedara algo de agua caliente en el edificio y lograra darse una buena ducha. Gracias a Dios, el agua estuvo resistente hasta que terminó de ducharse. Miró la fecha en el calendario y suspiró de nuevo. Una semana de su clausuramiento y ya estaba cansada de él. Abrió las persianas, se colocó una camisa ancha y pantalones vaqueros, buscando libertad a su pequeño piso. Un arreglo que ella misma terminó por agradecer y sintiéndose satisfecha por la tarea, abrió nuevamente la puerta a la vida exterior, obligando a sus ojos a acostumbrarse. La polución y el enjambre de humanos no había cambiado y tenían ese mismo aire ruidoso y molesto que siempre.
Tras comprobar que llevaba la cartera y las llaves, decidió que no estaría mal llenar su nevera de provisiones antes de volver a hacer un encierro de ese modo. Por lo menos, a la hora de tener un compañero de vivienda tan dispuesto a comerse cualquier plato que ella le entregara mientras fuera comestible y no latas prefabricadas que tanto odiaba. La joven panadera sonrió al verla, mirándola con cierta curiosidad y falsa sonrisa.
-¿Te has cortado el cabello, jovencita?
-Sí... hace unos días- mintió.
-Es una lástima, tenías un pelo precioso. Deberías de conservarlo más ahora que eres joven. Es un consejo. Aquí tienes lo que has pedido.
-Gracias, por ambas cosas- agradeció sonriente.
Y cargando las bolsas como mejor podía, regresó hasta su casa. Con la mirada clavada en el suelo intentó descifrar la mejor forma de terminar de aclarar su vida.
Había escapado del hospital nada más estar bien y se negó a recibir más visitas que las de Ann o Takeshi durante su estancia en el lugar. Nunca hubiera creído que Momoshiro tendría un carácter tan preocupado hasta el punto de reñirla cual niña de siete años. Seguramente, si ahora la viera le bajaría los pantalones y la azotaría por su idiota comportamiento. Ni siquiera a ellos les había prestado atención y si no habían tirado ya la puerta abajo era porque aceptaban su idea de alejarse por un tiempo del mundo. O quizás, porque realmente no quería poner más guinda al pastel que los periodistas habían creado a su modo.
La última noticia que había leido en el periódico del hospital había descrito el mayor disparate que hubiera creido jamás. En unas breves lineas afirmaban que ella había declarado al periódico sobre su idilio con Ryoma Echizen. Lo había vuelto tan loco con sus poderes de mujer que el hombre, siempre frio y distante, había hecho un gran sacrificio para protegerla. ¡Patrañas y más patrañas!
Ella no había decidido nada de lo que sucedió en la mansión de los Echizen. Todo pasó justo como Echizen Ryoma había querido, sin siquiera preguntarle cómo se sentiría cuando tuvo que apretar el gatillo y matar al asesino. ¿Acaso sabían todos la clase de pesadillas que tenía desde entonces? No podía conciliar el sueño correctamente y si no fuera gracias a que había hecho vida sedentaria, estaba segura que estaría a punto de desmayarse. Y, ¿acaso sabían esos estúpidos periodistas cuantas zicatrices tenía ella en su cuerpo mientras Echizen simplemente tenía un disparo en su hombro? No. Ellos no sabían nada. Solo mentían y se inventaban cualquier excusa. Lo peor de todo es que ayudaba a las propiedades Echizen y a ella la dejaban como una cualquiera peligrosa. Razón por la cual había tenido que quedarse incomunicada. Hasta las personas de su barrio comenzaban a mirarla de forma diferente y conversar con ella de asuntos poco importantes como era su cabello.
Suspiró y subió las escaleras metálicas que la llevarían hasta la entrada descubierta de su piso, deteniéndose al ver una figura golpear la puerta de su piso con determinación. Oh, no. Otro periodista. Pero se equivocó. La figura se volvió hacia ella y como un relámpago se acercó hasta su altura, fulminándola con la mirada. Retrocedió asustada, dejando caer algunas de las bolsas para empujarlo con ambas manos desde el pecho, ansiando que no la hiciera retroceder y caer por las escaleras. Sin embargo, él se agachó, cogiéndola de la cintura y cargándola en su hombro izquierdo cual saco de patatas. Sorprendida, intentó liberarse a base de patadas y puñetazos. Sin embargo, él consiguió incluso hacerse con las llaves que colgaban del cinturón de los vaqueros, coger las bolsas caidas y adentrarse en el piso, tirándola sobre el sofá. Su mirada no cambio.
-Esto... es... allanamiento de morada. Puedo denunciarle.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro del ejecutivo.
-Adelante- tentó. Impertérrito, esperó su respuesta, pero solo logró hinchar sus mofletes.
Ryoma Echizen miró con descaro por toda la estancia, en busca de un lugar donde dejar las pesadas bolsas para después arrellanarse sobre uno de los sofares. Con lentitud, descansó su mejilla izquierda sobre su puño y esperó. Inquieta, intentó descubrir qué era lo que deseaba. Una leve idea le vino a la mente.
-No hablé con los periodistas. Esa noticia es mentira.
-Lo sé- corroboró él encogiéndose de brazos- tengo abogados- recordó.
El millonario Ryoma Echizen que había crecido en ventas gracias a la publicidad otorgada por su vivencia y que ahora tenía un nueva forma de visión hacia los demás, pues había salvado a su secretaria de la muerte. El estómago del hombre gruñó. Lo miró perpleja.
-Tengo hambre- señaló frotándose el estómago.
-Aquí cerca hacen un delicioso estofado- presentó con claras ideas de que se marchara. Las cosas ya no eran tan sencillas.
No le había ido a ver al hospital y él tampoco había hecho ninguna intención de acercarse hasta su habitación para ver cómo se encontraba. Claro que esperaba que Momoshiro le hubiera le explicado como se encontraba, tal y como hizo con ella. Ann, por su parte, le había pedido que no se acercara a Echizen, pues tarde o temprano recibiría una noticia que la haría daño y, desgraciadamente, Ann no solía equivocarse en sus consejos. Lo que sí sabía es que él había salido antes del hospital que ella, pues sus heridas menos graves y le vió a través de su ventana cuando cambiaban las sábanas de su cama y descansaba en el sillón. Echizen ni siquiera había alzado la vista hasta las habitaciones. Se subió en su limusina junto a su madre y se marchó. Tampoco regresó para visitarla. Por ese mismo motivo no comprendía por qué estaba él ahí.
Ann se había encargado de hablar con él para cobrar el poco sueldo que el hombre le debiera por su trabajo como su secretaria y romper cualquier contrato. No la había visitado para decirle que había llevado a cabo el asunto y ver al hombre en aquel sofá, frotándose el estómago con hambre y fulminándola con la mirada ante la clara idea de ser expulsado, no era algo que ocurriera porque sí. Echizen no era de aquellos que visitaba a sus empleados cuando estos querían cerrar su contrato. Había visto algunos de los despidos o de las retiradas y su jefe ni siquiera había mostrado la menor necesidad de persuadirles o darle las gracias por haber trabajado con él.
-Tengo hambre- repitió con cierto toque infantil que no pegaba con su traje de ejecutivo. Suspiró derrotada. Era claro: Tenía el morro de ser autoinvitado.
Sin más que poder decir a menos que le abriera la puerta e intentara sacarlo a patadas, cosa que sabía perfectamente que era imposible cuando la alzaba del suelo con una simple mano, decidió hacer algo comestible que llenara el estómago del hombre y, al menos levemente de la poca hambre que podría llegar a tener ella. Un simple plato de espaggettis con tomate y carne picada que pareció no desagradar al hombre. Gold los observaba desde la cama, ya hecha y bostezaba de vez en cuando en busca de un plato para él. Otro egoísta que tuvo que dar de comer.
