Hi. Nuevo capítulo. Muchas gracias por regalarme cien rw, estoy muy emocionada. Me esfuerzo mucho en continuar y son un estupendo regalo. Sin más, les dejo el capítulo. Nos vemos abajo.

Aviso: ooc en Ryoma.


Le dolía la cabeza una barbaridad. Había trabajado más rápido de lo que nunca había tenido que hacer para terminar todo antes de ser arrastrada al aeropuerto y como único petate llevaba su bolso. Ryoma Echizen se había negado rotundamente a dejarla ir a su casa con la excusa de que era mejor llegar antes que tarde. Se había preguntado una y otra vez por qué decidía ir en un avión con pasajeros cuando él tenía sus propios medios de transporte, tal y como le había asegurado días atrás en el avión privado que los llevó a España.

Terminó de comer el bocadillo que había tenido que comprar para poder tomarse una pastilla que le aliviara el dolor de cabeza lo suficiente como para no tener que lidiar una batalla nula con los oídos cuando el avión se alzara. Cuanto menos dolor tuviera, mejor. Esperaba poder seguir el ritmo de su inquieto jefe, el cual no parecía ser capaz de estarse quieto, al menos, hasta que logró atrapar una caja de cigarrillos de una máquina expendedora y ahora estaba fumándose uno en la terraza que daba a la pista de aterrizaje. Ella odiaba el tabaco y por ese mismo motivo no le había seguido. Se había asegurado de comprar una caja de caramelos mentolados, esperando que el hombre aceptara la idea de tener un aliento más considerable cuando hablara con alguien y no apestar al asqueroso olor del tabaco ¿Es que la gente no se daba cuenta de que olían mal y era desagradable?

Intentó girar el tapón de la botella de agua, quejándose cuando éste no solo la hirió en la piel sino que continuó pegado. Murmulló una queja entre dientes y comenzó a llevar la botella hasta su boca. Cuando no podía con las manos tenía la fea manía de abrir las cosas con los dientes. Abrió los labios y se preparó, quedando en babia cuando la botella fue raptada de sus manos. La siguió hipnotizada y sorprendida, encontrándose la mirada dorada de su jefe, abriendo la botella sin esfuerzo y entregándosela después para cambiar el objeto por la cajita de caramelos, tomando dos de ellos.

-Gr… gracias- agradeció todavía ida- no podía abrirla y…

-Te los romperás- la interrumpió encogiéndose de hombros- debilucha.

Estaba tan dolorida que ni siquiera pensó en moverse para rechistar. Engulló la pastilla y bebió rápidamente, tosiendo cuando ambas cosas traspasaron su garganta. Echizen se había alejado hasta una de las ventanas, chupando los caramelos y con las manos dentro de los bolsillos. El avión se retrasaba y ya se encontraban en la sala de embarque, esperando. Cuando se había enterado de que el avión llegaba retrasado, los nervios del empresario se tensaron como un animal apresado. No. Se había dado cuenta anteriormente que tenía dosis de animal. Era una especie fuera de lo común.

Cuando logró alejar la mirada de la ancha espalda cubierta por una de las muchas chaquetas de traje que le había visto vestir, recordó que debía de limpiar cuanto había utilizado. Desgraciadamente o por suerte, no era una de esas personas a las que le daba igual si dejaba una servilleta sobre al asiento de madera en el cual estaba sentada, o si una miga de pan se le había caído junto a un trocito de tomate.

-Señores y señoras, por favor, les ruego que vayan preparando sus billetes. Se indica que los primero en pasar serán los portadores de los números del 16 al 21, gracias. Aquellos que tengan billetes de primera clase, por favor, acérquense los primeros.

Casi no tuvo tiempo de dar un paso hacia atrás cuando la gran manaza del hombre la estaba sujetando del brazo y estiraba de ella hacia el mostrador, entregando los billetes a una de las muchas azafatas. Acto seguido, ambos fueron acompañados por la misma hasta el interior del avión, en la parte más lujosa y cómoda. Los asientos no se encontraban apelmazados. Una vez te sentabas no tenías que sentir como tus rodillas quedaban fijas contra la dura parte trasera del sillón de enfrente. Una barra de bar descansaba debajo de una pantalla de plasma en la que ponían anuncios sobre vestidos y joyas caras.

Tragó casi asustada. Esa visión era peor que la que tuvo en el avión de Ryoga. Giró su cabeza para poder ver al hombre que se acomodaba en uno de los sillones, bajando una de las almohadas ocultas en un cajón, para demostrar claramente que pensaba dormir durante todo el trayecto. Se sintió tremendamente agotada. ¿Cómo podía estar como un nervio y de repente mostrarse como si nada?

Observó el asiento continuo, sabiéndose dueña de él. Lograba escuchar la entrada del resto de pasajeros en el avión, peleándose por los asientos. Fue así como se dio cuenta de la verdad: Nadie más que ellos iba en ese vuelo en primera clase. Rebuscó el ticket del billete rápidamente, pasando su mirada del papel a él, quien esbozó una sonrisa divertida. Se había burlado de ella. Ahora comprendía las prisas de los trabajadores cuando vieron que el avión llegaba tarde.

-También es de su familia este avión, ¿verdad?

Echizen ensanchó su sonrisa. Boba y tonta, se dijo. Ahora comprendía también por qué la recepcionista que la había atendido se dio más prisa de lo normal a la hora de tenerles un billete.

-Bien, entonces, ¿puedo sentarme donde guste?- Preguntó con esperanzas de que su voz saliera tan molesta como se sentía. Echizen afirmó con la cabeza sin abrir ni siquiera los ojos- perfecto.

Buscó los asientos más lejanos y traseros. Donde no lograra ver nada más que el asiento y nada del jefe tan egoísta. Aquel que ni siquiera le había dejado recoger algunas de sus pertenencias y la hacía estar viajando con ropas sucias, sin ducharse y agotada. Oh, venditas toallitas del retrete que al menos pude usar, pensó gimiendo de vergüenza.

Se adentró hasta que la espalda le dio contra la pared beige del avión, bajó la pequeña almohada y cogió la manta que vio perfectamente doblada sobre el asiento del medio. Desde luego, cómo cambian las cosas cuando uno de los dueños está presente. Descubrió que el posa brazos que separaba los asientos se podía levantar y sonrió divertida cuando lo hizo, estirando las cansadas piernas sobre los dos asientos y dejando la bolsa en el suelo, cerró la persiana de la ventanilla, esperando poder dormirse.

Y lo consiguió. Nada más que sus ojos se cerrasen perdió la conciencia en el mundo de los sueños. O bien, en el de las pesadillas. Soñó con Gold, muriendo por falta de comida. A su casera tirándole todos los trastos fuera de su casa, exigiendo un pago que se le debería tarde o temprano. En el gran traje que continuaba dentro de la lavadora y a Echizen cobrándole una gran suma de dinero por ello, para después estrangularla hasta que se quedaba sin aire. Pero no, no era Ryoma Echizen, era Ryoga Echizen. Él la asfixiaba hasta el punto de no sentir sus tiesos dedos en su pescuezo, incitando a la muerte a acercarse mientras él le gritaba una y otra vez que la estaba traicionando.

Casi le costó abrir los párpados pero cuando jadeó e inclinó la cabeza hacia delante para coger una bocanada de aire, sabía que estaba más que despierta. Pero algo continuaba presionándole el cuello. El avión estaba completamente a oscuras excepto por las luces de emergencia y la de la cabina del piloto, situada en el centro del pasillo y que un carrito de comida interrumpía su entrada. Rodó los ojos más acostumbrados a la tenue luz hacia aquello que parecía presionar su cuello adrede. Sabía que no soportaba dormir con las ropas de la cama por encima del cuello por lo mismo. Pero para su sorpresa, no era la manta lo que le estaba cubriendo su cuello.

Una mata de cabellos que desprendía calor. Una leve respiración que golpeaba contra uno de los botones de su camisa, una mano que descansaba entre uno de sus senos y su vientre, sujetando sus gafas con sumo cuidado y una larga figura que se acurrucaba junto a ella en los sillones, manteniendo sus piernas por encima de las contrarias. Casi se estremeció en la lucha de ver la mejor manera de entender eso. ¿Por qué un hombre de veinticinco años estaba acostado en su regazo acurrucado igual que si de un niño de siete se tratara?

Sentía la caliente mejilla apoyarse sobre su seno izquierdo moverse en cada una de las respiraciones soñolientas del hombre, inquietándola al instante. Suspiró con fuerza en un intento de calmarse y miró a su alrededor. Alguien pareció darse cuenta de sus movimientos pues antes de que se diera cuenta una azafata ya se encontraba delante de ella, esperando.

-¿Puedo ayudarla en algo, señorita?- Preguntó en un susurro tan bajo que casi necesitó girar la cara para poner su mejor oído.

-¿Qué hora es?

-Falta media hora para que aterricemos- contestó la mujer sin más, antes de marcharse.

Le dio un último repaso a su jefe y se marchó por donde había venido. Casi se preguntó si no sería un sueño. Al menos, había sacado algo bueno. Media hora. Eso indicaba claramente que estaban llegando de noche y que era oportuno dejar al hombre dormir el mayor tiempo posible. Decidió quedarse quieta y pensar en otra cosa. Al parecer, él necesitaba más horas que ella para descansar. Si era de día todavía cuando se subieron al avión, contaba con que hubieran pasado ya cinco horas hasta que oscureció para que ahora el avión se encontrara surcando las nubes en completo silencio.

Esperó pacientemente. Él había pedido un coche también y si mal no recordaba, no había insistido en que éste llevara un conductor. Eso significaba claramente que él tenía pensamientos de conducir. Oh, oh. ¿Él tenía carnet de conducir? No lograba recordarse de eso. Si esa conversación había pasado alguna vez delante de ella había perdido claramente el hilo.

Se centró en debatirse si bien podría montarse en el coche de alguien que ni siquiera tuviera carnet y estar al punto de la muerte… de nuevo. Él la sacaba para volver a meterla. ¿Sería realmente así?

Cuando se quiso dar cuenta, el suave balanceo de las ruedas al chocar contra el asfalto para mover el gran aparato por encima de la carretera que los llevaría hasta la terminal, su jefe despertó. Tardó bastante en darse cuenta que ella no era ningún cojín y cuando se incorporó la miró fijamente mientras intentaba descubrir por qué había sido despertado de tan cómodo descanso. Cuando se percató de las gafas en su mano izquierda la miró arqueando una ceja, alternando la mirada hasta el lugar donde él había estado sentado anteriormente.

La azafata caminó hasta ellos, con gesto preocupada en la cara.

-¿Se encuentran bien?- Preguntó- no es que haya sucedido nada especial, pero usted es sonámbulo y no creo que sea bueno que se haya despertado de golpe.

Su superior pareció tan sorprendido como ella. ¿Sonámbulo? Había estado durmiendo a su lado y sabía perfectamente que no se movía de la cama por nada del mundo. Estuvo cuidando de ella. ¿Era probablemente esa razón la que lo ató a un lugar fijo? Pero si fuera así, ¿por qué había ido hasta ella para acurrucarse como habría hecho en los brazos de su madre? Le inquietó conocer la respuesta.

Comenzó a recoger las cosas. Guardó la almohada en su lugar y dobló en un intento vano de hacer cual estaba la arrugada manta, dejándola en su sitio tras descender el posa brazos. Ryoma le extendió las gafas con cierto desagrado. Ya se había dado cuenta que él odiaba las lentes en su rostro y que procuraba no prestar gran atención cuando las llevaba, aunque fruncía el ceño cuando así era. A ella le gustaba llevarlas y era suficiente.

Se agachó para recoger el bolso y la azafata los guió hasta otra puerta muy diferente de la que habían entrado.

-El coche les estará esperando abajo- informó.

-Hum.

Él solo inclinó la cabeza en un gesto ausente y ella le hizo una reverencia como agradecimiento. Bostezó y aceptó las llaves que le entregó otro azafato cuando descendía por la gran escalera. Se detuvieron. Casi dio un brinco hacia atrás. Ella misma había sido quien había hecho la reserva y justo después de decir el nombre del pagador le habían dado la nombre del coche… Bugatti Veyron. Casi se olvidó de respirar.

Ryoma Echizen resplandeció cuando se encaminó hasta el impresionante coche de toques plateados que brillaba incluso en la oscuridad. Su presencia era impactante. Muy impactante. Y estaba segura que su velocidad también. Oh, cielos, cada vez estaba más segura que terminaría en un ataúd siendo llorada por un gato.

Las luces del coche o maravilla ante ella brillaron, recordándola que tenían que irse. Humedeció sus labios, temerosa. ¿Y si al subirse lo rompía? Estaba segura que aquello costaba demasiado. Mucho más de lo que podría pagar jamás.

Maldito niño rico, habría dicho Momoshiro muerto de envidia. No. Estaría muerto de envidia si vivía para contárselo. Observó la puerta reticente. Echizen ya se había instalado delante del volante y se inclinó para abrirle la puerta, mirándola con molestia por su tardanza. El olor a tapicería nueva mezclándose con el aroma de la colonia masculina le llenó las fosas nasales completamente, aturdiéndola y como una gran atracción se dejó caer sobre el cómodo asiento del copiloto. Dejó la bolsa de mano a sus pies y buscó a tientas el cinturón de seguridad mientras sus oídos intentaban concentrarse en el ruido del motor.

Echizen esperó impacientemente a que terminara de sentirse lo tan segura que podría sentirse una persona como ella dentro de un coche tan bestialmente… rápido, impresionante, aterrador en su propia belleza. Casi clavó las uñas sobre el tapiz de la puerta cuando él piso el acelerador y el coche se movió.

Por suerte, él condujo elegantemente y sus movimientos fueron sumamente masculinos en cada uno de sus gestos. Casi sintió cierta envidia al ver la gran atención que depositaba en la conducción. Sintiéndose segura, quitó las uñas para usurpar el lugar con las yemas de sus dedos. Echizen dejó escapar un suspiro de diversión mientras ladeaba la cabeza de lado a lado, como si encontrara su comportamiento realmente excesivo en la sorpresa, pero, ¿qué podía esperar? Era la primera vez que se encontraba en un momento como ese.

Delineando las formas del vehículo interiormente, dio con la guantera, esta se abrió y una débil luz alumbró unos papeles, claramente los del vehículo. Los miró con cierta curiosidad sin llegar a tocarlos. La mandíbula casi se le cae al suelo y terminó por estirando de los papeles para asegurarse con la poca luz que había leído correctamente.

-¡Es suyo!- Exclamó profundamente ofendida- ¡También es su coche!

Echizen dejó escapar una sensual risotada. Sí. Se estaba divirtiendo con ella. No. Se estaba divirtiendo tomándole el pelo. Con razón la mujer que la atendió le dio el nombre del vehículo como si nada. ¡Por qué era suyo!

-No me lo digas- balbuceó cerrando la guantera tras tirar los papeles dentro- Ryoga, tu madre y padre tienen uno cada uno, por eso sabían cual debían de entregarme.

Su jefe afirmó sin apartar la mirada de la carretera. Bufó, sintiéndose totalmente fuera de lugar. Tantas riquezas que no les servía para nada. Y pensar que en aquel avión en el pasado ambos estuvieron de acuerdo con que las riquezas excesivas no daban la felicidad a nadie. Él parecía haberlo olvido por completo. O… ¿era únicamente por los coches?

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No lo confesaría, pero le encantaba conducir desde que tenía quince años y su padre le permitió llevar uno de los coches familiares por uno de los circuitos de carreras más famosos. No espero que el golpe de adrenalina que recibió terminara por ser el detonante que le llevaría a ansiar querer tener coches veloces y desde luego, el que estaba llevando era una preciosidad de la mecánica. El simple ronroneo le excitaba. Suerte que la chica no se había dado cuento de ello.

No había cesado de darle vueltas desde que se despertó el por qué estaba tan molesta con él. Quizás, estaba nerviosa por las muchas bromas que le estaba gastando inconscientemente o por estar a solas con un hombre, que era lo más probable. Antes habían estado relativamente solos entre comillas. Si bien Ryoga había estado caminando por su lado, Momoshiro nunca les quito ojo, así que bien era ahora exactamente cuando nadie los estaba molestando dentro de su soledad.

También le intrigaba por qué habían regresado sus momentos de sonambulismo. Desde que tenía dieciocho años no le sucedía. La última vez a aquella edad fue porque se había dormido con ganas de darse un baño en la piscina. Cuando despertó, estaba a punto de ahogarse y su madre estaba casi teniendo un infarto al verlo. Lo que no esperaba es que le sucediera ahora. ¿Serían los nervios?