Sujetó los palillos entre sus dedos, moviendo la comida de forma aburrida, despertando cuando el chasquear de la lata de Ponta fue abierta en la cocina. La cerveza fria permanecía sobre la mesa sin tocar. Parpadeó. Había olvidado por completo que su jefe prefería la bebida catalogada como infantil y no la adulta. Quien había bebido cerveza fue Ryoga. Abrió los ojos al recordarlo.
-¿Dónde... está Ryoga?
Él la observó por un instante hasta que se encogió de hombros, regresando hasta la mesa con claras intenciones de continuar comiendo.
-Osakada se encarga de él- explicó mirándola de forma aburrida- Tachibana seguramente lo detenga. No servirá de nada.
-Sus padres pagarán la fianza y listo- intervino. Él afirmó.
El silencio reinó entre ellos, helado y doloroso. La intervención de Ryoga en una nula conversación no era agradable para ninguno de los dos. Ann le había explicado la verdad, sin tapujos. Ryoga había contratado al asesino para matar a Momoshiro, ignorando claro está, que éste mismo había sido contratado para asesinar a Ryoma Echizen. Igualmente, no se libraba de las culpas. Tachibana le había preguntado si quería ver a aquel que estuvo a punto de asesinarla, pero se negó. Ya había visto suficiente y sabía cómo había terminado su rostro tras que ella misma le disparase. Nadie la juzgó por el hecho.
Un maullido la hizo volverse y dejar la lata que había llevado hasta sus labios para beber. Gold se subió sobre sus rodillas y golpeó su rostro contra su barbilla, lamiéndole la mejilla con aspera lengua.
-Au...- protestó, limpiándose el lugar con la servilleta- Gold, no seas pesado.
Y el gato, rencorosamente, saltó sobre la mesa, tirando las latas llenas y parte de la comida sobre las ropas de ambos antes de marcharse con aires altivos. Ryoma bufó, sacudiéndose el líquido y la comida caliente de encima, mirando al gato de reojo. Parecía mentira. Días atrás se llevaban la mar de bien y en un instante parecía que el felino optaba por marcar su terreno como macho dominante.
-¡Ah! ¡Espe...!
Demasiado tarde. Cuando alzó su vista para ver al que días atrás era su jefe, éste ya se había quitado los pantalones, jadeando aliviado cuando el dolor de su entrepierna se marchó. Parpadeó, tocando el pantalón y comprendió por qué esa repentina necesidad de quitárselos. Ardían. Los espaggettis estaban demasiado calientes para esa zona sensible del cuerpo humano, al menos del masculino. Encima, la mancha era horrorosamente grande y él no podría salir a la calle con ese atuendo. Miró la lavadora, no muy convencida. Nunca había lavado el traje de un hombre, aunque había escuchado a Momoshiro quejarse muchas veces sobre que su lavadora había destrozado su traje. Si los de Momoshiro eran baratos... ¿Cuánto costaría pagarle un traje a su jefe que seguramente compraría en las tiendas más caras? Al menos, el error estaba hecho.
-Tengo una camisa de hombre y unas calzonas. Quítese la ropa y colóquese esa, le lavaré el traje.
No rechistó. Comenzó a quitarse la chaqueta y entregársela a tiempo de quitarse la camisa. Cuando tan solo le quedó la ropa interior se giró, dándole la espalda ante un sonido divertido del hombre y una rojez impenetrable en su rostro cuando la prenda cayó ante sus ojos, sobre el resto de la ropa. Tragó.
-En... enseguida le traigo la ropa.
Dejó la ropa sobre la barra americana y corrió hasta su dormitorio. No le parecía nada idóneo que un hombre estuviera caminando totalmente desnudo en la salita de estar de su casa. Aunque había tenido que cerrar los ojos por tal de evitar no mirar, sentía que su cuerpo ansiaba girarse y ver tanto como él había visto de ella. Al menos, la vergüenza impidió esa situación. Abrió el armario al tiempo de maldecir al timbre de la casa. No podía dejarlo pasar. Aunque había estado reclusa siempre había mirado quien era a espensas de que fuera Ann o Momoshiro con noticias sobre su retiro. Colocándose una mano ante su rostro trasteó hasta la puerta, abriendo.
-Vengo a cobrar el mes.
La voz dura y fría de su casera la recibió con la factura del alquiler. Parpadeó. Aquello era realmente horrible. Terrible. Comprometedor y claramente una expulsación de su hogar. Su casera no aceptaría ser pagada en la puerta de su casa. Siempre había entrado como perico por su casa y había revisado que todo estuviera en su lugar. Desde luego, no había anomalía alguna, únicamente... Un hombre completamente desnudo sentando en el sofá de su salón.
-¿Qué ocurre?- Preguntó con sarcasmo la mujer- ¿Acaso me vas a decir que tu jefe no te ha pagado? ¿Te crees que por haber salido en las noticias no te voy a cobrar alquiler? Si no me pagas en medio de un minuto te aseguro que estarás en la calle antes de lo que crees. Además, ¿por qué estás justo ante la puerta? Quita, tengo que entrar y revisar nuevamente la casa.
De un empujón fue expulsada y llevó las manos hasta su rostro cuando vio a la severa mujer adentrarse sin cautela alguna al centro del salón. Un grulido por su parte y zapateado incesante. Cerró la puerta con miedo y caminó hasta el cajón de la cocina para buscar el dinero. Lanzó una rápida mirada a su alrededor. Echizen había desaparecido. Seguramente, hasta que aquella inepta mujer lo encontrara, posiblemente, vistiéndose. Entonces, el rumor sería más descabellado. Ya se imaginaba los titulares anunciando una relación más severa entre ellos. Habia escapado de uno de los Echizen, otro le había salvado la vida y, ¿por ese mismo motivo debía de amarle? Era imposible. Había aceptado su ayuda y le había ansiado, pero ahora se notaba ella misma fría y decaida ante la idea de volver a estar a su lado.
Entregó el sobre a la ociosa mujer, quien contó el dinero hurañamente, gruñiendo al comprobar que el pago era correcto. Con una última mirada al piso se marchó regalando un portazo a sus narices. Suspiró cansada, apoyando su espalda contra la nevera y una mano en su frente. Sus ojos dieron con la ropa del hombre y recordó lo que había sucedido. No era una experta a la hora del cuidado de la ropa, pero cuando eres pobre sueles cuidar más tu ropa que cuando tienes dinero de sobras. Tras colocar la lavadora, buscó al hombre con la mirada. Realmente no estaba en ninguna parte de la casa y la caja estaba abierta con las dos prendas desaparecidas. Un ruido llamó su atención. La puerta que daba al balcón estaba abierta.
Caminó hasta el lugar y se asomó. Echizen estaba sentado sobre la butaca que ella solía utilizar para leer en los dias pesados de verano en los que las vacaciones le parecían desesperantes. Con el índice rascaba una pequeña perturverancia en uno de los posabrazos de la silla, mientras miraba de forma aburrida al frente. Carraspeó para acerse notar, pero él continuó mirando a lo lejos.
-Ya he puesto la lavadora. No creo que tarde demasiado. Aunque, no creo que le guste llevar la ropa húmeda, al menos podrá servirle para ir a comprar algo qué ponerse- recomendó con torpeza. Al no recibir contestación, carraspeó- señor... ¿Puedo saber por qué está aquí?