No le había gustado nada recibir una carta de esa información. Desde luego que había descuidado su trabajo por tal de protegerla, pero, ¿hasta ese punto? Él no había cometido ningún error por el que pudieran llamarle con todas las de la ley un traficante. Sus productos eran limpios y había rechazado cualquiera que fuera un problema. Era irónico. Recordó unas palabras de Momoshiro cuando tenía las narices tan metidas en los documentos que apenas se detenía para ir al servicio: Te marchas unos días y se arma la de dios. Lo único es que Takeshi no se fue como lo hizo él. El moreno únicamente había querido tener la mente ocupada.

Suspiró, sintiéndose a punto de ser desbordado por la necesidad de acelerar y cuando finalmente estaba a punto de maldecir encontró la salida hacia la autopista. Milagro, milagro.

Observó de reojo a Ryuzaki, quien había agrandado los ojos al ver la señal que él mismo había visto, indicando la entrada. Su labio tembló ligeramente y sus ojos se desviaron hasta el indicador de velocidad. Se humedeció los labios sin poder borrar una sonrisa de satisfacción. Sí. Lo deseaba. Necesitaba correr. Lo sentía por ella, pero lo necesitaba. Y lo hizo.

Pisó el acelerador con gusto y se concentró rotundamente en conducir. Sintió las manos femeninas golpear contra el sillón y la puerta, asustada, gimiendo acelerada ante el terror. Las luces de la iluminada autopista pasaban tan rápido que no valía la pena en molestarse en intentar verlas. Las líneas blancas eran líneas rectas y curvadas sobre una gran tira negra que no cesaba de mostrarse rápidamente pasando bajo sus pies. Su corazón comenzó a palpitar frenéticamente y casi ni se daba cuenta de los movimientos de sus manos. Se sabía el camino al dedillo, así que no necesitaba parar y pensaba disfrutar del momento. Debería de enviar el coche a la ciudad, pero sabía que sería demasiado peligroso hacerlo.

-Por… Por favor….- gimoteó la voz débil a su lado. Suspiró y comenzó a levantar el pie del acelerador y pisar el freno con suavidad, descendiendo la velocidad- más…- rogó.

Apretó la mandíbula hasta que le rechinaron los dientes de la boca, provocándole un escalofrió en toda la espalda. Cuando quiso darse cuenta iba a ochenta por hora. Medio giró su cuerpo hacia ella. Demonios, estaba completamente pálida.

-Oí… ¿vas a vomitar?- Preguntó a regañadientes.

-Probablemente. No… Sí- rectificó trasteando en busca del interruptor para descender la ventanilla.

Pisó el freno al instante, echándose a un lado de la calzada y empujó la puerta tras abrirla por encima de ella. Sakuno se inclinó hacia el exterior y vomitó. No, no le había mentido. Se reclinó en su asiento y echó la cabeza hacia atrás, frotándose los cabellos con una mano. Mala idea. No contaba con que fuera tan sensible a la velocidad y terminara por marearse hasta el punto de no contener su estómago. La escuchó toser y quitarse el cinturón con intenciones de dejar más opciones a su dolorido estómago. Demonios, no era para tanto.

-Lo siento… -se disculpó repetidas veces. Negó con la cabeza.

-¿Has terminado?- Cuestionó sintiéndose algo irritado.

Su secretaria parpadeó hasta sentirse avergonzada, cerrando la puerta con suavidad y volviendo a ponerse el cinturón.

-Discúlpeme. Es su coche. No debería de ser tan egoísta.

Se encogió de hombros y se puso nuevamente en marcha. Esta vez, optó por una velocidad moderada que no hiciera agitarse a la muchacha. Tendría que correr cuando ella no viajara con él o al menos, hasta que no se hubiera habituado a ello. Por suerte, había logrado acortar el camino y la casa que sus padres tenían a las afueras de la ciudad se dejó ver en medio de su oscuridad intachable. Un gran caserón antiguo. Una casita de antigüedades que a su madre se le encaprichó y su padre le compró con gran placer. Sí. El gran defecto de Nanjiro Echizen es que gozaba de dar caprichos a su esposa cuando estaban peleados por alguna razón.

Los faros del coche iluminaron el camino de piedras y la gran puerta de hierro. Buscó dentro de sus bolsillos y saltó fuera del coche, sintiendo como el frio se calaba por debajo de las ropas que llevaba. Trasteó con el candado y tras abrirlo, lo dejó colgando para empujar la pesada puerta y regresar. Se encontró con la impresionada mirada de la chica. ¿Tan fácil de sorprender era?

Guió el coche hasta el porche, agradeciendo conocerse el camino lo suficiente bien como para tener tiempo de esquivar uno de los enanos del jardín. La casa estaba totalmente vacía. Bueno, tampoco había llamado a nadie. Prefería no tener que aguantar a una servidumbre cotilla que estaría preguntándose porqué por primera vez una de sus secretarias le seguía hasta uno de sus trabajos por muy lejano que fuera. Hasta él mismo se preguntaba por qué la había traído. Aquello fue sin pensar, como si supiera que ella tenía la manzanilla que necesitaba para calmarse y no asesinar a aquellos mentirosos.

Apagó el motor y salió. Ella le imitó y suspiró aliviada cuando el fresco de la noche le acaricio cada poro de su piel, seguramente, debería de haber tenido la consideración de descenderle la ventanilla, aún con el riesgo de que pillara una pulmonía. Rodó los ojos y presionó el botón del mando del coche para cerrarlo, caminando con firmeza hasta la puerta. Sabía que se atrancaba. No le costó mucho levantarla con el pie y abrir. El olor a cerrado limpio les golpeó el rostro. Ryuzaki absorbió el olor y sonrió.

-Huele a antigüedad.

Se encogió de hombros y la empujó de la cintura para que terminara de entrar y poder cerrar la puerta antes de que entrara más corriente. Le señaló una banda de la casa.

-Cierra los cristales- ordenó, dirigiéndose hacia la contraria.

Grandes estancias decoradas con muebles de madera que ya no vendían y habían sido irrepetibles veces remodelados, con grandes camas con mosquiteras y lazos de decoración, escritorios con libros tan antiguos que parecía un museo, fue cerrando una a una lo único que era moderno en aquella casa: las ventanas de cristales blindados. Había dos en cada una de las siete habitaciones que separaban la escalera central que subía a la planta superior. Sakuno debería de haberse encontrado con otras tantas y supuso que sería así cuando salió y no la encontró a los pies de las escaleras. Decidió subir hacia arriba para comenzar a cerrar el resto, deteniéndose cuando gemido de miedo le llego lo suficientemente lejano como para preocuparse. Caminó a paso rápido, entrando por las habitaciones, sin encontrarla.

-Maldición.

Salió de la última, alternando su visión de un lado a otro en busca de la figura femenina, frunciendo las cejas cuando vio una pequeña obertura debajo de la escalera. No podía ser posible. Chasqueó la lengua y abrió la puerta de par en par, encontrándosela envuelta entre diversos abrigos. Le sonrió culpable y demostró estar cansada. Seguramente habría pensado que eran personas y comenzó a forcejear hasta terminar agotada. Pero, ¿cómo demonios se había metido en el armario de la escalera? ¿Tan poco orientativa era?

La sujetó del brazo para poder estirar de ella y sacarla.

-Lo siento, giré, vi el pomo y creí que se podría entrar en una habitación y tendría ventana….

-¿Debajo de la escalera?- Interrogó con sarcasmo- seguro.

Rodó sobre sus pies y decidió que sería mejor darle una habitación con baño y enviarla a la cama mientras él se hacía cargo de cerrar el resto de las ventanas y encender las chimeneas. La cuestión era: ¿Dónde estaba la habitación que había pertenecido a su prima cuando todavía era soltera? Seguro que habría ropas que le sentaría bien a la chica para poder dormir cómodamente. Él no tenía problema: Dormía desnudo y también había ropa suya por algún armario.

Entonces lo recordó. Movió la cabeza suavemente para que la siguiera y la guió por las escaleras. Ella fruncía los párpados con fuerza, como si quiera gravar perfectamente en su mente el camino a seguir. Decidió darle tiempo no fuera que terminara encerrándose en el lavavajillas.

Una vez en el piso superior, éste se dividía en dos pasillos que tenían el final recto y luego giraban hacia la derecha, es decir, hacia la escalera de nuevo. Ryuzaki esperó en su espalda, siguiéndole cual cachorro asustadizo cuando escogió el pasillo izquierdo. La primera puerta no. La tercera tampoco. La cuarta. Sí. Esa era. La habitación de Nanako se encontraba justo en la esquina más alejada del pasillo precisamente para darle intimidad, solo que ya no la necesitaba. Empujó la puerta y caminó hasta una de las ventanas dispuesto a cerrarlas, siendo imitada por ella en la contraria. Observaba de hito en hito el dormitorio.

Para él era extravagante. Demasiado rosa por todas partes y ropas de encaje, además de muñecas de porcelana y libros de literatura romántica. Se encogió de hombros y giró sobre sus talones hasta llegar a la puerta.

-Tu habitación- le presentó y cerró la puerta antes de que la conversación fuera a más.

Espero con ansias que al menos fuera curiosa y buscara ropa y el servicio con tanto afán como él. Ansiaba una ducha y meterse en la cama. Mañana iba a ser un largo día.

Caminó casi corriendo para terminar de cerrar las ventanas y poner la calefacción que calentaría todas y cada una de las habitaciones y los baños. Una vez hecho, caminó hasta el pasillo derecho y entró en la segunda puerta. Su vieja habitación. Una cama antigua que a veces chirriaba, un armario con ropas y un escritorio vacio. Sí. Esa era suya. Seguramente la de Ryoga todavía tendría algún que otro poster de una mujer con grandes pechos que los mostraba como los trofeos de caza de un cazador. La idea le pareció asquerosamente… excitante. Pero era algo que él no tendría jamás.

Se desprendió de sus ropas y se encaminó directamente a la ducha. Oh, agradable bendición que alejaba el sentir del viaje y refrescaba los cuerpos tensados. Tal y como salió de la ducha, tras secarse, se dejó caer sobre la cama, totalmente satisfecho y dispuesto a disfrutar de una corta siesta antes de ponerse en pie. Cerró los ojos y al instante, el sueño le venció por completo en la dulce cuna de Morfeo.

Por la mañana, el sonido del despertador le llego profundamente lejano, señal de que estaba frito. Movió la mano hacia la mesilla de noche, sin encontrarlo. Igual se había equivocado. Giró sobre su espalda. Stop. Algo cálido, quieto, por no decir totalmente tenso se encontraba a su lado. Abrió sus pesados párpados y los entrecerró para poder ver más claro lo que era. Oh, vale. No era nada grave. Solo era Ryuzaki durmiendo en su cama.

-…. ¿¡Qué….!?

Dio un salto hacia atrás, llevándose la sabana con él y dejándole la funda. Ryuzaki tenía el rostro completamente tomate y él se encontraba más desorientado que en toda su vida. Tardó en segundo en recobrarse y descubrir que había sido él quien había caminado hasta el dormitorio de la chica, no al revés.

El sonido del móvil continuaba siendo estridente y sin decir nada, giró sobre sus talones para poder marcharse. Cerró la puerta con demasiada fuerza y corrió hasta dormitorio para contestar. ¿En qué demonios estaba pensando su estúpido sonambulismo? ¿Acaso no podía estarse quietecito y ahorrarle tener que pasar por eso? Demonios, él estaba completamente desnudo. Sakuno debería de estar a punto de tener un ataque al corazón.

Pulsó el botón que apagaría la alarma y se dejó caer sobre la cama sentado, llevando las manos hasta su rostro y frotándolo con fuerza. Era increíble lo rápido que cambiaban las cosas. De la mañana a la noche. Todo lo que había comenzado con un juego se estaba volviendo demasiado sensible y fuerte. Clavó sus ojos en la ducha y decidió que era mejor utilizarla de nuevo.

Una vez vestido y acicalado correctamente, se encontró con ella en el pie de la escalera. Vestía un traje pantalón y los zapatos dejaban claramente que eran grandes para su talla, al igual que la ropa. No comprendía por qué de repente la ropa de su prima tenía tantos vuelos cuando a Nanako le quedaba perfectamente pegada a su cuerpo y era la diana perfecta de Ryoga para intentar seducirla. Nunca se molestó en descubrir si aquella relación de primos tuvo salida alguna.

Frunció el entrecejo y movió la cabeza. Ya tenía la idea desde que habían pisado el aeropuerto y la observaba comer con sumo cuidado para no mancharse mientras él estaba fumando. Necesitaría ropas nuevas. Y ahora que veía que las de Nanako eran inservibles, especialmente en el pecho, caderas y piernas, tendría que comenzar a sacar la tarjeta de crédito.

-Vamos- ordenó demasiado frio.

Ella afirmó y como un fiel perrito le siguió hasta el coche, volviendo a ponerse pálida una vez abrochó el cinturón. Siseo entre dientes de forma inaudible y prendió el motor. Demasiado desconfiada.

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La ciudad no era tan grande como a la que estaba acostumbrada, pero tuvo que reconocer que era bien acogedora. Era normal que un hombre como Ryoma Echizen lograra hacer dinero ahí. No existían grandes superficies como la suya, así pues, todo el dinero iba a parar a su bolsillo. ¿Qué sucedería ahora que estaba parada por culpa del cierre policial?

Respiró profundamente al ver que el coche se detenía ante una cafetería. Echizen apagó el motor y saltó ágilmente al exterior. No le había dicho más palabras que ese frio "vamos" a los pies de la escalera. ¿Qué no debería de haberse disculpado tras haber entrado furtivamente en su cama y acostarse como su madre lo trajo al mundo?

Abrió la puerta y bajó cuando vio el ceño arrugado y la mandíbula apretada del hombre que jugaba con el mando entre sus dedos y no tardó en presionar para cerrar el vehículo. Lo siguió hasta el interior de la cafetería, acomodándose en una de las duras sillas de madera, hasta que un camarero de aspecto aburrido se acercó hasta ellos. Y como no, se fijó en que aquellas ropas eran demasiado grandes para ella. Pero, ¿qué importaba? A ella le gustaba llevarlas así de grandes. Aquel armario era una reliquia de ropas grandes perfectas.

-¿Qué van a tomar?- Preguntó el hombre alternando el peso de su cuerpo de un pie a otro.

-Leche, pan tostado, arroz, pescado frito y algo de carne- demandó su jefe antes de volverse hacia ella.

-Yo… un poco de té y galletas, gracias- inclinó la cabeza.

-Un segundo.

El camarero se marchó bastante sorprendido por la demanda de alimentos por parte de él y ella tuvo que parpadear levemente para comprender que realmente no había sido su imaginación. Nunca le había visto desayunar hasta las once de la mañana, que se tomaba un chocolate caliente o algo más ligero. No tanta comida como si estuviera comiendo. ¿Dónde demonios echaba la comida en aquel perfecto cuerpo? Enrojeció y movió la cabeza para sacarse el recuerdo de haberlo visto completamente desnudo.

Casi no se dio cuenta de que la comida había llegado hasta que el olor del té la hizo percatarse. Comió con gusto y bebió, alegre por tener algo caliente que le calentara la sangre. Echizen, por su parte, degustó la comida en un abrir y cerrar de ojos. Ella todavía no había terminado cuando él estaba leyendo el periódico, la sección de deportes mientras la esperaba. Comió lo más rápido que le permitió su torpe boca, aun a riesgo de morderse la lengua en cada uno de los mordiscos.

Cuando empujaba la taza con el plato lejos, el camarero trajo la cuenta y con rapidez, él pagó. Luego, tras asegurarse de que estaban listos, se levantó para dirigirse hasta la calle. Para su sorpresa, no caminó hacia el coche, sino que giró hacia la gran calle donde las tiendas de ropas, objetos, libros, etc. Se peleaban por tener una gran cantidad de clientes.

Decidió que era mejor no hacer preguntas y seguirle. Él conocía mucho mejor la zona que ella y era lógico parecer su perrito faldero cuando se perdía con tanta facilidad. Hasta el punto de quedar atrapada en el armario bajo la escalera, ya era grande su torpeza a la hora de guiarse.

Observó con cautela que parecía buscar algo en especial, girando la cabeza de un lado a otro y a veces, usando la mano como visera sobre sus ojos. El sol había comenzado a calentar pero el aire continuaba siendo húmedo y por lo tanto, frio. Se frotó los brazos y agradeció que el bolso negro de tela que había llevado diera calor a uno de sus pobres riñones. Igual debería de haberse puesto algo más de ropa.

Se detuvo ante una tienda de abrigos, calculando mentalmente cuánto dinero llevaría encima para poder comprarse uno de aquellos que estaban expuestos, lo suficientes grande como para poder religarse en ellos sin pasar nada de frio. Se humedeció los labios y contó mentalmente. La puerta se abrió dejando traspasar el suave olor de ropas nuevas. Casi se sintió atraída y dio un respingo al verle a él esperándola para que entrara.