Y entonces, sí la miró. Con la misma mirada furiosa y fría con la que la había recibido. Una idea se iluminó en su cabeza como recordatorio de porqué su presencia en esa casa. Era claro que no había ido a quemarse la entrepierna ni a comer espaggettis caseros o a sentarse tan agusto ante un sol caliente mientras mantenían una conversación en la que únicamente hablaba ella. Estaba tan segura de ello, que apostaba que el incidente con su desnudez no estaba ni mucho menos en sus planes. Al menos, esperaba que el hombre no hubiera tenido la menor idea de desnudarse para otros asuntos. Enrojeciendo, desvió la mirada de los dorados ojos.
-¿Despido?- Cuestionó él con voz dura- ¿Desde cuando? ¿Hasta cuando?
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Le miró prepleja y sorprenda ante sus preguntas. Y es que realmente estaba ansioso por hacerlas. No le importaba que aquello estripara su fama. Ya bastante había quedado tocada gracias al asunto del asesino. Hubiera hecho oídos sordos si tras cumplir el tiempo de reposo recomendado por el médico, ella hubiera puesto su lindo trasero sobre la silla de su despacho, pero al contrario de eso, llegó Tachibana con una carta de despido por su parte. Sin más. Y eso era inaceptable.
Primeramente, no podía acerse a la idea de tener que pasar otro examen aburrido con cientos de mujeres interesadas únicamente en él y no en el trabajo. Segundo: se había acostumbrado al trabajo de la chica y tenía las cosas mucho más fáciles que antes, además de una situación distinta en el despacho. En pocas palabras: se había hecho a ella y no quería otra mujer rondando por su despacho. Le gustaba los despistes de la mujer. Su recatada forma de decorar el despacho que tanto agradaron a sus contratantes. Su puntualidad a la hora de cuidarle. No podía ansiar nada más. Era una ridiculez que ella lo tirase por la borda cuando estaba tan cerca de lograr algo mayor. ¿Acaso se había olvidado del pacto con Tezuka por culpa del intento de asesinato?
Era cierto que todavía no se había encontrado al que estaba detrás de todo. Con la muerte de Sanada se perdió también la oportunidad de encontrar al contratista, pero no creía que algo volviera a suceder y creía que las sospechas caían sobre el idiota de su hermano. Si ella no estaba con él ya, ¿por qué olvidarlo todo? Además, por otro lado, tenía que reconocer que el pacto que había hecho con Momoshiro habían cambiado muchas cosas. Demasiadas.
Quizás por ese motivo se había enfurecido hasta el punto de olvidar los ideales que había decidido desde que se había anunciado su falsa relación por los periódicos, y se postró ante la puerta de su piso. Un piso que por lo que le pagaba podría haber abandonado y buscado otro con mejores condiciones que aceptaran mascotas. Sobretodo, con el suvenir que tenía en una cuenta aparte. Claro que para eso, debía de casarse.
La observó por un instante. Se mordisqueó con nerviosismo la uña del índice, esquivándole la mirada. Delgada, con la camisa sucia de espaggettis y los pantalones vaqueros tan ceñidos que sus muslos se notaban sensualmente bajo aquella tela. Desvió la mirada. No se había quedado imperpétuo a la hora de darse cuenta de que realmente era una mujer. Hacía tiempo que se había dado cuenta y no de forma indirecta. Y lo peor de todo es que desde que la vio desnuda en el bañera de su casa no había podido olvidar lo que vio. Era algo que estaba tan a la mano que dolía.
-Bueno... con las noticias y lo sucedido... igual no debería de trabajar para usted más. Estoy segura de que cualquier otra secretaria eficiente podría hacerlo mejor que yo... además yo... yo soy más bien auxiliar de veterinaria... y....
Chasqueó la lengua para interrumpirla. Estaba diciendo tantas tonterías que las encontraba como excusas baratas. Movió una mano para que se acercara. Ella parpadeó con confunsión y en medio de su inocencia se acercó lo suficiente como para que la sujetara sin esfuerzo de los brazos y la sentara sobre sus rodillas. Ryuzaki tembló e intentó levantarse, excusándose, como si aquel suceso hubiera sido por un irremediable tropiezo. Cuando le impedió marchase, se rindió, ocultando su rostro entre sus manos.
-¿Por qué... no me dijo que se marchaba del hospital?
Se encogió de hombros.
-Momoshiro dijo que no querías más visitas- explicó a regañadientes.
Los rojizos ojos brillaron con sorpresa y un leve "ah" escapó forzosamente de la garganta femenina. Había intentado acercarse varias veces a la habitación de la chica, pero una vez las enfermeras negaron la entrada al estar lavándola. Otra, Tachibana lo expulsó a base de patadas y por último, Momoshiro le indicó que Ryuzaki no quería visitas. La verdad es que había estado más preocupado por ella de lo que debiera. Su herida en el hombro y se recuperaría a base de rehabilitación. Pero Ryuzaki había salido más perjudicada. Según le había explicado Takeshi tenía zicatrices en zonas que las mujeres apreciaban ciertamente. Según le había escuchado decir alguna vez a su madre, una mujer con zicatrices era lo más feo que ver, pero no estaba seguro de que así fuera. Todas las mujeres que habían pasado por sus manos eran plástico y carne sin mancha alguna.
Por alguna razón, comenzó a sentir curiosidad por ver lo que la ropa ocultaba y buscar aquellas zicatrices.
Movió la cabeza negativamente. Nunca se había comportado de aquella manera. Con un ansia tan naturalmente sexual que hasta él mismo se diera cuenta y sintiera ganas de alejarse para no parecerse a su progenitor. Quizás, llegaba a ser cierto que la sangre de pervertido siempre explota en un momento dado de su vida o que las mujeres comienzan a ser más necesarias de lo que parece en el momento exacto de la vida de todo hombre. Pero sus manos se negaban a dejar marchar aquel pequeño cuerpo que apenas pesaba sobre sus piernas.
-Yo me refería... a los periodistas, que una vez entraron en mi habitación sin permiso... Si no llega a ser por Ann no hubiera logrado escapar... Momo... debió de confundirse, señor.
-Ryoma- interrumpió frunciendo las cejas. Ella parpadeó interrogativamente- Ryoma- repitio señalándose.
Muchas veces le habían dicho gato arisco y lo comprendía. Pero la chica que tenía sentada sobre sus piernas, aquella a la que había salvado de morir asesinada, a la que había involucrado con su pasado y la que era y quería que siguiera siendo, su secretaria, era una gatita inocentemente tímida que era capaz de tropezar con todas las cosas que tenía delante y no parecía percatarse de todo si no se le decía claramente. Lo malo de todo es que él no era de los que expresaban las cosas a la primera de cambio.
-Se....
Cubrió los rojizos labios con su pulgar en un rápido movimiento. La piel cálida y suave se movió contra la suya, inquietándolo y sorprendiéndose cuando ejerció un leve empujón y una caricia para atormentarlos en la rojez hinchada que se convirtieron. Un suspiro golpeó contra su pulgar. Clavó sus ojos en el centro de sus pechos. Alzándose con nerviosismo y necesidad de aire que privaba su inquietud. Meneó la cabeza negativamente.
-No puedo... llamarle así...- balbuceó contra su piel.