-No creo…- dudó. La corriente helada le recordó qué estaba ahí- ya voy.

Corrió hasta el interior de la tienda, sintiéndose abrigada por la fuerte calefacción. Se apresuró a buscar el abrigo más barato que pudiera haber en aquella tienda, rogando porque el dinero le bastara. Pero cuando giró la cabeza tras estudiar atentamente uno de los muchos que le pareció correctamente igualado a su bolsillo, sobre el mostrador había una gran pila de ropa y Echizen mostraba una reluciente tarjeta de oro a la dependienta, que se apresuraba en guardar la ropa dentro de grandes bolsas. Casi se olvidó de respirar. Esperaba intensamente que eso no fuera para ella.

-Oí- la llamó lanzándole un pesado abrigo- póntelo.

Y cargó el resto de las bolsas ya llenas en una sola mano mientras firmaba con la otra y recogía la tarjeta de crédito antes de caminar hasta la salida. Tembló y apretó la tela caliente contra sus dedos. ¿De qué demonios iba todo eso? Lo siguió casi a la carrera, chocándose contra su espalda cuando él se detuvo para abrir el maletero. La miró de reojo con una ceja alzada.

-¿Por qué… ha comprado tanta ropa femenina?- Exigió a media voz. Su maldita voz siempre sonaba dulce aunque estuviera enfadada y eso la irritaba.

El empresario se encogió de hombros, cerrando el maletero con llave antes de volver a caminar hacia la puerta del conductor y sentarse cómodamente en él. Tardó un segundo en recordar para qué habían venido. Que él hubiera comprado toda aquella ropa no quería decir que fuera para ella. La vergüenza la carcomió interiormente. ¿Y si había hablado de más? Él solo le había comprado un abrigo, nada más.

Se acomodó en el asiento y volvió a ponerse el cinturón lo más rápido posible. Él conducía bien pero ella no toleraba la velocidad sin llegar a marearse. Apretó el abrigo contra su vientre y fijó la mirada en la ventanilla, esperando poder encontrar las palabras exactas para disculparse, sin hallarlas.

Cuando el coche se volvió a detener fue delante del mayor edificio que había en toda la ciudad, junto a los cines y parquin. De nuevo se vio persiguiéndolo como su sombra nada más abandonar el vehículo.

Nada más entrar por las puertas selladas con un hilo policial de amarillo intenso, Echizen frunció el ceño totalmente desagradado con que mostraran su "casa" tal cual un centro de asesinatos. Casi arrancó el cordel con los dientes. Las puertas se abrieron cuando pasó una tarjeta completamente negra por un panel lector y las pesadas puertas de cristales de seguridad se movieron con agilidad para dejarles pasar. Dentro, la escena era desolante.

Las mesas de recepción estaban vacías. El frecuente ajetreo había desaparecido por completo y había un silencio demasiado espeluznante que hasta cortaba la respiración. Únicamente dos rectas figuras masculinas descansaban a cada lado de un ascensor de puertas negras. Los dos los observaran igual que si fuera al matadero.

-Está arriba, esperándoos.

Su jefe gruñó entre dientes, poniendo los ojos en blanco y casi rompiendo el panel del ascensor cuando marcó el último botón de subida. Estaba furioso. Tanto, que le castañeaban los dientes y tenía los puños tan apretados que se habían vuelto blancos. Era la primera vez que lo veía así. Aquel que siempre aparecía imperturbable se estaba comportando como un animal. Un furioso animal. Si le buscaba alguna similitud la encontraba en una pantera de ojos amarillos que mostraba sus dientes con furia, marcando su terreno. Cuando la campanilla del ascensor sonó no se habían terminado de abrir las puertas cuando él ya las había cruzado.

Corrió para poder seguirle, con miedo. ¿Quién podía sacar tanto de sus casillas a Echizen sino era Ryoga? Él entró dentro de lo que debería de ser su despacho, casi rompiendo la puerta al hacerlo y se detuvo para tomar aire cuando vio ante sus ojos el causante. Se asomó al tiempo de ver la silla de masajes girar sobre sí misma y mostrar un rostro totalmente resplandeciente de mujer. Piel blanca, cabellos dorados y ojos tan negros que no parecían de este mundo. Cuando se alzó, pudo ver que iba vestida dentro de un uniforme de policía, resaltando sus caderas y grandes dotes.

-Finalmente has llegado. Te llevo esperando mucho tiempo, Ryoma- le habló educadamente, como si no se percatara de las grandes ganas de asesinar que tenía el chico- veo que traes compañía. Algo muy extraño en ti. En fin, ¿por qué no me explicas qué hacían tres quilos de droga dentro de tus almacenes? Porque la verdad, es algo extraño.

La mujer cruzó las piernas, dejando entrever unas fuertes y firmes piernas. Su jefe se tensó automáticamente, caminando hasta la mesa para apoyar ambas manos sobre la dura madera de la impecable mesa. La mujer se inclinó hasta que casi sus narices se rozaron y él retrocedió.

-No son cosa mía. Alguien las puso ahí- señaló con firmeza.

La despampanante rubia alargo las manos hasta cogerle de la camisa y estirar de él. Ryoma se tensó automáticamente y ella se escondió detrás de la pared. No quería ser una hurgona ni entrometerse entre ellos. Jadeó. Demonios, nunca se había dado cuenta que pudiera haber tan alto contenido sexual en la cercanía entre dos personas. ¿Había parecido eso cuando ella estaba con Ryoga? Lo dudaba.

Tras un largo silencio en el que se vio tentada para descubrir por qué se estaba formando aquella tranquilidad. ¿Se estarían besando? No logró detenerse y echó un vistazo. Ryoma se había alejado hasta la ventana con las manos dentro de sus bolsillos y ella observaba la ancha espalda masculina, sentada sobre la mesa.

-¿Estás pensando en tu hermano?- Inquirió la mujer- He escuchado que ha sido secuestrado por alguien. Si tu padre le ha cerrado el grifo y no puede contar con tu dinero, eso quiere decir que se puede haber metido en problemas ilegales.

El ejecutivo guardó silencio. La rubia giró su rostro hasta que la descubrió y esbozó una sonrisa que dejó libertad de expresión a su perfecta dentadura.

-¿Quién es la chica que te acompaña? Creí que siempre te habían gustado las mujeres grandes, en todos los sentidos.

-Secretaria- expresó a regañadientes Ryoma girándose hacia ella y haciéndole un gesto con la mano- llama a Momoshiro- ordenó- investiga sobre Ryoga.

-Sí…- afirmó, girándose para regresar a la sala. Ryoma chasqueó la lengua.

-Desde aquí.

Parpadeó sorprendida y tembló mientras tomaba el auricular negro y pesado del viejo teléfono. Giró los números correspondientes del móvil de Momoshiro, rezando por no equivocarse. Esperó, sintiendo como era la diana de las dos miradas.

-¿Diga?

-Momo… soy….

-¡Sakuno! ¿Qué tal va todo? ¿Cómo ha ido con Ryoma? ¿Bien?

-Eh… sí- interrumpió a tiempo de ser aplastada por una tanda de preguntas- Esto… Momo… ¿Sabes cómo va lo de Ryoga?

El silencio también llegó a través de la línea. Momoshiro pareció buscar alguna excusa efectiva que la hiciera no contarle nada. Buscó la mirada de Echizen, quien chasqueó nuevamente la lengua y le arrebató el auricular.

-Habla- ordenó.

Esperó impaciente, mientras él escuchaba a través de la línea la voz de Takeshi, en un conjunto íntimo que ni la rubia ni ella lograron comprender. Los labios de su jefe se movieron levemente para pronunciar la orden.

-Busca cosas de drogas- espetó.

Y tal y como lo dijo, colgó. Ella dudaba que Ryoga estuviera involucrado en algo así, pero también aprendido que Ryoga no era siempre lo que demostraba. Quizás… Pero era extraño. Ryoma parecía tener profunda fe en su hermano en ese momento. Sus ojos lo demostraban.

-Bueno, supongo que hasta que no te llamen para comunicarte lo de tu hermano, no podremos hacer nada- la policía se encogió de hombros- por ahora, procura presentarte en comisaría para declarar. Me encantará volver a verte, aunque si quieres, podemos vernos antes de tiempo.

-No. ¿Puedo poner a trabajar…?