Arqueó una ceja. No lograba comprenderla. ¿Por qué no podía llamarle Ryoma como todo el mundo? Desde que le había conocido le había llamado "jefe" o "señor". Su educación era notable y no se la negaba, pero también debería de empezar a darse cuenta que de vez en cuando no estaba mal dejarla a un lado. Ahora no llevaba las galas por las que debiera de llamarle "señor". Con unas calzonas y una camisa simple no parecía aquel hombre joven que guardaba tantos millones en el banco o aquel que siempre terminaba de mal humor durante una de sus reuniones ejecutivas. Ni siquiera parecía el mismo que días atrás había estado sentado furioso ante un plato de comida, preocupado por tener a su hermano como socio mientras Momoshiro Takeshi intuía su situación.
Y en cuanto a los tontos rumores de aquel periódico del cual verdaderamente sus abogados estaban encargándose, no le había importado demasiado que pulularan por las bocas de los demás como si de agua que corre se tratara. Debería de estar acostumbrado a los muchos lios de faldas con los cuales le habían asociado, o bien por confundirle con su hermano mayor o por equivocarse de mujer. No solía tener la misma mujer dos veces y por alguna extraña razón le apetecía tener a la castaña más de tres. Y todavía no la habia provado.
Apartó la mano de aquella tentosa boca y se acarició el entrecejo, palmeándole el trasero para que se levantara. Ryuzaki, ofendida, tocándose el lugar con sus manos lo miró confusa, avergonzada y bastante molesta por su atrevimiento. Se encogió de hombros y se alzó, tanteándose los calzonas para sacar las pocas cosas que había llevado dentro de los pantalones sucios. Su cartera, un móvil, las llaves del coche y los papeles que Tachibana le llevara. Se los mostró. Ella parpadeó al reconocerlos, afirmando antes de abrir sus ojos con sorpresa cuando los rompio en mil pedazos y los tiró por el balcón.
Se apoyó con las muñecas en la barra del balcón, mirando los trocitos de papel que descendían cual nieve por el pequeño patio y caían sobre el terroso suelo envaldosado con torpeza. Una gran grieta demostraba cuantos años llevaba edificado y la necesidad de una segunda construcción. Rodó los ojos hasta el interior del apartamento. A simple vista y por lo cuidado que estaba podría estar seguro que únicamente la ropa, alguna que otra figurita, los libros y otros enséres pertenecían a la joven. El resto, al piso.
-Mañana a las nueve en la oficina- declaró con voz neutra. Ryuzaki negó con la cabeza y él frunció el ceño para repetirse- A las nueve.
Una mirada de advertencia. Antes de que lograra negarse de nuevo le daría la espalda y buscaría la puerta de salida para marcharse. El atuendo que llevaba bien le podría servir para marcharse hasta su casa, cambiarse y regresar a la oficina para atender algún que otro asunto. Hacía poco se había dado cuenta de que como siempre, Ryoga se había metido en lios con un gran empresario, incluso a la misma altura que Kunimitsu Tezuka y para su suerte, lo único que reclamaba era la secretaria de su hermano, la cual le otorgaría con gran gusto y placer. Cuanto menos tuviera de Ryoga, mejor. Además, su padre ya había dejado claro que la posición de su hermano no iba a ser la que había pensado y ya iba siendo hora de poner en regla al adoptado Echizen.
El sonido de la puerta justo cuando la abría le hizo retroceder y dar de lleno con la frente de la castaña, quien asustada, intentó evitar que él mismo abriera la puerta. Demasiado tarde. La mirada perpleja de Momoshiro los escundriñó con gran atención y borró la sonrisa maliciosa que estaba comenzando a crear cuando le avisó de que si lo hacía su garganta terminaría rota en mil pedazos. Daba gracias que de vez en cuando, su mejor amigo lograra leerle la mirada.
-¿Momo?- Cuestionó Sakuno preocupada- ¿Ha ocurrido algo?
-Aparte de que no me cojas el teléfono desde hace una semana, ignores las notas que te he dejado en el buzón y que ya como último recurso hubiera venido a tirar la puerta de tu casa abajo: Nada de nada. En realidad- puntuó- estaba buscando a Ryoma y algo me dijo que estaría aquí. Bueno, en realidad, quien me lo dijo fue su coche aparcado ante la escalera del edificio- una sonrisa pícara se dibujó en su rostro- Bonito atuendo, Echizen.
Sin respuesta, comenzó a cerrar la puerta ante las narices del sorprendido abogado, quien sonriendo, intervino a tiempo. Como Perico por su casa se adentró y tomó una cerveza de la nevera, mirándoles con curiosidad.
-Sakuno, tienes manchas de espaggetti en la camisa. Deberías de cambiarte. ¿Es que habéis hecho guerra de comida para hacer las paces?
Ryuzaki enrojeció, recorando que la comida todavía estaba algo dispersa y con rapidez, comenzó a limpiar antes de encerrarse en su dormitorio con llave y aclarar que estaba a punto de desnudarse y cambiar de atuendo. Se humedeció los labios antes de dar un respingo al notar algo helado contra su mejilla.
-Mira, no sé qué demonios ha pasado antes de que yo viniera, pero me dejaste claro que ya habías terminado con el asunto- puntuó- así que... ahora vas por libre. Tú decides si quieres acercarte porque te atrae como mujer. Pero sí te lo advierto. He estado a punto de perderla demasiadas veces. A ti sí que te meto un tiro, ¿Estamos? Es lo menos que puedo hacer después de haber recibido uno por ti- le guiñó un ojo, acercándose más hasta llegar en un susurro su voz- Ryoga ha desaparecido.
Parpadeó, rodando los ojos hacia él en un ligero tono de soprensa y pérdida. Sabía perfectamente que Ryoga continuaba ingresado entre las paredes del hospital, custodiado por uno de los hombres de Momoshiro. Arqueó una ceja y Momoshiro se encogió de hombros.
-Eiji fue sedado en un descuido y todavía no ha despertado. Acabo de recibir la noticia. Tengo bagos ideales sobre quién puede habérselo llevado: Tengamos en cuenta que estaba atado de manos y pies y además, sedado. Es imposible que Ryoga lograra escapar. Mucho menos, hubiera sido capaz de noquear a Eiji y sedarlo. Creo que quien fuera estaba capacitado para entrar, si no, Kikumaru no le hubiera dejado escapar. Eso me lleva a la persona que quería matar a Sakuno y contrató a tu querido amigo que en paz descanse. Están enlazados. Ann cree lo mismo- explicó- así que no me baso únicamente en mi presunción.
Afirmó. Desde siempre Ann y Momoshiro tenían ideas diferentes y únicamente cuando estaban de acuerdo en algo es que realmente sucedía. Y, por explicación coherente, él estaba totalmente conforme con la idea de que aquel quien hubiera deseado matar a Sakuno por su compromiso con Ryoga, podría haberle secuestrado. Por un instante, la leve idea de alivio se le apareció en su mente como un sedante a sus preocupaciones.
-Aunque por mí está bien que ese tipo desaparezca- confesó Takeshi terminando con la lata de cerveza- después de lo que hizo, pensaba hacer todo lo posible por tal de que estuviera mil años en la trena. Pero en fin, vosotros sois la familia. Elegiís lo que hacer. Ann ya ha ido a hablar con tus padres, aunque ha sido difícil hacer que se pusieran de acuerdo para una reunión. Desde lo del hospital, cuando fueron a verte, no les he vuelto a ver juntos. Y eso que parecen una pareja explosiva.
Y no podía estar más de acuerdo. Sus padres nunca se peleaban de verdad. Era cierto que solían tener peleas matrimoniales, pero estas siempre quedaban rotas por las acciones del matrimonio, las cuales prefería no saber. Cuando era niño había visto un libro de kamasutra en la mesilla de noche de su padre y desde entonces, aterrado por las imágenes, no volvió a entrar en el dormitorio de sus progenitores a menos que la vida dependiera de ello, como ésta última vez. Si no hubiera entrado, Sakuno y él estarían muertos y criando malvas en lugar de Sanada.
Se encogió de hombros, indicándo claramente que todo quedaba en las manos de sus dos progenitores. Nanjiro era quien debería de cargar con las culpas por todo y presentía que la pelea de sus padres, esta vez, no se arreglaría únicamente con sexo. Bebió de la lata de ponta y se serenó al posar sus ojos en la puerta blanquecina que conducía a la habitación de su secretaria.
-No se lo voy a decir- explicó- no quiero que se preocupe. Creo que está bastante sensible. Para nosotros, que somos especialistas ya ves lo que nos causa haber tenido que matar a hombres a diestro y siniestro, ¿qué crees que sucede con un civil? Seguro que Sakuno se está preguntando cuando vendrá la policía a detenerla.
Sopesó la idea. Quizás aquella misma sensación había llevado a la castaña a desobedecer sus órdenes de que fuera a trabajar. O también, podría existir la mera posibilidad de que se sintiera demasiado temerosa de meterle en otro lio de tal tamaño. Pero esta vez, estaba seguro de que nada así podría pasar, exceptuando lo de su hermano.
-¿Rescate?- Cuestionó, observando el rostro impasible de su mayor.
-Ninguno. Ni una nota de gran importancia. Ya te digo. Lo único que falta en aquel hospital es, tu hermano y una silla de ruedas. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Nada. Todos parecen estar de acuerdo en la nula posibilidad de que lograran llevarse a un paciente por la cara.
-Alguien del interior- puntuó.
-Eso mismo ha dicho Inui. Pero niguno de los médicos había roto su turno y ningún otro había ido al hospital. Ni siquiera a recoger algún informe olvidado. Osakada nos ha ayudado mucho en ésto y ella tampoco comprende cómo demonios lo hizo el raptor. Supongo que es culpa mia: Debí de aumentar la guardia.
Lo dudaba. Con Ryoga maniatado de esa forma era imposible pensar que escapara. Aunque claro está, nadie contaba con el secuestro. Eiji seguramente debió de confiar en la persona para caer tan irremediablemente. No era un tipo mujeriego, pues era un hombre casado y nunca lo había visto filteando con otras mujeres de la misma forma que su padre hacía. Claro está, hacía años que no veía al hombre y solo había escuchado hablar de él por parte de Momoshiro mucho después.
La puerta de la habitación se abrió, dejando paso a la chica. Una blusa ancha oscura y una falda marrón ancha que poco favorecía a lo que antes había mostrado. Demonios, si tenía un cuerpo tan sensual por qué tenía que esconderlo con miedo. Momoshiro sonrió.
-¿Qué planéas hacer a partir de ahora?- Preguntó. Ryuzaki se encogió de hombros.
-Lo de siempre. Intentaré encontrar otro trabajo- señaló agudamente. Él gruñó sin poderlo remediar.
Se guardó las manos en los bolsillos y rodó sobre sus pies antes de mirarla por última vez, abrir la puerta y hablar con voz dura.
-A las nueve.
Y cerró con brusquedad la agrietada puerta. Si horas antes la hubiera golpeado con el puño esta hubiera saltado sin problemas. Se preguntó si realmente la castaña se sentiría en paz en aquel rompible edificio antes de subir a su coche y poner rumbo a su casa. Rinko no le había exigido demasiado por la casa y tampoco murmuró el jarrón roto que tanto había apreciado. La única pregunta que le hizo fue concisa y clara:
-¿Cómo está ella?
No le respondió y tras recibir un gran apretón en su mejilla izquierda, la mujer desapareció. Si realmente fue a ver a Ryuzaki o no, jamás lo supo.
Cuando entró en las paredes de su casa, sus padres estaban en medio de una batalla campal, dudando sobre qué hacer o no hacer. Rinko le mostraba claramente su irresponsabilidad en cuanto a sus hijos y Nanjiro simplemente buscaba una excusa coherente que le ayudara a escapar. Él se encogio de hombros y buscó la salida más cercana hasta su dormitorio. Ya tenía suficientes problemas y quisiera o no, se enteraría de lo que iba a suceder.
Nada más entrar en su habitación se dirigió al desordenado escritorio, buscando una de las tarjetas enlazadas a otro montón. Odiaba tener que usar el teléfono para buscar números de teléfonos y ésto, era la mejor solución. Cuando encontró la tarjeta indicada regresó hasta la altura de la cama, sentándose sobre ésta para más cómoda estancia a la hora de su llamada. Odiaba tener que hacer esas cosas pero, ¿no estaba siendo por una buena causa? No podrían juzgarle....
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Su mandíbula se había desencajado ante la insistencia del hombre. Era frio, directo y también, cabezón. No sabía de qué forma podría decirle que no y tenía que confesar que había logrado aturdirla momentos antes. Jamás nadie le había tocado la boca de aquella manera. Ni siquiera Ryoga había conseguido aquellas sensaciones. No. Tenía que ser sincera. Desde el momento en que todo comenzó, nunca había sido igual con Echizen que con Ryoga. Lo que uno hacía siempre quedaba empañado por el otro. Y ahora, no tenía con quien compararlo y cubrirlo y el molesto ardor de su boca continuaba insistiendo en lo que había ansiado durante su estancia sobre las firmes piernas masculinas.
-¿Y bien?- Repitió Momoshiro pasando una mano ante su rostro- ¿A qué viene esta pelea entre vosotros? Primero os salváis la vida y ahora le odias a muerte.
-No le... No le odio- aclaró, caminando hasta el sofá con deseos de detener a sus temblorosas piernas- solo es que... no creo que sea recomendable trabajar nuevamente para él después de lo sucedido. No quiero meterlo en más lios. No quiero...- suspiró, confesándose- abusar más de su bondad.
Momoshiro estalló en carcajadas limpias, tirándose sobre la alfombra como un niño pequeño. Cuando pareció haber terminado con la diversión se apoyó en sus rodillas, mirándola con incredulidad.
-Realmente eres inocentes, pequeña Sakuno- expresó- creo que necesitas saber más de los hombres, especialmente de Ryoma Echizen. Ese tipo no es ningún santo. ¿Abusar de su bondad? ¡Ryoma Echizen no tiene bondad! Siempre parece serio y perdido, pero realmente está pensando en sacar el mayor provecho y reirse orgulloso de sus beneficios. Es un tio Gilito en humano. No quiero decir que adore la fortuna, pero por tal de derrotar a su padre, será capaz de todo y más.
-Él es bueno- defendio ofendida- si no lo fuera no me habría ayudado... ahora yo estaría muerta. Es cierto- reconoció- que lo hizo porque también su pasado estaba entre medias, pero no se dignó en preocuparse solo en eso y me defendió.
-Te dejó que mataras al asesino tú- objetó Takeshi encogiéndo de hombros- además, fíjate lo bueno que es que ahora no se ha inmutado ni un ápice con la noticia que le he dado sobre Ryoga.
-¿Noticia? ¿Ryoga?
Takeshi se mordió el labio inferior, golpeándose la frente al darse cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Se movió inquieto por la sala tras levantarse y la miró con un suspiro escapando de sus labios.
-Ha sido secuestrado. Poco después de que saliérais del hospital- explicó- y nadie sabe quién puede habérselo llevado. Ni siquiera hemos recibido una llamada de rescate o aviso. Creemos que la persona que lo ha secuestrado tiene que ver con tu intento de asesinato. En el celular que encontramos del asesino, Sanada, había gravada las conversaciones de todos aquellos que se implicaron con el sujeto. Una voz distorsionado había detenido tu asesinato justo antes de que entrara en la casa de los Echizen. No hemos podido localizar la voz ni la llamada.