-Ah, no- interrumpió la mujer antes de dejarle continuar- no puedes poner a trabajar gente en un escenario de pruebas.

-¿Y la orden?- interrogó molesto.

Ella se humedeció los labios.

-Es cierto. No lo hicimos con ninguna orden judicial. Pero está marcado que en lugar que hay droga no se necesite orden judicial. Así que no te servirá de nada intentar amenazarme con esas, chico listo.

Se subió las gafas preocupada. Le sentía tensarse, totalmente cardiaco. ¿Sería capaz de romperle el pescuezo a esa mujer por tal de acallarla y salirse con la suya? Pero él no respondió a nada, volvió a girarse hacia la ventana y la chica suspiró, descendiendo de la mesa para rodearle con sus delgados brazos y apoyar su mejilla contra su hombro. Lo suficientemente alta como para poder hacer ese gesto. Ella ni le llegaba por el pecho casi. Sí. Era una chica que no llegaba al metro sesenta y cinco. Tragó saliva y giró sobre sus pies para marcharse del lugar.

-Ryuzaki.

Oh, claro. Su jefe no iba a permitir que se marchara. Él prefería que fuera testigo de cómo se lo montaba con aquella rubia. Genial. Perfecto plan para una mañana de Martes. Giró sobre sus talones y esperó. Los dorados ojos se habían calmado y tuvo que descender la mirada en busca de qué era exactamente lo que había logrado calmarlo, encontrando las traviesas manos de la policía dentro del pantalón.

-Saca la agenda. Apunta la hora que te diga Miranda.

Órdenes largas, pero justas y frías. Su voz no se había cambiado ni un ápice, ni siquiera cuando las manos de la chica se alejaron como si su piel ardiera para girarse hacia ella. Se inclinó sobre la agenda junto a la policía y esperó. Con voz melódica le explicó al dedillo.

-Preferiría que vinieras solo, Ryoma querido- expresó- No creo que debas de ser un canguro con nadie.

Le regaló un par de palmadas en sus cabellos castaños y se marchó dejando un largo camino de perfume caro que olía a maravillas. Echizen chasqueó la lengua, revisando la agenda de forma desinteresada. La miró por un instante y se encogió de hombros.

-Vámonos.

--

Odiaba a Miranda desde que tenía catorce años y la había conocido cuando eran tan solo unos niños. Desde el primer día no había cesado de perseguirle, anunciando a todos los medios posibles que tarde o temprano sería la futura esposa Echizen. Él no le hizo caso hasta que se cargó uno de sus libros favoritos cuando le dijo que no a una cita. Siempre había creído que cuando hablaba de algo más que amigos se refería a su hermano. Tan despistado como siempre.

Finalmente, cuando regresó con dieciocho para un asunto de empresa se volvieron a encontrar. Miranda había crecido lo suficiente como para tener un cuerpo escandaloso. Un crecimiento inesperado, como se les solía llamar a aquellas mujeres y que no tardó en llamar la atención de Ryoga. Pero Miranda siempre lo alejó de él cual perro salido. Y no la culpaba pues tenía razón.

Miranda había comenzado las prácticas en la policía, mujer aventajada de una gran inteligencia que ansiaba entrar en uno de los puestos más altos y casi lo consiguió si no llega a ser porque le gustaba más la acción que estar detrás de un escritorio. No comprendía exactamente por qué, pero continuaba siendo experta en hacerle la vida imposible y putearle hasta que le sangraban las encías por tal de controlarse. Sin embargo, no lograba recordar cómo pero terminó formando parte de una de esas noches de sexo que no recuerdas a menos que vuelvas a ver a la chica y te comience a toquetear como perra en celo que te pone la carne ante tus narices. Y recordó que había vuelto a caer, pero hoy solo había sentido nauseas.

Desde luego, tenía que agradecer intensamente que Ryuzaki hubiera estado presente. Había sido como un bálsamo de tranquilidad. Estaba seguro que por tal de hacerle daño a Mirando habría sido capaz de tumbarla sobre el escritorio y penetrarla de forma dolorosa. No, eso ya lo había hecho antes y a ella le había gustado hasta el punto de desear más. En fin, solo era el cuerpo de una mujer fuerte que le gustaba la acción hasta en la cama y que venía bien para apagar la rabia. Quizás por eso siempre lo estaba calentando hasta enfurecerlo. Dios, algo que ninguna otra mujer había conseguido.

Sintió como cada uno de sus músculos se iba calmando. Entrecerró los ojos y aspiró en dulce aroma femenino que desprendía su secretaria. Siempre olía diferente a las demás. Usaba perfumes suaves y agradables. Sin darse cuenta, se encontró observándola intensamente mientras metía sus narices en su cabellera. La campanilla del ascensor fue lo que le hizo retroceder, apretar la mandíbula y caminar a paso ligero hasta salir. Los guardias habían desaparecido y ya nadie quedaba en lo que siempre era un ambiente demasiado animado.

Cerró las puertas de seguridad junto a las de metal grueso y esperó hasta que ella se acercó al coche para abrirlo, caminando rápidamente hasta el de conductor y poniendo rumbo hacia el mercado cercano. Quería comprar comida. Tenía cierto interés en volver a probar uno de los platos caseros de la muchacha. Desde que había probado los espagueti no sabía por qué, pero toda la comida le sabía asquerosa.

-Esto… podría… ¿podría explicarme que ha dicho Momoshiro sobre Ryoga?

La voz de la chica le llegó justo cuando detenía el coche en el aparcamiento del supermercado. Se humedeció los labios y apagó el motor, moviendo los dedos en tambor sobre el volante. Momoshiro no le había dado demasiado buenos resultados. Ryoga seguía desaparecido y Eiji no lograba recordar absolutamente nada. Ann continuaba investigando junto a Osakada a todos y cada uno de los médicos, guardeses y demás personal clínico sin resultados fructíferos. Era buscar una aguja en el pajar. Movió la cabeza.

-Nada.

-Oh… Oh.

La miró de reojo y se quitó el cinturón, decidido a bajar, sabiendo que le seguiría rápidamente. Tras coger un carro, la guió hasta el interior del establecimiento.

-Tienes carta blanca- le anunció.

-¿Eh?- Ryuzaki parpadeó, mirando todos los productos con asombro- ¿quiere que le haga la compra?

Frunció el ceño y chasqueó la lengua, girando el rostro hacia otro lado.

-"nos"- rectificó.

-Oh, comprendo… entonces, con permiso.

Mientras él empujaba el carro la vio pasar de un lado a otro, observando con sumo interés la comida y haciéndole preguntas sobre qué prefería. Él solo se encogía de hombros y daba el visto el bueno en aquello que realmente le gustaba, como las pontas, que ocuparon un gran lugar al final del carro.

Antes de marcharse, se detuvo un instante ante los dvd's y metió una caja de palomitas de microondas en el carro. Mañana sería cuando debiera encontrarse con Miranda, ¿por qué no distraerse un poco? La vio ojear unos libros que al parecer habían salido como boom esos días y a los cuales no encontraba lógica. Había leído algo sobre ellos en el periódico y muchos exigían y gritaban que los personajes estaban perfectamente trabajados, excepto la fémina. No se preocupó de más. Alargó la mano hacia el que ella mantenía entre las suyas y lo metió dentro del carro, caminando hacia la caja, cansado. Las compras podían agotar hasta al mismísimo diablo.

Una vez regresaron a la casa entre los dos colocaron todos, aunque él terminó dejándola para meter las narices en algunos documentos que había llevado. El trabajo era el maldito trabajo. Pero fue interrumpido cuando un agradable olor a sofrito le llegó desde la cocina. Su estómago gruñó al instante, indicándole que no había pasado por desapercibido aquel alarmante y delicioso olor.

Casi embriagado por ello bajó las escaleras para poder inundarse más del olor, deteniéndose en la puerta y cruzándose de brazos para mirar con diversión cómo la chica bailaba suavemente mientras movía la comida con ligereza. Se había cambiado de atuendo y llevaba unos vaqueros demasiado grandes para ella que ataba con un cinturón y una camiseta de mangas cortas que reconoció. Eso no pertenecía al armario de Nanako sino al suyo. Frunció el ceño y giró sobre sus talones. Como se lo temía. La ropa que le había comprado estaba toda perfectamente doblada en uno de los peldaños. Esa chica tonta… no se había dado cuenta. La agarró toda sin cuidado y la subió al dormitorio, esperando que al verla tirada sobre su cama se diera cuenta de para quién era. Si no, se veía teniendo que ponérsela él a la fuerza.