Llevó sus manos hasta su boca. ¡Santo cielos! Y pensar que ella misma había tratado mal a aquel hombre y ahora estaba secuestrado. La ligera idea de secuestro que tenía era llanamente como la que ella había tenido. Claro que Ryoga tenía el cuerpo más duro que ella y no le importaría tener alguna que otra cicatriz en su cuerpo. Pero aún así, eso no quitaba que pudiera morir. Momoshiro pareció perplejo ante sus locas ideas, claramente dibujadas en su rostro.
-No te preocupes. No creo que nadie mate a ese tipo si no ha muerto ya. Tiene más suerte que la cucaracha esquivadora de mi baño- bromeó- venga, no te preocupes, en serio. Además, Ann ya está trabajando en ello y igual yo olvido que estuvo a punto de matarme y le ayudo también. Tú preocupate en vivir tu vida hacia delante. Echizen no es tan mal partido. Si dices que has visto su lado bueno, es que has visto más en él que cualquier otra mujer podría haber visto.
-¿Es un trabalenguas?- Protestó avergonzada.
-No. Es un deseo. Quiero que seas feliz. Después de lo que ha pasado, creo que Echizen realmente será capaz de abrirse más a ti. Estoy cansado de verlo caminar como un zombie en busca de alguna mujer que termine de golpear su corazón. Ahora- recordó- no me quieras hacer ver, a mí, que tiene esa bondad. Quizás, por ser hombre, no la veo. En fin. Ves mañana a las nueve a su despacho, ayúdale e intenta convencerte de que es un buen partido. Comparado con Ryoga, ¿no crees que el hermano menor es una joya? Además, si le dejas: ¿Con qué cara tendré que mirarle yo a partir de ahora tras haber sido quien os presentó?
Reconoció que tenía razón en ese dato. Dejar de ir a trabajar con Echizen acarrearía hacerle un feo a Momoshiro con las muchas cosas que había hecho por ella, no podía hacerlo. Takeshi había estado a punto de morir por su cuerpo y perder aquello a lo que más amaba. Había golpeado a los medios y casi al médico por sus torpes ideales. Afirmó con la cabeza.
-Iré.
Por ese motivo, cuando se encontraba ante las puertas del gran edificio intentó convencerse de que hacía lo correcto. Lo vio abrir las puertas, enguantado en su traje negro y camisa blanca, observándola de reojo con una sonrisa orgullosa tras haberse salido con la suya. Aunque frunció el ceño cuando ambos subían por el ascensor y observó su atuendo. Larga falda marrón adornada por la parte superior por un chaleco sin mangas escozés y una camisa antigua amarillenta. Y, por supuesto, sus grandes lentes. Le entregó una bolsa de plástico antes de encerrarse en su despacho, en espera de su entrada con la agenda. Todo era como constumbre.
Él traía el desayuno que no estuviera adornado por ninguna clase de café y las visitas eran las que tenía que preocuparse por debatirse con el asqueroso sabor de la cafeina entintada con leche. Entonces, ella le entregaba el correo cuando éste llegaba y le recordaba sus citas. Pedía la comida a domicilio para dos. Él comía en el despacho y después dormía una corta siesta en la cual ella, mientras dejaba a la mitad su comida, le arropaba para regresar a comer y atender las llamadas telefónicas. Él salía por la tarde y ella se encargaba de decorar el despacho con velas aromáticas y colocar los ficheros, para después, sentarse ante el ordenador y revisar su trabajo sobre el eslogan para Kunimitsu.
Entonces, llegaría la hora de marcharse: Las ocho de la tarde. Pero su inoportuno jefe había puesto el grito en el cielo mientras ojeaba unos documentos y la habia llamado con un simple gruñido que había formado su nombre. Suspiró. Y pensar que aquel hombre la había llegado a impresionar y hasta hacer su corazón latir a mil por hora. Parecía mentira que en un solo día hubiera logrado olvidarse de todo cuanto había sucedido.
Cuando entró en la sala la radio que había sobre una de las estanterías anunciaba un comercial sobre una lavadora y detuvo sus invitaciones a comprar para anunciar las noticias. Ryoma Echizen pareció todavía más furioso cuando rodó sus ojos hasta el aparato y antes de que tuviera un mal final, apagó la radio. Había que reconocer que el hombre era bueno a la hora de utilizar su grapadora contra objetos que lo molestara. Seguramente, si no lograba sacar beneficio de su carrera, bien podría ser un buen tenista, deporte del cual había visto que era forofofo.
Buscó con la mirada la causa de la rabia del hombre y ella misma puso los ojos en blanco al ver aquel documento. Ninguno podría creerse que algo así sucediera. Una de las muchas instalaciones a las que pertenecía había sido cerrada a cal y canto por las autoridades. Sin razones convincentes denunciaban al hombre de contrabando y ansiaban su presencia en el lugar antes de tres días. Si no iba, sería acusado de prófugo y buscado por las autoridades. La miró, con sus ojos dorados brillando en rabia.
-Anula todas las citas y pide dos billetes de avión. Nos marchamos.
Parpadeó.
-¿Para usted y un acompañante?- Cuestionó, creyendo no haber comprendido bien.
-Tú y yo- aclaró bufando mientras se sentaba completamente exausto sobre su silla de cuero negro. No aceptaba negación.
Había escuchado decir siempre que tras la tormenta llegaba la calma. A esta familia, desde luego, ese dicho no le iba como anillo al dedo. No parecían dejar de entrometerse en problemas. La mera idea de tener que ir con él la inquietó lo suficiente como para dejar caer con torpeza el teléfono mientras hacía las reservas de los billetes y rezó porque no se quejara por su falta de acción como las demás personas. Las palabras de Momoshiro le quemaban las sienes. Ladeó repetidas veces la cabeza con claras ideas de dejar escapar la idea de que realmente Echizen fuera tan frio como para esquivar a su hermano secuestrado y no hacer nada. No era tan frio. Si bien por fuera no exteriorizaba, por dentro seguro que estaría preocupado.
-¿Y bien, señorita? ¿Puede repetirme el DNI de los dos pasajeros?- Repitió la voz molesta de la recepcionista.
-Ah, sí. A punte: 43...
Se había tenido que aprender su DNI y el de su jefe a medida que había trabajado con él en el poco tiempo. Por suerte, aunque era despistada tenía buena cabeza para recordar según qué cosas. Todavía no podía creerse que fuera a salir de la ciudad.
-¿Destino?- Cuestionó de nuevo la voz. Rodó los ojos. Eso, sí que era un grave error. Intentó recordar las señas de la carta, siendo nula su intención.
-El aeropuerto D. Pide un coche también.
Se volvió hacia la puerta. Echizen la miraba con cierta nota de diversión mientras descansaba su hombro contra el quício de la puerta, manteniendo sus manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Afirmó con torpeza y demandó lo indicado a la mujer. Por suerte, su enfado no fue tan grave cuando pareció reconocer a la persona que pagaba todo el viaje en conjunto. Colgó tras tener todo asegurado y casi se desmayó al recordar entonces que no estaba sola.
-Oh, cielos. ¿Y Gold? No tengo con quien dejarlo y no avisé de que llevaría un gato.
-Él...- pareció dudar un momento, humedeciéndose los labios cual diablo que acababa de hacer algo- estará bien. ¿A qué hora es?
-El vuelo sale dentro de tres horas, señor- explicó no muy convencida- con su permiso, iré a casa a buscar algo de ropa.
-No- detuvo dándole la espalda- Termina tu trabajo aquí.
Jadeó asombrada. ¿Cómo pensaba que le acompañara con una única muda de ropa? Era imposible. Sin embargo, no logró protestar. El teléfono irrumpió sus pensamientos y recordó que todavía tenía citas que anular y preparar una nueva agenda para el viaje. Cerró el proyecto de su eslogan y suspiró derrotada antes de terminar con aquel trabajo más acelerado que nunca, hasta que una hora pasó sin que se diera cuenta y él, la arrastró hasta el aeropuerto, con claras ideas de marcharse en el vuelo seleccionado.
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Cerró el ordenador y se estiró sobre sí misma antes de recoger el arma y colocarla en la cartuchera. Su compañero de mesa la miró con una sonrisa indignada y ella se encogió de hombros.
-Creí que habías terminado con los Echizen finalmente, ¿no?
-Eso creía yo también- respondió colocándose la chaqueta de lana fina- pero no puedo quedarme de brazos cruzados, haciendo que otro castigue al que debería de castigar yo misma.
-Entonces, no te detendré. Cualquier cosa, dímela. Sin Kirihara por aquí, seguro que volverás a necesitarme.
Suspiró ante el engreido hombre que no tenía más que razón. Ellos dos eran, al parecer, los únicos que recordaban el paso del hombre por la comisaría. Ni siquiera su superior parecía querer hablar sobre ello y no dudó en pensar en algo de chantage. Pero cuando le preguntó a Momoshiro no ayudó nada. Éste hizo oídos sordos, acusándola de cotilla y recibiendo un buen golpe en su estómago como castigo por su apodo.
-¿Ya estás?
Alzó la mirada hasta la figura masculina, afirmando. Recogió sus informes dentro de la carpeta roja que había permanecido abierto hasta entonces, y caminó hasta él con claras ideas de marcharse a su casa. Su estómago le gruñia por falta de alimentos. Tras regalarle un beso en los labios y dejar que la cogiera de la cintura, caminó a su lado hasta el coche cercano, descansando sobre el asiento con grandes ganas.
-Sigues emperrada, ¿eh? Deberías de dejarlo ya. Es Ryoga, ¿qué más da lo que le pase después de lo que estuvo haciendo?
-Por dos razones, Takeshi- objetó molesta por tener que dar explicaciones- la primera: No puedo perdonarle que intentara matarte para llevarse a Sakuno. La segunda: Si le encuentro a él, encontraré a la persona que contrató a Sanada para asesinar a Sakuno.
-Me gusta más la segunda que la primera- aclaró con cierto toque ruborizado en su voz- pero me sigue pareciendo demasiado sospechoso.
-¿Eiji ha despertado?- Cuestionó con cierta esperanza. Él afirmó.
-Ha despertado y le he acribillado a preguntas. Está tan deshorientado y se siente tan torpe que apenas sabe qué decir. Según lo poco que me ha dicho, él estaba haciendo guardia como debía y la enfermera que solía limpiar a Ryoga acavaba de marcharse- hizo una pausa para poner en marcha el motor y hasta que el ronroneó de éste no los cobijó, no continuó-. Dijo que se compró algo para cenar, dejando al custodio al guardia de seguridad del hospital y cuando regresó, Echizen todavía estaba en la cama, maniatado y dormido como lo teníamos hasta la hora de su juicio. Se dio la vuelta y ahí, perdió el conocimiento. Nada más.
-¿Nada más?- Exclamó tan incrédula que falló al colocarse el cinturón de seguridad. Lo miró perpleja- ¿Y el atacante? ¿Tan rápido se movió que ni siquiera aquel que tiene la mejor visión de tu grupo no fue capaz de verlo?
Takeshi afirmó, cerciorándose del manejo del vehículo con sumo cuidado.
-No solo eso. La visión, la lentitud, la rapidez y encima, la precisión a la hora de sus movimientos. Eiji no fue capaz de vencer contra ésto. Según Osakada, la injección que le habían colocado no es solo un sedante, también nubla ciertos sentidos y cree que realmente, Eiji no perdió el sentido al instante. Si no que lo que le hizo fue negarle sus sentidos.
-¿Negarle los sentidos....? Eso quiere decir- dedujo- que impidio que pudiera moverse, ver, sentir y escuchar mientras él o ella desataba a Ryoga Echizen, lo sentaba en la silla de ruedas y se lo llevaba del hospital.
-Considerando el peso del cuerpo dormido de Ryoga Echizen, quien mide un metro ochenta y cinco y pesa casi ochenta kilos de músculos fibrosos... no creo que fuera una mujer- opinó.
-Ann, tu misma eres capaz de lanzarme a mí sin problemas- negó Takeshi cauteloso- eso sería fácil.
-Pero siempre tiene que haber un eje que ayude a moverte. Nosotros solemos utilizar el impulso del contrario para poder detenerlos. Pero cuando no existe ese eje golpeamos en lugar de mayor accesibilidad... y...- una idea le vino a la mente- La silla de ruedas. La silla de ruedas no fue utilizada para sacar a Ryoma Echizen del hospital. ¡Takeshi! La silla de ruedas fue el eje que el secuestrador uso.
-Y eso no descartaría entonces al sexo femenino, ¿verdad?
-¿A dónde quieres llegar?- Cuestionó frunciendo el ceño. Sabía que Momoshiro era a veces un hombre machista, pero no creía que tras lo mucho que había visto continuara creyendo que las mujeres eran moco de pavo, incapaces de asesinar a cualquiera.
-Me refiero a que un hombre que pese, mida y tenga menos musculatura que Ryoga, podría necesitar ayuda de la silla de la misma forma que una mujer la necesitaria.
-Eso tiene sentido. De nuevo volvemos a estar liados con el sexo, aunque el método más o menos lo tenemos. Seguramente, tras descenderlo, usó la silla para bajarlo hasta la parte trasera del hospital, que es donde encontramos una silla que no cuadraba en los registros del hospital. Ahí, debió de tener la otra silla, la que falta en el historial, esperando. Usando los frenos de la silla y de nuevo, ésta como eje, le sería sencillo volver a trasladar el cuerpo del hombre.
-A menos, que entonces sí tuviera ayuda- señaló el ojos lilas deteniendo el coche ante su vivienda- ya tienes un móvil o al menos, una manera de cómo lo sacaron. Ahora dime. Si Eiji no fue dormido en el momento exacto, solo aturdido, ¿por qué se tomaría la molestia en volver a tumbar a Eiji en la cama donde había estado Ryoga? Y no me digas que para que la máquina que controlaba sus constantes vitales no saltara. Porque entonces, tendría que haber tres sujetos. Dos abajo con el cuerpo de Ryoga y tres, el de arriba con Eiji.
-A menos que dejara a Eiji ya en la cama.
-Pero Ann, entonces, no le habría sido tan sencillo subir a Ryoga a la silla, por mucho que ésta tuviera los frenos.
-Podría haber usado las cortinas que rodea la cama- opinó alarmada- Eiji en sí no era un peso muerto. También he ojeado su historial médico y según pone, ese calmante que adormece los sentidos y tarde en causar el estado sopor, permite que las partes del cuerpo se muevan como respuesta. Es decir: Usaron los puntos sensibles de los nervios para hacer que Eiji, junto a las cortinas como soporte, se tumbara él mismo sobre la cama. Una vez en la cama, le colocó los chupones a Eiji y la máquina no saltó. Seguramente, también la habría manipulado anteriormente para tener un margen de tiempo.
-¿Eso se puede hacer?- Interrogó incrédulamente divertido el abogado.