Stop.

Su corazón dio un tremendo vuelco y sintió la sangre correrle con fuerza por las venas, palpitando como si estuviera a punto de estallársele. Las sienes le palpitaban y sintió cierta urgencia en su vientre. Ante el mero recuerdo del cuerpo desnudo de la muchacha en la bañera. No. Era muy diferente. Esta vez estaba debajo del suyo y él lo tocaba sin temor alguno, sin pudor, mientras ella movía las caderas igual que había hecho en la cocina pero contra las suyas. La boca se le hizo agua.

-Demonios.

Se golpeó la rodilla contra la silla cercana, despertando así de esa terrible sensación que no era más que una pesadilla en cuestión de minutos y mientras estaba despierto. Salió al instante de la habitación y corrió hasta su ducha. El frescor del agua terminó por despertarlo y relajarlo. Cuando salió, se encontró con una nota sobre la cama que le indicaba que bajara a comer. La letra rápida y curvada indicaba que la chica se había sentido totalmente ruborizada cuando descubrió que él estaba en la ducha, probablemente, tras entrar sin permiso. Una sonrisa burlona se le dibujó en la cara. Oh, sí. Era tan sencillo hacerla de rabiar y picaba con tanta facilidad que casi no podía reprimirse de hacérselo una y otra vez.

Decidió vestirse y bajar. Degustó un plato casero que le llenó por completo el estómago y le pareció a gloria. Patatas asadas con sofrito de carne. No era su plato preferido pero estaba demasiado delicioso como para negarse a hincarle el diente.

Una vez terminado y mientras ella fregaba los cacharros preparó las palomitas y una vez terminados ambos, se marchó al salón dispuesto a ver la película que había comprado. Ryuzaki regresó antes de que esta comenzara, con una manta entre sus manos y se sentó en el sillón lejano, doblando las rodillas para quedarse totalmente acogida y protegida por sí misma bajo la manta. Al parecer, la chica se acomodaba rápidamente en la casa. Aunque estaba seguro que sería demasiado para ella una casa tan grande.

Giró su rostro hasta la televisión y se desentendió de todo, quedando absorto en la caja tonta hasta que sus parpados pesaron demasiado y terminó por quedarse dormido. Cuando despertó fue porque sintió el roce de algo helado sobre su frente, apartándole unos mechones de su frente mientras él estrujaba algo muy cálido y blando. Pequeño y de aspecto frágil. Parpadeó dos veces.

Oh, oh. Lo había vuelto a hacer. Sonámbulo.

Ella lo miraba con sus castaños ojos abiertos de par en par, sorprendida por haber sido pillada mientras estaba teniendo unas notas de cariño con él. Buscó con la mirada el sofá donde anteriormente había estado durmiendo y al comprobar que no estaba sentado, es que realmente se había movido sin más. Gruñó y se desperezó para poder levantarse antes de que sus manos se aferraran más al cuerpo femenino y tuviera que sacarlas con garfios.

-¿Cuánto…?

-¿… Ha dormido?- Interrumpió ella gentilmente- Dos horas. Son las cinco. Se durmió a las tres.

-Hum, ya.

Se rascó la cabeza y golpeó el rostro en un intento de despertarse en busca de algo con lo que distraerse. Sabía que si volvía a intentar ver la película se quedaría frito de nuevo. No le quedaba otra. Subir y continuar con el papeleo. Y así lo hizo. Hasta la hora de la cena no volvió a verla. No le importó comer lo mismo que al mediodía, preguntándose por qué su cocinero no hacía algo así para ahorrar dinero en la comida y darle mejor sabor, porque tenía que reconocer que la comida estaba todavía más deliciosa que al medio día.

-Buenas noches- saludó educadamente la chica cuando él todavía estaba terminándose la ponta sobrante.

-Espera- indicó.

Subió con ella y la guió hasta su habitación. Ella se tensó automáticamente y lo encontró tan gracioso que casi rompió en carcajadas. Gata asustadiza. Quitó la llave de la puerta y se la entregó.

-Cierra con llave.

-Pero…- balbuceó preocupada- eso es peligroso…

-Hazlo- ordenó neutro.

Ella retrocedió y pareció aceptar. Era un buen método preventivo que esperaba que funcionara. Igual así impedía que su "yo" sonámbulo provocara un ataque al corazón a la chica.

Se duchó de nuevo y se estiró sobre la cama, ansioso por volver a dormirse. Se sentía terriblemente cansado. Sabía que tenía mucha falta de sueño. Trabajaba demasiado. Pero no existía nada que le provocara la necesidad de romper la rutina. No, hasta ahora. Era tan delicioso irse a la cama tras haber comido como un rey y con comida creada por las manos de una chica que se había criado como una chiquilla de tercera clase pero que en realidad guardaba más dinero en una cuenta de crédito que él y su padre juntos.

Rodeó la almohada con sus brazos y cerró los ojos con fuerza. Se sentía infantil, pero feliz. Valía la pena vivir así.

--

Todavía mantenía la llave en la palma de su mano cuando se encontraba tumbada sobre la gran cama y un camisón que arrastraba por donde caminaba. Había puesto perfectamente doblada toda la ropa que se había encontrada desperdigada por la cama y se había duchado para poder dormir con más tranquilidad. Pero aún se preguntaba por qué su jefe le había pedido que le encerrarse. Bien. Era obvio: Era sonámbulo.

Le había visto levantarse del sofá mientras veían la película, quitarle la manta y como si de alguien conocido se tratara, tumbarse sobre ella y abrazarla. Nuevamente había hecho el gesto de apoyar su mejilla contra su seno para poder escuchar, a su parecer, el bombeo del corazón. AL principio creyó que le estaba jugando una broma, pero no lo era. Un ronquido había escapado mientras se tumbaba sobre ella. Estaba claramente dormido.

Suspiró y se encogió de hombros, sin darle más prioridad a que su jefe la buscara a tientas mientras dormía. AL menos, esa noche no se llevaría ningún susto ya que estaba encerrado en su habitación. Apagó la luz y dejó la llave sobre la mesilla de noche, en un lugar donde pudiera cogerla rápidamente si sucedía algo malo.

Había pensado que dormir en una casa así le iba a dar miedo, pero la verdad es que estaba encantada. No necesita de kilos de manta para poder estar calentita y daba gusto. Quizás podría plantearse vivir ahí si fuera suya.

Toc, toc.

Dio un respingo. Abrió los ojos y tembló. ¿Ese sonido había sido de su imaginación? Sí. Seguro. Provenía del pasillo y estaba segura de que no había nadie ahí, porque estaba visto y comprobado que Echizen cuando dormía, dormía. Suspiró de alivio cuando el golpe no se repitió. Cerró de nuevo los ojos y se cubrió mejor el hombro. Cuando comenzó a quedarse dormida, el viento dejó agitar una de las pesadas ramas y la rozó contra su ventana. ¿La ventana estaba cerrada?

El corazón le palpitó con fuerza. Siempre había buscado casas seguras por lo mismo: Era una miedosa. Y saber que su jefe estaba cerrado a cal y canto no la ayudaba a tranquilizarse. De nuevo escuchó el sonido y decidió que se acercaría para asegurarse. Saltó de la cama en silencio y casi arrastró los pies desobedientes hasta la ventana. Tanteo las bisagras. Estaban cerradas. Bien. Suspiró aliviada y alzó la cabeza.

Se echó hacia atrás y tropezó, cayéndose de culo contra la moqueta. Una figura se mantenía agazapada en el filo del árbol y tenía una mano alargada hacia la ventana. Oh, oh. El miedo la hizo temblar de los pies a la cabeza. Apretó los dientes para no gritar. No serviría de nada. Nadie iría en su ayuda y el único que podía estaba cerrado por su propia mano.

Fijó la mirada en la figura. Al menos, no era tan o más peligroso que Sanada. Estaba fuera, desarmado y… ¿Desnudo? Frunció el entrecejo. ¿Quién iría a atacar a alguien totalmente desnudo? Gateó hasta la ventana e intentó ver mucho mejor. Finalmente, reconoció el rostro del supuesto atacante.

-¡Señor Echizen!- Exclamó.

Abrió la ventana lo más rápido que sus dedos le permitieron y él saltó dentro ágilmente, para abrazarla con fuerza una vez se hubo puesto en pie y la gano de altura. Tembló aterrada, respirando agitadamente. Aquello estaba siendo demasiado arriesgado. Había estado a punto de matarse por tal de su sonambulismo. Logró guiarlo hasta la cama y se metió dentro para que él la siguiera. Entonces, el ronquido de descanso llegó y él se quedó totalmente dormido. Mañana, esperaba que él tuviera una explicación clara y concisa.

Se movió inquieta, girando sobre su hombro para poder darle la espalda. Cuando lo logró, él volvió a apresarla entre sus brazos, pegando su pecho a su espalda. Se arqueó y tensó. No era nada comparable a la noche que terminó dormida con él cuando estaban en estado de alerta. Había algo que lo demostraba claramente: Una dura y poderosa excitación masculina.

Reptó de forma que sus caderas quedaran lo más lejos de aquella rectitud que amenazaba con atemorizar a sus pobres y virginales nalgas. Cogió fuertemente una bocanada de aire y rezó por lograr dormirse.

Cuando despertó eran casi las diez y a lo lejos, sonaba el intermitente sonido del despertador del hombre a su lado, quien mantenía su mejilla posada sobre su hombro y uno de sus largos brazos por encima de su cintura. Al menos, "eso" había desaparecido. Intentó moverse, esperando que con el movimiento él despertara. Y así fue. La volvió a mirar con los ojos como platos, saltando de la cama y llevándose una vez más las sábanas y dejándole el edredón. Pero regresó para casi arrancar la llave de encima de la mesilla.

Por un momento llegó a pensar que podría sentirse avergonzado, pero luego pensó que era más correcto decir furioso. Él se había encerrado para no cometer un acto de sonambulismo, pero no le había servido de nada. Primero había llamado a la puerta de la habitación y al ver que nadie le abría, seguramente saltó por la ventana hasta llegar a la suya.

Decidió no darle demasiada importancia, pero esperaba que al menos tuviera cuidado. Casi se le había salido el corazón por la boca cuando lo vio.

Bostezó y alargó la mano hasta la agenda. La letra clara de Miranda mostraba la cita de ese día. A la hora de la comida. Clavó la mirada en la puerta, humedeciendo y mordiéndose el labio inferior. ¿Qué tendría planeado? ¿Iría y la dejaría ahí? Claro, era lo más probable. Tres son multitud.

Suspiró y decidió que era mejor ducharse y vestirse cuanto más cómoda mejor. Pero volvió a coger los grandes vaqueros y un jersey rojo y ancho, suficientemente calentito. Guardó toda la ropa que él había comprado en el armario y se cepilló el cabello para recogerlo en dos largas trenzas. Decidió que era mejor dejar las gafas por el momento. Si no iba a salir y durante la cocina, se le solían empañar demasiado y eran molestas.

Cuando caminó hasta la escalera dispuesta a hacer el desayuno, se encontró a los pies de la escalera al ejecutivo, de nuevo, enguantado dentro de un traje de chaqueta y cerca de la puerta. La miró por un instante y después, se giró sobre sus talones para abrir la puerta y salir. Escasos momentos después escuchó el zumbido del motor y como la tierra era rota por la velocidad del coche. Sabía que no haría falta mirar a través de las cortinas, ya no vería el coche, ni siquiera su sombra.

Suspiró de nuevo y se remangó. Se perdería en la cocina, con intenciones de hacer algo delicioso, aunque fuera solo para ella. Cuando se quiso dar cuenta, era demasiado temprano cuando estaba terminando de comer y él no había regresado. Decidió que realmente había sido abandonada para ir a esa comida con la policía atractiva llamada Miranda y que era mejor que olvidara todo.

Se dejó caer sobre el sofá y comenzó a hacer zapping de un lado para otro, hasta que terminó quedándose dormida. Y no despertó hasta que de nuevo sintió como era ahogada por las manos de su ex. Ryoga continuaba acusándola en sueños de traición y abandono.

Abrió los ojos de par en par, encontrándose con la madera familiar de la cama y cubierta hasta la garganta con la ropa. Oh, cielos, con lo que odiaba dormir cubierta hasta el cuello. Descendió rápidamente las ropas y se sentó sobre la cama. Miró a su alrededor. Si mal no recordaba, se había quedado dormida en el sofá, ¿o es que ella también es sonámbula?

Unos golpes lejanos llegaron hasta sus oídos. Saltó de la cama en busca de la procedencia, encontrándose a Echizen inclinado sobre la ventana, colocando grilletes a su único lugar de escape. La miró por un instante antes de volverse hacia un plato de comida sobre la mesa del escritorio y coger un poco de carne con los dedos, lamiéndoselos una vez hubo masticado la comida.

-Vístete- le ordenó- llegamos tarde.

Se humedeció los labios, retrocediendo levemente.

-¿A… A dónde, señor?- Cuestionó.

Él le dio la espalda, continuando con su trabajo.

-A la cita con Miranda.

--

Desde que Ryoma lo hubo llamado para pedirle explicaciones sobre su hermano no sabía cómo decirle lo que Ann había descubierto, así que optó por mentirle y prometerle que buscaría en el historial de Ryoga sobre alguna clarividencia de drogas. No creía que el mayor de los hermanos estuviera metido en ella, pero, ¿cómo fiarse de alguien que había contratado un asesino para matarle y había vuelto la tortilla de tal forma que era inaceptable?

-¿No se lo has dicho?

Alzó la cabeza de los muchos documentos para encontrarse con su prometida totalmente pálida, ojerosa y de aspecto cansado. De vez en cuando el labio inferior le temblaba y sus manos se habían vuelto dos témpanos de hielo. Negó con un dedo.

-Tú misma dices que no estás segura, ¿por qué tendría que decirles yo algo de lo que no estamos al cien por cien seguros?

-Osakada lo revisó- recordó la temblorosa voz de Ann- es él.

-Ann…

-Mira- le interrumpió- yo tampoco quiere creerlo. No me gusta la idea, pero si un médico ha dado el visto bueno es que es él y no hay vuelta atrás.

-Pues yo no me quedo tranquilo- protestó- quiero que otro lo revise.

-No seas…- Tachibana no terminó la frase, mirándole con cierta ingratitud- Está bien- terminó por exclamar dejando caer ambas manso sobre su cadera- Llama a quien quieras que lo revise.

-Inui- respondió poniéndose en pie ágilmente- Quiero que Inui lo revise.

Ann le extendió el teléfono en modo de protesta. Se fiaba de ella. Sabía que era la mejor, pero no se fiaba de los demás que no tuvieran que ver con uno de sus hombres. Era ridículo, pero así era. Si no fuera así, jamás hubiera puesto a Kirihara como cuidador de Ann. Claro que jamás sospecho que éste terminaría enamorándose de su prometida y retirándose como si hubiera obrado mal.

-Diga.

La voz de Inui le pareció como una gran salvación.

-Sadaharu- habló con tono firme del jefe que era- necesito de tus servicios hoy mismo. En el hospital donde estuve ingresado, en la morgue.

-¿Quién ha muerto?- Preguntó interesado.

Guardó silencio durante un momento. Movió los dedos entre el cable negro del teléfono y buscó la mirada de su prometida, nada fiable.

-Eso, lo sabrás cuando vengas. No es algo que se pueda decir por teléfono, Inui.

Colgó tras la afirmación por parte del hombre a través de la línea y se giró hacia ella.

-¿Vas a venir?

-Por supuesto- respondió Ann mirándole desaprobadoramente- esto es… ofensivo, ¿Sabes?

-Confía en mí- replicó tocándole la cara con ambas manos- tengo una corazonada de que es un grave error. Él no está muerto. Solo será una tapadera y yo podré mirar a Sakuno y a Ryoma a la cara. Es un alivio que todavía no se lo hayáis comunicado a sus familiares.

-Por tú culpa- reprendió la chica- venga. Vamos a ver si es o no, el cadáver de Ryoga Echizen….

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n/a

¿Cómo? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué el cadáver de Ryoga? ¿Qué ha sucedido mientras Sakuno y Ryoma están lidiando contra el sonambulismo de él?

Muchas cosas que responder en adelante :3 no se preocupen.

Agradecimientos mil a:

Zio: Muchas gracias por tu ayuda con los coches. Sin ti no habría podido colgar éste capítulo.

chan: Gracias también por tu ayuda a la hora de elegirlo, tu paciencia y tu gran amistad. Siento haber roto todo lo que me ensañes de Ryoma en éste capítulo u.u.

A todos los lectores: Por sus maravillosos rw que me hacen tan feliz.

Por último, les recuerdo visitar mi lj para saber qué ha pasado y pasa con los fics. Gracias.