-Si sabes de esos aparatos o estás acostumbrado a trabajar con ellos, creo que sí. Pero vamos, todo esto solo es una deducción que nos lleva al mismo lugar: Él o la secuestrador-a está dentro del hospital. Y tengo las dos formas posibles de haberlo hecho. Si encima, conocía dónde estaban las cámaras era más sencillo todavía, confundiendo a la vez a los guardias de seguridad y cambiando las cintas. Algo tan simple que hasta un niño pequeño deduciría.
Takeshi rió a carcajadas, sacándola de sus pensamientos. Lo miró arqueando las cejas en una cara claramente de sorpresa y molestia. No había dicho nada gracioso. Cerró la puerta de la casa con el talón y esperó, cruzándose de brazos en espera de que le contara el chiste. Se estaba tomando esto muy en serio, simplemente por el hecho de partirle la cara a la persona que contrató al asesino y estuvo a punto de quitarle dos de las cosas que más quería. Momoshiro se cayó de golpe, abrazándola con ternura y besándole la frente.
-Siento envidia- susurró tan bajo que tuvo que agudizar el oído para poder comprenderle- Amas tanto a tu trabajo que te estás divirtiendo entre deducciones y terminas por arrastrarme contigo en ellas y termino también deduciendo cosas sin sentido. Para serte sincero, Ann, me importa un bledo ese estúpido de Ryoga Echizen. Pero fuera quien fuere atacó a uno de mis hombres y está implicado con Sakuno. Por eso te comprendo.
-Espero que no vuelva a intentar nada contra Sakuno- rezó preocupada.
-Y no creo que lo haga. Ya tiene lo que quería: A Ryoga. Además, Sakuno ahora está inmersa en un mar de sentimientos dudosos con su jefe. ¿Te puedes creer que me ha dicho que Ryoma es bondad?
Estuvo a punto de dejar escapar una risotada, la cual apagó en su garganta con esfuerzo, empujando al hombre con intentos de descansar en el sofá.
-Supongo que las mujeres en cierta etapa vemos cosas de un hombre que otros no ven.
-Eso nos llevaría a pensar que Sakuno está cayendo en las redes masculinas de Ryoma, ¿Verdad?- Preguntó con entusiasmo infantil el hombre que había comenzado a quitarle los zapatos, sentando sobre la mesita pequeña del salón- La verdad, me preocupa.
-¿El secuestro?
-No, su situación. Ryoma es tan... tosco y torpe que creo que la frase: " te amo tanto que hasta soy capaz de hacerte daño por tal de que me mires solo a mí sin darme cuenta", puede ser un gran entusiasmo para él. Seguro que ni siquiera se ha dado cuenta de que está enamorado. Seamos sinceros, Ann- chasqueó la lengua- ¿Por cuántas mujeres habría hecho todo ésto Ryoma? Por ninguna. No se habría sacrificado y mucho menos la habría ayudado. Yo creo que lo que comenzó como un juego se está convirtiendo en algo muy serio entre ellos y son tan inocentes en el amor que no se dan cuenta.
-Sakuno ya ha vivido una burbuja con Ryoga, igual está dolida por muchas cosas y piensa también, Takeshi, que tiene miedo. Matar a un hombre por pura superviviencia, no es nada sencillo.
Gimió de alivio cuando las manos masculinas comenzaron a masajear sus doloridos pies, relajándose como un flan sobre el sofá de cuero negro.
-¿Tú crees que solo se refugie en Ryoma por que tiene miedo y ha visto que él la puede proteger?- Cuestionó el hombre frunciendo las cejas sobre sus dos brillantes ojos. No tardó en averiguar que algo escondía.
-¿En qué te basas para que mi idea no sea correcta?- Quiso saber.´El sonrió abiertamente, gustoso de su pregunta.
-Los he pillado infragantis- canturreó- Ryoma había ido hasta el piso de Sakuno y no estaba para nada en traje y chaqueta. Unas calzonas y camisa. Y ella vaqueros y camisa. ¿Desde cuando Sakuno se viste así para estar con un hombre? y también, ¿cuántas veces ha ido Ryoma a visitar a sus secretarias a sus casas porque éstas le hayan dado el pasaporte?
-Será el despido- corrigió perdida. Takeshi chasqueó la lengua.
-Ann, deberías de modernizarte. Se dice "dar el pasaporte" cuando no quieres saber nada de alguien.
-Yo prefiero otros medios.
-Lo sé. Tus medios son dejarlo tirarlo y coger un vuelo que sabes que él nunca descubrirá y es tan idiota de no responder a tus espectativas porque si no le dices las cosas claras, no se entera.
Hundió el labio superior en molestia.
-Parece que la conversación se ha torcido al pasado, ¿no crees?- Protestó- Venga, Momoshiro, perdóname de una vez. Ahora estoy aquí, ¿Sabes? Y tienes mis pies entre tus manos, ¿qué no es una buena señal?
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Jadeó, de forma dolorosa. Sentía todo su cuerpo pesado y dolorido. No podía abrir sus ojos porque algo los presionaba tan fuerte que creía que terminaría por sangrar. Sus manos parecían continuar maniatadas contra una cama y sus piernas por igual. Por la sensación que podía sentir en el resto de su cuerpo, algo húmedo y caliente estaba rozándole desde la pierna hasta la ingle.
-¿Quién....? Si estoy en un hospital... ¿por qué tengo que tener los ojos vendandos?... ¡Ey!
Las caricias a su piel cesaron. Solo el frio silencio hasta que una puerta se cerró, al parecer, a su izquierda. Desorientado no sabía correctamente qué hacer. No es que tuviera demasiadas opciones, pero tampoco podía decir que todo estaba bien. La puerta de nuevo se volvió a abrir y el sonido de unos pasos hasta su costado izquierdo, le hizo tensarse por completo. Si al menos no estuviera maniatado...
Un suspiro golpeó contra su cuello y algo húmedo y caliente, muy diferente al tacto anterior, rodó por su mentón hasta su boca. No tardó en reconocer la suavidad que golpeó contra sus labios en un beso demasiado caluroso para su gusto. ¿Y si era un hombre el que lo estaba besando? Por tan solo la idea su estómago se revolvió y no consiguió retener la arcada. Sintiendo su propio vómito correrle por el cuello y las mejillas, tembló ligeramente al sentir algo puntiagudo clavarse sobre su brazo derecho.
-Espero no tener que seguir sedándote... quiero que me correspondas como debe de ser.
A penas logró entender la frase. Ni siquiera reconocer la voz del hombre que había hablado. Su cuerpo cedió al cansancio y nuevamente, la oscuridad lo abdujo, cobijándolo en la tranquilidad del sopor ausente del sueño.
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Notas autora:
Sí, han sobrevivido y cada uno tiró por un lado diferente por culpa de una equivocación. No he querido explayarme en el hospital, la verdad, porque no me apetecía. Sí se podría haber sacado mucho carne de ahí, pero bueh ¬¬, no apetece y no tenía la cabeza para pensar demasiado. Así quedó éste capítulo.
Alguien raptó a Ryoga y éste alguien tiene que ver con Sakuno, la cual ya tiene suficientes problemas consigo misma. ¿Qué ha tramado Ryoma? ¿Qué sucederá durante el viaje? ¿Ann encontrará a Ryoga? ¿Quién lo ha secuestrado? Muchas cosas ya se solucionarán.
Recuerden, déjenme sus dudas :3. Aquellas personas que lo hagan sin estar conectados, no piensen que no les respondo porque no quiera, es que la página no tiene dónde contestar a estos mensajes. Gracias.
